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Miguel Ortega " Para mí, era padre y amigo"


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Recuerdos vivos de Ortega:

Entrevistas
Miguel Ortega

Para mí, era padre y amigo”




Miguel Ortega es médico, tiene 84 años y es el mayor de los tres hijos de José Ortega y Gasset. Me recibe en su casa de Martínez Campos; nos sentamos en el salón en su mesa de trabajo. Por todas partes hay fotografías de Ortega hechas por don Miguel, un gran aficionado a la fotografía, afi­ción que compartía con su padre. Al fondo hay un retrato del filósofo hecho por Zuloaga. Libros de Ortega llenan las estanterías. Don Miguel me enseña un libro escrito por él y titu­lado "Mi padre", publicado en 1983 con motivo del centenario de Ortega.
¿Cuál es el último recuerdo que tiene de su padre?
Exactamente cuando entró en coma; yo enton­ces dormía en la habitación de al lado y ya no quise verlo más.

¿ Y sus últimas palabras?
Hablábamos cuando ya se encontraba muy mal, y yo decía: "No, no, si no te pasa nada"... y entonces dijo: "Bueno, pues si me pasa algo vas a tener muchos problemas".
Lo último, último fue: "Hay que ver lo poco que he estado contigo, me habría gustado estar mucho más". Porque yo he estado siempre con mi padre, desde niño, mucho más que mis dos hermanos, sin yo quererlo; o sea que él siempre venía conmigo, me llevaba a todos lados, sin yo pedirlo.
¿Cuál era la cualidad que más admiraba de su padre?
El rigor científico que tenía, y el rigor en su vida, y el rigor en su comportamiento. Mi padre nos ha infundido la rectitud ciudadana, o sea, el respeto a la gente, la honestidad total, y naturalmente nunca abusar de nada ni de nadie. Y la absoluta seriedad; sin dar la impresión de que era serio, porque era de un afabilidad enorme, esa es la verdad. Era padre y amigo. Lo que teníamos era un respeto enorme. Lo que él decía era tan normal que sin ningún esfuerzo lo hacíamos, todo lo contrario. Siempre fue un hombre de una humanidad enorme. Jamás he tenido un roce con él, ni nada de nada, jamás. Y luego él me contaba todas sus cosas, tenía una intimidad total que no ha tenido con ninguno de los demás. Toda su vida íntima la conozco perfectamente, esa es la realidad.
De los viajes que han hecho juntos...
El primer viaje que hice con él a Francia, que fue una cosa muy bonita, fuimos primero a Burdeos a ver la casa donde vivía Montesquieu, en recuerdo del hombre del "espíritu de las leyes" (ahora se han olvidado mucho de él aunque lo citen). Y luego seguimos al pueblo donde había nacido Descartes, que mi padre decía que era la primera cabeza del mundo, allí estuvimos dos días, y luego fuimos a París a ver la casa de Augusto Comte, también admiraba mucho mi padre el positivismo de Augusto Comte, y des­pués fuimos a la plaza de los Vosgos a ver la casa de Víctor Hugo, y una serie de cosas, des­pués fuimos al Institut de France, a la mar de sitios... Tenía yo entonces dieciséis años.
¿Qué supuso para su familia el comienzo de la guerra civil?
Pues al comienzo de la guerra, el 18 de julio, si nosotros nos hubiéramos quedado en casa, el 19 de julio la primera visita que hicieron fue a una de ellas (como quisieron matar en el 34 a Besteiro), pues hubieran ido a casa a buscarnos y nos hubieran matado a todos. Para entonces ya mi padre y yo nos habíamos refugiado en el otro lado, si no nos matan, y es posible que si los otros, del otro lado hubiesen entrado ense­guida, nos hubieran matado también, usted me entiende... para la gente que estaba en el medio, que era gente liberal vamos a llamarle... normal, pues les perseguían por los dos lados de momento, luego hasta que se empezaron a ver las posturas fue diferente... Nos hubieran mata­do seguro... pudimos después salir, protegidos por la Embajada Francesa, y salimos.
¿Qué postura cree usted que habría adoptado su padre si hubiese vivido la transición a la democracia?
La misma que yo, porque él siempre me dijo que el país se había "encanallado", y ahora todavía más, con lo cual no habría rectificado sus palabras. ¿Usted le ha oído la voz a mi padre? No tenemos más que una grabación que se hizo en una conferencia de las que dio él aquí en un teatro que había cerca de la calle de Fuencarral y que ahora no me acuerdo cómo se llama el teatro, y entonces en una de las con­ferencias se pudo coger con un aparato que tenía Ricardo Urgoiti de tornillo, que realmente es la única grabación... era en el cine Barceló, que se hizo teatro, donde hizo un curso... ya en época de Franco, es hora y media de conferen­cia.
¿Entre los viajes que ha hecho usted con su padre, cuál fue el último?
Bueno, yo he estado en Alemania, en Francia, en Argentina, en todos los lados, en Holanda, en la mar de sitios... yo le he hecho fotos en todas partes. A muchos viajes íbamos en coche. El último lo llevé a Fuenterrabía, y a San Sebastián, que es donde le gustaba a él descansar, estuve el verano entero allí con él, el año 51 ó 52, el 53, y luego se pasaba él grandes tempora­das en Alemania, en Munich, iba y venía, le gustaba mucho estar en Alemania. Y es en Ale­mania donde se ha vendido más la obra de mi padre fuera de España.
¿Hablaba con su padre de la religión?
Mi padre ha escrito "Dios a la vista", un artícu­lo muy bonito, pero él era agnóstico, no ha negado la existencia de Dios pero tampoco la ha afirmado
¿Cambió algo cuando se acercaba su muerte?
No, nada, le quisieron poner un sacerdote... pero nada, él no quiso... yo fui el vigilante. Hombre, no va usted a meter una cosa que no quiere su padre. Hubo una serie de cosas que han escrito pero nada es cierto, no se confesó.

Ángeles Gasset

A ver cómo salimos de esta aventura”


Estas fueron las últimas palabras que Don José Ortega pronunció ante su prima hermana Ángeles Gasset, quien convivió con él y su familia un año, en París, durante la guerra civil española, en 1937. Ánge­les Gasset reconoce que "he tenido la suerte de convivir con Ortega en un momento histórica­mente muy interesante, y eso lo recuerdo como una de las cosas que merecen la pena en la vida".
¿Cuál es el recuerdo más vivo que tiene de Ortega?
Me es muy difícil decirte, porque he convivido tanto con él... fíjate que estuve un año durante la guerra española, en el año 37, estuve vivien­do con él en París y claro... no tengo un recuer­do de una cosa determinada, tengo una convivencia tan seguida y tan... profunda como era entonces la convivencia porque en la guerra todo se valoraba de una manera tremenda y efectivamente mi convivencia con él fue de un recuerdo estupendo.
¿Cómo era Ortega en familia?
Era muy familiar, eso lo primero. Fue un hijo cariñosísimo, un padre cariñosísimo, un marido buenísimo... familiarmente era una persona ejemplar. Desde el punto de vista familiar era una de las personalidades más completas que he conocido porque tanto familiarmente, como, ya se sabe, públicamente, era una persona excepcionalmente buena en todo, tenía una calidad familiar, intelectual, moral verdadera­mente estupenda. Y no todas las grandes perso­nalidades lo han sido en todos los sentidos. Además su casa era muy acogedora, estaba abierta a todos, porque tanto su mujer como él eran muy sociables al mismo tiempo que muy familiares, y de una afectividad enorme. Llega­ron los hijos de su hermano Manolo, llegaron con la madre, y los cuatro hijos allí se metieron, y su casa estaba abierta a todos, a todos... yo hablo en plural porque la mujer era estupenda, una digna mujer de su marido... los dos dieron una acogida en momentos difíciles de la familia y de la gente estupenda, excepcional. Además por la tarde se recibía a gente de la colonia española... Marañen, Hernando, Azorín... Lo que sí es cierto es que Ortega no tenía mucho contacto con los intelectuales extranjeros, creo que Mar anón era mucho más abierto en eso. Marañón estaba más metido en la universidad francesa que Ortega, que no lo estaba.
Imponía respeto su personalidad, pero era una persona muy asequible, de una conversación muy amena... pero nada trascendental, en el sentido de que impusiese respeto por lejanía, no... Era una persona de muy fácil relación con todo el mundo, no era una persona difícil. No estaba en un pedestal en casa, estaba muy den­tro del papel familiar. Imponía respeto por las cosas que decía. Recuerdo una vez, antes de lo de París, que había mucha gente en casa, cuan­do la anexión de Austria, que se llenó la casa, y me acuerdo que hicimos los sobrinos y yo una experiencia que nos divirtió muchísimo y que fue... tenía entonces Ortega dos pisos, y dormía la siesta en el de arriba, recibía en el de abajo, y empezaron a llegar la gente, empezaron a hablar, a discutir, y los sobrinos y yo estábamos escuchando lo que decían, lo que no decían, porque sabíamos que si salía Ortega, Ortega decía algo y punto en boca. Efectivamente, empezaron a hablar, a discutir, y llega Ortega, entra, empezó a hablar y todo el mundo calla­do, todo el mundo callado... porque realmente tenía un poder de convicción... lo decía tan bien... que la mesa era otra cosa. Tenía una justeza de expresión y al mismo tiempo pensaba tan bien...y ahí ha quedado en los escritos. Tanto oralmente como por escrito se expresaba muy bien, y con una sencillez enorme.
Dice usted que era buen conversador... habla­ba en familia mucho o más bien escuchaba?
Era las dos cosas, porque le gustaba mucho escuchar... le interesaba todo. Me acuerdo que fueron a París unos sobrinos suyos de Madrid, y se les mandó al colegio... hay que ver cómo le interesaba todo lo de la vida del colegio, que era el de la parroquia, cómo le interesaba todo lo de la vida escolar de los niños. Le interesaba todo, como a toda persona inteligente.

Y claro, lo que tenía a su alrededor era personas muy interesadas en lo que él decía o hacía, y es natural.


¿Qué rasgos de su carácter admiraba usted más?
Yo eso... no me he parado a pensar, era un hombre de una personalidad muy completa... de una honradez intachable... no tenía la menor ambición de dinero, eso nada, era de lo más liberal en su proceder... y luego... el año que yo viví con él en París que estaba falto de dinero, cuando llamaban al timbre y la correspondencia era de Alemania, dábamos saltos de alegría, porque Alemania daba más dinero (por la venta de sus obras) que ningún otro país...
Entonces llevaban ustedes una vida muy modesta en París...
Sí, tenía muy poco dinero... vivía con una modestia de estudiante. La biblioteca francesa se portó muy bien y le proporcionaban los libros para llevárselos a casa, porque no tenía dinero para comprar libros, era una situación muy modesta. Ortega estaba metido en casa, siempre escribiendo. No teníamos servicio doméstico, su mujer guisaba y la limpieza la hacía yo. Soledad estaba en Inglaterra. El único que estuvo más tiempo allí hasta que después se vino a España era el pequeño, José. Me acuer­do que... yo soy muy poco ordenada, poco ama de casa, y un día enfadado (él tenía muy buen carácter pero de vez en cuando...) dijo "A mí la única que me limpia bien los papeles es Ánge­les", y todos se quedaron... porque claro, no era mi especialidad el orden... yo callada... me dijo su mujer "¿Y cómo lo haces?" Claro a mí me sentaba como un tiro decirlo, pero la reali­dad era que no movía los papeles, y sólo sopla­ba el polvo que había encima de ellos, de mane­ra que no se desordenaban... Porque la mujer y la hija le levantaban los papeles, los limpiaban y luego los colocaban, y los colocaban mal, y yo no, yo divinamente porque no se los movía. Pues dijo Ortega hablando a los demás: "Así es como hay que hacerlo", pues yo no quería decir como lo hacía, pero al final lo dije y Ortega me contestó: "Pues eso es lo que hay que hacer".
¿Fue una etapa feliz en su vida?
Bueno, mira, yo fui allí por la guerra con veintitantos años... entonces lo que nos preocupaba era sólo la guerra... Yo llegué allí, me acuerdo que me emocionó terriblemente entrar en una casa familiar, había perdido yo a mi padre, había tenido un viaje hasta la frontera bastante dificul­toso, porque a mí no me daban un pasaporte así como así, salí con niños yo como maestra, y de esa manera pude salir. Llegué a París habiéndo­me gastado el último dinero que tenía en un pedazo de pan y un poco de foie gras, estaba muerta de hambre, pero llegué a París y era tal la emoción que tenía que no cené, emoción por todo, por salir de España, encontrar a mi familia allí, y además recibí noticias de mi familia del lado nacional, que no sabía nada. También tenía un hermano en Madrid, que estaba muy bien situado, primero estuvo en una embajada, y yo estuve casi todo el tiempo en París, antes de ter­minar la guerra me vine a España.
¿Cómo era el día a día con Ortega?
Bueno, él lo primero que hacía era leer el artículo de fondo del Times, y otros, todos los días, que hablaba del parte de guerra, de nuestra guerra. Yo bajaba a comprarle el periódico todos los días, porque allí devorábamos los periódicos, sobre todo extranjeros, porque creo que el periódico español no era fácil de encon­trar. Después, escribía todo casi todo el día, siempre en casa.
¿Era bien considerado Ortega en París en aquellos años?
Sí, Ortega, Marañón y Hernando estaban muy bien considerados por la intelectualidad france­sa. Tuvieron poca acogida en el sentido oficial, pero los intelectuales se portaron muy bien, tanto alemanes como franceses se aproximaron mucho a ellos.
Ha estado usted siempre muy unida a su primo...
Bueno, en la familia nos hemos llevado todos bien... somos unos treinta primos. Mi padre (hermano de la madre de Ortega) fue el último que se casó de su generación, y vivió siempre con los Ortega. Yo tenía 13 ó 14 años cuando murió Ortega Munilla, mi padre lo sintió muchísimo, lo adoraba.
¿Ha habido algún otro filósofo en la familia después de Ortega?
No... de los tres hermanos de Ortega ninguno hizo filosofía. Pero ahora parece que sale un nieto de Soledad Ortega que parece que empie­za filosofía en la universidad, es muy buen estu­diante. Lo que sí se ha continuado es la afición periodística de los Ortega, que ya empezó cuan­do Ortega Munilla, padre de Ortega, dirigió El Imparcial.
¿Cuando murió Ortega estaba toda su familia en España?
Sí, cuando murió todos los emigrados estaban en España, estaba Hernando, estaba Marañon... Hernando y Marañen, fueron los más fieles compañeros de emigración de Ortega.
¿Cómo era el ambiente en Madrid a su muerte, conmovió mucho la noticia?
Pues mira, hizo mucha impresión,t sí. Y hubo mucho revuelo, eso lo viví yo en casa de Ortega y me dio pena, hubo mucho revuelo político, por si la primera página de ABC, por si taj... por si se podía publicar su fotografía muerto, y yo como lo sentía con toda mi alma, pues todo aquello me hacía daño y huía de ello. Ahora, indudablemen­te, fue una conmoción estudiantil y de todos muy grande. Hubo una impresión muy general.
¿Recuerda cuáles fueron las últimas palabras que le dijo Ortega, ya enfermo?
Pues sí... sí lo recuerdo, dijo "A ver cómo sali­mos de esta aventura", yo sabía que no salía, porque acababa de hacerle una cosa el cirujano, que fue Duarte, que fue quitarle la sensación de dolor, para que tuviese una muerte tranquila porque ya otra cosa no se podía hacer... Le habían operado y le cerraron sin posibilidad de hacer nada.
Francisco Ayala

Escríbame a Lisboa, mi domicilio es Lisboa”


Esta era la posdata a mano que escribió Ortega a Francisco Ayala, contestando a la petición de publicar algo suyo en Puerto Rico, ya en los años 50. Francisco Ayala tiene 89 años, muchos de ellos vividos fuera de España, en Sudamérica. Empezó a escribir desde muy joven y conoció a Ortega cuando trabajaba en la "Revista de Occidente", antes de la guerra civil española.
¿Cómo era el trato con don José Ortega y Gasset?
Ha sido un trato muy seguido, durante años, porque siendo yo todavía muy joven, fui cola­borador de la "Revista de Occidente", y la revista tenía una tertulia privada en las oficinas de la misma revista, que estaba en el edificio de la Casa del Libro, y esa tertulia se reunía diaria­mente, y durante años, dos o tres años, yo he asistido con mucha asiduidad. Y casi siempre pues era él quien era el centro de la tertulia, a veces estaba ausente o a veces se retiraba un poco para que fuera protagonista algún visitan­te, pero normalmente era él el centro. Era una tertulia diaria, de nivel intelectual, es decir que no era una tertulia donde se chismorreara, o se comentaran las cosas en un sentido muy fami­liar, aunque sí... las cosas del día se hablaban, se trataba de las cosas del día. También se hablaba de la política, de la vida nacional, de la vida internacional, se hablaba de libros por ejemplo... Y Ortega, dentro de ese círculo amistoso, de ese círculo cerrado y en cierto modo privilegiado, era de una sencillez y de una amistad y de una cordialidad extraordinarias. Era un trato sumamente cordial y sencillo, es decir entre las personas a quines él estimaba en algún sentido pues era totalmente simple, senci­llo... Imponía el respeto que toda personalidad como la suya tiene que imponer, no era un res­peto impuesto desde fuera sino percibido por quienes con él trataban. Era un hombre cordial, afectivo, tenía la exigencia de calidad que se puede suponer, es lógico, era exigente con la calidad del trabajo. Las notas más destacadas de su carácter eran esas, afabilidad, sentimiento de la dignidad, notas muy marcadas esas, senti­do gozador de la vida, abierto al mundo.
Ortega hacía traducir mucho, las obras más importantes de todo el mundo en aquel momento, tanto que gracias a él los jóvenes y los no jóvenes en España podían estar informados de todo lo que se producía de interés fuera de España mejor que los de ningún otro país, porque se traducía de todas las lenguas lo que surgía de importancia, a instigación de él. En España se conocían muy bien las novedades importantes intelectuales de todo el mundo. Para poner un solo ejemplo, la obra de Freud se tradujo al español antes que a ningún otro idio­ma, y fue por instigación de Ortega. Las gran­des traducciones que se hicieron en aquella época han sido básicamente por impulso de Ortega, que puso entonces a la vida intelectual española a la altura del resto del mundo, y ade­más por esa ventaja que yo digo respecto de otros países, que era un conocimiento universal.
Recuerdo que una vez me hizo ver Fernando Vela, que era el secretario de la revista, unas páginas de Ortega sin una tachadura, es decir que tenía ya construido en la cabeza lo que quería decir, hasta el detalle, no se rectificaba escri­biendo, ya estaba hecho el texto en su mente, inclusive la traducción. Traducía del alemán por ejemplo con una fluidez total, el alemán escrito lo dominaba muy bien.

Dice usted que Ortega tenía buen carácter, ¿no le vio alguna vez muy enfadado por algo?
No... a él le producían enfado las cosas torpes de la vida pública, conductas... es decir que le indignaban las cosas viles de la vida, no tenía indulgencia, sobre todo para la estupidez tenía escasa indulgencia, nula, para las vilezas y rastrerías... él era una persona de un alma noble.
¿Cómo conoció a Ortega, cómo fue su primer encuentro con él?
A través de uno de los colaboradores de la "Revista de Occidente", Benjamín Jarnés, (yo le conocía de "La Gaceta Literaria", que fue otra publicación de la época, muy activa, muy influyente, donde yo escribía). Jarnés era muy asiduo y muy devoto de Ortega, y él me propuso llevar un original mío para la revista, y le di un original; entonces lo presentó a la revista, pareció bien, lo aceptaron para publicarlo y entonces pidió permiso para presentarme, y me presentó un buen día allí. El encuentro con Ortega fue como muy casual: "Mire, este es Francisco Ayala, que es el autor de ese artícu­lo... esa colaboración..." Me dijo: "Ah, qué gusto... pues nada, pase y venga cuando quie­ra". No fue ninguna cosa tan solemne ni nada.
¿Conocía ya la obra de Ortega cuando empezó a trabajar en la revista, recuerda algo que leye­se entonces?
EPues estaba yo en el segundo año de Filosofía y Letras, y un profesor un poco pintoresco de entonces anunció que iba a hablar de Leibniz, era el centenario del filósofo Leibniz, y justa­mente ese día que él anunció que iba a hablar de Leibniz yo iba en el tranvía para la universidad, compré el periódico El Sol y encontré un gran ensayo de Ortega sobre Leibniz, porque él publicaba en el periódico diario sus artículos... y lo fui leyendo. Y me encontré con la sorpresa de que este profesor lo había leído también...
¿Cuál fue su último encuentro personal con Ortega?
Mi último encuentro con él fue antes de la guerra. Yo después de eso ya no le he visto nunca más, porque cuando empezó la guerra, los meses anteriores a la guerra yo no estaba en España, estaba en Buenos Aires... en Sudamé-rica en realidad, porque viajé por varios países. Cuando estalló la guerra yo no estaba en Espa­ña, y cuando volví habían pasado varios meses, varios meses de guerra, y ya él no estaba en España tampoco, había salido. Así que ya no le vi más. Lo que sí tuve fue un contacto epistolar. Allá por los años 52 ó 53, que estaba yo enton­ces en Puerto Rico, y dirigía la editorial de la Universidad; tuvimos el deseo de publicar algo en colaboración con la Revista de Occidente en España, y se hizo un arreglo en cooperación entre la Universidad de Puerto Rico y la Revis­ta de Occidente. Yo le escribí a Ortega pidién­dole un permiso para publicar algo suyo, y le dirigí la carta a Madrid, y me contestó desde Lisboa, concediendo permiso muy sucintamen­te y poniendo luego a mano (la carta iba escrita a máquina) una coletilla que decía después de la firma "Escríbame a Lisboa, mi domicilio es Lisboa". Él no decía las cosas porque sí, eso signiñeaba algo. Me hacía notar que estaba vivien­do oficialmente en Lisboa y no en Madrid. Des­pués ya no nos escribimos más.
Pedro Laín Entralgo

"He venido a España, para vivir al

margen de la vida oficiar
sto le dijo José Ortega y Gasset a Pedro Laín Entralgo cuando éste le propuso realizar un acto académico en la universidad con motivo del 70 cumpleaños de Ortega, en 1953. Laín Entralgo recuerda ese encuentro en esta entrevista, realizada en la Facultad de Medicina.
¿Cuándo y cómo conoció usted a Ortega?
Yo no traté asidua y, por decirlo así, privadamente a Ortega. De él recuerdo principalmente, más que su persona, o en primer término res­pecto de su persona, su obra intelectual como creador de filosofía, como iluminador de muchos aspectos de la vida humana, y por supuesto también la influencia, por desgracia no fue todo lo que debería haber sido, sobre la vida histórica de España.
Si se hubiese cumplido el proyecto de Ortega, lo que Ortega propuso a los españoles en los primeros lustros del siglo veinte, y aún después claro está, pues otra habría sido nuestra suerte. Bien, dicho esto añadiré que por supuesto yo le conocí, le traté no, yo estuve con él pocas veces en su vida; ahora bien una creo para mí tuvo cierta importancia, y creo que para él respecto de mi persona también. El año 1953 Ortega cumplía 70 años, y por lo tanto se jubilaba. Él a su vuelta del exilio no se incorporó a la universi­dad; la actividad intelectual fue personal y de grupo, con el Instituto de Humanidades que fundó con Julián Marías, pero a la universidad no se incorporó. Yo entonces era rector de la universidad de Madrid, y me pareció que la uni­versidad por sí misma, la de Madrid, en repre­sentación quizá de todas las universidades de España, y aun cuando nadie nos hubiera encar­gado de ello, pensé que no debía pasar esa fecha sin que Ortega reanudase aunque fuese por modo breve su relación activa con la universi­dad. Entonces pensé que la universidad debía invitarle a lo que él quisiera, a dar ese año un breve curso, a dar una conferencia, a presidir un acto donde se hablase en fin sobre él, y consulté mi proyecto con el entonces decano de la Facul­tad de Filosofía, el profesor Sánchez Cantón, y decidimos ir juntos a ver a don José y exponerle nuestro propósito. Fuimos allá, él estaba en un despacho de la calle Bárbara de Braganza, donde estaba entonces la Revista de Occidente; nos recibió "Bueno, díganme, qué es lo que desean de mí", nos dijo, y yo le expuse el pro­yecto, él se quedó silencioso "No, mire usted, yo he venido a España para vivir al margen de la vida oficial, por tanto creo que no, que contra­riaría mi decisión, y por tanto no sé, me resisto a aceptar". "Don José, éste es un acto universita­rio, dentro de la resonancia que debe tener den­tro de la universidad, no es el mundo oficial pro­piamente dicho y creemos que la universidad española, la de Madrid de la cual es usted profe­sor debe pues agradecerle públicamente lo que usted ha hecho a lo largo de su vida por la uni­versidad, por la cultura española y en general por la vida y la sociedad española". Él vaciló y por fin dijo: "Pero por otra parte piensen uste­des, dada mi condición, de persona enteramente ajena a este mundo, en fin, este mundo oficial bien entendido, enteramente ajena al mundo oficial, ¿no piensan ustedes que si este acto se celebra podría tener para ustedes alguna conse­cuencia enojosa?". Y entonces yo tomé la pala­bra: "Don José, respetamos totalmente lo que usted decida, comprendemos sus razones, y no insistimos más en ello. Ahora, quiero decirle a usted una cosa: que si el Decano y yo hemos tomado esta decisión, de hacerle esta petición en nombre de la universidad, si hemos hecho eso ha sido conscientes de que podría haber nada grave pero sí alguna consecuencia enojosa, como usted bien ha dicho, y entonces quiero decirle que lo hemos hecho con la petición expresa y seria de poner nuestro cargo justamente en esa petición que le hacemos", es decir que venía a decirle si había algún problema nosotros nos iríamos del Rectorado y del Decanato, dimitiríamos. Esto le emocionó un poco, me pareció que le emocionó, él vio que

nosotros íbamos de veras, que no íbamos allí para apun­tarnos un tanto, sino para cumplir un deber con la universidad y con la cultura. Dijo: "Me con­mueve esta actitud de ustedes pero deben com­prender que a pesar de todo yo insista..." Bueno, pues aceptamos esto y así quedó, se des­pidió, y yo creo que mi relación con él había sido muy escasa como digo, había sido oyente pero no partícipe en sus empresas, y lector y beneficiario de su obra escrita, pero mano a mano una conversación con José 'Ortega es la única que yo he tenido. Sé que después de este encuentro su estimación por mí creció por lo que luego he podido saber. Yo luego he tenido otras dos conversaciones breves con él, una en una cafetería y otra en las tiendas del libro viejo. El último encuentro no fue en su presencia sino en su ausencia definitiva, a su muerte en 1955, y bueno pues entonces yo organicé como rector un acto de recuerdo y de homenaje a Ortega. Se celebró en la Facultad de Filosofía, y el acto fue enormemente patético e impresionante, porque se volcó allí muchísima gente.
¿Qué rasgos destacaría de su carácter en lo que le ha conocido?
Mi devoción por la obra de Ortega ha quedado patente en lo que yo he escrito. Destacaría la imponente calidad de su persona que se notaba en su mirada, en su palabra, y el enorme talento verbal que expresaba en la conversación, la bri­llantez con que se expresaba, el ingenio, la oportunidad y la profundidad de sus palabras.
A esto añade Rafael Lapesa, sobre el carácter de Ortega, que "tuve poco trato con él, pero recuerdo su extraordinario don de encauzar las polémicas a nivel intelectual, y sobre todo su gran poder de convicción y su enorme agudeza. Siento una gran admiración por él, como todos lo que siguieron los cursos que dio".



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