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Mi primo jorge ojeda vizcarrondo por Santiago Maunez Vizcarrondo


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Mi primo JORGE OJEDA VIZCARRONDO

por Santiago Maunez Vizcarrondo

 

    Fue en un día cualquiera del año 1946. Trabajábamos en el Comité de Diseño del viejo edificio de Obras Públicas en la Parada 22 de Santurce. Ese día había poco que hacer y Jorge Ojeda Vizcarrondo se llegó hasta mi mesa de diseño para conversar un poco. Me dijo: “Yo tengo un tío en Juncos” a lo que contesté “Yo también”. Continuamos la conversación más o menos así: “Mi tío es carpintero”, “Y el mío también”. Así fue como descubrimos que nosotros éramos primos hermanos. 



    Jorge era de piel negra, el Negro más negro que yo  había conocido. El se sentía orgulloso de ser el Negro más puro de Puerto Rico, porque, con gran orgullo lo decía y, con elegancia, se jactaba de ser puertorriqueño. Jorge era plomero, no de esos que sólo saben hacer una simple instalación con tubos plásticos como ahora se estila; Jorge diseñaba instalaciones para grandes edificios como el viejo Hospital de Distrito de Ponce. Jorge era un verdadero Maestro Plomero. 

    Jorge era terco como una mula. Su fuerte carácter de hombre bien educado, con dignidad y hombría, su voluntad y principios, eran inalterables, esto no le permitía arrodillarse ante nadie y le perjudicaba en una sociedad corrompida en sus entrañas. Pertenecía a varias “fraternidades secretas” como los “Hijos de la Viuda” y unos llamados “Extraños Hermanos”. Era católico y santero, extraña hermandad religiosa. España africana. 

    Tenía un fornido cuerpo color de ébano. Temperamento africano. Su alma boricua, generosa y sencilla le hizo atractivo a las mujeres. Luchó contra la marginación social aún existente en nuestra sociedad que ha olvidado que hijos de África, árabes o moros, gobernaron a España por más de siete siglos, dejando allí arte, cultura y sabiduría. Jorge heredó algo de esto. Este escrito es sólo una apología del alma torturada de Jorge. 

    Tenía 85 años (nació el 23 de abril de 1912) cuando comenzaron a darle diálisis. Sufría calladamente en “guerra” con los médicos blancos de nuestra sociedad, pero todo lo “consultaba” con sus médicos negros en su templo santero. Todo se acaba. ¿Quién tiene la razón? Sólo Dios lo sabe. El domingo, 31 de enero, lo llevaron al hospital en estado de gravedad. Josefina y yo le visitamos, nos reconoció. El martes volvimos a visitarle y, ya no nos reconoció. Estaba “delirando”, hablando con sus muertos, inclusive a mi padre su fraterno en ambas logias; le pedía perdón a Dios por todos sus pecados, hombre mortal y pecador como todos nosotros. Hablaba en extrañas lenguas como africanas o españolas. Decía: “Espíritu Santo, perdóname, Padre Nuestro, perdóname, y otros nombres que no entendí. Nuestra sociedad, que es más bien negra y blanca con poco o nada de taínos, le había marginado durante toda su vida, y él era parte de esa sociedad. Ahora levantaba sus hinchados brazos al cielo pidiendo perdón a Dios. 

    Murió en la madrugada del miércoles 3 de febrero de 1999. Pero el drama de su vida aún no había terminado. A la funeraria llegaron algunos de sus fraternos vivos, parientes y santeros. Había que cumplir y algunos “cumplieron”.El poeta Bécquer lo cantó así: “Que sólo se quedan los muertos”. Hubo algunas flores que adornaron su despedida terrenal. Me impactó la llegada ordenada, silenciosa, sencilla y elegante de sus hermanos Santeros. África venía a decirle: “Gangulero, bienvenido eres de nuevo a la tierra de tus antepasados”. Su ahijado, Adolfo Molinary (con “Y” griega porque es de los pobres) y su esposa Noelia, ambos santeros, le asistieron fielmente por más de 20 años. Otros le traicionaron como le sucedió a Cristo. Somos hombres débiles. 

    Rezamos un rosario: “Dios te Salve María, llena eres de gracia, el Señor es contigo, bendita tu eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”. Mis amigos y hermanos católicos no pudieron llegar a tiempo para el funeral pero, por el amplio espacio del cielo claro y azul de mi querida borinquen, le escuchamos rogarle a Dios, mi único Dios, por el alma de mi primo Jorge Ojeda Vizcarrondo. La España católica, en las voces sencillas de mis amigos, también le bendijeron. 

    Ya en el cementerio de Villa Palmeras, puertorriqueños blancos y negros, hermanos de logias, santeros, católicos, evangélicos, de diversas ideologías políticas, algunos confundidos, todos como buenos hermanos, como no se ve en las altas esferas de nuestro níveo gobierno ni en nuestra convulsa sociedad, nos reunimos para darle el último adiós: “Ved cuán bueno y deleitoso es convivir juntos los hermanos” (Salmo 131:1) Mi hermano Tony Quintana, que había venido desde Chicago, fungió como fotógrafo. Había terminado lo que comenzó hace 87 años, dejándonos una gran lección de dignidad humana. No importa el color de tu piel o el perfil de tu rostro, todos somos hijos de Dios en esta bendita Patria, hermanos puertorriqueños.  

    Escuché, en mi mente, los tambores de guerra de Shaka Zulú, el Cantar de los Cantares de Salomón, el vibrante discurso ante la Sociedad de las Naciones de Haíle Selassie, el sueño de Martín Luther King, el llanto de Boabdil ante la pérdida de Granada, los combates del corsario boricua Miguel Henríquez, las luchas de Betances para darnos una Patria, la agonía de Pedro Albízu Campos, para hacer la Patria libre, la música de Juan Morel Campos, para dignificarnos, la humanizante poesía de Palés Matos, los llantos y cantos patéticos de Fortunato Vizcarrondo, los sonetos religiosos del Padre Rivera, y, como un suave murmurio escuché a los santeros cantar: “Adiós, adiós, adiós, Gangulero, brisas que el viento te lleva, adiós, adiós, adiós”. 



(Agradezco al puertorriqueñísimo amigo, Lcdo. José Enrique (Quique) Ayoroa Santaliz, por su felicitación al leer esta meditación mía.)


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