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Novela de valores para superar la adversidad y triunfar


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Volar Sobre El Pantano

Carlos Cuauhtémoc Sánchez



Novela de valores para superar la adversidad y triunfar


Zabid.
Desde que te vi por primera vez,
me di cuenta de que eres un triunfador.
Este libro es para ti.

1

LA SOLEDAD

Lisbeth parecía desconcertada por mi insistencia.


Dejó su vaso de refresco sobre la mesa y me miró de forma transparente por unos segundos.
-No te entiendo -me dijo-, habíamos convenido olvidar ese asunto y ahora quieres revivirlo.
La brisa del mar le alborotó el largo cabello. La miré temblando con la carta de mi hermana en la mano.
-Que yo sepa, Alma no sufrió como tú sufriste -le dije-, pero seguramente no se necesita vivir algo tan duro para hundirse.
-¿Hundirse? ¿Por qué piensas que se ha hundido?
-No sé. Tal vez estoy malinterpretando las cosas o mezclando su carta con mis pesadillas...
Me detuve. Lisbeth me miraba callada. Me encogí de hombros y completé:
-Las pesadillas han vuelto.
Asintió lentamente.
-Lo sé.
Caminé hacia ella.
-Son demasiado reales otra vez... No quería preocuparse.
- Pero el médico nos dijo que los sueños no se repetirían a menos que...
Dudó.
-Dilo.
-A menos que volvieras a vivir una angustia similar.
-Exactamente. Por eso necesito que me platiques la historia que nunca quise oír... Necesito que tú me digas lo que siente una mujer que ha sido víctima de un abuso. Porque las pesadillas tienen el ingrediente de siempre: mi hermana Alma. La escucho gritar, llorar, suplicarme. Y me despierto sudando, mirándola, cómo si estuviera allí, con su gesto solitario, ávido de afecto, de comprensión y ayuda...
Un grupo de pelícanos volando en delta pasó sobre nuestras cabezas.
Lisbeth sabía que no tenía otra alternativa, que yo no quitaría el dedo del renglón. Suspiró.
-Está bien.
Cuando mi padre irrumpió en el recinto, estaba preparándome para dormir.
Extrañamente, no tocó la puerta. Entró con vehemencia como si se estuviera quemando la casa.
-¡Tienes que venir conmigo! Vístete rápido.
Era una orden.
-¿Qué ocurre?
-No hagas preguntas. Apresúrate.
Sólo algo muy grave podía provocar en él esa actitud a las diez de la noche.
-¡Te estoy esperando...
-Ya voy.
Terminé de vestirme con la primera indumentaria que hallé a la mano. Salí de mi cuarto asustada. Sin decir palabra, papá caminó decidido a la puerta exterior. Lo seguí. Casi en el umbral estaba mi madre retorciéndose los dedos. Pasamos junto a ella. Evadió mi mirada.
El automóvil se hallaba con el motor en marcha, la portezuela abierta y las luces encendidas, como si hubiese detenido el vehículo de paso sólo para recogerme.
-¿Adónde vamos?
No contestó. Tenía el rostro desencajado, la respiración alterada. Manejó rápidamente, casi con enojo. Se dirigió al centro de la ciudad.
-¿Desde cuándo sales con ese joven? -cuestionó.
-¿Adónde vamos, papá?
-Te hice una pregunta.
-Desde hace cuatro meses.
-¿Te ha dado a probar alguna sustancia?
-Papá, ¿qué te pasa?
De improviso viré a la derecha y se internó por una barriada oscura y peligrosa. Después de dar varias vueltas sin la más elemental precaución, se detuvo justo frente a un grupo de tipos que, sentados en la banqueta, se drogaban. Eran seis o siete. Acomodados en semicírculo, los bultos humanos enajenados compartían los estupefacientes con movimientos extremadamente torpes.
-¿Lo ves? -mi padre se hallaba fuera de sí.
Negué con la cabeza.
-¿Qué quieres que vea?
-Observa bien.
Se encorvó para alcanzar una linterna que llevaba debajo del asiento y cuando estaba tratando de encenderla, una de las muchachas drogadas se levantó para acercarse a nosotros. Mi padre la alumbró con el reflector. Era joven, de escasos dieciséis o diecisiete años, con la cara sucia, sin sostén y la blusa abierta hasta la mitad.
-No abras -dijo papá.
La chica se aproximó al automóvil tambaleándose, puso su boca sobre la ventana de mi lado, fue bajando lentamente hasta que su repugnante lengua excoriada terminó de lamer el cristal.
-Vámonos -dije temblando por el repentino terror que me causó la escena-. No sé qué tratas de enseñarme.
-Observa.
La joven desapareció bajo mi portezuela. Papá aprovechó para apuntar con la linterna de mano hacia el grupito de despojos humanos.
-¿Ahora sí lo ves?
E¡ haz luminoso descubrió el rostro de un muchacho que yo conocía muy bien.
-¿Martín ... ?
-Sí.
-No puede ser... Sólo se parece...
-Es él.
-Pero...
Una angustia lacerante comenzó a asfixiarme. Abrí la puerta y me bajé. Sin quererlo, pisé a la chica que estaba alucinando casi debajo del automóvil. No se quejó. Caminé con pasos trémulos hasta los drogadictos. Mi padre me alcanzó.
-Es peligroso...
Martín levantó la cara y me clavó la vista como intentando reconocerme.
Las lágrimas de miedo se convirtieron en lágrimas de ira. Quise golpearlo, matarlo, matarme... Maldije la hora en que se detuvo para invitarme a salir, la hora en que, sin conocerlo más que de vista, acepté, la hora en que...
-Hola... -bisbisó-, necesi... ven... acércate... necesito...
-Vámonos.
-Espera. Quiere decirme algo.
-¡Vámonos!
Me jaló hacia el coche, hizo a un lado a la muchacha, me abrió la puerta, subió y arrancó a toda velocidad.
Durante un buen rato en el camino de regreso a casa no hablamos. Yo llevaba la vista perdida, los ojos llenos de lágrimas, un nudo de rabia en la laringe.
-Sé, cómo te sientes, Lisbeth -dijo al fin-. Pero hay muchos hombres en el mundo. Este sujeto te engañó... Y, perdóname que lo diga pero, qué bueno que lo viste ahora, antes de que te lastimara o te indujera a drogarte también.
No contesté... ¿Cómo decirle que sentía poco amor y poca atención en mi casa? Que no importaba que viviéramos entre algodones si nadie se interesaba realmente en mí, la vida no tenía valor alguno ¿Cómo decirle que precisamente por tener una existencia vacía me había entregado a él... aun sin amarlo ni conocerlo bien...?
-Yo también me siento destrozado por tu tristeza -comentó-. La semana pasada dijiste que querías mucho a ese joven.
La semana pasada quise hablar, pero nadie suspendió lo que estaba haciendo para escucharme de verdad, así que sólo pude decir eso, que estaba enamorada de Martín, nuestro vecino de toda la vida. Pero no era eso lo que quería decir... no era sólo eso...
Estacionó su automóvil frente a la casa de mi novio. Se bajó, tocó la puerta. El padre salió, saludó de mano y se inició entre los dos progenitores una penosa conversación. Papá explicó lo que habíamos visto, haciendo grandes aspavientos. Al rostro de su interlocutor se le fue yendo el color. La madre apareció en escena; ella reaccionó visiblemente agresiva. Insultando, gritando... Agaché la cabeza y cerré los ojos.
¿Cómo me enredé con él? Siempre fue un vecino distante. Me caía mal. Cuando era niña, lo veía desde mi ventana matar pájaros con su honda y aventar piedras a los autobuses. Apenas cuatro meses atrás, nos encontramos en el parque del fraccionamiento. Seguía desagradándome, pero yo me sentía muy sola y acepté su invitación a salir... Desde la primera cita le noté algo raro: sus repentinos cambios de humor, su sadismo, sus ojos rojos. Era a veces violento y a veces dulce. ¿Qué habría querido decirme hacía unos minutos?
Papá regresó al coche dejando a la infortunada pareja discutiendo.
Mi casa estaba a media cuadra de distancia. Llegamos de inmediato. Los gritos de los vecinos peleando se escuchaban hasta allí.
Mamá estaba esperándonos. Apenas entramos quiso consolarme, pero yo me separé y fui a mi recámara. Casi tropecé con mis dos hermanas que me miraban como si fuera un espanto.
Dentro de mi cuarto di vueltas. Me tiré en la cama. Estuve llorando por casi una hora.
De pronto sonó el teléfono.
-Es el padre de Martín -dijo mamá-. Quiere hablar contigo.
Me quedé helada sin saber qué hacer.
-Abre, por favor.
-Déjenme en paz.
-No queremos que te encuentres sola en este momento.
la palabra 'sola' fue directa a mi entendimiento como daga al corazón... ¿Qué había dicho? ¿Cómo era capaz...?
Entonces abrí la puerta y me enfrenté a la familia. Mi madre y hermanas estaban en primer plano, mi padre atrás.
-No debes sentirte tan mal... Sabemos que deseabas casarte, pero, como ves, no te conviene...
Interrumpí a mis consoladores de forma tajante. Nunca pensé decírselo así, pero si querían entender la magnitud de mi desdicha, tenían que tener a la mano todos los elementos.
-Estoy embarazada de él.
Apenas lo mencioné se hizo un silencio sepulcral.
-¿Qué dijiste?
-Lo que oyeron. Que estoy embarazada... Pensaba explicarlo el otro día...
El pasmo fue impresionante. Tardaron en asimilarlo, pero apenas lo hicieron reaccionaron con furia.
-¿Cómo te atreviste? ¿Qué no piensas? ¿Eres estúpida?
Me encogí de hombros. Al decirles la noticia, mi coraje ingente desapareció y comencé a desmoronarme, a entender precisamente eso: lo estúpida que había sido.
-¿Lo amas?
-¿Por qué te acostaste con él?
-¿Te forzó?
Negué con la cabeza todas las preguntas. Hablar de melancolía, de confusión, de baja autoestima, hubiera sonado fútil. Y ellos querían argumentos razonables, razones argumentables...
-Maldición -dijo mi padre empujando a todos y entrando a mi habitación. Arrancó la lámpara de lectura y la hizo trizas; bufó, gritó '¿porqué?' una y otra vez. Se acercó a mí con grandes pasos como dispuesto a golpearme, me tomó de los hombros y me reclamó con un alarido:
-¿Has probado la droga?
-No, no.
Me empujó hacia atrás. Me dejé ir con el impulso.
Apenas mi cara estuvo a unos centímetros del suelo entendí que había caído... Física, intelectual, espiritual, moral, anímica íntima, psicológica, emocionalmente...
¿Cuánto tiempo tienes de embarazo? -preguntó mi hermana.
Le contesté haciendo un tres con los dedos de la mano izquierda...
-¡Eso es, lloriquea! -remató mi padre-. No te queda otra opción. Has acabado contigo y además has deshonrado a la familia. Tu aventurilla nos afecta a todos... A tus hermanas. Eres la mayor, ¿sabes el ejemplo que das? -las palabras se le atoraron en la garganta, respiró tratando de controlarse-. ¿Tú crees que es justo? Yo siempre supuse que llegarías muy alto, no sabes lo decepcionado que estoy -corrigió-, que estamos todos de ti...
Lo más terrible de escuchar esa última frase fue que nadie se movió de su sitio para defenderme, ni mis hermanas ni mi madre.
Tirada en el suelo, quise levantar la cabeza y preguntarle a papá dónde había quedado aquello que me dijo en el automóvil respecto a 'Yo también me siento destrozado por tu tristeza'. Quise reclamarle a mi madre y cuestionar dónde estaba aquello de no queremos que te encuentres sola en este momento. ¿Es que lo habían dicho sin pensar? ¿O es que estaban a mi lado dispuestos a consolarme sólo en caso de que se tratara de una simple desilusión personal, pero por supuesto no en el caso de que mí error afectara su imagen de buenos padres ante los demás, su estatus de gente 'nice' a la que todo le sale bien y su maldito apellido de familia virtuosa que no puede darse el lujo de tener una madre soltera en casa?
El padre de Martín me esperaba al teléfono. Quise levantarme, pero no pude. Mamá se puso en cuclillas y apoyó una mano sobre mi espalda; tuve deseos de quitarla, empujarla, decirle que repudiaba su postura convenenciera, mas había perdido toda la energía. Me sentía pequeña, exánime... cual gusano inmundo.
Mis hermanas trataron de moverme. No lo lograron. Yo era un bulto pateado, un árbol caído hecho leña, un ente sin amor propio llorando a mares, sabiéndome acreedora del peor castigo por no haber pensado bien las cosas, sintiéndome indigna de estar viva, odiando al bebé que llevaba en mis entrañas y al mismo tiempo amándolo al saberlo mi cómplice... Él era el único amigo desvalido que comprendía mi dolor y que, sin tener culpa de nada, era el culpable de todo...
Me sentí madre por primera vez. Una madre SOLA.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano me puse de pie y fui al teléfono para contestar al papá de Martín.
-¿Hola?
-¿Lisbeth?
-Si.
-Encontraron a mi hijo sumamente grave.
-¿Dónde está?
El hombre me dio santo y seña del hospital y cuando iba a preguntarme algo, como autómata, sin escuchar más, dejé el receptor en la mesa para encaminarme a la calle. Ignoraba que al salirme de la casa estaba a punto de entrar a un terrible pantano de desesperación y terror.
-¿Adónde vas?
No contesté.
Años después me doy cuenta de que es, ni más ni menos, la soledad lo que nos atrae al fango como una melodía diabólica. La soledad es la orilla del fango en el que inicia la perdición de cualquier ser humano... Una vez cayendo en ella, el lodazal comienza a jalarnos hacia cienos de mayor espesura... Y habría que entenderlo muy bien: la soledad no significa estar físicamente solo, significa tener carencia de afecto... Uno puede crear, meditar, planear y trabajar estando corporalmente aislado y sentirse muy feliz, si en lo más íntimo del ser se tiene la energía de saberse amado por alguien... aunque ese alguien no esté allí... En cambio, otra persona puede hallarse rodeada de mucha gente y sentirse mortalmente desdichada al saberse ignorada. La soledad lleva al alcoholismo, a la droga, al adulterio, al suicidio... Es una arena movediza en la que caí, aquella noche, irremisiblemente.

2

LEY DE ADVERTENCIA
Lisbeth se detuvo en su relato.
Su historia no sólo me dolía, sino que me causaba una gama de sentimientos mezclados. Ira, celos, nerviosismo.
-Te dije que iba a ser penoso hablar de esto.
-No. Es decir, sí. En realidad estoy impactado.
Quiso aplastar un díptero que le había encajado su aguijón dándose una repentina palmada en el brazo, pero falló.
-¿Entramos a la casa? -preguntó poniéndose de pie y caminando sin esperar respuesta.
La seguí. Habíamos encontrado en ese enorme jardín, a la orilla de la playa, un paraíso de paz, ideal para jugar e intimar.
Cerré el cancel corredizo de aluminio y me acerqué a ella.
-Continúa, por favor.
-Pero antes explícame: ¿Qué traes entre manos?
-Sólo quiero conocer cómo superaste tu problema de embarazo no deseado.
-¿Por qué ahora? Es algo que acordamos no volver a mencionar.
Tenía razón y yo no podía ocultarle mucho tiempo la verdad.
-Acabo de recibir una carta de mi hermana.
-¿Alma?
Asentí...
Pero nosotros nos acabamos de mudar aquí. ¿Cómo te localizó?
-Escribió a la empresa en la Capital. De ahí me envían la correspondencia. Esta carta me ha exigido reflexiones que no puedo hacer solo, por eso te pedí que hablaras de eso...
-Zahid, me asusta tu actitud. ¿Qué te pasa? ¿Tiene algo que ver ella conmigo?
-En cierta forma. Lo que acabas de platicarme, por ejemplo, me ayuda para entenderla mejor. La carencia de afecto, la soledad que mata, el fango cenagoso que asfixia. Alma siempre fue el personaje testigo de las peores tragedias, nadie la tomaba en cuenta, nadie le preguntaba su opinión; si había algo serio que conversar, le ordenaban retirarse, fue subestimada por todos, tratada como un estorbo. En su rostro era posible detectar, a veces, una gran ternura, una gran, gran necesidad de amor... ¿Sabes? El haber recibido esta carta precisamente ahora es un desastre para mí.
Me senté a su lado y abrí el sobre muy despacio.
-Te la voy leer. Escúchala y dime si puedes ver entre líneas algo que tal vez yo, como hombre, no he captado.
-De acuerdo.
Desdoblé el papel azul y el mensaje de mi hermana se presentó ante mis ojos con su letra manuscrita. Alma tenía una caligrafía de rasgos finos y simétricos, pero en esta ocasión los trazos se veían temblorosos y en algunas líneas excesivamente suaves.
Comencé a leer sin poder evitar una sensación de pesadumbre.
Zahid:
Todos tenemos diferente umbral de dolor. Algunas personas con una simple infección estomacal se dan cuenta de que deben cambiar sus hábitos alimenticios, hacer ejercicio y procurar una vida más sana, un pequeño estímulo les es suficiente a ellos para llevarlos a la reflexión y al cambio... Otros, en contraste, hacen caso omiso a las advertencias suaves y requieren hallarse moribundos con una cirrosis aguda o con una angina de pecho para decir: "caray, ahora sí tengo que cuidarme... “Es cuestión de cómo se es... de cómo se reacciona...
Creo que tú eres de los que se mueven con un pequeño estímulo; de los que no esperan advertencias mayores. Yo, en cambio, soy de las que siempre suponen que las cosas mejorarán por sí solas... Ahora es demasiado tarde...
Interrumpí la lectura. La sangre se me había detenido en la cabeza. Era la tercera vez que leía las líneas y nuevamente comprobaba que algo malo le ocurría a Alma.
-Continúa, Zahid, ¿qué más dice?
Necesito verte. No puedo pensar en nadie más. El conocimiento de lo que hiciste por mí me ha mantenido viva los últimos meses, pero te confieso que en mis periodos de ofuscación el recuerdo se torna borroso y grotesco... Saber que tuviste el valor y el cariño para defenderme y que fuiste capaz de dar esa mitad de tu vista por mí me ha proporcionado la energía de saber que fui amada alguna vez. Sé que todas las mañanas al verte al espejo me recuerdas y yo, perdóname, me siento un poco mejor por eso...
Guardé silencio. Lisbeth ya no insistió en que siguiera. Había captado la gravedad del asunto... Después de unos segundos continué leyendo con volumen más bajo.
Tal vez no puedas ayudarme. Sé que darías tu vista completa por mí, si fuera necesario, pero no quiero ser una carga más. Ojalá que vengas... Aquí el tiempo transcurre muy lentamente. Podemos platicar como cuando estábamos en aquella habitación, tú en la cama después de haber perdido tu ojo izquierdo. Sólo que ahora soy yo la que estoy en cama y he perdido, igual que tú, algo irrecuperable. ¿Sabes? Hubiera querido no ser mujer, no ser tan débil, no haberme encerrado en mi angustia, no haber nacido...
Perdóname si te causo alguna preocupación innecesaria, pero tarde o temprano tenía que hablar. Tu dolor fue conocido por todos y eso te ayudó a curarte, el mío en cambio fue secreto y me ha ido matando lentamente con los años... Como ves, a veces todavía pienso con lucidez, pero sólo a veces...
Zahid. Si no puedes venir a verme, por favor, no le digas a nadie dónde estoy'.
Te quiere,
Alma
Hubo un silencio denso, gélido en la habitación.
-El sobre no tiene remitente -comenté desconcertado-; al reverso únicamente están escritas tres palabras: “Hospital San Juan”
Jugueteé con el pliego sin decir más. Había llegado a la conclusión de que sólo podía tratarse de un sanatorio de traumatología, pues ella decía haber perdido, como yo, algo irrecuperable... O, tal vez... uno de psiquiatría...
-¿Perdiste el ojo por defender a tu hermana?
Me puse de pie y caminé por la sala. Seguramente el origen de mis pesadillas era precisamente el haber mantenido muchas cosas en secreto.
-Alma estuvo acompañándome día y noche junto a mi cama en aquella ocasión -comencé deshilvanado, tratando de evadir la pregunta-, se sentía culpable... También admirada y agradecida. Su autovaloración estaba por los suelos -la tétrica pesadumbre me invadió-. No sabes cómo me dolió cuando supe que se fue con aquel hombre...
Un pelícano cayó repentinamente en la terraza y nos observó moviendo su enorme y deforme pico detrás del cristal. Dejarnos de hablar observando a nuestra vez al confundido forastero.
-En la carta, Alma dice que tu dolor fue conocido por todos y que el de ella en cambio era secreto, ¿a qué se refiere?
-Lo desconozco. Era muy introvertido. Yo quise ayudarla muchas veces. Cuando me fui becado a la Universidad, le escribía cada mes, le envié decenas de libros de superación e invitaciones a cursos. Realmente me preocupaba por ella, pero jamás descifré el enigma de su aislamiento. Nuestra juventud fue dura. Las heridas de un hogar en el que el padre es alcohólico y la madre neurótica son muy profundas.
-¿Sabes? -me dijo con seriedad-, efectivamente he detectado algo muy grave en su carta...
-¿Qué?
El pelícano aleteó con torpeza y emprendió el vuelo nuevamente rumbo a la playa.
-Necesita ayuda urgente.
Miré el reloj. Eran las seis y cuarto. A las siete despegaba el último vuelo directo a la Capital.
Corrí a buscar el libro telefónico. Protesté en voz alta por no hallar más que el pequeño directorio local. Teníamos viviendo en esa ciudad de la costa apenas dos meses y aún no me acostumbraba a la lejanía.
Marqué por larga distancia directa el número de mis padres. Mamá descolgó.
-Hola, soy Zahid, ¿cómo están?
-Bien, hijo, qué gusto oírte.
-Gracias, disculpa la prisa, pero, ¿sabes el domicilio de mi hermana Alma?
Mi madre enmudeció unos instantes.
-Lo ignoro -replicó al fin-, desde que decidió "juntarse" con aquel hombre, cambió mucho. Hace un año que no la vemos. Me dijeron que se había separado del fulano, pero ignoro dónde puede haber ido. La hemos buscado, pero se esconde. ¿Tienes noticias de ella?
Dudé por un momento... Yo también le había perdido la pista.
Recordé que mi hermana me pedía en su mensaje 'si no puedes venir, por favor, no le digas a nadie dónde estoy'. Eso evidentemente incluía a mis padres... Pero, ¿dónde estaba? ¿Por qué no envió algún dato para que me comunicara? ¿O es que suponía que el hospital San Juan era mundialmente conocido?
-Dime una cosa, mamá -pregunté-: ¿Alma se llevó consigo todos los libros y casetes de superación que le he enviado?
-No. Aquí están en un armario si los necesitas. Creo que ni siquiera los leyó. Ella es muy extraña...
Era verdad, pero yo amaba a mi hermana así como era. Quizá porque, en efecto, le había dado algo muy valioso de mí.
-Bueno. Tengo que irme. Nos mantendremos en contacto. Cuídate.
Apenas corté, marqué a la operadora.
La telefonista tardó tres minutos en contestar; me parecieron tres horas. Cuando le supliqué que me diera información respecto al hospital San Juan de la Capital, se demoró otros tres minutos más. La maldije una y otra vez entre dientes. Finalmente me dictó un domicilio escueto, dos números telefónicos y cortó.
Lísbeth me observaba de pie con mirada ansiosa.
-Tengo la dirección -increpé-, por favor, trata de comunicarte, a ver si saben algo de mi hermana allí. Voy a cambiarme.
Mi cabeza estaba hecha un torbellino.
La siguiente semana presidiría la inauguración de mi empresa más grande; las oficinas generales se habían construido en esa ciudad de la costa, a la que habíamos decidido mudarnos para radicar. Si Alma tenía problemas, tal vez no me daría tiempo de volver para la ceremonia inaugural. No quise pensar en ello, por lo pronto debía llevar conmigo cartera, tarjetas de crédito, teléfono celular, una bolsa con los objetos de aseo personal... El viaje era largo, pero si salía esa misma tarde quizá todo podría arreglarse en tres o cuatro días y tendría posibilidad de regresar a tiempo.
Torné a la estancia y escuché a Lisbeth discutir por la línea con alguien.
-¿Qué ocurre? -pregunté.
-No me quieren dar información telefónica,
-¿Pero saben de mi hermana?
-Dicen que sí.
Le arrebaté la bocina e increpé con vehemencia:
-Vamos para allá, pero resuélvame una duda antes que nada. ¿Qué tipo de hospital es ahí?
Cuando la voz escueta y mordaz contestó mi pregunta, me quedé helado por la confirmación de algo que no quería oír.
-Zahid, acabo de descubrir algo que tampoco te va a gustar.
Me volví hacia Lisbeth azorado.
-Tu hermana escribió esta carta hace un mes... Ella no le puso fecha, pero el matasellos lo dice. Seguramente en la empresa se tardaron en traértela hasta acá esperando que se acumulara más correspondencia.
-Voy a la Capital.
-¿Vienes conmigo?
-Por supuesto.
-Pero no hay tiempo para preparar equipaje. El vuelo despega en unos minutos.
-Estoy lista.
Salimos de la casa sin apagar las luces.
En el camino al aeropuerto conduje el automóvil con la vista extraviada en los recuerdos.
Años atrás, cuando perdí el ojo, le compartí a Alma la lección que había entendido:
Estamos llamados a la perfección. Es la ley de advertencia.
NADA OCURRE DE REPENTE.
Quien pierde su familia, quien se divorcia, quien va a la cárcel, quien se queda solo y sin afectos no puede decir 'de pronto me ocurrió esto'. Siempre tenemos advertencias graduales hasta que llegamos al umbral de dolor. Hay personas que reaccionan con la simple voz de su conciencia o la lectura de un libro y hay otras que hacen oídos sordos a todo y sólo cuando están hundidos se dan cuenta de que es momento de hacer algo. Después de sufrir el terrible accidente ocular tomé una decisión tajante de transformación. Se la compartí a mí hermana llorando. Ahora me devolvía los conceptos que le dije, en una enigmática carta...
Cuando llegamos al aeropuerto, la señorita del mostrador nos anunció lacónicamente que el vuelo se había cerrado hacía mucho tiempo. Le dije que era una emergencia, le grité, casi me subí a la barra con ganas de asirla de los cabellos y hacerla entender que no estaba preguntándole si estábamos a tiempo o no.
-Usted no ha comprendido -me dijo.
-¡Es usted la que no ha comprendido! Detenga el maldito avión.
-Señor, discúlpeme. El vuelo salió a las seis treinta... Son las siete de la noche.
-¿Cambiaron los horarios?
-Hace más de dos meses.
Me desmoroné... hacía más de seis que no tomaba un vuelo comercial.
-¿Por qué no tratas de localizar al piloto de la empresa? -me preguntó Lisbeth.
-No está. Tampoco el avión. Fue a recoger a los invitados especiales para la inauguración.
-Podemos tomar un taxi aéreo...
-Claro.
Corrimos al pequeño edificio de aviación privada que se hallaba a kilómetro y medio de ahí.
De guardia, había un piloto extremadamente joven y mal vestido que podía llevarnos en una avioneta de siete plazas con cabina presurizada. Hice cuentas. Si el jet tardaba tres horas y media, en ese artefacto nos llevaría casi seis. Estaríamos arribando a la una de la mañana. ¿Nos permitirían entrar a esa hora al hospital?
La otra opción era calmarnos, volver al departamento y tomar en la mañana el vuelo de las diez. En mi cabeza martilló un párrafo específico de la carta que me hizo tomar la decisión:
Creo que tú eres de los que se mueven con un pequeño estímulo; de los que no esperan advertencias mayores. Yo, en cambio, soy de las que siempre cree que las cosas mejorarán por sí solas... Ahora es demasiado tarde...
-Nos vamos.
En lo que prepararon el aeroplano me tranquilicé. Había puesto manos a la obra. Era lo importante. No tenía más qué hacer por el momento.
-Va a ser un vuelo largo -le dije a Lisbeth.
-Podemos aprovechar para dormir. Llegaremos en la madrugada y... -se detuvo-. Perdona. Si no quieres dormir conversaremos. Tal vez tus pesadillas se acaben cuando veas a Alma.
Asentí.
Después de un rato caminamos detrás de un piloto que no parecía piloto para subirnos a un avión que no parecía avión. Al pisar la carlinga, vi mi rostro reflejado en el cristal. El defecto visual era más notorio con esa luz amarillenta. Alma suponía que yo me lamentaba cada mañana por mi mutilación, pero el ser humano se acostumbra a todo, además en esta época, las prótesis pueden hacer maravillas.
Nos acomodamos en la reducida cabina. Tomé la mano de Lisbeth y le dije poco antes de despegar:
-Un día hicimos el pacto de no escarbar en nuestras heridas más profundas, de no irrumpir en los recuerdos dolorosos para evitar revivirlos, pero hoy el velo ha comenzado a descorrerse y...
-Iba a ocurrir tarde o temprano. Yo te lo dije.
-¿Terminarás de contarme cómo superaste el problema de Martín y cómo saliste adelante con un embarazo no deseado a los diecisiete años?
-De acuerdo, pero tú también me contarás la verdad de cómo perdiste ese ojo. No superficialmente, no de forma arreglada... Abrirás ese cofre cerrado de tristezas frente a mí.
Era un pacto justo. Aunque todavía me mortificaba la idea. Me vio dudar.
-Quizá al platicarme -insistió-, puedas concretar algunos puntos que te sirvan para el discurso inaugural de la empresa. Nadie gana por casualidad, Zahid. Cada hombre exitoso posee una filosofía de vida que lo lleva a tomar decisiones correctas en los momentos precisos... En resumen eso es lo que necesitas decirle a tu gente.
-Tomar decisiones correctas en los momentos precisos -repetí la frase que efectivamente podía sintetizar la esencia del éxito- Es como señalar la punta de una montaña y decir: "Amigos, para llegar a la cima sólo lleguen ahí... "
-Bien. Lo esencial es el cómo lograrlo. Al recordar con cuidado tu propia trayectoria, verás que todo sale a flote.
Guardamos silencio mientras el artefacto despegaba. Pero en mi mente discernía, con cierta pena, cómo las madres solteras suelen ser maltratadas desde el momento de su embarazo. No hay nada más injusto, me dije. La gente ignora lo madura, lo dulce, lo grande que puede ser una mujer así.
-No me arrepiento de haberme casado contigo. Estoy orgulloso de ser tu pareja para toda la vida.
Entonces apoyó su cabeza en mi hombro. Teníamos cuatro meses de habernos unido en matrimonio. Esta vez, la luna de miel, en la que aún nos encontrábamos, estaba a punto de convertirse en tierra de amargura.
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