Página principal

N por las almas oswald j. Smith


Descargar 0.5 Mb.
Página1/10
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.5 Mb.
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10
PASIÓN POR LAS ALMAS

OSWALD J. SMITH

CONTENIDO



Introducción de Jonathan Goforth. . 7

1. El derramamiento del Espíritu . . 8

2. La responsabilidad por el aviva­

miento 17
3. La aflicción del alma 29
4. Poder de lo Alto. . . . 39
5. Convicción de pecado . . 51
6. Obstáculos al avivamiento . 61
7. Fe para el avivamiento . . 69
8. Hambre por el avivamiento . 75
9. ¿Está muerto el Evangelismo? 84
10.La necesidad de la Hora. . 93
11.¡Evangelismo! La respuesta de Dios
para este mundo gimiente . 98
12.Dios manifiesta Su poder en aviva­mientos 110

13. Los resultados permanentes del

Evangelismo y del avivamiento 121
14. ¿Cómo podemos tener avivamiento
en la actualidad’ 127
15. El Evangelismo en acción . . 137
16. ¿Evangelismo o avivamiento? ¿Cuál? 157
17. Evangelismo en la sala de indagación 173
18. El mensaje del Evangelismo. . 185
19. Lecciones del Evangelismo . . 195
INTRODUCCIÓN

El libro del doctor Smith, pasión por las almas es, por su tamaño, el alegato más poderoso por el avivamiento que yo jamás haya leído. El ha sido verdaderamente guiado por el Espíritu de Dios al prepararlo. Puedo dar un cordial amén a su énfasis en a necesidad de un avivamiento producido por el Espíritu Santo. Lo que vi de avivamiento en Corea y en China está en la mejor de las armonías con el avivamiento por el que se dama en este libro.

Ha sido con mucha oportunidad que el doctor Smith ha llamado a la atención los esfuerzos y métodos humanos en los avivamientos modernos. Si todos tuviéramos la fe de esperar en Dios en ferviente oración de fe tendría lugar un aviva­miento genuinamente del Espíritu Santo, y el Dios viviente tendría toda la gloria. En Manchu­ria y en China, cuando no hacíamos otra cosa que dar la prédica y que la gente orara, manteniéndo­nos tan poco visibles como fuera posible, vimos las más poderosas manifestaciones del poder divino.

Si tuviera yo la riqueza de un millonario, pondría Pasión por las Almas en cada hogar cristiano de este continente y esperaría confiadamente un avivamiento que barrería todo el mundo.


Toronto (Canadá) Jonathan Goforth, D. D.
NOTA: Escrito para los siete primeros capítulos

1

EL DERRAMAMIENTO

DEL ESPÍRITU
FUE EN 1904. Todo Gales estaba inflamado. La nación se había alejado mucho de Dios. Las con­diciones espirituales eran ciertamente muy bajas. La asistencia a la iglesia era pobre. Y el pecado abundaba por todas partes.

Repentinamente, como un tornado inesperado, el Espíritu de Dios barrió la tierra. Las iglesias se llenaban tanto que las multitudes no podían ni tan siquiera entrar en ellas. Las reuniones dura­ban desde las diez de la mañana hasta las doce de la noche. Cada día tenían lugar tres servicios de­terminados. El instrumento humano fue Evan Roberts, pero había poca predicación. Cantos, testimonios y oración constituían las principales características. No habían himnarios; habían aprendido los himnos en la niñez. Ni tampoco coro: todo el mundo cantaba. No se hacían colec­tas, ni anuncios en la prensa.

Nada había llegado jamás a Gales con unos re­sultados tan efectivos. Los incrédulos se conver­tían; los borrachos, ladrones, y jugadores se sal­vaban; y miles que volvieron a la dignidad. Se oían confesiones de terribles pecados por todos lados. Se pagaban antiguas deudas. El teatro tuvo que cerrar por falta de clientes. Las mulas en las minas de carbón rehusaban trabajar, al no estar acostumbradas a ser tratadas con suavidad. En cinco semanas, 20.000 se unieron a las iglesias.
En el año 1835 Titus Coan arribó a las costas de Hawai. En su primer viaje multitudes se reu­nieron para escucharle. Se amontonaban de tal manera a su alrededor que apenas tenía tiempo

para comer. En una ocasión predicó tres veces antes de poder tener oportunidad de desayunar. Sentía que Dios estaba obrando de una manera muy desacostumbrada.


En 1837 fuegos mortecinos se avivaron. Casi toda la población fue su audiencia. Estaba minis­trando a 15.000 personas. Incapaz de llegar a todos ellos, ellos fueron a él y se asentaron en una
reunión que duró dos años. No había una sola hora del día ni de la noche en que no se reuniera
una audiencia entre 2.000 y 6.000 a la señal de la campana.
Había el clamor tembloroso, sollozante, en llanto, por misericordia, en algunas ocasiones demasiado fuerte para que el predicador pudiera ser oído; y en cientos de casos sus oyentes se desvanecían. Algunos llegaban a gritar: «La espada de dos filos me está despedazando.» El perverso burlador que llegó a chancearse cayó como un perro, y gritó: «¡Dios me ha fulminado!» En una ocasión, mientras que estaba predicando en un campo abierto a 2.000 personas, un hombre gritó: «¿Qué tengo que hacer para ser salvo?», y oró la oración del publicano, y toda la congregación asumió el clamor por misericordia. Durante media hora, el señor Coan no pudo hallar ocasión de hablar, sino que se tuvo que quedar quieto y con­templar cómo Dios obraba.

Se solucionaban pendencias, borrachos eran re­generados, adúlteros convertidos, y asesinos que confesaban y eran perdonados. Los ladrones res­tituían lo robado. Y se renunciaba a los pecados de una vida entera. En un año 5.244 se unieron a la Iglesia. Hubieron 1.705 bautizados en un solo domingo. Y se sentaban a la mesa del Señor 2.400 personas que habían sido pecadores de lo más impenitente, y ahora santos de Dios. Y cuan­do el señor Coan se fue, él mismo había recibido y bautizado a 11.960 personas.


* * *

En la pequeña ciudad de Adams, Nueva York, el año 1821, un joven abogado se abría camino a un lugar solitario del bosque para orar. Dios le encontró allí, y fue maravillosamente convertido, y poco después llenado por el Espíritu Santo. Este hombre era Charles G. Finney.

La gente oyó esto, y se interesó vivamente y, como de común acuerdo, se juntó en la casa de reuniones al atardecer. El señor Finney se halla­ba allí. El Espíritu Santo obró en ellos con un po­der grande de convicción, y empezó un aviva­miento. Después se extendió por el país alrede­dor, hasta que al fin casi toda la parte de los Es­tados del Este quedó atenazado en el seno de un poderoso avivamiento. Siempre que el señor Fin­ney predicaba, el Espíritu era derramado. Con frecuencia Dios iba delante de él, de manera que cuando llegaba a un lugar, se encontraba ya con la gente clamando por misericordia.

En algunas ocasiones la convicción de pecado era tan abrumadora y provocaba unos llantos de angustia tan estremecedores que él tenía que ce­sar de predicar hasta que cesaran. Ministros y miembros de iglesias se convertían. Los pecado­res se salvaban a miles. Y durante años esta po­derosa obra de gracia continuó. Nunca habían los hombres testificado algo semejante en sus vidas antes de entonces.


* * *

Os he traído a la mente tres incidentes históri­cos del derramamiento del Espíritu Santo. Se po­drían citar cientos de otros. Pero éstos son sufi­cientes para mostrar qué es lo que quiero decir. Y esto es lo que en la actualidad necesitamos, más que ninguna otra cosa. Cuando recuerdo cómo derramamientos así han venido lugar en China, en la India, en Corea, en África, en Inglaterra, en Gales, en Estados Unidos, en las Islas del Pacífi­co, y en muchos otros lugares excepto el Canadá, nuestro Dominio, nuestro amado país, que nunca a lo largo de toda su historia ha experimentado un avivamiento nacional, mi corazón dama a Dios para que también dé una tal manifestación de Sí Mismo.

¿Lo necesitamos? ¡Escuchad! ¿Cuántas de nuestras iglesias se encuentran más que medio vacías domingo tras domingo? ¿Cuántas multitu­des no hay que nunca entran en la casa de Dios? ¿Cuántas reuniones de oración a mitad de sema­na son prósperas y vivas? ¿Dónde se halla el hambre por las cosas espirituales?

Y en cuanto a la obra misionera —las tierras allende de los mares, tinieblas del paganismo— ¿qué estamos haciendo? ¿Acaso el hecho de que multitudes estén pereciendo ahora mismo nos provoca jamás el más mínimo sentimiento de ansiedad? ¿Nos hemos vuelto egoístas?

¿Y qué de la enorme riqueza que Dios nos ha dado? Tomemos Estados Unidos como ejemplo, la nación más rica del mundo en el día de hoy, y con la mayor parte de su riqueza en manos de profesos cristianos. Y a pesar de esto, Estados Unidos gastó más en chicle en un año que lo que gastaron en Misiones. ¿Cuántos cristianos le es­tán dando a Dios aún tan sólo el diezmo de lo que Él les da a ellos?

Y ahora echemos un vistazo a algunos institu­tos y seminarios, tanto aquí como en el campo misionero, en los que se enseña la «alta crítica». Se nos dice que Jesús jamás obró ningún mila­gro, que nunca resucitó de los muertos, que no nació de una virgen, que no murió como nuestro Sustituto, y que no vendrá otra vez.

¿Cuántos profesos cristianos están viviendo la vida de Cristo delante de los hombres? ¡Oh, cómo nos estamos volviendo como el mundo! ¡Cuán poca oposición hallamos! ¿Dónde están las perse­cuciones que caían sobre la Iglesia Primitiva? ¡Cuán fácil es ser cristiano en la actualidad!

¿Y qué hay acerca del ministerio? ¿Acaso el mi­nistro atrae, convierte, y salva mediante su men­saje? ¿Cuántas almas son ganadas mediante la predicación de la Palabra de Dios? ¡Ah, amigos míos, estamos abrumados de actividades eclesia­les, mientras que la verdadera tarea de la Iglesia, la de evangelizar el mundo y ganar a los perdi­dos, queda casi completamente olvidada.

¿Adónde se halla la convicción de pecado que acostumbrábamos a ¿ Es acaso una cosa del pasado? Miremos a una de las reuniones de Finney. ,¡Ah, si pudiéramos repetirlo en la ac­tualidad! El nos dice que, en una ocasión que estaba hablando en unas reuniones en Amberes (Bélgica), un hombre anciano le invitó a predicar en una pequeña escuela cerca de donde él vivía. --Cuando él llegó, el lugar se hallaba tan repleto que apenas sí encontró lugar para ponerse al lado de la puerta. Habló por largo rato. Al fin empezó a hacerles llegar el mensaje de que eran una co­munidad impía; porque no tenían reuniones en su distrito. De repente todos fueron azotados por la convicción. El Espíritu de Dios cayó como un torbellino sobre ellos. Uno a uno cayeron sobre sus rodillas, o postrados sobre el suelo, clamando por misericordia. En dos minutos todos estaban así, y el señor Finney tuvo que cesar la predicación porque se hallaba incapaz de hacerse oír. Por fin consiguió captar la atención del anciano que estaba sentado en el centro de la estancia y, mirando alrededor suyo de asombro en asombro, le gritó a todo pulmón que orara. Entonces, persona a persona, les fue señalando a Jesús. El an­ciano tomó el cargo de la reunión mientras que él se fue a otra. Toda la noche continuó esta reu­nión, tan profunda era la convicción de pecado. Los resultados fueron permanentes, y uno de los jóvenes conversos vino a ser un ministro muy eficaz del evangelio.

Ah, sí, los hombres han olvidado a Dios. El pe­cado florece por todos lados. Y el púlpito no cumple con su misión. Y no conozco de nada menos que un derramamiento del Espíritu de Dios que pueda dar salida a esta situación. Un avivamien­to así ha transformado docenas y cientos de co­munidades: puede transformar a las nuestras.

Ahora bien, ¿cómo podemos conseguir un de­rramamiento tal del Espíritu? Me dirás, por medio de la oración. Cierto, pero hay algo que viene antes de la oración. Tenemos que tratar primero

con la cuestión del pecado; porque a no ser q nuestras vidas sean rectas ante Dios, a no ser que nos hayamos apartado del pecado, podemos estar orando hasta el día del juicio, y el avivamiento no venir. «Vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pe. cados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Is. 59:2).

Probablemente, nuestra mejor guía aquí sea la profecía de Joel. Démosle una mirada. Es una lla­mada al arrepentimiento. Dios está deseoso de bendecir a Su pueblo, pero el pecado ha detenido la bendición. Y por ello, en Su amor y compasión trae un terrible juicio sobre ellos. Lo tenemos descrito en los capítulos 1 y 2. Ya casi llega a las puertas de la ciudad. Pero ved .—¡cuán grande es Su amor! Son de observar los versículos 12 al 14 del capítulo 2, donde dice:
Por eso pues, ahora, dice Jehová, convertios a mí con todo vuestro corazón, con ayuno y lloro y la­mento. Rasgad vuestro corazón, y no vuestros vestidos, y convertios a Jehová vuestro Dios; por­que misericordioso es y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y que se duele del castigo. ¿Quién sabe si volverá y se arrepentirá, y dejará bendición tras de él?
Ahora, amigo mío, yo no sé cuál es tu pecado. Tú lo sabes, y Dios lo sabe. Pero quiero que pien­ses acerca de él, porque más valdrá que ceses de orar y que te levantes de tus rodillas hasta que lo hayas solucionado, y te hayas apartado de él. «Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado.» Deja que el Se­ñor pruebe tu corazón y elimine el obstáculo. El pecado tiene que ser confesado y echado afuera.

Puede ser que tengas que dejar algún ídolo amado. Puede ser que tengas que hacer alguna restitución. Quizás estás reteniendo lo que es de Dios, robándole de lo que es Suyo. Pero esto es

asunto tuyo, no mío. Es algo que está entre tú y Dios.

¡Señalemos ahora los versículos 15 al 17. El profeta ha convocado una reunión de oración. El pecado ha sido confesado y perdonado. Ahora pueden ellos orar. Y deben solicitar de Dios a

causa de Su propio nombre, para que las naciones no digan: «¿Dónde está Su Dios?» Todos están ahora con espíritu ferviente y la oración de ellos va a prevalecer. ¡Escucha!
Tocad trompeta en Sión, proclamad ayuno, convocad asamblea. Reunid al pueblo, santificad la reunión, juntad a los ancianos, congregad a los niños y a los que maman, salga de su cámara el novio, y de su tálamo la novia. Entre la entrada y el altar lloren los sacerdotes ministros de Jehová, y digan: Perdona, oh Jehová, a tu pueblo y no entregues al oprobio tu heredad, para que las naciones se enseñoreen de ella. ¿Por qué han de ~ decir entre los pueblos: Dónde está tu Dios?
¡Ah, hermano mío! ¿Estás orando? ¿Estás pidiendo a Dios por esta ciudad? ¿Le estás rogando día y noche por un derramamiento de Su Espíritu? Porque ahora es la hora de orar. Se cuenta de un tiempo en la obra de Finney, cuando el avivamiento se había apagado. Entonces acordó con los jóvenes orar a la salida del sol, al mediodía, y a la puesta del sol en sus retiros durante una se- mana. El Espíritu fue derramado otra vez, y antes de que la semana finalizara multitudes acudían a las reuniones.

Y, naturalmente tiene que ser oración de fe, oración que espera. Si Dios hace arder corazones para orar por un avivamiento ello constituye una clara señal de que El desea enviar uno, y El es siempre fiel a Su Palabra. «Habrán lluvias de bendición» Sus promesas nunca fallan. ¿Tene­mos fe? ¿Esperamos un despertamiento?

¡Ah, hermano mío, el problema no reside en Dios! Reside precisamente en nosotros mismos. El está dispuesto más que dispuesto Pero noso­tros no lo estamos. Y El está esperando por noso­tros. ¿ Vamos a hacerle esperar mucho tiempo?




2
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje