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Neil Gaiman Neverwhere báratro neil gaiman


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Neil Gaiman Neverwhere

báratro


NEIL


GAIMAN

NEVERWHERE



Nunca he estado en el bosque de St. John. No me atrevo. Tendría miedo de la noche infinita de abetos, miedo de encontrarme con una taza rojo sangre y del batir de las alas del Águila.
El Napoleón de Notting Hill, G.K. Chesterton


Si jamás dieras medias o zapatos

entonces todas y cada una de las noches

siéntate y póntelos

y que Jesucristo reciba tu alma
Sí, esta noche, esta noche, sí

todas y cada una de las noches

un fuego y un arroyo y la luz de las velas

y que Jesucristo reciba tu alma
Si jamás dieras carne o bebida

entonces todas y cada una de las noches

lograrás que el fuego no te haga retroceder

y que Jesucristo reciba tu alma
El canto fúnebre de velatorio (tradicional)

P r ó l o g o
LA noche antes de irse a Londres, Richard Mayhew no se estaba divir­tiendo.

Había empezado la noche pasándoselo bien: había disfrutado leyendo las tarjetas de despedida y recibiendo los abrazos de varias jovencitas que conocía y que no estaban del todo carentes de atractivo; le habían gusta­do las advertencias sobre los males y los peligros de Londres, y el para­guas blanco con el dibujo del mapa del metro de Londres que sus amigos le habían regalado, tras poner dinero entre todos para comprarlo; había disfrutado de las primeras pintas; pero luego, a cada pinta que tomaba, se iba dando cuenta de que se estaba divirtiendo bastante menos; hasta llegar al momento en que estaba sentado y tiritando en la acera fuera del bar de una pequeña ciudad escocesa, sopesando los méritos relativos de vomitar o no, y sin disfrutar en absoluto.

Dentro del bar, sus amigos seguían celebrando su inminente partida con un entusiasmo que, para Richard, empezaba a rayar en lo siniestro. Estaba sentado en la acera y se agarraba fuerte al paraguas enrollado, y se preguntaba si irse al sur, a Londres, era realmente buena idea.

—Será mejor que vigiles —dijo una voz vieja y cascada—. Te harán circular en menos de lo que canta un gallo. —Unos ojos penetrantes le miraban fijamente desde una cara sucia y nariguda—. ¿Estás bien?

—Sí, gracias —dijo Richard. Era un joven de cara fresca y con aspecto de niño, de pelo oscuro y un poco rizado y de ojos grandes de color avellana; tenía un aire desgreñado, como si acabara de despertarse, que le hacía más atractivo al sexo opuesto de lo que él jamás entendería o creería.

El rostro mugriento se dulcificó.

—Pobrecito, toma —dijo la mujer, y le puso una moneda de cincuen­ta peniques en la mano—. ¿Y cuánto hace que estás en la calle?

—No soy un indigente —explicó Richard, avergonzado, intentando devolverle la moneda a la anciana—. Por favor, coja su dinero. Estoy bien. Sólo he salido a tomar un poco el aire. Mañana me voy a Londres —aña­dió.

Ella bajó la vista inspeccionándole con recelo y luego aceptó los cin­cuenta peniques que le devolvía y los hizo desaparecer bajo las capas de abrigos y de chales con los que estaba envuelta.

—Yo he estado en Londres —le confió—. Me casé allí, pero él era una mala persona. Mi madre me dijo que no fuera a casarme a otro sitio, pero yo era joven y hermosa, aunque hoy parezca difícil de creer, e hice lo que me dijo el corazón.

—Estoy seguro de que lo hizo —dijo Richard. La convicción de que estaba a punto de vomitar empezaba, poco a poco, a desvanecerse.

—Para lo que me sirvió. He estado sin techo, así que sé cómo es —dijo la anciana—. Por eso pensé que eras un indigente. ¿Para qué vas a Londres?

—Tengo un trabajo —le dijo, orgulloso.

—¿Haciendo qué? —preguntó ella.

—Mm, valores —dijo Richard.

—Yo era bailarina —dijo la anciana, y se tambaleó torpemente por la acera, tarareando con discordancia para sí misma. Luego se balanceó de un lado a otro como una peonza que va a detenerse, y al final se paró, fren­te a Richard—. Tiende la mano —le dijo—, y te leeré la buenaventura.

Él hizo lo que le decía. Ella puso su vieja mano sobre la suya y se la cogió con fuerza y, luego, parpadeó varias veces, como un búho que se hubiese tragado un ratón que comenzaba a sentarle mal.

—Tienes un largo camino que recorrer... —dijo, desconcertada.

—Hasta Londres —le dijo Richard.

—No sólo Londres... —la anciana hizo una pausa—. No es ningún Londres que yo conozca —entonces se puso a llover, suavemente—. Lo siento —dijo—. Empieza con puertas.

—¿Puertas?

La mujer asintió con la cabeza. La lluvia cayó con más fuerza, tam­borileando en los tejados y en el asfalto de la calle.

—Yo de ti tendría cuidado con las puertas.

Richard se levantó, algo vacilante.

—De acuerdo —dijo, no muy seguro de cómo debería tomarse una información de esa naturaleza—. Lo haré. Gracias.

La puerta del bar se abrió y la calle se inundó de luz y de ruido.

—¿Richard? ¿Estás bien?

—Sí, tranquilo. Enseguida vuelvo —la anciana ya se alejaba por la calle, tambaleándose bajo el chaparrón y mojándose. A Richard le dio la sensación de que tenía que hacer algo por ella: pero no podía darle dine­ro. Corrió tras ella, por la calle estrecha, con la lluvia fría empapándole la cara y el pelo—. Tenga —dijo Richard. Intentó torpemente encontrar el botón que abría el paraguas en el mango. Entonces se oyó un clic, y el paraguas se abrió mostrando un mapa blanco gigante de la red de metro de Londres, cada línea dibujada en un color diferente, cada estación mar­cada y con su nombre.

La anciana lo aceptó, agradecida, y le sonrió para demostrarle su gra­titud.

—Tienes un buen corazón —le dijo—. A veces eso basta para llegar a salvo adonde quiera que vayas. —Luego meneó la cabeza —.Aunque, la mayoría de las veces, no basta.

Agarró con fuerza el paraguas cuando una ráfaga de viento amenazó con arrancárselo o volverlo del revés. Lo rodeó con los brazos y se incli­nó hasta casi doblarse contra la lluvia y el viento. Luego se alejó, per­diéndose en la lluvia y en la noche, una forma blanca y redonda, cubierta por los nombres de las estaciones del metro de Londres: Earl's Court, Marble Arch, Blackfriars, White City, Victoria, Ángel, Oxford Circus...

Richard se sorprendió preguntándose, borracho, si de verdad había un circo en Oxford Circus: un circo auténtico con payasos, mujeres hermosas y fieras peligrosas. La puerta del bar se abrió otra vez: una explosión de soni­do, como si justo entonces hubiesen subido el botón del volumen del bar.

—Richard, idiota, es tu maldita fiesta y te estás perdiendo toda la diversión.

Volvió a entrar en el bar, las ganas de vomitar perdidas por lo insólito de lo sucedido.

—Pareces un pollo mojado —dijo alguien.

—Tú no has visto nunca un pollo mojado —dijo Richard.

Otra persona le pasó un vaso grande con whisky.

—Toma, trágate esto. Te hará entrar en calor. ¿Sabes?, en Londres no encontrarás whisky escocés auténtico.

—Seguro que sí —suspiró Richard. Le caían gotas de agua del pelo en el vaso—. En Londres tienen de todo —y se bebió el escocés de un trago y, después, alguien le invitó a otro y luego la noche se hizo borrosa y se rompió en fragmentos: más tarde sólo recordaba la sensación de que estaba a punto de dejar un lugar pequeño y racional, un lugar que tenía sentido, por otro sitio enorme y antiguo que no lo tenía; y recordaba también haber vomitado interminablemente en una alcantarilla por la que corría el agua de lluvia, en algún momento en las primeras horas de la madrugada; y una forma blanca marcada con símbolos de colores extraños, como un escarabajo pequeño y redondo, que se alejaba bajo la lluvia.

A la mañana siguiente se subió al tren para el viaje de seis horas hacia el sur que le llevaría a los extraños chapiteles y arcos góticos de la esta­ción de St. Pancras. Su madre le dio un pastelito de nueces que le había hecho para el viaje y un termo lleno de té; y Richard Mayhew se fue a Londres, sintiéndose fatal.




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