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MÍstica ciuidad de dios, parte 10


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MÍSTICA CIUIDAD DE DIOS, PARTE 10
612. Esposo y señor mío —respondió la Reina— si de la mano liberalísima del Muy Alto recibimos tantos bienes de gracia, razón es que con alegría recibamos los trabajos temporales (Job 2, 10). Con nos­otros llevaremos al Criador de cielo y tierra, y si nos ha puesto cerca de sí mismo, ¿qué mano será poderosa para ofendernos, aunque sea del rey Herodes? Y donde llevamos a todo nuestro bien y el sumo bien, el tesoro del cielo, a nuestro dueño, nuestra guía y luz verda­dera, no puede ser destierro, pues él es nuestro descanso, parte y patria; todo lo tenemos con su compañía, vamos a cumplir su voluntad.—Llegaron María santísima y San José a donde estaba en una cuna el infante Jesús, que no acaso dormía en aquella ocasión. Des­cubrióle la divina Madre y no despertó porque aguardó aquellas tiernas y dolorosas palabras de su amada: Huye, querido mío, y sea como el cervatillo y el cabrito por los montes aromáticos (Cant 8, 14), venid, querido mío, salgamos fuera, vamos a vivir en las villas (Cant 7, 11)). Dulce amor mío —añadió la tierna Madre—, cordero mansísimo, vuestro poder no se limita por el que tienen los reyes de la tierra, pero queréis con altísima sabiduría encubrirle por amor de los mismos hombres. ¿Quién de los mortales puede pensar, bien mío, que os quitará la vida, pues vuestro poder aniquila el suyo? Si vos la dais a todos, ¿por qué os la quitan? Si los buscáis para darles la que es eterna, ¿cómo ellos quieren daros muerte? Pero ¿quién comprenderá los ocultos secretos de Vuestra Providencia? Ea, Señor y lumbre de mi alma, dadme licencia para que os despierte, que si Vos dormís, vuestro corazón vela (Cant 5, 2).
613. Algunas razones semejantes a éstas dijo también el santo José, y luego la divina Madre, hincadas las rodillas, despertó y tomó en sus brazos al dulcísimo infante, y él, para enternecerla más y mos­trarse verdadero hombre, lloró un poco —¡oh maravillas del Altísi­mo en cosas tan pequeñas a nuestro flaco juicio!—; mas luego se acalló, y pidiéndole la bendición su purísima Madre y San José se la dio el Niño, viéndolo entrambos; y cogiendo sus pobres mantillas en la caja que las trajeron, partieron sin dilación a poco más de media noche, llevando el jumentillo en que vino la Reina desde Nazaret, y con toda prisa caminaron hacia Egipto, como diré en el ca­pítulo siguiente.
614. Y para concluir éste se me ha dado a entender la concordia de los dos Evangelistas San Mateo y San Lucas sobre este misterio; porque, como escribieron todos con la asistencia y luz del Espíritu Santo, con ella misma conocía cada uno lo que escribían los otros tres y lo que dejaban de decir, y de aquí es que por la divina voluntad escribieron todos cuatro algunas mismas cosas y sucesos de la vida de Cristo Señor nuestro y de la historia evangélica y en otras cosas escribieron unos lo que omitían otros, como consta del evangelio de San Juan y de los demás. San Mateo escribió la adoración de los Reyes y la fuga a Egipto (Mt 2, 1ss) y no la escribió San Lucas, y éste escribió la circuncisión y presentación y purificación (Lc 2, 2ss) que omitió San Ma­teo. Y así como San Mateo, en refiriendo la despedida de los Reyes magos, entra luego contando que el ángel habló a San José para que huyesen a Egipto (Mt 2, 13), sin hablar de la presentación, y no por eso se sigue que no presentaron primero al niño Dios, porque es cierto que se hizo después de pasados los Reyes y antes de salir para Egipto, como lo cuenta San Lucas (Lc 2, 22ss); así también, aunque el mismo San Lucas tras de la presentación y purificación escribe que se fueron a Nazaret (Lc 22ss), no por eso se sigue que no fueron primero a Egipto, porque sin duda fueron como lo escribe San Mateo, aunque lo omitió San Lucas que ni antes ni después escribió esta huida, porque ya estaba escrita por San Mateo (Mt 2, 14). Y fue inmediatamente después de la pre­sentación, sin que María santísima y San José volviesen primero a Nazaret. Y no habiendo de escribir San Lucas esta jornada, era forzoso para continuar el hilo de su historia que tras la presentación escri­biera la vuelta a Nazaret. Y decir que acabado lo que mandaba la ley se volvieron a Galilea, no fue negar que fueran a Egipto sino continuar la narración dejando de contar la huida de Herodes. Y del mismo texto de San Lucas (19) se colige que la ida a Nazaret fue des­pués que volvieron de Egipto, porque dice que el Niño crecía y era confortado con sabiduría y se conocía en él la gracia; lo cual no podía ser antes de los años cumplidos de la infancia, que era después de la venida de Egipto y cuando en los niños se descubre el principio del uso de la razón.
615. También se me ha dado a entender cuan estulto ha sido el escándalo de los infieles o incrédulos que comenzaron a tropezar en esta piedra angular, Cristo nuestro bien, desde su niñez, viéndole huir a Egipto para defenderse de Herodes, como si esto fuera falta de poder y no misterio para otros fines más altos que defender su vida de la crueldad de un hombre pecador. Bastaba para quietar el corazón bien dispuesto lo que el mismo evangelista dice (Mt 2, 15): Que se había de cumplir la profecía de Oseas, que dice en nombre del Pa­dre eterno: Desde Egipto llamé a mi Hijo (Os 11, 1). Y los fines que tuvo en enviarle allá y en llamarle, son muy misteriosos y algo diré adelan­te (Cf. infra n. 641). Pero cuando todas las obras del Verbo humanado no fueran tan admirables y llenas de sacramentos, nadie que tenga sano juicio puede redargüir ni ignorar la suave Providencia con que Dios go­bierna las causas segundas, dejando obrar a la voluntad humana según su libertad; y por esta razón, y no por falta de poder, con­siente en el mundo tantas injurias y ofensas de idolatrías, herejías y otros pecados que no son menores que el de Herodes, y consintió el de Judas Iscariotes y de los que de hecho maltrataron y crucificaron a Su Majestad; y claro está que todo esto lo pudo impedir y no lo hizo, no sólo por obrar la redención, mas porque consiguió este bien para nosotros dejando obrar a los hombres por la libertad de su volun­tad, dándoles la gracia y auxilios que convenía a su Divina Providen­cia para que con ellos obraran el bien, si los hombres quisieran usar de su libertad para el bien, como lo hacen para el mal.
616. Con esta misma suavidad de su Providencia da tiempo y es­pera a la conversión de los pecadores, como se la dio a Herodes; y si usara de su absoluto poder e hiciera grandes milagros para atajar los efectos de las causas segundas, se confundiera el orden de la naturaleza y en cierto modo fuera contrario como autor de la gracia a sí mismo como autor de la naturaleza; y por esto los milagros han de ser raros y pocas veces, cuando hay causa o fin particular; que para esto los reservó Dios para sus tiempos oportunos, en que manifestase su omnipotencia y se conociese ser autor de todo y sin dependen­cia de las mismas cosas a quien dio el ser y da la conservación. Tampoco debe admirar que consintiese la muerte de los niños ino­centes que degolló Herodes (Mt 2, 16), porque en esto no convino defenderlos por milagro, pues aquella muerte les granjeó la vida eterna con abundante premio; y ésta sin comparación vale más que la tempo­ral, que se ha de posponer y perder por ella, y si todos los niños vivieran y murieran con la muerte natural por ventura no todos fueran salvos. Las obras del Señor son justificadas y santas en todo, aunque no luego alcancemos nosotros las razones de su equidad, pero en el mismo Señor las conoceremos cuando le veamos cara a cara.
Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.
617. Hija mía, entre las cosas que para tu enseñanza debes ad­vertir en este capítulo, sea la primera el humilde agradecimiento de los beneficios que recibes, pues entre las generaciones eres tan se­ñalada y enriquecida con lo que mi Hijo y yo hacemos contigo, sin merecerlo tú. Yo repetía muchas veces el verso de Santo Rey David: ¿Qué daré al Señor por toda lo que me ha dado (Sal 115, 12)? Y con este afecto agradecido me humillaba hasta el polvo, juzgándome por inútil entre las cria­turas. Pues si conoces que yo hacía esto, siendo Madre verdadera del mismo Dios, pondera bien cuál es tu obligación, cuando con tanta verdad te debes confesar indigna y desmerecedora de lo que recibes, pobre para agradecerlo y pagarlo. Esta insuficiencia de tu miseria y debilidad has de suplir ofreciendo al eterno Padre la hostia viva de su Unigénito humanado y especialmente cuando le recibes sacramentado y le tienes en tu pecho; que en esto también imitarás a Santo Rey David, que después de la pregunta que decía de qué daría al Señor por lo que le había favorecido, el Señor respondía: El cáliz de la salud recibiré e invocaré el nombre del Altísimo (Sal 115, 12). Has de recibir y obrar la salud de la salvación obrando lo que conduce a ella y dar el retorno con el perfecto proceder, invocar el nombre del Señor y ofrecerle su Unigénito, que es el que obró la virtud y la salud y el que la mereció y puede ser retorno adecuado de lo que recibió el linaje humano y tú singularmente de su poderosa mano. Yo le di forma humana para que conversase con los hombres y fuese de todos como propio suyo, y Su Majestad se puso debajo de las especies de pan y vino para apropiarse más a cada uno en singular y para que como cosa suya le gozase y ofreciese al Padre, supliendo las almas con esta oblación lo que sin ella no pudieran darle y quedando el Altísimo como satisfecho con ella, pues no puede querer otra cosa más aceptable ni pedirla a las criaturas.
618. Tras de esta oblación, es muy acepta la que hacen las almas abrazando y tolerando con igualdad de ánimo y sufrimiento paciente los trabajos y adversidades de la vida mortal, y de esta doctrina fuimos maestros eminentes mi Hijo santísimo y yo, y Su Majestad comenzó a enseñarla desde el instante que le concebí en mis entra­ñas, porque luego principiamos a peregrinar y padecer, y en nacien­do al mundo sufrimos la persecución en el destierro a que nos obligó Herodes, y duró el padecer hasta morir Su Majestad en la cruz; y yo trabajé hasta el fin de mi vida, como en toda ella lo irás conociendo y escribiendo. Y pues tanto padecimos por las criaturas y para re­medio suyo quiero que en esta conformidad nos imites, como esposa suya e hija mía, padeciendo con dilatado corazón y trabajando por aumentarle a tu Señor y Dueño la hacienda tan preciosa a su acep­tación de las almas que compró con su vida y sangre. Nunca has de recatear trabajo, dificultad, amargura ni dolores, si por alguno de éstos puedes granjearle a Dios alguna alma o ayudarla a salir de pecado y mejorar su vida; y no te acobarde el ser tan inútil y pobre ni que se logra poco tu deseo y trabajo, que no sabes cómo lo acep­tará el Altísimo y se dará por servido, y por lo menos tú debes tra­bajar oficiosamente y no comer el pan ociosa en su casa (Prov 31, 27).
CAPITULO 22
Comienzan la jornada a Egipto Jesús, María y José, acompañados de los espíritu angélicos, y llegan a la ciudad de Gaza.
619. Salieron de Jerusalén a su destierro nuestros peregrinos divinos, encubiertos con el silencio y oscuridad de la noche, pero llenos del cuidado que se debía a la prenda del cielo que consigo llevaban a tierra extraña y para ellos no conocida; y si bien la fe y la esperanza los alentaba, porque no podía ser más alta y segura que la de nuestra Reina y de su fidelísimo esposo, mas con todo eso daba el Señor lugar a la pena, porque naturalmente era inexcusable en el amor que tenían al infante Jesús, y porque tampoco en par­ticular no sabían todos los accidentes de tan larga jornada, ni el fin de ella, ni cómo serían recibidos en Egipto siendo extranjeros, ni la comodidad que tendrían para criar al niño y llevarle por todo el camino sin grandes penalidades. Trabajos y cuidados saltearon el corazón de los padres santísimos al partir con tanta prisa desde su posada, pero moderóse mucho este dolor con la asistencia de los cortesanos del cielo, que luego se manifestaron los diez mil arriba dichos (Cf. supra n. 589) en forma visible humana, con su acostumbrada hermosura y resplandor con que hicieron de la noche clarísimo día a los divi­nos caminantes, y saliendo de las puertas de la ciudad se humillaron y adoraron al Verbo humanado en los brazos de su Madre Virgen, y a ella la alentaron ofreciéndose a su servicio y obediencia de nuevo y que la acompañarían y guiarían en el camino por donde fuese la voluntad del Señor.
620. Al corazón afligido cualquiera alivio le parece estimable, pero éste, por ser grande, confortó mucho a nuestra Reina y a su esposo San José; y con mucho esfuerzo comenzaron sus jornadas, sa­liendo de Jerusalén por la puerta y camino que guía a Nazaret (en el autógrafo dice así, Nazaret, pero es sin duda un lapsus y quiere decir Belén, como se desprende de lo que sigue), y la divina Madre se inclinó con algún deseo de llegar al lugar del nacimiento, para adorar aquella sagrada cueva y pesebre que fue el primer hospicio de su Hijo santísimo en el mundo, pero los Santos Ángeles la respondieron al pensamiento antes de manifestarle, y la dijeron: Reina y Señora nuestra, Madre de nuestro Criador, convie­ne que apresuremos el viaje y sin divertirnos prosigamos el camino, porque con la diversión de los Reyes magos sin volver por Jerusalén y después con las palabras del sacerdote Simeón y Ana se ha mo­vido el pueblo y algunos han comenzado a decir que sois Madre del Mesías; otros, que tenéis noticia de él, y otros, que vuestro Hijo es profeta. Y sobre que los Reyes os visitaron en Belén, hay varios juicios, y de todo está informado Herodes y ha mandado que con gran desvelo os busquen y en esto se pondrá excesiva diligencia, y por esta causa os ha mandado el Altísimo partir de noche y con tanta prisa.
621. Obedeció la Reina del cielo a la voluntad del Todopoderoso declarada por sus ministros los Santos Ángeles, y desde el camino hizo reverencia al sagrado lugar del nacimiento de su Unigénito, re­novando la memoria de los misterios que en él se habían obrado y de los favores que allí había recibido; y el Santo Ángel que estaba por guarda de aquel sagrado salió al camino en forma visible y adoró al Verbo humanado en los brazos de su divina Madre, con que reci­bió ella nuevo consuelo y alegría porque le vio y habló. Inclinóse también el afecto de la piadosa Señora a tomar el camino de Hebrón, porque se desviaba muy poco del que llevaban y en aquella ocasión estaba en la misma ciudad Santa Isabel, su amiga y deuda, con su hijo San Juan Bautista; pero el cuidado de San José, que era de mayor temor, previno también este divertimiento y detención, y dijo a la divina esposa: Señora mía, yo juzgo que nos importa mucho no detener un punto la jornada, pero adelantarla todo lo posible para retirarnos luego del peligro, y por esto no conviene que vayamos por Hebrón donde más fácilmente nos buscarán que en otra parte.—Hágase vues­tra voluntad —respondió la humilde Reina—, pero con ella pediré a uno de estos espíritus celestiales vaya a dar aviso a Isabel mi prima de la causa de nuestro viaje, para que ponga en cobro a su niño, porque la indignación de Herodes alcanzará hasta llegar a ellos.
622. Sabía la Reina del cielo el intento de Herodes para degollar los niños, aunque no lo manifestó entonces. Pero lo que aquí me admira es la humildad y obediencia de María santísima, tan raras y advertidas en todo, pues no sólo obedeció a San José en lo que él le ordenaba, sino en lo que le tocaba a ella sola, que era enviar el Ángel a Santa Isabel, no quiso ejecutarlo sin voluntad y obediencia de su esposo, aunque pudo ella por sí mentalmente enviarle y or­denarlo. Confieso mi confusión y tardanza, pues en la fuente purí­sima de las aguas que tengo a la vista no sacio mi sed, ni me apro­vecho de la luz y ejemplar que en ella se me propone, aunque es tan vivo, tan suave, poderoso y dulce para obligar y atraer a todos a negar la propia y dañosa voluntad. Con la de su esposo despachó nuestra gran Maestra uno de los principales Ángeles que asistían para que diese noticia a Santa Isabel de lo que pasaba, y como superiora a los Ángeles en esta ocasión informó a su legado mentalmente de lo que había de decir a la santa matrona y al niño San Juan Bautista.
623. Llegó el Santo Ángel a la feliz y bendita Santa Isabel y conforme al orden y voluntad de su Reina la informó de todo lo que convenía. Dijola cómo la Madre del mismo Dios iba con él huyendo a Egipto de la indignación de Herodes y del cuidado que ponía en buscarle para quitarle la vida, y que por asegurar a San Juan Bautista le ocultase y pusiese en cobro y la declaró otros misterios del Verbo humanado, como se lo ordenó la divina Madre. Con esta embajada quedó Santa Isabel llena de admiración y gozo y dijo al Santo Ángel cómo deseaba salir al camino a adorar al infante Jesús y ver a su dichosa Madre, y pre­guntó si podría alcanzarlos. El Santo Ángel la respondió que su Rey y Señor humanado iba con la feliz Madre lejos de Hebrón y no con­venía detenerlos; con que se despidió la santa de su esperanza. Y dándole al Ángel dulces memorias para Hijo y Madre, quedó muy tierna y llorosa, y el paraninfo volvió a la Reina con la respuesta. Luego Santa Isabel despachó un propio a toda diligencia y con algu­nos regalos le envió en alcance de los divinos caminantes y les dio cosas de comer y dineros y con qué hacer mantillas para el Niño, previniendo la necesidad con que iban a tierra no conocida. Alcan­zólos el propio en la ciudad de Gaza, que dista de Jerusalén poco menos de veinte horas de camino y está en la ribera del río Besor, camino de Palestina para Egipto, no lejos del mar Mediterráneo.
624. En esta ciudad de Gaza descansaron dos días, por haberse fatigado algo San José y el jumentillo en que iba la Reina, y de allí despidieron al criado de Santa Isabel sin descuidarse el santo esposo de advertirle no dijese a nadie dónde los había topado; pero con mayor cuidado previno Dios este peligro, porque le quitó de la me­moria a aquel hombre lo que San José le encargó que callase y sólo la tuvo para volver la respuesta a su ama Santa Isabel. Y del regalo que envió a los caminantes hizo María santísima convite a los po­bres, que no los podía olvidar la que era madre de ellos, y de las telas un mantillo para abrigar al Niño Dios y para San José otra capa acomodada para el camino y tiempo. Y previno otras cosas de las que podían llevar en su pobre recámara, porque en cuanto la pru­dentísima Señora podía hacer con su diligencia y trabajo no quería enseñar milagros para sustentar a su Hijo y a San José, que en esto se gobernaban por el orden natural y común, hasta donde llegaban sus fuerzas. En los dos días que estuvieron en aquella ciudad, para no dejarla sin grandes bienes, hizo María purísima algunas obras maravillosas: libró a dos enfermos de peligro de muerte, dándoles salud; a otra mujer baldada la dejó sana y buena; en las almas de muchos que la vieron y hablaron obró efectos divinos del conoci­miento de Dios y mudanza de vida; y todos sintieron grandes moti­vos de alabar al Criador; pero a nadie manifestaron su patria ni el intento del viaje, porque si con esta noticia se juntara la que daban sus obras admirables fuera posible que las diligencias de Herodes rastrearan su jornada y los siguieran.
625. Para manifestar lo que se me ha dado a conocer de las obras que por el camino hacían el infante Jesús y su Madre Virgen, me faltan las palabras dignas y mucho más la devoción y peso que piden tan admirables y ocultos sacramentos. Siempre servían los brazos de María purísima de lecho regalado al nuevo y verdadero rey Salomón (Cant 3, 7). Y mirando ella los secretos de aquella humanidad y alma santísima, sucedía algunas veces que Hijo y Madre, comen­zando él, alternaban dulces coloquios y cánticos de alabanza, engran­deciendo primero el infinito ser de Dios con todos sus atributos y perfecciones. Y para estas obras daba Su Majestad a la Madre reina nueva luz y visiones intelectuales, en que conocía el misterio altísimo de la unidad de la esencia en la trinidad de las personas; las operaciones ad intra de la generación del Verbo y procesión del Espíritu Santo; cómo siempre son y fueron el Verbo engendrado por obra del entendimiento y el Espíritu Santo inspirado por obra de la voluntad, no porque allí hay sucesión de antes y después, por­que todo es junto en la eternidad, sino porque nosotros lo conoce­mos al modo de la duración sucesiva del tiempo. Entendía también la gran Señora cómo las tres personas se comprenden recíproca­mente con un mismo entender y cómo conocen a la persona del Verbo unida a la humanidad y los efectos que en ella resultan de la divinidad unida.
626. Con esta ciencia tan alta descendía de la divinidad a la hu­manidad, y ordenaba nuevos cánticos en alabanza y agradecimiento de haber criado aquella alma y humanidad santísima, en alma y cuer­po perfectísima; el alma llena de sabiduría, gracia y dones del Espí­ritu Santo con la plenitud y abundancia posible; el cuerpo purísimo y en sumo grado bien dispuesto y complexionado. Y luego miraba todos los actos tan heroicos y excelentes de sus potencias, y habién­dolos imitado todos respectivamente pasaba a bendecirle y darle gracias por haberla hecho Madre suya, concebida sin pecado, esco­gida entre millares, engrandecida y enriquecida con todos los favores y dones de su diestra poderosa que caben en pura criatura. En la exaltación y gloria de éstos y otros sacramentos que en ellos se encierran hablaba el Niño y respondía la Madre lo que no cabe en lengua de Ángeles ni en pensamiento de ninguna criatura. Y a todo esto atendía la divina Señora, sin faltar al cuidado de abrigar al Niño, darle leche tres veces al día, de regalarle y acariciarle como madre más amorosa y atenta que todas juntas las otras madres con sus hijos.
627. Otras veces le hablaba y decía: Dulcísimo amor e Hijo mío, dadme licencia para que os pregunte y manifieste mi deseo, aunque vos, Señor mío, le conocéis, pero para consuelo de oír vuestras pa­labras en responderme decidme, vida de mi alma y lumbre de mis ojos, si os fatiga el trabajo del camino y os afligen las inclemencias del tiempo y elementos y qué puedo hacer yo en servicio y alivio de vuestras penas.—Respondió el Niño Dios: Los trabajos, Madre mía, y el fatigarme por el amor de mi Padre eterno y de los hombres, a quienes vengo a enseñar y redimir, todos se me hacen fáciles y muy dulces y más en vuestra compañía.—Lloraba el Niño algunas veces con serenidad muy grave y de varón perfecto y afligida la amorosa Madre atendía luego a la causa buscándola en su interior que cono­cía y miraba, y allí entendía que eran lágrimas de amor y compasión por el remedio de los hombres y por sus ingratitudes; y en está pena y llanto también le acompañaba la dulce Madre y solía, como com­pasiva tórtola, acompañarle en el llanto y como piadosa madre le acariciaba y le besaba con incomparable reverencia. El dichoso San José atendía muchas veces a estos misterios tan divinos y de ellos tenía alguna luz con que aliviaba el cansancio del camino. Otras veces hablaba con su esposa, preguntándole cómo iba y si gustaba de al­guna cosa para sí o para el niño y se llegaba a Él y le adoraba besán­dole el pie y pidiéndole la bendición y algunas veces le tomaba en sus brazos. Con estos consuelos entretenía dulcemente el gran Pa­triarca las molestias del camino y su divina esposa le alentaba y ani­maba, atendiendo a todo con magnánimo corazón, sin embarazarle la atención interior para el cuidado de lo visible, ni esto para la al­tura de sus encumbrados pensamientos y frecuentes afectos, porque en todo era perfectísima.
Doctrina de la divina Madre y Señora.
628. Hija mía carísima, para la imitación y ciencia que en ti quiero sobre lo que has escrito, te será ejemplar la admiración y afectos que hacía en mi alma la luz divina con que conocía a mi Hijo santísimo sujetarse de voluntad al furor inhumano de los malos hombres, como sucedió con Herodes en esta ocasión que fuimos huyendo de su ira y después a los malos ministros de los pontífices y magistrados. En todas las obras del Altísimo resplandece su grandeza, su bondad y sabiduría infinita, pero lo que más admiraba mi entendimiento era cuando conocía a un mismo tiempo con luz altísima el ser de Dios en la persona del Verbo unida a la humanidad y que era mi Hijo santísimo Dios eterno, todopoderoso, in­finito y criador de todo y conservador, y que no sólo de este bene­ficio pendía la vida y ser de aquel inicuo rey, pero que la humanidad santísima pedía y rogaba al Padre para que al mismo tiempo le diese inspiraciones, auxilios y muchos bienes, y que siéndole tan fácil castigarle no lo hizo, sino que con sus súplicas le alcanzó no lo fuese efectivamente y según su malicia. Y aunque al fin se perdió como prescito y pertinaz, pero tiene menos pena que le dieran si mi Hijo santísimo no hubiera rogado por él. Todo esto, y lo que aquí se en­cierra de la incomparable misericordia y mansedumbre de mi Hijo santísimo, procuré yo imitar, porque como maestro me enseñaba con obras lo que después había de amonestar con ejemplo, palabras y ejecuciones del amor de los enemigos. Y cuando conocía yo que ocultaba y disimulaba su poder infinito y siendo león invencible se dejaba como cordero humilde y mansísimo al furor de los lobos car­niceros, mi corazón se deshacía y desfallecían mis fuerzas, deseando amarle e imitarle y seguirle en su amor y caridad, paciencia y man­sedumbre.
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