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Mi planta de naranja-lima


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EN UNA CELDA HE DE VERTE MORIR

Lo primero y más útil que uno aprende en la escuela son los días de la semana. Y ya dueño de los días de la semana, yo sabía que "él" venía el martes. Después descubrí también que un martes iba hacia las calles del otro lado de la Estación y otro hacia nuestro lado.

Por ello ese martes me hice la "rabona". No quería que ni siquiera Totoca lo supiera; si no tendría que pagarle algunas bolitas para que no contase nada en casa. Como era temprano y él debía aparecer cuando el reloj de la iglesia diera las nueve, fui a dar unas vueltas por las calles. Las que no eran peligrosas, claro. Primero me detuve en la iglesia y eché una mirada a los santos. Me daba cierto miedo ver las imágenes quietas, llenas de velas. Las velas, pestañeando, hacían que también el santo pestañeara. Todavía no estaba muy seguro de que fuese bueno ser santo y estar todo el tiempo quieto, quieto. Di una vuelta por la sacristía, donde don Zacarías se hallaba sacando las velas viejas de los candelabros y colocando otras nuevas. Estaba haciendo un montoncito de cabos encima de la mesa.

Se detuvo, colocose los anteojos en la punta de la nariz, resopló, se dio vuelta y respondió:

-Buen día, muchacho.

-¿No quiere que lo ayude?

Mis ojos devoraban los cabitos de vela.

-Solamente si quieres molestar. ¿No fuiste a clase hoy?

-Sí, fui. Pero la profesora no vino. Estaba con dolor de dientes.

-¡Ah!


Nuevamente se dio vuelta y se colocó otra vez los anteojos sobre la punta de la nariz.

-¿Qué edad tienes, muchacho?

-Cinco; no, seis años. Seis no, en realidad cinco.

-¿En qué quedamos, cinco o seis? Pensé en la escuela y mentí.

-Seis.

-Pues con seis años ya estás en buena edad para comenzar el Catecismo.



-¿Yo puedo?

-¿Por qué no? Solamente tienes que venir todos los jueves a las tres de la tarde. ¿Quieres venir?

-Depende. Si usted me da los cabitos de vela, vengo.

-¿Y para qué los quieres? El diablo me había musitado una cosa. Nuevamente mentí.

-Es para encerar el hilo de mi barrilete para que quede más fuerte.

-Entonces llévalos.

Reuní los pedacitos y los metí en medio de la bolsa, junto con los cuadernos y las bolitas. Deliraba de alegría.

-Muchas gracias, don Zacarías.

-Escucha bien, ¿eh? El jueves.

Salí volando. Como era temprano me daba tiempo para hacer aquello. Corrí hacia enfrente del Casino y, cuando no venía nadie, crucé la calle y pasé lo más rápidamente posible los pedacitos de cera por la calzada. Después volví corriendo y me quedé esperando, sentado en el umbral de una de las cuatro puertas cerradas del Casino. Quería ver de lejos quién iba a resbalar primero.

Ya estaba casi desanimado de tanto esperar. De pronto, ¡plaff! Mi corazón dio un salto; doña Corina, la madre de Nanzeazena, asomó con un pañuelo y un libro en el portal y comenzó a encaminarse hacia la iglesia.

-¡Virgen María!

Ella era amiga de mi madre, y Nanzeazena amiga íntima de Gloria. No quería ver nada. Me lancé a la carrera hasta la esquina y allí me paré a mirar. La mujer estaba desparramada en el suelo diciendo malas palabras.

Se juntó gente para ver si se había golpeado, pero por la manera en que ella insultaba solamente debía haberse hecho algunos rasguños.

-¡Son esos mocosos sinvergüenzas que andan por ahí!

Respiré aliviado. Pero no tanto como para dejar de darme cuenta de que por detrás una mano me había sujetado la bolsa.

-Eso fue obra tuya, ¿no, Zezé?

Don Orlando Pelo-de-Fuego. Nada menos que él, que durante tanto tiempo había sido nuestro vecino.

Perdí el habla.

-¿Fue así, o no?

-Usted no va a contar nada allá en casa, ¿verdad?

-No voy a contar, no. Pero ven acá, Zezé. Esta vez pasa, porque esa vieja es muy lengualarga. Pero no vuelvas a hacer esto, que alguien puede quebrarse una pierna.

Puse la cara más obediente del mundo y me soltó.

Volví a rondar por el mercado, esperando que él llegara. Antes pasé por la confitería de don Rozemberg, sonreí y hablé con él:

-Buen día, don Rozemberg. Me dio un "buen día" seco y ni una galleta. ¡Hijo de puta! Me daba alguna solamente cuando estaba con Lalá.

En ese momento el reloj dio las campanadas de las nueve. El nunca fallaba. Fui siguiendo sus pasos a distancia. Entró en la calle del Progreso y se paró casi en la esquina. Depositó la bolsa en el suelo y se echó el saco sobre el hombro izquierdo. ¡Ah, qué linda camisa a cuadros! Cuando sea hombre solamente voy a usar camisas así. Y además tenía un pañuelo rojo en el cuello y el sombrero caído hacia atrás. Hizo sonar una bocina fuerte, que llenó la calle de alegría.

-¡Acérquense! ¡Aquí están las novedades del día! También su voz de bahiano era linda.

-Los sucesos de la semana. ¡Claudionor!... Perdón... La última música de Chico Viola. El último éxito de Vicente Celestino. ¡Aprendan, amigos, que es la última moda!

Esa manera tan linda de pronunciar las palabras, casi cantando, me dejaba fascinado.

Lo que quería que cantase era "Fanny". Siempre lo hacía y yo quería aprenderla. Cuando llegaba a esa parte la que decía "En una celda he de verte morir", yo temblaba ante tanta belleza... Lanzó su vozarrón y cantó "Claudionor":


Fui a un baile en el "morro"* da Mangueira

Una mulata me llamó de tal manera. . .

No vuelvo más allá, tengo miedo de "cobrar".
Su marido es muy fuerte. Y capaz de matar. . .

No voy a hacer como hizo Claudionor,

Para mantener la familia fue a hacerse el estibador.

*Monte de poca elevación (N. de la T.).

Se detenía y anunciaba:

-Folletos de todos los precios, desde centavos hasta cuatrocientos "réis"*. ¡Sesenta canciones nuevas! Los últimos tangos.

*Antigua moneda (N. de la T.).

Ahí llegó mi felicidad, "Fanny".

Aprovechaste que ella estaba sólita

Y sin tiempo de llamar a una vecina. . .

La apuñalaste sin dolor ni compasión.

(Su voz volvíase suave, dulce, tierna, como para destrozar el corazón más duro.)

A la pobre, pobre Fanny, que tenía buen corazón.

Por Dios te juro que también has de sufrir. . .

En una CELDA HE DE VERTE MORIR

La apuñalaste sin dolor ni compasión

A la pobre, pobre Fanny, que tenía buen corazón.

La gente salía de las casas y compraba un folleto, no sin antes mirar cuál era el que más le agradaba. Y así es como yo estaba pegado a él, por causa de "Fanny".

Se volvió hacia mí con una sonrisa enorme.

-¿Quieres uno, muchacho?

-No, señor, no tengo dinero.

-Ya me parecía.

Agarró su bolsa y continuó gritando por la calle.

-El vals "Perdón", "Fumando espero" y "Adiós Muchachos", los tangos aun más cantados que "Noche de Reyes". En el centro se cantan solamente estos tangos. . . "Luz celestial", una belleza. ¡Vean qué letra!

Y parecía abrir el pecho:

Tienes en tu mirada una luz celestial que me hace creer. . .

Ver una irradiación de estrellas brillando en el espacio sideral.

Juro hasta por Dios que ni siquiera allá en los cielos

puede haber

Ojos que seduzcan tanto como los tuyos. . .

¡Oh! Deja que tus ojos miren bien los míos para recordar

La historia triste de un amor nacido en ola

lunar. . .

Ojos que bien dicen y sin poder hablar qué desdichado es amar. . .

Anunció varias otras cosas, vendió algunos folletos y tropezó conmigo. Se detuvo y me llamó haciendo chasquear los dedos. ,

-Ven acá, pajarito.

Obedecí, riendo.

-¿Vas o no vas a dejar de seguirme?

-No, señor. ¡Nadie en el mundo canta tan lindo como usted!

Se sintió medio lisonjeado y un tanto desarmado. Vi que comenzaba a ganar la partida.

-Ya me estás pareciendo piojo de cobra.

-Es que quería ver si usted cantaba mejor que Vicente Celestino y Chico Viola. ¡Y sí que canta mejor! Una amplia sonrisa se dibujó en su cara.

-¿Y tú ya los escuchaste, pajarito?

-Sí, señor. En el gramófono que hay en la casa del hijo del doctor Adauto Luz.

-Entonces es porque el gramófono era viejo o la aguja estaba arruinada.

-No, señor. Era nuevecita, acababa de llegar. ¡De verdad que usted canta mucho mejor, eso es lo que pasa! Estuve pensando una cosa.

-A ver.

-Yo lo sigo todo el rato. Bien. Usted me enseña cuánto cuesta cada folleto; entonces usted canta y yo vendo el folleto. A todo el mundo le gusta comprarle a un chico.



-No es mala idea, pajarito. Pero dime una cosa: vas porque quieres. Yo no puedo pagarte nada.

-¡Pero si yo no quiero nada!

-Entonces, ¿por qué?

-Porque me gusta cantar. Me gusta aprender. Y me parece que "Fanny" es lo más lindo del mundo. Y si al final usted vende mucho, mucho, entonces me da un folleto viejo que nadie quiera comprar, y se lo llevo a mi hermana.

Se quitó el sombrero y se rascó la cabeza, en la cual los cabellos le raleaban.

-Tengo una hermana muy joven llamada Gloria y se lo llevaría a ella. Solamente para eso.

-Entonces vamos.

Y nos fuimos cantando y vendiendo. El cantaba y yo iba aprendiendo.

Cuando llegó el mediodía, me miró medio desconfiado.

-¿Y no vas a tu casa para almorzar?

-Solamente cuando terminemos nuestro trabajo. Se rascó de nuevo la cabeza.

-Ven conmigo.

Nos sentamos en un banco de la calle Ceres y él sacó del fondo de su gran bolsa un enorme sandwich. De la cintura extrajo un cuchillo; era un cuchillo como para meter miedo. Cortó un pedazo del sandwich y me lo dio. Después bebió un trago de "cacica"* y pidió dos refrescos de limón para acompañar la merienda. El decía "merienda". Mientras se llevaba la comida a la boca me examinaba atentamente y sus ojos estaban muy contentos.

*Especie de aguardiente muy fuerte (N. de la T.).

-¡Sabes, pajarito, me estás dando suerte! Tengo una fila de chicos panzudos y nunca se me ocurrió la idea de aprovechar a uno de ellos para que me ayudara.

Tomó un gran trago de limonada.

-¿Cuántos años tienes?

-Cinco. Seis. . . Cinco.

-¿Cinco o seis?

-Todavía no cumplí seis.

-Pues eres un chico muy inteligente y bueno.

-¿Eso quiere decir que el martes que viene nos volveremos a encontrar? Se rió.

-Si tú quieres.

-Sí que quiero. Pero voy a tener que combinar con mi hermana Ella va a comprender. Hasta es conveniente porque nunca fui hasta el otro lado de la estación.

-¿cómo sabes que voy para allá?

-Porque todos los martes lo espero. Una vez usted viene y la otra no- Entonces Pensé que usted iría al otro.

-¡Mira que eres vivo! ¿Como te llamas?

-Zezé.


-Y yo, Ariovaldo. ¡Choque! - Tomó mi mano entre las suyas callosas para sellar "la amistad hasta la muerte''.

No fue muy difícil convencer a Gloria.

-Pero Zezé, ¿una vez por semana? ¿Y las clases?

Le mostré mi cuaderno y todos mis deberes, que estaban bien hechos y limpios. Las notas eran espléndidas. E hice lo mismo con el cuaderno de aritmética.

-Y en la lectura yo soy el mejor, Godóia. Pero ella no se decidía.

-Lo que estamos estudiando todavía va a repetirse durante varios meses. Hasta que esa caterva de burros aprenda, correrá el tiempo.

Se rió.

-¡Qué expresión, Zezé!



-Pero si es así, Gloria, aprendo mucho más cantando. ¿Quieres ver cuántas cosas nuevas aprendí? Tío Edmundo me enseñó. Mira: estibador, celestial, sideral y desdichado. Y encima de eso te traigo un folleto por semana, y te enseño las cosas más lindas del mundo.

-Bueno. Pero, eso sí, ¿qué le diremos a papá cuando note que todos los martes faltas a almorzar?

-No se dará cuenta. Cuando él pregunte, le mientes, diciéndole que fui a almorzar con Dindinha. Que fui a llevarle un recado a Nanzeazena y que me quedé allá para almorzar.

¡Virgen María! ¡Menos mal que aquella vieja no sabía lo que yo había hecho!...

Acabó estando de acuerdo, convencida de que era una manera de que no inventara travesuras y, por lo mismo, no me llevase muchas zurras. Además, sería lindo quedarnos debajo de los naranjos, los miércoles, enseñándole a cantar.

No veía la hora de que llegara el martes. Ya iba a esperar a don Ariovaldo a la Estación. Si no perdía el tren, llegaría a las ocho y media.

Husmeaba por todos los rincones, viéndolo todo. Me gustaba pasar por la confitería a mirar a la gente que bajaba las escaleras de la Estación. ¡Ese sí que era un buen lugar para limpiar zapatos! Pero Gloria no me dejaba, ya que la policía corría detrás de uno y le quitaba el cajón. Y, además, estaban los trenes. Solamente podía ir con don Ariovaldo si me daba la mano, aun para cruzar la línea por encima del puente.

Ahí llegaba él, sofocado. Después de "Fanny" se había convencido de que yo sabía qué era lo que le gustaba comprar a la gente.

Nos sentábamos en la pared de la Estación, frente al jardín de la Fábrica, y él abría el folleto principal, mostrándome la música y cantando el comienzo. Cuando a mí no me parecía bueno, buscaba otra.

-Esta es nueva, "Sinvergüencita". Cantó otra vez.

-Cántela de nuevo. Repitió la estrofa final.

-Esa, don Ariovaldo, además de "Fanny" y los tangos. ¡Vamos a venderlo todo!

Y nos fuimos por las calles llenas de sol y de polvo. Nosotros éramos los pajaritos alegres que confirmaban el verano

Su lindo vozarrón abría la ventana de la mañana.

-El éxito de la semana, del mes y del año. "Sinvergüencita", que grabó Chico Viola.
La Luna surge color de plata

En lo alto de la montaña verdeante

Y la lira del cantor en serenata

Despierta en la ventana a su amante.


Al sonido de la melodía apasionada

En las cuerdas de la sonora guitarra

Confiesa el cantor a su amada

Lo que tiene adentro del corazón...


Ahí, hacía una pequeña pausa, asentía dos veces con la cabeza y yo entraba con mi vocecita afinada.
Oh linda imagen de mujer que me seduce

Si yo pudiera estarías en un altar.

Eres la imagen de mis sueños, eres la luz,

Eres sinvergüencita, no necesitas trabajar...

¡Qué cosa! Las muchachas venían corriendo a comprar. Caballeros, gente de toda estatura y de todo tipo.

Lo que me gustaba era vender los folletos de cuatrocientos réis y de quinientos. Cuando era una muchacha, yo ya sabía.

-Su vuelto, señora.

-Guárdalo para comprarte caramelos.

Ya estaba pegándoseme la manera de hablar de don Ariovaldo.

Al mediodía, ya se sabe. Entrábamos en el primer bar, y "triquete tráquete", devorábamos el sandwich con refresco de naranja o de grosella.

Entonces yo metía la mano en el bolsillo, y desparramaba los vueltos en la mesa.

-Aquí está, don Ariovaldo -y empujaba los níqueles para su lado.

Se sonreía y comentaba:

-Eres un muchachito "decente", Zezé.

-Don Ariovaldo, ¿qué quiere decir "pajarito", como usted me decía antes?

-En mi tierra, la santa Bahía, les decimos así a los muchachitos barrigudos, pequeños, menuditos.

Se rascó la cabeza y se llevó la mano a la boca, a fin de eructar.

Pidió disculpas y agarró un mondadientes. El dinero continuaba en el mismo rincón.

-Estuve pensando, Zezé. De hoy en adelante puedes quedarte con esos vueltos. Al final de cuentas nosotros ahora somos un dúo.

-¿Qué es un dúo?

-Cuando dos personas cantan juntas.

-Entonces,¿puedo comprar una "mariamole"?*

*Reciben ese nombre un tipo de árboles y también un pez. En algunas regiones norteñas, una clase de masa (N. de la T.).

-El dinero es tuyo. Haz con él lo que quieras.

-Gracias, "compañero".

Se rió de la imitación. Ahora era yo quien comía y lo miraba.

-¿De veras formamos un dúo?

-Ahora sí.

-Pues déjeme cantar la parte del corazón de "Fanny"- Usted canta fuerte y yo entro con la voz más dulce del mundo.

-No es mala idea, Zezé.

-Entonces, cuando volvamos después del almuerzo, vamos a empezar con "Fanny", que da una suerte loca.

Y debajo del sol caliente recomenzamos el trabajo.

Habíamos comenzado a cantar "Fanny" cuando sucedió el desastre. Doña María de la Peña se acercó, muy beata debajo de la sombrilla, con la cara blanca de polvo de arroz. Se quedó parada escuchando nuestra "Fanny". Don Ariovaldo adivinó la tragedia y me susurró que continuase cantando al mismo tiempo que caminábamos.

¡Qué va! Estaba tan fascinado con el corazón de "Fanny" que ni noté qué pasaba.

Doña María de la Peña cerró la sombrilla y se quedó con la puntera golpeando en la de su zapato. Cuando acabé frunció la cara, muerta de rabia, y exclamó:

-¡Muy bonito! Muy bonito que una criatura cante una inmoralidad así.

-Señora, mi trabajo no tiene nada de inmoral. Cualquier trabajo honesto es un buen trabajo, y no me avergüenzo, ¿sabe?

Nunca vi a don Ariovaldo tan encrespado. ¡Ella quería pelea, entonces vería!

-¿Esa criatura es su hijo?

-No, señora, infelizmente.

-¿Su sobrino, pariente suyo?

-No es nada mío.

-¿Qué edad tiene?

-Seis años.

Dudó mirando mi tamaño. Pero continuó:

-¿No tiene vergüenza, explotar así a una criatura?

-No estoy explotando a nadie, señora. El canta conmigo porque quiere y le gusta, ¿oyó? Además, le pago, ¿no es cierto?

Dije que sí con la cabeza. La pelea me estaba pareciendo de lo más linda. Pero mis deseos eran darle un cabezazo en la barriga a ella y verla desparramarse por el suelo. ¡Bum!

-Pues sepa que voy a tomar medidas. Voy a hablar con el padre. Voy a hablar en el Juzgado de Menores. ¡Voy a llegar hasta la policía!

En ese punto enmudeció y sus ojos asustados se desorbitaron. Don Ariovaldo había sacado su enorme cuchillo y se lo acercaba. Parecía que ella fuera a tener un síncope.

-Entonces vaya, doña. Pero vaya en seguida. Yo soy muy bueno, pero tengo la manía de cortar la lengua a las brujas charlatanas que se meten en la vida ajena...

Se apartó, dura como una escoba, y ya lejos se dio vuelta para apuntarle con la sombrilla...

- ¡Ya va a ver!...

- ¡Quítese de mi vista, "bruja de Croxoxó". . .!

Abrió la sombrilla y fue desapareciendo en la calle, muy tiesa.

Por la tarde don Ariovaldo contaba las ganancias.

-Ya está todo, Zezé. Tenías razón; me das suerte. Me acordé de doña María de la Peña.

-¿Irá a hacer algo?

-No va a hacer nada, Zezé. A lo sumo irá a conversar con el cura, que le aconsejará: "Es mejor dejar todo como está, doña María. Esa gente del Norte no es para hacer bromas".

Metió el dinero en el bolsillo y apretó la bolsa.

Después, como hacía siempre, introdujo la mano en el bolsillo del pantalón y agarró un folleto doblado.

-Este es el de tu hermanita Gloria. Se desperezó:

- ¡Fue un día extraordinario!

Nos quedamos descansando unos minutos.

-Don Ariovaldo.

-¿Qué pasa?

-¿Qué quiere decir "bruja de Croxoxó"?

-¿Qué sé yo, hijo? Lo inventé en un momento de rabia.

Largó una alegre carcajada.

-¿Y usted la iba a acuchillar?

-No. Fue solo para asustarla.

-Si la hubiese acuchillado, ¿qué saldría, tripa o estopa de muñeca?

Se rió y me rascó la cabeza con afecto.

-¿Sabes una cosa, Zezé? Me parece que lo que en realidad saldría es mierda.

Los dos nos reímos.

-Pero no tengas miedo. No soy tipo de matar a nadie. Ni siquiera a una gallina. Le tengo tanto miedo a mi mujer que hasta me pega con el palo de la escoba.

Nos levantamos y se fue hacia la estación. Apretó mi mano y dijo:

-Para mayor seguridad vamos a pasar un par de veces sin volver por aquella calle. Apretó mi mano con más fuerza.

-Hasta el martes que viene, "cumpañero" Moví la cabeza afirmativamente, mientras él subía uno a uno los peldaños de la escalera. Desde arriba, me gritó:

-Eres un ángel, Zezé. . .

Le dije adiós con la mano y comencé a reírme.

-¡Ángel! Es porque él no sabe. .




SEGUNDA PARTE

Fue cuando apareció el Niño Dios en toda su tristeza


1

EL "MURCIÉLAGO"

-¡Corre, Zezé, que vas a perder el Colegio!

Estaba sentado a la mesa, tomando mi tazón de café y pan seco, y masticando todo sin ningún apuro. Como siempre, apoyaba los codos en la mesa y me quedaba mirando la hojita pegada en la pared.

Gloria se ponía nerviosa y sofocada. No veía la hora en que me fuera para hacerse cargo de toda la mañana, en paz para cumplir cada uno de los trabajos de la casa.

-Anda, diablito. Ni te peinaste; debías hacer como Totoca, que siempre está listo a la hora necesaria.

Venía de la sala con un peine y peinaba mis pelos rubios.

-¡También, este gato pelado no tiene ni qué Peinarle!

Me levantaba de la silla y me examinaba todo. Si la blusa estaba limpia, lo mismo que los pantalones. -Ahora vamonos, Zezé.

Totoca y yo nos poníamos a la espalda nuestras mochilas con los libros, los cuadernos y el lápiz. Nada de comida; eso quedaba para los otros chicos.

Gloria apretó el fondo de mi cartera, sintió el volumen de las bolsitas con bolitas y sonrió; en la mano llevábamos las zapatillas de tenis para calzarlas cuando llegásemos al Mercado, cerca de la Escuela.

Apenas alcanzábamos la calle, Totoca comenzaba a correr, dejándome caminar sólito, lentamente. Y entonces empezaba a despertarse mi diablo artero. Me gustaba que mi hermano se adelantara para poder reinar a gusto. Me fascinaba la carretera Río-San Pablo. "Murciélago." Sin duda, el "murciélago". Treparme a la parte trasera de los automóviles y sentir el camino desapareciendo a tal velocidad que el viento me castigaba, corriendo y silbando. Aquello era lo mejor del mundo. Todos nosotros lo hacíamos; Totoca me había enseñado, con mil recomendaciones, que me asegurara bien, porque los otros coches que venían atrás eran un peligro. Poco a poco aprendía a perder el miedo, y el sentido de la aventura me instigaba a buscar los "murciélagos" más difíciles. Yo era tan experto que hasta había aprovechado ya el coche de don Ladislau; solamente me faltaba el hermoso automóvil del Portugués. ¡Coche lindo, bien cuidado, era aquél! Los neumáticos siempre nuevos. Y todo de metal tan reluciente que uno se podía reflejar en él. La bocina daba gusto: era un mugido ronco, como si fuese el de una vaca en el campo. Y él pasaba estirado, dueño de toda esa belleza, con la cara más severa del mundo. Nadie se atrevía a trepar sobre su rueda trasera. Decían que pegaba, mataba y amenazaba capar al intruso antes de matarlo. Ningún chico de la escuela se atrevía, o se había atrevido hasta ahora. Cuando estaba conversando sobre eso con Minguito, me preguntó.

-¿Nadie, de veras, Zezé?

-Seguro, nadie. Ninguno tiene coraje. Sentí que Minguito se estaba riendo, casi adivinando lo que yo pensaba en ese momento.

-¿Y tú estás loco por hacerlo, no?

-Estar. . . estoy. Pero me parece que...

-¿Qué es lo que piensas? '

Ahí el que se había reído era yo.

-A ver, di.

-¡Eres curioso como el diablo!

-Siempre acabas contándome todo; no aguantas.

-¿Sabes una cosa, Minguito? Yo salgo de casa a las siete, ¿no? Cuando llego a la esquina son las siete y cinco. Bueno, a las siete y diez el Portugués detiene el coche en la esquina del cafetín del "Miseria y Hambre" y se compra un paquete de cigarrillos... Un día de estos cobro coraje, espero hasta que él suba al coche, y ¡zas!...

-No tienes coraje para eso.

-¿Que no tengo? Ya vas a ver, Minguito.

Ahora mi corazón estaba dando saltos. El coche detenido; él bajaba. El desafío de Minguito se mezclaba a mi miedo y mi coraje; no quería ir, pero una pequeña vanidad empujaba mis pasos. Di vueltas al bar y me quedé medio escondido contra la pared. Aproveché para meter las zapatillas dentro de la cartera. El corazón saltaba tan fuerte que tenía miedo de que sus golpes se escuchasen dentro del bar; salió sin haberme notado siquiera. Oí que la puerta se abría...

-¡Ahora o nunca, Minguito!

De un salto estaba pegado a la rueda, con todas las fuerzas que me había dado el miedo. Sabía que hasta la escuela la distancia era enorme. Ya comenzaba a pregustar mi victoria ante los ojos de mi compañero...

-¡Ay!

Di un grito tan grande y agudo que la gente salió a la puerta del café para ver quién había sido atropellado



Yo estaba colgado a medio metro del suelo, balanceándome, balanceándome. Mis orejas ardían como brasas. Algo había fallado en mis planes. Me había olvidado de escuchar, en mi confusión, el ruido del motor en funcionamiento.

La cara severa del Portugués parecía estarlo más aún. Sus ojos despedían llamaradas.

-Entonces, mocoso atrevido, ¿eras tú? ¡Un mocoso de ésos con semejante atrevimiento!. . .

Dejó que mis pies se apoyaran en el suelo. Soltó una de mis orejas y con un brazo gordo me amenazaba el rostro.

-¿Te piensas, mocoso, que no te he estado observando todos los días espiar mi coche? Voy a darte un correctivo y no tendrás nunca más ganas de repetir lo que hiciste.

La humillación me dolía más que el propio dolor. Solo tenía ganas de vomitar una serie de malas palabras sobre el bruto.

Pero no me soltaba y pareciendo adivinar mis pensamientos me amenazó con la mano libre.

- ¡Habla! ¡Insulta! ¿Por qué no hablas?

Mis ojos se llenaron de lágrimas de dolor, de humillación, ante las personas que estaban presenciando la escena y reían con maldad.

El Portugués continuaba desafiándome.

-Entonces, ¿por qué no insultas, mocoso?

Una cruel rebelión comenzó a surgir dentro de mi pecho y conseguí responder con rabia:

!No hablo ahora, pero estoy pensando. Y cuando crezca voy a matarlo.

El lanzó una carcajada que fue acompañada por los espectadores.

-Pues crece, mocoso. Acá te espero. Pero antes voy a darte una lección.

Soltó rápidamente mi oreja y me puso sobre sus rodillas. Me aplicó una y solo una palmada, pero con tal fuerza que pensé que mi trasero se había pegado al estómago. Entonces me soltó.

Salí atontado, bajo las burlas. Cuando alcancé el otro lado de la Río-San Pablo, que crucé sin mirar, conseguí pasarme la mano por el trasero para suavizar el efecto del golpe recibido. ¡Hijo de puta! Ya iba a ver. Juraba vengarme. Juraba que... pero el dolor fue disminuyendo en la proporción en que me alejaba de aquella desgraciada gente. Lo peor sería cuando en la escuela se enteraran. ¿Y qué le diría a Minguito? Durante una semana, cuando pasara por el "Miseria y Hambre", estarían riéndose de mí, con esa cobardía que tienen todos los grandes. Era necesario salir más temprano y cruzar la carretera por el otro lado...

En ese estado de ánimo me acerqué al Mercado. Me fui a lavar el pie en la pileta y a calzarme mis zapatillas. Totoca estaba esperándome, ansioso. No le contaría nada de mi fracaso.

-Zezé, necesito que me ayudes,

-¿Que hiciste?

-¿Te acuerdas de Bié?

-¿Aquel buey de la calle Barón de Capaiema?

-Ese mismo. Me va a agarrar a la salida. ¿No quieres pelearte con él, en mi lugar?...

-¡Pero me va a matar!

-¡Que va a matarte! Además, eres peleador y valiente.

-Está bien. ¿A la salida?

-Sí, a la salida.

Totoca era así, siempre se buscaba peleas y después era a mí a quien metía en el lío. Pero no estaba mal. Descargaría toda mi rabia por el Portugués contra Bié.

Verdad es que ese día recibí tantos golpes, que salí con un ojo morado y los brazos lastimados. Totoca estaba sentado con los demás, haciendo fuerza por mí, y con los libros sobre las rodillas; los míos y los de él. Se dedicaban a orientarme.

-Pégale un cabezazo en la barriga, Zezé. Muérdelo, clávale las uñas, que él solamente tiene gordura. Patea en los huevos.

Pero aun con ese ánimo que me daban y su orientación, a no ser por don Rozemberg, el de la confitería, yo habría quedado trasformado en picadillo. Salió de atrás del mostrador y sujetó a Bié por el cuello de la camisa, dándole unos zamarreos.

-¿No tienes vergüenza? ¡Semejante grandote pegarle a un chiquito así!

Don Rozemberg sentía una pasión oculta, como decían en casa, por mi hermana Lalá. Me conocía, y cada vez que estaba con alguno de nosotros nos daba galletas y caramelos con la mayor de las sonrisas, en las que brillaban varios dientes de oro.

***


No resistí y acabé contándole mi fracaso a Minguito. Tampoco hubiera podido esconderlo, con aquel ojo violeta e hinchado. Además de que, cuando papá me vio así todavía me dio unos coscorrones y sermoneó a Totoca A el papá nunca le pegaba. A mí, sí, porque yo era lo más malo que había.

Seguramente que Minguito lo había escuchado todo.

Entonces, ¿cómo podría dejar de contarle? Escuchó, furioso y solamente comentó cuando acabé, con voz enojada:

-¡Qué cobarde!

-La pelea no fue nada, si vieras.

Paso a paso le conté todo lo que había ocurrido con el "murciélago". Minguito estaba asustado por mi coraje y hasta me alentó:

-Algún día ya te vengarás.

-¡Sí que me voy a vengar! Voy a pedirle el revólver a Tom Mix y el "Rayo de Luna" a Fred Thompson, y voy a armarle una celada con los indios comanches; un día traeré su melena ondeando en la punta de una caña.

Pero en seguida pasó la rabia y nos pusimos a conversar de otras cosas.

-Xururuca, ni te imaginas. ¿Te acuerdas que la semana pasada gané un premio por ser buen alumno, aquel libro de cuentos La rosa mágica?

Minguito se ponía muy feliz cuando lo llamaba "Xururuca"; en ese momento, sabía que lo quería más aún.

-Me acuerdo, sí.

-Pero todavía no te conté que leí el libro. Es la historia de un príncipe al que un hada le regaló una rosa roja y blanca, Viajaba en un caballo muy lindo, todo enjaezado de oro; así dice el libro. Y en ese caballo enjaezado de oro salía buscando aventuras. Ante cualquier peligro acudía a la rosa mágica, y entonces aparecía una humareda enorme que permitía al príncipe escapar. En verdad, Minguito, me pareció que la historia era bastante tonta, ¿sabes? No es como esas aventuras que quiero tener en mi vida. Aventuras son las de Tom Mix y Buck Jones. Y Fred Thompson y Richard Talmadge. Porque luchan como locos, disparan tiros, dan trompadas. Pero si cualquiera de ellos anduviese con una rosa mágica, y ante cada peligro acudiese a ella, no tendría ninguna gracia, ¿no te parece?

-También creo que tiene poca gracia.

-Pero no es eso lo que quiero saber. Me gustaría saber si crees que una rosa puede ser así, mágica.

-Y... es bastante raro.

-Esa gente anda por ahí, contando cosas, y piensa que los chicos creemos cualquier cosa.

-Eso mismo.

Escuchamos un gran barullo, y resultó ser Luis que se venía acercando. Cada vez mi hermano estaba más lindo. Ya no era llorón ni peleador. Aun cuando me veía obligado a tomarlo a mi cuidado, siempre lo hacía con buena voluntad.

Le comenté a Minguito:

-Cambiemos de tema, porque le voy a contar esa historia a él; la va a encontrar linda. Y uno no debe quitarle las ilusiones a un niño.

-Zezé, ¿vamos a jugar?

-Yo ya estoy jugando. ¿A qué quieres jugar?

-Quería pasear por el Jardín Zoológico. Miré, desanimado, el gallinero con la gallina negra y las dos gallinitas blancas.

-Es muy tarde. Los leones ya se fueron a dormir y los tigres de Bengala también. A esta hora cierran todo; ya no venden más entradas.

-Entonces vamos a viajar por Europa. El muy picaro lo aprendía todo y hablaba correctamente cualquier cosa que escuchara. Pero la verdad es que no estaba dispuesto a viajar a Europa. Lo que deseaba era permanecer cerca de Minguito. El no se burlaba de mí ni se despreocupaba por mi ojo empavonado.

Me senté cerca de mi hermanito y le hablé con calma.

-Espera ahí, que voy a pensar en algún juego.

Pero en seguida el hada de la inocencia pasó volando en una nube blanca que agitó las hojas de los árboles, las matas de la cerca y las hojas de mi Xururuca. Una sonrisa iluminó mi rostro maltratado.

-¿Fuiste tú el que hizo eso, Minguito?

-Yo no.

- ¡Ah, qué belleza! Debe ser el tiempo en que llega el viento.



En nuestra calle había un tiempo para cada cosa. Tiempo de bolitas. Tiempo de trompos. Tiempo de coleccionar fotos de artistas del cine. Tiempo de cometas, que era el más lindo de todos. Los cielos se veían cubiertos en cualquier parte por cometas de todos los colores. Cometas lindas, de todas las formas. Era la guerra en el aire. Los cabezazos, las peleas, los enredos y los cortes.

Las navajitas cortaban los hilos y allá venía una cometa girando en el espacio, enredando el hilo de dirección con la cola sin equilibrio. El mundo se tornaba solamente de los chicos de la calle. De todas las calles de Bangú. Después eran los restos arrollados en los hilos, las corridas del camión de la "Light". Los hombres venían, furiosos, a arrancar las cometas muertas, confundiendo los hilos. El viento... el viento...

Con el viento vinieron las ideas.

-¿Vamos a jugar a la cacería, Luis?

-Yo no puedo montar a caballo.

-En seguida vas a crecer y podrás. Quédate sentadito ahí, y ve aprendiendo cómo es.

De repente Minguito se convirtió en el más lindo caballo del mundo; el viento aumentó y el pasto, medio ralo, se trasformó en una planicie inmensa, verde. Mi ropa de cowboy estaba enjaezada de oro. Relampagueaba en mi pecho la estrella de sheriff.

-Vamos, caballito, vamos. Corre, corre...

¡Zas, zas, zas! Ya estaba reunido con Tom Mix y Fred Thompson; Buck Jones no había querido venir esta vez y Richard Talmadge trabajaba en otra película.

-Vamos, vamos, caballito. Corre, corre. Allá vienen los amigos apaches llenando de polvo el camino.

¡Zas, zas, zas! La caballada de los indios estaba metiendo un ruido bárbaro.

-Corre, corre, caballito, la planicie está llena de bisontes y búfalos. Vamos a tirar, mi gente, ¡zas, zas, zas, zas!. . . ¡Purn, pum, pum!... ¡Fiu, fiu, fiu! Las flechas silbaban...

El viento, la galopada, la carrera loca, las nubes de polvo y la voz de Luis, casi gritando:

-¡Zezé! ¡Zezé!. . .

Fui deteniendo el caballo lentamente y salté sofocado por la proeza.

-¿Qué pasa? ¿Algún búfalo fue por tu lado?

-No. Vamos a jugar a otra cosa. Hay muchos indios y me dan miedo.

-Pero esos indios son los apaches. Todos son amigos.

-Pero siento miedo. Hay demasiados indios.

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