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Obras completas


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FRANZ KAFKA


OBRAS COMPLETAS

ÍNDICE
INTRODUCCION



DESCRIPCION DE UNA LUCHA (1904)

CABALGATA

PASEO

EL GORDO

HUNDIMIENTO DEL GORDO

PREPARATIVOS PARA UNA BODA EN EL CAMPO (1907)

LOS AEROPLANOS DE BRESCIA (1909)

MUCHO RUIDO (1911)

DISCURSO SOBRE LA LENGUA YIDDISCH (1912)

LA CONDENA (1912)

AMERICA (1912)

EL FOGONERO

EL TÍO

UNA QUINTA EN LAS AFUERAS DE NUEVA YORK

CAMINO A RAMSÉS

BOTE OCCIDENTAL

EL CASO ROBINSON

UN ASILO

EL GRAN TEATRO INTEGRAL DE OKLAHOMA

LA METAMORFOSIS (1912)

CONTEMPLACIÓN (1913)

NIÑOS EN LA CARRETERA

DESENMASCARAMIENTO DE UN EMBAUCADOR

EL PASEO REPENTINO

RESOLUCIONES

LA EXCURSIÓN A LA MONTAÑA

DESGRACIA DE SOLTERO

EL COMERCIANTE

CONTEMPLACIÓN DISTRAÍDA

CAMINO A CASA

TRANSEÚNTES

EL PASAJERO

VESTIDOS

LA NEGATIVA

REFLEXIONES PARA JINETES

LA VENTANA A LA CALLE

EL DESEO DE SER PIEL ROJA

LOS ÁRBOLES

DESDICHA

EL PROCESO (1914)

EN LA COLONIA PENITENCIARIA (1914)

EL MAESTRO DE PUEBLO (EL TOPO GIGANTE) (1914)

BLUMFELD, UN SOLTERÓN (1915)

UN MEDICO RURAL (1916)

UN MÉDICO RURAL

EL NUEVO ABOGADO

EN LA GALERÍA

UN VIEJO MANUSCRITO

ANTE LA LEY

CHACALES Y ÁRABES

UNA VISITA A UNA MINA

LA ALDEA MAS CERCANA

UN MENSAJE IMPERIAL

PREOCUPACIONES DE UN JEFE DE FAMILIA

ONCE HIJOS

UN FRATRICIDIO

UN SUEÑO

INFORME PARA UNA ACADEMIA

LA MURALLA CHINA Y OTROS RELATOS (1918)

LA MURALLA CHINA

EL ESCUDO DE LA CIUDAD

DE LAS ALEGORÍAS

¡OLVÍDALO!

UNA PEQUEÑA FÁBULA

POSEIDÓN

LA PARTIDA

UNA CRUZA

EL CAZADOR GRACCHUS

FRAGMENTO PARA EL CAZADOR GRACCHUS

UN GOLPE A LA PUERTA DEL CORTIJO

EL PUENTE

DE NOCHE

EL TIMONEL

EL TROMPO

UNA CONFUSIÓN COTIDIANA

EL JINETE DEL CUBO

EL MATRIMONIO

EL VECINO

LA PRUEBA

ABOGADOS

REGRESO AL HOGAR

COMUNIDAD

EL BUITRE

EL

PROMETEO

EL SILENCIO DE LA SIRENAS

LA FATIGA

DE LA MUERTE APARENTE

LA VERDAD SOBRE SANCHO PANZA

LA CONSTRUCCIÓN

INVESTIGACIONES DE UN PERRO

CARTA AL PADRE (1919)

EL CASTILLO (1922)

UN ARTISTA DEL HAMBRE (1923)

UNA MUJERCITA

UN ARTISTA DEL HAMBRE

UN ARTISTA DEL TRAPECIO

JOSEFINA LA CANTORA

CONSIDERACIONES ACERCA DEL PECADO

INTRODUCCIÓN


Algunas especulaciones sobre lo kafkiano
"Moles de piedra, de un negro azulado, se acercaban en cuñas hasta el mismo tren; se asomaba uno por la ventanilla y buscaba inútilmente las cumbres: allí se abrían valles oscuros, angostos, desganados, y uno indicaba con el dedo la dirección en que se perdían; allí venían anchos ríos correntosos que de prisa se precipitaban en forma de grandes olas, sobre el quebrado cauce y, arrastrando en su seno mil olitas espumosas, se volcaban bajo los puentes que el tren cruzaba, tan cerca, que el rostro se estremecía al hálito de su frescura", ¡Es quizás esta visión desolada la del paraíso entrevisto por Kafka, ese paraíso al que Karl Rossmann, el héroe de América, se resiste tan empeñosamente en penetrar, a pesar de desearlo con tanta ansiedad? ¿o quizá fuera aquel castillo "que se destacaba con limpieza allí arriba en el aire luminoso; la nieve, que se extendía por todas partes en fina capa, revelaba claramente el contorno (...) en la montaña, todo tenía un aspecto despejado, todo subía con libertad en el aire, o al menos eso parecía desde aquí"?

Desde la muerte de Franz Kafka, un 3 de julio de 1924, muchas han sido las interpretaciones posibles de sus obras. En los primeros momentos del impacto de su publicación se destacaron las que veían en K. un arquetipo del hombre en lucha contra un sistema, Lucha estéril y sin esperanzas que hizo que los seudomarxistas la consideraran como "de pequeño burgués angustiado". "Dónde estaba el juez que nunca había visto? ¿Dónde estaba el Alto Tribunal al cual nunca había llegado? (...) uno de los señores cogió la garganta a K. y el otro le clavó el cuchillo a la altura del corazón, repitiendo dos veces más la operación."

No faltaron las explicaciones médicas y psicológicas, unas que correlacionan el largo proceso de su enfermedad (No podía contener sus resoplidos y, de vez en cuando, tenía que pararse a descansar. Nadie lo corría" ), sobre todo en el análisis de La metamorfosis, con la lenta agonía de K., otras que ven en la interrelación padre-hijo la suma de todas las obsesiones y complejos en esos mismos personajes ("... te encontrabas enteramente absorto en el negocio, te dejabas ver sólo una vez por día, causándome así una impresión tan honda, que apenas llegó a disminuir alguna vez con la costumbre"), y que tan bien queda explicitada en Carta al padre.

Es indudable que el carácter común de todas estas interpretaciones, hasta las más opuestas, consiste en hacer de las obras de Kafka "novelas en clave", buscando en ellas motivaciones religiosas, ontológicas, sociales y mitológicas.

Es innegable que en la obra de Kafka hay un condimento religioso, no cabe duda que su sentimiento de la existencia tiene ciertas analogías con el pensamiento de Kierkegaard; pero su obra no puede reducirse a ser función de estas tesis, o de otras. Una novela no es una idea abstracta oscurecida con metáforas, es un mito revelador, nos arroja una nueva visión del mundo, una nueva forma de sentir lo maravilloso y lo cotidiano.

En esta sociedad deshumanizada, el hombre, despojado de su particularidad, deviene una cosa impersonal y fantástica. Pero esa unidad de la creación poética y la vida no surgen por expresarse con los mismos materiales, sino porque engendran y expresan las mismas reacciones. El mundo externo e interno de Kafka son uno solo: cuando él nos habla de otro mundo deja entrever que ese otro mundo está en éste. Porque lo que le falta al mundo es también el mundo, se expresa por su negación. "Yo he asumido intensamente la negatividad de mi tiempo, que además me es muy cercano, y que no tengo derecho a combatir, pero que en cierta medida tengo el derecho de representar."
Kafka no es ni un desesperado ni un revolucionario, es un testimonio iluminador. Su obra es una lucha sin esperanzas. Su única salida era penetrar en la muerte, abandonando así su particularidad. "Será a la muerte a quien me confiaré. Resto de una creencia. Retorno al padre Gran día de reconciliación." Él, que pudo a su vez ser "padre" por medio del matrimonio, no aceptó serlo, de alguna manera no podía ser "un nuevo origen de generaciones".

Toda su obra es una clara búsqueda de hallar un sentido a la vida, él que era "más extranjero que un extranjero". Un miembro del gheto judío de Praga, obligado a expresarse en alemán, enfermo –lo que lo marginaba de la vida–, perdido entre el cielo y la tierra, desgajado de su contexto. Judío aislado de su comunidad, pero que siente la nostalgia de ella, la "ausencia del suelo, del aire, de la ley". Así como K. desea aferrarse a una comunidad, penetrar en la "Gracia" en un sentido teológico. Así –como lo expresa Max Brod–, El proceso y El castillo serían la Justicia y la Gracia que la Divinidad nos ofrece. "¿Hasta cuánto soportarás el silencio de la perrada? ¿Hasta cuánto lo soportarás? Esta es la pregunta vital, más allá de todas las otras."

Ese silencio, ese silencio que la Cábala define como la voz de Dios, ese silencio que es una respuesta, genera una actitud común que en Kafka se expresa a través del prisma de su talento; la angustia, esa angustia que nos arrastra a la muerte, pero que nos permite la lucidez necesaria coma para diseccionar el proceso, como un médico que busca el secreto de la vida entre la carroña y los gusanos de la muerte.

Kafka no es un escritor "negro". Este hombre desesperado y solitario aspira a la normalidad con todas sus fuerzas, no quiere ser excluido de la "perrada". El conflicto con el padre, no necesariamente es una muestra de las tesis del psicoanálisis, ya que, además de prefigurar los conflictos internos posteriores, resume en general la visión de una sociedad represiva y alienante, que ahoga al individuo. Es así que confiesa a Brod su proyecto de titular a toda su obra "Tentativa de evadirse de la esfera paterna", pero donde "esfera paterna" representaría en verdad a la sociedad y la religión, mejor dicho a nuestras concepciones alienantes de la sociedad y la religión.
Su obra y su vida; inextricablemente ligadas, son un canto desesperado de amor y temor, de rebelión y de angustia. La fuerza y la trascendencia de Kafka deben buscarse en haber hallada una técnica para expresar y traducir en forma literaria esa angustia. "El deseo de muerte es uno de los primeros indicios que empezamos a discernir. Esta vida nos parece intolerable, la otra inaccesible. Ya no se siente vergüenza de querer morir; se implora desde la vieja celda que se odia, ser trasladado a otra nueva, que tendremos todavía que aprender a odiar."

Dentro de este universo kafkiano surge un solo personaje unificador de esta realidad, intercesor entre el poder (¿Dios quizá?) y el mundo: la mujer. A ella se aferra ambigua y simbólicamente; en Kafka el enfrentamiento de dos tesis filosóficas –trascendencia o inmanencia es un drama que debe vivirse con pleno desgarramiento. Leni, la enfermera del abogado de El proceso, y Frieda, la cantinera del mesón de los señores, en El castillo, representan perfectamente este poder mediador. K. soportará todas las humillaciones, pero se aferrará a ellas con uñas y dientes, única esperanza de redención, recuperación quizá de ese período de Gracia que precedió a la Caída, ejemplificado por esa misma mujer: diosa-madre-amante. En verdad, lo que separa a Tito de Berenice es todo el peso del mundo, que se hunde en las más profundas raíces del pasado.

Kafka es así una especie de Mesías negativo que revela el desorden íntimo y absurdo del mundo. "La vida se reduce a no ser más que simple existencia; no hay más drama ni lucha, sino simplemente usura de la materia, caducidad." Y así hasta la muerte, asesinado por la ausencia de Dios.

Tal es el mundo interior de Kafka y sus ambigüedades. No es optimista, porque no ve ni muestra los medios para cambiar al mundo extirpando las raíces de la alienación. Tampoco es pesimista. "Yo lucho, nadie lo sabe", escribe en sus Diarios. El héroe de El proceso no se detiene hasta encontrar al juez y el de El castillo nunca ceja en su búsqueda. Sólo en la creación artística, en la construcción de! mito, Kafka intenta liberarse de las ambigüedades de este mundo. Su técnica: el arte, la creación, de hecho un desafío a la muerte. Todo artista es, a su manera, un deicida.
No es necesario que salgas de casa. Quédate en tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar; no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies."
A. LAURENT

DESCRIPCIÓN DE UNA LUCHA
...la gente se mece y en la grava se pasea bajo este vasto cielo

que de lomas lejanas a lejanas lomas llega.
I
Algunas personas se levantaron casi a las doce; después de hacer reverencias, darse las manos y decir que todo había sido muy agradable, salieron al vestíbulo por el gran portal. La dueña de la casa, en el centro, se inclinaba con volubilidad, mientras se agitaban los bonitos pliegues de su vestido.

Yo, sentado a una mesita con tres patas finas y tensas, en ese momento tomaba un sorbo de mi tercera copa de Benedictine, y al beber miraba la pequeña provisión de pastelillos que yo mismo había elegido y apilado.

Entonces, en la puerta de una habitación contigua apareció mi nuevo conocido, un poco agitado y desordenado; como no me interesaba gran cosa, quise apartar la mirada. Él, en cambio, se me acercó, y riéndose distraídamente de lo que me ocupaba, dijo:

–disculpe que me dirija a usted, pero he estado hasta ahora sentado con mi novia en la habitación contigua desde las diez y media. ¡Esta sí que ha sido una noche, compañero! Comprendo: no está bien que se lo cuente; apenas nos conocemos. ¿No es así? Apenas si al llegar hemos cambiado unas palabras en la escalera. Con codo, le ruego que me disculpe, pero no soportaba ya la felicidad, era más fuerte que yo. Y como aquí no tengo conocidos en quienes confiar...

Miré con tristeza su bello rostro arrebolado –el pastelillo de fruta que me había llevado a la boca no era gran cosa y le dije:

–Desde luego que me agrada parecerle digno de confianza, pero no me interesa ser su confidente. Y usted, si no estuviese tan alterado, se daría cuenta de lo tonto que es hablar de una muchacha enamorada a un bebedor solitario...

Cuando callé, se desplomó sobre el asiento y echándose hacia atrás dejó colgar los brazos. Luego los cruzó y habló en voz bastante alta:

–Hace un momento Anita y yo estábamos solos en ese cuarto. Yo la besaba, la besaba, ¿entiende?, en la boca, en las orejas, en los hombros. ¡Dios mío!

Algunos invitados, suponiendo una animada conversación, se acercaron bostezando. Me levanté y dije para que todos lo oyeran:

–Bien; si usted lo desea voy, pero insisto en que es una locura ir al Laurenzi en una noche de invierno. Hace frío y la nieve hace que los caminos parezcan pistas de sky. Pero si se empeña...

Primero me miró con sorpresa, entreabriendo sus húmedos labios, pero luego, cuando vio a los otros, muy próximos, se echó a reír y dijo al tiempo que se levantaba:

–¡Oh!, el fresco nos sentará bien; tenemos las ropas transpiradas e impregnadas en humo; además, sin haber bebido precisamente con exceso, estoy un poco mareado. ¿Vamos?

Buscamos a la anfitriona quien, mientras él besaba su mano, le dijo:

–Me siento muy contenta; ¡parece usted tan feliz esta noche!...

La bondad de sus palabras lo emocionó y se inclinó nuevamente sobre la mano; entonces ella sonrió. Tuve que arrastrarlo. En el vestíbulo había una criada que veíamos por primera vez. Nos ayudó con los abrigos y tomó una pequeña lámpara para alumbrarnos la escalera. Una cinta de terciopelo casi pegada a la barbilla rodeaba su cuello desnudo; dentro de sus ropas sueltas, el cuerpo ondulaba al precedernos con la lámpara. Sus mejillas estaban rojas; había bebido vino, y al débil resplandor que llenaba la escalera, se advertía el temblor de sus labios.

Una vez abajo, puso la lámpara en un escalón, avanzó hacia mi compañero; lo abrazó y besó y lo volvió a abrazar. Sólo cuando le puse una moneda en la mano se desprendió como adormilada, abrió con lentitud la pequeña puerta y nos dejó salir.


Sobre las calles vacías, uniformemente iluminadas, había una luna enorme que brillaba en el cielo ligeramente nublado y que por ello se veía más extenso. Sólo se podían dar saltitos sobre la nieve congelada.

De inmediato comencé a sentirme muy despabilado. Flexioné las piernas, hice crujir las coyunturas, grité un nombre como si alguien hubiese escapado doblando la esquina; arrojé el sombrero al aire y lo recogí con jactancia.

Mi compañero no se preocupaba por lo que yo hacía. Iba con la cabeza inclinada, mudo. Me extrañó; había supuesto que al sacarlo de la reunión se pondría a hablar ansiosamente. No fue así, también yo podía comportarme con más calma. Acababa de darle un golpecito animador en la espalda cuando, de pronto, dejé de comprenderlo y retiré la mano y la metí en el bolsillo del abrigo. Continuamos, pues, en silencio. Yo, atento al ruido de nuestros pasos, no llegaba a comprender cómo no me era posible conservar el paso de mi acompañante. Sin embargo, el aire era diáfano y veía, nítidamente sus piernas. Alguien nos contemplaba acodado en una ventana.

Al entrar en la calle Ferdinand noté que mi compañero comenzaba a tararear una melodía de "La Princesa del Dólar"; lo hacía muy quedo, pero alcanzaba a oírlo bien. ¿Qué se proponía? ¿Ofenderme? Bien; estaba dispuesto a prescindir de la música y del paseo. ¿Y por qué no hablaba? Si no me necesitaba ¿por qué no me había dejado en paz con las golosinas, y al calor del Benedictine? Desde luego que yo no había tenido mucho interés en dar este paseo. Por otra parte, podía divertirme sin él. Regresaba de una velada, acababa de salvar del oprobio a un joven ingrato y me paseaba ahora a la luz de la luna. De acuerdo. Durante el día, en el trabajo, después en sociedad y, por la noche, en las calles, y sin medida. Un modo de vivir atolondrado... en su naturalidad. Pero mi compañero aún me seguía; hasta aceleró el paso al notar que se había retrasado. No hablábamos; tampoco podía decirse que camináramos. Me pregunté si no me convenía coger una calle lateral, ya que en el fondo no tenía ninguna obligación de pasear con él. Podía regresar a casa solo, nadie podía impedírmelo. Luego lo vería, desorientado, irse por la bocacalle. ¡Adiós, querido! Me acogerá la tibieza del cuarto, encenderé la lámpara de pie de hierro que hay sobre la mesa, y luego, ¡por fin!, me arrojaré en mi sillón, sobre la raída alfombra oriental. ¡Hermosas perspectivas! ¿Y por qué no? ¿Y después? Ningún después. La claridad de la lámpara caerá sobre mi pecho en la cálida habitación. Luego me abandonará el calor y las horas pasarán en una soledad de paredes pintadas; sobre el suelo, que en el espejo de marco dorado de la pared trasera se refleja oblicuamente.

Mis piernas comenzaban a fatigarse y estaba decidido a regresar a casa de cualquier modo para meterme en cama, cuando me asaltó la duda de si, al separarnos, debía saludarlo o no. Era demasiado tímido para alejarme sin saludar y me faltaba valor para hacerlo con una simple exclamación. Me detuve. pues, y apoyándome en una pared iluminada por la luna, esperé.

Mi compañero se deslizaba hacia mí por la acera, rápido, como si yo debiera recibirlo en brazos. Me hacía un guiño en señal de inteligencia, por algo qua yo probablemente no recordaba.

–Qué pasa? –pregunté. ¿Qué pasa?

–Nada, nada –dijo, sólo queda conocer su opinión sobre la criada que me besó en el zaguán. ¿Quién es esa muchacha? ¿La ha visto antes? ¿No? Yo tampoco. ¿Era en realidad una criada? Quise preguntárselo desde que bajamos la escalera detrás de ella.

–Era una criada, y creo qua ni siquiera de las principales: lo noté por sus manos enrojecidas; cuando le di el dinero sentí la aspereza de la piel.

–Eso probaría que hace algún tiempo que sirve.

–Tal vez tenga razón; en la penumbra no se distinguía bien; pero al mismo tiempo su cara me recordaba a una muchacha bastante madura, hija de un oficial al que conozco.

–A mí no –dijo él.

–Eso no me impedirá marcharme a casa; es tarde, y mañana tengo que ir al trabajo; se duerme mal allí.

Le tendí la mano.

–¡Qué espanto! ¡Qué mano más fría! –exclamó. No quisiera irme a casa con una mano así. También usted debiera haberse hecho besar. Omisión, por otra parte, fácilmente subsanable. ¿Dormir? ¿En semejante noche? ¡Qué ocurrencia! Considere cuántos pensamientos felices se ahogan bajo las mantas al dormir solo y cuántos sueños desdichados arropa con ellas.

–Yo no ahogo ni arropo nada –dije.

–¡Bah! Déjeme usted; es un gracioso –concluyó. Comenzó a alejarse, y yo, preocupado por sus palabras, lo seguí maquinalmente.

Deduje de su modo de hablar que él suponía algo que se relacionaba conmigo, algo que tal vez no existía, pero cuya mera presunción me elevaba a sus ojos. Era mejor que no hubiese vuelto a casa. Tal vez este hombre, a mi lado, con la boca humeante por el frío y pensando en criadas, se hallara en condiciones de valorizarme ante la gente, sin esfuerzo de mi parte. ¡Que no me lo malogren las muchachas! –me decía. Que le besen y le abracen, bueno; al fin y al cabo es la obligación de ellas y el derecho de él, pero que no me lo arrebaten. Cuando lo besan también me besan un poco a mí, si se quiere; con los ángulos de la boca, en cierto modo; pero si lo seducen me lo quitan. Y él debe permanecer siempre conmigo, siempre; ¿quién sino yo lo protegerá? Pero el pobre diablo es bastante tonto: en pleno febrero le dice uno: "Vamos al monte Laurenzi" y viene. Además puede caerse, resfriarse, algún hombre celoso puede salir del callejón del Correo, y asaltarlo. ¿Qué seria de mí después? Sería como proscrito del mundo. No; ya nunca se librará de mí.


Mañana conversará con Ana. al principio de cosas vulgares, como es natural, pero de pronto no pudiendo contenerse dirá: "Anoche, Anita, después de la velada, estuve con un hombre, un hombre como con seguridad nunca has visto. Tiene el aspecto –¿cómo podría describirlo? – de un junco, con un pelo negro que le hace rizos en la nuca. Sobre su cuerpo pendían tiras de género amarillento que lo cubrían por completo, y que, con la calma que reinaba anoche, se le adherían al cuerpo. ¡Cómo!, Anita, ¿pierdes el apetito? Creo que la culpa es mía por habértelo contado tan mal. ¡Ah, si lo hubieras visto, caminaba con timidez a mi lado, adivinando que te amaba, lo cual, desde luego, no era nada difícil! Para no turbar mi felicidad se me adelantó durante un buen rato. Creo que te habrías reído y tal vez te hubieras asustado un poco, pero a mí me agradaba su presencia. Y, ¿dónde estabas, Anita? Durmiendo, y el África no estaba más lejos que tu cama. A veces me parecía que con la simple expansión de su pecho, se elevaba el cielo estrellado. ¿Crees que exagero? ¡No!, ¡no!, por mi alma, que te pertenece, te juro que no.

Y no perdoné a mi compañero –precisamente dábamos los primeros pasos sobre el muelle Francisco ni la mínima parte de la vergüenza que debía sentir durante semejante discurso. Sólo que en aquel entonces mis pensamientos se enmarañaban, ya que el Moldava y los barrios de la orilla opuesta yacían inmersos en una misma oscuridad; a pesar de todo allí había algunas luces que jugaban con los ojos del espectador.

Cruzamos la carretera hasta la barandilla del río y allí nos detuvimos. Encontré un árbol en que apoyarme. Soplaba frío desde el agua y me puse los guantes; suspiré sin motivo, como suele hacerse de noche junto al río, y de inmediato quise continuar. Pero él miraba el agua y no se movía. Luego se acercó a la barandilla y, con las piernas junto al hierro, se acodó y se apoyó la frente en las manos. ¿Y qué más? Sentí frío y tuve que subirme el cuello del abrigo. Se distendió; la espalda, los hombros, el cuello, manteniendo el busto, que descansaba sobre los brazos estirados, más allá de la barandilla.

–Los recuerdos, ¿no es así? –continúe. Si ya el recuerdo es triste, ¡cómo será lo que se evoca! No se entregue a tales evocaciones, no son para usted ni para mí. Con ellas sólo se debilita la actual posición, sin consolidar la anterior que, por otra parte, ya no necesita ser consolidada. ¿Cree usted que yo tengo recuerdos? Diez por cada uno de los suyos. En este mismo momento, por ejemplo, podría acordarme de cómo estaba una vez, sentado en un banco. Era de noche y a la orilla de un río; en verano. En una noche así acostumbro a encoger las piernas y rodearlas con los brazos. Había apoyado la cabeza en el respaldo de madera y miraba las montañas nebulosas de la otra orilla. Un violín tocaba suavemente en el hotel de la playa. En ambas márgenes pasaban de vez en cuando trenes envueltos en humo brillante.

Mi compañero me interrumpió, se volvió de pronto, casi como asombrado de verme todavía con él.

–¡Ah, todavía podría contar mucho más! –agregué.

–Piense que siempre sucede así –comenzó él. Cuando hoy salía por la escalera de mi casa para dar una vuelta antes de la reunión, me asombré de que mis manos bailaran alegremente dentro de los puños de la camisa. Me dije: "Espera, hoy ha de suceder algo. Y sucedió efectivamente."

Ya había empezado a caminar cuando dijo esto; y se volvía para mirarme con sus grandes ojos, sonriente. Así estaban las cosas, pues. Podía contarme tales aventuras, sonreír y mirarme con sus grandes ojos. Y yo, yo debía contenerme para que mi brazo no rodeara sus hombros, para no besarle los ojos, como premio por poder prescindir de mí hasta ese punto. Lo peor era que ya tampoco importaba nada, que nada podía cambiar, porque yo debía necesariamente irme.

Mientras buscaba afanosamente algún medio para quedarme por lo menos un rato más, se me ocurrió que tal vez mi gran estatura, al hacerle parecer más bajo, le era desagradable. Y esta circunstancia me torturó de tal forma –ya era noche avanzada y no encontrábamos casi a nadie–, que me encorvé hasta tocar las rodillas con las manos. Pero para que él no lo notara, mi posición la fui cambiando poco a poco, durante el camino, mientras trataba de desviar su atención. Incluso, una vez lo hice volver en dirección al río y le señalé los árboles de la isla de los tiradores, para que notara cómo se reflejaban los focos de los puentes.

Yo no había terminado por completo, cuando, volviéndose de repente, me miró y dijo:

–¿Qué le ocurre? Está usted completamente encorvado. ¿Qué le ocurre?

–Muy bien –dije, con la cabeza junto a la costura de su pantalón, lo que me impedía levantar los ojos, su vista parece muy buena.

–¡Vamos, vamos! Enderécese. ¡Qué tontería!

–No –dije y miraba el suelo muy próximo, me quedo así.

–Realmente, conseguirá que me enfade. Nos estamos retrasando inútilmente. ¡Vamos! ¡Terminemos!

–¡Cómo gritas! ¡Y en una noche tan tranquila! –dije.

–Como usted quiera –agregó, y después de un rato: La una menos cuarto.

Evidentemente, veía la hora en la torre del molino. Yo estaba tieso como si me hubieran levantado por los pelos. Mantuve un rato los labios entreabiertos para que la excitación pudiera abandonarme por la boca. Entonces comprendí: me estaba echando. Junto a él no había sitio para mí, y si existía era inhallable. ¿Por qué –dicho sea de paso– me empeñaba en estar con él? No; sólo quería irme, y al instante, para ver a mis parientes y amigos. Y aunque no tuviera parientes y amigos tendría que arreglármelas de cualquier modo (¿de qué serviría quejarse?), y cuanto antes mejor. Junto a él ya nada podía ayudarme, ni mi estatura, ni mi apetito, ni mi mano helada. Pero si yo llegaba a opinar que debía quedarme a su lado, esa opinión sería realmente peligrosa.

–Su indirecta está de más –dije.

–¡Gracias a Dios que se ha enderezado! Lo único que dije es que ya es la una menos cuarto.

–Está bien –dije, e introduje las uñas de dos dedos entre los dientes castañeteantes–. No necesito su indirecta y menos aún su explicación. Sólo necesito su compañía. Se lo ruego: retire lo que ha dicho.

–¿Lo de la una menos cuarto? Con mucho gusto, sobre todo porque esa hora ya pasó hace rato.

Levantó el brazo derecho, agitó la mano y se puso a escuchar el tintineo de sus gemelos.

Ahora llegaba evidentemente el asesinato. Permaneceré pegado a él; levantará el puñal, cuya empuñadura ya sujeta en el bolsillo, y lo dirigirá contra mi. No es probable que se asombre de lo fácil que resulta todo, pero a lo mejor sí, no se puede saber. No gritaré, sólo lo miraré mientras pueda.

–¿Y? –dijo.
Frente a un lejano café de cristales negros un policía resbalaba sobre el pavimento como un patinador. Tropezaba con el sable, lo cogió en la mano, se deslizó un gran trecho y al final giró casi en una curva. Por fin, soltó un gritito exultante y, con la cabeza llena de melodías, volvió a hacer eses.

Este policía, que a doscientos metros de un inminente asesinato se ocupaba tan sólo de sí mismo, me produjo miedo. Era el fin de cualquier modo, aunque huyera o me dejara apuñalar. Sin embargo, ¿no era preferible huir y liberarme de ese final complicado y doloroso? No veía las ventajas de tal género de muerte, pero no podía desperdiciar mis últimos instantes en averiguarlas. Para eso tendría tiempo más tarde; ahora se imponía decidirse. Y me había decidido.

Debía huir aunque no era fácil. Al doblar a la derecha, hacia el puente Carlos, podía saltar a la izquierda, metiéndome en el callejón. Este era sinuoso, con portales oscuros y tabernas aún abiertas: no debía desesperar.

Cuando abandonamos el arco al final del muelle para avanzar hasta la plaza de los Caballeros de la Cruz, corrí con los brazos en alto hacia el callejón. Paré frente a una pequeña puerta de la iglesia del Seminario, pues había allí un escalón con que no contaba. Hice bastante ruido, el primer farol estaba lejos, me hallaba rendido; salió en la oscuridad de una taberna de enfrente una mujer gorda con un farol; salió a ver qué había sucedido. La música del piano, en el interior, continuaba más débilmente, se conocía que tocaban con una sola mano y que el pianista se había vuelto hacia la puerta, primero solamente entornada, luego abierta del todo por un hombre de chaqueta abotonada. Escupió y estrujó a la mujer con tal fuerza, que ésta tuvo que levantar el farol para protegerlo.

–No ha pasado nada –gritó el hombre hacia el interior; los dos se volvieron, entraron y la puerta se cerró.

Al intentar levantarme, caí de nuevo.

–Hay hielo –me dije, y sentí dolor en la rodilla. Con todo, me alegraba de que la gente de la taberna no me hubiese visto, pues de esa manera podría seguir allí hasta el amanecer.

Mi acompañante habría llegado probablemente hasta el puente sin percatarse de mi alejamiento, pues llegó sólo después de un rato. No parecía sorprendido cuando se inclinó sobre mí –inclinaba solamente el cuello, como una hiena– y me acarició blandamente. Pasó su mano por mis hombros, subiéndola y bajándola y apoyó después la palma en mi frente.

–Se ha lastimado, ¿no? Está helado y hay que andar con cautela. ¿No me lo ha dicho usted mismo? ¿Le duele la cabeza? ¿No? Ah!, la rodilla. Si, es muy desagradable.

Pero se veía que no pensaba levantarme. Apoyé la cabeza en mi mano derecha –el codo descansaba contra un adoquín y dije:

–Bien, de nuevo juntos –y como volvía a experimentar aquel miedo de antes, empujé con fuerza sus piernas, para apartarlo.

–Vete, vete –decía.

El tenía las manos en los bolsillos, miró el callejón vacío, luego, la iglesia del Seminario y el cielo. Por fin, el bullicio de un coche en una calle próxima le recordó presencia.

–¿Por qué no habla, querido? ¿Se siente mal? ¿Por qué no se levanta? ¿No será mejor buscar un coche? Si quiere le traigo un poco de vino de la taberna. No debe continuar echado aquí con este frío. Además, íbamos a ir al monte Laurenzi.

–Naturalmente –dije, y con fuertes dolores me levanté por mis propios medios. Vacilaba y tenía que mirar la estatua de Carlos IV para estar seguro de dónde me encontraba. Ni aun eso me habría ayudado si no se me hubiera ocurrido que una muchacha que llevaba una cinta de terciopelo negro en el cuello me amaba si no fogosamente, por lo menos con fidelidad. Y constituía sin duda una amabilidad por parte de la luna querer alumbrarme; por modestia iba a colocarme bajo la arcada de la torre; pero luego comprendí que era natural que la luna lo alumbrara todo. Abrí los brazos con alegría para gozar de ella por completo. Todo me resultó más fácil cuando haciendo débiles movimientos natatorios con los brazos, conseguí avanzar sin dolor y sin esfuerzo. ¡No haberlo intentado antes! Mi cabeza hendía el aire fresco y precisamente mi rodilla derecha era lo que volaba mejor; le expresé mi satisfacción con unos golpecitos. Me acordaba de que había tenido un conocido al que no toleraba bien, sin embargo lo que más me alegraba era que mi memoria fuera lo suficientemente buena como para retener tales cosas. Pero no debía pensar tanto, ya que tenía que seguir andando si no quería hundirme más aún. Con todo para que luego no se me pudiera decir que en el pavimento nadaba cualquiera, y que no merecía la pena contarlo, me levanté un rato por sobre la barandilla y nadé alrededor de todas las imágenes que encontraba.

Al llegar a la quinta –justamente me sostenía con imperceptibles golpes encima de la acera–, mi compañero me tomó de la mano. De nuevo me hallaba de pie sobre el pavimento y sentía dolor en la rodilla. Mi acompañante, sujetándome con una mano y señalando con la otra la estatua de Santa Ludmila, dijo:

–Siempre he admirado las manos de este ángel de la izquierda. ¡Observe qué suaves son! ¡Verdaderas manos de ángel! ¿Ha visto alguna vez algo semejante? Usted no, pero yo sí, porque esta noche he besado unas manos...

Para mí ahora una tercera posibilidad de aniquilamiento. No era forzoso dejarme apuñalar, no era forzoso huir; sencillamente podía arrojarme al aire. Que se vaya al Laurenzi, no lo molestaré, ni siquiera huyendo lo molestaré.

–¡Adelante con las historias! –grité. No me contento con fragmentos. ¡Cuéntelo todo, del principio al fin! Y le advierto que no toleraré que suprima ni una coma. Ardo en deseos de saberlo todo.

Me miró, y yo me fui calmando.

–Puede confiar en mi reserva. Cuéntemelo todo; alivie su corazón; jamás ha tenido un oyente tan reservado como yo. Y a media voz, cerca de su oído, agregué:

–No tenga miedo de mí, está completamente fuera de lugar.

Aún lo oí reír.

–Ya lo creo, ya lo creo –dije–; no me cabe ninguna duda. Y con dedos que sustraía a la presión de sus manos tanto como me era posible, le pellizcaba las pantorrillas. Pero él no lo sentía. Entonces me dije: "¿Por qué andas con este hombre? Ni le amas, ni le odias; su dicha no tiene más objetivo que una muchacha que a lo mejor ni siquiera usa un vestido blanco. Luego este hombre te es indiferente –lo repito–, indiferente. Pero también es inofensivo, como has podido comprobarlo. Sigue, pues, con él hasta el Laurenzi, ya que te has puesto en camino en esta hermosa noche, pero déjate hablar y diviértete a tu manera, que es –dilo despacio– la mejor forma de protegerte."

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