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Misión de la mujer como persona una visión “católica”, universal


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MUJER 3 c

Universitarias


MISIÓN DE LA MUJER COMO PERSONA

Una visión “católica”, universal

Muchas veces por lo fuerte que está el concepto de “tolerancia” en el mundo que nos rodea, pensamos que nuestras creencias católicas son sólo para nosotros, los que pertenecemos a la Iglesia. Pero no olvidemos que la palabra “católica” significa universal, y por lo tanto cuando la Iglesia habla de temas realmente esenciales que afectan al ser humano simplemente por su naturaleza humana, entonces no habla sólo para los católicos sino que su Buena Nueva es para toda la humanidad.


Las palabras de Cristo: “Vayan a todo el mundo y prediquen el Evangelio (Buena Nueva)”, nos impulsan a anunciar con gozo y con santo orgullo la buena noticia del Dios verdadero y del hombre, creado a su imagen y semejanza.
Como schoenstattianos, nos insertamos en esta corriente evangelizadora, somos conscientes de nuestra Misión. Pero también corremos el riesgo de pensar que estamos solos en este empeño, ¡no!, somos parte de una Iglesia que, con sus múltiples carismas, sale al encuentro del hombre de hoy. Son muchos los que dentro de la Iglesia comparten con nosotros nuestra visión del hombre, del varón y de la mujer, no es una visión únicamente schoenstattiana, sino como decíamos al inicio: CATÓLICA, y por tanto, UNIVERSAL.
Las invitamos a leer el siguiente artículo, sacado de Catholic.net. Sería interesante hacer un paralelo entre la visión de nuestro Padre y Fundador sobre la esencia del varón y de la mujer (Ver tema 3B: “La identidad femenina según nuestro Padre y Fundador”)


MISIÓN DE LA MUJER: COMO PERSONA

Autor: Gloria Conde, Libro Mujer Nueva, Ed. Trillas.

Vivimos una época clave.

Hemos podido ver de cerca qué formas ha tomado en el último tiempo la «liberación de la mujer». Uno constata cómo esta liberación en el plano del «hacer» no ha sido capaz de resolver los problemas más profundos de la mujer. Exteriormente aparece más emancipada, dueña de la propia vida, pero, con frecuencia, esta fachada esconde un malestar existencial. Ella ha luchado por su libertad, ha puesto en evidencia su opresión pero, aún con una intención justa y buena, se ha perdido cuando ha buscado emanciparse como sea y a toda costa.

Esaú cedió a Jacob su primogenitura a cambio de un plato de lentejas. Parece que la mujer ha pedido, luchado, y obtenido del hombre algo de su masculinidad, perdiendo, a cambio, las más de las veces, lo esencial de su feminidad. Y ésta, el varón, ahora no puede devolvérsela.



¿Será que tal desestabilización en el mundo actual se debe a que la mujer ya no sabe quién es y ha perdido su identidad?
Ante este panorama ¿qué significado cobra la profética declaración del Concilio Vaticano II sobre la mujer?:
Llega la hora, ha llegado la hora en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en el mundo una influencia, un peso, un poder jamás alcanzados hasta ahora. Por eso, en este momento en que la humanidad conoce una mutación tan profunda, las mujeres, llenas del espíritu del evangelio pueden ayudar a que la humanidad no decaiga”

(Mensaje del Concilio a las mujeres, 8 de diciembre de 1965: AAS 58, 1966 13-14).


Precisamente, en esta «hora», la mujer tiene una misión trascendental que nace del reencuentro, el redescubrimiento de su verdadero puesto, su verdadera identidad. Su feminidad le otorga la virtualidad de lograr que todos, hombres, niños, mujeres, encuentren su armonía una vez que ella se ordene a sí misma. Sólo así florecerá en el mundo como aquélla capaz de elevar al hombre, hacer de él un hombre nuevo, y elevar así a toda la humanidad.

La mujer será mujer en plenitud si dirige la mirada a sus orígenes y así comprende la razón de su existencia. Si se mira, se conoce, se posee a sí misma en la totalidad de su ser y se proyecta

en la trascendencia de su misión personal y social.


¿Qué descubre la mujer al dirigir la mirada a sus orígenes?

El punto de partida de la felicidad del ser humano, y en concreto, de la mujer, está en la experiencia de saberse amada, valorada, por alguien más grande que ella misma, de una forma total, esencial, con todo lo que ella es, y de una manera infinita, eterna, más grande que el amor que pueda tenerse a ella misma. Esta es la fuente de la autoestima que, en definitiva, trae consigo la seguridad personal, la victoria sobre el «miedo», el sentido de la vida, la motivación para amar y hacer que la propia vida sea un proyecto grande en el que se desea hacer el bien a

los demás.

Pero esta certeza profunda brota del descubrimiento, aún más, de la experiencia, del propio origen. Esto es, saberse creada por un Dios personal que es amor, a su imagen y semejanza. Saberse una creatura libre, llamada a una vida de plenitud en el don de sí. Si el origen del propio ser se presenta como algo nebuloso, incierto, incomprensible, irracional, entonces la vida, con su carga de sufrimiento, aparece como una realidad sin sentido ante la cual uno tiende a escoger entre el suicidio o la carrera por huir del sufrimiento a base de gozar lo más posible.




Descubre una mano creadora


«Creó Dios al ser humano, a imagen suya, a imagen de Él los creó, macho y hembra los creó»

(Gen.1,27)

Hablar de creación es hablar del gran salto que hay de la nada a la existencia. El hombre fue creado por Dios. Fue su divina voluntad creadora la que dijo «Hagamos al ser humano». Dios plasma su deseo en la creación de una «persona». Podemos hablar análogamente de muchos tipos de creaciones: crea el artista, crea el poeta, en cierto modo, crea el científico y el inventor.

Pero la creación por excelencia es la que lleva a cabo Dios Padre al crear al hombre. Él modela con una especial intención de amor a esta creatura a quien va a llamar «hijo» y, como dice San Juan, ¡realmente lo es! Un hijo que sin su mano no habría existido. Una creatura a quien Dios también llamará «esposa» con aquella expresión de Isaías: “Tu Esposo es tu Hacedor, Dios de los ejércitos” (Isaías 54,10) refiriéndose al pueblo de Israel, a sus hijos de Israel. En Dios coincide su acción creadora con la donación máxima de su amor. Dios, que es amor, por tanto, une, en un sólo acto, creación, elección y amor. La mujer, como creatura, debe descubrir y percibir su punto de referencia más radical, la razón del principio y fin de su existencia

terrena en este acto de Dios Padre que la crea y, creándola, la ama.

El amor creador de Dios Padre se compromete con el fruto de su creatura y no sólo actúa en el primer momento dejando todo a su propia suerte y desarrollo. No es un dios que pone en funcionamiento el Universo y se va, como un relojero que da cuerda a los relojes de su negocio y los deja funcionando solos. Dios sale al paso del hombre en el transcurso de su vida como alguien cercano, un interlocutor, aquel “…interior intimo meo, superior summo meo” de San Agustín (Dios está más al interior que lo más íntimo de mí y más arriba que lo más alto que hay en mí).Y es un Dios personal que sale de sí mismo y busca entablar un diálogo de amistad y de amor con el hombre. Sondea y conoce todos los rincones del corazón humano, hasta los más recónditos, y permite que el hombre experimente este «ser conocido» y, en ese conocimiento,

este «ser amado».

Es muy importante para la mujer fundar en estas certezas los cimientos de su autocomprensión y autoaceptación pues de ahí brotará su más profunda estabilidad espiritual, afectiva, e integralmente humana. Es clara, en los movimientos feministas la ausencia de estas verdades. Intentaron construir un proyecto de mujer nueva pero se olvidaron de comenzar «por el principio». Por eso, el error de punto de partida ha traído consigo unos resultados negativos en cuanto que no se adecuan a la verdad de la mujer como persona, como ser humano.


Este Dios cercano dicta al hombre, desde el fondo de su conciencia, la ley natural y le da las diversas pautas de comportamiento que le llevan a la realización de sí mismo y le dan la razón de su existencia temporal y eterna. La mujer que interioriza sus orígenes, percibe también los reclamos de la ley natural en su conciencia. Una ley natural que la llevará a interrogarse sobre el sentido y razón de ser de su feminidad: su cuerpo, su psicología, su afectividad, su deseo de amar y ser amada. Desde la asimilación y aceptación de su condición de creatura amada por un Dios personal, nacerá el conocimiento e integración gozosa con su ser femenino. Trazará las coordenadas que responden a su pregunta ¿quién soy – para qué soy? en una dimensión vertical: ella, creatura, pregunta; Dios, Creador, le da la respuesta plena. Así no necesitará resolver su interrogante en una dimensión horizontal, preguntando a la cultura, al varón ¿por qué no soy

como tú?
El hombre es persona, capaz de conocer la verdad y amar el bien
Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. El hombre y la mujer son igualmente personas, como Dios es persona. Hasta el instante de la creación del hombre, en el Universo entero sólo Dios era «Alguien». Al decir «alguien» nos referimos a un sujeto personal. «Alguien» eran el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo y no «algo». Y este Ser personal que es la Verdad y el Bien supremo, creó al hombre: la única creatura del mundo material que es persona. Y los creó varón y mujer, ambos imagen y semejanza de su ser personal. Personas que poseen la conciencia de su propio ser. Son creaturas racionales y libres. Capaces de conocer con una inteligencia y amar con una voluntad libre. Personas que son invitadas a alcanzar la felicidad en el conocimiento y amor del Padre y a poseerlo como bien supremo, así como lo conoce y ama el Hijo. Dios deseó al hombre como hijo para que fuera feliz, participando del gozo de amarle como Padre así como lo hace su Hijo Jesucristo en la intimidad de amor de la familia divina.

Y Dios concedió al hombre y a la mujer la capacidad de perfeccionarse en el conocimiento de la verdad y en la práctica del amor. Esto lo realizan cada uno en su masculinidad y en su feminidad. Ambos están llamados a ser santos y reproducir los rasgos de Jesucristo, Hijo de

Dios, imagen perfecta del Padre.


El hombre se asemeja a Dios en su capacidad de amar y ser amado.

La mujer, en cuanto persona, por tanto, ha sido creada para vivir la intimidad del amor de Dios como la vive el Hijo con su Padre. Al descubrir su capacidad de amar y de ser amada encuentra su verdadera identidad como creatura hecha a imagen y semejanza de Dios.




“Nos hiciste Señor, para Ti y nuestro corazón anda inquieto hasta que no descanse en Ti”.

(San Agustín, Confesiones)


La mujer de forma particular, aunque también el hombre, es un ser que halla su equilibrio y su seguridad en el saberse y sentirse amada. La plenitud de esta experiencia, fuente de su verdadera felicidad, está en el descubrimiento de esta invitación de su Padre Creador a vivir en una intimidad de amor que supera infinitamente la que pueden ofrecerle las demás creaturas. La soledad de la mujer, la alienación más profunda, se resuelve en el encuentro íntimo y existencial con el amor vivo de Dios en el tiempo y la eternidad.




El hombre, un ser para la eternidad
Dios es eterno, su amor es infinito, supera todas las fronteras del tiempo y del espacio. El hombre hecho a su imagen y semejanza sólo puede llenarse de Él, por eso lleva inscrita en su ser la aspiración a la eternidad. La mujer aspira a la eternidad cuando experimenta la fugacidad de la vida y de los gozos humanos, cuando descubre la poca durabilidad de los amores terrenos y la vaciedad ante las expectativas de realización que ella puso en las actividades terrenas.

El amor esponsal de un hombre es limitado, las amistades pasan, los hijos crecen rápido y se van. La mujer anhela «permanecer en el amor» para siempre. Y en esa permanencia en el amor que será la vida eterna, Dios le promete la posesión, en Él, de todos los «amores hermosos» de la vida humana, como dice el Papa Juan Pablo II, amores que, habiendo florecido en la tierra,

encontrarán en Dios, su mayor plenitud.


El hombre, un ser llamado a vivir en «comunión» de amor

El hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, no puede existir «solo» (Gen2,18). Existe, como la familia Trinitaria de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, siempre en relación a otro «yo». Por lo tanto el hombre, la mujer, encarnan, en cuanto personas, el «ser-con», es decir, el hombre es un ser permanentemente abierto al «otro» y llamado a vivir en continua comunión

con «el otro».

Este «ser-con» no es por tanto una característica que dará la cultura, la sociedad, algo que se añade al ser humano durante su existencia pero como algo ajeno a su naturaleza. La mujer, en su ser, ha sido creada para vivir con los demás, vivir con otro, entablar un diálogo recíproco con otro «yo» personal. Esta relación con «los otros» tiene la característica de ser personal, esto es, una relación entre seres amables «por sí mismos» en el que se conoce, se acepta, se acoge, se acompaña, se convive y se ayuda al otro. No podrá reducirse entonces a una relación meramente «política», o «económica», esto es, una relación basada en medios para conseguir

poder o productividad.

En la medida en que se despoje a las relaciones humanas de esta dimensión trascendente, como relaciones que encuentran su origen en la condición de imagen y semejanza de Dios, en esa medida los demás no serán vistos ni tratados como personas sino como instrumentos de placer o de satisfacción de los propios intereses, esto es, como objetos. La verdad de cada persona humana estará, entonces, en su capacidad de «comunión» con los demás, como participación de la comunión trinitaria con Dios. Una comunión cuyo vínculo principal es el amor.


En la mayoría de las lenguas humanas, la raíz de la palabra hombre y mujer es diversa, como si ambos no fueran de la misma esencia. Sólo el hebreo utiliza dos términos de la misma raíz,

como queriendo subrayar la complementariedad.

Hombre se dice ‘is: ‘aleph-jod-shin. Mujer se dice ‘issah: ‘aleph-shin-he. Cuando el hombre y la mujer se unen en el amor hacen presente jod-he, dos letras que forman el nombre de Dios: Jah. En la palabra hombre, aparece la letra jod que simboliza la mano de Dios sobre él y le recuerda que ha sido creado por esa mano. El hombre no podrá realizar nada bueno si no permanece bajo esta protección. Tiene que mantenerse humilde. A la mujer la distingue la letra he que es la letra del soplo del espíritu. Esto la predispone a una comprensión más inmediata de lo espiritual. En su relación con el hombre, ella debe introducirlo más profundamente en la

presencia de Dios. Despertar en él el deseo de conocerlo y amarlo.

Entre ambos tienen en común las letras ‘alef-shin que significan ‘esh, el fuego. Si el hombre y la mujer pierden su identidad, si dejan la humildad y la interioridad, queda sólo ‘esh, el fuego de la destrucción. Por lo tanto, si eliminan la presencia de Dios de en medio de los dos, no pueden más que destruirse. Toda relación deberá ser trinitaria (Dios, hombre y mujer). Si no, acabará en el dominio de uno sobre el otro.


Dios los «creó hombre y mujer». En hebreo se dice «zakar wu-neqeba». Hombre, zakar, significa acordarse. Hacer actual la cosa que se trae a la memoria. Tanto en la memoria genética como en la litúrgica. El hombre celebra la obra creadora de Dios en el ser padre y en el celebrar el culto. Su cuerpo y su espíritu han sido creados para la lucha y la conquista de la tierra.

Mujer, neqeba, significa cavidad, receptáculo, espacio interior. Ha sido creada para acoger, consolar, dar la vida. Ella será el receptáculo del amor de Dios. Más que proclamar la palabra de Dios es llamada a «meditarla en el corazón». Será el alma de la casa. Responderá por aquellos de los que ha sido receptáculo. Así vemos como sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo «humano» se realiza plenamente. La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, ambos de un modo diverso y complementario. El hombre se caracteriza por el

poder y el actuar. La mujer por la presencia y el ser.




Feminidad y masculinidad son entre sí complementarias no sólo desde el punto de vista físico y psíquico, sino ontológico.

Dada la profunda unidad de la persona, como un alma que se expresa en un cuerpo y un cuerpo que es informado por un alma inmortal, esta vocación fundamental está inscrita en la totalidad cuerpo-espíritu del ser humano. El ser sexuado, en cierto sentido, es constitutivo de la persona y define su personalidad. La dimensión sexual del cuerpo humano no se agota en el plano físico sino que penetra todas las esferas de la persona.




“El cuerpo humano, orientado interiormente al don sincero de la persona, revela no sólo su masculinidad o feminidad en el plano físico sino que revela también este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensión simplemente física de la sexualidad”

(Juan Pablo II, Audiencia General 16-I-80, No. 4, cap. XV).




Algunas sugerencias metodológicas para tratar el tema:
- Como se les proponía en la introducción al tema, sería interesante hacer un paralelo con la visión de nuestro Padre y Fundador sobre la esencia del varón y de la mujer (Ver tema 3B: “La identidad femenina según nuestro Padre y Fundador”)

- Abrir un diálogo en el grupo en torno al tema de la “catolicidad” de nuestra religión, es decir, sobre la importancia de reconocer y valorar que en un mundo marcado por una falsa “tolerancia”, como católicos tenemos un mensaje UNIVERSAL. ¿Cómo nos sentimos ante este llamado de “anunciar la Buena Nueva? ¿Qué desafíos tenemos? ¿Creemos realmente que tenemos un mensaje VÁLIDO que anunciar a toda la humanidad?



- Como schoenstattianos, ¿nos sentimos parte de esta Iglesia Católica? ¿De qué forma concreta, personalmente, como grupo, como rama, podemos enriquecerla con nuestro carisma?
¿Cuál es nuestra participación en actividades promovidas por nuestra diócesis, parroquia, pastoral universitaria, etc...?





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