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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO OCHO

DE CÉSAR A LUPIN

«¡Qué diablo! Yo, Arsenio Lupin, necesité diez días. Y tú necesitarás diez años.»

Esa frase, pronunciada por Lupin a la salida del castillo de Vélines, ejerció gran influencia sobre el proceder de Beautrelet. Muy tranquilo en el fondo y siempre dueño de sí, Lupin tenía, no obstante, expansiones como esa un poco románticas, teatrales a veces y de muchacho, en las cuales se le escapaban ciertas confesiones, ciertas palabras de las que un joven como Beautrelet podía sacar provecho.

Con razón o sin ella, Beautrelet creía ver en esa frase una de sus confesiones involuntarias. Estaba en su derecho en concluir que si Lupin ponía paralelamente sus esfuerzos y los de él en la persecución de la verdad sobre la aguja hueca, entonces era porque ambos poseían medios idénticos para llegar al mismo objetivo... Y que Lupin no había dispuesto de elementos de triunfo diferentes de aquellos que poseía su adversario. Las posibilidades para ambos eran las mismas. Pero con esas mismas posibilidades, con esos mismos elementos de triunfo, a Lupin le habían bastado diez días. ¿Cuáles eran esos elementos y esas posibilidades? Todo se reducía al conocimiento del folleto publicado en 1815, folleto que Lupin, como Massiban, había sin duda encontrado por casualidad, y gracias a ello había llegado a descubrir en el devocionario de María Antonieta el documento indispensable. Por consiguiente, el folleto y el documento constituían las dos bases sobre las cuales Lupin se había apoyado. Con esos elementos había reconstruido todo el edificio. Nada de auxilios extraños. El estudio del folleto y el estudio del documento, y eso era todo.

Entonces, ¿no podía Beautrelet acantonarse también sobre el mismo terreno? ¿Para qué una lucha imposible? ¿Para qué sus vanas investigaciones con las cuales él estaba seguro —tanto que evitaba las emboscadas multiplicadas bajo sus pasos— de llegar, a fin de cuentas, al más lamentable de los resultados?

Su decisión fue clara e inmediata, y ajustándose a ella tenía la intuición feliz de que se encontraba sobre el camino acertado. Ante todo, y sin inútiles recriminaciones, abandonó a su camarada del instituto Jason-de-Sailly y, tomando su maleta, fue a instalarse en un pequeño hotel situado en el propio centro de París. De ese hotel no salió en absoluto durante días enteros. A lo sumo comía en el restaurante. El resto del tiempo, encerrado bajo llave, con las cortinas de las ventanas herméticamente cerradas, pensaba.

«Diez días», había dicho Arsenio Lupin. Beautrelet se esforzaba por olvidar todo cuanto había hecho y no recordar más que los elementos contenidos en el folleto y en el documento, ambicionando ardientemente el mantenerse dentro de los límites de aquellos diez días. Pero pasó el décimo, y el undécimo, y el duodécimo, mas al décimotercero la luz se hizo en su cerebro y rápidamente, con la rapidez desconcertante de esas ideas que se desarrollan en nosotros como plantas milagrosas, la verdad surgió, se dilató, se fortificó. La noche de aquel décimotercer día no sabía ciertamente la clave del problema, pero conocía uno de los métodos que podían dar lugar a descubrirla..., el método fecundo que Lupin, sin duda alguna, había empleado.

Método muy simple y que se desprendía de esta cuestión única: ¿existía un lazo de unión entre todos los acontecimientos históricos, más o menos importantes, a los cuales el folleto ligaba el misterio de la aguja hueca?

La diversidad de los acontecimientos hacía que la respuesta fuese difícil. No obstante, del profundo examen a que Beautrelet se entregó, acabó por desprenderse un carácter esencial a todos los acontecimientos. Todos, sin excepción, se producían en los límites de la antigua Neustrie, límites que correspondían más o menos a la actual Normandía. Todos los héroes de la fantástica aventura eran normandos, o se convirtieron en tales, o actuaron en la tierra normanda.

¡Qué apasionante cabalgata a través de los siglos! ¡Qué emocionante espectáculo el de todos aquellos barones, duques y reyes partiendo de puntos tan opuestos y dándose cita en este rincón del mundo!

A la ventura, Beautrelet hojeó la Historia. Era Roll o Rollón, primer duque normando, quien quedó dueño del secreto de la aguja después del tratado de Saint-Clair-sur-Epte.

Fue Guillermo el Conquistador, duque de Normandía, rey de Inglaterra, cuyo estandarte estaba agujereado en forma de aguja.

Fue en Rouen donde los ingleses quemaron a Juana de Arco, dueña del secreto.

Y en el propio principio de la aventura, ¿que es aquel jefe de los caletas que paga su rescate a César con el secreto de la aguja, sino el jefe de los hombres de la tierra de Caux..., la tierra de Caux, situada en el mismo corazón de Normandía?

La hipótesis quedó fijada. El campo se estrechó. Rouen, las orillas del Sena, la tierra de Caux..., parecía verdaderamente que todos los caminos convergían por ese lado. Si se citan particularmente dos reyes de Francia, ahora que el secreto, perdido por los duques de Normandía y por sus herederos los reyes de Inglaterra, se ha convertido en secreto de la casa real de Francia, es Enrique IV..., el mismo Enrique IV, que puso sitio a Rouen y ganó la batalla de Arquez, a las puertas de Dieppe. Y es también Francisco I, quien fundó El Havre y pronunció esta frase reveladora: «Los reyes de Francia guardan secretos que deciden a menudo la suerte de las ciudades.» Rouen, Dieppe, El Havre..., las tres cimas del triángulo, las tres grandes ciudades que ocupan las tres puntas, los tres ángulos. Y en el centro, la tierra de Caux.

Llegó el siglo XVII, Luis XIV quema el libro en el que el desconocido revela la verdad. El capitán De Larbeyrie se apodera de un ejemplar, se aprovecha del secreto que él ha violado, roba un determinado número de joyas y, sorprendido por unos salteadores de caminos, muere asesinado. Mas ¿en qué lugar se produjo el acecho de los bandidos y el asesinato? En Gaillon, pequeña ciudad situada en la carretera que conduce desde El Havre, desde Rouen o desde Dieppe, a París.

Un año más tarde, Luis XIV compra una propiedad y construye el castillo de la Aguja. ¿Y qué lugar escogió para ello? El centro de Francia. De ese modo, los curiosos quedan desorientados. No se busca en Normandía.

Rouen..., Dieppe..., El Havre... El triángulo... Todo está allí... De un lado, el mar. Del otro, el Sena. Del otro, los dos valles que conducen de Rouen a Dieppe.

Un relámpago iluminó el espíritu de Beautrelet. Ese espacio de terreno, esa región de altas planicies que van desde los acantilados del Sena a los acantilados de la Mancha, era siempre, casi siempre, el propio campo de operaciones donde evolucionaba Lupin.

Desde hacía diez años era precisamente en esa región donde él actuaba como en tierra propia y cual si hubiera tenido su guarida en el propio centro del país y donde se enlazaba más estrechamente la leyenda de la aguja hueca.

¿El asunto del barón de Cahorn? Había ocurrido en las orillas del Sena, entre Rouen y El Havre. ¿El asunto de Tibermesnil? Se había producido en la otra extremidad de la planicie, entre Rouen y Dieppe. ¿Los robos de Cruchet, de Montigny y de Grasville? Sucedieron en plena tierra de Caux. ¿Adonde se dirigía Lupin cuando fue atacado y atado en su departamento del tren por Pedro Anfrey, el asesino de la calle Lafontaine? A Rouen. ¿Dónde fue embarcado Herlock Sholmes, prisionero de Lupin? Cerca de El Havre.

Y todo el drama actual, ¿dónde tuvo su escenario? En Ambrumésy, junto a la carretera de El Havre a Dieppe.

Rouen, Dieppe, El Havre..., siempre el triángulo.

Por consiguiente, algunos años antes, Lupin, en posesión del folleto y conociendo el escondrijo donde María Antonieta había ocultado el documento, acabó por meter sus manos en el famoso devocionario. Y ya en posesión del documento, se puso en campaña, encontró lo que buscaba y allí se estableció como en país conquistado.

Beautrelet se puso también en campaña.

Una mañana almorzaba en una posada teniendo a la vista Harfleur, antigua ciudad del estuario. Frente a él comía uno de esos tratantes normandos, colorados y gordos, que recorren las ferias con el látigo en la mano y vestidos con una larga blusa. Al cabo de un instante le pareció a Beautrelet que aquel hombre le miraba con cierta atención, como si le conociera o, cuando menos, como si tratara de reconocerle.

«Bueno —pensó—. Me equivoco; nunca he visto a este tratante en caballos.»

En efecto, el hombre pareció no ocuparse ya más de él. Encendió su pipa, pidió café y coñac. Beautrelet, cuando hubo terminado su almuerzo, pagó y se levantó. Un grupo de individuos entraba en el momento que él iba a salir del restaurante. Tuvo que quedarse en pie unos momentos junto a la mesa donde el tratante estaba sentado, y entonces oyó que le decía:

—Buenos días, señor Beautrelet.

Isidoro no dudó. Tomó asiento junto al individuo, y le dijo:

—Sí, soy yo...; pero usted..., ¿quién es? ¿Cómo me ha reconocido?

—No es difícil... Y, sin embargo, yo nunca he visto más que su retrato en los periódicos. Pero está usted tan mal..., ¿como dicen ustedes en francés?..., tan mal desfigurado.

Tenía un acento extranjero muy acusado, y Beautrelet creyó discernir, al examinar a aquel hombre, que él también tenía algo que desfiguraba su verdadero rostro.

—¿Quién es usted? —repitió Beautrelet.

El extraño sonrió, y dijo:

—¿No me reconoce usted?

—No. Yo no le he visto a usted nunca.

—De mí también publican el retrato los periódicos... y lo hacen a menudo. ¿Qué, ya me reconoce?

—No.

—Herlock Sholmes.



Aquel encuentro era original. Y era también significativo. Inmediatamente, el joven comprendió su alcance. Después de un intercambio de cumplidos mutuos, le dijo a Herlock Sholmes:

—¿Me supongo que usted se encuentra aquí a causa de él?

—Entonces..., entonces..., usted cree que tenemos posibilidades por este lado.

—Estoy seguro de ello.

La alegría que Beautrelet experimentó al comprobar que la opinión de Sholmes coincidía con la suya, no dejaba de tener su mezcla de contrariedad. Si el inglés alcanzaba el objetivo, entonces sería una victoria dividida y quién sabe si aquél, además, no llegaría antes que él

—¿Posee usted pruebas..., indicios? —preguntó el joven.

—No tenga usted miedo—dijo con ironía el inglés, comprendiendo la inquietud de Beautrelet—. Yo no sigo las huellas que sigue usted. Para usted es el documento, el folleto..., cosas que a mí no me inspiran gran confianza.

—¿Y usted?

—Para mí no es eso.

—¿Sería indiscreto?...

—En modo alguno. ¿Recuerda usted la historia de la diadema, la historia del duque de Charmerace?

—Sí.


—¿Usted no olvidó a Victoria, la vieja nodriza de Lupin, aquella que mi buen amigo Ganimard dejó escapar en un falso coche celular?

—No.


—Yo he vuelto a encontrar la pista de Victoria. Vive en una granja no lejos de la carretera nacional número veinticinco. Y la carretera nacional número veinticinco es la carretera de El Havre a Lille. Por medio de Victoria llegaré fácilmente a Lupin.

—Será un largo camino.

—No importa. He abandonado todos mis asuntos. Ya no hay más que éste que me interesa. Entre Lupin y yo hay entablada una lucha..., una lucha a muerte.

Pronunció esas palabras con una especie de salvajismo en el que se translucía un odio feroz contra el gran enemigo que le había burlado.

—Váyase —murmuró el inglés—. Nos están observando... y es peligroso... Pero recuerde mis palabras: el día que Lupin y yo nos encontremos frente a frente será..., será algo trágico.

Beautrelet se despidió de Sholmes ya completamente tranquilo: no había que temer que el inglés le ganara por rapidez.

Y qué prueba le proporcionaba la casualidad con esa entrevista. En efecto, la carretera de El Havre a Lille pasa por Dieppe. Es la gran carretera de la tierra de Caux, la carretera marítima que domina los acantilados de la Mancha. Y era en una granja vecina a esa carretera donde Victoria estaba instalada. Victoria, es decir, Lupin, puesto que el uno no andaba sin la otra, el amo sin la sirvienta siempre ciegamente dedicada a él.

«Ardo de impaciencia —se repetía el joven—. El hecho de que las circunstancias me proporcionen un elemento nuevo de información es para confirmar mis suposiciones. Por un lado, la certidumbre absoluta en cuanto a las orillas del Sena, y por el otro, la certidumbre de la carretera nacional. Las dos vías de comunicación se reúnen en El Havre, la ciudad de Francisco I, la ciudad del secreto. Los límites se estrechan. La ciudad de Caux no es extensa y sólo tengo que investigar la parte Oeste de la región. Lo que Lupin ha encontrado no existe razón alguna para que yo no lo encuentre también», no cesaba de decirse. Cierto es que Lupin debía de tener algunas ventajas importantes, quizá un profundo conocimiento de la región..., ventaja preciosa, dado que él, Beautrelet, desconocía totalmente aquella tierra.

Pero ¡qué importaba!

Aunque tuviera que consagrar diez años de su vida a aquella investigación, la llevaría a cabo. Lupin estaba allí. Lo veía. Lo adivinaba. Lo esperaba en aquella vuelta del camino, en la orilla de aquel bosque, a la salida de aquella aldea. Pero defraudado cada vez que tal pensaba, tal parecía que en cada decepción encontrase una razón más fuerte aún para obstinarse todavía más en su empresa.

A menudo se dejaba caer sobre el talud de la carretera y se hundía absorto en el examen de la copia del documento, tal como él la llevaba consigo, es decir, con la sustitución de las cifras por vocales.


A menudo también, según era su costumbre, se acostaba boca abajo en la alta hierba y meditaba durante horas. Disponía de tiempo sobrado para ello. El porvenir era suyo.

Estudió, escudriñó Montivilliers, Saint-Romain, Octeville y Gonne-viüe.

Llamaba por las tardes en las casas de los campesinos y les pedía albergue. Después de cenar, fumaba y charlaba con ellos. Y hacía que le contaran las mismas historias que ellos contaban en las largas veladas de invierno.

Nada. Ninguna leyenda, ningún recuerdo en el que se tratara de cerca o de lejos de una aguja. Y volvía a emprender la marcha alegremente.

Un día pasó por la bella aldea de Saint-Jouin, que domina el mar, y bajó entre el caos de rocas desprendido del acantilado.

Luego volvió a subir a la planicie y se dirigió hacia el valle de Bruneval, hacia el cabo de Antifer, hacia la pequeña ensenada de ese mismo nombre. Caminaba alegremente y con ligereza, un poco cansado, pero tan feliz de vivir, tan dichoso, que hasta olvidaba a Lupin y el misterio de la aguja hueca, y a Sholmes, interesándose por el espectáculo de las cosas, en el cielo azul, en el ancho mar esmeralda todo resplandeciente de sol.

Lo intrigaban a veces unos taludes rectilíneos, unos restos de muros y ladrillos donde creía reconocer vestigios de campos romanos. Luego descubrió una especie de pequeño castillo, de bastante mal gusto, construido imitando un fuerte antiguo, y que estaba situado en un promontorio, despedazado, rocoso y casi desprendido del acantilado. Una puerta de reja flanqueada de fosos y de espinos cerraba el estrecho pasadizo.

A duras penas, Beautrelet consiguió penetrar. Por encima de la puerta ojival, que cerraba una vieja cerradura herrumbrosa, leyó estas palabras:

Fuerte de Fréfossé 3

No intentó entrar y, volviendo a la derecha, después de bajar una pequeña pendiente, se internó por un sendero que corría sobre una arista de tierra provista de una rampa de madera. En el extremo había una gruta de exiguas proporciones, formando como una garita en la punta de la roca donde había sido abierta, una roca abrupta asomándose sobre el mar.

Apenas si era posible mantenerse en pie en el centro de la gruta En los muros se entrecruzaban las inscripciones. Un agujero casi cuadrado, hecho sobre la piedra, se abría en tragaluz por el lado de tierra, frente al fuerte de Fréfossé, cuya almenada cima se percibía a treinta o cuarenta metros de distancia. Beautrelet arrojó al suelo su saco de viaje y se sentó. El día había sido duro y fatigoso. Se durmió por unos momentos.

El fresco viento que circulaba por la gruta le despertó. Permaneció inmóvil un rato, distraído y con la mirada vaga. Trató de reflexionar, de aclarar su mente todavía entumecida. Y ya, más consciente, iba a levantarse, cuando tuvo la impresión de que sus ojos, fijados de súbito, desorbitados de repente, contemplaban... Le agitó un estremecimiento. Sus manos se crisparon, sintió que gruesas gotas de sudor se le formaban en las raíces de los cabellos.

—No..., no... —balbució—. ¿Es un sueño, una alucinación...? Veamos..., ¿es esto posible?

Se arrodilló bruscamente y se inclinó. Dos letras enormes, de un pie de largo cada una, aparecían grabadas en relieve sobre el granito del suelo.

Aquellas dos letras, talladas toscamente y en las que el paso de los siglos había redondeado los ángulos y patinado la superficie, eran una D y una F.

—¡Una D y una F! ¡Milagro desconcertante! Una D y una F eran precisamente dos letras del documento. Las dos únicas letras del documento.

No. Beautrelet no tenía siquiera necesidad de consultarlo para evocar aquel grupo de letras de la cuarta línea, la línea de las medidas y las indicaciones.

Las conocía bien. Estaban grabadas para siempre en el fondo de sus pupilas, incrustadas para siempre en la propia sustancia de su cerebro.

Se levantó, bajó por el camino escarpado, subió a lo largo del antiguo fuerte, se agarró de nuevo para pasar a los espinos del pretil y caminó rápidamente hacia un pastor cuyo rebaño pastaba en una ondulación de la planicie.

—Aquella gruta..., aquella gruta...

Sus labios temblaban y buscaban palabras que no era capaz de encontrar. El pastor le miró con asombro. Al fin repitió:

—Sí, aquella gruta..., que está allí..., a la derecha de fuerte... ¿Tiene algún nombre?

—¡Caray! Todos los de Etretat le llaman la gruta de las Señoritas.

—¿Qué?... ¿Qué?... ¿Qué dice usted?...

—Pues sí..., la cámara de las Señoritas.

Isidoro estuvo a punto de saltar sobre él y agarrarle por la garganta cual si toda la verdad radicara en aquel nombre y esperase arrancársela de un golpe...

¡Las Señoritas! ¡Una de las palabras, una de las dos únicas palabras conocidas del documento!

Un viento de locura hacía temblar a Beautrelet sobre sus piernas. Un viento que parecía hincharse en torno a él, soplando como una borrasca impetuosa que venía de la costa y que venía de la tierra, que venía de todas partes y le azotaba con grandes golpes de verdad... ¡Ahora comprendía! ¡El documento se le aparecía en su verdadero sentido! La cámara de las Señoritas... Etretat...

«Es eso —pensaba él con el espíritu invadido de luz—. No puede ser más que eso. Pero ¿cómo no lo adiviné antes?»

Le dijo al pastor en voz baja:

—Bien..., vete..., puedes irte..., gracias.

El hombre le silbó a su perro y se alejó.

Una vez solo, Beautrelet regresó hacia el fuerte. Ya lo había casi rebasado, cuando de pronto se arrojó a tierra y quedó allí agazapado contra un lienzo de pared. Y retorciéndose las manos pensaba:

«¡Si seré loco! ¿Y si él me ve? ¿Si sus cómplices me ven? Desde hace una hora voy... y vengo...»

No se movió. El sol se había puesto. La noche iba poco a poco mezclándose al día, sombreando las siluetas de las cosas.

Entonces, con menudos movimientos imperceptibles, boca abajo, deslizándose, arrastrándose, avanzó sobre una de las puntas del promontorio hasta el extremo del acantilado. Una vez llegado, con las puntas de sus manos extendidas, apartó las matas de hierba y asomó su cabeza por encima del abismo.

Frente a él, casi al nivel del acantilado, en pleno mar, se alzaba una roca enorme, con más de veinte metros de altura, formando un colosal obelisco erguido a plomo sobre su amplia base de granito que se divisaba al ras del agua y que ascendía enseguida hasta la cumbre como un diente de un gigantesco monstruo marino. Blanco como el acantilado, de un blanco gris y sucio, el espantoso monolito estaba estriado por líneas horizontales marcadas por el sílex y en las cuales se percibía el lento trabajo de los siglos acumulando unas sobre otras las capas calcáreas y las capas de guijarros.

A trechos, una fisura, una anfractuosidad, y luego, en seguida, un poco de tierra, hierba, unas hojas.

Y todo aquello era poderoso, sólido, formidable, con un aire de cosa indestructible contra la cual los asaltos furiosos de las olas y de las tempestades no podían prevalecer. Todo ello era definitivo, inmanente, grandioso, a pesar de la grandeza de la muralla de acantilados que lo dominaba; inmenso, a pesar de la inmensidad del espacio donde se erguía.

Las uñas de Beautrelet se hundían en el suelo como las garras de una bestia presta a saltar sobre su presa. Sus ojos penetraban en la capa rugosa de la roca, en su piel y hasta le parecía que en su carne. La tocaba, la palpaba, tomaba conocimiento y posesión de ella...

El horizonte se teñía de púrpura con todos los fuegos del sol ya desaparecido, y grandes nubes inflamadas, inmóviles en el cielo, formaban magníficos paisajes, lagunas irreales, llanuras en llamas, bosques de oro, lagos de sangre..., toda una fastasmagoría ardiente y quieta.

El azul del cielo se ensombreció. Venus brillaba con un resplandor maravilloso... Luego se encendieron las estrellas aún tímidas.

Y Beautrelet, de pronto, cerró los ojos y apretó convulsivamente contra su frente sus brazos plegados. Allá abajo... —¡oh!, creía morir de gozo, la emoción era a tal punto cruel, que estrujaba su corazón—, allá abajo, casi en lo alto de la Aguja de Etretat, por debajo de la punta extrema en torno a la cual revoloteaban las gaviotas, un ligero humo que rezumaba de una grieta, un ligero hilo de humo, subía en lentas espirales en el aire quieto del crepúsculo.

CAPITULO NUEVE

¡SÉSAMO, ÁBRETE!

¡La aguja de Etretat es hueca!

¿Un fenómeno natural? ¿Una excavación producida por cataclismos internos o por el esfuerzo insensible del mar que hierve, de la lluvia que se filtra? ¿O bien una obra sobrehumana, ejecutada por humanos, celtas, galos, hombres prehistóricos? Preguntas insolubles, sin duda. Pero ¿qué importaba? Lo esencial residía en esto: la aguja era hueca.

A cuarenta o cincuenta metros de aquel imponente arco llamado la Puerta de Aval y que se lanza desde lo alto del acantilado como una colosal rama de árbol, para criar raíces en las rocas submarinas, se yergue un cono calcáreo desmesurado, y ese cono no es más que un gorro de corteza puntiaguda colocado sobre el vacío.

¡Prodigiosa revelación! Después de Lupin, he aquí que Beautrelet descubría la clave del gran enigma, que se ha cernido sobre más de veinte siglos. Clave de una importancia suprema para quien la poseyera antaño, en las lejanas épocas en que las hordas de bárbaros cabalgaban por el viejo mundo. Clave mágica que abre la caverna ciclópea a las tribus en fuga. Clave misteriosa que otorga el poder y asegura la preponderancia.

Por haber conocido esa clave, César pudo dominar la Galia. Por haberla conocido, los normandos se impusieron al país y desde allí, más tarde, pegados a ese punto de apoyo, conquistaron Sicilia, conquistaron el Oriente, conquistaron el Nuevo Mundo.

Dueños del secreto, los reyes de Inglaterra dominaron a Francia, la humillaron, la desmembraron, se hicieron coronar reyes en París. Perdieron esa clave, y fue la derrota.

Dueño del secreto, los reyes de Francia engrandecieron el país, desbordaron los límites de sus dominios, fundaron la gran nación y resplandecieron de gloria y de poder..., pero la olvidan o no saben emplearla, y entonces es la muerte, el exilio, la decadencia.

Un reino invisible, en el seno de las aguas y a diez brazas de la tierra... Una fortaleza ignorada, más alta que las torres de Notre-Dame y construida sobre una base de granito más amplia que una plaza pública... ¡Qué fuerza y qué seguridad! De París al mar por el Sena. Allí, El Havre, ciudad nueva, ciudad necesaria. Y a siete leguas de allí, la aguja hueca, ¿no es acaso el asilo inexpugnable?

Es el asilo y es también el formidable escondrijo. Todos los tesoros de los reyes, engrosados de siglo en siglo, todo el oro de Francia, todo lo que se extrae del pueblo, todo lo que se arranca al clero, todo el botín recogido sobre los campos de batalla de Europa, está en la caverna real donde se amontona. Viejas monedas de oro, escudos relucientes, doblones, florines y guineas, y las piedras, los diamantes y todas las joyas..., todo está allí. ¿Quién lo descubrirá? ¿Quién sabrá jamás el impenetrable secreto de la aguja? Nadie.

—Sí..., alguien..., Lupin.

Y Lupin se convierte en esa especie de ser verdaderamente desproporcionado que se conoce, ese milagro imposible de explicar mientras la verdad permanezca en la sombra. Por infinitos que sean los recursos de su genio, no pueden bastarle para la lucha que él sostiene contra la sociedad. Necesitaba otros que sean más materiales. Es precisa la retirada segura, es precisa la certidumbre de la impunidad, la paz que permite la ejecución de los planes.

Sin la aguja hueca, Lupin es incomprensible, es un mito, un personaje de novela, sin relación con la realidad. Dueño del secreto, ¡y de qué secreto!, es un hombre como los otros, simplemente, pero que sabe manejar de manera superior el arma extraordinaria de que el destino le ha dotado.

Así, pues, la aguja es hueca. Ese es un hecho indiscutible. Quedaba por saber cómo sería accesible.

Por el mar, evidentemente. Debía de haber por el lado de la costa alguna hendidura abordable para las barcas a ciertas horas de la marea. Pero ¿y por el lado de tierra?

Hasta la noche, Beautrelet permaneció suspendido sobre el abismo, con los ojos clavados en la masa de sombra que formaba la pirámide, pensando, meditando con todas las fuerzas de su espíritu.

Luego, bajó hacia Etretat, escogió un hotel, cenó, subió a su habitación y desplegó el documento.

Para él ahora el fijar su significado constituía un juego. Inmediatamente se dio cuenta de que las tres vocales de la palabra Etretat se encontraban en la primera línea en el orden y con los intervalos deseados. Esa primera línea se establecía ya así:



e.a.a...étretat

¿Qué palabras podían preceder a Etretat? Palabras, sin duda, que se referían a la situación de la aguja con relación a la aldea. Mas la aguja se alzaba a la izquierda, al Oeste... Buscó, y recordando que los vientos del Oeste se llamaban en la costa vientos de aval (abajo) inscribió:



En aval d’Etretat. (Abajo de Etretat.)

La segunda línea era la de la palabra Demoiselles (Señoritas) y comprobando inmediatamente, antes de esa palabra, la serie de todas las vocales que componían las palabras la chambre des (la cámara de las) anotó las dos frases:



En aval d'Etretat - La chambre des Demoiselles.

(Abajo de Etretat - La cámara de las Señoritas.)

Ya le costó más trabajo la tercera línea y sólo después de haber tanteado, acordándose de la situación, no lejos de la cámara de las Señoritas, del castillo construido en el lugar del fuerte de Fréfossé, acabó por reconstruir así el documento:

En aval d'Etretat - La chambre des Demoiselles.

(Abajo de Etretat - La cámara de las Señoritas.)



Sous le fort de Fréfossé - Aiguille creuse.

(Bajo el fuerte de Fréfossé - Aguja hueca.)

Esas eran las cuatro grandes fórmulas. Por medio de ellas cabía dirigirse abajo de Etretat y entrar en la cámara de las Señoritas, se pasaba, según todas las probabilidades, bajo el fuerte de Fréfossé y se llegaba a la aguja

¿Cómo? Por medio de las indicaciones y las medidas que formaban la cuarta línea:




Éstas constituían evidentemente las fórmulas más especiales destinadas a la busca de la abertura por donde se penetraba en la aguja y del camino que conducía a ella.

Beautrelet supuso de inmediato —consecuencia lógica del documento— que si había realmente una comunicación directa entre la tierra y el obelisco, el subterráneo debía de arrancar de la cámara de las Señoritas, pasar bajo el fuerte de Fréfossé, bajar perpendicularmente los cien metros del acantilado y por un túnel abierto bajo las rocas del mar desembocar en la Aguja hueca

¿Y la entrada del subterráneo? ¿No eran acaso las dos letras D y F, tan claramente recortadas, las que la designaban, las que hacían entrega de ella, quizá también gracias a algún mecanismo ingenioso?

Durante toda la mañana del día siguiente, Isidoro vagó por Etretat y charló con unos y con otros para tratar de recoger algún informe útil. Finalmente, por la tarde, subió al acantilado. Disfrazado de marinero resultaba rejuvenecido y tenía el aspecto de un mozalbete de doce años con su pantalón demasiado corto y su jersey.

Apenas entró en la gruta se arrodilló delante de las letras. Le esperaba una decepción. De nada le valió el golpear sobre ellas, empujarlas, manipularlas en todos sentidos. No se movían. Y entonces se dio cuenta de que realmente no podían moverse y, en consecuencia, no eran la clave de ningún mecanismo. Sin embargo..., sin embargo, tenían algún significado. Con arreglo a informaciones recogidas por él en la aldea, resultaba que nadie había podido explicarse jamás la presencia de esas letras, y que el padre Cochet, en su precioso libro sobre Etretat4 se había inclinado en vano sobre ese jeroglífico.

Repentinamente se le ocurrió una idea. Y era tan racional, tan sencilla, que no dudó ni un segundo de su exactitud. ¿Aquella D y aquella F no eran las iniciales de dos de las palabras más importantes del documento? De aquellas palabras que representaban —con la Aguja— las paradas esenciales del camino a seguir la cámara de las Demoiselles (señoritas) y el fuerte de Fréfossé. Había en esto una relación demasiado extraña para que constituyera una casualidad.

En ese caso, el problema se planteaba así: el grupo DF representaba la relación que existe entre la cámara de las Demoiselles (señoritas) y el fuerte de Fréfossé; la letra D aislada que comenzaba la línea representaba las Demoiselles, es decir, la gruta donde era preciso situarse en primer lugar, y la letra F aislada, colocada en medio de la línea, representaba Fréfossé, es decir, la entrada probable del subterráneo.

Entre aquellos diversos signos quedaban dos: una especie de rectángulo desigual, marcado por un trazo del lado izquierdo y abajo, y la cifra 19, signos que, con toda seguridad, indicaban a aquellos que se encontraban en la gruta el medio de penetrar bajo el fuerte.

La forma de ese rectángulo intrigaba a Isidoro. ¿Había alrededor suyo, sobre los muros, o cuando menos al alcance de la vista, alguna inscripción, alguna cosa que tuviera la forma rectangular?

Buscó durante largo tiempo y estaba a punto de abandonar el intento cuando sus ojos tropezaron con la pequeña abertura perforada en la roca y que era como la ventana de la cámara. Y precisamente los bordes de esa abertura dibujaban un rectángulo, rugoso, desigual, burdo, pero, no obstante, un rectángulo. E inmediatamente Beautrelet comprobó que colocando los dos pies sobre la D y sobre la F grabadas en el suelo —y así lo explicaba la línea que coronaba las dos letras del documento—, uno se encontraba a la altura de la ventana.

Se colocó en esa posición y miró. Como ya dijimos, la ventana estaba dirigida hacia tierra firme y por ella se veía en primer lugar el sendero que ligaba la gruta a tierra, y luego se divisaba la propia base del montículo sobre la cual se levantaba el fuerte. Para tratar de ver el fuerte, Beautrelet se inclinó hacia la izquierda, y fue entonces cuando comprendió la significación del trazo redondeado, de la coma que marcaba el documento abajo a la izquierda: porque abajo, a la izquierda de la ventana, un trozo de sílex formaba saliente, y la extremidad de ese trozo se curvaba como una garra. Se hubiera dicho que se trataba de un verdadero punto de mira. Y si se aplicaba el ojo a ese punto de mira, la visión recortaba sobre la pendiente del montículo opuesto una especie de terreno bastante limitado y casi enteramente ocupado por un viejo muro de ladrillo, vestigio del antiguo fuerte o del antiguo oppidum romano construido en ese lugar.

Beautrelet corrió hacia el lienzo de muro, que tenía aproximadamente una longitud de diez metros y cuya superficie estaba tapizada de hierbas y de plantas. No descubrió ningún indicio.

Pero ¿y la cifra 19?

Regresó a la gruta, sacó de su bolsillo un ovillo de cordel y un metro de tela de que se había provisto, anudó el cordel al ángulo de sílex, ató una piedra al cabo de 19 metros de cordel y la arrojó. La piedra alcanzó apenas el extremo del sendero.

«Soy un idiota por triplicado —pensó Beautrelet—. ¿Es que acaso se contaba por metros en esa época? Diecinueve significa diecinueve toesas o no significa nada.»

Una vez que efectuó el cálculo correspondiente contó treinta y siete metros en el cordel, hizo un nudo para marcarlos y a tientas buscó sobre el lienzo de pared el punto exacto donde el nudo formado por los treinta y siete metros desde la ventana de las Señoritas tocaba el muro de Fréfossé. Después de unos instantes quedó establecido ese punto de contacto. Con la mano que tenía libre apartó las hojas de moleña crecidas entre los resquicios del muro.

Lanzó un grito. El nudo que él mantenía apoyado con la punta de su índice estaba colocado sobre el centro de una pequeña cruz esculpida en relieve sobre el ladrillo.

Y en el documento, el signo que seguía a la cifra 19 era también una cruz.

Precisó de toda su fuerza de voluntad para dominar la emoción que le invadía. Presurosamente, con los dedos crispados, cogió la cruz y, al propio tiempo que calcaba sobre ella, la hizo girar como si se tratara de los radios de una rueda. El ladrillo osciló. Redobló sus esfuerzos, pero el ladrillo ya no se movió. Entonces, sin hacerlo girar más, apretó más fuerte. Sintió inmediatamente que cedía. Y de pronto se produjo como un desprendimiento, un ruido de cerradura que se abre; y a la derecha del ladrillo, en un espacio de un metro, el lienzo de muro giró sobre sus goznes y descubrió la abertura de un subterráneo.

Como un loco, Beautrelet agarró la puerta de hierro en la cual los ladrillos estaban empotrados, tiró de ella violentamente y la cerró. El asombro, la alegría, quizá el miedo de ser sorprendido convulsionaban su rostro. Tuvo la visión desconcertante de todo cuanto había ocurrido allí, delante de aquella puerta, desde hacía veinte siglos..., de todos los personajes conocedores del gran secreto que habían penetrado por aquella puerta..., celtas, galos, romanos, normandos, ingleses, franceses, barones, duques, reyes, y después de todos ellos, Arsenio Lupin..., y después de Lupin, él, Beautrelet... Sintió como si su cerebro se le esfumara. Sus párpados aletearon. Cayó desvanecido y rodó hasta el fondo de la rampa, al borde del precipicio.

Su tarea había terminado..., cuando menos la tarea que podría realizar solo, con los únicos recursos de que disponía.

Por la noche le escribió al jefe de Seguridad una larga carta en la que le informaba fielmente de los resultados de su investigación y le entregaba así el secreto de la Aguja hueca. Le pedía auxilio para acabar su obra.

Mientras esperaba la respuesta pasó dos noches consecutivas en la cámara de las Señoritas. Las pasó transido de miedo, con los nervios sacudidos por un espanto que exasperaban todavía más los ruidos nocturnos... A cada instante creía ver sombras que avanzaban hacia él. Se sabía de su presencia en la gruta..., venían..., lo degollarían...

Pero, no obstante, su mirada, desesperadamente fija, con toda su voluntad, se aferraba al lienzo de muro.

La primera noche nada se movió. Pero la segunda, a la claridad de las estrellas y de un ligero resplandor de la luna creciente, vio que la puerta se abría y que penetraban unas siluetas. Contó dos, tres, cuatro, cinco...

Le pareció que aquellos hombres llevaban consigo paquetes voluminosos. Siguieron derecho por los campos hasta la carretera del Havre y pudo distinguir el ruido de un automóvil que se alejaba.

Volvió sobre sus pasos y contorneó una extensa granja. Pero en la vuelta del camino que la bordeaba apenas tuvo tiempo de escalar un talud y esconderse detrás de los árboles. Otros dos hombres más pasaban cargados de paquetes. Y dos minutos después oyó el roncar del motor de otro automóvil. Esta vez ya no tuvo valor para regresar a su puesto y se fue a su alojamiento a dormir.

Cuando se despertó, el mozo del hotel le llevó una tarjeta. La abrió. Era la esperada tarjeta de visita de Ganimard.

«Al fin», exclamó Beautrelet, que verdaderamente experimentaba la necesidad de auxilios después de una campaña tan dura.

Cuando Ganimard entró, el joven se precipitó hacia él con las manos extendidas. Ganimard se las estrechó y le dijo:

—Es usted un valiente, hijo mío.

—¡Bah! —respondió él—. La casualidad me ayudó.

—Con él no hay casualidad que valga —afirmó el inspector, que hablaba siempre de Lupin con aire solemne y sin pronunciar su nombre.

Se sentó.

—¿Entonces ya lo tenemos?

—Cuando menos ya sabemos su guarida, su castillo fuerte, lo que en resumen equivale a que Lupin es Lupin. Él puede escaparse. Pero la Aguja de Etretat no puede hacerlo.

—¿Por qué supone usted que él escapará? —preguntó Ganimard, inquieto.

—¿Y por qué supone usted que él tenga necesidad de escapar? —respondió a su vez preguntando Beautrelet—. Nada prueba que él se encuentre actualmente en la Aguja. Esta noche salieron de allí once de sus cómplices. Quizá entre esos once iba él mismo.

Ganimard reflexionó.

—Tiene usted razón. Lo esencial es la Aguja hueca. Para lo demás esperemos que la suerte nos favorezca. Y ahora hablemos.

Adoptó de nuevo su tono grave, su aire de importancia convencida, y manifestó:

—Mi querido Beautrelet, tengo orden de recomendarle a usted, a propósito de este asunto, la más absoluta discreción.

—Y esa orden ¿de quién es? —replicó Beautrelet bromeando—. ¿Del prefecto de Policía?

—De más arriba.

—¿Del presidente del Consejo?

—De más arriba.

—¡Caray!


Ganimard bajó la voz y añadió:

—Beautrelet, vengo del palacio del Elíseo. Se considera este asunto como un secreto de Estado y de una extrema gravedad. Hay serias razones para que se mantenga secreta esta ciudadela invisible..., razones estratégicas sobre todo... Éste puede convertirse en un centro de aprovisionamiento, un almacén de pólvoras nuevas, de proyectiles recientemente inventados, ¿qué sé yo?, en el arsenal desconocido de Francia.

—Pero ¿cómo esperan guardar este secreto? Antaño lo poseía un solo hombre: el rey. Hoy ya somos varios los que lo sabemos, sin contar la banda de Lupin.

—Bien. Pero aunque sólo se lograran diez años de silencio..., cinco años..., esos cinco años serían la salvación...

—Pero para apoderarse de esta ciudadela, de este futuro arsenal, es preciso ante todo atacarlo, es preciso desalojar de allí a Lupin. Y todo eso no se hará sin ruido.

—Evidentemente, se sospechará algo, pero no se sabrá nada.

—Sea. ¿Cuál es el plan de usted?

—En dos palabras, helo aquí. En primer lugar, usted no es Isidoro Beautrelet y tampoco se trata ya de Arsenio Lupin. Usted es y seguirá siendo un mozalbete de Etretat que vagando ha sorprendido a unos individuos que salían de un subterráneo. Y usted da por supuesta la existencia de una escalera que perfora el acantilado.

—Sí, hay varias de esas escaleras a lo largo de la costa. Mire, muy cerca me han indicado, frente a Benouville, la llamada escalera del Cura, conocida de todos los bañistas.

Entonces, la mitad de mis hombres y yo seguiremos guiados por usted. Yo entro solo o acompañado, esto queda por ver. De todas maneras, el ataque tendrá lugar por allí. Si Lupin no se encuentra en la Aguja, nosotros estableceremos allí una ratonera en la que un día cualquiera él quedará apresado. Y si efectivamente está allí...

—Si está allí, señor Ganimard, se escapará de la Aguja por la cara posterior de aquélla, la que mira al mar.

—En ese caso será inmediatamente detenido por la otra mitad de mis hombres.

—Sí; pero en el caso de que, cual yo me supongo, usted ha escogido el momento en que el mar está retirado dejando al descubierto la base de la Aguja, la caza será pública, puesto que tendrá lugar delante de todos los pescadores y pescadoras de mejillones, camarones y mariscos que abundan entre las rocas.

—Eso es por lo que escogeré exactamente la hora en que la marea esté alta.

—En ese caso huirá en una barca.

—Pero como yo tendré allí media docena de barcas de pesca, cada una de las cuales estará mandada por uno de mis hombres, será detenido.

—Siempre que no pase por entre sus barcas como pasa un pez por entre las mallas de una red.

—Sea, pero entonces lo hago hundir al fondo del mar.

—¡Diablo! ¿Con cañones?

—¡Dios santo, sí! En este momento se encuentra en el Havre un torpedero. A una llamada telefónica mía desde aquí se encontrará a la hora convenida en las inmediaciones de la Aguja.

—¡Qué orgulloso se sentirá Lupin! Un torpedero... Vamos, ya veo, señor Ganimard, que usted lo tiene todo previsto. Ya no queda más que ponerse en marcha. ¿Cuándo nos lanzamos al asalto?

—Mañana. En pleno día, con la marea creciente, a eso de las diez.

Bajo una apariencia de alegría, Beautrelet ocultaba una real angustia. Hasta el día siguiente no se durmió, agitado por las ideas de los planes más irrealizables. Ganimard se había separado de él para dirigirse a una docena de kilómetros de Etretat, a Yport, donde, por prudencia, había dado cita a sus hombres, y donde fletó doce barcas de pesca con objeto, hizo saber, de realizar sondeos a lo largo de la costa.

A las nueve y tres cuartos, escoltado por doce hombrachones, acudió a encontrarse con Beautrelet al fondo del camino que sube sobre el acantilado. A las diez exactamente llegaban ante el lienzo de pared. Era, pues, esta vez, el momento decisivo.

—¿Qué es lo que te ocurre, Beautrelet? Estás verde —le dijo en broma Ganimard, tuteando al joven a modo de burla.

—Y usted, señor Ganimard —respondió Beautrelet—, se diría que ha llegado su última hora.

Tuvieron que sentarse, y Ganimard tomó unos tragos de ron.

—No es el miedo —dijo—; pero, ¡caray!, qué emoción. Cada vez que tengo que tratar de agarrarlo, siento esto en las entrañas. Y ahora, abran. No hay peligro de que nos vean, ¿eh?

—No. La Aguja está más baja que el acantilado, y además nos encontramos en un repliegue del terreno.

Beautrelet se acercó a la pared y maniobró en el ladrillo. Se produjo el desprendimiento y apareció la entrada al subterráneo. A la luz de las linternas vieron que el túnel estaba perforado en forma de bóveda y que aquella bóveda, lo mismo, por lo demás, que el propio suelo, era enteramente de ladrillos.

Avanzaron durante algunos segundos y de pronto surgió una escalera. Beautrelet contó cuarenta y cinco peldaños de ladrillo, los cuales estaban desgastados en el medio por la acción lenta de los pasos.

—¡Rayos y truenos! —juró Ganimard, que iba en cabeza y que se detuvo súbitamente como si hubiera tropezado con alguna cosa.

—¿Qué ocurre?

—Una puerta.

—¡Diablos! —murmuró Beautrelet al verla—. Y no va a ser fácil echarla abajo. Es simplemente un bloque de hierro.

—Estamos fastidiados —dijo Ganimard—. Ni siquiera tiene cerrojo.

—Todas las puertas están hechas para abrirlas, y si ésta no tiene cerrojo es que hay un secreto para abrirla.

—¿Y cómo averiguamos el secreto?

—Yo voy a averiguarlo.

—¿Por qué medio?

—Por medio del documento. La cuarta línea no tiene otra razón de ser que el resolver las dificultades en el momento en que se presentan. Y la solución es fácil, puesto que está escrita no para despistar, sino para ayudar a aquellos que la buscan.

—¡Fácil! No estoy de acuerdo con usted —exclamó Ganimard, extendiendo el documento—. El número cuarenta y cuatro es un triángulo marcado con un punto a la izquierda, y esto resulta más bien oscuro.

—Pero no, no. Examine la puerta. Entonces verá que está reforzada en los cuatro ángulos por placas de hierro en forma triangular y que esas placas están sostenidas por gruesos clavos. Tome usted la placa de la izquierda, al fondo, y haga funcionar el clavo que está en el ángulo... Hay nueve posibilidades contra una de que acertemos.

—Le tocó a usted la décima posibilidad —dijo Ganimard después de haber probado.

—Entonces es que la cifra cuarenta y cuatro...

En voz baja, reflexionando, Beautrelet continuó:

—Veamos... Ganimard y yo nos encontramos los dos en el último peldaño de la escalera..., y hay cuarenta y cinco... Coincidencia, ¿no?... En todo este asunto no hay nunca una coincidencia, cuando menos voluntaria. Ganimard, tenga la bondad de retroceder un peldaño... Eso es, y no se salga del peldaño cuarenta y cuatro. Y ahora yo hago funcionar el clavo de hierro. Y la aldabilla cruje...

En efecto, la pesada puerta giró sobre sus goznes. Y ante sus miradas apareció una cueva bastante espaciosa.

—Debemos de estar exactamente debajo del fuerte de Fréfossé —dijo Beautrelet—. Ahora las capas de tierra ya han sido atravesadas. Los ladrillos ya se acabaron. Estamos en plena masa calcárea.

La sala estaba profusamente iluminada por un chorro de luz que venía del otro extremo. Al acercarse vieron que era una hendidura en el acantilado, abierta en un saladizo de la pared y que formaba como una especie de observatorio. Frente a ellos, a cincuenta metros, surgiendo de las olas, el bloque impresionante de la Aguja. A la derecha, muy cerca, estaba el arbotante de la puerta de Aval (abajo), y a la izquierda, muy lejos, cerrando la curva armoniosa de una vasta ensenada, otro arco, más imponente todavía, se recortaba en el acantilado. Era la Manneporte (magna porta), tan grande que hubiera podido pasar por ella un navío, con sus mástiles erguidos y todas las velas desplegadas. En el fondo, por doquier, el mar.

—No veo nuestra flotilla —dijo Beautrelet.

—Imposible —respondió Ganimard—. La puerta de Aval nos oculta toda la costa de Etretat y de Yport. Pero mire allá abajo, sobre la costa, aquella línea negra a ras del agua...

—¿Y qué?...

—Pues que es nuestra flotilla de guerra, el torpedero número veinticinco. Con eso, Lupin sólo puede escaparse... si está dispuesto a ir a conocer cómo son los paisajes submarinos.

Una rampa señalaba el orificio de la escalera cerca de la hendidura. Siguieron por ella. De cuando en cuando, una pequeña ventana perforaba la pared, y cada vez que eso ocurría divisaban la Aguja, cuya masa les parecía más y más colosal. Un poco antes de llegar al nivel del agua, las ventanas ya no volvieron a aparecer, y fue la oscuridad lo que surgió.

Isidoro contaba los peldaños en voz alta. Cuando llegó al trescientos cincuenta y ocho, desembocaron en un pasillo más ancho que también estaba cerrado por otra puerta de hierro, reforzada de planchas y clavos.

—Ya conocemos esto —dijo Beautrelet—. El documento nos indica el número trescientos cincuenta y siete y un triángulo punteado a la derecha. No tenemos más que volver a comenzar la operación.

La segunda puerta se abrió como la primera. Apareció un túnel muy largo, iluminado por la viva luz de linternas suspendidas de la bóveda. Los muros rezumaban humedad y las gotas caían al suelo, de modo que de un extremo a otro se había instalado, para facilitar el paso, una verdadera acera de tablas.

—Estamos pasando bajo el mar —dijo Beautrelet—. ¿Viene usted, Ganimard?

El inspector se aventuró por el túnel, siguió la pasarela de madera y se detuvo delante de una linterna, y la descolgó, diciendo:

—Estos utensilios datan quizá de la Edad Media, pero la forma de alumbrado es moderna. Estos señores se alumbran con camisas de mecheros de gas.

Prosiguió el camino. El túnel desembocaba en otra gruta más espaciosa, donde se divisaban al frente los primeros peldaños de una escalera ascendente.

—Ahora empieza el ascenso de la Aguja —dijo Ganimard—. Esto ya es más grave.

Pero uno de sus hombres lo llamó:

—Jefe, hay allí otra escalera, a la izquierda.

E inmediatamente después descubrieron otra tercera escalera a la derecha.

—¡Diablos! —murmuró el inspector—. La situación se complica. Si vamos por aquí, se largarán por allá.

—Dividámonos —propuso Beautrelet.

—No, no... Eso sería debilitarnos... Es preciso que uno de nosotros vaya de exploración.

—Iré yo, si usted quiere...

—Sí, usted, Beautrelet. Vaya. Yo quedaré con mis hombres... Así no habrá nada que temer. Puede haber también otros caminos además del que nosotros hemos seguido por el acantilado, y también varios caminos dentro de la Aguja. Pero a buen seguro, entre el acantilado y la Aguja no hay más comunicación que el túnel. Por consiguiente, es preciso pasar por esta gruta. Por tanto, me instalo aquí hasta que usted regrese. Vaya, Beautrelet..., y prudencia... A la menor, alarma, llame...

Rápidamente, Isidoro desapareció por la escalera de en medio. En el peldaño treinta le cerró el paso una puerta. Echó mano al pomo de la cerradura y lo hizo girar. La puerta no estaba cerrada.

Penetró en una sala que le pareció muy baja, tan enorme era. Iluminada por lámparas y sostenida por recios pilares, por entre los cuales se abrían profundas perspectivas, aquella sala debía tener las mismas dimensiones de la Aguja. Estaba llena de cajas y de una multitud de objetos, muebles, sillas, arcas, aparadores, cofres, todo en confusión cual se ve en los sótanos de los comerciantes de antigüedades. A derecha e izquierda, Beautrelet divisó el orificio de dos escaleras que correspondían, sin duda alguna, a las mismas que arrancaban de la gruta inferior. Tendría entonces que volver a bajar para avisar a Ganimard. Pero frente a él vio otra nueva escalera ascendente, y entonces prosiguió solo sus investigaciones.

Todavía treinta peldaños más. Una puerta, luego una sala menos vasta. Y siempre, enfrente, una escalera ascendente.

Otros treinta peldaños más. Otra puerta. Y una sala más pequeña...

Beautrelet comprendió el plano de las obras ejecutadas en el interior de la Aguja. Era una serie de salas superpuestas y, en consecuencia, cada vez más reducidas. Todas servían de almacenes.

En la cuarta ya no había rampa. Algo de la luz del día se filtraba por las hendiduras, y Beautrelet pudo divisar el mar a una docena de metros por debajo de él.

En ese instante se sintió tan alejado de Ganimard que lo invadió cierta angustia y tuvo necesidad de dominar sus nervios para no echar a correr con todas sus fuerzas. Sin embargo, no le amenazaba ningún peligro. E incluso en torno a él reinaba tal silencio, que se preguntaba si la Aguja entera no habría sido abandonada.

«En el último piso me detendré», se dijo.

Treinta peldaños más, como siempre, y luego una puerta, ésta más ligera y de aspecto más moderno. La empujó dispuesto a huir. Nadie. Pero esta sala difería de las otras como un punto final. En las paredes, tapices; en el suelo, alfombras. Dos aparadores magníficos hacían juego cargados de orfebrería. Las pequeñas ventanas abiertas en las hendiduras estrechas y profundas estaban provistas de cristales.

En medio de la estancia había una mesa ricamente servida con un mantel de encaje, compoteras con frutas y pastelería, botellas de champán y flores..., montones de flores.

En torno a la mesa tres cubiertos.

Beautrelet se acercó. Sobre las servilletas había tarjetas con los nombres de los invitados.

Primero leyó: «Arsenio Lupin.»

Enfrente: «Señora de Arsenio Lupin.»

Tomó la tercera tarjeta y tuvo un sobresalto de asombro. Ésta llevaba su nombre: «Isidoro Beautrelet.»


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