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Ocho razones por las que hay hambre en el mundo lunes, 6 de diciembre 2004


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OCHO RAZONES POR LAS QUE HAY HAMBRE EN EL MUNDO
lunes, 6 de diciembre 2004
Unos 800 millones de personas pasan hambre en el mundo, la misma cantidad que los que padecen obesidad

¿Qué pasa? Guerras, catástrofes naturales y corrupción tienen mucho que ver. Pero hay un factor clave que pasa inadvertido para muchos: el comercio injusto, los países ricos bloquean a los pobres con sus productos. La ONG Intermón Oxfam, con la ayuda de famosos como Antonio Banderas o Michael Stipe, ha puesto en marcha una campaña internacional por unas reglas más justas de comercio.

Por John Carlin
El País06/12/04, 00.35 horas

En alguna parte de El País de hoy, como en otros periódicos a lo largo y ancho de Europa y Estados Unidos, habrá algún artículo, algún anuncio sobre las grandes obsesiones dietéticas de los hombres y mujeres de los países ricos: ¿cómo adelgazar?, ¿cómo hacer para no comer tanto?


Mientras muchos de nosotros venderíamos nuestras almas por conseguir la pastillita mágica que nos permitiera hartarnos de churros, chorizo y huevos fritos sin aumentar de peso, y (claro) sin incrementar los niveles de colesterol, hay 800 millones de personas en el mundo que se van a la cama todas las noches con hambre. Y hay más de 800 millones que tienen sobrepeso o padecen obesidad, según el Worldwatch Institute de Washington, un organismo que se dedica meticulosamente a acumular esta clase de datos.
Más estadísticas, todas de Naciones Unidas: cada cinco segundos muere un niño de hambre; uno de cada cinco niños en Estados Unidos es peligrosamente obeso; 10 millones de personas mueren cada año debido al hambre o las enfermedades que provocan y acentúan la malnutrición; el mundo produce comida más que suficiente para todos los seres humanos; el presupuesto total mundial que dan los Gobiernos de los países ricos para el desarrollo de los países pobres es de 50.000 millones de dólares al año; el presupuesto de Estados Unidos para la guerra en Irak (según cifras oficiales de ese país) hasta la fecha ya duplica esa cantidad.
El hambre, que mata directa o indirectamente a nueve veces más personas cada día de las que murieron en las Torres Gemelas de Nueva York, es la manifestación más extrema posible de la pobreza, del fracaso humano. Reducir la cifra de gente hambrienta en el mundo a la mitad ha sido identificado como una prioridad dentro de los Objetivos Milenio de Naciones Unidas para los próximos 10 años.
Aparte de organizaciones pertenecientes a la ONU, hay 1.200 ONG comprometidas con este esfuerzo. Con el objetivo de establecer por qué hay tanta hambre en el mundo, EPS ha sondeado las opiniones de representantes de la ONU, especialmente del Programa Mundial de Alimentos; de ONG, entre ellos Ignasi Carreras, director general de Intermón Oxfam; de académicos especialistas en el tema; y de expertos de todo tipo –de médicos a banqueros– en África, el continente donde el hambre es más endémica y devastadora.
No todos estaban de acuerdo en todo, pero en lo que hubo consenso fue en que la respuesta a la pregunta era más compleja y diversa de lo que podría pensar gente que no ha profundizado en el tema. Aquí, en una síntesis de la información recopilada, hay ocho razones por las cuales tantas personas en los países pobres se mueren de hambre al mismo tiempo que tantas en los países ricos se mueren de tanto comer.
01. La incompetencia o corrupción de los Gobiernos de los países más pobres
El ejemplo más caricaturesco lo da Guinea Ecuatorial, donde el presidente y su familia se han beneficiado con una extravagancia faraónica del descubrimiento de grandes yacimientos petrolíferos sin pensar ni un segundo en el 90% de la población que sufre hambre y abandono. Mientras el hijo del presidente ocupa suites en los hoteles más lujosos de Los Ángeles y París, y derrocha dinero comprando trajes en Rodeo Drive y la Rue Faubourg Saint Honoré, los ingresos medios de los habitantes que no son familia o amigos del presidente permanecen por debajo de un euro al día.
En Angola, donde no sólo hay petróleo sino una extensa riqueza mineral, una larguísima guerra civil terminó hace dos años, pero los gastos militares no han disminuido: siguen acaparando un 30% del presupuesto gubernamental. En Nicaragua, donde la mitad de la población vive en condiciones de pobreza extrema, el 85% de la deuda externa ha sido condonada en los dos últimos años, pero todavía no hay señal de que haya subido el presupuesto, por ejemplo, para la educación. La prueba más contundente de lo devastadores que son los Gobiernos malos con políticas ineptas se ve en el hecho de que las dos hambrunas más grandes del siglo XX ocurrieron en Ucrania, en tiempos de Stalin, y en China, en tiempos de Mao. (“¡Ideologías que despueblan el mundo!”, se lamenta el personaje Herzog, del novelista Saul Bellow).
Ni Stalin ni Mao perdieron el poder como consecuencia de los millones de personas que murieron entonces. Ni siquiera vieron su poder diluido. Lo mismo ocurre hoy en muchos de los países donde la gente come mucho menos de lo que podría si los Gobiernos se interesaran más por su bienestar. El hambre, incluso a nivel masivo, no conlleva un coste político. Quizá un dictador africano considere sensato abastecer de alimentos a la población urbana, al menos de la capital, con la única intención de mantener el orden público. Pero si los habitantes de las zonas rurales más aisladas sufren malnutrición, ¿qué importa?
Por eso el premio Nobel Amartya Sen, economista hindú de la Universidad de Oxford, argumenta en su libro Desarrollo y libertad que existe un vínculo muy claro entre tiranía y hambre, democracia y prosperidad. En las democracias, escribe Sen, no hay hambruna. “Los gobernantes autoritarios, que pocas veces pasan hambre (u otras calamidades económicas), no tienen el incentivo para tomar el tipo de medidas necesarias para que las hambrunas se prevengan”.
En las democracias, en cambio, los Gobiernos sí tienen un fuerte incentivo para mostrarse responsables ante las necesidades más elementales del electorado: si no lo son, la próxima vez que la gente vote es probable que pierdan el poder.
02. La poca fe de los grandes países capitalistas en el libre mercado
Al menos a la hora de comerciar con productos agrícolas. Uno de los grandes escándalos a nivel mundial, uno que todos reconocen pero pocos de los que podrían hacer algo al respecto abordan con la necesaria seriedad, es el de los subsidios que los agricultores de Estados Unidos y Europa reciben de sus Gobiernos. Las reglas del comercio internacional son tan injustas que si los mismos principios se aplicaran en un partido de fútbol se provocarían disturbios.
Es como si el arbitro en un Francia-Burkina Faso hubiese sido pagado por los franceses para asegurarles que todos los goles del equipo africano serían anulados, y, por si acaso, la mitad de los rivales expulsados antes de acabar el primer tiempo. El Gobierno del presidente Bush gasta 4.000 millones de dólares al año en subsidios para sus productores agrícolas. Lo que esto significa, en la práctica, es que, por ejemplo, los productores de algodón en Senegal van a la bancarrota. Los estadounidenses inundan el mercado y expulsan a los senegaleses de él.
Lo que es casi peor, inundan los propios países productores de algodón –o maíz o azúcar– con materia prima barata, lo que hace que los agricultores locales no puedan ni siquiera competir con los productos importados. La imagen del obeso ciudadano de Iowa, Estado agrícola por excelencia, contrastada con la del esquelético etíope, retrata a la perfección esta gran injusticia global. Los europeos son igual de culpables.
Hacen exactamente lo mismo con otros productos; una de las razones por las cuales algunos africanos, huyendo del hambre, se suben a pateras en Marruecos y (si tienen suerte) llegan a las costas españolas, generando problemas que proceden, al menos en parte, de la desleal competencia de la que son cómplices España y el resto de la Unión Europea.
03. Las guerras y la inseguridad en general
Los peores casos de hambruna en África en los últimos años se han dado en tiempos de guerra. El frágil equilibrio que permite que, aunque la gente pase hambre, sobreviva, se rompe y ocurre lo que ahora en Sudán y hace 20 años en Etiopía. Las guerras desplazan a la gente de sus tierras ancestrales, destruyen la infraestructura alimentaria, bloquean el acceso físico a comida de otras partes y dejan secuelas –por ejemplo, la muerte de individuos que saben cultivar la tierra– de las que las comunidades afectadas tardan años en recuperarse.
En Afganistán, el volumen de minas antipersonas enterradas en los varios conflictos militares que se han llevado a cabo desde 1979 ha hecho que más de la mitad de la tierra agrícola no pueda ser cultivada. Los europeos que recuerdan la Segunda Guerra Mundial, o la Guerra Civil española, entienden la ecuación guerra = malnutrición. Para un joven español o francés, hoy en día es casi inimaginable.
04. Dan pescado cuando hay hambruna, pero no enseñan a pescar cuando no la hay
Los países ricos responden bien cuando ocurre una catástrofe, pero lo que no han sabido hacer es ayudar a que se evite, o crear las condiciones para que los problemas del hambre endémica desaparezcan. O al menos no con el empeño necesario.
Un buen ejemplo lo da Etiopía, uno de los países del mundo donde más hambre hay. En 1984, el cantante irlandés Bob Geldof reunió a algunos de los mejores artistas musicales de la época y grabó una canción para recaudar fondos para las víctimas de la terrible hambruna etíope de aquel año. La iniciativa se llamó Band Aid y logró recaudar mucho dinero. Hoy, Geldof, Bono y unos 40 artistas más han hecho lo mismo, en este caso para las víctimas de Darfur, en Sudán.
El problema es que en los 20 años que han pasado desde aquel gran despertar de la conciencia internacional que Band Aid representó los problemas de Etiopía son los mismos. No hay hambruna hoy, al nivel de 1984, pero hambre permanente sí. En un contexto en el que la ayuda internacional a los países pobres se ha ido reduciendo, Etiopía ha recibido lo que un alto funcionario de la ONU calificó como cantidades “lamentables” del exterior.
En un año bueno, cuando las cosechas rinden a tope, entre dos y tres millones de personas de Etiopía necesitan comida del Programa Mundial de Alimentos u otros organismos internacionales. En un año malo, el número asciende hasta una cantidad entre 12 y 15 millones.
El problema es que: 1. Salvo brotes como Band Aid cada 20 años, los habitantes de los países ricos no se interesan lo suficiente como para presionar a sus Gobiernos para que inviertan más en ayuda a los pobres del mundo que en nuevos submarinos. 2. Mientras se reacciona de manera ágil y eficaz y contundente (sin escatimar las inversiones), a la hora de las grandes crisis, tipo Darfur, existe poco afán por el trabajo lento, gradual, poco glamuroso (lejos de las cámaras de la CNN) que se requiere para ir paulatinamente ganando terreno al hambre, y previniendo así las grandes hambrunas antes de que ocurran.
05. Hay amores que matan y gente que se acomoda a la supervivencia
Aunque la ayuda internacional es insuficiente, a veces es demasiado. Se crea un problema de dependencia que hace que comunidades enteras pierdan la costumbre de alimentarse a sí mismas. En Ruanda, un país muy pobre que ha recibido mucha ayuda alimentaria desde el genocidio de 1994, una ministra del Gobierno se quejaba, en una conversación hace un año, de que su gente, o mucha de ella, había perdido la costumbre de trabajar; de cultivar sus tierras.
Siempre habían vivido en un nivel de subsistencia, pero ahora la subsistencia no procedía de su propio trabajo, sino del camión semanal de reparto de comida. Incapaces de concebir –y esto tiene todo que ver con la falta de educación– una ambición más elevada que la mera supervivencia (lo cual desesperaba a la ministra, una mujer que había estudiado en el extranjero), habían dejado de preocuparse por desarrollar la economía local.
Vivían la vida casi de animales de zoológico. No muy digna, quizá, pero despreocupada, tranquila. Un ejemplo alternativo, pero que conduce a la misma conclusión, es el de aquellos angoleños que vivían en zonas rurales tan remotas durante la guerra que jamás recibieron ayuda. Hoy, que el país recibe menos ayuda que en aquellos tiempos de crisis, son ellos –los que no se acostumbraron a tener sus necesidades básicas satisfechas por gente caída del cielo– los que mejor se han adaptado, los que saben organizar sus vidas de manera productiva, responsable y eficaz. “Cuando tiene que hacerlo”, como comentó Ignasi Carreras, de Intermón Oxfam, “la gente se espabila”.
06. Las enfermedades
La malaria, el sida y la tuberculosis causan hambre. No es sólo que el hambre cause enfermedad. Porque cuanto más enfermo de malaria esté un señor en Mozambique que vive en una zona rural, menos posibilidades tendrá para trabajar en el campo y dar de comer a su familia, y alimentarse a sí mismo. Con lo cual se crea un círculo vicioso enfermedad-hambre-más enfermedad-más hambre. Así se va hundiendo una familia, una comunidad, un país.
No sólo se ve afectada la cantidad de comida a ingerir, sino también la calidad. La proporción de carbohidratos respecto a las proteínas aumenta en la dieta cuanta más pobreza hay. (La Dieta Atkins, la que permite consumir todas las proteínas que uno quiera con tal de no tocar los carbohidratos, definitivamente no es para gente pobre, ni siquiera en EE UU). Lo cual a su vez supone una deficiencia de los micronutrientes de los que se derivan el hierro, el zinc, el yodo y las vitaminas. Se podrá sobrevivir sin las cantidades de estos micronutrientes consideradas básicas en Occidente, pero no se puede llevar una vida sana. La vulnerabilidad es extrema.
07. El determinismo geográfico
El clima y otras fuerzas ineludibles de la naturaleza pueden influir de manera decisiva en los hábitos alimenticios de la gente. Los países donde hay hambre son los países calientes de la Tierra, los que están situados entre las latitudes de los trópicos. Estos países son, por un lado, más vulnerables a sequías o inundaciones –a la violencia meteorológica– que los países del norte. Pero, por otro lado, existe la paradoja de que, en términos históricos, son países más fértiles que los fríos; están menos a la merced de los cambios bruscos estacionales.
Una persona que no tiene ingreso alguno va a poder sobrevivir por su cuenta en la selva del Congo, va a poder encontrar comida en los árboles con más facilidad que una persona sin ingresos en los bosques de Finlandia. En tiempos prehistóricos, vivir en el Congo en vez de en Finlandia era una ventaja. Lo que ocurre, como cuenta Jared Diamond en su libro sobre la evolución de las civilizaciones Armas, gérmenes y acero, es que los humanos que habitan los países más fríos e inhóspitos se ven obligados a buscar formas de conservar la comida para el invierno, de planificar para el futuro.
Por ejemplo, antes de la refrigeración, utilizando la sal. Esta necesidad de conservar hizo que la relación con la comida se volviera más sofisticada en los países del norte que en los del ecuador o el sur.
08. La caridad comienza en casa
La solución al problema del hambre es muy sencilla de identificar y muy difícil de llevar a cabo: el desarrollo. A no ser que sea especialmente incapaz o tenga muy mala suerte, la gente que vive en Norteamérica, Europa o Japón no pasa hambre. No está mal nutrida. Y vive hasta los 75 años y más.
En África viven 20 o 30 años menos. Ignasi Carreras está en el negocio de ayudar a los hambrientos, pero él lo tiene claro: regalar comida no es, a mediano o largo plazo, la solución. “Lo más importante es que la gente sepa cómo ganarse la vida, que se valga por sí misma”, dice. El hambre es sencillamente la pobreza llevada a su máxima expresión. Con lo cual, lógicamente, hay que combatir la pobreza, hay que dar a la gente los medios y las condiciones para que puedan enriquecerse. Esto supone, primero, abordar los siete problemas anteriores mencionados en este artículo, sin excluir una cooperación internacional justa, responsable y enfocada con sensatez.
Pero ante todo, según lo entienden Carreras y –entre muchos más– el Nobel Amartya Sen, hay que procurar crear sociedades democráticas en el sentido más amplio y profundo de la palabra. Esto no implica tanto la celebración de elecciones como la creación del conjunto de factores –Estado de derecho, medios libres de comunicación– que llevan a la creación de una sociedad civil cuyos valores son más duraderos que los de cualquier Gobierno o partido político. El hambre no es un problema de malas cosechas o de falta de tierra. (En Japón comen mejor que en Argentina).
Es un problema con origen humano. Obedece a malas decisiones de determinadas personas, especialmente de las clases gobernantes. Cuanto más responsable y preparada sea la gente en el poder, y cuanto más generosa la gente en los países cuyos problemas de supervivencia elemental están resueltos, menos hambre habrá en el mundo. El problema es que todo esto, como demuestra la historia de la especie, es mucho pedir.
Más información de la campaña por un comercio más justo: teléfono de Intermón Oxfam: 902 330 331. www.intermonoxfam.org y www.comercioconjusticia.com.
Antonio Banderas y el maíz
El actor y director español que triunfa en Hollywood ha elegido el maíz para concienciar al mundo sobre el comercio injusto. Cinco millones de familias campesinas de México se enfrentan a la ruina porque el Gobierno de Estados Unidos subvenciona a sus empresas agrarias, que exportan su producción a su vecino del sur. En los últimos 10 años, la exportación de maíz de EE UU a México se ha triplicado y los precios de este producto han caído un 70%. Michael Stipe y la leche El cantante de REM ha elegido los productos lácteos en su campaña de sensibilización. Intermón Oxfam da datos preocupantes: las grandes empresas europeas reciben cada año más de 1.000 millones de euros en subsidios a la exportación. Con esos recursos inundan los mercados del Tercer Mundo de leche en polvo, que amenaza el sustento de los productores autóctonos. Con el café pasa otro tanto. Entre 2000 y 2003 su precio se redujo a la mitad; 25 millones de familias que cultivan café viven una grave amenaza. Tamara Rojo y las plumas La bailarina española, estrella del Royal Ballet de Londres, se ve aquí inundada de plumas. La crianza de pollos es una de las salidas para muchos campesinos en África Occidental, pero en los últimos años no pueden competir con las importaciones baratas procedentes de países europeos como Francia y Bélgica. Entre 2001 y 2003 se perdieron 2.500 empleos en Senegal por las importaciones de pollo. En 2002, Ghana aprobó implantar aranceles a estos productos, pero el FMI obligó al Gobierno a no aplicarlos. Thom Yorke y el chocolate El líder del grupo británico Radiohead, revolucionarios del pop, se ve en la imagen bañado de chocolate. El cacao es un producto del que dependen millones de campesinos en 50 países. Costa de Marfil, Ghana, Nigeria y Camerún producen alrededor de dos terceras partes de la producción mundial de cacao, pero los cuatro figuran entre los países más pobres. Las presiones de las multinacionales han rebajado el precio que pagan a los campesinos por libra de cacao desde 1,80 dólares en 1977 hasta 0,80 en 2003. Alanis Morissette y el trigo La cantante canadiense se ve ‘atacada’ por el trigo. Estados Unidos y la UE representan la mitad de las exportaciones de trigo del mundo, y lo venden entre un tercio y un 46% por debajo del coste de producción. Mientras se obliga al Tercer Mundo a desmontar sus aranceles, los países ricos los inundan con sus productos subvencionados. Algo parecido sucede con el arroz. La UE y Japón protegen sus mercados con altas barreras arancelarias. A los países del Sur se les paga por su arroz un 60% menos que en 1980. Youssou N’Dour y el algodón El cantante senegalés, uno de los pioneros del éxito de la música étnica en el mundo, llama la atención sobre las desigualdades en el comercio del algodón. Intermón Oxfam aporta las cifras: 25.000 explotaciones y empresas de EE UU controlan el mercado mundial. Las subvenciones de este país a la exportación de algodón triplican el presupuesto total de ayuda a África de EE UU. Esos subsidios superan el PIB de Burkina Faso. El algodón es la principal fuente de ingresos agrícolas de países como Benin, Malí, Chad y Togo. Bono y el azúcar Con esta secuencia de fotos, el cantante y líder de U2 quiere contribuir a denunciar el sistema europeo de producción de azúcar, que prima a grandes explotaciones para que produzcan más de lo que consumen los europeos e inunden cada año los mercados mundiales con cinco millones de toneladas de este producto, a precios inferiores a los costes. Esto arruina a los campesinos pobres de algunos de los países más pobres, como Mozambique, Malawi y Etiopía.
Famosos para un comercio justo
Por Rafael Ruiz Los responsables de comunicación de las ONG lo saben bien y lo suelen decir al oído: en el mundo desarrollado, con tal proliferación de mensajes y de información, enseguida se corre el riesgo de saturación, y la repetición de cifras de la desigualdad en el reparto de la riqueza y de imágenes que demuestran cómo viven los menos favorecidos topan, en determinado momento, con el muro de lo ya demasiado visto, que no remueve conciencias.
Por eso, la ONG Intermón Oxfam (IO) ha decidido esta vez plantear una campaña internacional de otra manera, dándole la vuelta. Para explicar un tema difícil de explicar, las relaciones injustas de comercio entre el Norte y el Sur, ha contado con la colaboración de personajes famosos –los que salen en estas páginas–, líderes de opinión que han prestado su imagen para llamar la atención, para que la gente se fije y enfoque bien un problema: desde sus privilegiadas posiciones, los países ricos inundan –por eso, los famosos aparecen en las fotos metafóricamente inundados con chocolate, maíz, trigo, leche– con sus productos agrícolas subvencionados a los países del Tercer Mundo, que siguen viviendo básicamente de la agricultura –mientras países como Bélgica y Holanda tienen menos de un 10% de población rural; en otros, como Ruanda y Uganda, más del 85% son campesinos–.
Los saturan, los bloquean, les hacen imposible competir en el mercado mundial; es más, ni siquiera les dejan margen para poder vender sus productos en su propia tierra. La supuesta globalización no es tal. El Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) establecen un juego con reglas desiguales. Explican en Intermón Oxfam que a los países en desarrollo se les obliga a abrir sus fronteras, a desarmarse de aranceles y cualquier otra medida proteccionista –en aras del libre comercio–, pero, a la vez, los países más desarrollados –la UE y EE UU– usan las subvenciones agrícolas para poner en el mercado productos, como el trigo y el azúcar, a precios por debajo de su coste.
Competencia desleal. Además, las multinacionales alimentarias fuerzan continuamente a la baja el precio de materias como el cacao y el café –sus precios en origen, lo que se paga a los que cultivan la tierra, han caído a la mitad en los últimos años–. Así la situación, los campesinos del Sur sencillamente se mueren de hambre. Estas reglas injustas de comercio constituyen una de las claves con más ramificaciones de por qué hay hambre.
Los agricultores y ganaderos del Tercer Mundo no ganan para salir adelante; son vulnerables a episodios de sequía o violencia. Lo dice en dos frases Intermón Oxfam: “900 millones de campesinos no pueden vivir dignamente de su trabajo. Han sido arrastrados a la ruina porque no pueden competir con los productos baratos subvencionados por los países ricos”. “Millones de familias pasan hambre por la crisis de materias primas.
Deben vender sus cosechas por menos de lo que les cuesta producirlas, mientras las grandes empresas aumentan sus ganancias por los bajos precios que pagan por ellas”. La ONG dice que ahora es el momento de luchar por cambiar, ya que en septiembre el Gobierno español lanzó en las Naciones Unidas, junto a Francia, Brasil y Chile, la Alianza contra el Hambre, que persigue acabar en 2015 con lo que John Carlin describe en su reportaje como “la manifestación más extrema del fracaso humano” y porque en 2005 se celebra en Hong Kong la próxima reunión de la OMC, que trazará las coordenadas hasta 2020.
Para presionar intentan recoger millones de firmas. Dicen que desde abajo también se puede influir, y ponen como ejemplo dos campañas de firmas que sí sirvieron: la que en 2001 llevó a las empresas farmacéuticas a retirar la demanda contra Suráfrica por aprobar una ley que facilitaba el acceso a medicamentos contra el sida más baratos que los patentados, y la que en 2003 convenció a Nestlé para reducir de 6 a 1,5 millones de dólares su reclamación al Gobierno de Etiopía por nacionalizar una empresa filial.


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