Página principal

Novelización de un pasado que colma el presente: la excusa de la historia en tres novelas de Andrés Rivera


Descargar 29.52 Kb.
Fecha de conversión23.09.2016
Tamaño29.52 Kb.




Novelización de un pasado que colma el presente: la excusa de la historia en tres novelas de Andrés Rivera

(Y el rescate de un placer marginal de la escritura.)

Daniel Pellegrino*.
Uno de los ciclos narrativos de Andrés Rivera toma como punto de partida la historia argentina del siglo 19. Son tres novelas, cuyos sujetos de enunciación representan las figuras de Juan José Castelli (La revolución es un sueño eterno), Juan Manuel de Rosas (El farmer) y José María Paz (Ese manco Paz)1 . En esta última aparece, como contrapunto del narrador principal, la voz de Rosas.

No emplean la evocación histórica como reconocimiento, como una búsqueda de identidad, sino que se desclasifican del orden histórico para reflexionar sobre un presente que los devora y que no pueden modificar.

Las secuencias de reflexión, de juzgamiento, muestran individuos que se quedaron sin poder, sin futuro, sin representación social.

Complementariamente, al margen de esas reflexiones, en un segundo plano, se registra, también desclasificado de la historia, un ejercicio de la imaginación y de la escritura que apunta al futuro y al goce de las novelas.



El discurso de la historia


Lo que aparece en el primer plano de las tres novelas es la relación entre la historia y la ficción literaria. Así, entonces, las novelas cumplen con ciertos rasgos generales de la “novela histórica” mencionadas por Noé Jitrik2, al trabajar sobre la significación de acontecimientos históricos y el carácter trágico de los protagonistas.

Existen, sin embargo, ciertos comportamientos narrativos que no responden, especialmente, a lo que Jitrik denomina las “dos pulsiones” de las novelas históricas en el siglo 19: deseo de reconocimiento y búsqueda de una identidad de los protagonistas.

Los protagonistas de las tres novelas de Rivera no se ubican centralmente en estas cuestiones. La referencia histórica es un primer respaldo para indagar, reflexionar sobre lo que el discurso histórico calla, o -dicho de otro modo-, para indagar sobre los huecos o sobre las verdades no dichas por los textos históricos3.

Entonces, los narradores no buscan esencialmente una identidad con el pasado o un reconocimiento de su actuación en el marco de la Historia. Es, en realidad, una primera excusa, visitar la historia, para transformarla en el texto.

En el presente de la enunciación se juzga el referente, el marco histórico, mediante procedimientos de ficción novelesca (lo que Jitrik llama el “referido”)4. Este juzgamiento transfiere a la enunciación una primera muestra de: seres derrotados, el fin de la utopía, la imposibilidad de una transformación revolucionaria de la sociedad, o la carencia de ideales republicanos. En el caso de El farmer, Rosas, solitario en su exilio inglés, muestra su resentimiento porque no ha podido continuar su propia obra y porque otros se han aprovechado del ‘orden’ que él mismo fundó.

Por esta razón los narradores se desdoblan, usan la primera y la tercera persona narrativas, para observarse en forma más exhaustiva y precisa, como si fueran actores que al mismo tiempo juzgan su actuación sobre un escenario5.

Este camino también nos llevará a observar cómo los narradores se desclasifican de la Historia6 .

Memoria y narración


En cada una de las novelas, los narradores escriben en el registro particular de la memoria. Castelli lo hace en un cuarto cerrado y en un cuaderno de tapas rojas, Rosas escribe en su rancho inglés y Paz escribe su memoria íntima al margen de sus Memorias públicas. En esta escritura, en este espacio privado, reflexionan, se “acuerdan” de ellos mismos en el pasado.

Según explica Paul Ricoeur, la memoria es un ejercicio individual con pretensiones de fidelidad, que guarda un carácter vertitativo y posicional7.

Cada uno de los narradores desenvuelve su memoria porque allí es donde pueden escribir al margen del discurso histórico y pueden reflexionar sobre el presente “referido”. Pero la memoria es –también- “egológica”, es la manifestación de un ‘yo’, que no puede trascender hacia un ‘nosotros’, es decir (y volvemos a Ricoeur) que –en este caso-, la memoria no puede ser compartida.

Estos narradores de Rivera, son incapaces de compartir los pensamientos de sus memorias porque para ellos no hay un futuro al cual transmitir un legado. Dicho de otro modo, ellos ya no pueden ejercer influencia alguna sobre el devenir de los acontecimientos porque han sido marginados, derrotados.

Pero al mismo tiempo, la memoria requiere de un necesario toque de imaginación (irreal, elemento fantástico, ficcional, futuro, en palabras de Ricoeur8). La imaginación es el espacio donde se “retiene” algo de la memoria para recrear un pensamiento reflexivo, desclasificado de los datos puntuales, ‘verídicos’, del pasado que envuelve a los sujetos históricos.

Pero en el caso de las novelas de Rivera, la imaginación que acompaña al acto de la memoria es algo más profundo. Aparece en un segundo plano, en los resquicios de la trama.

Para respaldar esta aseveración busco la ayuda de Marcel Schwob, quien en las primeras páginas de su obra Vidas imaginarias, señala que “la historia nos sume en la incertidumbre de los individuos”. En la historia, los actos individuales “sólo valen si modifican acontecimientos”. Entonces, Schwob defiende el rescate del individuo a través del arte, el rescate de aquellos “rasgos especiales” de los individuos, sin que debamos preocuparnos de su veracidad.

Esto no quiere decir que haya que apartar al individuo de su semejanza o de su relación con el individuo que figura la Historia.

Dar cuenta de esos rasgos especiales, desclasificados de la historia, es un ejercicio de la imaginación que apunta al futuro. De este modo se deja librado, en la escritura, lo que Schwob denomina el misterio y la conjetura9 provocado por el auténtico arte.

Esto ocurre en las ‘novelas históricas’ de Rivera. En los intersticios de la memoria de los narradores, en un segundo plano del relato, asoman detalles que no hacen al desarrollo principal de la trama ni tocan directamente a la figura histórica de referencia. Son algo así como apreciaciones ‘perdidas’ o ‘inútiles’ de los narradores, que nos remiten a la concepción de Schwob.

En La revolución es un sueño eterno, por ejemplo, Castelli recuerda su infancia en un colegio de Córdoba y describe: “cirios que titilaban a los pies de un Cristo de marfil, amarillento, doblado, pobrecito, sobre sí mismo” (p.20). Más adelante evoca al virrey Cisneros, como un exiliado en Buenos Aires: “Cisneros, alto, rígido, que envejecía en la más atolondrada, réproba, pretenciosa e inmunda aldea de las colonias” (p.29).

En este rescate de rasgos individuales, irrepetibles, de actores secundarios, encontramos el ejercicio de la imaginación. Así ocurre, también, con la evocación de la cara del general Beresford, “roja como un bofe” (p.71), o cuando Castelli “detiene sus ojos vacíos y desteñidos en la suave, oscura pelusa que brilla, húmeda sobre el labio superior de Irene Orellano Stark” (p.87).

En El farmer, Rosas despierta nuestras conjeturas, cuando recuerda una inquietud que le plantea un visitante inglés: “¿Cómo es Buenos Aires, mi general? Lluviosa como un recuerdo” (p.13). O cuando menciona a sus dos peones galeses que “toman cerveza, creo, en el granero, y en el frío y en la oscuridad, envueltos en mantas que huelen a caballo y a forraje, y se cuentan historias de brujas, y no les importa el futuro” (p.44). O cuando, al margen de su papel ‘histórico’, simplemente reflexiona:

“Pasos en la nieve.

Alguien busca a alguien.

Me enfrío es esta tierra sin emociones.” (p.92)


En Ese manco Paz, el protagonista recuerda cuando su madre lo lleva ante el general Belgrano: “mi madre dijo, pequeñita ella, quieta su pequeña mano en mi mano, fría y sin sangre, su pequeñita mano en mi mano...” (p.35).

Más adelante, asegura: “No me duermo, carajo” (p. 78).

Luego, se desdobla en una tercera persona para declarar su amor por Buenos Aires:

“Llueve sobre los techos de la ciudad que usted quiere como no quiso a piedra alguna en la tierra cordobesa, ni chico, ni hombre, ni mujer, salvo, tal vez, y en ocasiones, a Margarita Weild” (p.112)



Rescate final de un margen


Estos ejemplos (apenas una muestra de la descripción de personajes secundarios, del empleo de comparaciones, de descripciones mínimas, etc) creo que son suficientes para indicar, en el segundo plano de las novelas, esas apreciaciones ‘desclasificadas’ de la historia, que alientan “misterios y conjeturas”. Esas anotaciones secundarias ‘despiertan’ algo así como un plus de la narración. Es un toque ( y volvemos a parafrasear a Marcel Schwob) de la imaginación del artista.

Si la idea del presente que nos transmiten los narradores no deja un lugar para la esperanza; en el placer de la lectura de los detalles marginales, de las acotaciones sobre personajes secundarios, de las evocaciones nostálgicas (‘inútiles’ para el progreso de la trama), tal vez resida la valoración de un futuro.

Allí puede residir una idea de goce futuro para los lectores de las novelas citadas de Andrés Rivera.

Santa Rosa, noviembre de 2004.



Notas
1 Todas las citas de las novelas corresponderán a las siguientes ediciones:

RIVERA, Andrés (2001) [1987], La revolución es un sueño eterno, Madrid: Suma de Letras.

--- (1996), El farmer, Buenos Aires: Alfaguara.

--- (2003), Ese manco Paz, Buenos Aires: Alfaguara.



2 Noé Jitrik (1995: 26) hace estas consideraciones respecto a la novela histórica, romántica, del siglo 19, además del “carácter genético de la novela y su proyección intencional”. Señala que esas dos pulsiones fundamentan la propuesta narrativa.

3 El propio Andrés Rivera ha manifestado su desacuerdo sobre el relato histórico: “No creo en los historiadores, que siempre dicen sólo una parte de la verdad. Y creo que de las buenas novelas se pueden aprender muchas más cosas que leyendo a un historiador” (Página 12, Buenos Aires, 11 de agosto de 2001, p. 35)

4 Sobre este aspecto, véase el texto ya citado de Jitrik; capítulo IV, “El discurso de la novela histórica” .

5 Edgardo Berg, en el capítulo dedicado a Rivera , y bajo el subtítulo“La escena historiográfica” (2002: 110-125), señala que éste “funda un espacio polémico del proceso histórico”. En la ficción de Rivera, la historia aparece en “un escenario donde se produce la mutación de las identidades y los roles, los protagonistas sólo pueden reconocerse cuando han salido de ella”, lo que les permite discutir y juzgar “la historia oficial” y buscar “sentidos heterodoxos”.

6 Una vez más tomamos a Jitrik, cuando señala que la finalidad discursiva de lo histórico (“historiografía”), “tiene que ver siempre con lo mismo, a saber la justificación o la conservación de un poder” (p. 82)

7 Paul Ricoeur (2004), dedica la primera parte de su libro, “De la memoria y de la reminiscencia” (p. 13-172) a recorrer las definiciones de la memoria desde la antigüedad clásica a las concepciones de Husserl, Halbawchs, etc, y de él mismo.

Señala (p. 21-22) que la memoria suma la idea de lo espacial, porque no sólo es una referencia temporal sino que va indisociablemente unida a una localización (la memoria existe porque es tiempo+espacio). La memoria es en gran parte un esfuerzo de datación, de localización, y –además- los lugares de la memoria funcionan ‘al modo de indicios de rememoración’ (p.62)

Distingue entre memoria (individual), recuerdo (colectivo), rememoración, reminiscencia y sus repercusiones en el espacio fenomenológico de la conciencia.

La memoria es egológica (p. 143). Según Husserl, representa a un ‘yo solitario’ que no puede devenir en un ‘nosotros’.



8 Así lo señala en el capítulo “Memoria personal, memoria colectiva”, en la sección dedicada a Husserl (p.143-156).

9 M. Schwob (1980: 10), (1867-1905) comenta –a modo de ejemplo- una cita de Diógenes Laercio en la que se menciona una anécdota de la vida de Aristóteles, y destaca que en ella (la anécdota) “el misterio es tan agradable como las conjeturas en las cuales Boswell nos deja sumidos acerca del uso que Jonson hacía de las cáscaras de naranja secas que acostumbraba a guardar en sus bolsillos”. En estos detalles anecdóticos reposa la escritura, “el arte”, asegura Schwob.

Bibliografía

BERG, Edgardo H. (2002), Poéticas en suspenso. Migraciones narrativas en Ricardo Piglia, Andrés Rivera y Juan José Saer. Buenos Aires: Biblos.

JITRIK, Noé (1995), Historia e imaginación literaria. Las posibilidades de un género. Buenos Aires: Biblos.

LATARROCA, Martín, MONTERO, Hugo, PORTELA, Ignacio (2003), “Sólo me impulsó el placer redoblado de escribir” (entrevista a A. Rivera), en Sudestada, N° 21, agosto, p. 15-18.

--- (2004), “Es mucho más fácil ser fascista que socialista” (entrevista a A. Rivera), en Sudestada, N° 33, octubre, p. 4-11.

MICHELETTO, Karina (2001), “Unos autores sospechosos”, en Página 12, 11 de agosto, p. 35.

RICOEUR, Paul (2004), La memoria, la historia, el olvido. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

SCHWOB, Marcel (1980), Vidas imaginarias. Buenos Aires: CEAL.



* Nació en Winifreda, La Pampa (1958). Trabaja en la Universidad Nacional de La Pampa, en las Facultades de Ciencias Humanas y de Agronomía. En la primera, es docente auxiliar del Departamento Letras en las cátedras Taller, Teoría y Análisis Literario I, y en el Seminario de Literatura Regional. En la segunda, es docente del Seminario de Técnicas de la Expresión Oral y Escrita.


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje