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Mi planta de naranja-lima


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DOS PALIZAS MEMORABLES

-Dobla aquí. Ahora cortas con el cuchillo el papel, bien por el doblez.

El ruido suave del filo del cuchillo dividía el papel.

-Ahora pega bien finito, dejando este margen. Así.

Yo estaba al lado de Totoca, aprendiendo a hacer un globo. Después que todo estuvo pegado, Totoca prendió el globo por la punta de arriba, con un sujetador de ropa, en una varilla.

-Solo cuando está bien seco, se le hace la abertura. ¿Aprendiste, burrito?

-Sí, aprendí.

Nos quedamos sentados en el umbral de la puerta de la cocina, mirando cómo el globo de colores demoraba en secarse. Totoca, compenetrado de su calidad de maestro, iba explicando:

-Globo-mandarina uno debe hacerlo solamente después de mucha práctica; al principio debes hacerlo apenas de dos gajos, que es más fácil.

-Totoca, si yo hago sólito un globo, ¿tú le haces la abertura?

-Depende.

Ya estaba él queriendo sacar provecho. Meter mano en mis bolitas o en mi colección de fotos de artistas de cine, que "nadie comprendía cómo crecía tanto".

-Caramba, Totoca, cuando me pides algo, yo hasta peleo por ti.

-Bueno. La primera vez te la hago gratis, y si no aprendes, las otras veces lo haré si me das algo a cambio.

-De acuerdo.

En aquel momento yo hubiera jurado que iba a aprender tan bien que nunca más pondría las manos en mis globos.

Desde entonces la idea de mi globo no me salió ya de la cabeza. Tenía que ser "mi" globo. Imaginaba la sorpresa del Portuga cuando le contara mi proeza; la admiración de Xururuca cuando viese el globo balanceándose en mis manos.

Dominado por la idea, me llené los bolsillos de bolitas y algunas figuritas repetidas y gané el mundo de la calle. Iba a venderlas lo más barato posible para poder comprar, por lo menos, dos hojas de papel de seda.

-¡A ver, gente! Cinco bolitas por diez centavos. ¡Nuevas como si fuesen del negocio!

Y nada.


-Diez figuritas por diez centavos: ustedes no podrán comprarlas ni en la tienda de doña Lota.

Nada. Toda la mocosada estaba completamente sin dinero. Fui a la calle del Progreso, de arriba para abajo, ofreciendo mi mercadería. Visité la calle Barón de Capanema casi trotando, ¡pero, nada! ¿Y si fuese a casa de Dindinha? Fui allá, pero ella no se interesó.

-No quiero comprar figuritas ni bolitas. Es mejor que las guardes. Porque mañana vas a venir a pedirme para comprar otras.

Seguramente que Dindinha andaba sin dinero.

Volví a la calle y miré mis piernas. Estaban sucias de tanto juntar tierra de la calle. Miré el sol, que ya comenzaba a bajar. Fue cuando sucedió el milagro.

-¡Zezé! ¡Zezé!

Era Biriquinho, que venía corriendo como un loco en mi dirección.

-Anduve buscándote por todas partes. ¿Estás vendiendo?

Sacudí los bolsillos haciendo balancear las bolitas.

-Vamos a sentarnos.

Nos sentamos al mismo tiempo y desparramé en el suelo la mercadería.

-¿Cuánto?

-Cinco bolitas por diez centavos, y diez figuritas por el mismo precio.

-Es caro.

Ya iba a enojarme. ¡Ladrón de porquería! ¡Caro, cuando todo el mundo vendía cinco figuritas y tres bolitas por lo que yo estaba pidiendo! Iba a guardar todo en el bolsillo.

-Espera. ¿Puedo elegir?

-¿Cuánto tienes?

-Trescientos réis. Puedo gastar hasta doscientos.

-Bueno, te doy seis bolitas y doce fotos.
***

Entré volando en el negocio de "Miseria y Hambre".

Nadie recordaba ya "aquella escena". Solo estaba don Orlando, conversando junto al mostrador. Cuando pitase la Fábrica, entonces sí que la gente vendría a tomar un trago y nadie más podría entrar.

-¿Tiene papel de seda?

-¿Y tú tienes dinero? En la cuenta de tu padre no llevas nada más.

No me ofendí. Únicamente le mostré las dos monedas de un tostao*.

*Antigua moneda de níquel de 100 reis de valor.

-Solamente hay rosado y color amarillo.

-¿Solo?

-En la época de las cometas ustedes mismos se lo llevaron todo. ¿Pero qué diferencia hay? ¿Acaso las cometas de cualquier color no suben igual?



-No es para cometa. Voy a hacer mi primer globo. Y quería que mi primer globo fuese el más bonito del mundo.

No había tiempo que perder. Si corría hasta el negocio de Chico Franco perdería mucho tiempo.

-Bueno, llevo ése.

Ahora la cosa era diferente. Puse una silla junto a la mesa, y trepé en ella a Luis, para que pudiese mirar bien.

-Te quedas quietecito, ¿prometes? Zezé va a hacer una cosa dificilísima. Cuando crezcas voy a enseñártela sin cobrarte nada.

Comenzó a oscurecer rápidamente y yo trabajaba. La Fábrica hizo sonar el silbato. Había que apurarse. Jandira ya estaba colocando los platos en la mesa. Tenía la manía de darnos de comer más temprano, para que luego no molestásemos a los mayores.

-¡Zezé!... ¡Luis!...

El grito fue tan fuerte como si uno estuviera allá por los lados del Murundu. Bajé a Luis y le dije:

-Anda primero, que ya voy yo.

-¡Zezé!... ¡Ven en seguida o vas a ver!

-¡Ya voy!

La diabla estaba de mal humor. Debía de haberse peleado con alguno de sus festejantes. El de la punta o el del comienzo de la calle.

Ahora, como si fuese a propósito, la cola estaba secándose y la harina se pegaba en los dedos, dificultando el trabajo.

El grito llegó más fuerte. Y casi no había luz para mi trabajo.

-¡Zezé!...

Listo. Estaba perdido. Ella venía de allá furiosa.

-¿Piensas que soy tu sirvienta? Ven a comer en seguida.

Entró violentamente en la sala y me agarró de las orejas. Me fue arrastrando hasta el comedor y me tiró contra la mesa. Entonces me enojé.

-No como. No como. ¡No como! Quiero acabar de hacer mi globo.

Me escapé y volví corriendo hacia el lugar de antes.

Ella se volvió hecha una fiera. En vez de avanzar hacia mí, caminó en dirección a la mesa. Y era una vez un bello sueño. Mi globo inacabado se trasformó en tiras rotas. No satisfecha con eso (tan grande fue mi sorpresa, que no hice nada), me agarró por las piernas y por los brazos y me tiró en medio del comedor.

-Cuando yo hablo es para que se me obedezca.

El diablo se soltó adentro de mí. La rebelión estalló como un ventarrón. Al comienzo fue una simple andanada.

-¿Sabes lo que eres? ¡Una puta!

Pegó su cara a la mía. Sus ojos despedían rayos.

-Repite eso si tienes coraje. Pronuncié bien las sílabas:

-¡Pu-ta! ¡Pros-ti-tu-ta!

Agarró la mano de cuero de encima de la cómoda y comenzó a pegarme sin piedad. Me volví de espaldas y escondí la cabeza entre las manos. El dolor era menor que mi rabia.

-¡Puta! i Puta! i Hija de una puta!...

Ella no paraba y mi cuerpo era un solo dolor de fuego. En eso entró Antonio. Y corrió en ayuda de mi hermana, que ya estaba comenzando a cansarse de tanto pegarme.

-¡Mata, asesina! ¡La cárcel está ahí para vengarme!

Y ella pegaba, pegaba hasta el punto de que yo había caído de rodillas, apoyándome en la cómoda.

-¡Puta! ¡Hija de puta!

Totoca me levantó y me puso de frente.

-Cállate la boca, Zezé, no puedes insultar así a tu hermana.

-Ella es una puta. Asesina. ¡Hija de puta!

Entonces él comenzó a pegarme en la cara, en los ojos, en la nariz, en la boca. Sobre todo en la boca.

Mi salvación fue que Gloria escuchara. Estaba en lo del vecino, conversando con doña Rosena, y vino volando, atraída por la gritería. Entró en la sala como un huracán. Gloria no era para jugar, y cuando vio que la sangre mojaba mi cara apartó a Totoca hacia un lado y ni le importó que Jandira fuera la mayor, alejándola de un empujón. Yo yacía en el suelo, casi sin poder abrir los ojos y respirando con dificultad. Me llevó al dormitorio. Yo ni lloraba, pero en cambio el rey Luis, que se había escondido en el dormitorio de mamá, hacía un barullo terrible.

Gloria protestaba:

-¡Un día de éstos ustedes matan a esta criatura y quiero ver qué pasará! Son unos monstruos sin corazón.

Me había acostado en la cama e iba a buscar la santa palangana de salmuera. Totoca entró bastante confundido en el dormitorio. Gloria lo empujó.

-¡Sal de aquí, cobarde!

-¿No escuchaste lo que estaba insultando?

-El no estaba haciendo nada. Ustedes lo provocaron. Cuando yo salí, estaba quietecito haciendo su globo. Ustedes no tienen corazón. ¿Cómo se le puede pegar así a un hermano?

Y mientras me limpiaba la sangre, escupí en la palangana un pedazo de diente. ¡Aquello echó fuego al volcán!

-¡Mira lo que hiciste, sinvergüenza! Cuando quieres pelear tienes miedo y lo llamas a él. ¡Cobardón! Con nueve años y todavía meando la cama. Voy a mostrarle a todo el mundo tu colchón y tus pantalones mojados, que andas escondiendo en el cajón todas las mañanas.

Después echó a todo el mundo afuera del dormitorio y atrancó la puerta. Encendió la luz porque ya la noche era completa. Me sacó la camisa y fue lavando las manchas y las heridas de mi cuerpo.

-¿Te duele, Gum?

-Esta vez está doliendo mucho.

-Voy a hacerlo despacito, mi diablito querido. Pero necesito que te quedes de espaldas un rato para secarte; si no la ropa se te va a pegar y va a dolerte.

Pero lo que más me dolía era la cara. Dolía de dolor y rabia ante tanta maldad sin motivo.

Después que las cosas mejoraron, ella se acostó a mi lado y se quedó acariciándome el pelo.

-Viste, Godóia. Yo no estaba haciendo nada. Cuando lo merezco no me importa que me peguen. Pero yo no estaba haciendo nada.

Ella tragó en seco.

-Lo más triste fue lo de mi globo. ¡Estaba quedando tan lindo! Pregúntale a Luis.

-Te creo. Seguro que iba a ser muy lindo. Pero no importa. Mañana vamos a casa de Dindinha y compramos papel. Voy a ayudarte a hacer el globo más lindo del mundo. Tan bonito, que hasta las estrellas van a estar envidiosas.

-No sirve de nada, Godóia. Uno hace solamente un primer globo lindo. Cuando ése no sirve, nunca más acierta o tiene ganas de hacerlo.

-Un día... un día... voy a llevarte lejos de esta casa. Nos vamos a ir a vivir...

Se detuvo. Seguramente pensaba en la casa de Dindinha, pero allá sería el mismo infierno. Fue entonces cuando resolvió participar directamente de mi planta de naranja-lima y de mis sueños.

-Te llevo a vivir al rancho de Tom Mix o de Buck Jones.

-Pero a mí me gusta más Fred Thompson.

-Entonces nos vamos para allá.

Y completamente desamparados comenzamos a llorar juntos y bajito...

* * *


Durante dos días, a pesar de mi nostalgia, no fui a ver al Portugués. No dejaban que fuese a la escuela. Nadie quería dar muestras de tamaña brutalidad. Cuando mi rostro se deshinchara y mis labios cicatrizaran reanudaría el ritmo de mi vida. Pasaba los días sentado con mi hermanito, junto a Minguito, sin ganas de conversar. Con miedo de todo. Papá había jurado que me molería a palos si llegaba a repetir otra vez lo que dijera a Jandira. De modo que respiraba hasta con miedo de respirar. Mejor era refugiarme en la pequeña sombra de mi planta de naranja-lima. Quedarme mirando las montañas de figuritas que el Portuga me regalaba, y enseñar con paciencia al rey Luis a jugar a las bolitas. El no tenía demasiada habilidad, pero algún día acabaría por aprender.

Pero mi nostalgia era muy grande. El Portuga debía de extrañarme, y si él hubiera sabido realmente dónde vivía hasta habría sido capaz de venir a buscarme. Hacía falta a mi oído, a la ternura de mi oído, aquella manera de hablar medio grave y llena de "tú". Doña Cecilia Paim me había dicho que para que uno pudiera tratar a otros de "tú" tenía que saber mucha gramática. También le estaba haciendo falta a la nostalgia de mis ojos su rostro moreno, sus ropas oscuras siempre impecables, el cuello de la camisa duro, como si acabara de salir del cajón, su chaleco a cuadros, hasta sus gemelos dorados en forma de ancla.

Pero pronto, pronto estaría bien. Las heridas de los chicos cicatrizan en seguida y mucho antes de lo que decía esa frase que acostumbraban citar: "Cuando se case, sanará".

Esa noche papá no había salido. No había nadie en casa, salvo Luis, que ya dormía. Mamá debería de estar llegando del centro. Algunas veces hacía guardia en el Molino Inglés y la veíamos los domingos.

Yo había resuelto quedarme cerca de papá porque así no haría ninguna travesura. El estaba sentado en su sillón hamaca y miraba vagamente la pared. Su cara siempre con barba. Su camisa no siempre muy limpia. Seguro que no había salido a jugar con los amigos porque no tenía dinero. Pobre papá, debía ser triste saber que era mamá la que trabajaba para ayudar a mantener la casa. Lalá ya había entrado a la Fábrica. Debía de ser duro ir a buscar un montón de empleos y volver desanimado siempre por la misma respuesta: "Precisamos una persona más joven"...

Sentado en el umbral de la puerta, yo contaba las lagartijas blancuzcas de la pared y desviaba la vista para mirar a papá.

Solamente en aquella mañana de Navidad lo había visto tan triste. Necesitaba hacer alguna cosa por él. ¿Y si cantara? Podría cantar bien bajito, y eso seguramente que lo iba a mejorar. Repasé en la cabeza mi repertorio y me acordé de la última canción que aprendiera con don Ariovaldo. El tango; el tango era una de las cosas más bonitas que yo escuchara. Comencé bajito:
Yo quiero una mujer desnuda,

¡Bien desnuda la quiero tener....

De noche al claro de Luna

Quiero el cuerpo de esa mujer...

-¡Zezé!

-Sí, papá.



Me levanté rápidamente. A papá le debía de estar gustando mucho y querría que fuera a cantarla más cerca.

-¿Qué estás cantando?

Repetí.

Yo quiero una mujer desnuda...



-¿Quién te enseñó esa canción?

Sus ojos habían adquirido un brillo pesado, como si fuera a volverse loco.

-Fue don Ariovaldo.

-Ya dije que no quería que anduvieras en su compañía.

El no me había dicho nada. Creo que ni siquiera sabía que trabajaba de ayudante de cantor.

-Repite de nuevo la canción

-Es un tango de moda.

Yo quiero una mujer desnuda...

Estalló una bofetada en mi cara.

-Canta de nuevo.

Yo quiero una mujer desnuda...

Otra bofetada, otra, y otra más. Las lágrima, sin querer, saltaban de mis ojos.

-Vamos, continúa cantando.

Yo quiero una mujer desnuda...

Mi rostro casi no se podía mover, era arrojado a uno y otro lado. Mis ojos se abrían y volvían a cerrarse bajo el impacto de las bofetadas. No sabía si tenía que parar o que obedecer... Pero en mi dolor había resuelto una cosa. Sería la última paliza que soportaría; la última, aunque para eso tuviera que morir.

Cuando paró un poco y mandó que cantara, no canté. Lo miré con un desprecio enorme y le dije:

-¡Asesino!... Mátame de una vez. La cárcel está ahí para vengarme. Loco de furia, entonces se levantó del sillón hamaca. Se desabotonó el cinto. Aquel cinto que tenía dos hebillas de metal y comenzó a insultarme, apoplético; llamándome perro, porquería, inútil, vagabundo, si ésa era la forma de hablarle al padre...

El cinto silbaba con una fuerza terrible sobre mí. Parecía que tenía mil dedos que me acertaban en cualquier parte del cuerpo. Y me fui cayendo, encogiéndome en un rinconcito de la pared. Estaba seguro de que me iba a matar. Aún pude escuchar la voz de Gloria, que entraba para salvarme. Gloria, la única de pelo rubio, como yo. Gloria, a la que nadie tocaba. Sujetó la mano de papá y paró el golpe.

-¡Papá! ¡Papá! ¡Por amor de Dios, pégame a mí, pero no le pegues más a esta criatura!

Arrojó el cinto sobre la mesa y se pasó las manos por el rostro. Lloraba por él y por mí.

-Perdí la cabeza. Pensé que se estaba burlando de mí, que me faltaba al respeto.

Al levantarme Gloria del suelo, me desmayé. Cuando volví a darme cuenta de las cosas, ardía en fiebre. Mamá y Gloria estaban a mi cabecera y me decían cosas cariñosas. En el comedor se notaba el ir y venir de mucha gente; hasta Dindinha había sido llamada. A cada movimiento me dolía todo. Después supe que querían llamar al médico, pero no se atrevían.

Gloria me trajo un caldo que había hecho y trató de darme algunas cucharadas. Mal podía respirar y menos tragar. Quedaba en una somnolencia endiablada y cuando me despertaba el dolor iba disminuyendo. Pero mamá y Gloria continuaban velándome. Mamá pasó la noche conmigo y solamente bien de madrugada se levantó para prepararse. Tenía que ir a trabajar. Cuando vino a despedirse de mí, me tomé de su cuello.

-No va a ser nada, hijito. Mañana ya estarás bien...

-Mamá. . .

Le hablé bajito, haciendo la peor acusación de mi vida.

-Mamá, yo no debía de haber nacido. Debía haber sido como mi globo...

Me acarició tristemente la cabeza.

-Todo el mundo debe haber nacido así, como nació. Tú también. Solo que a veces, Zezé, eres demasiado atrevido...


5

SUAVE Y EXTRAÑO PEDIDO

Se necesitó una semana para que me recuperase del todo. Mi desánimo no provenía de los dolores ni de los golpes. Aunque es verdad que en casa comenzaron a tratarme tan bien que era como para desconfiar. Pero algo faltaba. Algo importante que me hiciese volver a ser el mismo, tal vez a creer en las personas, en la bondad de ellas. Me quedaba quietecito, sin ganas de nada, sentado casi siempre cerca de Minguito, mirando la vida, perdido en un desinterés por todo. Nada de conversar con él ni de escuchar sus historias. Lo más que sucedía era dejar a mi hermanito que se quedara cerca. Hacer trencitos del Pan de Azúcar con los botones, que él adoraba, y dejarlo subir y bajar los cien trencitos todo el día. Lo miraba con una ternura inmensa, porque cuando era criatura como él también me gustaba eso...

Gloria estaba muy preocupada con mi silencio. Ella misma me traía mi montaña de figuritas, mi bolsa con bolitas, y a veces yo ni jugaba. No tenía ganas de ir al cine ni de salir a lustrar zapatos. La verdad es que no conseguía dejar de estirar mi dolor de adentro. De bichito golpeado malvadamente, sin saber por qué....

Gloria preguntaba por mi mundo de fantasías.

-No están; se fueron lejos....

Por supuesto que me refería a Fred Thompson y a los otros amigos.

Pero ella nada sabía de la revolución que se realizaba dentro de mí. Lo que había resuelto. Iba a cambiar de películas. ¡No más películas de cowboys, ni de indios ni de nada! De ahora en adelante solo iría a ver películas de amor, como las llamaban los grandes. Con muchos besos, muchos abrazos y donde todo el mundo se quisiera. Ya que solamente servía para recibir golpes, por lo menos podría ver a otros quererse.

Llegó el día en que ya podía ir a la escuela. Pero no fui a ella. Sabía que el Portuga había pasado una semana esperando con "nuestro" coche, y naturalmente solo volvería a esperarme cuando le avisara. Debía de estar muy preocupado con mi ausencia. Aunque me supiera enfermo no vendría a verme. Nos habíamos dado palabra, habíamos hecho un pacto de muerte con nuestro secreto. Nadie, solo Dios, debería conocer nuestra amistad.

Junto a la confitería, frente a la Estación, estaba el coche, tan lindo, detenido. Nació el primer rayo de sol de alegría. Mi corazón se adelantó a mí cabalgando sobre mi nostalgia. ¡Iba a ver a mi amigo!

Pero en ese momento una fuerte pitada me dejó todo tembloroso, al sonar en la entrada de la Estación. Era el Mangaratiba. Violento, orgulloso, dueño de todos los rieles. Pasó volando, haciendo zangolotear los vagones. Las personas miraban desde las ventanitas. Todos los que viajaban eran felices. Cuando era más chico me gustaba quedarme viendo pasar al Mangaratiba, y decir adiós a los pasajeros hasta no terminar nunca. Hasta que el tren desaparecía en el horizonte. Hoy quien pasaba por algo semejante era Luis.

Lo busqué entre las mesas de la confitería y allí estaba. En la última mesa, para poder ver a los clientes que llegaban. Se hallaba de espaldas, sin saco y con el lindo chaleco de cuadros, dejando escapar las mangas blancas de la camisa limpia.

Me fue dominando una debilidad tan grande que apenas conseguí llegar cerca de sus espaldas. Quien dio la alarma fue don Ladislao:

-¡Portuga, mira quién está ahí!

Se dio vuelta despacio y su rostro se abrió en una sonrisa de felicidad. Abrió los brazos y me apretó largamente.

-Mi corazón estaba diciéndome que vendrías hoy. Después me miró un cierto tiempo.

-Entonces, fugitivo, ¿dónde estuviste todo este tiempo?

-Estuve muy enfermo. Empujó una silla.

-Siéntate.

Chasqueó con los dedos, llamando al mozo, que ya sabía lo que me gustaba. Pero cuando trajo el refresco y las galletas, ni los toqué. Apoyé la cabeza sobre los brazos y así me quedé, sintiéndome débil y triste.

-¿No quieres?

Como no respondiera, el Portuga levantó mi cara. Me mordía los labios con fuerza y mis ojos estaban inundados.

-Pero ¿qué es eso, muchacho? Cuéntale a tu amigo. ..

-No puedo. Aquí no puedo... Don Ladislao estaba balanceando la cabeza negativamente, como si no comprendiera nada. Resolví decir algo:

-Portuga, ¿es verdad que el coche todavía es "nuestro" coche?

-Sí, ¿todavía tienes dudas?

-¿Serías capaz de llevarme a dar un paseo? Se asustó con el pedido.

-Si quieres, vamos ya.

Como viese que mis ojos estaban todavía más mojados, me tomó por el brazo, me llevó hasta el auto y me sentó sin necesitar abrir la puerta.

Volvió para pagar el gasto y escuché que conversaba con don Ladislao y otros.

-Nadie entiende a esta criatura en su casa. Nunca vi un niño con tanta sensibilidad.

-Cuenta la verdad, Portuga. A ti te gusta mucho este diablillo.

-Mucho más de lo que te imaginas. Es un chiquilín maravilloso e inteligente.

Fue hasta el coche y se sentó.

-¿Adonde quieres ir?

-Solamente salir de aquí. Podríamos ir hasta el camino de Murundu. Es cerca y no se gasta mucha gasolina.

Se rió.


-¿No eres demasiado niño para entender esos problemas de los grandes?

Allá en casa la pobreza era tanta que desde muy temprano uno aprendía eso de no gastar en cualquier cosa. Todo costaba dinero. Todo era caro.

Durante el pequeño viaje, no dijo nada. Dejaba que recuperara. Pero cuando todo se fue perdiendo y el camino iba trasformándose en una maravilla de verdes pastos, paró el coche, me miró y sonrió con esa bondad que colmaba lo que faltaba de bondad en el resto del mundo.

-Portuga, mírame la cara. Cara no, hocico. En casa dicen que yo tengo hocico, porque no soy gente sino bicho; soy indio Pinagé e hijo del diablo.

-Prefiero mirar tu cara.

-Pero mírame bien. Mira cómo todavía estoy hinchado de tantas palizas.

Los ojos del portugués adquirieron una expresión de inquietud y de pena.

-Pero, ¿por qué te hicieron eso?

Le fui contando todo, todo, sin exagerar una palabra. Cuando terminé, sus ojos estaban húmedos y no sabía qué hacer.

-Pero no pueden pegarle tanto a una criatura como tú. Aún no cumpliste los seis años. ¡Virgen mía de Fátima!

-Yo sé por qué. No sirvo para nada. Soy tan malo que cuando llega la Navidad sucede que, en vez de nacer el Niño Jesús, ¡nace el Niño-Diablo!...

-Esas son tonterías. Todavía eres un angelito. Puedes ser un poco travieso...

Aquella idea fija volvió a atormentar mi mente.

-Soy tan malo que ni debería haber nacido. Le dije eso a mamá el otro día.

Por primera vez, él tartamudeó.

-No debías haber dicho eso.

-Te dije que quería hablar contigo porque lo necesitaba mucho. Yo sé que es una desgracia que papá, a su edad, no pueda conseguir trabajo; sé que eso debe doler mucho. Mamá tiene que salir de madrugada a trabajar para ayudar a mantener la casa; trabaja en los telares del Molino Inglés. Ella usa una faja porque fue a levantar una caja pesada y se le hizo una hernia. Lalá es una muchacha que hasta estudió mucho, pero tuvo que emplearse como obrera en la Fábrica. . . Todo eso es malo. Pero no por ello papá tenía que pegarme así. En Navidad le dije que podía pegarme tanto como quisiera, pero esta vez fue demasiado.

Me miraba a la cara, atónito.

-¡Virgen mía de Fátima! ¿Cómo una criatura así puede entender y sufrir los problemas de la gente grande? ¡Nunca vi una cosa igual!

Tragó un poco de saliva por la emoción.

-Somos amigos, ¿no es cierto? ¿Vamos a conversar de hombre a hombre? Aunque a veces me da escalofríos hablar de ciertas cosas contigo. Pues bien, creo que no debieras haberle dicho esas palabrotas a tu hermana. Por otra parte, nunca deberías decir palabrotas, ¿no?

-Pero soy muy chico; es mi manera de vengarme.

-¿Sabes lo que significan? Hice que sí con la cabeza.

-Entonces no puedes ni debes. Hicimos una pausa.

- ¡Portugal

-¿Eh?


-¿No quieres que yo diga palabrotas?

-No.


-Bueno, si no me muero, no volveré a insultar más.

-Muy bien. Pero ¿qué asunto es ése de morir?

-Cuando lleguemos, dentro de un rato, te voy a contar.

Volvimos a callarnos y el Portugués estaba ensimismado.

-Necesito saber una cosa, ya que confias en mi.

¿Esa historia de la música, eso del tango; tú sabías lo que estabas cantando?

-No quiero mentirte. Yo no lo sabía bien, pero lo aprendí porque aprendo todo. Porque la música es muy linda. No pensaba en lo que quería decir... ¡Pero me pegó tanto, Portugal No importa...

Sollocé largamente.

-No importa, porque lo voy a matar.

-¿Qué es eso, muchacho, matar a tu padre?

-Sí, voy a matarlo. Ya comencé. Matar no quiere decir que uno tome el revólver de Buck Jones y haga ¡bum! No es eso. Uno lo mata en el corazón. Va dejando de querer. Y un buen día la persona muere.

-Qué cabecita imaginativa que tienes. Decía eso, pero no conseguía esconder la emoción que lo asaltaba.

-Pero ¿no me dijiste también a mí que me matabas?

-Lo dije al comienzo. Después te maté al contrario. Te hice morir naciendo en mi corazón. Eres la única persona a la que quiero, Portuga. El único amigo que tengo. No porque me regales fotos, refrescos, galletas o bolitas... Te juro que estoy diciendo la verdad.

-Pero, caramba, si todo el mundo te quiere... tu mamá, y hasta tu padre. Tu hermana Gloria, el rey... ¿Acaso te olvidaste de tu planta de naranja-lima? Ese tal Minguito y...

-Xururuca.

-Entonces...

-Ahora es diferente, Portuga. Xururuca es un simple naranjito que ni siquiera sabe dar una flor...

Esa es la verdad... Pero tú, no. Tú eres mi amigo y por eso te pedí que diésemos un paseo en nuestro coche, que dentro de poco va a ser solamente tuyo. Vine a despedirme de ti.

-¿Despedirte?

-En serio. Ya ves, no sirvo para nada, estoy cansado de sufrir golpes y tirones de oreja. Voy a dejar de ser una boca más...

Comencé a sentir un nudo doloroso en la garganta. Necesitaba mucho coraje para contar el resto.

-Entonces, ¿vas a escaparte?

-No. Pasé toda la semana pensando en eso. Hoy de noche me voy a tirar debajo de las ruedas del Mangaratiba.

Ni siquiera habló. Me apretó fuertemente entre sus brazos y me consoló de la manera que sabía hacerlo.

-No, no digas eso, por amor de Dios. Tienes una linda vida por delante. Con esa cabeza y esa inteligencia. No digas eso, que es pecado. No quiero que ni pienses ni repitas eso. ¿Y yo? ¿Tú no me quieres? Si me quieres y no estás mintiendo, no debes hablar más así.

Se alejó de mí y me miró a los ojos. Pasó la palma de sus manos sobre mis lágrimas.

-Yo te quiero mucho, muchacho. Mucho más de lo que piensas. Vamos, sonríe.

Sonreí, medio aliviado con la confesión.

-Todo eso va a pasar. Pronto serás dueño de las calles con tus cometas, rey de las bolitas, un vaquero tan fuerte como Buck Jones... Por otra parte, estuve pensando una cosa. ¿Quieres saberla?

-¡Quiero!

-El sábado no iré a visitar a mi hija. Ella fue a pasar unos días a Paquetá con el marido. Había pensado, como el tiempo es bueno, ir a pescar en el Guandu. Como estoy sin un gran amigo para acompañarme, pensé en ti.

Mis ojos se iluminaron.

-¿Me llevarías?

-Bien, si quieres, sí. No tienes ninguna obligación. La respuesta fue recostar mi cara en su cara afeitada y lo apreté en mis brazos, rodeando con ellos su cuello.

Estábamos riendo y toda la tragedia se había alejado.

-Hay un lugar muy lindo. Llevaremos alguna cosa para comer. ¿Qué es lo que más te gusta?

-Tú, Portuga.

-Hablo de salame, huevos, bananas...

-Me gusta todo. En casa se aprende a que le guste todo lo que tiene y cuando tiene.

-Entonces, ¿vamos?

-Ni voy a dormir pensando en eso. Pero había un grave problema circundando la felicidad.

-¿Y qué vas a decir para poder alejarte de tu casa todo un día?

-Invento cualquier cosa.

-¿Y si después te descubren?

-Hasta fin de mes no pueden pegarme. Se lo prometieron a Gloria, y Gloria es una fiera. Es la única gata barcina que se parece a mí.

-¿Verdad?

-Sí. Solamente me podrán golpear después de un mes, cuando me "recupere".

Encendió el motor y recomenzó la marcha de regreso.

-¿Quiere decir que de aquello no se habla más?

-Aquello ¿qué cosa?

-Lo del Mangarativa.

-Voy a demorar un tiempo más para hacer eso.

-Me parece bien.

Después supe, por don Ladislao, que a pesar de mi promesa el Portuga regresó a su casa luego que el Mangarativa pasó de regreso. Bien entrada la noche.

* * *


Habíamos viajado por lindos caminos. La carretera no era ancha ni asfaltada, ni empedrada; pero, en compensación, los árboles y los pastos eran una belleza. Y eso para no hablar del sol y del cielo alegre, tan azul. Una vez Dindinha había dicho que la alegría es "un sol brillante dentro del corazón". Porque el sol lo iluminaba todo de felicidad. Si eso era verdad, dentro de mi pecho un sol lo embellecía todo...

Volvimos a conversar sobre ciertas cosas, mientras el coche se deslizaba sin ningún apuro. Hasta parecía que él también quería escuchar la conversación.

-Es cierto, cuando estás conmigo eres una seda y muy buenito. Dices que tu maestra... ¿cómo se llama?...

-Doña Cecilia Paim. ¿Sabes que ella tiene una manchita blanca en uno de los ojos?

Se rió.

-Pues doña Cecilia Paim, según me dijiste, no creería en nada de lo que haces fuera de las clases. Con tu hermanito y con Gloria eres bueno. Entonces, ¿por que cambias así?



-Eso es lo que no sé. Solamente sé que todo lo que hago termina en travesura. Toda la calle conoce mi maldad. Parece que el diablo anda soplándome cosas al oído. Si no fuera así, no inventaría tanta travesura, como dice tío Edmundo. ¿Sabes lo que hice una vez con tío Edmundo? ¿Nunca te lo conté?

-No me lo contaste.

-Mira, hace ya como seis meses. Recibió una hamaca-red del Norte e hizo alardes. No dejaba que nadie se hamacara en la red, el muy hijo de puta...

-¿Qué dijiste?

-Bueno, el miserable; cuando terminaba de dormir, la desarmaba y la llevaba debajo del brazo. Como si uno le fuera a sacar un pedazo. Un día fui a casa de Dindinha y ella no me vio entrar. Debía de estar con los anteojos en la punta de la nariz, leyendo los avisos. Di vuelta a la casa. Miré las guayaberas, y nada. En eso vi a tío Edmundo roncando en la red armada entre la cerca y un tronco de naranjo; roncaba como un cerdo, con la boca medio blanda y abierta. El diario había caído al suelo. Entonces el diablo me dijo una cosa y vi que tenía una caja con fósforos dentro del bolsillo. Rompí una tira de papel sin hacer ruido. Junté las otras hojas del diario y les prendí fuego. Cuando aparecieron las llamas bien debajo del...

Hice una pausa y pregunté seriamente:

-Portuga, ¿puedo decir traste?

-Bueno. Pero es medio palabrota y no se debe hablar así.

-¿Y cómo puede decir uno cuando quiere hablar del traste?

-Nalgas.


-¿Cómo? Debo aprender esa palabra difícil.

-Nalgas. Nal-gas.

-Bueno, cuando comenzó a quemarse debajo de las nalgas de su traste, corrí al portón, me escapé y me quedé mirando lo que pasaba por un agujerito de la cerca- Fue un alarido infernal. El viejo dio un salto y levantó la hamaca. Dindinha corrió y encima le pegó un reto "Estoy cansada de decirte que no debes acostarte en la red mientras estás fumando." Y viendo el diario quemado, todavía protestó porque no lo había leído.

El Portugués se reía con ganas y yo estaba contento al verlo tan alegre.

-¿No te agarraron?

-Ni me descubrieron. Eso se lo conté solamente a Xururuca. Si me agarraban seguro que me cortaban los huevos.

-¿Cortaban el qué?

-Bueno, me capaban.

Volvió a reír y nos quedamos mirando la carretera. Soplaba una polvareda amarilla por todos los rincones por los que el coche pasaba. Pero estaba pensando una cosa.

-Portuga, ¿no me mentiste, no?

-¿Sobre qué, bandido?

-Mira que nunca escuché decir a nadie: "Le dieron una patada en las nalgas". ¿Tú sí lo escuchaste? Nuevamente se echó a reír.

-Eres tremendo. Tampoco yo lo oí nunca. Pero dejemos eso. Olvidemos las nalgas y usa, en cambio, la palabra trasero. Dejemos esta conversación, o si no acabaré sin saber qué responderte. Mira el paisaje, que cada vez estará más poblado de árboles grandes. El río está cada vez más cerca.

Dio vuelta a la derecha y tomó un atajo. El coche andando, andando, fue a parar en un descampado. Solamente había un árbol grande lleno de enormes raíces. Aplaudí por tanta felicidad.

-¡Qué lindo! ¡Qué lugar más lindo! Cuando me encuentre con Buck Jones le voy a decir que las campiñas y planicies suyas no le llegan a los pies a las nuestras.

Me acarició la cabeza.

-Así te quiero ver siempre. Viviendo los buenos sueños y no con embustes en la cabeza.

Bajamos del coche y le ayudé a descargar las cosas hasta la sombra de los árboles.

-¿Vienes siempre solo aquí, Portuga?

-Casi siempre. ¿Ves? También tengo un árbol.

-¿Cómo se llama, Portuga? Quien tiene un árbol así de grande, ha de bautizarlo. El pensó, sonrió y pensó.

-Es un secreto mío, pero te lo voy a decir. Se llama Reina Carlota.

-Y ella ¿habla contigo?

-Hablar, no habla. Porque una reina nunca habla directamente con sus súbditos. Pero yo siempre la trato de "Majestad".

-¿Qué quiere decir súbditos?

-Forman el pueblo que obedece a lo que manda la reina.

-¿Y yo voy a ser súbdito tuyo?

Soltó una carcajada tan fuerte que levantó viento en la hierba.

-No, porque no soy rey y no mando nada. Yo siempre te pediré las cosas.

-Pero tú podrías ser rey. Tienes todo para serlo. Todo rey es gordo, como tú. El rey de copas, el de espadas, el de bastos y el de oros. Todos los reyes de la baraja son lindos como tú, Portuga.

-Vamos. Vamos con el trabajo; si no con esta conversación tan larga no pescaremos nada.

Tomó una caña de pescar, una lata en la que tenía un montón de gusanos, se quitó los zapatos y el chaleco. Sin el chaleco resultaba todavía más gordo. Señaló el río

-Hasta allí puedes jugar, porque el río es poco hondo. Para el otro lado, no, porque es muy profundo Ahora voy a quedarme aquí pescando. Si quieres quedarte conmigo, no puedes hablar, porque de lo contrario los peces huyen.

Lo dejé sentado allá y me fui a explorar. Descubrí cosas. ¡Qué lindo era aquel pedazo de río! Me mojé los pies y vi cantidad de sapitos de aquí para allá en el agua. Quedé mirando la arena, las piedras y las hojas que eran empujadas por la corriente. Me acordé de Gloria:


Déjame, fuente, decía

La flor al llorar.

Yo he nacido en el monte,

No me lleves hacia el mar.


Ay, balanceo de mis ramas,

Balanceo de las ramas mías,

Ay, gotas de rocío claras,

Caídas del cielo azul. . .


Y la fuente sonora y fría,

Con un susurro burlón,

Por sobre la arena corría,

Corría llevando a la flor. . .

Gloria tenía razón. Aquello era la cosa más linda del mundo. Lástima que no pudiera contarle que había visto vivir a la poesía. Si bien no con una flor, por lo menos con un buen número de hojitas que caían de los árboles e iban a parar al mar. ¿Sería verdad que el río, ese río, también iba hacia el mar? Podría preguntárselo al Portuga. Pero, no, eso estorbaría su tarea de pescador. Pero de la pesca solamente se logró sacar dos "lambaos", que hasta daba pena haberlos pescado.

El sol estaba bien alto. Mi cara se hallaba encendida de tanto como jugaba y conversaba con la vida. Fue entonces cuando el Portuga vino hacia donde me encontraba y me llamó. Fui corriendo como un cabrito,

-Cómo estás de sucio, muchacho.

-Jugué a todo. Me acosté en el suelo. Jugué con el agua...

-Vamos a comer. Pero no puedes comer asi, tan sucio como si fueses un chanchito. Vamos, desvístete y te bañas en aquel lugar poco hondo.

Pero me quedé indeciso, sin querer obedecer.

-No sé nadar.

-No es necesario. Te vigilo desde aquí cerca. Continuaba quieto. No quería que él viese...

-No me vas a decir que tienes vergüenza de desvestirte cerca de mí.

-No. No es eso...

No tenía otra alternativa; me volví de espaldas y comencé a quitarme la ropa. Primero la camisa, después los pantalones con los tirantes de género.

Tiré todo en el suelo y me volví hacia él, suplicante. En verdad no dijo nada, pero tenía el horror y la rebelión estampados en los ojos. No quería que viera las heridas y las cicatrices de las palizas que había recibido.

Solamente murmuró emocionado:

-Si te duele, no entres en el agua.

-Ya no me duele más.

* * *


Comimos huevos, salame, banana, pan, como a mí me gustaba. Fuimos a beber agua en el río y volvimos debajo de la Reina Carlota.

Ya se iba a sentar cuando le hice una seña para que se detuviera.

Coloqué la mano en el pecho e hice una reverencia al árbol.

-Majestad, su súbdito, el caballero Manuel Valadares, es el mayor guerrero de la nación Pinagé... y nos vamos a sentar debajo de la señora.

Nos reímos y luego nos sentamos.

El Portuga se extendió en el suelo, forró con el chaleco una raíz de árbol y dijo:

-Ahora llegó el momento de echarse un sueñecito.

-No tengo ganas de dormir.

-No importa. No voy a dejarte suelto por ahí, travieso como eres.

Me pasó la mano por encima del pecho y me hizo prisionero. Nos quedamos un largo tiempo mirando cómo las nubes escapaban por entre las ramas de los árboles. Había llegado el momento. Si yo no hablaba ahora, nunca más lo haría.

-¡Portuga!

-Humm...


-¿Estás durmiendo?

-Todavía no.

-¿Es verdad eso que le dijiste a don Ladislao en la confitería?

-Caramba, son tantas las cosas que le he dicho a don Ladislao en la confitería...

-Sobre mí. Yo escuché. Desde el coche lo oí todo.

-¿Y qué escuchaste?

-Que me quieres mucho.

-Claro que te quiero. ¿Entonces?

Me di vuelta sin libertarme de sus brazos. Miré sus ojos semicerrados. Su rostro, así, quedaba más gordo y más parecido al de un rey.

-No, quiero saber a fondo si me quieres.

-Claro que sí, bobito. ¡Y me apretó más para probar lo que había dicho.

-Estuve pensando seriamente. Tú tienes solo a esa hija que vive en "El Encantado", ¿no?

-Así es.

-Vives solo en aquella casa con dos jaulas de pajaritos, ¿verdad?

-Así es.

-Dijiste que no tenías nietos, ¿no?

-Así es.

-¿Y dices que me quieres?

-Así es.

-Entonces ¿por qué no vas a casa y le pides a papá que me regale a ti?

Quedó tan emocionado que se sentó y me tomó la cara con las dos manos.

-¿Te gustaría ser mi hijito?

-Uno no puede elegir al padre antes de nacer. Pero si hubiese podido hacerlo te hubiera elegido a ti.

-¿De veras, muchacho?

-Te lo puedo jurar. Además, sería una persona menos para comer. Te prometo que no hablo ni digo más palabrotas, ni siquiera "traste". Te lustro los zapatos, cuido de tus pajaritos en la jaula. Me vuelvo totalmente bueno. No va a haber mejor alumno en la escuela. Hago todo, todo bien.

No sabía qué contestar.

-En casa todo el mundo se muere de alegría si pueden darme. Va a ser un alivio. Tengo una hermana, entre Gloria y Antonio, que fue dada en el Norte. Fue a vivir con una prima que es rica para poder estudiar y aprender a ser gente...

El silencio continuaba y sus ojos estaban llenos de lágrimas.

-Y si no me quieren dar, tú me compras. Papá está sin ningún dinero. Seguro que me vende. Si pide muy caro puedes comprarme a crédito, así como hace don Jacobo cuando vende...

Como no respondiera, volví a mi antigua posición y él también.

-Sabes, Portuga, si no me quieres no importa. No quería hacerte llorar...

Acarició muy lentamente mi pelo.

-No se trata de eso, hijo mío. No es eso. La gente no resuelve así la vida, con una sola maniobra. Pero te voy a proponer una cosa. No podré sacarte del lado de tus padres ni de tu casa, aunque me gustaría mucho poder hacerlo. Eso no está bien. Pero de ahora en adelante yo, que te quería como a un hijo, voy a tratarte como si realmente lo fueras. Me erguí, exultante.

-¿Verdad, Portuga?

-Hasta puedo jurar, como tú dices siempre.

Hice una cosa que raramente hacía o me gustaba hacer con mis familiares. Besé su rostro gordo y bondadoso. . .


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