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Mi planta de naranja-lima


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Historia de un niño que un día descubrió el dolor...

JOSÉ MAURO DE VASCONCELOS

MI PLANTA DE NARANJA-LIMA


EL AUTOR

José Mauro de Vasconcelos -mestizo de india y portugués, nativo de Bangú, Río de Janeiro, 49 años- ha sido, a partir del colegio secundario, un auténtico autodidacto que se formó en el trabajo y la vida. Entrenador de boxeadores de peso pluma, trabajador en una "fazenda", pescador, maestro en una escuela de pescadores: he ahí algunas de sus actividades hasta que lo animó el deseo de viajar, de conocer su país, y de interpretarlo.

Fueron "años de vaivén entre el Norte y el Sur brasileños", y en ellos ocupa un lugar destacado su período de convivencia con los indios en ese casi mítico Sertáo*. Allí, entre ellos, aprendió historias curiosas, retuvo características y tradiciones, hizo su estudio de la vida y acumuló experiencias que nunca imaginó que fueran a convertirlo en novelista. Pero estaba en su destino serlo, y en su interés, volcarlas a otros seres.

*Sertáo, gran extensión desértica, de poca y muy particular vegetación, espinosa y retorcida, que acaba por desaparecer, y escasa en agua.

Tenía a su favor varias circunstancias: una excelente memoria, su rica fantasía, la multiplicada habilidad para sacar de cada tema lo más interesante... y su deseo decentar... que es, en definitiva, el elemento primordial de los escritores. Primero -y a semejanza de los "repentistas" que recorrían el país contando historia hecha canciones, leyendas o relatos- fue un cuentista oral: decía, inventaba y explicaba cosas, ayudándose con mímica, con cambiantes entonaciones de voz, animando, en suma, sus cuentos.

Y un día comenzó a darles forma escrita: cuentos, novelas registraron su profundo espíritu de observación y esa cualidad sutil que establece desde el comienzo un diálogo fecundo con el lector. Desde los 22 años ha producido doce libros (Banana brava, Barro branco, Longe da térra, Vazante, Arara vermelha, Arraia de fogo, Rosinha, minha canoa, Doidão, O garanhão das praias, Coracao de vidro, As confissões de Freí Abóbora y Mi planta de naranja-lima), que han editado y reeditado hasta once veces sus editores. Casi todos ellos recogen sus experiencias, repito; de la misma manera que sus historias lo tienen de personaje, porque muchas de ellas nos entregan sus aventuras vividas en el interior del Brasil, aunque no sea su nombre el que aparece entre los protagonistas.

Pero esto no es enteramente original, ya que cualquier escritor acaba por ser autobiográfico en alguna medida. En cambio, su originalidad está en su método de trabajo: primero, la carga de ideas, la acumulación de los detalles físicos y psicológicos que darán forma a sus criaturas, la elección de los paisajes que le servirán de escenarios, el bosquejo de la novela, y finalmente, cuando ello es posible, su traslado al escenario elegido para consustanciarse con él. Realizada esta primera parte, sobreviene la etapa de la redacción, propiamente dicha, en la que suelta toda su fantasía, enhebra los resortes lingüísticos -me interesa recalcar su fidelidad al habla y los modismos propios de la zona en que instala sus historias-, y juega con el diálogo, que es en su profusión y acierto una de sus características. Para decir todo esto con palabras de José Mauro de Vasconcelos: "Cuando la historia está enteramente realizada en mi imaginación, comienzo a escribir. Solamente trabajo cuando tengo la impresión de que toda la novela está saliéndome por los poros del cuerpo. Y entonces todo marcha como en un avión a chorro".

Esto, en lo que hace a Vasconcelos como escritor; porque también está el Vasconcelos actor. El cine y la televisión lo han visto animar historias propias y ajenas, y obtener por sus actuaciones importantes premios. Una referencia, también, al Vasconcelos protector de indios, a los que sirve de enfermero, de guía y de consejero.

Pero, naturalmente, a nosotros nos interesa como hombre de letras. En 1968 encabezó la lista de best sellers con Mi planta de naranja-lima (O meu pe de laranja-lima), su historia de un niño que una vez, un día, descubrió el dolor y se hizo adulto precozmente. En éste, como en casi todos sus otros libros, Vasconcelos ha sido un autor afortunado con la crítica y con el público. Puede que sea por el olor a naturaleza que se agita en sus páginas, como una de esas culebras con las que muchas veces debió luchar durante sus aventuras en la selva.

O puede que sea por ese lirismo que en algunas ocasiones viste sus temas; por la simplicidad de las formas literarias adoptadas; la presencia del paisaje lujuriante que, de pronto, estalla con toda la gama de sus colores y de sus olores o de sus ruidos; o por su intención de llegar fácilmente y con toda su carga emotiva al corazón del lector. Porque, fundamentalmente, es el corazón de su público lo que él busca, mucho más que su intelecto: sus libros son mensajes de un espíritu a otro, y nunca una vacía demostración de academicismo. En ese empeño intervienen los recuerdos de su vida en la misma medida en que lo hacen sus recursos de novelista. Como lo demuestran las múltiples ediciones de cada uno de sus títulos, Vasconcelos ha sabido encontrar el camino que conduce al lector.

Sus personajes viven, se mueven y se desenvuelven con la misma naturalidad con que lo hace su autor en la vida real, y en ello se perciben dos cosas: su intención de no convertir sus narraciones en meros juegos literarios y su entrega apasionada a cada tema y a las posibilidades que brinda. A veces hay en lo que escribe esbozos de crítica, pero nunca se sitúa en el papel de sociólogo, fiel a su deseo de ser "nada más y nada menos que un escritor; con todo lo que ello significa de testigo y de participante de la realidad".

Vasconcelos, quizá sin saberlo, es también un poco poeta, y así lo advertimos en algunas de sus páginas más encomiadas y en muchas de las de este libro; pero no un poeta dramático, sino lírico, que se sirve de la anécdota, de la acción y de los caracteres de sus criaturas para evidenciarlo. La anécdota: he ahí otra de sus incorporaciones a la actual literatura del Brasil. Muchos de los cultores de ésta la reemplazaron a menudo por la idea. En la obra de este autor, la anécdota está desarrollada tanto por la acción como por el diálogo, directo, simple, concreto.

Con sorprendente seguridad, José Mauro de Vasconcelos prosigue su triunfal camino de escritor, recreando paisajes y dando vida a infinidad de personajes. Todos ellos por algún singular mecanismo extraliterario -difícilmente explicable, pues supera cualquier definición que pudiera dársele- se identifican e integran en un mismo valor: el hombre, tal como lo concibe y lo siente este novelista que en 1968 ratificó la importancia que le concedieran los críticos dentro de la narrativa contemporánea del Brasil.

HAYDEE M. JOFRE BARROSO



NOTAS DE TRADUCCIÓN

En la presente traducción se ha tratado de conservar el sabor popular en el vocabulario, las formas idiomáticas regionales y las derivadas de situaciones sociales, cultura, educación, etcétera. De esta manera, cada personaje, en su forma de expresarse, representa a su ambiente.

Casi en todos los casos se optó por sustituir las formas muy populares, e inclusive las del lunfardo (gíria, en portugués), por su equivalente en castellano; cuando no existían esas equivalencias, se las traducía, directamente.

Figuran al pie de página las notas, aclaraciones o comentarios de la traductora, en los casos en que se hicieron necesarios.

H. M. J.B.

Para los vivos:

Ciccilo Matarazzo

Mercedes Cruañes Rinaldi

Erich Gemeinder Francisco Marins

y

Arnaldo Magalháes de Giacomo



y también

Helene Rudge Miller (Piu-Piu!)

sin poder tampoco

olvidar a mi "hijo"

Fernando Seplinsky
A los muertos:
El homenaje de mi nostalgia a

mi hermano Luis, el Rey Luis, y

mi hermana Gloria;

Luis renunció a vivir a los

veinte años, y Gloria a los

veinticuatro también pensó que

realmente vivir no valía la pena.
Igual nostalgia para

Manuel Valladares, que mostró a

mis seis años el significado de la

ternura...


¡Que todos descansen en paz!...

y ahora


Dorival Lourenco da Silva

(¡Dodó, ni la tristeza ni

la nostalgia matan!...)

PRIMERA PARTE

En Navidad, a veces nace el Niño Diablo



1

EL DESCUBRIDOR DE LAS COSAS

Veníamos tomados de la mano, sin apuro ninguno, por la calle. Totoca venía enseñándome la vida. Y yo me sentía muy contento porque mi hermano mayor me llevaba de la mano, enseñándome cosas. Pero enseñándome las cosas fuera de casa. Porque en casa yo aprendía descubriendo cosas solo y haciendo cosas solo, claro que equivocándome, y acababa siempre llevando unas palmadas. Hasta hacía bastante poco tiempo nadie me pegaba. Pero después descubrieron todo y vivían diciendo que yo era un malvado, un diablo, un gato vagabundo de mal pelo. Yo no quería saber nada de eso. Si no estuviera en la calle comenzaría a cantar. Cantar sí que era lindo. Totoca sabía hacer algo más, aparte de cantar: silbar. Pero por más que lo imitase no me salía nada. El me dio ánimo diciendo que no importaba, que todavía no tenía boca de soplador. Pero como yo no podía cantar por fuera, comencé a cantar por dentro. Era raro, pero luego era lindo. Y estaba recordando una música que cantaba mamá cuando yo era muy pequeñito. Ella se quedaba en la pileta, con un trapo sujeto a la cabeza para resguardarse del sol. Llevaba un delantal que le cubría la barriga y se quedaba horas y horas, metiendo la mano en el agua, haciendo que el jabón se convirtiera en espuma. Después torcía la ropa e iba hasta la cuerda. Colgaba todo en ella y suspendía la caña. Hacía lo mismo con todas las ropas. Se ocupaba de lavar la ropa de la casa del doctor Faulhaber para ayudar en los gastos de la casa. Mamá era alta, delgada, pero muy linda. Tenía un color bien quemado y los cabellos negros y lisos. Cuando los dejaba sueltos le llegaban hasta la cintura. Pero lo lindo era cuando cantaba y yo me quedaba a su lado aprendiendo.


Marinero, marinero,

Marinero de amargura,

Por tu causa, marinero,

Bajaré a la sepultura. . .


Las olas golpeaban

Y en la arena se deslizaban,

Allá se fue el marinero

Que yo tanto amaba. . .


El amor de marinero

Es amor de media hora,

El navío leva anclas

Y él se va en esa hora. . .


Las olas golpeaban. . .
Hasta ahora esa música me daba una tristeza que no sabía comprender.

Totoca me dio un empujón. Desperté.

-¿Qué tienes, Zezé?

-Nada. Estaba cantando.

-¿Cantando?

-Sí.


-Entonces debo estar quedándome sordo.

¿Acaso no sabría que se podía cantar para dentro? Me quedé callado. Si no sabía yo no iba a enseñarle.

Habíamos llegado al borde de la carretera Río-San Pablo.

Allí pasaba de todo. Camiones, automóviles, carros y bicicletas.

-Mira, Zezé, esto es importante. Primero se mira bien. Mira para uno y otro lado. ¡Ahora! Cruzamos corriendo la carretera.

-¿Tuviste miedo?

Bastante que había tenido, pero dije que no, con la cabeza.

-Vamos a cruzar de nuevo, juntos. Después quiero ver si aprendiste. Volvimos.

-Ahora ya sabes cruzar solo. Nada de miedo, que ya estás siendo un hombrecito. Mi corazón se aceleró.

-Ahora. Vamos.

Puse el pie, casi no respiraba. Esperé un poco y él dio la señal de que volviera.

-Para ser la primera vez, estuviste muy bien. Pero te olvidaste de algo. Tienes que mirar para los dos lados para ver si viene un coche. No siempre voy a estar aquí para darte la señal. A la vuelta vamos a practicar más. Ahora sigamos, que voy a mostrarte una cosa. Me tomó de la mano y seguimos de nuevo, lentamente. Yo estaba impresionado con la conversación.

-Totoca.

-¿Qué pasa?

-¿La edad de la razón pesa?

-¿Qué tontería es ésa?

-Tío Edmundo lo dijo. Dijo que yo era "precoz" y que en seguida iba a entrar en la edad de la razón. Y no siento ninguna diferencia.

-Tío Edmundo es un tonto. Vive metiéndote cosas en la cabeza.

-El no es tonto. Es sabio. Y cuando yo crezca quiero ser sabio y poeta y usar corbata de moño. Un día voy a fotografiarme con corbata de moño.

-¿Por qué con corbata de moño?

-Porque nadie es poeta sin corbata de moño. Cuando tío Edmundo me muestra retratos de poetas en una revista, todos tienen corbata de moño.

-Zezé, deja de creerle todo lo que te dice. Tío Edmundo es medio "tocado". Medio mentiroso.

-¿Entonces él es un hijo de puta?

-¡Mira que ya te ganaste bastantes palizas por decir malas palabras! Tío Edmundo no es eso. Yo dije "tocado", medio loco.

-Pero dijiste que él era mentiroso.

-Una cosa no tiene nada que ver con la otra.

-Sí que tiene. El otro día papá conversaba con don Severino, ese que juega a las cartas con él y dijo eso de don Labonne: "El hijo de puta del viejo miente como el diablo". . . Y nadie le pegó.

-La gente grande sí puede decirlo, no es malo. Hicimos una pausa.

-Tío Edmundo no es. . . ¿Qué quiere decir "tocado" Totoca?

El hizo girar el dedo en la cabeza.

-No, él no es eso. Es bueno, me enseña de todo, y hasta hoy solamente me dio una palmada y no fue con fuerza.

Totoca dio un salto.

-¿Te dio una palmada? ¿Cuándo?

-Un día que yo estaba muy travieso y Gloria me mandó a casa de Dindinha. El quería leer el diario y no encontraba los anteojos. Los buscó, furioso. Le preguntó a Dindinha, y nada. Los dos dieron vuelta al revés a la casa. Entonces le dije que sabía dónde estaban, y que si me daba una moneda para comprar bolitas se lo decía. Buscó en su chaleco y tomó una moneda:

-Ve a buscarlos y te la doy.

-Fui hasta el cesto de la ropa sucia y los encontré. Entonces me insultó diciéndome: "Fuiste tú sinvergüenza". Me dio una palmada en la cola y me quitó la moneda.

Totoca se rió.

-Te vas allá para que no te peguen en casa y te pegan ahí. Vamos más rápido, si no nunca llegaremos. Yo continuaba pensando en tío Edmundo.

-Totoca, ¿los chicos son jubilados?

-¿Qué cosa?

-Tío Edmundo no hace nada y gana dinero. No trabaja y la Municipalidad le paga todos los meses.

-¿Y qué?


-Que los chicos tampoco hacen nada, y comen, duermen y ganan dinero de los padres.

-Un jubilado es diferente, Zezé. Jubilado es el que trabajó mucho, se le puso el pelo blanco y camina despacio, como tío Edmundo. Pero dejemos de pensar en cosas difíciles. Que te guste aprender con él, vaya y pase. Pero conmigo, no. Haz como los otros chicos. Hasta di malas palabras, pero deja de llenarte la cabeza con cosas difíciles. Si no, no salgo más contigo.

Me quedé medio enojado y no quise conversar más. Tampoco tenía ganas de cantar. Ese pajarito que cantaba desde adentro había volado bien lejos.

Nos detuvimos y Totoca señaló la casa.

-Es ésa, ahí. ¿Te gusta?

Era una casa común. Blanca, de ventanas azules, toda cerrada y silenciosa.

-Me gusta. Pero ¿por qué tenemos que mudarnos acá?

-Siempre es bueno mudarse. Por la cerca nos quedamos observando una planta de "mango" de un lado, y una de tamarindo, de otro.

-Tú, que quieres saberlo todo, ¿no te diste cuenta del drama que hay en casa? Papá está sin empleo, ¿no es cierto? Hace más de seis meses que se peleó con mister Scottfield y lo dejaron en la calle. ¿No viste que Lalá comenzó a trabajar en la Fábrica? ¿No sabes que mamá va a trabajar al centro, en el Molino Inglés? Pues bien, bobo, todo eso es para juntar algún dinero y pagar el alquiler de la nueva casa. La otra hace ya como ocho meses que papá no la paga. Tú eres muy chico para saber cosas tristes, como ésta. Pero yo voy a tener que acabar ayudando en la misa para ayudar en casa. Se quedó un rato en silencio.

-Totoca, ¿van a traer la pantera negra y las dos leonas?

-Claro que sí. Y el esclavo es quien tendrá que desmontar el gallinero.

Me miró con cierto cariño y pena.

-Yo soy el que va a desmontar el jardín zoológico y armarlo de nuevo aquí.

Quedé aliviado. Porque, si no, yo tendría que inventar algo nuevo para jugar con mi hermanito más chico, Luis.

-Bien, ¿viste cómo soy tu amigo, Zezé? Entonces no te cuesta nada contarme cómo fue que conseguiste "aquello"...

-Te juro, Totoca, que no sé. De veras que no sé.

-Estás mintiendo. Estudiaste con alguien.

-No estudié nada. Nadie me enseñó. Solo que sea el diablo, que según Jandira es mi padrino, el que me haya enseñado mientras yo dormía.

Totoca estaba sorprendido. Al comienzo hasta me había dado coscorrones para que le contara. Pero yo no podía contarle nada.

-Nadie aprende solo esas cosas.

Pero se quedaba confundido porque realmente no había visto a nadie enseñándome nada. Era un misterio.

Fui recordando algo que había pasado la semana anterior. La familia se quedó muy sorprendida. Todo había comenzado cuando me senté cerca de tío Edmundo, en casa de Dindinha, mientras él leía el diario.

-Tiíto.

-¿Qué, mi hijo?



Empujó los anteojos hacia la punta de la nariz, como hace toda la gente vieja.

-¿Cuándo aprendiste a leer?

-Más o menos a los seis o siete años de edad.

-¿Y alguien puede leer a los cinco años?

-Poder puede. Pero a nadie le gusta hacer eso cuando todavía es muy pequeño.

-¿Cómo aprendiste a leer?

-Como todo el mundo, en la cartilla. Diciendo "B" más "A": "BA".

-¿Todo el mundo tiene que hacerlo así?

-Que yo sepa, sí.

-¿Pero todo, todo el mundo, sí?

Me miró intrigado.

-Mira, Zezé, todo el mundo necesita hacer eso. Y ahora déjame terminar la lectura. Ve a ver si hay guayabas en el fondo de la quinta.

Colocó los anteojos en su lugar e intentó concentrarse en la lectura. Pero no salí de mi rincón.

-¡Qué pena!. . .

La exclamación sonó tan sentida que de nuevo se llevó los anteojos hacia la punta de la nariz.

-No puede ser, cuando te empeñas en una cosa. . .

-Es que yo vine de casa y caminé como loco solamente para contarte algo. . .

-Entonces vamos, cuenta.

-No. Así no. Primero quiero saber cuándo vas a cobrar la jubilación.

-Pasado mañana.

Sonrió suavemente, estudiándome.

-¿Y cuándo es pasado mañana?

-El viernes.

-Y el viernes ¿no vas a querer traerme un "Rayo de Luna", del centro?

-Vamos despacio, Zezé. ¿Qué es un "Rayo de Luna"?

-Es el caballito blanco que vi en el cine. Su dueño es Fred Thompson. Es un caballo amaestrado.

-¿Quieres que te traiga un caballito de ruedas?

-No. Quiero ese que tiene cabeza de madera con riendas. Que la gente le pone un cabo y sale corriendo. Necesito entrenarme porque voy a trabajar después en el cine.

Continuó riéndose.

-Comprendo. Y si te lo traigo ¿qué gano yo?

-Te doy una cosa.

-¿Un beso?

-No me gustan mucho los besos.

-¿Un abrazo?

Lo miré con mucha pena. Mi pajarito de adentro me dijo una cosa. Y fui recordando otras que había escuchado muchas veces. . . Tío Edmundo estaba separado de la mujer y tenía cinco hijos. . . Vivía tan solo y caminaba tan despacio, tan despacito. . . ¿Quién sabe si no caminaba despacio porque tenía nostalgia de sus hijos? Ellos nunca venían a visitarlo.

Rodeé la mesa y apreté con fuerza su cuello. Sentí su pelo blanco rozar mi frente con mucha suavidad.

-Esto no es por el caballito. Lo que voy a hacer es otra cosa. Voy a leer.

-Pero, ¿tú sabes leer, Zezé? ¿Qué cuento es ése? ¿Quién te enseñó?

-Nadie.

-No me mientas.



Me alejé y le comenté desde la puerta:

-¡Tráeme mi caballito el viernes y vas a ver si leo o no!. . .

***

Después, cuando anocheció y Jandira encendió la luz del farol porque la "Light"* había cortado la luz por falta de pago, me puse en puntas de pies para ver la "estrella". Tenía el dibujo de una estrella en un papel y debajo una oración para proteger la casa.



*Compañía de electricidad (N. de la T.)

-Jandira, álzame que voy a leer eso.

-Déjate de inventos, Zezé. Estoy muy ocupada.

-Álzame y vas a ver si sé leer.

-Mira, Zezé, si me estás preparando alguna de las tuyas, vas a ver.

Me alzó y me llevó detrás de la puerta.

-Bueno, a ver, lee. Quiero ver.

Entonces me puse a leer. Leí la oración que pedía a los cielos la bendición y protección para la casa, y que ahuyentaran a los malos espíritus.

Jandira me puso en el suelo. Estaba boquiabierta.

-Zezé, te aprendiste eso de memoria. Me estás engañando.

-Te juro que no, Jandira. Sé leer todo.

-Nadie puede leer sin haber aprendido. ¿Fue tío Edmundo quien te enseñó? ¿O Dindinha?

-Nadie.

Tomó un pedazo de diario y leí. Correctamente. Dio un grito y llamó a Gloria. Esta se puso nerviosísima y fue a llamar a Alaíde. En diez minutos un montón de gente de la vecindad había venido a ver el fenómeno.



Eso era lo que Totoca quería saber.

-Te enseñó, prometiéndote el caballito si aprendías.

-No, no.

-Le preguntaré a él.

-Ve y pregúntale. No sé decir cómo fue, Totoca. Si lo supiera te lo contaría.

-Entonces vámonos. Pero ya vas a ver cuando necesites algo. . .

Me tomó de la mano, enojado, y me llevó de vuelta a casa. Y allí pensó en algo para vengarse.

-¡Bien hecho! Aprendiste demasiado pronto, tonto. Ahora vas a tener que entrar en la escuela en febrero.

Aquello había sido idea de Jandira. Así, la casa quedaría toda la mañana en paz y yo aprendería a ser más educado.

-Vamos a entrenarnos en la Río-San Pablo. Porque no pienses que en época de clases voy a hacer de empleado tuyo, cruzándote todo el tiempo. Tú eres muy sabio, aprende entonces también esto.

***

-Aquí está el caballito. Ahora quiero ver. Abrió el diario y me mostró una frase de propaganda de un remedio.



-"Este producto se encuentra en todas las farmacias y casas del ramo".

Tío Edmundo fue a llamar al fondo a Dindinha.

-¡Mamá, lee bien hasta farmacia!

Los dos juntos comenzaron a darme cosas para leer, que yo leía perfectamente.

Mi abuela rezongó que el mundo estaba perdido.

Me gané el caballito y de nuevo abracé a tío Edmundo. Entonces me tomó de la barbilla, diciéndome muy emocionado:

-Vas a ir lejos, tunante. No por nada te llamas José. Vas a ser el Sol, y las estrellas brillarán a tu alrededor.

Me quedé mirando sin entender y pensando que él estaba realmente "tocado".

-No entiendes esto. Es la historia de José de Egipto. Cuando seas más grande te contaré esa historia.

Me enloquecían las historias. Cuanto más difíciles, más me gustaban.

Acaricié mi caballito largo tiempo, y después levanté la vista hacia tío Edmundo y le pregunté:

-¿Te parece que la semana que viene ya seré más grande?. . .



2

UNA CIERTA PLANTA DE NARANJA-LIMA

En casa cada hermano mayor criaba a uno menor. Jandira había tomado a su cuidado a Gloria y a otra hermana que le dieron a criar en el Norte. Antonio era el protegido suyo. Después, Lalá me había tomado por su cuenta hasta hacía bastante poco tiempo. Parecía gustar de mí, pero luego se aburrió o se enamoró de un pretendiente que era un petimetre igualito al de la música: de pantalón largo y chaqueta bien corta. Cuando íbamos los domingos a hacer "footing" (el pretendiente de ella hablaba así) en la Estación, me compraba caramelos en cantidad. Era para que yo no dijera nada en casa. Y tampoco le podía preguntar a tío Edmundo qué era eso, pues si no se descubría todo. . .

Mis otros dos hermanitos habían muerto pequeños y yo solamente había oído hablar de ellos. Contaban que eran dos indiecitos Pinagés. Bien quemaditos y de pelo negro y liso. Por eso la niña se llamó Aracy y el niñito Jurandyr.

Después venía mi hermanito Luis. Quien primero cuidó de él fue Gloria, y después yo. Nadie necesitaba preocuparse de él, porque no había niño más lindo, bueno y quietecito.

Por eso cambié de idea cuando ya iba a salir a la calle y me dijo, con su vocecita:

-Zezé, ¿me vas a llevar al Jardín Zoológico? Hoy no amenaza lluvia, ¿no es cierto?

Era gracioso oír cómo pronunciaba todo sin equivocarse. Aquel niñito iba a ser alguien, iría lejos.

Miré el día lindo, todo el cielo azul. Me quedé sin coraje para mentirle. Porque a veces no tenía ganas de ir y le decía:

-Estás loco, Luis. ¡Mira el temporal que se acerca. . .!

Esa vez lo tomé de la mano y salimos para la gran aventura del fondo.

La quinta se dividía en tres juegos. El Jardín Zoológico. Europa, que estaba próximo a la cerca bien hecha de la casa de don Julito. ¿Por qué Europa? Ni mi pajarito lo sabía. Allí jugábamos con el trencito del Pan de Azúcar. Tomaba la caja de los botones y los enhebraba en un hilo. (Tío Edmundo decía "cordel". Yo pensaba que cordel era caballo. Y él me explicó que era parecido, pero que caballo era "corcel".) Después, ataba una punta en la cerca y la otra en los dedos de Luis. Subía todos los botones y soltaba lentamente uno por uno. Cada trencito venía lleno de gente conocida. Había un botón negro que era el tranvía del moreno Biriquinho. A veces se oía una voz de la otra quinta.

-¿No estás arruinando mi cerca, Zezé?

-No, doña Dimerinda. Puede mirar.

-Así me gusta. Que juegues quietecito con tu hermano. ¿No es mejor así?

Quizá fuese más bonito, pero en el momento en que mi "padrino", el travieso me empujaba, nada podía haber más lindo que hacer diabluras...

-¿Usted me va a dar un almanaque para Navidad, como el año pasado?

-¿Y qué hiciste con el que te di el año pasado?

-Está adentro, puede ir a ver, doña Dimerinda. Está sobre la bolsa del pan.

Ella se rió y me prometió que sí. Su marido trabajaba en el depósito de Chico Franco.

El otro juego era Luciano. Luis, al comienzo, tenía mucho miedo de él y me pedía, por favor, tirándome de los pantalones, que volviéramos. Pero Luciano era un amigo. Cuando me veía lanzaba fuertes chillidos. Tampoco Gloria lo quería y decía que los murciélagos son como los vampiros, que chupan la sangre de los niños.

-No, Godóia. Luciano no es así. Es un amigo. El me conoce.

-Con esa manía que tienes por los bichos y por hablar con las cosas. . .

Costó mucho convencerla de que Luciano no era un bicho. Luciano era un avión que volaba por el "Campo dos Alfonsos".

-Mira, Luis.

Y Luciano daba vueltas alrededor de nosotros, feliz, como si comprendiera de qué se hablaba. Y realmente comprendía.

-Es un aeroplano. Está haciendo. . . Ahí me trababa. Necesitaba pedirle nuevamente a tío Edmundo que me repitiese esa palabra. No sabía si era acrobacia, acorbacia, o arcobacia. Pero era una de ellas. Y yo no quería enseñarle a mi hermano nada equivocado.

Y ahora él quería el Jardín Zoológico.

Llegamos junto al gallinero viejo. Adentro, las dos gallinitas claras estaban picoteando; la vieja gallina negra era tan mansa que hasta se le podían hacer cosquillas en la cabeza.

-Primero vamos a comprar las entradas. Dame la mano, que los niños pueden perderse en esta multitud. ¿Ves cómo está de lleno los domingos?

Miraba y comenzaba a ver gente por todas partes, y apretaba más mi mano.

En la taquilla empiné hacia adelante la barriga y escupí para darme mayor importancia. Metí la mano en el bolsillo y pregunté a la vendedora:

-¿Hasta qué edad no pagan los niños?

-Hasta los cinco años.

-Entonces, una de adulto, por favor.

Tomé dos hojitas de naranjo como billetes, y fuimos entrando.

-Primero, hijo mío, vas a ver la belleza de las aves. Mira, papagayos, loros y "ararás" de todos los colores. Aquellas de plumas de diferentes colores son las "ararás" arco iris.

Y él agrandaba los ojos, extasiado.

Caminábamos despacio, viéndolo todo. Tantas cosas, que hasta vi que detrás de todo Gloria y Lalá estaban sentadas en un banco, pelando naranjas. Los ojos de Lalá me miraban de una manera... ¿Ya lo habrían descubierto? En ese caso, este Jardín Zoológico iría a terminar en grandes chinelazos en el trasero de alguien. Y ese alguien únicamente podía ser yo.

-Y ahora, Zezé, ¿qué vamos a visitar?

Nuevo escupitajo y pose:

-Vamos a pasar por las jaulas de los monos. Tío Edmundo siempre los llama simios.

Compramos algunas bananas y las arrojamos a los animales. Sabíamos que eso estaba prohibido, pero como había tanta gente los guardianes ni se daban cuenta.

-No te acerques mucho, porque te van a tirar las cáscaras de banana, muchachito.

-Lo que yo quería era ver enseguida a los leones.

-Ya vamos para allá.

Miré de reojo hacia donde las dos "simias" comían naranjas. Desde la jaula de los leones podría escuchar la conversación.

-Ya llegamos.

Señalé las dos leonas amarillas, bien africanas. Cuando él quiso acariciar la cabeza de la pantera negra. . .

-¡Qué idea, muchachito! Esa pantera negra es el terror del Zoológico. Vino a parar aquí porque le arrancó los brazos a dieciocho domadores y se los comió.

Luis puso cara de miedo y sacó el brazo, aterrado.

-¿Vino del circo?

-Sí.


-¿De qué circo, Zezé? Nunca me contaste eso antes.

Pensé y pensé. ¿A quién conocía yo que tuviera nombre para circo? ¡Ah, ya estaba! Había venido del circo Rozemberg.

-¿Pero ésa no es la panadería? Cada vez era más difícil engañarlo. Comenzaba a estar muy enterado.

-No, ésa es otra. Y mejor sentémonos un poco a comer la merienda. Caminamos mucho.

Nos sentamos y fingimos que comíamos. Pero mi oído estaba allá, escuchando las conversaciones.

-Uno debiera aprender de él, Lalá. Mira, si no, la paciencia que tiene con el hermanito.

-Sí, pero el otro no hace lo que él hace. Eso ya es maldad, no travesura.

-Es cierto que tiene el diablo en el cuerpo, pero así y todo es divertido. Nadie le tiene rabia en la calle, por más diabluras que haga...

-Aquí no pasa sin llevarse algunos chinelazos.

Hasta que aprenda.

Arrojé una flecha de piedad a los ojos de Gloria. Ella siempre me había salvado, y siempre le prometía que nunca más lo iba a hacer...

-Más tarde. Ahora no. Están jugando tan quietecitos.

Ella ya lo sabía todo. Sabía que yo había saltado la cerca y entrado en los fondos de la quinta de doña Celina. Me quedé fascinado con la cuerda de la ropa balanceando al viento un montón de piernas y brazos. El diablo me dijo entonces que podía saltar al mismo tiempo en todos los brazos y piernas. Estuve de acuerdo con él en que sería muy divertido. Busqué un pedazo de vidrio bien afilado, subí al naranjo, y corté la cuerda con paciencia.

Casi me caía cuando todo eso se vino abajo. Un grito y todo el mundo corrió.

-Vengan, por favor, que se cayó la cuerda. Pero una voz no sé de dónde gritó más alto.

-Fue ese demonio del chico de don Paulo. Lo vi trepando en el naranjo con un pedazo de vidrio...

-¿Zezé?

-¿Qué pasa, Luis?



- Cuéntame cómo sabes tantas cosas del Jardín Zoológico.

- ¡Uf, ya visité muchos en mi vida!

Mentía; todo lo que sabía era lo que me contara tío Edmundo, prometiendo llevarme allá algún día. Pero él andaba tan despacito que, cuando llegáramos, seguro que ya no existiría nada. Totoca había ido una vez con papá.

- El que más me gusta es el de la calle Barón de Drummond, en Villa Isabel. ¿Sabes quién fue el Barón de Drummond? Por supuesto que no. Eres muy chico paral saber estas cosas. El tal Barón debió haber sido amigo de Dios. Porque fue a él a quien ayudó Dios a crear el "jogo do bicho"* y el Jardín Zoológico. Cuando seas mayor...

*Especie de lotería, llamada así porque a cada grupo de 4 unidades le corresponde un determinado animal (N. de la T.).

- Las dos continuaban allá.

- Cuando yo sea mayor, ¿qué?

- ¡Ay qué chico preguntón! Cuando pase eso te voy a enseñar los animales y el número de cada uno. Hasta el número veinte. Desde ése, hasta el número veinticinco, yo sé que hay vaca, toro, oso, venado y tigre:. No sé muy bien el lugar de ellos, pero voy a aprenderlo para no enseñarte mal.

Estaba cansándose del juego.

- Zezé, cántame "Casita pequeñita".

- ¿Aquí, en el Jardín Zoológico? Hay mucha gente.

- No. La gente ya se está yendo...

- Es muy larga la letra. Voy a cantar sólo la parte que te gusta. Esa donde se habla de las cigarras. Saqué pecho:
Tú sabes de dónde vengo,

De una casita que tengo;

Queda allá junto a un huerto. . .
Es una casa chiquita,

En lo alto de una colina

Y se ve el mar a lo lejos. . .

Pasé por alto un montón de versos.


Entre las palmeras altas

Cantan todas las cigarras

Al volverse de oro el sol.
Cerca se ve el horizonte.

En el jardín canta una fuente

Y en la fuente un ruiseñor...

Ahí paré. Ellas continuaban firmes, esperándome. Tuve una idea; me quedaría allí cantando hasta que llegara la noche. Acabarían por cansarse.

¡Pero qué! Canté toda la canción, la repetí, canté "Es tu afecto pasajero" y hasta "Ramona". Las dos letras diferentes que sabía de "Ramona"... y nada. Entonces me entró la desesperación. Era mejor acabar con aquello. Fui adonde ellas se hallaban.

-Está bien, Lalá. Me puedes pegar.

Me puse de espaldas y ofrecí el material. Apreté los dientes porque la mano de Lalá tenía una fuerza de mil diablos en la chinela.

* * *


Fue mamá quien tuvo la idea.

-Hoy todo el mundo va a ver la nueva casa.

Totoca me llamó aparte y me avisó en un susurro.

-Si llegas a contar que ya conocemos la casa, te hago polvo.

Pero yo ni siquiera había pensado en eso.

Era un mundo de gente por la calle. Gloria me llevaba de la mano y tenía órdenes de no soltarme ni un minuto. Y yo llevaba de la mano a Luis.

-¿Cuándo tenemos que mudarnos, mamá? Mamá le respondió a Gloria con una cierta tristeza.

-Dos días después de Navidad hemos de comenzar a arreglar los trastos.

Hablaba con una voz cansada, cansada. Y yo sentía mucha pena por ella. Mamá había nacido trabajando. Desde los seis años de edad, cuando construyeron la Fábrica, la habían puesto a trabajar allí. La sentaban encima de una mesa y tenía que quedarse allí limpiando y enjuagando las herramientas. Era tan chiquitita que se mojaba encima de la mesa porque no podía bajar sola. . . Por eso nunca fue a la escuela ni aprendió a leer. Cuando le escuché esa historia me quedé tan triste que prometí que cuando fuese poeta y sabio le iba a leer todas mis poesías.

Y la Navidad ya se anunciaba en tiendas y mercerías. En todos los vidrios de las puertas ya habían dibujado a Papá Noel. Algunas personas compraban postales para que cuando llegase la hora no se llenasen demasiado las casas de comercio. Yo tenía una lejana esperanza de que esta vez el Niño Dios naciera. Pero que naciera para mí. A lo mejor, cuando llegara a la edad de la razón, tal vez mejorase un poco.

-Aquí es.

Todos quedaron encantados. La casa era un poco más chica. Mamá, ayudada por Totoca, desató el alambre que sostenía el portón y todo el mundo se lanzó hacia adelante. Gloria me soltó y olvidó que ya estaba haciéndose una señorita. Se precipitó en una carrera y abrazó la "mangueira"*.

*Árbol frutal que da la manga (N. de la T)

-Esta es mía. Yo la agarré primero. Antonio hizo lo mismo con la planta de tamarindo. No había quedado nada para mí. Casi llorando miré a Gloria.

-¿Y yo, Gloria?

-Corre al fondo. Debe de haber más árboles, tonto.

Corrí, pero sólo encontré el yuyo crecido. Un montón de naranjos viejos y pinchudos. Al lado de la zanja había una pequeña planta de naranja-lima.

Estaba desconcertado. Todos estaban mirando las habitaciones y determinando para quién sería cada una.

Tiré de la falda a Gloria.

-No hay nada más.

-No sabes buscar bien. Espera aquí que voy a encontrarte un árbol.

Al rato vino conmigo. Examinó los naranjos.

-¿No te gusta aquél? Es un lindo naranjo. No me gustaba ninguno. Ni siquiera ése. Ni aquel otro, ni ninguno. Todos tenían muchas espinas.

-Para quedarme con esos mamarrachos, antes prefiero la planta de naranja-lima.

-¿Cuál?

Fuimos hacia donde estaba.



-¡Pero qué linda plantita de naranja-lima! Mira, no tiene ni siquiera una espina. Y tiene tanta personalidad que ya desde lejos se sabe que es naranja-lima. ¡Si yo tuviera tu estatura no querría otra cosa!

-Pero yo quería un árbol grandote.

-Piensa bien, Zezé. Es muy pequeño todavía. Con el tiempo será un naranjo grandote. Así crecerán juntos. Los dos se van a entender como si fuesen dos hermanos. ¿Viste la rama que tiene? Es verdad que es la única, ¡pero parece un caballito hecho para que montes en él!

Me sentía el ser más desgraciado del mundo. Recordaba lo ocurrido con la botella de bebida que tenía la figura de los ángeles escoceses. Lalá dijo: "Ese soy yo"; Gloria señaló otro para ella; Totoca eligió otro para él. ¿Y yo? Finalmente me tocó ser esa cabecita que había atrás, casi sin alas. El cuarto ángel escocés, que ni siquiera era un ángel entero. . . Siempre tenía que ser el último. Cuando creciera iban a ver. Compraría una selva amazónica y todos los árboles que tocaran el cielo serían míos. Compraría un depósito de botellas llenas de ángeles y nadie tendría ni siquiera un trozo de ala.

Me enojé. Sentado en el suelo, apoyé mi enojo en mi planta de naranja-lima. Gloria se alejó sonriendo.

-Ese enojo no dura, Zezé. Acabarás descubriendo que yo tenía razón.

Agujereé el suelo con un palito y comencé a dejar de lloriquear. Habló una voz, venida quién sabe de dónde, cerca de mi corazón.

-Creo que tu hermana tiene toda la razón.

-Todo el mundo tiene siempre toda la razón; el único que no la tiene nunca soy yo.

-No es cierto. Si me mirases bien, acabarías por darte cuenta.

Me levanté, asustado, y miré el arbolito. Era raro, porque siempre conversaba con todo, pero pensaba que era mi pajarito de adentro que se encargaba de arreglar las conversaciones.

-¿Pero tú hablas de verdad?

-¿No me estás escuchando?

Y se rió bajito. Casi salí gritando por la quinta. Pero me sujetaba la curiosidad.

-¿Por dónde hablas?

-Los árboles hablan por todas partes. Por las hojas, por las ramas, por las raíces. ¿Quieres ver? Apoya tu oído aquí en mi tronco y vas a escuchar palpitar mi corazón.

Me quedé medio indeciso, pero viendo su tamaño perdí el miedo. Apoyé la oreja y una cosa lejana hacia tic... tac... tic... tac...

-¿Viste?


-Pero, dime, ¿todo el mundo sabe que hablas?

-No. Solamente tú.

-¿De verdad?

-Puedo jurarlo. Un hada me dijo que cuando un niño igual a ti se hiciera amigo mío, yo podría hablar y ser muy feliz.

-¿Y vas a esperar?

-¿Qué cosa?

-Hasta que me mude. Falta más de una semana. Hasta ese momento ¿no te irás a olvidar de hablar?

-Jamás. Es decir, para ti solamente. ¿Quieres ver cómo soy de blando?

-¿Cómo eres de qué?. . .

-Súbete a mi rama. Obedecí.

-Ahora, balancéate un poco y cierra los ojos.

Hice lo que me mandaba.

-¿Qué tal? ¿Alguna vez tuviste en la vida un caballito mejor?

-Nunca. Es maravilloso. Voy a darle a mi hermanito menor mi caballito "Rayo de Luna". Te va a gustar mucho mi hermano, ¿sabes?

Bajé adorando ya mi planta de naranja-lima.

-Mira, haré una cosa. Siempre que pueda, antes de mudarnos, vendré a charlar un ratito contigo. . . Ahora necesito irme, ya están saliendo todos.

-Pero los amigos no se despiden así.

-¡Chist! Allá viene ella.

Gloria llegó en el momento en que lo abrazaba.

-Adiós, amigo. ¡Eres la cosa más linda del mundo!

-¿No te lo había dicho?

-Sí, lo dijiste. Ahora, aunque ustedes me diesen la "mangueira" y la planta de tamarindo a cambio de mi árbol, no querría.

Me pasó la mano por el pelo, tiernamente.

-¡Cabecita, cabecita!. . . Salimos tomados de las manos.

-Godóia, ¿no te parece que tu "mangueira" es un poco sosa?

-Todavía no se puede saber, pero parece un poco, sí.

-¿Y el tamarindo de Totoca?

-Es un poco sin gracia, ¿por qué?

-No sé si lo puedo contar. Pero un día te contaré un milagro, Godóia.

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