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Municipio ayacucho


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MUNICIPIO AYACUCHO

SAN JUAN DE COLÓN

ESTADO TÁCHIRA

PONENCIA
DÍA DEL PATRIMONIO MUNICIPAL EN AYACUCHO,



EN EL AÑO SESQUICENTENARIO DE CREACIÓN DE LA ANTIGUA PROVINCIA DEL TÁCHIRA.
Dr. José Pascual Mora-García

Presidente de la Academia de Historia del Táchira, y

Sociedad Bolivariana del Táchira

FOTO: MIGUEL ÁNGEL SALAMANCA.

PETROGLIFO EN ESTACIÓN CHAGUARAMOS, SAN JUAN DE COLÓN-2005.

Hoy quiero saludar al cuerpo edilicio del Municipio Ayacucho, en primer lugar, por decretar el día 26 de abril como el día de la Defensa y Protección del Patrimonio Municipal, como reminiscencia de aquel año 1920, cuando los hijos de Ayacucho lograron salvar para la posteridad del sacrílego acto, el petroglifo llamado “Piedra del Mapa.” La historia nos recuerda que tenemos que estar permanentemente alerta contra los enterradores de la historia, por eso recuerdo que años más tarde en la sabia Europa, en la misma cuna de Kant y de Hegel, fue el epicentro de la llamada “Noche de los Cristales”, en donde se cometió el Holocausto de los Libros (Munich, 1938).


Y en segundo lugar, felicito a los Hijos de Ayacucho por acoger a la Academia de la Historia del Táchira en este sagrado año del sesquicentenario de creación de la Provincia del Táchira (1856-12006). No en vano, la antigua ciudad de los Llanos de San Juan, fundada en 1821, lleva el epónimo de Ayacucho en su Municipio, y es que Ayacucho en lengua quechua significa “rincón de los muertos”, en señal de veneración de los que han pasado al oriente eterno. Hoy sigue siendo pionera en veneración de la historia del Municipio y de la regional. Y la Academia de Historia del Táchira, es testigo fehaciente en este acto, representada por una importante delegación encabezada por el Dr. J. J. Villamizar Molina, Cronista ad perpetum de San Cristóbal; el Prof. Roberto E. Avendaño, Secretario; y por mi designación como orador. También agradezco en mi condición de Presidente de la Sociedad Bolivariana del Táchira, aquí representada por el MTM (Ej) Miguel Ángel Bustamante, Secretario General; y el Prof. Gabriel Armando Carvajal. Hoy Ayacucho también se viste de gala para felicitar al Sr. Jorge Alviarez Mora, Cronista del Municipio, y Presidente de los Cronistas del Táchira, quien será impuesto de la Orden al Mérito de la Sociedad Bolivariana del Táchira por su meritoria labor como cronista. También nuestro reconocimiento al Lic. Anderson Jaimes, Director de la Biblioteca, por su trabajo como organizador de las Jornadas de Historia Local, las cuales programa en su segunda oportunidad del 15 al 20 de mayo.
Hoy San Juan de Colón sigue siendo pionera en veneración de la historia del Municipio y de la regional. Una vez más se demuestra, que la lucha contra los imaginarios sociales es el desideratum permanente cuando se quiere destruir la memoria colectiva de un pueblo. Y ese fue la verdadera intención, cuando se quiso vulnerar la “Piedra del Mapa,” se pretendió minar la conexión de los colonenses con sus raíces fundadoras. Es el asalto permanente contra los poderes míticos y las representaciones de lo sagrado construidas por nuestros pueblos, y que terminan formando parte del cimiento de nuestras protorepresentaciones.

El documento del acto sacrílego contra la “Piedra del Mapa” fue preservado por el Dr. J. B. Calderón, quien fuera testigo de excepción, y que forma parte de un trabajo que data de 1928. Y que en 1962, publicó la Biblioteca de Autores y Temas Tachirenses (BATT) con el nombre de PETROGLIFOS PREHISTÓRICOS DE COLÓN DEL TÁCHIRA, gracias al aporte del Ejecutivo del Estado Táchira, por Resolución Nº 28 del 16 de marzo de 1962, presidido por el Dr. Edilberto Escalante siendo Secretario de Gobierno el Dr. José Antonio Rugeles. Expongamos la narración, por Elda. J. B. Calderón, testigo de primera mano: “este prehistórico monumento, sobre el cual ha habido en Colón la popular superstición de que las personas que lo veían o lo tocaban no podían abandonar esta hospitalaria población, por este solo hecho, fue movido del puesto que ocupaba y ente­rrado, el día 5 de febrero de 1920, a las 9 de la mañana; a pesar de los esfuerzos que hicieron los habitantes de la ciudad, tanto criollos congo extranjeros, en su mayor parte, para impedir este crimen de lesa Historia Nacional, que perpetraron Eustoquio Gómez, como Presidente del Estado, que lo autorizó; Robinson Morantes, autor e instigador principal, como Jefe Civil del Dis­trito Ayacucho, encargado en interinidad; y Domingo Romero, como Jefe Militar de las fuerzas acantonadas en el Municipio, de las cuales facilitó, con grande interés, el número de soldados suficientes para realizar esta obra nefanda, que emprendieron sus autores, -so pretexto de ensanchar y componer la calle en que está-, quizá con el fin de aprovecharse del gran tesoro in­dígena, que las consejas populares suponían existir bajo este monumento. Prueba, de ello, la excavación que hicieron previa­mente para enterrarlo, era insuficiente; y que lo que quisieron fue moverlo del sitio que ocupaba. En su despecho de no haber hallado las riquezas que cré­dulos soñaron bajo esa mole, quisieron luego romperla.” (Calderón, 1962: 57)


Una vez más se demuestra, que la lucha contra los imaginarios sociales es el desideratum permanente cuando se quiere destruir la memoria colectiva de un pueblo. Y ese fue la verdadera intención, cuando se quiso vulnerar la “Piedra del Mapa,” se pretendió minar la conexión de los coloneses con sus raíces fundadoras. Es el asalto permanente contra los poderes míticos y las representaciones de lo sagrado construidas por nuestros pueblos, y que terminan formando parte del cimiento de nuestras protorepresentaciones.
La “Piedra del Mapa” nos ratifica que somos una de las seis naciones prehispánicas de las que hablara el cronista Lucas Fernández de Piedrahita, somos la de los CHITAREROS. El investigador Henrique Rochereaux en su trabajo Les Chitarera, anciens habitant de la región de Pamplona, (Citado Luis Febres Cordero en Calderón, 1962:16) nos presenta como formando un conjunto geohistórico, y agregamos nosotros, geomental, para significar la fusión entre los imaginarios y lo geográfico. Ese espacio geohistórico corresponde a las ciudades y jurisdicciones de Mérida, Espíritu Santo de La Grita, Pamplona y Villa de San Cristóbal.
Luis Febres Cordero, en el prólogo del trabajo de Calderón (1962) apunta la impresionante conexión que tendría la “Piedra del Mapa” con los petroglifos del Nortesantander, entre ellos: el del Rosario de Cúcuta; el de Salazar; el de Bochalema, el de Sardinata, el del Carmen (Ocaña); y el de Málaga; pero agrega, que ninguno tan impresionante como la “Piedra del Mapa” de Colón del Táchira, pues este es especialmente rico en signos, ideogramas, y en su monumental volumen.
Pero habría que agregar más, y es que teníamos ancestralmente una lengua en común. Lengua que hunde sus raíces en los Caribes nuestros, al decir de Luis Febres Cordero, pues se puede constar en las raíces: “ura, uri, ure, ara, are, ari, ire, que es igual y descubre la identidad fonética en el genio de una misma lengua (…) se halla en una dilatada extensión de suelo en los territorios de Venezuela y de Colombia, marcando el itinerario del pueblo Caribe o conectando sus peregrinaciones” (Febres Cordero en Calderón, 1962:27)
En el Estado Táchira recordamos toponímicos que nos recuerdan la herencia Caribe, entre ellos: Chucurí, Quinimarí, Uribante, Camiríi, Oracá, Torero, Orope, Oruquena, Seboruco, Machirí, Táriba (antigua Caribá), Carapo, Cuscurí, Chururú, Borotá, Téura; y penetrando Colombia, encontramos: Tascarena, Turinalda, Amorocho, Oripaya, Urimaco, Corococó, Guimarla, Guaramito, Sucirima, Surucea, Hucariba, Uragá, Suratá, entre otros.
Los imaginarios tienen impacto en el inconsciente colectivo, por eso “sus funciones psicológicas y sociales son puestas en evidencia en diferentes niveles. En lo individual, todo lo presagiado, lo soñado, sirve de base a futuros proyectos; las ficciones se convierten, por lo general, en referentes culturales de una colectividad; las mitologías sociales contribuyen a cimentar la sociedad; las utopías, en fin, preparan el cambio.” (Dávila, 2006:15) El estudio del imaginario cada vez reviste mayor actualidad e importancia para compresión de los pueblos, así lo ha demostrado: Gilbert Durand (2000). La obra de Durand se remonta a los años sesenta cuando publicó Estructuras Antropológicas de lo Imaginario. Heredero de la tradición de Mircea Eliade, Gaston Bachelard, Claude Levi Strauss, y Paul Ricoeur.
Este acto debe servir para recordarnos que debemos superar dos taras anchadas en nuestra patología social; una, la vocación saturniana de nuestro país, que devora y destruye a sus hijos; y otra, la vocación edípica, al cometer parricidio con sus herencias ancestrales. Situación que nos coloca como país mnemocida, para decirlo con palabras de Samir Sánchez: "en este país, brutalmente mnemocida, en el cual si se intentara escrutar, no el rostro, sino tan sólo, algún rastro tangible de sus recuerdos, con seguridad nos perderíamos en una espesa niebla, en una desolación sin nombre. Monumentos, edificaciones históricas, valores humanos y culturales, historia, todo sucumbe cuales muros de Jericó ante el sonido de las trompetas de la incuria, la indiferencia y la desidia."(Sánchez, 2004:60)
Agregamos, de nuestra cosecha, que la lógica occidental elaboró un cartabón para adiestrarnos en el culto a la Razón y el odio a la imaginación. Sólo el Romanticismo, el Surrealismo y el Simbolismo fueron los bastiones de resistencia de los valores de lo imaginario frente al cientificismo racionalista y empirista. Desde Freud sabemos que el pensamiento no trabaja sólo a pleno día, que en las profundidades de la noche y las experiencias tenebrosas del inconsciente determinan el mundo de la vida racional.
Todo pensamiento humano es representación, es decir, pasa por articulaciones simbólicas. Lo imaginario es el conector de toda representación humana. Lo heroico y lo místico, lo dramático y lo real forman parte de un mismo ser. Por eso, el alma como el pensamiento son "atigrados", la unanimidad de opinión es simplista.
Pero hablemos un poco del monumento: “Piedra del Mapa”, que se encuentra en los actuales momentos al interno de la U.E. “Francisco de Paula Reina”. Las descripciones de la misma son las siguientes, según cálculos de la época: “está situado a 840 Metros sobre el nivel del mar; tiene una lon­gitud de 3,78 Metros; su latitud máxima es de 3,60 Metros; la mínima de 2,80 Metros; la altura máxima es de 1,80 Metros y la mínima de 1,50 Metros. Su volumen es de 9,979200 Me­tros cúbicos y su peso aproximado de 27.442,800 Kilogramos.” (Calderón, 1962: 53)

Foto: Piedra del Mapa. Colección de Luis Pérez Oramas. Fuente: Crónicas Visual del Espacio: Municipio Ayacucho. (2006)


Desde el punto de vista histórico recordamos que San Juan de los Llanos de Lobatera fue erigida Parroquia civil por el Gobierno Provincial de Mérida el 30 de noviembre de 1831. Antes de erigirse Parroquia eclesiástica estuvo bajo la atención espiritual del Pbro. José Amando Pérez de Michelena, quien auspició la construcción de la primera capilla. Con la creación de la Parroquia Eclesiástica de San Juan de Colón, hacia 1869, fue nombrado el primer sacerdote el Pbro. Carlos María Ribera. Desde entonces le sucedieron sacerdotes de la más prístina prosapia tachirense, entre los que destacamos: Mons. Edmundo Vivas, Luis Ernesto García, Nelson Arellano Roa, Luis Abad Buitriago, Humberto Urbina, entre otros. Muchos sacerdotes ha dado Colón al Táchira, entre otros: Juan de Jesús Rosales, quien fuera alumno de Mons. Jesús Manuel Jáuregui en La Grita a fines del siglo XIX. Mons. Alejandro Figueroa Medina, quien llegó a ser Obispo Auxiliar de la Diócesis de Barinas. (Cfr. Santander, 1986)

II Parte.


La Mentalidad Tachirense: en el sesquicentenario de creación de la Provincia del Táchira.

La Diócesis de Mérida de Maracaibo se mantuvo sufragánea del Arzobispado de Bogotá hasta 1804 cuando pasó a formar parte del Arzobispado de Caracas. Mérida tenía la primacía de ser el centro eclesiástico y asiento en consecuencia del Obispo de la Diócesis de Mérida de Maracaibo. Desde 1803, la Diócesis de Mérida de Maracaibo estaba dividida en cuatro vicarías: la Vicaría General de Mérida; la Vicaría de La Grita; la Vicaría de San Cristóbal; y la Vicaría de Trujillo. A partir de la Ley de División Político Territorial de 1824, los Andes pasaron a formar parte del Departamento del Zulia, dividido en cuatro provincias: Maracaibo, Coro, Mérida (que comprendía lo que a la postre sería el Estado Táchira) y Trujillo. En junio, de 1831, luego de la desintegración de la Gran Colombia, desaparecieron igualmente los departamentos y se fue constituyendo poco a poco la autonomía de las provincias; en el caso del Táchira fue a partir de 1856.


Sin embargo, la mentalidad es anterior. La Tachiranidad como espacio geomental incorporó los andamios mentales del indígena, del hispano, del moro, y de las razas que componen el mestizaje andino desplegadas en el tiempo de larga duración. En el tachirense se fue conformando una weltanschauung (concepción del mundo) que dio origen a una antropología filosófica, es decir, a una definición del ser tachirense desde el punto de vista de su esencia. Por eso el término Tachiranidad no alude al gentilicio sino a la mentalidad. El gentilicio es la denominación jurídico-política de la región y la mentalidad define los rasgos profundos de la región en el tiempo estructural. Una región sin mentalidad es un pueblo fugaz. Aclaramos que no hay aquí contradicción alguna, entre el Táchira y la Tachiranidad; el primero, define la región geopolíticamente. La segunda define la mentalidad, la antropología filosófica, la weltanschauung. De manera que cuando hablamos de Tachiranidad no estamos significando que el Táchira existía como entidad desde la época colonial, sino que fraguó una mentalidad que identificaba al hombre de las tierras que se conocerían a la postre como Táchira.
En todo caso, lo que es reciente es el gentilicio, no la mentalidad. Quienes sostienen que el Táchira es un invento reciente, posiblemente tienen la influencia errónea de Pedro María Morantes (1911), para quien, "el Táchira se ha formado recientemente; casi podemos decir que San Cristóbal se ha levantado delante de nuestros ojos (...) nosotros no tenemos pasado y nuestro destino está todavía frente a nosotros." Y esto se debe a que algunos autores toman como referencia de origen de la mentalidad la fecha de consolidación de la antigua Provincia del Táchira, el 14 de marzo de 1856. El denominado Informe Castelli (1855), del General Carlos Luis Castelli, representa simplemente el trámite de jure acerca de la conformación de la región; porque de facto la región lo único que necesitaba era el nombre. Que se haya denominado Táchira, por el toponímico del río Táchira, es una casualidad; lo que interesa es que los andamios mentales que conformaban a ese colectivo se venían fraguando en la historia lenta de los siglos.
Por eso lo que caracteriza a un pueblo no es la nominación sino la mentalidad. Pudiéramos llamarnos Torbeños, (de hecho la propuesta inicial llevaba el nombre de la Provincia Torbes, sólo que el Congreso Nacional lo cambió por Táchira.), y en nada cambiaría la mentalidad. La región geomental tachirense tiene sus antecedentes espaciales en la evolución político-administrativa de la antigua Provincia de La Grita, Mérida y Maracaibo. Siguiendo a Inés Ferrero Kellerhoff (1991), Ildelfonso Méndez (2002), y Temístocles Salazar (2001) podemos identificar cinco etapas: 1. Gobernación del Espíritu Santo de La Grita (1575-1608), con la Grita como capital; 2. Corregimiento de Mérida de La Grita (1608-1625), con Mérida como capital; 3. Gobernación de Mérida de La Grita (1625-1681), con capital Mérida; 4. Gobernación de Mérida, La Grita y Maracaibo o de Mérida de Maracaibo (1681-1810), con sede en Maracaibo; 5. Gobernación de Maracaibo (1810-1821), también con sede en la misma ciudad. Durante la cuarta etapa, la provincia estuvo en dos ocasiones bajo la jurisdicción político-administrativa del Virreinato de Nueva Granada y de la Audiencia de Santafé (1717-1723 y 1739-1777). La región geomental tachirense evolucionó con una dinámica propia que la diferencia de otras regiones de Venezuela.
El hombre tachirense no es una entelequia. La Tachiranidad no puede ser aprehendida conceptualmente como quien toma un curso sabatino. El Ser tachirense no es una profesión de fe. El Ser tachirense lo define la pertenencia a una sensibilidad colectiva, a una memoria colectiva; lo designan las estructuras cognitivas pero fundamentalmente los hábitos psicológicos y morales, las creencias profundas, la visión del mundo y de la vida, así como el dominio afectivo. José Humberto Ocaríz preguntándose por las características del pueblo tachirense afirma que: "además de música, costumbres, comidas y cultivos, he señalado como rasgos distintivos el apego al terruño, el culto al trabajo, el saber esperar, la propensión al ahorro, la solidaridad con la familia y los paisanos, la casa abierta al visitante, la austeridad en su sentido original, la religiosidad sin fanatismo, el arraigado amor a una patria a veces esquiva. A estos debo agregar (…) que desconocimos el insulto que al ser humano le infieren el lujo despilfarrador y la miseria extrema, (…) Nunca por propia voluntad, ha sido terreno propicio para la guerra, ni réplica del oeste americano del siglo pasado en salteadores y sicarios (…) Su potencia de incorporación, es decir, la capacidad que tiene de atraer gentes venidas de otras partes." La mentalidad no se traspasa al cruzar una frontera, o al cambiarse de ropa, o al simular ser como el Otro. La mentalidad como la vida y la muerte son únicas.
En relación a la TACHIRANIDAD, podemos destacar dos tendencias historiográficas: la primera, apuntalada en una visión más positiva de la historia, sostiene erróneamente que la Tachiraneidad es un invento reciente, que se construyó a partir de la Revolución Liberal Restauradora (1899). Aquí la Tachiranidad es entendida en función del gentilicio. Y, la segunda tendencia, apuntalada por la historia de las Mentalidades y de las Representaciones, que sostiene la Tachiranidad como resultado de nuestro pasado histórico-cultural en el tiempo de longue durée (incluye los andamios mentales tanto de nuestra raíz indígena como hispánica, africana y mora).
El concepto geomental de la Tachiranidad pone en juego no sólo el mundo de las estructuras sino también el de las superestructuras; al fin y al cabo, somos más que un elemento que se puede medir, contar y en una palabra cuantificar. En el caso del análisis de la Región Geomental Fronteriza buscamos los elementos del utillaje mental propio del hombre de frontera, en particular del tachirense. En él conviven en el zócalo de la memoria dos realidades que el tiempo separó formalmente pero que mentalmente permanece imbricado.
Como sabemos al haber formado del antiguo Virreinato de Santafé de Bogota generó prácticas cotidianas que quedaron instauradas en el tiempo de larga duración. Por eso en el hombre fronterizo, la nacionalidad es una categoría asimilada más como una práctica de convivencia con otro hermano que vive en la casa vecina que como un lindero infranqueable; ahora bien, sin que por eso se confunda de casa o decida incorporar la casa vecina a la suya.
A pesar de que la idea de nación fue una construcción conceptual decimonónica, en el tachirense se observa a comienzos del siglo XIX ese respeto por la casa vecina; somos una familia pero cada quien en su casa. Los límites geográficos separan al hombre de frontera pero la mentalidad los une en la práctica cotidiana. Los andamios mentales expresados en las costumbres son bastante semejantes, pero cada quien tiene su idea de nación. Acaso, no nos dice Pierre Fougeyrollas (1987) que "la nación es primero una emoción." (Fougeyrollas, 1987:7) Si el hombre se identifica con un grupo según los hábitos: alimentación, vestuario, fiestas, e imaginería religiosa; entonces el hombre fronterizo merece otro tratamiento a la hora de definir su identificación nacional. Pues se acusa de extranjero al hombre de frontera porque comparte andamios mentales semejantes.
La tendencia centralista caraqueña históricamente ha discriminado al tachirense por ser fronterizo aplicando la tesis aristotélica según la cual quien vive fuera de Caracas es extranjero, y en consecuencia, siervo y esclavo por naturaleza.
La categoría de región geomental va más allá de la delimitación geográfica y física, integra ésta, pero fundamentalmente se construye sobre la base de los imaginarios y representaciones colectivas; sobre los símbolos, emblemas e íconos que identifican a un colectivo histórico.
La conciencia de pertenencia mental del tachirense a la nación venezolana ha sido erróneamente planteada por la historiografía a fines del siglo XIX. Cuando en realidad tenemos antecedentes desde comienzos del siglo XIX. Citaremos dos manifestaciones, por lo demás, significativas: una, la expresada en solidaridad con los sucesos acaecidos en Caracas el 19 de abril de 1810, por parte los cantones más importantes de lo que sería la Provincia del Táchira (1856). El Táchira tiene una herencia revolucionaria que se remontaba a la época de la colonia. En la Grita, se expresó el primer grito por la independencia económica con la Revolución de los Comuneros (1779), que tuvo repercusiones hasta el Socorro en la República Neogranadina. Si bien es verdad, que el grito de “viva el rey y muera el mal gobierno” fue una manifestación de descontento con el sistema de explotación colonial, también es verdad que anticiparon el camino para la protesta política que expresaron posteriormente los movimientos precursores de la independencia. Luis Manuel Rivas Dávila, el merideño que estuvo el 19 de abril de 1810 en Caracas fue enviado como comisionado al Táchira para solicitar la adhesión con la manifestación de independencia. Octubre fue un mes para la independencia, primero manifestó La Grita su solidaridad con la firma del Acta de Independencia, el 11 de octubre de 1810; luego le siguieron San Antonio el 21 de octubre, y más tarde, San Cristóbal, el 28 de octubre. En el Acta de La Grita se recoge el espíritu de la solidaridad expresando: “en Cabildo extraordinario y abierto que se celebró para tratar de la seguridad y conservación de los territorios de su mando para su legítimo Soberano el señor Don Fernando Séptimo, que solo deposita estos derechos a su administración política y económica. Informados e instruidos suficientemente de lo acaecido con nuestros hermanos en Europa a causa de invasión de los franceses (...) e instruidos plenamente por los derechos de los pueblos, lo practicado por estas previsiones en la Capital de Venezuela y Provincias integrantes de la capitanía General; lo así mismo practicado en la capital del Virreinato de Santafé; y que aunque la de Maracaibo no había adoptado el nuevo gobierno instalado en Caracas y Santafé (...) en lance de esta naturaleza resolvió unirse a la Junta Superior de Mérida, desprendiéndose de Maracaibo.” (Castillo Lara, 1998:289) Obsérvese que por igual, se hace mención de adhesión a las Provincias integrantes de la capitanía General de Venezuela, y a la capital del Virreinato de Santafé. Evidentemente, la idea de nación estaba gestándose, pero se observa la preeminencia a la nación venezolana.
Y, otra, la expresada por el mismísimo Simón Bolívar en 1813, el fundador de la nación venezolana. No es exagerado decir que Bolívar refunda a Venezuela desde San Antonio del Táchira. Al amanecer de mes del primero de marzo de 1813, Bolívar inicia la reconquista de la patria venezolana con un electrizante discurso patriótico y nacionalista dirigido a los hijos de San Antonio, la Villa Heroica, en el que manifiesta su sentimiento en los siguientes términos: “ Yo soy uno de vuestros hermanos de Caracas, que arrancado prodigiosamente por el Dios de las misericordias de las manos de los tiranos, que agobian a Venezuela vuestra patria, he venido a redimiros del duro cautiverio (....) a traeros la libertad, la independencia y el reino de la justicia (...) Vosotros tenéis la dicha de ser los primeros que levantáis la cerviz, sacudiendo el yugo que os abrumaba con mayor crueldad, porque defendisteis en vuestros propios hogares vuestros sagrados derechos. En este día ha resucitado la República de Venezuela, tomando el primer aliento en la patriótica y valerosa villa de San Antonio, primera en respirar la libertad, como lo es en el orden de nuestro sagrado territorio.” (Bolívar, 1980: 145)
Del texto podemos inferir tres elementos fundamentales para región geomental tachirense: en primer lugar, destacamos el sentimiento de integración nacional que tenía Bolívar, bien sabemos que fue a finales del siglo XIX con la Revolución Liberal Restauradora que se integró políticamente el Táchira a Venezuela. La herencia neogranadina todavía estaba muy reciente, pues hasta 1777 habíamos pertenecido al Virreinato de Santafé de Bogotá. La formación psíquica de la nacionalidad venezolana en el tachirense se afianzó con las palabras de fraternidad, pues Bolívar no tuvo la menor duda de considerar a los tachirenses tan venezolanos como los caraqueños. En segundo lugar, Bolívar reforzó en la familia tachirense el valor de ser forjadora de las ideas emancipatorias: Libertad, Independencia y Justicia. Y, en tercer lugar, Bolívar expresó su sentido nacionalista al considerar que en San Antonio resucitó la República de Venezuela.
La Revolución Liberal Restauradora dirigida por Cipriano Castro (1899) representa el primer intento del tachirense por hacerse sentir en el contexto nacional, y la misma incorporación política del Táchira a Venezuela. Aunque la Revolución de Castro (1899) no fue una manifestación de todo el colectivo tachirense, en tanto tuvo resistencia de sectores importantes: desde el punto de vista político, de parte de Juan Pablo Peñaloza; y del sector eclesial, con Mons. Jesús Manuel Jáuregui Moreno. En todo caso, es significativo desde el punto de vista militar, porque “el Táchira por primera vez ha combatido con hombres del Táchira. Y el Táchira por primera vez es Tachirense.” (Herrera,1976: 77) Este aspecto resaltado por Herrera Luque nos hace pensar por qué el ser militar para el tachirense es una de sus prioridades en su desarrollo profesional. Después de todo se dio a conocer como militar más que otra cosa.
De esa manera -compartimos con Antonio Pérez Vivas (1966)- que lo que impulsó a la Revolución Liberal Libertadora (1899) "no fue la agresividad de los tachirenses sino la búsqueda de integración de la Nación y la imperiosa necesidad de liquidar el feudalismo federal y resolver las demás contradicciones planteadas a fines del siglo pasado." (Pérez Vivas, 1966: 12)

Uno de los rasgos del hombre de la región geomental fronteriza que ha sido atacado con mayor inclemencia es su actitud reflexiva, calificada peyorativamente como de conducta soterrada, socarrona, astuta, taimada, casurra, silenciosa, e incluso en el contexto nacional se nos califica de “gochos.” Ese término minusvalorativo que ofende la vida apacible del tachirense y su concepción del tiempo, realmente responde a una ataque más político que real. Como bien apunta Antonio Pérez Vivas: "que nadie se equivoque con los pueblos reflexivos, de vida austera y apacibles goces, donde prospera una conciencia."(Pérez Vivas, 1966:13) El hombre de la Mulera fue el ejemplo patético:


“Juan Vicente siempre tuvo fe en su compadre. Por eso le ha aguantado el hambre y su cháchara que a veces es más aburrida que musiú conversador. A Don Juan Vicente le cansa la habladera. ´La verdad se dice en muy pocas palabras.´ Son los embusteros y los tramposos los que necesitan adornarse con polvos y pinturas como las mujeres feas. Sobre todo cuando usan palabras raras y rebuscadas y se pone en boca de hombres que nadie conoce, cosas que aunque parecen tontas las cuentan de tal forma que es como si las hubiese dicho el Papa de Roma o el Libertador.” (Herrera Luque, 1976:122)
Con la Revolución Liberal Restauradora el tachirense, por primera vez, asume una actitud decidida frente a la guerra, porque "no son guerreros de oficio los tachirenses, pero saben serlo cuando lo pauta su destino. Nuestros mayores lucharon al lado de los comuneros, precursores de la Epopeya; llenaron las filas del Ejército Libertador en la Campaña Admirable; se inhibieron en aquella contienda fratricida de la Federación, hija del resentimiento, que no podía incubar en nuestros lares porque en la urdimbre de nuestras colectividades no privaron los torpes desajustes provocados por el régimen de castas como acontecía en la mayor parte de Venezuela."(Pérez Vivas, 1966:11-12)
La gesta de Castro hizo que el tachirense desplazara su centro de interés del trabajo agrícola a la conquista de espacios políticos. A fines del siglo XIX:
“pareciera que los hombres del campo se han cansado de empuñar la azada y de ser escribanos de la alcaldía. Muchas mujeres se van tras sus hombres. Van la campesina y la putica del pueblo. Unas cocinan arvejas y otras aplacan a los hombres en las laderas de los caminos. Por primera vez en la historia de Venezuela van soldaderas. Los militares del Centro no conocen la peligrosidad de una carga de peinilla andina y así son destrozados los ejércitos de Leopoldo Sarría y Pedro Cuberos. En agosto, Castro es dueño del Táchira, aunque en San Cristóbal continúa resistiendo Peñaloza.”( Herrera, 1976:131)
Como puede evidenciarse el tachirense devenido en soldado no solamente lleva consigo las armas sino sus hábitos y su cotidianidad; come y ama. Por eso junto a las armas, van las arvejas, y la "putica" del pueblo. Las dificultades de conformación de la mentalidad venezolana como elemento constitutivo del Estado-nación son destacadas en las diferencias entre los tachirenses y los caraqueños. De nada vale ser venezolano si no reconocemos la diversidad que conforma nuestras alforjas mentales: hábitos, costumbres, maneras de sentir y de amar diferentes. Ser venezolano pasa por reconocer que somos diferentes; pasa por el problema de reconocimiento del Otro; si no se reconoce al Otro entonces no hay convivencia sino enfrentamientos. El problema de la identidad no es el problema de cómo ser iguales, sino de reconocer que somos iguales en la diferencia. Una de las razones de las fricciones entre los andinos y caraqueños eran las diferencias en los hábitos, lo cual evidencia que mentalmente la nacionalidad no es una religión. El desprecio del caraqueño hacia el tachirense se puede observar en el siguiente ejemplo: “La gente contemplaba con hostilidad a los andinos (...) La tensión entre caraqueños y andinos estalla al poco tiempo. Los caraqueños se burlan de los habitantes de la Cordillera y los andinos no terminaban de entender el por qué de ciertos hábitos de los capitalinos. No había día en que no hubiese dos o tres muertos (...) En el Guarataro un oficial andino mato a un pulpero por la espalda porque el hombre murmuró acremente de los invasores. Tres calles más abajo, unos muchachos asesinaron a pedradas a un mozalbete de Capacho que se alejó de su patrulla y se perdió en los callejones.

- Pero es que son unos bestias -murmuraba Doñ­a Josefina Serna.



-¿Tú sabes a lo que han llegado esos monstruos?: hasta a hacer sus necesidades en la Plaza Bolívar. Razón tenía papá, que en paz descanse, cuando decía, que lo mejor que se podía hacer con los Andes era concederles la autonomía, para declararles la guerra y tratarlos como país ocupado.” (Herrera, 1976: 158-159)
Incluso la diferencia en la indumentaria, fue motivo de profundas fricciones: “El General Juan Vicente supervigila la situación. -Sí, señor, muy bien hecho- le dice a un jefe civil que le acaba de dar una paliza a un limpiabotas que se burlo de su atuendo montañés (..) Eso de que nos vengan a decir chácharos a los del Táchira es una grosería muy grande. Sí, señor, sí, señor. Póngame a ese vagabundo tres días a pan y agua para que no sea falta de respeto.” (Herrera, 1976:160).
Estos elementos nos muestran lo difícil que fue para el tachirense lograr el reconocimiento y pertenencia mental al Estado-nación venezolano, pues siempre recibió el rechazo por parte del centralismo caraqueño; casi pudiéramos decir incluso que fue un proceso que tuvo que ganarse con la fuerza, con el sometimiento. Siempre se nos ha hecho ver que el problema de la conciencia nacional era del tachirense y la realidad nos indica que no fue así. Por el contrario, fue el caraqueño quien no lo reconocía como igual.
La prensa tachirense del siglo XIX está llena de detalles acerca del respeto y la conciencia nacional del tachirense; incluso mucho antes de la Revolución Liberal Restauradora (1899), la emoción de la nación es sentida y defendida conscientemente y no simplemente producto de un alzamiento; veamos un ejemplo: “La fidelidad del Táchira a su Gobierno, fidelidad a la ley, a la palabra empeñada: la lealtad de Garbiras y González Contreras y tantos otros; la abnegación de la Asamblea que ha trabajado sin dietas, sosteniendo la causa de la paz que ha sido el emblema de la Administración Gral. Y del digno Jefe de la República, son, a no dudar, la enseñanza de estar el poder en manos del partido liberal ... La paz de la República viene a ser un dogma santo. Felicitamos a los tachirenses, ... y al gobierno nacional, a quien hemos dicho que nos hundiríamos con él sosteniendo la paz pública y la libertad.” (Diario El Tachirense, 1878, julio 19).
El texto es concluyente. El problema de la conciencia nacional tenía como impedimento la superación por parte del centralismo caraqueño de la vieja tesis aristotélica, que discriminaba a los que no habían nacido en la Polis. El rechazo más radical hacia el tachirense, tenía que ver con negarle la posesión de los símbolos de la venezolaneidad; en particular, el símbolo del imaginario nación por excelencia: a Bolívar. Negarle a Bolívar significaba negarle el reconocimiento de ser venezolano. Ya lo decía José Castro Leiva "ser venezolano es igual a ser bolivariano."(Castro Leiva, 1991:10) Por eso el caraqueño acude a la figura de Bolívar para destacar el resentimiento hacia el tachirense, que en la teología bolivariana equivale a pedirle a Dios. Herrera Luque lo ilustra así: "cuando llegó jadeante ante la estatua del Libertador se paró en seco y con la cara crispada de dolor le gritó al bronce, con voz quebrada por el llanto:

“-¡Libertador, para qué carajo independizaste a los andinos!.” (Herrera Luque, 1976:214)


La suma de actitudes peyorativas generaron en el inconsciente colectivo venezolano una aversión hacia los tachirenses, comparándose a las invasiones bárbaras de los celtas en Europa: “Más que nunca a los chácharos odiados por el pueblo caraqueño se les enrostró su falta. Más que nunca Venezuela se sintió ocupada por un país extraño y enemigo que se llamaba Los Andes. Las paredes blancas se vieron conturbadas por letreros:

-¡Abajo los andinos! ¡Muera Castro!.” (Herrera, 1976:267)


Estas manifestaciones fueron interiorizadas en la memoria colectiva venezolana, y utilizadas políticamente para descalificar al tachirense. La condición regional geomental fronteriza se convierte en una categoría no sólo que remite a lo geográfico sino fundamentalmente a lo existencial; para determinar los límites nacionales y regionales no basta con marcar los mojones sino que hay que integrar la complejidad del hombre.
La región geomental tachirense tiene sus antecedentes en el espacio geohistórico colonial que no siempre fue venezolano, sino que estuvo bajo la influencia geopolítica del corregimiento de Tunja (Virreinato de Santafé de Bogotá), y a la Provincia de Venezuela (1777). Por eso, el concepto de pertenencia mental a la nación venezolana no ha sido fácil, la diferenciación psíquica del tachirense respecto del neogranadino es una expresión dialéctica que se entronca con el estudio de los espacios geomentales fronterizos actuales. La categoría de región geomental va más allá de la delimitación geográfica y física, integra ésta, pero fundamentalmente se construye sobre la base de los mitos fundacionales, la escenificación del tiempo sometida a la paradoja de cambiar permaneciendo, a la lebenswelt cotidiana, a las metáforas de la vida y la muerte, la alimentación, el amor y el odio, los símbolos y rituales cívicos, en fin se trata de hurgar en la mentalidad e imaginarios colectivos. La Tachiranidad nos permite identificar la región geomental que se fraguó en el tiempo de larga duración, y que históricamente evolucionó teniendo dos centros, uno de raigambre colonial que se remonta a la antigua Gobernación de La Grita y Cáceres; y otro, San Cristóbal, capital de la antigua Provincia del Táchira (1856) y que se consolidó como centro geoeconómico a partir de la segunda mitad del siglo XIX.
En el andino venezolano se puede evidenciar la existencia de una imaginería que hay que decantarla en el tiempo de larga duración. Esa imaginería lo diferencia del resto del país, y se manifiesta en la simbólica que identifica su vida cotidiana: la religiosidad, la alimentación, la familia, el amor, la muerte, la amistad, y la palabra como compromiso, entre otras representaciones. Esa mentalidad colectiva que une al hombre común con el colectivo lo denominaremos: Tachiranidad. Es un ser que somete el tiempo a la paradoja de cambiar permaneciendo, por eso, en la región andina se conservan vestigios en donde pareciera que el tiempo se ha detenido.
Tenemos un pasado prehispánico y colonial semejante, entre otras razones porque las ordenes religiosas que evangelizaron la región tachirense venían de la Nueva Granada. A manera de ejemplo diremos que la imaginería religiosa Neogranadina y la Tachirense comparten la advocación de Nuestra Señora de la Chiquinquirá; en el caso de la Nueva Granada, la Virgen de la Chiquinquirá se venera en Chiquinquirá-Departamento de Boyacá desde 1560. Y en el caso del Táchira, se venera Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá de Lobatera desde el siglo XVII.
El censo colonial establecía una interrelación permanente entre las regiones, Carmen Adriana Ferreira Esparza (junio-1999) en un trabajo sobre "El Crédito en la Provincia de Pamplona-Nueva Granada: usos del Censo consignativo" se puede encontrar la importancia que adquirió en el siglo XVIII y XIX, en un área geográfica que abarcaba los territorios de la Diócesis de Mérida de Maracaibo; al respecto afirma: "En la provincia de Pamplona, también la Iglesia a través de sus conventos, cofradías y capellanías mantuvo esta tendencia rentística, lo que la convirtió en la principal fuente de crédito que abasteció la demanda de capitales no sólo de la provincia sino de las poblaciones vecinas estableciendo una amplia red que abarcaba ciudades como Mérida, San Cristóbal, la gobernación de Girón, llegando incluso hasta la ciudad de Cartagena." (Ferreira Esparza, 1999: 66) Como dato curioso, Martín Omaña Rivadeneira, vecino de San Cristóbal y familia directa del general Francisco de Paula Santander Omaña, se benefició al recibir dinero a censo a favor de su Finca "Juan Frío."
Lo anterior enfatiza la importancia de la comprensión de la historia en el sentido que el maestro Marc Bloch recomendada: " (...) La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero no es, quizás, menos vano esforzarse por comprender el pasado si no se sabe nada del presente." (Bloch, 1986:78)






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