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Noventa y nueve poemas


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José Ángel Valente. “Noventa y nueve poemas” Alianza Editorial. Madrid 2001 Selección, prólogo y addenda de José-Miguel Ullán.
Un pensamiento / es más cruel, cien veces, / que la muerte”.
Consiento. (“A modo de esperanza”. 1953-54)
Debo morir. Y sin embargo nada

muere, porque nada

tiene fe suficiente

para poder morir.


No muere el día,

pasa;


ni una rosa,

se apaga;

resbala el sol,

no muere.


Sólo yo que he tocado

el sol, la rosa, el día,

y he creído,

soy capaz de morir”.

Segundo homenaje a Isidore Ducasse (Breve son. 1953-68).

Un artista debe ser más útil

que ningún ciudadano de su tribu.
Un artista debe conocer

diversas leyes implacables.


La ley de la confrontación en lo visible.

el trazado de líneas divisorias,


la de colocación de un rompeaguas

y la sumaria ley del círculo

...

La poesía ha de tener por fin la verdad práctica.



Su misión es difícil.
La mentira (“Poemas a Lázaro”. 1955-60)

Caminan por los campos arreando sus bestias

cargadas de cadáveres, hacia el atardecer

...


Levantan en la plaza

sus tenderetes y sus palabras, pues son hábiles

en el comercio de la irrealidad.
Para oprobio del tiempo (“La memoria y los signos”. 1960-65)

Y así la Historia, la grande historia, resultaba

turbio negocio de alta complicidad o medianía.
VII. (“Siete representaciones”. 1966)

El día en que los muertos se levanten

y vuelvan a morir con más convencimiento.

“Presentación y memorial para un monumento” (1969)


El hombre santo besó a un mahometano

sin vomitar

y dijo:

Soy perfecto.



Gratias agimus tibi por haberme hecho

capaz de ser heroico hasta este extremo

y poder exhibirlo.
El hombre santo reunió a sus palomas

y así les dijo:

- Sed como palomas,

volad protervas, pero siempre santas,

por el ancho mundo

y en el multiplicaos como

ratas,

como hipopótamos y tigres,



jabalíes, panteras,

mas sed palomas bajo toda forma

de distinta apariencia.
Cada paloma es libre

de ser el hipopótamo que quiera.

sí hablo en Barbastro

Zoroastro.


Una oscura noticia (“El inocente”. 1967-70)
Y luego estabas tú en Santa María Sopra Minerva,

bajo la gloria insigne del otoño romano

y en el año de gracia de 1687,

pasa salir vestido de amarillo,

amarillo chillón de retractado,

bajo el otoño claro, a gloria

y satisfacción de la ortodoxia,

del traidor d’Estrées y de la grande Francia

del Rey-Soleil y el inflado Bossueto.
Y luego ya estabas tú en la Minerva,

ante el cardenalato en número

de veintitrés, solemne, para juzgar al réprobo

Michele de Molinos, Aragonese,

por haber intimado tanta gloria a la nada,

por haber dado al fin

de la verdadera y perfecta

aniquilación

una oscura noticia.
Estabas, extranjero, Aragonese, en medio

de los que acaso más te habían amado,

extranjero, engendrado por tu tierra

extranjero, como todos nosotros,

extranjero y de hinojos, Michele,

Aragonese, con un cirio en las manos

y las manos atadas,

cargado por el peso estrafalario

de tantas conclusiones, setentea y ocho creo,

adversus quietistarum errores,

mientras en tu tierra, extranjero,

ninguno acaso nunca volvería a leerte

por estar defendida desde antiguo

contra herejes e idos

por el arsenal invicto de las refutaciones,

por el lenguaje heroico de todas las censuras

y la represión sexual con que ya se escribían

Triumphos de la Castidad contra tu diabólica lujuria.


Y tú en medio de todo,

secreto y taciturno, Michele, Aragonese,

retraído a quién sabe qué más secreta cámara del alma

y ya desprotegido por tu gente y tu patria

que te habían negado, como es de rigor, en nombre expreso
de nuestra Sacra y Católica, Pálida

y Sifilítica y Real Majestad y Dominus Carolus

Secundus, figlio de la sua madre y triste

residuo seminal de diversos felipes.


Y tú en medio,

tú solitario bajo las insignes galas

del otoño romano, vestido de amarillo,

taciturno y secreto,

aragonés o español de la extrapatria, ibas,

aniquilada el alma, a la estancia invisible,

al centro enjuto, Michele,

de tu nada.

El sacrificio (“La memoria y los signos”. 1960-1965)
Después de engañada la mujer

y oído el dios

y abandonado el lecho al alba,

partió furtivo el viejo

y caminó tres días con el hijo inocente.
Llegados a la altura,

donde más evidentes parecían

las señales del dios,

dispuso Abraham el sacrificio.

No había res en el pelado monte

ni víctima propicia.

Así pues, sobre duros leños,

ató Abraham a su hijo.


Hinchado estaba el viejo

con el poder oscuro que en su brazo ponían

la obediencia y la fe.
Al fin, sobre el desnudo torso,

brilló el acero al aire,

puro como el ala de un ángel.

Mas no era un ángel.

Súbita

la fuerza entera de la vida



paró el golpe senil.

Irguióse Isaac terrible.

Humillóse el anciano, mordió el polvo,

suplicó y maldijo,

para sumirse al cabo en la tristeza.
La mirada del joven consultó el horizonte.

pero ya en vano.

Un sol plomizo no velaba ahora

el vacío silencio de los dioses.


Rapsodia vigésimo segunda (“El fin de la edad de la Plata”. 1969-1973)
ANTÍNOO, hijo de Eupites, había caído del alto gorgorito de su estupidez, muerte abajo. Qué hermoso pareciera vivo a los necios. Muerto, reveló la entera luz de su naturaleza: era un cerdo sangriento. La lengua se le vino para afuera de su boca, espesa y sucia. Cayó contra su espalda, ebrio de vacío. Los pretendientes revolotearon en un desbarajuste de mesas volteadas y manjares caídos. De las cráteras rotas corrió rojo y hostil el vino airado.

- Gracias, oh dioses, por haberme hecho capaz de la venganza y de la cólera -dijo el héroe. Después dio un largo, increíble berrido que se prolongó infinitamente, igual que si saliese de una cueva sin fondo. Apoyado en firme sobre su propio cuerpo, flexionó las rodillas con las piernas abiertas y comenzó a batir los muslos poderosos.

-Os voy a joder vivos -dijo en su hermosa lengua el celeste Odiseo.

Algunos de los predifuntos vomitaron de horror y el aire se llenó de un olor agrio. Los demás recularon como marea loca. Mas fue en vano, pues ya no tuvo tregua la matanza. Los cadáveres se amontonaban sin rigor, sin espacio bastante para caer, sin hora ni ocasión para decir palabra memorable. Alguno de los de abajo, aún no acabado, se sacudía cada poco con el hipo horrendo de la muerte y hacía retemblar el entero montón de cuerpos desinflados.

Ya el cabrero Melantio, mesturero follón que acarreara lanzas y yelmos para los pretendientes, pateaba colgado de una viga con el cuerpo torcido, gritando sin esperanza, pues muy pronto sus miembros iban a ser despedazados por el héroe, que dio luego a los perros sus narices y orejas, los enrojecidos testículos y el falo tembloroso.

Leodes, el arúspice, que había echado suertes falseadas, bien reconoció la suya en esta hora, pues su cabeza quedó ola en el aire, segada con precisión de un solo tajo y mientras aún hablaba. Oh cabeza locuaz, nadie pudo llorarte.

A gatas, entre el sudor de la venganza y el humo de la sangre, llegó al fin hasta el héroe Femio Terpíada, el aedo. Venía con la lira sobre el pecho, a modo de protección o de escudo irrisorio, gimiendo como hembra paridera.

-Ah tú, heroico vate -dijo Odiseo, tentándole el pescuezo con mano carnicera.

Pero el poeta cayó de golpe al polvo, sacudido por las convulsiones del miedo. El héroe rió con ferocidad rayana en la ternura.

-No quieras degollarme -dijo Femio con voz casi ilegible-. Canté a los pretendientes, obligado por la necesidad, la canción que un dios me inspiraba. Los tiempos son difíciles y quién iba a pensar que tú vendrías. Así que tuve necesidad de pan, de un puesto, de un pequeño prestigio entre los otros, de modestos viajes por provincias. Pero aún así he de decirte que gusté la prisión por lealtad a ti, si bien fue sólo en los primeros tiempos. Después los dioses me engañaron, pues ellos hacen la ocasión y la deshacen y ponen hoy al hombre en un lugar y soplan otro día y lo destruyen. No quieras tú quitar la vida a quien nada tiene de sí, pues ni siquiera la canción es suya.

Así habló el aedo, mercenario de dioses y de hombres, y Telémaco, que asistía a su padre en la matanza, pero conocía mejor la desdichada suerte de la lírica en los años siguientes a la guerra de Troya, intervino en favor del poeta caído.

Así salvó el Terpíada lira y pelleja, con la indignidad propia de una especie en la que, gratuito, un dios pone a veces el canto.



Odiseo y Telémaco azufraban la casa y encendían el fuego. Las esclavas oían temblorosas las órdenes del amo, apretujadas unas contra otras como tibias becerras. El poeta, sentado sobre un charco de sangre, pulsó al azar la lira. Se oyó un sonido tenue, tenaz e inútil, que quedó en el aire, solo y perdido, como un pájaro ciego.
Los nicolaítas (“El fin de la edad de la Plata”. 1969-1973)
Esto tienes, empero, que aborreces las obras de los nicolaítas, que yo también aborrezco. JUAN, A la Iglesia de Éfeso.
LOS RECONOCERÁS porque llevan siempre una oreja portátil y una lengua subsidiaria y reptante. Los reconocerás por la tenue palidez de sus segundas manos y el escondido sobresalto que a veces les produce una mirada. Les gustan las comidas concertadas, las fechas y la relación general con hombres públicos. Se alimentan de tres clases de humos. Veneran a Baal, como es sabido. La piedad es su forma de impiedad más segura. Tienen criterios, normas, islas y archipiélagos. Pueden reproducirse por esporas. De la reversibilidad del sí y del no obtienen memorables beneficios. Podrían ser necrófagos, mas no hay de ello prueba irrefutable. Los signos del poder establecido les suelen producir un hipo breve o cortos derramamientos convulsivos. Sienten predilección por las banderas, por la competición y el éxito. Practican tres deportes y carecen de brazos naturales. Algunos de ellos son altos, fofos y fragantes. Éstos ocupan puestos secundarios y se utilizan de relleno en actos y salones. Llevan cartas de recomendación y apoyo en tubitos metálicos adaptados al recto. También los reconocerás en cuanto dice de ellos relación con los ídolos. Y puesto que han llegado a poseer la tierra, sabemos hoy, filioli, camaradas, hermanos, que el tiempo de su destrucción está cumplido.


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