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Muerte de un preso


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MUERTE DE UN PRESO
Las sentencias no se clasifican en justas e injustas sino en firmes y recurribles. Una vez firme la condena a pena de privación de libertad, el Tribunal manda al reo a prisión o eleva la prisión provisional a definitiva en ejecución de su sentencia. De vez en cuando tenemos noticia que tal ejecución es la ejecución del reo, a pesar de la abolición de la pena de muerte en España y de derechos constitucionales que amparan al ciudadano condenado.
No todos los penados son José María Ruiz-Mateos. Y hay quienes no tienen más remedio que agonizar en la cárcel o incluso prefieren hacerlo, antes de dar el espectáculo mediático correspondiente. Porque si el penado social no llega a los titulares es probable que, estando enfermo o teniendo una edad considerable, se le aplique literalmente el reglamento.
La condena le sujeta al interno con unas enormes cadenas y pesadas bolas hechas con el material de disposiciones reglamentarias. El progreso de su grado, la libertad condicional, son escalones burocráticos que se suman a la tensión del encarcelamiento, el hacinamiento, la suciedad, la humedad... y las secuelas derivadas se asoman a las noticias cuando aparece por fin su cadáver en cualquier rincón del recinto y se añade a las negras estadísticas pero rápidamente se borra de la retina colectiva porque la actualidad nos bombardea con otros titulares más atractivos.
Como los servicios municipales se encargan de recoger las basuras cada noche para que la civilización no huela mal, desde los aparatos de Justicia e Interior también nos encargamos de apartar de la calle a desechos sociales. Pero son personas y tienen derecho a que su pena, además de castigo, sea coherente con su otra finalidad constitucional, la reinserción.
Ha muerto un preso y hay más que van a cubrir el cupo anual de la estadística evitablemente.


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