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MÍstica ciudad de dios: parte 8


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MÍSTICA CIUDAD DE DIOS: PARTE 8
327. Pues como Lucifer no conocía la dignidad de Madre de Dios en María santísima, cuando la previno esta persecución, aunque fue terrible como se verá (Cf. infra n. 335-374), con todo eso fue más cruel otra que después padeció sabiendo quién era (Cf. infra p. III n. 452ss). Y si en esta ocasión de que voy ha­blando entendiera que ella era la que había visto en el cielo vestida del sol y que le había de quebrantar la cabeza, se enfureciera y des­hiciera en su rabia, convirtiéndose en rayos de ira. Y si considerán­dola solamente mujer santa y perfecta se indignaron todos tanto, cierto es que si conocieran su excelencia, hubieran turbado toda la naturaleza, cuanto ellos pudieran para perseguirla y acabar con ella. Pero como el dragón y sus aliados ignoraban, por una parte, el oculto misterio de la divina Señora y, por otra, sentían en ella tan poderosa virtud y la santidad tan extremada, con esta confusión andaban aten­tando y conjeturando y se preguntaban unos a otros quién sería aquella mujer, contra quien tan flacas reconocían sus fuerzas, y si por ventura era la que entre las criaturas había de tener el preemi­nente lugar.
328. Otros respondían que no era posible ser aquella mujer Madre del Mesías que aguardaban los fieles, porque, a más de tener marido, ella y él eran muy pobres y humildes y poco celebrados en el mundo, y no se manifestaban con milagros y prodigios, ni se de­jaban estimar ni temer de los hombres. Y como Lucifer y sus minis­tros son tan soberbios, no se persuadían que con la grandeza y dig­nidad de Madre de Dios eran compatibles tan extremado desprecio de sí misma y tan rara humildad; y todo lo que a él le había descon­tentado tanto, viéndose con menor excelencia, juzgaba que el que era poderoso no lo eligiera para sí. Al fin le engañó su misma arro­gancia y desvanecida soberbia, que son los vicios más tenebrosos para cegar el entendimiento, y precipitar la voluntad. Por esto dijo Salomón (Sab 2, 21) que su propia malicia los había cegado, para que no co­nocieran que el Verbo eterno había de elegir tales medios para des­truir la arrogancia y altivez de este dragón, cuyos pensamientos dis­taban de los juicios del altísimo Señor más que el cielo dista de la tierra (Is 55, 9); porque juzgaba que Dios bajaría al mundo contra él con grande aparato y ostentación ruidosa, humillando con potencia a los soberbios, a los príncipes y monarcas que el mismo demonio tenía desvanecidos; como se vio en tantos que precedieron a la ve­nida de Cristo nuestro Señor, tan llenos de soberbia y presunción, que parecían haber perdido el seso y el conocimiento de ser morta­les y terrenos. Todo esto lo medía Lucifer por su propia cabeza, y le parecía que Dios había de proceder en esta venida como procede él con su furor y condición contra las obras de nuestro Señor.
329. Pero Su Majestad, que es sabiduría infinita, lo hizo todo al contrario de lo que juzgó Lucifer, porque vino a vencerle, no con sola su omnipotencia, pero con la humildad, mansedumbre, obedien­cia y pobreza, que son las armas de su milicia (2 Cor 10, 4), y no con ostenta­ción, fausto y vanidad mundana, que se alimenta con las riquezas de la tierra. Vino disimulado y oculto en el aparato, eligió Madre pobre, y todo lo que el mundo aprecia vino a desestimar y a enseñar la ciencia de la vida con doctrina y con ejemplo; con que se halló el demonio engañado y vencido con los medios que más le oprimen y atormentan.
330. Ignorando todos estos misterios, anduvo Lucifer algunos días acechando y reconociendo la condición natural de María santí­sima, su complexión, compostura, sus inclinaciones y el sosiego de sus acciones, tan iguales y medidas, que era lo que a este enemigo no se le encubría. Y conociendo que todo esto era tan perfecto y la condición tan dulce y que todo junto era un muro invencible, volvió a consultar a los demonios, proponiéndoles la dificultad que sentía en aquella mujer para tentarla y que era empresa de gran cuidado. Fabricaron todos grandes y diversas máquinas de tentaciones con que acometerla, ayudándose unos a otros en esta demanda. Y de cómo lo ejecutaron hablaré en los capítulos siguientes, y del triunfo glorioso que alcanzó la soberana Princesa de todos estos enemigos y de sus dañados y malignos consejos fraguados con iniquidad.
Doctrina de la Reina del cielo María santísima.
331. Hija mía, deseóte muy advertida y atenta para que no seas poseída de la ignorancia y tinieblas con que comúnmente están oscu­recidos los mortales, olvidando su salud eterna, sin considerar su peligro, por la incesante persecución de los demonios para perderlos. Así duermen, descansan y se olvidan los hombres, como si no tuvie­sen enemigos fuertes y vigilantes. Este formidable descuido se ori­gina de dos causas: la una, que los hombres están tan entregados a lo terreno, animal (1 Cor 2, 14) y sensible, que no saben sentir otras heridas más de las que tocan al sentido animal; todo lo demás interior no les ofende en su estimación. La otra razón es porque los príncipes de las tinieblas son invisibles y ocultos al sentido (Ef 6, 12), y como los hom­bres carnales no los tocan, ni los ven, ni sienten, olvídanse de te­merlos; siendo así que por eso mismo debían de estar más atentos y cuidadosos, porque los enemigos invisibles son más astutos y dies­tros en ofender a traición, y por eso el peligro es tanto más cierto cuanto es menos manifiesto, y las heridas tanto más mortales cuanto menos sensibles, imperceptibles y menos sentidas.
332. Oye, hija, las verdades más importantes para la vida ver­dadera y eterna. Atiende a mis consejos, ejecuta mi doctrina y recibe mis amonestaciones, porque si te dejas con descuido, enmudeceré contigo. Advierte, pues, lo que hasta ahora no has penetrado de la condición de estos enemigos: porque te hago saber que ningún en­tendimiento, ni lengua de hombres, ni de los ángeles, pueden mani­festar la ira (Ap 12, 12) y furiosa saña que Lucifer y sus demonios tienen concebida contra los mortales, porque son imagen del mismo Dios y capaces de gozarle eternamente. Sólo el mismo Señor comprende la iniquidad y maldad de aquel pecho soberbio y rebelado contra su santo nombre y adoración. Y si con su poderoso brazo no tuviera oprimidos a estos enemigos, en un momento destruyeran el mundo, y más que leones hambrientos, dragones y fieras despedazaran a todos los hombres y rasgaran sus carnes. Pero el Padre piadosísimo, padre de las misericordias, defiende y enfrena esta ira y guarda entre sus brazos a sus hijuelos para que no caigan en el furor de estos lobos infernales.
333. Considera, pues, ahora, con la ponderación que pudieres, si hay dolor tan lamentable como ver tantos hombres oscurecidos y olvidados de tal peligro, y que unos por liviandad, por ligeras causas, por un deleite breve y momentáneo, otros por negligencia y otros por sus apetitos desordenados, se arrojen todos voluntaria­mente, desde el refugio donde los pone el Altísimo, a las furiosas manos de tan impíos y crueles enemigos; y esto no para que una hora, un día, un mes o un año ejecuten en ellos su furor, sino para que lo hagan eternamente con tormentos indecibles e impondera­bles. Admírate, hija mía, y teme de ver tan horrenda y formidable estulticia de los mortales impenitentes, y que los fieles, que esto conocen por fe, hayan perdido el seso y los tenga el demonio tan dementados y ciegos en medio de la luz que les administra la fe verdadera y católica que profesan, que ni ven ni conocen el peligro, ni saben apartarse de él.
334. Y para que tú más le temas y te guardes, advierte que este dragón te reconoce y acecha desde la hora que fuiste criada y sa­liste al mundo, y noche y día te rodea sin descansar, para aguardar lance en que hacer presa en ti, y observa tus naturales inclinacio­nes, y aun los beneficios del Señor, para hacerte guerra con tus propias armas. Hace consulta con otros demonios sobre tu ruina y les promete premios a los que más la solicitaren; y para esto pesan tus acciones con grande desvelo y miden tus pasos y todos trabajan en arrojarte lazos y peligros para cada obra y acción que intentas. Todas estas verdades quiero veas en el Señor, donde conocerás a dónde llegan, y mídelas después con la experiencia que tienes, que careándolo entenderás si es razón que duermas entre tantos peli­gros. Y aunque a todos los nacidos les importa este desvelo, a ti más que a otro ninguno por especiales razones, que aunque no todas te las manifiesto ahora, no por eso dudes de que te conviene vivir vigilantísima y atenta; y basta que conozcas tu natural blando y frágil, de que se aprovecharán contra ti tus enemigos.
CAPITULO 27
Previene el Señor a María santísima para entrar en la batalla con Lucifer y comienza el dragón a perseguirla.
335. El Verbo eterno, que humanado en el vientre de María Virgen la tenía ya por Madre y conocía los consejos de Lucifer, no sólo con la sabiduría increada en cuanto Dios, pero también con la ciencia criada en cuanto hombre, estaba atento a la defensa de su tabernáculo, más estimable que todo el resto de las otras criaturas. Y para vestir de nueva fortaleza a la invencible Señora contra la osadía loca de aquel alevoso dragón y sus cuadrillas, se movió la humanidad santísima y estuvo como en pie en el tabernáculo virgi­nal, como en forma de quien se opone y ocurre a la batalla, indig­nado contra los príncipes de las tinieblas. En esta postura hizo oración al Padre eterno, pidiéndole renovase sus favores y gracias con su misma Madre, para que fortalecida de nuevo quebrantase la cabeza de la serpiente antigua, para que humillado y oprimido por una mujer quedasen frustrados sus intentos y debilitadas sus fuer­zas, y la Reina de las alturas saliese victoriosa y triunfando del infierno, con gloria y alabanza del mismo ser de Dios y de la Madre y Virgen.
336. Como lo pidió Cristo Señor nuestro, así lo concedió y de­cretó la beatísima Trinidad. Y luego por un modo inefable se le manifestó a la Virgen Madre su Hijo santísimo que tenía en su vien­tre, y en esta visión se le comunicó una abundantísima plenitud de bienes, gracias y dones indecibles, y con nueva sabiduría conoció altísimos misterios y muy ocultos, que yo no puedo declarar. Espe­cialmente entendió que Lucifer tenía fabricadas grandes máquinas y soberbios pensamientos contra la gloria del mismo Señor, y que la arrogancia de este enemigo se extendía a beberse las aguas puras del Jordán (Job 40, 18). Y dándole el Altísimo estas noticias, la dijo Su Majes­tad: Esposa y paloma mía, el sediento furor del dragón infernal es tan insaciable contra mi santo nombre y contra los que le adoran, que sin excepción de nadie a todos pretende derribar y borrar mi nombre de la tierra de los vivientes con osadía y presunción formi­dable. Yo quiero, amada mía, que tú vuelvas por mi causa y defien­das mi honor santo, peleando en mi nombre con este cruel enemigo; que yo estaré contigo en la batalla, pues estoy en tu virginal vientre. Y antes de salir al mundo, quiero que con mi virtud divina los des­truyas y confundas, porque están persuadidos que se acerca la re­dención de los hombres y desean, primero que llegue, destruir a todos y ganar las almas del mundo sin reservar alguna. De tu fide­lidad y amor fío esta victoria. Tú pelearás en mi nombre y yo en ti con este dragón y serpiente antigua.
337. Este aviso del Señor, y la noticia de tan ocultos sacramen­tos, hicieron en el corazón de la divina Madre tales efectos, que no hallo palabras con que manifestar lo que conozco. Y sabiendo que era voluntad de su Hijo santísimo que la celosísima Reina defen­diera la honra del Altísimo, se inflamó tanto en su divino amor y se vistió de fortaleza tan invencible, que si cada uno de los demonios fuera un infierno entero con el furor y malicia de todos, fueran unas flacas hormigas y muy débiles para oponerse a la virtud incompa­rable de nuestra capitana; a todos los aniquilara y venciera con la menor de sus virtudes y celo de la gloria y honra del Señor. Ordenó este divino protector y amparador nuestro dar a su Madre santísima este glorioso triunfo del infierno, para que no se levantase más la soberbia arrogante de sus enemigos, cuando se apresuraban tanto a perder el mundo antes que llegase su remedio, y para que los mor­tales nos hallásemos obligados no sólo a tan inestimable amor de su Hijo santísimo, pero también a nuestra divina reparadora y de­fensora, que saliendo a la batalla le detuvo, le venció, le oprimió, para que no estuviese más incapaz y como imposibilitado el linaje humano de recibir a su Redentor.
338. ¡Oh hijos de los hombres de corazón tardo y pesado! ¿Cómo no atendemos a tan admirables beneficios? ¿Quién es el hombre (Sal 8, 5) que así le estimas y favoreces, Rey altísimo? ¿A tu misma Madre Reina y Señora nuestra ofreces a la batalla y al trabajo por nuestra defensa? ¿Quién oyó jamás ejemplo semejante? ¿Quién pudo hallar tal fuerza e ingenio de amor? ¿Dónde tenemos el juicio? ¿Quién nos ha privado del buen uso de la razón? ¿Qué dureza es la nuestra? ¿Quién tan fea ingratitud nos ha introducido? ¿Cómo no se confun­den los hombres que tanto aman la honra y se desvelan en ella, cometiendo tal vileza y tan infame ingratitud, como olvidarse de esta obligación? El agradecerla y pagarla con la misma vida, fuera no­bleza y honra verdadera de los mortales hijos de Adán.
339. A este conflicto y batalla contra Lucifer se ofreció la obe­diente Madre, por la honra de su Hijo santísimo y su Dios y nuestro. Respondió a lo que la mandaba, y dijo: Altísimo Señor y bien mío, de cuya bondad infinita he recibido el ser y gracia y la luz que con­fieso; vuestra soy toda, y Vos, Señor, sois por vuestra dignación Hijo mío; haced de vuestra sierva lo que fuere de mayor gloria y agrado vuestro; que si vos, Señor, estáis en mí y yo en vos, ¿quién será poderoso contra la virtud de vuestra voluntad? Yo seré instru­mento de vuestro brazo invencible; dadme vuestra fortaleza, y venid conmigo, y vamos contra el infierno y a la batalla con el dragón y todos sus aliados.—Mientras la divina Reina hacía esta oración, salió Lucifer de sus conciliábulos tan arrogante y soberbio contra ella, que a todas las demás almas, de cuya perdición está sediento, las reputaba por cosa de muy poco aprecio. Y si este furor infernal se pudiera conocer como él era, entendiéramos bien lo que dijo de él Dios al Santo Job (Job 41, 18), que estimaba y reputaba el acero como pa­juelas y el bronce como madero carcomido. Tal como ésta era la ira de este dragón contra María santísima; y no es menor ahora, respec­tivamente, contra las almas, que a la más santa, invicta y fuerte la desestima su arrogancia como una hojarasca seca. ¿Qué hará de los pecadores, que como cañas vacías y podridas no le resisten? Sola la fe viva y la humildad del corazón son armas dobles con que le vencen y rinden gloriosamente.
340. Para dar principio a la batalla, traía consigo Lucifer las siete legiones con sus principales cabezas, que señaló en su caída del cielo (Ap 12, 3), para que tentasen a los hombres en los siete pecados ca­pitales. Y a cada uno de estos siete escuadrones encargó la demanda contra la Princesa inculpable, para que en ella y contra ella estre­nasen sus mayores bríos. Estaba la invencible Señora en oración y, permitiéndolo entonces el Señor, entró la primera legión para tentarla de soberbia, que era el especial ministerio de estos enemigos. Y para disponer las pasiones o inclinaciones naturales, alterando los humores del cuerpo —que es el modo común de tentar a otras almas— procuraron acercarse a la divina Señora, juzgando que era como las demás criaturas de pasiones desordenadas por la culpa; pero no pudieron acercarse a ella tanto como deseaban, porque sen­tían una invencible virtud y fragancia de su santidad, que los ator­mentaba más que el mismo fuego que padecían. Y con ser esto así, y que el semblante sólo de María santísima les penetraba con sumo dolor, con todo era tan furiosa y desmedida la rabia que concebían, que posponían este tormento, porfiando y forcejando para llegarse más, deseando ofenderla y alterarla.
341. Era grande el número de los demonios, y María santísima una sola y pura mujer, pero sola ella era tan formidable y terrible (Cant 6, 3) contra ellos como muchos ejércitos bien ordenados. Presentábansele cuanto podían estos enemigos con iniquísimas fabulaciones (Sal 118, 85), pero la soberana Princesa, enseñándonos a vencer, no se movió, ni alteró, ni mudó el semblante ni el color; no hizo caso de ellos, ni los atendía más que si fueran débilísimas hormigas; despreciólos con invicto y magnánimo corazón; porque esta guerra, como se hace con las virtudes, no ha de ser con extremos, estrépito ni ruido, sino con sere­nidad, con sosiego, paz interior y modestia exterior. Tampoco pu­dieron alterarla las pasiones ni apetitos, porque esto no caía debajo de la jurisdicción del demonio en nuestra Reina, que estaba toda subordinada a la razón, y ésta a Dios, y no había tocado en la armo­nía de sus potencias el golpe de la primera culpa ni las había des­concertado, como en los demás hijos de Adán. Y por esto las flechas de estos enemigos eran, como dijo David (Sal 63, 8), de párvulos y sus máqui­nas eran como tiros sin munición, y sólo contra sí mismos eran fuertes, porque les redundaba su flaqueza en vivo tormento. Y aun­que ellos ignoraban la inocencia y justicia original de María santí­sima, y por eso no alcanzaban tampoco que no la podían ofender las comunes tentaciones, pero en la grandeza de su semblante y cons­tancia conjeturaban su mismo desprecio y que la ofendían muy poco. Y no sólo era poco, pero nada; porque, como dijo el evange­lista en el Apocalipsis (Ap 12, 16), y en la primera parte advertí (Cf. supra p. I n. 129-130), la tierra ayudó a la mujer vestida del sol, cuando el dragón arrojó contra ella las impetuosas aguas de tentaciones; porque el cuerpo terreno de esta Señora no estaba viciado en sus potencias y pasiones, como los demás que tocó la culpa.
342. Tomaron estos demonios figuras corpóreas, terribles y es­pantosas, y añadiendo crueles aullidos y tremendas voces y bramidos, fingían grandes ruidos, amenazas y movimientos de la tierra y de la casa, que amenazaba ruina, y otros desatinos semejantes, para turbar, espantar o mover a la Princesa del mundo; que sólo con esto, o retraerla de la oración, se tuvieran por victoriosos. Pero el inven­cible y dilatado corazón de María santísima ni se turbó, ni alteró, ni hizo mudanza alguna. Y se ha de advertir aquí que para entrar en esta batalla dejó el Señor a su Madre santísima en el estado co­mún de la fe y virtudes que ella tenía y suspendió el influjo de otros favores y regalos que continuamente solía recibir fuera de estas ocasiones. Ordenó el Altísimo esto, porque el triunfo de su Madre fuese más glorioso y excelente, a más de otras razones que tiene Dios en este modo de proceder con las almas; que sus juicios, en cómo se avienen con ellas, son inescrutables (Rom 11, 33) y ocultos. Algunas veces solía pronunciar la gran Señora, y decir: ¿Quién como Dios que vive en las alturas y mira a los humildes en el cielo y en la tierra (Sal 112, 5-6)?— Y con estas palabras arruinaba aquellas bisarmas que se le ponían delante.
343. Mudaron estos lobos hambrientos su piel y tomaron la de oveja, dejando las figuras espantosas y transformándose en Ángeles de luz muy resplandecientes, hermosos. Y llegándose a la divina Se­ñora, la dijeron: Venciste, venciste, fuerte eres, y venimos a asistirte y premiar tu invencible valor.—Y con estas lisonjas fabulosas la ro­dearon, ofreciéndola su favor, pero la prudentísima Señora recogió todos sus sentidos y, levantándose sobre sí por medio de las virtudes infusas, adoró al Señor en espíritu y en verdad y, despreciando los lazos de aquellas lenguas inicuas y fabulosas mentiras (Eclo 51, 3), habló a su Hijo santísimo y le dijo: Señor y mi Dueño, fortaleza mía, luz ver­dadera de la luz, sólo en vuestro amparo está toda mi confianza y la exaltación de vuestro santo nombre. A todos los que lo contradicen, anatematizo, aborrezco y detesto.—Perseveraban los obradores de la maldad en proponer insanias falsas a la Maestra de la ciencia y en ofrecer alabanzas fingidas sobre las estrellas a la que se humillaba más que las ínfimas criaturas; y dijéronla que la querían señalar entre las mujeres y hacerla un exquisito favor, que era elegirla en nombre del Señor por Madre del Mesías y que fuese su santidad sobre los patriarcas y profetas.
344. El autor de esta maraña fue el mismo Lucifer, cuya malicia se descubre en ella para que otras almas la conozcan; pero para la Reina del cielo era ridícula, ofrecerle lo que ella era, y ellos eran los engañados y alucinados no sólo en ofrecer lo que ni sabían ni podían dar, sino en ignorar los sacramentos del Rey del cielo que se ence­rraban en la dichosísima mujer que ellos perseguían. Con todo esto fue grande la iniquidad del dragón, porque sabía él que no podía cumplir lo que prometía, pero quiso rastrear si acaso nuestra divina Señora lo era, o si daba algún indicio de saberlo. No ignoró la pru­dencia de María santísima esta duplicidad de Lucifer, y desprecián­dola estuvo con admirable severidad y entereza. Y lo que hizo entre las adulaciones falsas fue continuar la oración y adorar al Señor postrándose en la tierra y confesándole se humillaba a sí misma y se reputaba por la más despreciable de las criaturas y que el mismo polvo que pisaba; y con esta oración y humildad degolló la soberbia presuntuosa de Lucifer todo el tiempo que le duró esta tentación. Y en lo demás que en ella sucedió, la sagacidad de los demonios, su crueldad y fabulaciones mentirosas que intentaron, no me ha parecido referirlo todo, ni alargarme a lo que se me ha mani­festado, porque basta lo dicho para nuestra enseñanza y no todo se puede fiar de la ignorancia de las criaturas terrenas y frágiles.
345. Desmayados y vencidos estos enemigos de la primera le­gión, llegaron los de la segunda, para tentar de avaricia a la más pobre del mundo. Ofreciéronla grandes riquezas, plata, oro y joyas muy preciosas: y porque no pareciesen promesas en el aire, le pu­sieron delante muchas cosas de todo esto, aunque aparentes, pareciéndoles que el sentido tiene gran fuerza para incitar a la voluntad a lo presente deleitable. Añadieron a este engaño otros muchos de razones dolosas, y la dijeron que Dios la enviaba todo aquello para que lo distribuyese a los pobres. Y como nada de esto admitiese, mudaron el ingenio y la dijeron que era injusta cosa estar ella tan pobre, pues era tan santa, y que más razón había para que fuese Señora de aquellas riquezas que otros pecadores y malos; que lo contrario fuera injusticia y desorden de la providencia del Señor, tener pobres a los justos y ricos, y prósperos a los malos y enemigos.
346. En vano se arroja la red —dice el Sabio (Prov 1, 17)— ante los ojos de las ligeras aves. En todas las tentaciones contra nuestra soberana Princesa era esto verdad; pero en esta de la avaricia era más desati­nada la malicia de la serpiente, pues tendía la red en cosas tan te­rrenas y viles contra la fénix de la pobreza, que tan lejos de la tierra había levantado su vuelo sobre los mismos serafines. Nunca la pru­dentísima Señora, aunque estaba llena de sabiduría divina, se puso a razones con estos enemigos: como tampoco debe nadie hacerlo, pues ellos pugnan con la verdad manifiesta y no se darán por con­vencidos de ella aunque la conozcan. Y por esto se valió María san­tísima de algunas palabras de la Escritura, pronunciándolas con severa humildad, y dijo aquella del Salmo 118 (Sal 118, 111): Haereditate acquisivi testimonia tua in aeternum. Yo elegí por heredad y riquezas guar­dar los testimonios y ley de ti, Señor mío. Y añadió otras, alabando y bendiciendo al Altísimo con hacimiento de gracias, porque a ella la había criado y conservado, sustentándola sin merecerlo. Y con este modo tan lleno de sabiduría venció y confundió la segunda tentación, quedando atormentados y confusos los obreros de la maldad.
347. Llegó la tercera legión con el inmundo príncipe que tienen en la flaqueza de la carne; y en ésta forcejaron más, porque hallaron más imposibilidad para ejecutar cosa alguna de las que deseaban; y así consiguieron menos, si menos puede haber en unas que en otras. Intentaron introducirle algunas sugestiones y representacio­nes feas y fabricar otras monstruosidades indecibles. Pero todo se quedó en el aire, porque la purísima Virgen, cuando reconoció la condición de este vicio, se recogió toda al interior y dejó suspendido todo el uso de sus sentidos sin operación ninguna, y así no pudo tocar en ellos sugestión de cosa alguna, ni entrar especie a su pensa­miento, porque nada llegó a sus potencias. Y con la voluntad fervo­rosa renovó muchas veces el voto de castidad en la presencia inte­rior del Señor, y mereció más en esta ocasión que todas las vírgenes que han sido y serán en el mundo. Y el Todopoderoso le dio en esta materia tal virtud, que no despide el fuego encerrado en el bronce la munición que está delante con tal fuerza y presteza, como eran arrojados los enemigos cuando intentaban tocar a la pureza de María santísima con alguna tentación.
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