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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO DIEZ

Una cortina se descorrió.

—Buenos días, mi querido Beautrelet. Llega usted con un poco de retraso. El almuerzo estaba fijado para el mediodía. Pero, en fin..., son sólo unos minutos más tarde... ¿Qué hay de nuevo? ¿No me reconoce usted? ¿Tanto he cambiado?

En el curso de su lucha contra Lupin, Beautrelet había recibido muchas sorpresas, y todavía esperaba, a la hora del desenlace, recibir muchas emociones, pero esta vez el choque fue completamente imprevisto. No era asombro lo que experimentaba, era estupor, espanto.

El hombre a quien tenía frente a sí, el hombre a quien la fuerza brutal de los acontecimientos le obligaba a considerar como Arsenio Lupin, aquel hombre era Valméras, el propietario del castillo de la Aguja. Valméras, aquel mismo al cual él había pedido auxilio contra Arsenio Lupin. Valméras, su compañero de expedición a Crozant Valméras, el valiente amigo que había hecho posible la evasión de Raimunda al golpear, o fingir que golpeaba, en las sombras del vestíbulo a un cómplice de Lupin.

—¡Usted!... Pero ¡es usted! —balbució Beautrelet.

—¿Y por qué no? —exclamó Lupin—. ¿Creía usted, pues, conocerme definitivamente porque me había visto bajo el aspecto de un sacerdote o bajo el aspecto del señor Massiban? Pero, ¡ay!, cuando se ha escogido la situación social que yo ocupo es preciso servirse de los propios talentos de hombre de sociedad. Si Lupin no pudiera ser, a su capricho, pastor de la Iglesia reformista y miembro de la Academia de Inscripciones, entonces sería cosa de desesperar de ser Lupin. Mas Lupin, el verdadero Lupin, helo aquí, Beautrelet. Míralo con los ojos bien abiertos, Beautrelet...

—Pero entonces..., si es usted..., entonces... la señorita...

—Sí, Beautrelet, tú lo has dicho...

Apartó de nuevo la cortina, hizo una señal y anunció:

—La señora de Arsenio Lupin.

—¡Ah! —murmuró el joven, confundido a pesar de todo—. ¡La señorita de Saint-Véran!

—No, no —protestó Lupin—. La señora de Arsenio Lupin, o, más bien, si usted lo prefiere, la señora de Luis Valméras, mi esposa en justas bodas. Y gracias a usted, mi querido Beautrelet.

Le tendió la mano.

—Mis mayores agradecimientos..., y espero que sin rencor por parte de usted.

Cosa extraña, Beautrelet no experimentaba rencor alguno. Ningún sentimiento de humillación. Ninguna amargura. Sentía tan vigorosamente la superioridad de su adversario, que ni siquiera enrojecía por el hecho de haber sido vencido por él. Estrechó la mano que Lupin le ofrecía.

—La señora está servida.

Un criado había depositado sobre la mesa una bandeja repleta de viandas.

—Me perdonará usted, Beautrelet. Mi cocinero está ausente con permiso y nos vemos obligados a comer manjares fríos.

Beautrelet no sentía gana alguna de comer. Sin embargo, se sentó extraordinariamente interesado por la actitud de Lupin. ¿Qué sabía él exactamente? ¿Se daría cuenta del peligro que corría? ¿Ignoraría la presencia de Ganimard y sus hombres?... Y Lupin continuó.

—Sí, gracias a usted, mi querido amigo. Ciertamente, Raimunda y yo nos amamos desde el primer día. Magnífico, amigo mío... El secuestro de Raimunda, su cautiverio, todo eso fueron bromas: nosotros nos amábamos... Pero ni ella ni yo, por lo demás, podíamos admitir que se estableciera entre nosotros uno de esos lazos pasajeros que están a merced del azar. La situación resultaba entonces insoluble para Lupin. Pero no lo sería si yo me transformaba en Luis Valméras. Fue entonces cuando tuve la idea, porque usted no soltaba prenda y había encontrado el castillo de la Aguja, de aprovecharme de la obstinación de usted.

—Y de mi ingenuidad.

—¡Bah! ¿Quién no hubiera caído en lo mismo?

—¿De modo que fue a cubierto de mí, con mi apoyo, que usted triunfó?

—¡Pardiez! ¿Quién iba a sospechar que Valméras era Lupin, puesto que Valméras era amigo de Beautrelet y Valméras acababa de arrancarle a Lupin a aquella a quien Lupin amaba? Resultó encantador. ¡Oh, que hermosos recuerdos! ¡La expedición de Crozant! ¡Los ramos de flores encontrados! ¡Mi supuesta carta de amor a Raimunda! Y más tarde, las precauciones que yo, Valméras, tuve que tomar contra mí, Lupin, antes de mi matrimonio. ¡Y la noche del banquete de usted, cuando usted se desvaneció en mis brazos! ¡Qué hermosos recuerdos!...

Se produjo un silencio. Beautrelet observaba a Raimunda. Ésta escuchaba a Lupin sin decir nada. Lo contemplaba con ojos en los que había amor, pasión y otra cosa también que el joven no hubiera podido definir..., una especie de tortura inquieta y como una confusa tristeza. Pero Lupin volvió los ojos hacia ella y ella sonrió tiernamente. Por encima de la mesa, sus manos se enlazaron.

—¿Qué te parece mi pequeña habitación, Beautrelet? —exclamó Lupin—. Tiene buen aspecto, ¿no es así? No pretendo en absoluto que sea lo más moderno y cómodo... Sin embargo, hay algunos que se han sentido satisfechos con esto, y no eran de los más modestos... Mira la lista de algunos personajes propietarios de la Aguja y que tuvieron a honra dejar aquí la huella de su paso.

Sobre las paredes figuraban grabados estos nombres: César, Carlomagno, Roll, Guillermo el Conquistador, Ricardo, rey de Inglaterra, Luis XI, Francisco I, Enrique IV, Luis XIV, Arsenio Lupin.

—¿Quién se inscribirá de ahora en adelante? —prosiguió—. ¡Ay!, la lista ya está cerrada. De César a Lupin, y eso es todo. Muy pronto será la multitud anónima la que vendrá a visitar esta extraña ciudadela. ¡Y decir que sin Lupin todo esto hubiera permanecido ignorado para siempre jamás para los hombres! ¡Ah, Beautrelet, el día que yo puse los pies sobre este suelo abandonado, qué sensación de orgullo experimenté! Encontrar el secreto perdido y convertirme en amo de él, en su único amo. Recibir tamaña herencia. Después de tantos reyes, vivir en la Aguja...

Un gesto de su esposa lo interrumpió. Parecía muy agitada.

—Se oye ruido..., ruido debajo de nosotros... ¿Lo oyes?...

—Es el chapoteo del agua —dijo Lupin.

—No..., no... El ruido de las olas lo conozco... Es otra cosa...

—¿Qué quieres que sea, querida mía? —respondió Lupin riendo—. Yo no he invitado a almorzar más que a Beautrelet.

Y dirigiéndose al criado añadió:

—Charoláis, ¿cerraste las puertas de la escalera después que entró el señor?

—Sí, les eché el cerrojo.

Lupin se levantó y dijo:

—Vamos, Raimunda, no tiembles así... Estás completamente pálida.

Le dijo unas palabras en voz baja, lo mismo que al criado, levantó las cortinas y los hizo salir a ambos.

Abajo el ruido era ahora más pronunciado. Eran unos golpes sordos que se repetían a intervalos iguales. Beautrelet pensó: «Ganimard ha perdido la paciencia y está rompiendo las puertas.»

Con absoluta calma y cual si verdaderamente no hubiera oído los golpes, Lupin prosiguió:

—Por ejemplo, la Aguja estaba muy deteriorada cuando yo logré descubrirla. Bien se veía que nadie había poseído el secreto desde hacía un siglo..., desde Luis Dieciséis y la Revolución. El túnel amenazaba ruina. Las escaleras se estaban haciendo polvo. El agua se filtraba al interior. Tuve que apuntalar, consolidar, reconstruir.

Beautrelet no pudo menos que decir.

—¿Y a la llegada de usted esto estaba vacío?

—Casi. Los reyes no debieron seguramente utilizar la Aguja conforme yo lo he hecho, como depósito...

—¿Y como refugio, entonces?...

—Sí, sin duda, en los tiempos de invasiones e igualmente en las épocas de guerras civiles. Pero su verdadero destino fue... ¿cómo diría yo?, el de caja fuerte de los reyes de Francia.

Los golpes se redoblaban, ahora ya menos sordos. Ganimard había roto, sin duda, la primera puerta y estaba dedicado a atacar la segunda.

Hubo un silencio y luego se escucharon otros golpes ya más cercanos. Era la tercera puerta. Quedaban todavía dos.

Por una de las ventanas Beautrelet divisó las barcas que singlaban en torno a la Aguja, y, no lejos de ellas, flotando como un gigantesco pez negro, el torpedero.

—¡Qué estrépito! —exclamó Lupin—. No oímos nuestra conversación. Subamos, ¿quieres? Quizá te interese visitar aquello.

Pasaron al piso superior, el cual estaba defendido, como los otros, por una puerta que Lupin cerró tras de él.

—Éste es mi museo de cuadros —dijo.

Los muros estaban cubiertos de telas, en las cuales Beautrelet leyó en seguida las firmas más ilustres. Había allí La Virgen y el Agnus Dei, de Rafael; el Retrato de Lucrecia Pede, de Andrés del Sarte; la Salomé de Ticiano, La Virgen y los Ángeles, de Botticelli, así como también Tintorettos, Carpaccios, etc.

—¡Qué hermosas copias! —comentó aprobadoramente Beautrelet.

Lupin lo miró con aire estupefacto y contestó:

—¡Cómo copias! ¿Estás loco? Querido mío, las copias están en Madrid, en Florencia, en Venecia, en Munich, en Amsterdam...

—¿Cómo puede ser eso?

—Porque las telas originales, coleccionadas pacientemente en todos los museos de Europa, las he reemplazado yo honradamente por excelentes copias.

—Pero un día u otro...

—¿Que un día u otro será descubierto el fraude? Pues bien: entonces encontrarán mi firma en cada una de las telas, al dorso, y se sabrá que fui yo quien doté a mi país de obras maestras originales. Después de todo, yo no he hecho más que lo que Napoleón hizo en Italia... ¡Ah!, mira, Beautrelet, aquí están los Rubens del señor De Gesvres...

Los golpes no cesaban de oírse en la cumbre de la Aguja.

—Esto ya es insoportable —dijo Lupin—. Subamos todavía más.

Una nueva escalera. Una nueva puerta.

—Ésta es la sala de los tapices —anunció Lupin.

Los tapices no estaban colgados, sino enrollados, atados con cordel, provistos de etiquetas y mezclados con paquetes de telas antiguas que Lupin desplegó. Se trataba de brocados maravillosos, de terciopelos admirables, de sedas ligeras de tonos pálidos, tisús de oro...

Subieron todavía más, y Beautrelet contempló entonces la sala de los relojes y de los péndulos, la sala de los libros (¡oh, aquellas magníficas encuademaciones, y qué preciosos volúmenes!), la sala de los bordados y la de objetos diversos...

Y cada vez que subían más, el círculo de la sala iba disminuyendo. Y cada vez también el ruido de los golpes se alejaba. Ganimard perdía terreno.

—Y la última —dijo Lupin— es la sala del tesoro.

Esta sala era completamente diferente. Redonda también, pero muy alta y de forma cónica, ocupaba la cima del edificio, y su base debía encontrarse a quince o veinte metros de la punta extrema de la Aguja.

Por el lado del acantilado no había ventana alguna. Pero por el lado del mar, como no era de temer ninguna mirada indiscreta, se abrían dos huecos de ventanas con cristales, por donde penetraba la luz abundantemente. El suelo estaba cubierto por un piso hecho de maderas raras y preciosas, con dibujos concéntricos. A lo largo de las paredes se veían vitrinas y algunos cuadros.

—Son perlas de mis colecciones —dijo Lupin—. Todo cuanto has visto hasta ahora está a la venta. Unos objetos se van y otros vienen. Es el oficio. Pero aquí, en este santuario, todo es sagrado. Mira estas joyas, Beautrelet. Amuletos caldeos, collares egipcios, brazaletes celtas... Mira estas estatuillas, Beautrelet, esta Venus griega, este Apolo de Corinto... Mira estas Tanagras, Beautrelet Fuera de esta vitrina no existe un solo ejemplar en el mundo que sea auténtico. ¡Qué gozo en poder decirme eso! Beautrelet, ¿recuerdas los saqueadores de iglesias del Midi, la banda de Thomas? Eran agentes míos, en verdad sea dicho. Pues bien: aquí está la Caza de Ambazac, la verdadera, Beautrelet. ¿Recuerdas el escándalo del Louvre, la tiara que resultó falsa?... Aquí está la tiara de Saitafarnés, la verdadera, Beautrelet. Y he aquí la maravilla de las maravillas, la obra suprema, el pensamiento de un dios... Aquí está la Gioconda, la verdadera. ¡Ponte de rodillas, Beautrelet!

Hubo un silencio entre ellos. Abajo, los golpes volvían a acercarse. Quedaban dos o tres puertas, ni una más, separándolos de Ganimard.

En la costa se divisaba el lomo negro del torpedero y las barcas que cruzaban. El joven preguntó:

—¿Y el tesoro?

—¡Ah!, hijo mío, es eso, sobre todo, lo que te interesa. Y la multitud será lo mismo que tú... Bueno, date ya por satisfecho.

Golpeó violentamente el suelo con el pie e hizo moverse uno de los discos que componían el piso, y levantándolo como si fuera la tapadera de una cuba puso al descubierto una especie de tina completamente redonda, excavada en la propia roca. Estaba vacía. Un poco más lejos realizó la misma maniobra. Apareció otra tina. Estaba igualmente vacía. Tres veces más repitió la maniobra y otras tres tinas aparecieron vacías.

—¡Ah! —dijo Lupin con ironía—. ¡Qué decepción! Bajo Luis Once, bajo Enrique Cuarto, bajo Richelieu, las cinco tinas debían estar llenas, pero piensa en Luis Catorce, en Versalles, en la guerras, en los grandes desastres del reino. Y piensa en la Pompadour, en la Du Barry. ¡Cómo debieron extraer oro de aquí! ¡Con qué uñas afiladas debieron raspar esta piedra! Ya ves, nada queda...

Se detuvo y añadió:

—Sí, Beautrelet, queda todavía algo: el sexto escondrijo. Pero éste es intangible... Ninguno de ellos osó tocarlo. Era el supremo recurso..., digamos que era algo así como la pera para calmar la sed. Mira, Beautrelet.

Se agachó y levantó la tapadera. Un cofre de hierro llenaba el hueco. Lupin sacó de su bolsillo una llave de moldura hueca y complicadas ranuras y abrió el cofre.

Surgió como un resplandor. Todas las piedras preciosas despedían sus rayos, flameaban todos los colores..., el fuego de los rubíes, el verde de las esmeraldas, el sol de los topacios.

—Mira, pequeño Beautrelet. Devoraron todas las monedas de oro, todas las monedas de plata, todos los escudos, todos los ducados y todos los doblones, pero el cofre de piedras quedó intacto. Mira las monturas. Las hay de todas las épocas, de todos los siglos, de todos los países. Las dotes de las reinas están aquí. Cada una aportó su parte, Margarita de Escocia y Carlota de Saboya, María de Inglaterra y Catalina de Médicis, y todas las archiduquesas de Austria, Eleonora Isabel, María Teresa, María Antonieta... ¡Mira estas perlas, Beautrelet! ¡Y estos diamantes! No hay uno solo entre ellos que no sea digno de una emperatriz. El Regente de Francia no es más hermoso.

Se levantó, extendió la mano en señal de juramento y dijo:

—Beautrelet: tú le dirás al universo entero que Lupin no tomó ni una sola de estas piedras que se encontraban en la caja fuerte..., ni una sola... Lo juro por mi honor. Yo no tenía derecho a hacerlo. Era la fortuna de Francia...

Abajo, Ganimard se daba prisa. Por la repercusión de los golpes era fácil juzgar que estaba atacando la penúltima puerta, la sala de los objetos diversos.

—Dejemos abierto el cofre —dijo Lupin—, y todas las tinas también, todos esos pequeños sepulcros vacíos...

Dio vuelta a la estancia, examinó algunas vitrinas, contempló ciertos cuadros, y luego, paseándose con aire pensativo, dijo:

—¡Qué triste es tener que abandonar todo esto! ¡Qué desconsuelo! Mis horas más hermosas las he pasado aquí, solo frente a estos objetos que nunca... Y mis ojos ya no volverán a verlos jamás, y mis manos no volverán a tocarlos jamás.

En su rostro contraído había una expresión tan grande de pena, que Beautrelet experimentó una confusa piedad por él. El dolor en aquel hombre debía adquirir proporciones más grandes que en otro, lo mismo que la alegría, el orgullo o la humillación.

Cerca de la ventana, y con el dedo extendido dijo:

—Lo que me resulta más triste todavía es eso, todo eso que tengo que abandonar. ¿No te parece hermoso? El mar inmenso, el cielo... A derecha e izquierda los acantilados de Etretat, con sus tres puertas, la puerta de Amont, la puerta de Aval y la Manneporte..., otros tantos arcos de triunfo para el maestro... ¡Y el maestro era yo! ¡El rey de la aventura, el rey de la Aguja hueca! Reino extraño y sobrenatural de César a Lupin... ¡Qué destino!

Rompió a reír, y agregó:

—¿Rey de la magia? ¿Y por qué esto? Digamos en seguida rey de Yvetot. ¡Qué broma! Rey del mundo, sí, esa es la verdad. Desde esta punta de la Aguja yo dominaba el universo. Levanta ta tiara de Saitafarnés, Beautrelet... ¿Ves ese doble aparato telefónico?... A la derecha es la comunicación con París..., línea especial..., y a la izquierda, con Londres, línea especial. Por Londres me comunico con Norteamérica, con Asia, con Australia. En todos esos países tengo sucursales, agentes de venta, ojeadores. Es el comercio internacional. Es el gran mercado del arte y de las antigüedades, la feria del mundo, ¡Ah!, Beautrelet, hay momentos en que mi poder me hace perder la cabeza. Estoy embriagado de fuerza y de autoridad...

La puerta de abajo cedió. Se oyó a los hombres que corrían y que buscaban... Después de unos instantes Lupin continuó en voz baja:

—Y he aquí que se ha acabado... Pasó una joven que tiene los cabellos rubios, unos hermosos ojos tristes y un alma honrada... y se acabó... Yo mismo he demolido el formidable edificio... Todo lo demás me parece absurdo y pueril... Lo único que cuenta son sus cabellos..., sus ojos tristes... y su pequeña alma honrada.

Los hombres subían la escalera. Un golpe sacudió la puerta, la última puerta ya... Lupin agarró de un brazo al joven.

—¿Comprendes, Beautrelet, por qué te he dejado el campo libre cuando tantas veces, desde hace semanas, pude aplastarte? ¿Comprendes por qué has conseguido llegar hasta aquí? ¿Comprendes por qué le he entregado a cada uno de mis hombres su parte del botín y que tú los viste la otra noche sobre el acantilado? Lo comprendes, ¿no es eso? La Aguja hueca es la aventura. Mientras sea mía, yo soy el aventurero. La Aguja tomada por otros es todo el pasado que se desprende de mí, es el porvenir que comienza, un porvenir de paz y felicidad en el que yo ya no enrojeceré cuando los ojos de Raimunda me miren..., un porvenir.

Se volvió furioso hacia la puerta:

—Pero cállate ya de una vez, Ganimard, no he terminado aún de hablar.

Los golpes se precipitaban. Se hubiera dicho que se estaba produciendo el choque de una viga contra la puerta. En pie frente a Lupin, Beautrelet, absorto de curiosidad, esperaba los acontecimientos sin comprender el juego de Lupin. Que hubiera entregado la aguja, sea; pero ¿por qué se entregaba él mismo? ¿Cuál era su plan? ¿Esperaba aún poder escapar de Ganimard?

Mientras tanto, Lupin, soñador, murmuraba:

—Honrado... Arsenio Lupin, honrado... Ya nada de robos..., llevar la vida de todo el mundo... ¿Y por qué no? No hay razón alguna para que yo no alcance el mismo éxito... Pero ¡déjame en paz, Ganimard! Ignoras, triple idiota, que en estos momentos estoy pronunciando palabras históricas y que Beautrelet las recoge para nuestros nietos.

Se echó a reír, añadiendo:

—Estoy perdiendo el tiempo. Ganimard jamás sería capaz de comprender la utilidad de mis palabras históricas.

Tomó un trozo de tiza roja, acercó a la pared un taburete y escribió con grandes letras:

«Arsenio Lupin lega a Francia todos los tesoros de la Aguja hueca, con la única condición de que esos tesoros sean instalados en el Museo del Louvre, en salas que llevarán el nombre de Salas de Arsenio Lupin.»

—Ahora, mi conciencia ya está tranquila. Francia y yo quedamos en paz.

Los invasores golpeaban con todas sus fuerzas. Un panel de la puerta reventó. Una mano pasó por el agujero buscando la cerradura.

—¡Rayos y truenos! —exclamó Lupin—. Ganimard es capaz de alcanzar su objeto por una vez.

Saltó sobre la cerradura y arrancó de ella la llave.

—Anda, viejo, que esta puerta es sólida... Dispongo de tiempo... Beautrelet, te digo adiós... Y gracias..., porque verdaderamente tú hubieras podido complicar el ataque..., pero eres delicado...

Se dirigió hacia un gran tríptico de Van den Weiden que representaba los Reyes Magos. Plegó la tabla de la derecha y dejó así al descubierto una pequeña puerta, cuyo pomo agarró.

—Que hagas una buena caza, Ganimard.

Sonó un disparo. Lupin saltó hacia atrás, gritando:

—¡Ah!, canalla, en pleno corazón. ¿Has tomado entonces lecciones? Estropeaste al rey mago. Le diste en pleno corazón. Has fracasado como un payaso de feria.

—¡Ríndete, Lupin! —aullo Ganimard, cuyo revólver asomaba por el panel reventado y cuyos brillantes ojos se distinguían—. ¡Ríndete, Lupin!

—¿Y la guardia, acaso se rinde?

—Si te mueves, te abraso...

—No puedes alcanzarme aquí.

De hecho Lupin se había alejado, y aun cuando Ganimard, por la brecha abierta en la puerta, podía disparar recto frente a él, no podía, en cambio, apuntar hacia el lado donde se encontraba Lupin... Pero no por ello la situación de este último era menos terrible, pues la salida con la cual contaba, la puerta del tríptico, quedaba frente a Ganimard. Intentar huir equivalía a exponerse al fuego del policía...

—¡Diablos! —dijo Lupin, riendo—. Mis acciones están en baja. Te está bien hecho, amigo Lupin, por haber tirado tanto de la cuerda. No debieras haber charlataneado tanto.

Se aplastó contra el muro. Los esfuerzos de los invasores hicieron que cediese otro panel más de la puerta. Sólo tres metros, ni uno más, separaban a los dos adversarios. Pero una vitrina de madera dorada protegía a Lupin.

—¡A mí, Beautrelet! —gritó el viejo policía que rechinaba de rabia—. Tira de una vez en lugar de estarte ahí de curioso...

Isidoro, en efecto, no se había movido, permaneciendo como espectador apasionado, pero indeciso. Con todas sus fuerzas, hubiera querido mezclarse en la lucha y derribar la presa que tenía a su merced. Pero un oscuro sentimiento se lo impedía.

El grito de Ganimard le sacudió. Su mano se crispó sobre la culata de su revólver.

«Si tomo partido —pensó—, Lupin está perdido..., y es mi deber...»

Sus ojos se encontraron con los de Lupin. Los de éste estaban tranquilos, atentos, casi curiosos, cual si en medio del terrible peligro que le amenazaba no se interesase más que por el problema moral que dominaba al joven. ¿Se decidiría Isidoro a darle el tiro de gracia al enemigo vencido?... La puerta crujió de arriba abajo.

—¡A mí, Beautrelet, ya le tenemos! —vociferó Ganimard.

Isidoro alzó su revólver.

Lo que luego ocurrió se desarrolló con tal rapidez, que Isidoro ya no se dio cuenta de todo sino más tarde. Vio a Lupin agacharse, correr a lo largo del muro, pasar a ras ante la puerta, por debajo mismo del arma que empuñaba vanamente Ganimard, e Isidoro se sintió derribado a tierra, apresado y nuevamente en el aire por una fuerza invencible.

Lupin le tenía en el aire como un escudo viviente, detrás del cual él se ocultaba.

—¡Diez contra uno a que me escapo, Ganimard! Lupin, ya sabes, tiene siempre recursos...

Había retrocedido rápidamente hacia el tríptico. Sosteniendo con una mano a Beautrelet oprimido contra su pecho, con la otra desprendió el cierre de la pequeña puerta y salió por ella, volviendo a cerrarla detrás de sí. Estaba salvado... Inmediatamente surgió ante ellos una escalera que bajaba de improviso.

—Vamos —dijo Lupin, empujando a Beautrelet delante de él—. El ejército de tierra está derrotado..., ahora ocupémonos de la flota francesa. Después de Waterloo, Trafalgar... Vas a recibir tu merecido, pequeño... ¡Ah, qué divertido! Ahí están golpeando ahora en el tríptico... Demasiado tarde, muchachos... Anda de una vez, Beautrelet...

La escalera, abierta en la pared de la Aguja, en su propia corteza, iba girando en torno a la pirámide, envolviéndola como la espiral de un tobogán.

Lupin apremió al joven y bajaron a toda prisa los peldaños de dos en dos y de tres en tres. A trechos surgía una luz brillante por una hendidura de la pared, y Beautrelet percibía la visión de las barcas de pesca que evolucionaban a unas decenas de brazas, así como el negro torpedero...

Bajaron, bajaron... Isidoro silencioso, Lupin siempre exuberante.

—Quisiera saber lo que hace Ganimard. ¿Estará corriendo por las otras escaleras abajo para cerrarme el camino en la entrada del túnel? No, no es tan tonto como todo eso... Habrá dejado allí cuatro hombres..., que ya es bastante.

Se detuvo.

—Escucha... gritan allá arriba..., eso es. Habrán abierto la ventana y le gritan a su flota llamándola... Mira, en las barcas se preparan..., cambian señales..., el torpedero se mueve... ¡Valiente torpedero! Te reconozco, vienes de El Havre... Cañoneros, a sus puestos... ¡Caray!, el comandante... Buenos días, Duguay-Trouin.

Metió el brazo por la ventana y agitó un pañuelo. Luego reanudó la marcha.

—La flota enemiga rema con todas sus fuerzas —dijo—. El abordaje es inminente. ¡Dios Santo, cuánto me divierto!

Oyeron el ruido de voces por encima de ellos. En ese momento se aproximaban al nivel del mar y desembocaron casi inmediatamente en una vasta gruta donde dos linternas iban y venían en la oscuridad. Surgió una sombra, y una mujer se precipitó al cuello de Lupin.

—¡Pronto! ¡Pronto! Estaba inquieta... ¿Qué es lo que hacías?... Pero no vienes solo...

Lupin la tranquilizó.

—Es nuestro amigo Beautrelet... Figúrate que nuestro amigo Beautrelet tuvo la delicadeza...; bueno, ya te lo contaré..., ahora no tenemos tiempo... ¿Charoláis, estás ahí?... ¡Ah, muy bien!... ¿Y la embarcación?...

—La embarcación está lista —respondió Charoláis.

—Alumbre —dijo Lupin.

Al cabo de unos segundos trepidó el ruido de un motor, y Beautrelet, cuya mirada se iba acostumbrando poco a poco a las semitinieblas, acabó por darse cuenta de que se encontraba en una especie de muelle, a la orilla del agua, y que ante ellos flotaba una canoa.

—Una canoa automóvil —dijo Lupin, completando así las observaciones de Beautrelet—. ¡Ah!, todo esto te asombra, mi buen Isidoro... ¿No comprendes?... Como el agua que estás viendo no es otra que el agua del mar que se infiltra en cada marea en esta excavación, el resultado es que tengo aquí una pequeña rada invisible y segura...

—Pero cerrada —repuso Beautrelet—. Nadie puede entrar en ella ni nadie puede salir.

—Sí, yo —dijo Lupin—, y voy a probarlo.

Llevó primero a Raimunda, y luego regresó a buscar a Beautrelet. Éste titubeó.

—¿Tienes miedo? —le dijo Lupin.

—¿De qué?

—¿De ser hundido por el torpedero?

—No.

—Entonces te preguntas si tu deber no es quedarte al lado de Ganimard, de la justicia, la sociedad, la moral, en lugar de irte al lado de Lupin, que es la vergüenza, la infamia, la deshonra.



—Precisamente.

—Por desgracia, pequeño, no tienes opción... Por el momento es preciso que nos crean muertos a los dos... y que me dejen en paz..., esa paz que le deben a un futuro hombre honrado.

Por la forma en que Lupin le agarró de los brazos, Beautrelet comprendió que toda resistencia era inútil, Y además, ¿para qué resistir? ¿Acaso no tenía derecho a abandonarse a la simpatía irresistible que, a pesar de todo, este hombre le inspiraba? Ese sentimiento era tan claro en él, que hasta sintió deseos de decirle a Lupin:

«Escuche, usted corre otro grave riesgo: Herlock Sholmes anda sobre la pista de usted...»

—Hala, vente —le dijo Lupin, ya antes de que él se resolviera a hablarle.

Obedeció y se dejó llevar hasta la canoa, cuya forma le pareció extraña y de un aspecto completamente imprevisto.

Ya sobre el puente de la embarcación, bajaron los peldaños de una pequeña escalera abrupta, que era más bien una escala, la cual estaba enganchada a una trampa, y ésta se cerró detrás de ellos.

Al fondo de la escala, vivamente alumbrado por una lámpara, había un reducto de dimensiones muy exiguas donde ya se encontraba Raimunda y donde no disponían de más espacio que el indispensable para sentarse los tres. Lupin descolgó una bocina acústica, y ordenó:

—En marcha, Charoláis.

Isidoro sintió la impresión desagradable que se experimenta al bajar en un ascensor, la impresión que el suelo, la tierra, se escapa debajo de nosotros, la impresión del vacío. Esta vez era el agua la que escapaba y el vacío el que penetraba, por así decir, lentamente...

—¡Eh! ¿Nos estamos hundiendo? —dijo en broma Lupin—. Tranquilízate... Es sólo el tiempo de pasar de la gruta superior en donde nos encontramos, a una pequeña gruta situada completamente al fondo, medio abierta al mar y en la que puede penetrarse con la marea baja...; todos los pescadores de marisco la conocen... ¡Ah!, diez segundos de parada..., ya pasamos..., y el pasaje es estrecho..., exactamente del tamaño de nuestros submarinos.

—Pero ¿cómo es posible que los pescadores que entran en la gruta de abajo —dijo Beautrelet— no sepan que está perforada en la cima y que comunica con otra gruta de la cual parte una escalera? La verdad está a disposición del primero que venga...

—Eso es un error, Beautrelet. La cúpula de la pequeña gruta pública está cerrada cuando la marea está baja por un techo móvil, del color de la roca, que el mar al subir desplaza y eleva consigo, y que el mar al volver a bajar coloca de nuevo herméticamente sobre la pequeña gruta Es por ello que cuando la marea está alta, yo puedo pasar... Qué, es ingenioso, ¿verdad? Fue una idea de Bibi... Cierto es que ni César, ni Luis Catorce, ni, en suma, ninguno de mis abuelos no pudieron tenerla, por cuanto no disponían de un submarino... Se conformaban con la escalera que descendía entonces hasta la pequeña gruta de abajo... Yo suprimí los últimos peldaños e inventé ese techo móvil. Es un regalo que le he hecho a Francia... Raimunda, apaga la lámpara que está a tu lado..., ya no la necesitamos...

En efecto, una claridad pálida, que parecía constituir el propio color del agua, les había salido al encuentro al salir de la gruta y penetraba en la cabina por las portillas y por una bóveda de cristal que traspasaba el piso del puente y permitía inspeccionar las capas superiores del mar.

Y en seguida, una sombra se deslizó por encima de ellos.

—Se va a producir el ataque. La flota enemiga está cercando la Aguja... Pero por hueca que esté esta Aguja, me pregunto cómo van a penetrar en ella...

Tomó la bocina acústica, y ordenó:

—No abandonemos el fondo. Charoláis... ¿Que adonde vamos? Pero si ya te lo dije... A Puerto Lupin..., y a toda velocidad, ¿eh? Es preciso que haya agua para acercarse..., tenemos una dama a bordo con nosotros.

Estaban al ras de la superficie de las rocas submarinas. Las algas, agitadas, se erguían como una pesada vegetación negra, y las corrientes profundas las hacían ondular graciosamente. Y luego surgió una sombra todavía más alargada...

—Es el torpedero —dijo Lupin—. El cañón va a dejar oír su voz... ¿Qué irá a hacer Duguay-Trouin? ¿Bombardear la Aguja? Lo que nos estamos perdiendo, Beautrelet, al no poder asistir al encuentro de Duguay-Trouin y Ganimard... La reunión de las fuerzas terrestres y de las fuerzas navales... Eh, Charoláis, nos estamos durmiendo...

Sin embargo, la embarcación avanzaba veloz. Los campos de arena habían sucedido a los de rocas, y luego casi inmediatamente vinieron nuevas rocas, que señalaban la punta recta de Etretat, la puerta de Amont. Los peces huían al aproximarse la embarcación. Uno de ellos, más audaz, se pegó a la bóveda de la embarcación y a través del cristal los miraba con sus grandes ojos inmóviles y fijos.

Lupin llamó a Charoláis.

—Subamos, ya no hay peligro...

Subieron a la superficie, y la cúpula de cristal salió al exterior... Se encontraban a una milla de la costa y, por tanto, fuera de la vista de sus perseguidores. Beautrelet pudo entonces darse cuenta más exacta de la rapidez vertiginosa con que avanzaban.

Primero pasó ante ellos Fécamp, y luego todas las playas normandas de Saint-Pierre, las Petites-Daíles, Veulettes, Saint-Valery, Veules, Quiberville.

Lupin continuaba bromeando, e Isidoro no se cansaba de observarle y de oírle, maravillado por el verbo de aquel hombre, su alegría, su pillería, su despreocupación irónica, su alegría de vivir.

Y observaba también a Raimunda. La joven permanecía silenciosa, apretada contra aquel a quien amaba. Había tomado las manos de él entre las suyas, y a menudo alzaba los ojos para contemplarle, y en varias ocasiones Beautrelet observó que sus manos se crispaban un poco y que la tristeza de sus ojos se acentuaba. Y cada vez era como una respuesta muda y dolorosa a las ocurrencias de Lupin. Hubiérase dicho que aquella ligereza de sus palabras, aquella visión sarcástica de la vida le causaban sufrimiento.

—Cállate... —murmuró ella—, eso de reírte así es desafiar al Destino... Pueden esperarnos tantas desgracias...

Frente a Dieppe tuvieron que sumergirse de nuevo, para no ser vistos por las embarcaciones de pesca. Veinte minutos más tarde doblaron hacia la costa, y la embarcación penetró en un pequeño puerto submarino formado por un corte regular entre las rocas, se situó a lo largo de un muelle y ascendió despacio a la superficie.

—Estamos en Puerto Lupin —anunció Arsenio.

Aquel lugar, situado a cinco leguas de Dieppe y a tres leguas de Tréport, se hallaba protegido a derecha e izquierda por dos hundimientos del acantilado y estaba absolutamente desierto. Una arena muy fina tapizaba las pendientes de la pequeña playa.

—A tierra, Beautrelet... Raimunda, dame la mano... Y tú, Charoláis, regresa a la Aguja a ver qué es lo que ocurre entre Ganimard y Duguay-Trouin y ven a decírmelo. ¡Me apasiona ese asunto!

Beautrelet se preguntaba con curiosidad cómo iban a salir de aquella ensenada aprisionada que se llamaba Puerto Lupin, cuando descubrió al propio pie del acantilado los peldaños de una escalera de hierro.

—Isidoro —dijo Lupin—, si recuerdas la geografía y la historia sabrás que estamos en el fondo de la garganta de Parfonval, en la comuna de Biville. Hace más de un siglo, en la noche del veintitrés de agosto de mil ochocientos tres, Jorge Cadoudal y seis cómplices desembarcaron en Francia con la intención de secuestrar al primer cónsul Bonaparte, y ascendieron hasta lo alto por el camino que voy a mostrarte. Desde entonces, los desmoronamientos han destruido ese camino. Pero Valméras, más conocido bajo el nombre de Arsenio Lupin, lo ha hecho reconstruir a costa suya y ha comprado la granja de Neuvillette, donde los conjurados pasaron su primera noche, y donde, retirado de los negocios, él va a vivir con su madre y su esposa la vida respetable de un aristócrata tronado. ¡El caballero ladrón ha muerto, viva el caballero granjero!

Después de subir la escala apareció como una angostura, como un torrente abrupto excavado por las aguas de las lluvias y al fondo del cual había una especie de escalera provista de una rampa. Conforme Lupin se lo explicó, esa rampa había sido colocada para sustituir a una larga cuerda amarrada a unas estacas y con la cual antaño se ayudaban las gentes del país para bajar a la playa... Ascendieron durante cerca de media hora y desembocaron en la llanura, no lejos de una de esas cabañas abiertas en plena tierra y que sirven de abrigo a los aduaneros de la costa. Y precisamente, cuando doblaban en un recodo del camino, apareció un aduanero.

—¿Nada de nuevo, Gomel? —le preguntó Lupin.

—Nada, jefe.

—¿Ningún sospechoso?

—No, jefe...; sin embargo...

—¿Qué?


—Mi esposa, que es costurera en Neuvillette...

—Sí, ya sé... Cesarina... ¿Y qué?

—Vio a un marinero que rondaba esta mañana...

—¿Qué cara tenía ese marinero?

—Nada natural... Una cara de inglés.

—¡Ah! —exclamó Lupin, preocupado—. Y tú le diste la orden a Cesarina de...

—De abrir los ojos, sí, jefe.

—Está bien. Vigila el regreso de Charoláis de aquí a dos o tres horas... Si ocurre algo, estoy en la granja.

Reanudó la marcha, y le dijo a Beautrelet:

—Esto es inquietante... ¿Será Herlock Sholmes? ¡Ah!, si es él, furioso como debe estar, hay que temerlo todo.

Dudó un momento, y añadió:

—Me pregunto si no sería mejor que nos volviéramos...; sí, tengo malos presentimientos...

Las llanuras ligeramente onduladas se desenvolvían hasta perderse de vista. Un poco a la izquierda, unas bellas avenidas de árboles conducían hacia la granja de Neuvillette, cuyos edificios se divisaban ya... Era el retiro que él había preparado, el asilo de descanso prometido a Raimunda. ¿Acaso, por unas ideas absurdas, iba a renunciar a la felicidad en el mismo instante en que alcanzaba el objetivo?

Tomó del brazo a Isidoro, y señalándole a Raimunda, que caminaba delante de ellos, le dijo:

—¡Ah! ¿Olvidará ella jamás que yo fui Lupin? ¿Ese pasado, del que ella reniega, lograré yo borrarlo de su recuerdo?

Se dominó, y con obstinada seguridad dijo:

—¡Lo olvidará! Lo olvidará porque yo he hecho por ella todos los sacrificios. He sacrificado el refugio inviolable de la Aguja hueca, mis tesoros, mi poder, mi orgullo..., lo sacrificaré todo... Yo ya no quiero ser nada..., nada más que un hombre honrado, puesto que ella no puede amar más que a un hombre honrado... Después de todo, ¿qué puede importarme el ser honrado? No es más deshonroso que cualquier otra cosa...

La broma se le escapó sin quererlo, por así decir. Su voz se hizo ya grave y sin ironía. Y murmuró con violencia contenida:

—¡Ah!, ya ves, Beautrelet, de todos los goces que yo he tenido en la vida, no hay uno que valga la alegría que me produce su mirada cuando ella se siente satisfecha de mí... Entonces me siento completamente débil...

Se acercaban a una vieja puerta que servía de entrada a la granja. Lupin se detuvo, y dijo:

—¿Por qué tengo miedo?... Es algo como una opresión... ¿Es que la aventura de la Aguja hueca aún no ha acabado? ¿Es que el Destino no acepta el desenlace que yo escogí?

Raimunda se volvió muy inquieta, y dijo:

—Ahí viene Cesarina corriendo...

La mujer del aduanero llegaba, en efecto, viniendo de la granja, corriendo a toda prisa. Lupin se precipitó hacia ella, y le preguntó:

—¿Qué..., qué ocurre? ¡Hable!

Sofocada, ya casi sin alientos, Cesarina tartamudeó:

—Hay un hombre..., un hombre en el salón.

—¿El inglés de esta mañana?

—Sí..., pero ahora disfrazado de otra manera...

—¿La vio a usted?

—No. Vio a la madre de usted. La señora de Valméras le sorprendió cuando él se iba.

—¿Y qué?


—Que él le dijo que buscaba a Luis Valméras, que era amigo suyo.

—¿Y entonces?

—Entonces, la señora le respondió que su hijo estaba de viaje... para algunos años...

—¿Y se marchó?

—No. Hizo unas señales por la ventana que da a la llanura..., como si llamara a alguien.

Lupin pareció titubear. Un grito penetrante desgarró el aire. Raimunda gimió:

—Es tu madre..., yo reconozco...

Lupin se arrojó sobre ella, y, arrastrándola en un impulso de pasión bravia, le dijo:

—Ven..., huyamos..., tú primero...

Pero inmediatamente se detuvo, desconcertado, trastornado.

—No, no quiero..., es abominable... Perdóname, Raimunda..., aquella pobre mujer... Beautrelet, quédate aquí, no la abandones.

Se lanzó a lo largo del talud que rodeaba la granja. Dio vuelta en el recodo y siguió corriendo hasta cerca de la barrera que se abría sobre la llanura... Raimunda, a quien Beautrelet no había podido detener, llegó casi al mismo tiempo que él, y Beautrelet, ocultándose entre los árboles, divisó en la desierta avenida que conducía de la granja a la barrera, a tres hombres, uno de los cuales, el más corpulento, avanzaba en cabeza y los otros dos llevaban cargada y sujeta con sus brazos a una mujer que trataba de resistirse y que lanzaba gritos de dolor.

El día comenzaba a declinar. No obstante, Beautrelet pudo reconocer a Sholmes. La mujer era una persona de edad avanzada. Sus cabellos blancos servían de marco a su rostro lívido. Los cuatro se iban acercando. Llegaron a la barrera. Sholmes abrió la puerta. Entonces, Lupin se adelantó y se plantó ante él.

El choque pareció tanto más terrible cuanto que fue silencioso, casi solemne. Durante largo tiempo, los dos enemigos se midieron con la mirada. Un mismo odio convulsionaba sus rostros. No se movían.

Lupin dijo con una calma aterradora:

—Ordena a tus hombres que suelten a esa mujer.

—No.

Se hubiera podido creer que uno y otro temían emprender la lucha suprema y que uno y otro estaban acumulando todas sus fuerzas. Y ya no hubo más palabras inútiles, más provocaciones, sino el silencio, un silencio de muerte.



Loca de angustia, Raimunda esperaba el desenlace del duelo. Beautrelet la había sujetado de un brazo y la mantenía inmóvil. Al cabo de unos instantes, Lupin repitió:

—Ordena a tus hombres que suelten a esa mujer.

—No.

Lupin dijo:



—Escucha, Sholmes...

Pero se interrumpió, comprendiendo la inutilidad de las palabras. Frente a aquel coloso de orgullo y de voluntad que se llamaba Sholmes, ¿qué significaban las amenazas?

Decidido a todo, echó bruscamente la mano al bolsillo de su chaqueta. El inglés lo previno, y, saltando hacia su prisionera, le colocó el cañón de su revólver a dos pulgadas de la sien, y dijo:

—No hagas un solo movimiento, Lupin, o disparo.

Al mismo tiempo, sus ayudantes apuntaron sus armas hacia Lupin... Éste se puso rígido, dominó la furia que le agitaba, y fríamente, con las dos manos en sus bolsillos y dando el pecho al enemigo insistió:

—Por tercera vez, deja a esa mujer.

El inglés replicó, irónico:

—¡Quizá no haya derecho a tocarla! Vamos, vamos, basta de bromas. Tú ya no te llamas más Valméras de lo que te llamas Lupin; es un nombre que robaste, igual que robaste el nombre de Charmerace. Y ésa que tú haces pasar por tu madre, es Victoria, tu antigua cómplice, la que te crió...

Sholmes cometió un error. Impulsado por su ansia de venganza, miró a Raimunda, a quien esas revelaciones llenaban de horror. Lupin aprovechó tal imprudencia y con un rápido movimiento hizo fuego.

—¡Maldición! —aulló Sholmes, cuyo brazo, perforado por el proyectil, cayó a lo largo de su cuerpo. Y apostrofando a sus hombres, gritó: —¡Tirad, vosotros! ¡Tirad!

Pero Lupin había saltado sobre ellos y no habían transcurrido dos segundos cuando el de la derecha rodaba a tierra con el pecho hundido, mientras el otro, con la mandíbula rota, caía desplomado sobre la barrera.

—Apresúrate, Victoria..., amárralos... Y ahora, vamos a vérnoslas los dos, inglés...

Y se agachó, maldiciendo: —¡Ah, canalla!...

Sholmes había recogido su arma con la mano izquierda y le apuntaba.

Sonó un disparo..., un grito de dolor... Raimunda se había precipitado entre los dos hombres frente al inglés. Se tambaleó, se llevó la mano a la garganta, se irguió, giró sobre sí misma y cayó a los pies de Lupin.

—¡Raimunda!... ¡Raimunda!...

Se arrojó sobre ella y la estrechó contra sí.

—¡Muerta! —exclamó.

Se produjo un momento de estupor. Sholmes parecía confundido por su acción. Victoria balbucía:

—Mi pequeña..., mi pequeña...

Beautrelet se acercó a la joven y se inclinó para examinarla. Lupin repetía.

—Muerta..., muerta...

Su tono era reflejo, cual si no comprendiera lo ocurrido.

Pero su rostro se arrugó, se transformó de pronto, invadido de dolor. Luego se sintió agitado por una especie de locura, hacía gestos de desvarío, se retorcía las manos, pateaba como un niño víctima de un gran sufrimiento.

—¡Miserable! —gritó de pronto en un acceso de odio.

Y tras una embestida formidable que derribó a Sholmes, le agarró por la garganta y le clavó sus dedos crispados en la carne. El inglés gemía, sin siquiera debatirse.

—Hijo mío, hijo mío —suplicaba Victoria Beautrelet acudió en auxilio del inglés, pero ya Lupin había soltado su presa y, junto a su enemigo tendido en tierra, sollozaba.

Era un espectáculo conmovedor.

La noche comenzaba a cubrir con un velo de sombra el campo de batalla. Los tres ingleses, atados y amordazados, yacían sobre la alta hierba. Canciones campesinas mecieron el silencio de la llanura. Eran las gentes de la granja que regresaban del trabajo.

Lupin se incorporó. Escuchó las voces monótonas. Luego contempló la granja feliz, donde había soñado vivir pacíficamente cerca de Raimunda. Miró a ésta, que dormía ya, toda blanca, el sueño eterno.

Los campesinos se acercaban. Entonces, Lupin se inclinó, alzó a la muerta con sus vigorosos brazos y cargó el cadáver doblado en dos sobre su hombro.

—Vámonos, Victoria.

—Vamos, hijo mío.

—Adiós, Beautrelet —dijo Lupin.



Y cargado con su preciosa y terrible carga, seguido de su anciana sirvienta, silenciosa, bravía, partió hacia el lado del mar y se perdió en las sombras profundas del horizonte.

FIN


1 Arsenio Lupin contra Herlock Sholmes.

2 Creuse, adjetivo utilizado aquí corno sustantivo, tiene muchos significados; entre ellos, el de hueco. En francés la obra lleva el título L'aiguille creuse, que en español puede corresponder a la aguja hueca. (N. del T.)

3 El fuerte de Frélossé llevaba el nombre de una propiedad vecina de la que dependía. Su destrucción, que tuvo lugar algunos años más tarde, fue exigida por las autoridades militares, a causa de las revelaciones que figuran en este libro.

4 Los orígenes de Etretat. A final de cuentas, el padre Cochet pareció llegar a la conclusión de que las dos letras eran las iniciales de un campesino. Las revelaciones que nosotros aportamos aquí demuestran el error de semejante suposición.

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