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MÁtalos suavemente, de Andrew Dominik


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MÁTALOS SUAVEMENTE, de Andrew Dominik.
Dominik vio El confidente (The friends of Eddie Coyle, 1973), de Peter Yates, adaptación de una novela de George V. Higgins, por televisión, y quedó comprensiblemente impresionado. En efecto, el tratamiento, carente de afeites y artificios, con que Yates –y Higgins- enfocan el microcosmos del hampa, resulta aún hoy de una sobrecogedora sordidez. Bertrand Tavernier y Jean-Pierre Coursodon, en 50 años de cine americano: “La narración progresa, exclusivamente, a golpe de conversaciones misteriosas, plagadas de veladas amenazas y amenazantes confesiones (…) Las relaciones, las presiones, son siempre oblicuas, indirectas, y siempre, a cargo de una tercera persona (…) Es un universo paranoico donde se pasa, de un ocioso mercadeo, a un penoso chantaje, en torno al cual vaga el fantasma de la delación, que acaba falseando aún más las relaciones.”

En efecto, el siniestro universo de Higgins (escritor y ex fiscal), universo caracterizado por la turbiedad y la amenaza, está tan presente en el histórico thriller de Yates como en la película que nos ocupa: las palabras del tándem de críticos de Positif son válidas, pues, para ambos títulos. Es un submundo en que frases como “Tus amigos están preocupados” significan “Estás amenazado de muerte”, o en que la eliminación de otros es administrada de manera rápida y banal, tras laberínticas estratagemas y vacuas promesas, en que todo es negocio –como en la fría y dura novelística de Donald E. Westlake/ Richard Stark y su traslación fílmica a cargo de John Boorman o John Flynn-.



En la cinta de Andrew Dominik hay, sí, una entraña referencial, de celebración estética de esa suciedad, precisión, y aparente ausencia de ornato, de los thrillers de los 70: incluso la fotografía de Greig Fraser –con gamas cromáticas frías, pardas, grisáceas y desaturadas, o el aspecto “sucio” y algo granulado resultante del forzado en laboratorio- parafrasea la del gran operador Owen Roizman en obras celebérrimas como French Connection o Pelham Uno, Dos, Tres. Pero hay, también, una voluntad de continuidad. Al fin y al cabo, venimos de las agresivas propuestas de producción de los blockbusters de los 80 o la vertiginosa efervescencia de las buddy-movies (inaugurada, irónicamente, por ese canto sintético al policiaco urbano y nocturno que era Límite: 48 horas, de Walter Hill, y con el precedente del politizado –a veces un tanto postizamente- poliziottesco italiano). Tal brusca interrupción de la evolución natural de las tradiciones genéricas por interposición de procesos económicos de acumulación monopolística a gran escala –Hollywood absorbido por la Banca, y las industrias nacionales periféricas sometidas por el imperio del marketing, el merchandising y los rosarios de secuelas-, había fulminado aparentemente la necesaria revisión –ética, estética, cultural y política- de los géneros clásicos. Mátalos suavemente es una reafirmación de la vigencia de la tradición y de esa revisión, rehuyendo la banalización a que fuera sometida en los 80 y que aún hoy es homenajeada por algunos –Drive, eco del esteticismo de Hill y Tony Scott-, y explicitando la dimensión político-social primigenia del thriller: los falsarios discursos de ministros y presidentes sobre la necesidad del sacrificio y la comunidad nacional interclasista e igualadora, son el contrapunto de una realidad sórdida y miserable que los desmiente, y hasta los desplaza de la diégesis, relegándolos a narraciones mentirosas en off, que quedan sin ilustración posible.

Sólo un fracaso en esta casi obra maestra de Dominik: la irrepresentabilidad de la muerte de que se ha hablado a propósito del cine de gángsters de los 30, es sustituida por un esteticismo tanático a veces excesivamente recargado y morboso, aunque con un uso brillante del montaje, nervioso y entrecortado, y de la cámara al hombro. Pese a tal escollo, una obra mayor, a considerar, y quizá uno de los grandes policíacos de las últimas décadas. CUATRO ESTRELLAS Y MEDIA. José Luis López Sangüesa.


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