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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO SIETE

EL TRATADO DE LA AGUJA

Las cuatro de la mañana. Isidoro no ha regresado al instituto. Ya no regresará hasta el término de la guerra sin cuartel que le ha declarado a Lupin. Así se lo ha jurado a sí mismo en voz baja mientras sus amigos se lo llevaban en un coche completamente desfallecido. ¡Juramento insensato! ¡Guerra absurda! ¿Qué puede hacer él, criatura aislada y sin armas, contra aquel fenómeno de energía y potencia? ¿Por dónde atacarlo? Porque es inatacable. ¿Por dónde herirlo? Porque es invulnerable. ¿Por dónde alcanzarlo? Porque es inaccesible.

Las cuatro de la mañana... Isidoro pernocta en casa de uno de sus camaradas del instituto Janson. En pie delante de la chimenea de su habitación, con los codos apoyados rectos sobre el mármol y el mentón sobre los dos puños, contempla su imagen que le refleja el espejo.

Ya no llora, ya no quiere llorar más ni retorcerse en su cama, ni desesperarse, como ha estado haciéndolo durante dos horas. Quiere reflexionar, reflexionar y comprender.

Y sus ojos no se apartan de sus ojos en el espejo, como si esperara duplicar así la fuerza de sus pensamientos al contemplar aquella imagen pensativa y encontrar en el fondo de ese ser la insoluble solución que no es capaz de descubrir dentro de sí mismo. Así permanece hasta las seis de la madrugada. Y es poco a poco que, desprendida de todos los detalles que le complican y oscurecen, la pregunta se le plantea a su espíritu con toda sequedad, desnuda, con el rigor de una ecuación. Sí, se ha equivocado. Sí, su interpretación del documento es falsa.

La palabra «aguja» no se refiere en absoluto al castillo de la orilla del Creuse. Y asimismo la palabra «señorita» no puede aplicarse a Raimunda de Saint-Véran y su prima, puesto que el texto del documento se remonta a siglos.

Por consiguiente, hay que rehacerlo todo. ¿Y cómo?

Una única base de documentación resultaría sólida: el libro publicado bajo Luis XIV. Más de los cien ejemplares impresos por aquel que debía ser la Máscara de hierro, solamente dos escaparon a las llamas. Uno fue robado por el capitán de la guardia y se perdió. El otro fue conservado por Luis XIV, transmitido a Luis XV y quemado por Luis XVI. Pero quedaba una copia de la página esencial, aquella que contenía la solución del problema o cuando menos la solución criptográfica. La que le fue llevada a María Antonieta y que ésta deslizó bajo la cubierta de su devocionario.

¿Qué se hizo de ese papel? ¿Será el mismo que Beautrelel tuvo entre sus manos y que Lupin le quitó por medio del secretario Brédoux? O bien ¿se encuentra todavía en el devocionario de María Antonieta?

Y entonces la cuestión se concentra en esto: ¿Qué se hizo del devocionario de la reina?

Después de tomarse unos momentos de descanso, Beautrelet interroga al padre de su amigo, meritísimo coleccionista, al que a menudo llaman como técnico a título oficioso y a quien todavía recientemente el director de uno de los museos de Francia consultó para la formación de su catálogo.

—¿El devocionario de María Antonieta? —exclamó—. Le fue legado por la reina a su camarera, con el encargo secreto de hacerle entrega del mismo al conde de Fersen. Piadosamente conservado por la familia del conde, se encuentra desde hace cinco años en una vitrina del museo Carnavalet.

—¿Y estará abierto ese museo?

—Abrirá de aquí a veinte minutos.

En el mismo instante en que se abría la puerta de la antigua mansión de madame de Sevigné, Isidoro saltaba de un coche con su amigo.

—¡Caramba! ¡El señor Beautrelet!

Diez voces saludaron su llegada. Y con gran sorpresa suya reconoció a todo el grupo de periodistas que seguían el «asunto de la aguja hueca». Uno de ellos exclamó:

—¡Es gracioso! Todos hemos tenido la misma idea. Cuidado, quizá Arsenio Lupin se encuentra entre nosotros.

Entraron todos juntos. El director, avisado inmediatamente, se puso a su entera disposición, los llevó delante de la vitrina y les mostró un modesto volumen, sin el menor ornamento, y que, en verdad, nada tenía de objeto perteneciente a la realeza. No obstante, a todos invadió cierta emoción ante el aspecto de aquel libro que las manos de la reina habían tocado en días tan trágicos y que sus ojos enrojecidos por las lágrimas había contemplado... No se atrevieron a tomarlo y hojearlo, cual si hubieran tenido la impresión de un sacrilegio...

—Beautrelet, ésa es una tarea que le incumbe a usted.

Tomó el libro con gesto ansioso. La descripción correspondía exactamente a la que el autor del folleto había dado. Primero una cubierta de pergamino, un pergamino sucio, ennegrecido, usado en algunas partes, y, por debajo, la verdadera encuadernación en cuero rígido.

¡Con qué estremecimiento buscó Beautrelet el bolsillo disimulado! ¿Sería eso una fábula? ¿O bien encontrada allí aún el documento escrito por Luis XVI y legado por la reina a su ferviente amigo?

En la primera página, sobre la parte superior del libro, no había bolsillo alguno secreto.

—Nada —murmuró Beautrelet.

Pero en la última página, después de forzar un poco la abertura del libro, vio en seguida que el pergamino se despegaba de la encuadernación. Deslizó los dedos en el interior... Había allí algo, sí... Sentía alguna cosa..., un papel...

—¡Oh!—exclamó victoriosamente—. Aquí está... ¿Es posible?

—Pronto —gritó alguien—. ¿Qué espera usted?

—Sacó una hoja de papel plegada en dos.

—Bueno..., lea..., hay unas palabras en tinta encarnada... Se diría que es sangre..., sangre completamente pálida... Lea...

Leyó: «A usted, Fersen. Para mi hijo. 16 de octubre de 1793... María Antonieta.»

Y de pronto, Beautrelet lanzó una exclamación de estupor. Debajo de la firma de la reina... había escritas en tinta negra dos palabras subrayadas... Dos palabras: «Arsenio Lupin.»

Todos, unos tras otros, tomaron la hoja en sus manos, y el mismo grito se escapó de cada uno: «María Antonieta... Arsenio Lupin.» Quedaron sumidos en el silencio. Aquella doble firma, aquellos dos nombres acoplados, descubiertos en el fondo del devocionario, aquella réplica en la que dormía desde hacía más de un siglo la llamada desesperada de la pobre reina, aquella fecha horrible, el 16 de octubre de 1793, fecha en que cayó la cabeza real..., tenía todo un carácter trágico desconcertante.

«Arsenio Lupin», balbució una de las voces, subrayando así cuanto había de desconcertante en ver ese nombre diabólico al fondo de la hoja sagrada.

—Sí, Arsenio Lupin —repitió Beautrelet—. El amigo de la reina no supo comprender la llamada desesperada de la agonizante. Vivió con el recuerdo que le había enviado aquella a quien él amaba, pero no pudo adivinar la razón de ese recuerdo. Lupin..., el si lo descubrió todo... Y se lo llevó.

—¿Se llevó el qué?

—¡El documento, pardiez! El documento escrito por Luis XVI, y es aquel mismo que yo tuve entre mis manos. El mismo aspecto, la misma forma, los mismos sellos rojos. Ya comprendo ahora por qué Lupin no ha querido dejarme un documento del cual yo podía sacar partido por el exclusivo examen del papel, los sellos, etcétera.

—¿Y entonces?

Entonces, puesto que el documento del cual yo conozco el texto es auténtico, puesto que yo he visto las huellas de los sellos rojos, puesto que la propia María Antonieta lo certifica con estas palabras escritas de su puño y letra, y que todo el relato del folleto reproducido por el señor Massiban es auténtico, y puesto que existe verdaderamente un problema histórico de la aguja hueca, estoy seguro de triunfar.

—¿Y cómo? Sea auténtico o no ese documento, si usted no lo descifra no servirá de nada, ya que Luis XVI destruyó el libro que daba la explicación.

—Sí, pero el otro ejemplar, arrancado a las llamas por el capitán de la guardia del rey Luis XVI, no fue destruido.

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Pruebe usted lo contrario.

Beautrelet calló. Luego, lentamente, con Los ojos cerrados, cual si buscara resumir su pensamiento, declaró:

—Poseedor del secreto, el capitán de la guardia comenzó por hacer entrega del mismo en partes, en la nota manuscrita que encontró luego su bisnieto. Después, silencio. la palabra clave del enigma no la dio el capitán. ¿Por qué? Porque la tentación de utilizar el secreto se infiltró poco a poco en él y sucumbió a ella. ¿La prueba? Su asesinato. ¿La prueba? La magnífica joya descubierta en su poder y que, indudablemente, él había sustraído de aquel tesoro real cuyo escondrijo, desconocido de todos, constituye precisamente el misterio de la aguja hueca. Lupin me lo ha dado a entender. Y Lupin no mentía.

—¿De modo que las conclusiones de usted son...?

—Mis conclusiones son que es preciso hacer el máximo de publicidad en torno a este asunto y que se sepa que nosotros buscamos un libro titulado El tratado de la aguja. Quizá alguien lo desentierre en el fondo de cualquier biblioteca de provincias.

La nota al respecto fue redactada inmediatamente, y luego, sin siquiera esperar a que diera algún resultado, Beautrelet se puso manos a la obra.

Se presentaba un principio de pista: el asesinato del capitán había ocurrido en las inmediaciones de Gaillon. Aquel mismo día, Beautrelet se dirigió a esa ciudad. Cierto es que no esperaba poder reconstruir un crimen perpetrado doscientos años antes. Pero, de todas formas, hay algunos hechos que dejan rastros en los recuerdos y en las tradiciones de las tierras donde ocurren.

Hurgó, cotejó los registros de la cárcel local, los registros de los antiguos bailiajes y de las parroquias, las crónicas locales, las comunicaciones a las academias de provincias. Pero ninguna noticia o dato aludía al asesinato de un capitán de la guardia en el siglo XVII.

No se descorazonó por ello y continuó sus investigaciones en París, donde quizá se hubiera llevado a cabo la instrucción judicial del asunto. Pero sus esfuerzos no dieron ningún resultado.

Mas la idea de otra pista lo lanzó en una nueva dirección, ¿Sería acaso posible descubrir el nombre del capitán de la guardia cuyo bisnieto sirvió en los ejércitos de la República y estuvo destacado en el Temple durante la detención allí de la familia real, que sirvió a Napoleón y que hizo la campaña de Francia?

A fuerza de paciencia, Beautrelet acabó por formar una lista en la que, cuando menos, dos nombres presentaban una similitud casi completa: el señor Larbeyrie, bajo Luis XIV, y el ciudadano Larbrie, bajo el Terror.

Eso constituía ya un punto importante. Logró precisarlo mediante un suelto que comunicó a los periódicos solicitando si alguien le podría proporcionar informes sobre aquel Larbeyrie o sobre sus descendientes.

Fue el señor Massiban, el propio Massiban del folleto, y miembro del Instituto de Francia, quien le respondió:

«Señor Le indico a usted un trozo de Voltaire que he extraído de su manuscrito sobre El siglo de Luis XIV (capítulo XXV: «Particularidades y anécdotas del reino»). Ese trozo ha sido suprimido en las diversas ediciones. Y dice: «He pensado en contarle al difunto ser de Caumartin, intendente de Finanzas y amigo del ministro Chamiliard, que el rey salió un día precipitadamente en su carroza al recibir la noticia de que el señor de Larbeyrie había sido asesinado y despojado de magníficas alhajas. El rey parecía estar dominado por una emoción muy grande y repetía: «Todo se ha perdido..., todo se ha perdido...» Al año siguiente, el hijo de aquel Larbeyrie y su hija, que se había casado con el marqués de Vélines, fueron desterrados de sus tierras de Provence y Bretagne. No cabe duda que había en todo eso alguna particularidad.»

»No cabe dudarlo, tanto más cuanto que, debo añadir, el señor Chamiliard, según Voltaire, fue el primer ministro que supo el extraño secreto de la Máscara de hierro.

»Usted puede ver, señor, el provecho que puede sacarse de ese trozo y los lazos evidentes que establece entre las dos aventuras. En cuanto a mí, no me atrevo a imaginar hipótesis demasiado precisas sobre la conducta, sobre las sospechas y sobre las aprehensiones de Luis XIV en estas circunstancias; pero ¿acaso no es permisible, por otra parte, puesto que el señor Larbeyrie dejó un hijo que fue probablemente el abuelo del ciudadano oficial Larbrie, y una hija, el suponer que una parte de los papeles dejados por Larbeyrie hayan pasado a poder de la hija, y que entre esos papeles se encontraba el famoso ejemplar que el capitán de la guardia salvó de las llamas?

»Yo he consultado el Anuario de los Castillos. Hay en las cercanías de Rennes un barón de Vélines. ¿Será éste un descendiente del marqués? Suceda lo que quiera, ayer le he escrito a ese barón para preguntarle si no tenía en poder suyo un viejo librito cuyo título mencionase la palabra Aguja. Espero su respuesta.

»Me sentiré muy satisfecho de hablar de todas estas cosas con usted. Si no le molesta, venga a verme.

»Queda de usted, etcétera.



» Posdata, —Claro está que yo no comunico a los periódicos estos pequeños descubrimientos. Ahora que se acerca usted al objetivo, la discreción se impone.»

Esa era también la opinión de Beautrelet. Incluso él llegó más lejos: cuando dos periodistas le importunaron esa mañana, les comunicó las informaciones más fantásticas sobre su estado de ánimo y sobre sus proyectos.

Por la tarde se apresuró a acudir a casa de Massiban, que vivía en el número 17 del muelle de Voltaire. Con gran sorpresa suya se enteró de que Massiban acababa de marcharse de improviso y le había dejado un recado para el caso de que él se presentara. Isidoro abrió el sobre y leyó:

«Acabo de recibir un telegrama que me da ciertas esperanzas. Me marcho, pues, a Rennes y allí dormiré. Usted puede tomar el tren de la noche y, sin detenerse en Rennes, continuar hasta la pequeña estación de Vélines. Nos encontraremos en el castillo, situado a cuatro kilómetros de allí.»

Ese programa le agradó a Beautrelet. Regresó a casa de su amigo y pasó el día con él. Por la noche tomó el exprés para Bretagne. A las seis de la mañana descendió en Vélines. Recorrió a pie, entre tupidos bosques, los cuatro kilómetros de camino. Desde lejos divisó sobre una colina una vasta casa solariega, de construcción bastante híbrida, mezcla de Renacimiento y de Luis Felipe, pero, no obstante, dotada de un gran aspecto. Alegremente y lleno de confianza, llamó a la puerta.

—¿Qué desea el señor? —le preguntó un criado que apareció en el umbral de la puerta.

—Deseo ver al barón de Vélines.

Le tendió una tarjeta.

—El señor barón no se ha levantado todavía, pero si el señor quiere esperarle...

—¿Acaso no está ya aquí otra persona que vino a visitarle..., un señor de barba blanca, un poco encorvado? —preguntó Beautrelet, que conocía a Massiban por las fotografías que de él habían publicado los periódicos.

—Sí; ese señor llegó ya hace diez minutos y lo he pasado a la sala.

La entrevista de Massiban con Beautrelet fue muy cordial. Cambiaron sus impresiones sobre las posibilidades que tenían de descubrir el libro, y Massiban repitió lo que, había averiguado en relación con el señor De Vélines. El barón era un hombre de sesenta años que, viudo desde hacía muchos años, vivía con su hija, Gabriela de Villemon, la cual acababa de sufrir un tremendo golpe con la pérdida de su marido y de su hijo mayor, muertos en un accidente de automóvil.

—El señor barón les ruega a ustedes, caballeros, que suban.

El criado los condujo al primer piso, haciéndolos entrar en una amplia estancia de paredes desnudas y amueblada con sencillez, con escritorios y mesas cubiertos de papeles. El barón los acogió con gran afabilidad y con esa gran necesidad de hablar que sienten a menudo las personas que viven demasiado solitarias. Les costó mucho trabajo exponer el objeto de su visita.

—¡Ah! Sí, ya sé; usted me ha escrito a propósito de eso, señor Massiban. Perdóneme, aquí apenas se leen periódicos. ¿Se trata, no es eso, de un libro en el que se habla de una aguja y que yo habría recibido de un antepasado?

—En efecto.

—Pues les diré a ustedes que mis antepasados y yo nos enemistamos. En esos tiempos tenían unas ideas muy raras.

—Sí —objetó Beautrelet con impaciencia—. Pero ¿no tiene usted algún recuerdo de haber visto ese libro?

—Claro que sí, y le telegrafié al respecto al señor Massiban...; sí o, cuando menos, le parecía a mi hija que ella había visto ese título entre unos cuantos miles de libros que se amontonaban en la biblioteca. Porque, para mí, señores, la lectura... Yo no leo nada... Mi hija todavía lee algo algunas veces, y para eso su hijo, el pequeño Jorge, el hijo que le queda, tiene que portarse bien..., y también que por mi parte mis arrendamientos rindan bien, que mis vigas estén en buenas condiciones... Ya, ven ustedes..., libros de registro...; yo vivo de ellos, señores...

Isidoro Beautrelet, horrorizado por ese parloteo, le interrumpió bruscamente:

—Perdón, señor, pero y entonces ese libro...

—En efecto, sí; pues bien...: mi hija lo ha encontrado hace una o dos horas.

—¿Y dónde está?

—¿Que dónde está? Pues ella lo colocó sobre esta mesa..., mire..., allí.

Isidoro dio un salto. Al extremo de la mesa, sobre un montón de papeles, había un librito encuadernado en tafilete encarnado. Le puso el puño encima violentamente, como si prohibiera que nadie en el mundo lo tocara... y un poco también como si él mismo no se atreviera a tomarlo.

—Bueno, ¿qué?... —exclamó Massiban, emocionado.

—Ya lo tengo..., helo aquí...

—Pero ¿y el título..., está usted seguro?...

—Sí, pardiez..., mire.

Y le mostró las letras de oro grabadas sobre el tafilete: El misterio de la aguja hueca.

—¿Está usted convencido? ¿Somos nosotros, al fin, los dueños del secreto?

—Vea la primera página... ¿Qué hay en la primera página?

—Lea: Toda la verdad denunciada por primera vez. Cien ejemplares impresos por mí mismo y por la instrucción del Tribunal.

—Eso es, eso es —murmuró Massiban con la voz alterada por la emoción—. Éste es el ejemplar arrancado a las llamas. Es el propio libro que Luis Catorce había condenado.

Lo hojearon. La primera mitad relataba las explicaciones dadas por el capitán De Larbeyrie en su nota manuscrita.

—Pasemos, pasemos —dijo Beautrelet, que tenia prisa por llegar a la solución.

—¡Cómo pasemos! No, en modo alguno. Esto es apasionante. Así podremos saber la causa verdadera por la cual Juana de Arco fue quemada. ¡Tamaño enigma resuelto!... Imagínese usted... ¡Entonces, el hombre de la máscara de hierro fue encarcelado porque conocía el secreto de la casa real de Francia! ¡Caramba! Esas son cuestiones primordiales.

—¡Más tarde, más tarde! —protestó Beautrelet, cual si tuviera miedo de que el libro se esfumase de sus manos antes que quedara aclarado el misterio—. No tenemos tiempo, después... Veamos ante todo la explicación.

De pronto, Beautrelet se interrumpió. ¡El documento! En medio de una página a la izquierda, sus ojos vieron las cinco líneas misteriosas de puntos y de cifras. Con una ojeada comprobó que el texto era idéntico a aquel que él había estudiado tanto. Era la misma disposición de los signos..., los mismos intervalos que permitían aislar la palabra «señoritas» y determinar separadamente unos de otros los dos términos de la aguja hueca.

Precedía una pequeña nota que decía: «Todas las informaciones necesarias han sido reducidas por el rey Luis XIII, parece ser, a un pequeño cuadro que transcribo más abajo.»

Seguía el cuadro. Luego venía la propia explicación del documento.

Beautrelet leyó con voz entrecortada:

«Cual se ve, este cuadro, incluso cuando se han cambiado las cifras por vocales, no arroja ninguna luz. Puede decirse que para descifrar este enigma es preciso ante todo conocerlo ya. Es, cuando más, un hilo que se proporciona a los que ya conocen los senderos del laberinto. Tomemos, pues, ese hilo y sigamos adelante, que yo os guiaré.

»Primero, la cuarta línea. La cuarta línea contiene medidas e indicaciones. Adaptándose a las indicaciones y tornando las medidas, se llega literalmente al objetivo, a condición, bien entendido, que se sepa donde uno se encuentra; en una palabra, hallarse enterado del sentido real de la aguja. Eso es lo que se puede aprender de las tres primeras líneas. La primera está así concebida para vengarme del rey, y yo lo había prevenido de ello por adelantado...»

Beautrelet se detuvo, desconcertado.

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —preguntó Massiban. —Que esto ya no tiene sentido.

—En efecto —replicó Massiban—. La primera está así concebida para vengarme del rey... ¿Qué es lo que eso quiere decir?

—¡Maldita sea! —aulló Beautrelet. —¿Qué ocurre?

—¡Arrancadas! ¡Dos páginas! Las páginas siguientes... Mire las huellas...

Temblaba, sacudido por la rabia y la decepción. Massiban se inclinó sobre el libro, y dijo:

—Es verdad..., quedan los bordes de las dos páginas, como cartivanas de encuadernador. Las huellas parecen bastante frescas. No fueron cortadas, sino arrancadas..., arrancadas violentamente... Mire, todas las páginas del final muestran señales de arrugamiento.

—Pero ¿quién..., quién? —gemía Isidoro, retorciéndose las manos—. ¿Un criado..., un cómplice?

—Esto puede haber ocurrido a pesar de todo hace ya meses —observó Massiban,

—No obstante..., es preciso que alguien haya descubierto..., haya tomado el libro... Veamos, usted, señor —exclamó Beautrelet, apostrofando al barón—. ¿Usted no sabe nada?... ¿No sospecha usted de nadie?

—Podríamos preguntarle a mi hija.

—Sí, sí..., eso es.

El señor De Vélines llamó a su criado. Unos minutos después entró la señora De Villemon. Era una mujer joven, con rostro de dolorida y resignada expresión. Inmediatamente, Beautrelet le preguntó:

—¿Encontró usted este libro en la biblioteca, señora?

—Sí, en un paquete de volúmenes que no estaba desatado.

—¿Y usted lo leyó?

—Sí, ayer noche.

—Y cuando usted lo leyó, ¿estas dos páginas faltaban ya? Recuérdelo usted bien, ¿las dos páginas que siguen a este cuadro de cifras y de puntos?

—iNo! ¡No! —respondió ella, muy sorprendida—. No faltaba ninguna página.

—Sin embargo, alguien ha roto...

—Pero si el libro no salió de mi habitación esta noche.

—¿Y esta mañana?

—Esta mañana, yo lo bajé aquí cuando anunciaron la llegada del señor Massiban.

—¿Entonces?

—Entonces, no lo comprendo..., a menos que...

—Jorge..., mi hijo..., esta mañana..., Jorge estuvo jugando con este libro.

La señora salió precipitadamente, acompañada de Beautrelet, de Massiban y del barón. El niño no estaba en su habitación. Lo buscaron por todas partes. Al fin lo encontraron jugando detrás del castillo. Pero aquellas personas parecían tan agitadas y le exigían cuentas al niño con tanta severidad, que éste se puso a lanzar alaridos. Todo el mundo corría de un lado para otro. Se interrogaba a los criados. Era un tumulto indescriptible. Y Beautrelet sentía la espantosa impresión de que la verdad se alejaba de él como el agua se filtra por entre los dedos. Hizo un esfuerzo por serenarse, tomó del brazo a la señora De Villemon y, seguido del barón y de Massiban, la condujo al salón y le dijo.

—El libro está incompleto, sea. Fueron arrancadas dos páginas..., pero usted las había leído, ¿no es así, señora?

—Sí.

—¿Sabe usted lo que contenían?



—Sí.

—¿Podría usted repetírnoslo?

—Perfectamente. Yo he leído todo el libro con mucha curiosidad, pero esas dos páginas, sobre todo, me sorprendieron, dado el interés considerable de las revelaciones que contenían.

—Pues bien: hable usted, señora, hable, se lo suplico. Esas revelaciones son de una importancia excepcional. Hable, se lo ruego, los minutos no se recobran nunca. La aguja hueca...

—¡Oh!, es muy simple, la aguja hueca quiere decir...

En ese momento entró un criado, y anunció:

—Una carta para la señora...

—¡Cómo! Pero si ya vino el cartero.

—Fue un chico quien me la entregó.

La señora De Villemon abrió el sobre, leyó la carta y se llevó la mano al corazón, a punto de desplomarse, poniéndose repentinamente lívida y con expresión aterrada.

El papel había caído al suelo. Beautrelet lo recogió y, sin siquiera disculparse, lo leyó a su vez:

Cállese usted...; si no, su hijo no se despertará...

—Mi hijo..., mi hijo... —balbució ella, sintiéndose tan débil que era incapaz de acudir en auxilio de aquel a quien se amenazaba.

Beautrelet la tranquilizó:

—Esto no es en serio..., es una broma...; veamos, ¿quién podría tener interés...?

—A menos —insinuó Massiban— que no sea Lupin.

Beautrelet le hizo seña de que se callara. Él lo sabía bien, caray, que el enemigo estaba allí, de nuevo, atento y resuelto a todo, y es por ello que quería arrancarle a la señora De Villemon las palabras supremas, tan largo tiempo esperadas, y arrancárselas inmediatamente, en aquel mismo instante.

—Se lo suplico, señora, tranquilícese usted...; no hay ningún peligro...

¿Hablaría ella ahora? Él lo creyó, lo esperó. Ella balbució unas sílabas. Pero la puerta se abrió de nuevo. Esta vez era la sirvienta quien entró. Parecía trastornada.

—El niño Jorge..., señora..., el niño Jorge...

Súbitamente, la madre recuperó todas sus fuerzas. Y más rápida que todos los presentes, impulsada por un instinto que no la engañaba, corrió escaleras abajo, cruzó el vestíbulo y se dirigió a la terraza. Allí, sobre una butaca, el pequeño Jorge estaba tendido inmóvil.

—Bueno..., qué..., está durmiendo...

—Se durmió de repente, señora —dijo la sirvienta—. Yo quise impedirlo, llevarle a su habitación. Pero él dormía ya y sus manos..., sus manos estaban frías.

—Frías... —balbució la madre—, sí, es verdad... ¡Ah! Dios mío, Dios mío!... el caso es que se despierte...

Beautrelet deslizó sus dedos en uno de sus bolsillos, cogió la culata de su revólver, puso el índice sobre el gatillo, sacó bruscamente el arma e hizo fuego sobre Massiban.

Anticipándose, como si hubiera estado espiando los ademanes del joven, Massiban había esquivado el golpe. Pero ya Beautrelet se había arrojado sobre él, gritándole a los criados:

—¡A mí!..., ¡es Lupin!...

Por la violencia del choque, Massiban fue derribado sobre una de las butacas de mimbre.

Al cabo de siete u ocho segundos, se levantó, dejando a Beautrelet aturdido, sofocante. Y entre sus manos tenía ya el revólver del joven.

—Bien..., magnífico...; no te muevas..., tienes para dos o tres minutos..., no más. Pero, en verdad, te ha llevado tiempo reconocerme... Es preciso que yo le haya copiado muy bien la cabeza a Massiban...

Se irguió, y a plomo, sosteniéndose ahora firmemente sobre sus piernas, con el vigoroso torso y una actitud atemorizante, dijo con sorna, mirando a los tres criados petrificados y al barón desconcertado:

—Isidoro, has cometido una tontería. Si no les hubieras dicho que yo era Lupin, me hubieran saltado encima. Y con unos mocetones como ésos, caray, ¿qué hubiera sido de mí, Dios mío? Uno contra cuatro.

Se acercó a ellos, y añadió:

—Vamos, hijos, no tengáis miedo..., no os haré daño...; escuchad, ¿queréis un terroncito de azúcar? ¡Ah!, tú, por ejemplo, me vas a devolver mi billete de cien francos. Sí, sí, te reconozco. Es a ti a quien yo te pagué hace poco para que le llevaras la carta a tu patrona... Vamos, rápido, mal servidor...

Tomó el billete azul que le tendía el criado y lo rompió en pequeños pedazos.

—El dinero de la traición... me quema los dedos.

Levantó el sombrero e, inclinándose profundamente ante la señora De Villemon, dijo:

—¿Me perdona usted, señora? Los azares de la vida, sobre todo de la mía, obligan a menudo a crueldades por las cuales soy el primero en ponerme colorado. Pero no tema por su hijo, es una simple inyección. Una pequeña inyección en el brazo que le puse yo mientras le interrogaban. Dentro de una hora ya le habrá pasado todo... Una vez más, mil perdones. Pero necesito el silencio de usted.

Saludó de nuevo, dio las gracias al señor De Vélines por su hospitalidad, tomó su bastón, encendió un cigarrillo y ofreció otro al barón, saludó circularmente con el sombrero y le gritó a Beautrelet con tono protector «Adiós, bebé». Y se marchó tranquilamente lanzando bocanadas de humo en la cara de los criados...

Beautrelet esperó unos minutos. La señora De Villemon, ya más tranquila, velaba a su hijo. Beautrelet se adelantó hacia ella para dirigirle un último ruego. Sus ojos se cruzaron. Y él no dijo nada. Había comprendido que, desde ahora, ella jamás hablaría. En su cerebro de madre, el secreto de la aguja hueca estaba todavía enterrado tan profundamente como en las tinieblas del pasado.

Entonces, Beautrelet renunció y marchóse.

Eran las diez y media. Había un tren que pasaba a las once y cincuenta. Lentamente siguió la avenida del parque y tomó el camino que le llevaría a la estación.

—Y bien, ¿qué dices de esta partida?

Era Massiban, o más bien Lupin, que surgía del bosque contiguo al camino.

—¿Estaba bien combinada? Tu viejo camarada sabe bailar en la cuerda floja, ¿no? Estoy seguro de que aún no has recobrado el sentido y que te preguntas si el llamado Massiban, miembro de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras, ha existido jamás. Pues sí, existe. Te lo haré ver, incluso, si te portas bien. Toma, mete el revólver en tu bolsillo y acompáñame hasta París...; te ofrezco un asiento en mi cuarenta caballos.

Se metió los dedos en la boca y silbó.

—¡Ya rió..., ya rió! —exclamó Lupin, saltando de alegría—. Ves, lo que te falta, bebé, es la sonrisa...; eres demasiado serio para tu edad...

Se plantó delante de él.

—Mira, apuesto a que te hago llorar. ¿Sabes cómo seguí tu investigación? ¿Cómo me enteré de la carta que Massiban te escribió y la cita que te dio para esta mañana en el castillo de Vélines? Por la charlatanería de tu amigo, ése con quien vives... Tú te confías a ese imbécil, y él va a tener prisa a confiárselo a un amigo... ¿Qué es lo que te tengo dicho? Y mira en qué situación te encuentras. Mira, tú eres encantador, pequeño... Por menos de nada te daría un beso..., pones para todo una mirada de asombro que me llega al alma...

Se escuchó el ronquido de un motor muy cerca. Lupin agarró bruscamente de un brazo a Beautrelet, y con tono lleno de frialdad y mirándole a los ojos le dijo:

—Y ahora vas a estarte quietecito, ¿eh? Ya ves que no tienes nada que hacer. Entonces, ¿qué vas a sacar en limpio malgastando tus fuerzas y perdiendo el tiempo? Ya hay bastantes bandidos en el mundo... Corre detrás de ellos y déjame a mí en paz..., si no... Queda convenido así, ¿no es eso?

Sacudió por el brazo a Beautrelet para imponerle su voluntad. Luego añadió con acento irónico.

—Pero ¡qué imbécil soy! ¿Dejarme en paz tú? Tú no eres de los que claudican... ¡Ah!, no sé lo que me contiene de... En dos tiempos y tres movimientos te tendría amarrado, amordazado y... Y podría retirarme al tranquilo refugio que me han preparado mis abuelos, los reyes de Francia, y gozar de los tesoros que ellos tuvieron la gentileza de acumular para mí... Pero no, está escrito que yo tengo que meter la pata hasta el fin... ¿Qué le quieres? Uno tiene sus debilidades... Y yo siento debilidad por ti... Y además que... todavía no está hecho. De aquí a que hayas puesto el dedo en el hueco de la aguja tiene que correr mucha agua bajo los puentes... ¡Qué diablo! Yo, Arsenio Lupin, necesité diez días. Y tú necesitarás diez años. Hay mucha distancia, en verdad, entre nosotros dos.

El automóvil llegaba. Era un coche enorme, de carrocería cerrada.

Lupin abrió la portezuela, y Beautrelet lanzó un grito. Dentro de la limusina había un hombre, y ese hombre era Lupin o, más bien, Massiban.

Beautrelet rompió a reír, comprendiendo todo ahora. Lupin le dijo:

—No te contengas, está bien dormido. Yo te había prometido que le verías. ¿Te explicas ahora las cosas? A eso de la medianoche, yo me enteré de vuestra cita en el castillo. A las siete de la mañana, yo ya estaba cerca del castillo. Y cuando pasó Massiban, no tuve más que apoderarme de él... Y luego, una pequeña inyección..., y ya estaba... Duerme, buen hombre... Te depositaremos sobre el talud... En pleno sol, para que no tengas trío... Y con el sombrero en la mano..., pidiendo una limosna por el amor de Dios... ¡Ah, mi buen Massiban, encárgate de Lupin!

Constituía una bufonada enorme el contemplar al uno frente al otro a los dos Massiban, uno dormido bamboleando la cabeza, y el otro serio, lleno de atención y de respeto.

—Y ahora, muchachos, larguémonos a toda velocidad... Al coche, Isidoro... Más rápido, chofer, no vamos más que a ciento quince... ¡Ah!, Isidoro, y no te atrevas a decir que la vida es monótona, sino que la vida es una cosa adorable, hijo mío, solamente que hay que saber vivirla... y yo lo sé... No me digas que no era para morirse de risa hace un rato en el castillo, cuando tú charlataneabas con el viejo Vélines, y yo, pegado contra la ventana, arrancaba las páginas del libro histórico... Y después, cuando tú interrogabas a la señora De Villemon sobre la aguja hueca... ¿Hablaría ella? Sí, ella hablaría...; no, ella no hablaría...; sí..., no... A mí se me ponía la carne de gallina... Si ella hablaba, yo tendría que rehacer mi vida, toda la armazón quedaría destruida... ¿Llegaría a tiempo el criado? Sí..., no..., ahí está... Y Beautrelet, ¿no me desenmascarará? Jamás, es demasiado calabaza. Sí..., no..., ya está..., no, no está... Él me echa el ojo..., ya está... va a echar mano al revólver... ¡Ah, qué voluptuosidad!... Isidoro, tú hablas demasiado... Vámonos a dormir, ¿quieres? Yo me caigo de sueño.... buenas noches.

Beautrelet le miró. Parecía estar ya casi dormido. Dormía ya.

El automóvil, lanzado a través de la distancia, rodaba hacia un horizonte que parecía alcanzado a cada instante, pero que constantemente huía. Ya no había ni ciudades ni aldeas, ni campos ni bosques. Durante largo tiempo, Beautrelet observó a su compañero de viaje con ávida curiosidad y también con el deseo de penetrar, a través de la máscara que le cubría, su verdadero rostro. Y pensaba en tas circunstancias que los encerraban así uno cerca del otro, en el estrecho recinto de aquel automóvil.

Pero después de las emociones y las decepciones experimentadas aquella mañana, cansado a su vez, él también se durmió.

Cuando se despertó, Lupin leía. Beautrelet se inclinó para ver el titulo del libro. Era Cartas a Lucillo, del filósofo Séneca.


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