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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO CINCO

SOBRE LA PISTA

La violencia del golpe dejó aturdido al joven Beautrelet. En el fondo, aun cuando al publicar su artículo hubiera obedecido a uno de esos movimientos irresistibles que llevan a uno a desdeñar toda su prudencia, él no había creído en la posibilidad del secuestro. Sus precauciones estaban muy bien tomadas. Los amigos de Cherbourg no sólo tenían la consigna de vigilar al señor Beautrelet en persona, sino también todas sus idas y venidas, e incluso tenían instrucciones de no entregarle ninguna carta sin haberla abierto antes. No, no había peligro. Para el joven, Lupin pretendía engañarlo con falsas apariencias. Lupin, deseoso de ganar tiempo, buscaba intimidar a su adversario. El golpe resultó para el joven casi imprevisto y toda aquella tarde, hasta el fin del día, bajo la impotencia en que se hallaba para actuar, estuvo bajo los efectos del doloroso choque. Una sola idea le sostenía: ir allá, ver por sí mismo lo que había ocurrido y reanudar la ofensiva. Envió un telegrama a Cherbourg. Hacia las ocho de la noche llegó a la estación de Saint-Lazare. Unos minutos después se encontraba rodando a bordo del exprés.

No fue sino una hora más tarde, al desplegar maquinalmente un periódico de la noche que había comprado en el andén de la estación, cuando se enteró de la famosa carta por medio de la cual Arsenio Lupin respondía a su artículo de aquella mañana. El artículo decía:

«Señor Director: No pretendo en modo alguno que mi modesta personalidad, que, ciertamente, en tiempos más heroicos hubiera pasado completamente inadvertida, no adquiera algún relieve en nuestra época de abulia y mediocridad. Pero hay un límite que la curiosidad malsana de las multitudes no podría rebasar, bajo pena de deshonrosa indiscreción. Si ya no se respetan los muros de la vida privada, ¿cuál será, entonces, la salvaguardia de los ciudadanos?

»¿Se invocará el interés superior de la verdad? Vano pretexto a mi respecto, puesto que la verdad es ya conocida y no opongo dificultad alguna para escribir sobre la misma la confesión oficial. Sí, la señorita De Saint-Véran está viva. Sí, yo la amo. Sí, tengo la pena de no ser amado por ella. Sí, la investigación del joven Beautrelet es admirable, en cuanto a precisión y justeza. Sí, nosotros estamos de acuerdo sobre todos los puntos. Ya no queda, pues, enigma alguno. Bien..., ¿y entonces?

«Alcanzado hasta las propias profundidades de mi alma, sangrando todavía las heridas morales más crueles, pido que no se entreguen más aún a la malignidad pública mis sentimientos más íntimos y mis esperanzas más secretas. Pido la paz, la paz que me es necesaria para conquistar el afecto de la señorita De Saint-Véran, y para borrar de su recuerdo los mil pequeños ultrajes que le valía de parte de su tío y de su prima —y esto no se ha dicho— su situación de pariente pobre. La señorita De Saint-Véran olvidará ese pasado detestable. Todo cuanto ella podrá desear, aunque fuese la joya más hermosa del mundo, aunque fuese el tesoro más inaccesible, yo lo pondré a sus pies. Ella será feliz. Ella me amará. Pero para lograrlo, una vez más, preciso la paz. Es por lo que depongo las armas, es por lo que les ofrezco a mis enemigos la rama de olivo..., advirtiéndoles al propio tiempo, por lo demás, generosamente, que una negativa por su parte podría tener para ellos las más graves consecuencias.

»Y una palabra todavía respecto al señor Harlington. Bajo este nombre se oculta un excelente muchacho, secretario del multimillonario norteamericano Cooley, y encargado de llevarse de Europa todos los objetos de arte antiguo que sea posible descubrir. La mala suerte quiso que fuera a tropezar con mi amigo Esteban de Vaudreix, alias Arsenio Lupin, alias yo. Se enteró así, aunque por lo demás fuese mentira, que un tal señor De Gesvres quería deshacerse de cuatro Rubens, a condición de que fueran sustituidos por copias de los mismos y que se guardara secreta la operación de venta en la que él consentía. Mi amigo Vaudreix estaba empeñado en convencer al señor De Gesvres para que vendiera la Capilla divina. Las negociaciones proseguían con entera buena fe por parte de mi amigo Vaudreix, y con una encantadora ingenuidad por parte del señor Harlington, hasta el día en que los Rubens y las piedras esculpidas de la Capilla divina estuvieron en lugar seguro..., y el señor Harlington en la cárcel. No queda, pues, sino poner en libertad al infortunado norteamericano, por cuanto él se conformó sólo con el modesto papel de cándida víctima, poner al rojo vivo al millonario Cooley, pues por temor a posibles complicaciones no protestó contra la detención de su secretario, y felicitar a mi amigo Esteban de Vaudreix, alias yo, puesto que él venga la moral pública, al guardar los quinientos mil francos que ha recibido por adelantado del poco simpático Cooley.

«Perdóneme la extensión de esta carta, señor director, y crea en mis sentimientos más distinguidos.



Arsenio Lupin.»

Quizá Isidoro pesó los términos de esta carta con la misma minuciosidad que había estudiado el documento de la Aguja hueca. Partía del principio, cuya exactitud era fácil demostrar, de que jamás Lupin se había dado el trabajo de enviar ni una sola de sus divertidas cartas a los periódicos sin una necesidad absoluta, sin un motivo que los acontecimientos nunca dejaban de poner en relieve un día u otro. Entonces, ¿cuál era el motivo de esta carta? ¿Era en las explicaciones referentes al señor Harlington donde había que buscarlo, entre líneas, y por detrás de todas esas palabras cuyo significado aparente no tenía quizá otro objeto que el de sugerir una idea mala, pérfida, desorientadora?...

Durante horas, el joven permaneció encerrado en su departamento del tren, pensativo e inquieto. Aquella carta le inspiraba desconfianza, cual si hubiera sido escrita para él y estuviera destinada a inducirle a error a él personalmente. Por primera vez, y porque se encontraba frente a frente, ya no de un ataque directo, sino de un procedimiento de lucha equívoca, indefinible, experimentó la sensación muy clara del miedo. Y pensando en su anciano padre, secuestrado por culpa suya, se preguntaba con angustia si no constituía una locura el continuar un duelo tan desigual. ¿El resultado no era acaso seguro? Ante todo, ¿no tenía ya Lupin la partida ganada?

Fue un desfallecimiento breve. Cuando llegó, a las seis de la mañana, ya había recobrado toda su fe.

En el andén, Froberval, el empleado del puerto militar que había dado hospitalidad al padre de Beautrelet, le esperaba acompañado de su hija Carlota, una niña de doce a trece años.

—Y entonces, ¿qué ocurrió? —exclamó Beautrelet.

El buen hombre se puso a lamentarse, pero el joven le interrumpió y le llevó hasta un pequeño café próximo, mandó que les sirvieran café y comenzó a hablar claramente, sin permitirle a su interlocutor ninguna digresión, diciendo:

—Mi padre no fue secuestrado, ¿verdad? Eso era imposible.

—Imposible. Pero, sin embargo, ha desaparecido.

—¿Desde cuándo?

—No lo sabemos.

—¡Cómo!


—No. Ayer por la mañana, a las seis, al ver que no bajaba, abrí la puerta de su cuarto. No estaba allí.

—Pero ¿anteayer estaba todavía?

—Sí. Anteayer no había salido de su habitación. Estaba un poco cansado, y Carlota le subió el almuerzo al mediodía y la cena a las siete de la tarde.

—Entonces, ¿fue entre las siete de la tarde de anteayer y las seis de la mañana de ayer cuando desapareció?

—Sí. La noche anterior a esta última. Sólo que...

—¿Sólo qué?...

—Pues bien...; que de noche no se puede salir del arsenal.

—Entonces, ¿eso quiere decir que no ha salido?

—¡Imposible! Mis camaradas y yo hemos registrado todo el puerto militar.

—Entonces quiere decir que sí salió.

—Imposible. Todo está vigilado.

Beautrelet reflexionó, y luego dijo:

—¿En su habitación estaba deshecha la cama?

—No.


—Y la habitación, ¿estaba en orden?

—Sí. Encontré en el mismo lugar acostumbrado su pipa, el tabaco y el libro que él estaba leyendo. Incluso había en medio de las páginas de ese libro esta pequeña fotografía de usted.

—Enséñemela.

Proberval le entregó la fotografía. Beautrelet hizo un gesto de sorpresa. En una instantánea acababa de reconocerse en pie, con las dos manos en los bolsillos y en torno a él un cespedal donde se erguían árboles y ruinas. Froberval añadió:

—Ésta debe de ser la última fotografía que usted le envió.

—No —respondió Beautrelet—. Ni conocía siquiera esta fotografía. Fue tomada sin saberlo yo en las ruinas de Ambrumésy, sin duda por el secretario del juez de instrucción, que era cómplice de Arsenio Lupin.

—Y ahora, ¿qué?

—Pues que esta fotografía fue el pasaporte, el talismán gracias al cual ellos se captaron la confianza de mi padre.

—Pero ¿quién..., quién pudo penetrar en mi casa?

—Lo ignoro, pero mi padre cayó en la trampa. Le dijeron, y él lo creyó, que yo me encontraba en estas inmediaciones y que quería verle. Él acudió a verme, y entonces se apoderaron de él. Eso fue todo.

—Pero, caray, ¿cómo pudo ser eso si él no salió de su habitación en todo el día de anteayer?

—¿Le vio usted?

—No, pero Carlota, le repito, le llevó sus comidas...

Se produjo un largo silencio. Los ojos del joven y los de la niña se encontraron, y con gran suavidad Beautrelet puso su mano sobre la de la niña. Ella le miró unos segundos, como perdida, como sofocada. Luego, ocultando bruscamente la cabeza entre sus brazos doblados, rompió en sollozos.

—¿Qué es lo que tienes?—le preguntó Froberval, atolondrado.

—Déjeme usted actuar a mí —le ordenó Beautrelet.

Dejó llorar a la niña, y al cabo de un rato le dijo:

—Eres tú quien hizo todo, ¿verdad? Eres tú quien sirvió de intermediaria. ¿Eres tú quien llevó la fotografía? Lo confiesas, ¿verdad? Y cuando decías que mi padre estaba en su habitación anteayer, tú sabías perfectamente que no era así, ¿verdad?, porque habías sido tú quien le ayudó a salir.

La niña no respondió. Beautrelet le dijo:

—¿Por qué hiciste eso? Sin duda te ofrecieron dinero... con que comprarte cintas..., un vestido...

Le apartó los brazos a Carlota y le levantó la cabeza. Vio su rostro surcado de lágrimas, un rostro gracioso, inquietante y de expresión cambiante.

—Vamos —continuó Beautrelet—. Se acabó..., no hablemos más de eso... Tu padre no te reñirá. Solamente que vas a decirme todo cuanto pueda serme útil... ¿Sorprendiste algo..., alguna palabra de esas gentes? ¿Cómo se efectuó el secuestro?

Carlota respondió inmediatamente:

—En automóvil...; los oí hablar de ello.

—¿Y por qué carretera se fueron?

—¡Ah! Eso no lo sé.

—¿Cambiaron delante de ti alguna palabra que pueda ayudarnos?

—Ninguna... Sin embargo, uno de ellos dijo: «Disponemos de tiempo suficiente para holgar... es mañana por la mañana, a las ocho, cuando el patrón nos telefoneará allá...

»—¿Dónde quiere decir allá?... Recuérdalo..., era el nombre de una ciudad, ¿no es eso?

»—Sí..., un nombre..., un nombre como «chateau»...

»—¿Chateaubriand?... ¿Chateau-Thierry?...

»—No..., no...

»—¿Chateauroux?

»—Eso es... Chateauroux...

Beautrelet apenas oyó pronunciar la última sílaba de aquel nombre, se puso en pie y sin preocuparse de Froberval, sin preocuparse de la niña, abrió la puerta del café y corrió a la estación.

—Para Chateauroux..., un billete para Chateauroux —dijo en la ventanilla del despacho de billetes.

Al día siguiente, por la mañana, Isidoro Beautrelet se apeaba en la estación de Chateauroux, disfrazado, completamente irreconocible. Era un inglés de unos treinta años, vestido con un traje color castaño a grandes cuadros, pantalón corto, medias de lana, gorra de viaje y el rostro coloreado y con una pequeña barca en collar roja.

Por la tarde ya sabía, por testimonios irrecusables, que una limusina que seguía por la carretera de Tours había cruzado el burgo de Buzancais y luego la pequeña ciudad de Chateauroux y se había detenido más allá de esta ciudad en los linderos del bosque. Hacia las diez, un coche ligero, conducido por un individuo, se había estacionado cerca del automóvil y luego se había alejado hacia el Sur por el valle de Bouzanne. En ese momento, al lado del conductor viajaba otra persona. En cuanto al automóvil, éste se había dirigido hacia el Norte, hacia Issoudun.

Isidoro descubrió fácilmente al propietario de coche ligero. Pero ese individuo nada pudo decirle. Había alquilado su coche y su caballo a una persona que se los había devuelto al día siguiente.

De todo ello resultaba, en la forma más absoluta, que el padre de Beautrelet se encontraba en aquellas inmediaciones. De no ser así, ¿cómo admitir que unos individuos recorrieran cerca de quinientos kilómetros a través de Francia sólo para venir a telefonear a Chateauroux y volver a subir luego en ángulo agudo por el camino de París? Ese formidable paseo tenía un objeto preciso: transportar al padre de Beautrelet al lugar que le estaba designado. «Y este lugar está al alcance de la mano —se decía Isidoro, estremeciéndose de esperanza—. A diez leguas, a quince leguas de aquí, mi padre espera que yo acuda en su auxilio. Él está ahí. Respira el mismo aire que yo.»

Pero, después de quince días de una busca infructuosa, su entusiasmo acabó por decaer y pronto perdió ya toda confianza. Como el éxito tardaba en producirse de la mañana a la noche, pues él casi lo juzgaba imposible, y aunque continuara siguiendo su plan de investigaciones, habría experimentado una verdadera sorpresa si sus esfuerzos hubieran conducido al más mínimo descubrimiento.

Pasaron todavía más días monótonos y desalentadores. Por los periódicos se enteró de que el conde de Gesvres y su hija habían abandonado Ambrumésy y se habían instalado en los alrededores de Niza. Se enteró también de que el señor Harlington había sido puesto en libertad, pues su inocencia quedó comprobada, conforme a las indicaciones de Arsenio Lupin.

Isidoro cambió su cuartel general, y durante dos días se estableció en La Chatre y otros dos más en Argenton.

De esta maniobra no obtuvo resultado alguno.

En tales momentos estuvo a punto de abandonar la partida. Evidentemente, el coche ligero que había llevado a su padre no debía haber servido más que para cubrir una etapa, a la cual había sucedido otra etapa en la que había sido utilizado otro vehículo distinto. Y su padre estaba, pues, lejos. Pensó ya en marcharse.

Pero, un lunes por la mañana, advirtió en el sobre de una carta sin franqueo que le reexpedían desde París un tipo de letra que le trastornó. Su emoción fue tal, durante unos minutos, que no se atrevía a abrir la carta por temor a sufrir una decepción. Su mano temblaba. ¿Sería posible? ¿No se trataría de una trampa que le tendía su infernal enemigo? Con un brusco ademán abrió el sobre. Era, efectivamente, una carta de su padre..., escrita por su propio padre. La escritura presentaba todas las particularidades, todos los rasgos personales del tipo de letra paterno que él conocía tan bien. Leyó:

«¿Llegarán a ti estas palabras, mi querido hijo? No me atrevo a creerlo.

»Toda la noche del secuestro viajamos en automóvil y luego por la mañana en coche. Yo nada pude ver. Llevaba una venda sobre los ojos. El castillo donde me tienen detenido debe estar, a juzgar por su construcción y por la vegetación del parque, en el centro de Francia. La habitación que ocupo está en el segundo piso; una habitación con dos ventanas, una de las cuales está casi taponada por una cortina de glicinas. Por las tardes me dejan en libertad, durante ciertas horas, para ir y venir por el parque, pero siempre bajo una vigilancia que no cede jamás.

»A todo riesgo te escribo esta carta y la ato a una piedra. Quizá cualquier día pueda arrojarla por encima de los muros y que cualquier campesino la recoja. No te inquietes. Me tratan con muchas consideraciones.

»Tu viejo padre que te quiere y que se entristece pensando en las preocupaciones que te causa.



Beautrelet.»

Inmediatamente, Isidoro miró los sellos del correo. Decían; Cuzion (Indre). ¡lndre! ¡Era el mismo departamento administrativo que él se empeñaba en escudriñar desde hacía semanas!

Consultó una pequeña guía de bolsillo, de la que no se separaba nunca. Cuzion, cantón de Eiguzon... Por allí también había pasado.

Por prudencia abandonó su disfraz de inglés, que comenzaba a ser ya conocido en la región; se disfrazó de obrero y se dirigió a Cuzion, aldea poco importante, donde le fue fácil descubrir al que había enviado la carta.

—¿Una carta echada al correo el miércoles último?... —exclamó el alcalde, excelente burgués, al cual Isidoro se confió y que se puso a su disposición—. Escuche; yo creo que puedo proporcionarle una valiosa indicación... El sábado por la tarde, un viejo afilador, el señor Charel, con quien me crucé al extremo de la aldea, me preguntó: «Señor alcalde, una carta que no tiene sello, ¿puede mandarse de todos modos?» «Sí.» «¡Caray! ¿Y llega a su destino?» «Sí, pero con un recargo en el franqueo.»

—¿Y de dónde venía el señor Charel? —preguntó Beautrelet.

—Venía de Fresselines.

—Por consiguiente, fue a lo largo de ese camino como él encontró la carta.

—Es lo más probable.

A la mañana siguiente, Isidoro almorzó en Fresselines y divisó a un buen hombre que cruzaba la plaza empujando un carrito de afilar. Inmediatamente se lanzó a seguirle desde lejos.

El viejo afilador hizo dos interminables paradas, durante las cuales afiló dos docenas de cuchillos. Luego, al fin, se marchó por un camino que se dirigía hacia Crozant y el burgo de Eguzon.

Beautrelet siguió detrás de él por ese camino. Pero no había andado más de cinco minutos, cuando tuvo la sensación de no ser el único que seguía al viejo afilador. Entre ellos caminaba otro individuo que se detenía y volvía a echar a andar al mismo tiempo que lo hacía el viejo Charel, sin cuidarse mucho, por lo demás, de no ser visto.

«Lo vigilan —pensó Beautrelet—. Han sabido que el viejo ha recogido una carta y quieren saber si se detiene delante de los muros del castillo.»

Su corazón latía violentamente. Los acontecimientos se acercaban.

Los tres hombres, uno tras otro, subían y bajaban las cuestas escarpadas de la región, y así llegaron a Crozant. Allí, el viejo Charel hizo un alto de una hora. Luego bajó hacia el río y cruzó el puente. Pero entonces ocurrió un hecho que sorprendió a Beautrelet. El otro individuo no cruzó el puente. Observó al afilador alejarse, y cuando lo perdió de vista se internó por un sendero que le llevaba al pleno campo. ¿Qué hacer? Beautrelet titubeó unos momentos, y luego, bruscamente, se decidió. Se puso a seguir al individuo.

«Habrá comprobado —se dijo— que el viejo Charel pasó derecho. Ya está tranquilo y ahora se va. Pero ¿adonde? ¿Al castillo?

Estaba llegando a su objetivo. Lo presentía por la alegría que experimentaba.

El desconocido penetró en un bosque oscuro que se erguía sobre el río y luego surgió a plena luz en el horizonte del sendero. Cuando Beautrelet, a su vez, salió del bosque, quedó muy sorprendido de no ver ya al individuo. Le buscaba con la mirada cuando de pronto hubo de ahogar un grito de sorpresa, y, dando un salto atrás, volvió a meterse en la línea de arboleda de donde acababa de salir. A su derecha había una alta muralla que flanqueaban a distancias iguales unos contrafuertes macizos.

¡Era allí! ¡Era allí! ¡Aquellos muros aprisionaban a su padre! Había descubierto el lugar secreto donde Lupin encarcelaba a sus víctimas.

No se atrevió a abandonar el refugio que le proporcionaba el espeso follaje del bosque. Lentamente, tendido sobre la tierra y arrastrándose casi sobre el vientre, se escurrió hacia la derecha y logró llegar así a la cima de un montículo que alcanzaba el nivel de la copa de los árboles vecinos. Las murallas eran todavía más altas. No obstante, divisó el techo del castillo, un antiguo techo Luis XIII que coronaban unas torrecillas muy agudas colocadas en forma de cesta alrededor de una flecha más aguda y más alta.

Ese día, ya Beautrelet no hizo nada más. Necesitaba reflexionar y preparar su plan de ataque. Ahora le tocaba a él escoger la hora y la forma del combate contra Lupin. Se marchó.

Cerca del puente se cruzó con dos campesinas que llevaban cántaros llenos de leche. Les preguntó:

—¿Cómo se llama el castillo que está allí, detrás de los árboles?

—Ese, señor, es el castillo de la Aguja.

Había hecho la pregunta sin darle importancia. Pero la respuesta le dejó atónito.

—El castillo de la Aguja... ¡Ah! Pero aquí, ¿dónde nos encontramos? ¿En el departamento del Indra?

—Ciertamente, no. El Indra es del otro lado del río... Por este lado es el de Creuse2.

Isidoro quedó como deslumbrado. El castillo de la Aguja y el departamento de Creuse (hueco). ¡La aguja hueca! ¡La propia clave del documento! Era la victoria asegurada, definitiva, total...

Sin decir una sola palabra más, volvió la espalda a las dos mujeres, y se alejó, tambaleándose por la emoción como un hombre embriagado.

CAPÍTULO SEIS

UN SECRETO HISTÓRICO

La resolución de Beautrelet fue inmediata: actuaría solo. Avisar a la Justicia resultaba demasiado peligroso. Además de que no podía presentar otra cosa que sus presunciones, temía a la lentitud de la Justicia, a las inevitables y seguras indiscreciones y a toda una investigación previa, durante la cual Lupin, que sería inevitablemente avisado de todo ello, tendría tiempo para realizar su retirada.

Al día siguiente, desde las ocho de la mañana, con el paquete de sus cosas bajo el brazo, abandonó la posada en donde se hospedaba en los alrededores de Cuzion, se metió en la primera espesura que encontró, se deshizo de sus ropas de obrero y volvió a disfrazarse de nuevo de joven pintor inglés, como lo había hecho anteriormente, y así se presentó en casa del notario de Eguzon, el burgo más importante de aquella zona.

Le contó al notario que aquella región le gustaba mucho y que si encontraba una residencia conveniente se instalaría allí de buena gana con sus padres. El notario le indicó varias propiedades. Beautrelet insinuó que le habían hablado del castillo de la Aguja, a orillas del Creuse.

—En efecto, pero el castillo de la Aguja, que pertenece a uno de mis clientes desde hace cinco años, no está en venta.

—¿Vive él allí, entonces?

—Vivía él..., o más bien su madre. Pero ésta encontraba el castillo un poco triste y no le agradaba. De modo que lo abandonaron el año pasado.

—¿Y no vive ahora nadie allí?

—Sí, un italiano a quien mi cliente se lo ha alquilado para la temporada de verano. Es el barón Anfredi.

—¡Ah! El barón Anfredi, un hombre todavía joven, con un aire bastante afectado...

—En verdad, yo no sé nada... Mi cliente trató directamente con él. No hubo fianza...; bastó una simple carta...

—Pero ¿usted conoce al barón?

—No. Él no sale nunca del castillo... Sale en automóvil algunas veces, por la noche, al parecer. La compra de provisiones la realiza una vieja cocinera que no habla con nadie. Son unas gentes muy raras...

—¿El cliente de usted aceptaría el vender el castillo?

—No lo creo.

—¿Puede usted indicarme su nombre?

—Luis Valméras, treinta y cuatro, calle Mont-Thabor.

Beautrelet tomó el tren de París en la estación más cercana. Dos días más tarde, después de tres visitas infructuosas, encontró al fin a Luis Valméras. Era un hombre de unos treinta años, de rostro franco y simpático. Beautrelet, juzgando inútil el fingir, se dio a conocer claramente y le contó sus esfuerzos y el objeto de su gestión.

—Todo me hace creer —concluyó— que mi padre está encarcelado en el castillo de la Aguja en compañía, sin duda, de otras víctimas. Y yo vengo a preguntarle a usted qué es lo que sabe de su inquilino, el barón Anfredi.

—No sé gran cosa. Conocí al barón Anfredi el invierno pasado en Monte Carlo. Habiéndose enterado él por casualidad que yo era propietario de un castillo y como quiera que el deseaba pasar una temporada en Francia, me hizo el ofrecimiento de alquilármelo.

—Es un hombre todavía joven...

—Sí, con una mirada muy enérgica y el cabello rubio.

—¿Usa barba?

—Sí, una barba terminada en dos puntas que caen sobre un cuello postizo abrochado por detrás como el cuello de un eclesiástico.

—Es él —murmuró Beautrelet—. Es él, tal como yo le he visto. Son sus señas exactas.

—¡Cómo! ¿Cree usted?...

—No sólo creo sino que estoy seguro de que el inquilino de usted no es otro que Arsenio Lupin.

Aquella historia le hizo mucha gracia a Luis Valméras. Conocía todas las aventuras de Lupin y las peripecias de su lucha contra Beautrelet. Se frotó las manos alegremente. El castillo de la Aguja iba a hacerse célebre...

—Solamente —dijo Valméras— le pido a usted que proceda con la mayor prudencia. Porque ¿si resultara que mi inquilino no es Arsenio Lupin?

Beautrelet le expuso su plan. Iría él solo, por la noche, saltaría por encima de la muralla y se escondería en el parque...

Luis Valméras le detuvo en el acto.

—Usted no puede saltar tan fácilmente unas murallas de esa altura. Y aunque usted lo lograra, sería recibido por dos enormes perros que pertenecen a mi madre y que yo he dejado en el castillo.

—¡Bah! Con unas bolitas...

—No, muchas gracias. Pero supongamos que usted se libra de los perros. ¿Y después? ¿Cómo entra usted en el castillo? Las puertas son macizas, las ventanas tienen enrejados. Y, además, una vez que haya entrado, ¿quién le guiará por el castillo? Hay veinticuatro habitaciones.

—Sí, pero esta habitación a que me refiero tiene dos ventanas, en el segundo piso...

—Yo la conozco. La llamamos la habitación de las glicinas. Pero ¿cómo la encontrará usted? Hay tres escaleras y un verdadero laberinto de pasillos. De nada valdría que yo le explicara a usted el camino que tendría que seguir. Usted se perdería lo misino...

—Entonces vaya usted conmigo —dijo Beautrelet, riendo.

—Imposible. Le he prometido a mi madre reunirme a ella en el Sur.

Beautrelet emprendió el camino de regreso al hotel donde se hospedaba y comenzó sus preparativos. Pero hacia el final del día recibió la visita de Valméras.

—¿Quiere usted todavía que le ayude? —dijo Valméras.

—¡Que si lo quiero!

—Pues bien: yo le acompañaré. Sí, esa expedición me atrae. Creo que no vamos a aburrirnos y me hace gracia verme mezclado en todo eso... Mire: aquí tiene ya un principio de colaboración.

Y mostró una gruesa llave llena de herrumbre y de aspecto venerable.

—Y esta llave, ¿qué abre?... —preguntó Beautrelet.

—Una pequeña poterna disimulada entre dos contrafuertes, abandonada desde hace siglos, y que yo ni siquiera creí deber indicarle a mi inquilino. Da al campo, precisamente al lindero del bosque...

Beautrelet le interrumpió bruscamente:

—Ellos conocen esa salida. Es evidentemente por allí que el individuo a quien yo seguí penetró en el parque. ¡Vamos! Es una bonita partida, y nosotros la ganaremos. Pero, diablos, hay que jugar con mucho tiento.

Dos días más tarde, al paso de un caballo famélico, llegaba a Crozant un carro de feriantes cargado de gitanos y cuyo conductor obtuvo autorización para acampar al extremo de la aldea bajo un antiguo cobertizo.

Además del conductor, que no era otro que Valméras, había tres jóvenes que se dedicaban a trenzar butacas con varas de mimbre. Eran Beautrelet y dos de sus camaradas.

Permanecieron allí tres días en espera de una noche propicia y rondando aisladamente por los alrededores del parque. Una vez, Beautrelet percibió la poterna. Situada entre dos contrafuertes, detrás del velo de zarzas que la disimulaba, casi se confundía con el diseño formado por las piedras de la muralla. Por fin, al cuarto día, el cielo se cubrió de espesas nubes negras, y Valméras decidió ir a realizar un reconocimiento del terreno, pero dispuestos a regresar rápidamente si las circunstancias no eran favorables.

Los cuatro cruzaron el pequeño bosque. Luego, Beautrelet trepó por entre los brezos, se desgarró las manos en el seto de espinos e irguiéndose a medias, lentamente, introdujo la llave en la cerradura. Despacio la hizo girar. La puerta se abrió sin rechinar, sin sacudidas. Se encontraba dentro del parque.

—¿Ya está usted dentro, Beautrelet? —preguntó desde el exterior Valméras—. Ahora espéreme. Y ustedes dos, amigos míos, vigilen la puerta para que no nos quede cortada la retirada.

Tomó de la mano a Beautrelet y se internaron en las densas sombras de la espesura. En ese momento, un rayo de luna se filtró entre las nubes y divisaron el castillo con sus torrecillas puntiagudas, dispuestas en torno a aquella flecha aguda, a la cual, sin duda, el castillo debía su nombre. No había ninguna luz en las ventanas. Ni se oía ruido alguno. Valméras agarró del brazo a su compañero.

—¡Cállese! —le ordenó.

—¿Qué ocurre?

—Los perros están allí..., ve usted...

Se escucharon unos gruñidos. Valméras silbó muy bajo. Dos siluetas blancas surgieron en la oscuridad y en cuatro saltos vinieron a situarse a los pies del amo...

—Hola, los dos... buenos chicos..., quietos..., acostaos ahí..., bueno..., ya no os mováis...

Y le dijo a Beautrelet:

—Ahora ya estoy tranquilo.

—¿Está usted seguro del camino?

—Sí. Ahora nos acercamos a la terraza. En la planta baja hay una contraventana que cierra mal y que se puede abrir desde el exterior.

En efecto, cuando llegaron, tras un ligero esfuerzo, la contraventana cedió. Con la punta de un diamante, Valméras cortó un cristal. Hizo girar el pestillo. Uno tras otro penetraron por el balcón. Estaban dentro del castillo.

—La estancia donde nos encontramos —dijo Valméras— se halla al extremo del pasillo. Luego hay un vestíbulo inmenso ornado de estatuas, y al final una escalera que conduce a la habitación ocupada por su padre.

Dio un paso adelante.

—¿Viene usted, Beautrelet?

—Sí. Sí.

—Pero no..., usted no viene... ¿Qué le ocurre?

—¡Tengo miedo!...

—¿Tiene usted miedo?

—Sí —confesó Beautrelet ingenuamente—. Mis nervios flaquean..., a menudo logro dominarlos..., pero hoy el silencio..., la emoción... Y además, desde la puñalada que me dio el secretario... Pero ya pasará..., ya pasará..., mire, ya pasa...

Consiguió, en efecto, dominarse, y Valméras le llevó fuera de la estancia. Siguieron a tientas por un pasillo tan suavemente que ninguno de ellos percibía la presencia del otro. Una débil luz parecía iluminar el vestíbulo hacia el cual se dirigían, Valméras asomó la cabeza. Era una lamparilla colocada en el fondo de la escalera, sobre un velador que se divisaba a través de las menudas ramas de una palmera.

—¡Alto! —susurró Valméras.

Cerca de la lamparilla había un hombre de centinela, en pie y con un rifle. ¿Los habría visto? Quizá. Cuando menos, algo le inquietó, pues se echó el arma a la cara para disparar.

Beautrelet había caído de rodillas contra la caja donde estaba plantado un arbusto y permanecía inmóvil, mientras el corazón parecía haberse desbocado dentro de su pecho.

Sin embargo, el silencio y la inmovilidad de las cosas tranquilizaron al centinela y éste bajó el arma. Pero su cabeza permaneció vuelta hacia la caja del arbusto.

Transcurrieron diez, quince minutos espantosos. Un rayo de luna se había filtrado por una ventana de la escalera. Y, de pronto, Beautrelet se dio cuenta de que aquel rayo iba desplazándose y que antes de otros quince o de otros diez minutos caería directamente sobre él, iluminando completamente su cara.

De su rostro y sobre sus manos temblorosas comenzaron a caer gruesas gotas de sudor. Su angustia era tal, que estuvo a punto de incorporarse y echar a correr... Pero recordando que Valméras estaba también allí, le buscó con la mirada y quedó estupefacto al ver, o más bien adivinar, que se arrastraba entre las tinieblas. Estaba ya a punto de alcanzar el fondo de la escalera a la altura y a unos pasos del centinela.

¿Qué iba a hacer? ¿Pasar fuese como fuese? ¿Subir él solo para liberar al prisionero? Pero ¿lograría pasar? Beautrelet ya no le veía y tenía la impresión de que algo iba a ocurrir, algo que el silencio más pesado y más terrible parecía presentir también.

Y de pronto, una sombra saltó sobre el centinela, se apagó la lamparilla, se escuchó el ruido de lucha... Beautrelet acudió allí. Los dos cuerpos habían rodado por el suelo sobre las losas. Iba a inclinarse, pero escuchó un gemido ronco, un suspiro, e inmediatamente uno de los adversarios se levantó.

—Pronto... Vamos.

Era Valméras.

Subieron dos pisos y desembocaron en la entrada de un pasillo cuyo suelo estaba cubierto con una alfombra.

—A la habitación —susurró Valméras—. La cuarta habitación del lado izquierdo.

Pronto encontraron la puerta de aquella habitación. Conforme ya lo esperaban, el prisionero estaba encerrado bajo llave. Necesitaron medía hora de esfuerzos agotadores y de sordos intentos para forzar la cerradura. Al fin penetraron en la habitación. A tientas, Beautrelet descubrió la cama. Su padre dormía. Lo despertó suavemente.

—Soy yo..., Isidoro..., y un amigo... No temas nada..., levántate..., ni una palabra...

El padre se vistió, pero en el momento de salir les dijo en voz baja:

—Yo no estoy solo en este castillo...

—¡Ah! ¿Quién más está? ¿Ganimard? ¿Sholmes?

—No... Cuando menos yo no los he visto.

—¿Entonces?

—Una joven.

—¿La señorita De Saint-Véran, sin duda alguna?

—No sé... Yo la he divisado desde lejos varias veces en el parque..., y, además, inclinándome por mi ventana veo la suya... Y ella me ha hecho señales.

—¿Tú sabes dónde está su habitación?

—Sí, en este pasillo, a la derecha.

—La habitación azul —murmuró Valméras—. La puerta tiene dos hojas. Nos costará menos trabajo.

Muy pronto, en efecto, una de las hojas de la puerta cedió. Fue el padre de Beautrelet quien se encargó de avisar a la joven.

Diez minutos después salía con ella de la habitación y le decía a su hijo:

—Tenías razón... Es la señorita De Saint-Véran.

Beautrelet reconoció a la joven. Estaba pálida y parecía muy cansada. Isidoro no perdió tiempo en hacerle preguntas. Bajaron los cuatro. Al fondo de la escalera Valméras se detuvo y se inclinó sobre el centinela, y luego, conduciéndolos hacia la habitación de la terraza, dijo:

—Está muy bien.

—¡Ah! —exclamó Beautrelet con un suspiro de alivio.

—Lo golpeé lo más suavemente posible.

Esta primera victoria no podía bastarle a Beautrelet. Una vez que hubo instalado a su padre y a la joven, los interrogó sobre las personas que residían en el castillo y en particular sobre las costumbres de Arsenio Lupin. Y se enteró entonces de que Lupin no venía allí más que cada tres o cuatro días. Llegaba por la tarde en automóvil y volvía a marcharse por la mañana. En cada uno de esos viajes hacía una visita a los dos prisioneros, y éstos convinieron en alabar las consideraciones de Lupin para con ellos y su extrema afabilidad. Por el momento no debía encontrarse en el castillo.

—Pero sus cómplices sí están —dijo Beautrelet—. Son unas piezas de caza que no hay que desdeñar. Y si no perdemos tiempo...

Saltó sobre una bicicleta, se dirigió al burgo de Eguzon y al llegar allí despertó a la gendarmería, puso a todo el mundo en movimiento, hizo sonar la botasilla y regresó a Crozant a las ocho de la mañana, seguido del brigadier y de seis gendarmes.

Dos de estos últimos quedaron de guardia cerca del carro de los gitanos. Otros dos se situaron delante de la poterna. Y los restantes, al mando de su jefe y acompañados de Beautrelet y de Valméras, se dirigieron hacia la entrada del castillo. Era demasiado tarde. La puerta estaba abierta de par en par. Un campesino les dijo que una hora antes había visto salir del castillo un automóvil.

De hecho, las pesquisas realizadas en el castillo no dieron ningún resultado. Según todas las probabilidades, la banda debía haberse instalado en el castillo en campo volante. Encontraron algunos trajes, una poca ropa blanca, utensilios de cocina y eso era todo.

Lo que más sorprendió a Beautrelet y Valméras fue la desaparición del herido. No lograron descubrir la menor huella de lucha, ni siquiera una gota de sangre sobre las losas del vestíbulo.

En resumen, ningún testimonio material podía probar el paso de Lupin por el castillo de la Aguja, y hubiera habido un absoluto derecho a rechazar las afirmaciones de Beautrelet y de su padre, de Valméras y de la señorita De Saint-Véran, de no haber sido porque al fin acabaron por descubrir, en una habitación contigua a la que ocupaba la joven, media docena de ramos de flores admirables a los cuales figuraban unidas tarjetas de Arsenio Lupin. Ramos desdeñados por ella, marchitos, olvidados... Junto a uno de ellos, además de la tarjeta, figuraba una carta que Raimunda no había visto. Por la tarde, cuando esa carta fue abierta por el juez de instrucción, se encontraron diez páginas de súplicas, de ruegos, de promesas, de amenazas, de desesperación..., toda la locura de un amor que no ha conocido más que el desprecio y la repulsa. La carta terminaba así: «Yo vendré el martes por la tarde, Raimunda. De aquí allá reflexione usted. Por mi parte, yo estoy resuelto a todo.»

El martes por la tarde era precisamente la propia tarde del día en que Beautrelet acababa de libertar a la señorita De Saint-Véran.

Se recuerda aún la formidable explosión de sorpresa y de entusiasmo que se produjo en el mundo entero con la noticia de aquel desenlace imprevisto. ¡La señorita De Saint-Véran, libre! ¡La joven, arrancada a las garras de Lupin! ¡Y libre también el padre de Beautrelet, aquel que Lupin, en su deseo exagerado de un armisticio que necesitaban las exigencias de su pasión, había escogido como rehén! ¡Libres los dos!

Y el secreto de la Aguja, que se había creído impenetrable, era ahora conocido y publicado por todos los rincones del mundo.

En verdad, las multitudes se divertían. Se hicieron canciones sobre el aventurero vencido, tales como «Los sollozos de Arsenio»..., «Los lamentos del ratero»... Y esto se cantaba en los bulevares de Francia y se tarareaba en los talleres.

Acosada a preguntas, perseguida por los entrevistadores de Prensa, Raimunda respondió con la mayor reserva. Pero la carta estaba allí, y los ramos de flores, y toda la lastimosa aventura. Lupin, befado, ridiculizado, se desplomaba de su pedestal. Y Beautrelet pasó a ser el ídolo. Él lo había visto todo, previsto todo, aclarado todo. La declaración que la señorita De Saint-Véran hizo ante el juez de instrucción respecto a su secuestro confirmó la hipótesis que había imaginado el joven. En todos los puntos, la realidad parecía someterse a lo que él decretaba por anticipado. Lupin había encontrado la horma de su zapato.

Beautrelet exigió que su padre, antes de regresar a sus montañas de Saboya, se tomara unos meses de descanso al sol, y él mismo lo llevó, así como a la señorita De Saint-Véran, a los alrededores de Niza, donde el conde de Gesvres y su hija Susana estaban ya instalados para pasar el invierno. Dos días después, Valméras llevó allí también a su madre cerca de sus nuevos amigos y todos ellos formaron una pequeña colonia agrupada en torno al palacete de Gesvres, y la cual estaba vigilada día y noche por media docena de hombres contratados por el conde.

A principios de octubre, Beautrelet volvió a París para reanudar las clases de sus estudios. Y la vida recomenzó esta vez tranquila y sin incidentes. En todo caso, ¿qué podía pasar? ¿Acaso la guerra no había terminado?

Por su parte, Lupin debía tener la sensación bien clara de que no le quedaba más que resignarse al hecho consumado, pues un buen día también sus otras dos víctimas, Ganimard y Herlock Sholmes, reaparecieron. La vuelta de estos últimos a la vida de este mundo careció, por lo demás, totalmente de prestigio. Fue un trapero quien los encontró frente a la Prefectura de Policía, ambos dormidos y atados.

Después de una semana de completo aturdimiento consiguieron volver a recobrar el orden de sus ideas, y entonces relataron —o más bien relató Ganimard, pues Herlock Sholmes se encerró en un mutismo absoluto— que habían realizado, a bordo del yate Golondrina, un viaje de circunvalación de África, viaje encantador, instructivo, durante el cual podían considerarse como en libertad, salvo a ciertas horas, que pasaban en el fondo de la bodega, mientras la tripulación bajaba en los exóticos puertos. En cuanto a su súbita aparición en el muelle de los Orfévres, de París, nada recordaban, dormidos como estaban mediante algún narcótico desde hacía varios días.

El que hubieran quedado así en libertad era la mejor confesión de la derrota. Y al no luchar ya más, Lupin proclamaba esa derrota sin restricciones.

Por otra parte, se produjo un acontecimiento que la hizo más escandalosa: fue el compromiso matrimonial entre Luis Valméras y la señorita De Saint-Véran. En la intimidad que creaban entre ellos las actuales condiciones de su existencia, los dos jóvenes se prendaron el uno del otro. Valméras amaba el encanto melancólico de Raimunda, y ésta, herida por la vida y ávida de gozar de una protección, sufrió los efectos de la fuerza y energía de aquel que había contribuido tan valientemente a su salvación.

Se esperaba el día de su boda con cierta ansiedad. ¿No trataría Lupin de reanudar la ofensiva? Pero la ceremonia se celebró en el día y la hora fijados, y Raimunda de Saint-Véran se convirtió en la señora de Luis Valméras.

Era cual si el propio Destino hubiera tomado partido en favor de Beautrelet y refrendado el parte de la victoria. La multitud lo sintió así a tal punto, que ése fue el momento en que brotó, entre sus admiradores, la idea de un gran banquete en el cual se celebraría su triunfo y el aplastamiento de Lupin. La idea resultó maravillosa y suscitó el entusiasmo. En quince días se recibieron trescientas adhesiones. Se repartieron invitaciones por los institutos de París a razón de dos alumnos por cada clase de retórica. La Prensa entonaba himnos. Y el banquete resultó lo que debía resultar una apoteosis.

Pero una apoteosis encantadora y sencilla, por cuanto Beautrelet era el héroe. Su presencia bastó para poner las cosas en su punto. Se mostró modesto como de ordinario, un poco sorprendido por los vítores excesivos y un poco turbado por los elogios hiperbólicos en los cuales se afirmaba su superioridad sobre los más ilustres policías... Sí, un poco turbado, pero también muy emocionado. Lo manifestó así en breves palabras, que agradaron a todos y que pronunció con el rubor de un niño que enrojece cuando lo miran. Expresó su alegría y su orgullo. Y verdaderamente, por muy razonable, por muy dueño de sí que fuese, conoció en esa ocasión momentos de embriaguez inolvidables. Sonreía a sus amigos, a sus camaradas del instituto Janson, a Valméras, venido especialmente para aplaudirlo; al señor De Gesvres, a su padre.

Pero en el momento en que estaba terminando de hablar y tenía aún su copa en la mano, se oyó un ruido de voces en el extremo del salón y se vio a alguien que gesticulaba agitando un periódico. Se restableció el silencio, el importuno volvió a sentarse, pero un estremecimiento de curiosidad se propagó por toda la mesa. El periódico pasaba de mano en mano y cada vez que uno de los invitados echaba su mirada sobre la página marcada prorrumpía en exclamaciones.

—¡Que lo lean..., que lo lean! —gritaban del lado opuesto de la mesa.

En la mesa de honor alguien se levantó. Era el padre de Beautrelet, quien se dirigió a tomar el periódico y se lo entregó a su hijo.

—¡Que lo lean..., que lo lean! —se oyó gritar más fuerte.

Otros clamaban:

—Escuchar..., escuchar... Lo va a leer... Escuchar.

Beautrelet, en pie, de cara al público, buscaba con sus ojos en el periódico de la tarde que su padre le había entregado el artículo que suscitaba semejante estrépito, y de pronto, habiendo divisado el título subrayado con lápiz azul, alzó la mano para reclamar silencio, y con voz que la emoción alteraba cada vez más leyó estas revelaciones sorprendentes que reducían a la nada todos sus esfuerzos, trastornaban sus ideas sobre la Aguja hueca señalaban lo vano de su lucha contra Arsenio Lupin:

«Carta abierta del señor de Massiban, de la Academia de Inscripciones y Bellas Letras.

»Señor director El 17 de marzo de 1679 —insisto de 1679, es decir, bajo Luis XIV— fue publicado en París un librito con el título de El misterio de la aguja hueca. Toda la verdad denunciada por primera vez. Cien ejemplares impresos por mí mismo y para la instrucción del sumario por el Tribunal.

»A las nueve horas de la mañana, este día 17 de marzo, el autor, un hombre muy joven, bien vestido, cuyo nombre ignoro, se dedicó a depositar este libro entre las manos de los principales personajes del Tribunal. A las diez, cuando ya había realizado cuatro de sus gestiones, fue detenido por un capitán de la guardia, el cual lo condujo al gabinete del rey y salió nuevamente a buscar los cuatro ejemplares distribuidos. Cuando quedaron reunidos los cien ejemplares, contados, hojeados con cuidado y comprobados, el rey los arrojó al fuego todos, salvo uno que él conservó para sí. Luego encargó al capitán de la guardia que condujera al autor del libro a presencia del señor de Saint-Mars, el cual encerró a su prisionero en Pignerol; luego, en el bosque de la isla de Sainte-Marguerite. Este hombre no era otro, evidentemente, que el famoso hombre de la máscara de hierro.

»La verdad, o cuando menos una parte de la verdad, jamás hubiera sido conocida si el capitán de la guardia que había asistido a la entrevista, aprovechando un momento en que el rey se había vuelto a un lado, no hubiera tenido la tentación de retirar de la chimenea, antes que el fuego lo alcanzara, uno de los ejemplares. Seis meses después ese capitán fue recogido muerto en la carretera real de Gaillon a Nantes. Sus asesinos lo habían despojado de todas sus ropas, olvidando, no obstante, en el bolsillo derecho una alhaja que fue descubierta más tarde, un diamante de extraordinario valor.

»Entre sus papeles se encontró una nota manuscrita. En ella no hablaba nada del libro rescatado de las llamas, pero sí daba un resumen de los primeros capítulos. Se trataba de un secreto que fue conocido de los reyes de Inglaterra, perdido por ellos en el momento en que la corona del pobre Enrique VI pasó a la cabeza del duque de York, revelado luego al rey de Francia Carlos VII por Juana de Arco, y que, convertido en secreto de Estado, fue transmitido sucesivamente de un soberano a otro por medio de una carta sellada y lacrada que se encontraba a la cabecera del lecho de muerte del rey difunto con esta mención: «Para el rey de Francia.» Ese secreto se refería a la existencia, y determinaba el lugar donde se encontraba, de un formidable tesoro, poseído por los reyes y que iba aumentando de siglo en siglo. La familia del capitán asesinado no concedió mayor importancia a esa nota manuscrita, en la que aquélla no vio más que una sencilla anécdota inventada del principio al fin.

«Pero ciento catorce años más tarde, Luis XVI, hallándose prisionero en el Temple, llamó a uno de los oficiales encargados de vigilar a la familia real y le dijo:

»—Señor, ¿no tenía usted, bajo el reinado de mi abuelo, el gran rey, un antepasado que servía como capitán de la guardia?

»—Sí, señor.

»—Pues bien: ¿sería usted hombre..., sería usted hombre...?

«Titubeó. Pero el oficial terminó él mismo la frase:

»—¿Para no traicionarle? ¡Oh, señor!...

»—Entonces, escúcheme.

»El rey extrajo de su bolsillo un librito, del cual arrancó una de las últimas páginas. Pero cambiando de idea, añadió:

»—No; es preferible que yo lo copie...

«Tomó una hoja grande de papel, la cual rasgó de forma a no conservar más que un pequeño espacio rectangular sobre el cual copió cinco líneas de puntos y de cifras que contenía la página impresa. Luego quemó ésta, dobló en cuatro la hoja manuscrita, la selló con lacre rojo y se la entregó al oficial, diciéndole:

»—Señor, después de mi muerte usted entregará esto a la reina y le dirá usted: «De parte del rey, señora..., para su majestad y para su hijo...» Si ella no comprendiese...

»—Sí, ¿y si ella no comprendiese?...

»—Usted agregará: «Se trata del secreto de la Aguja.» Y entonces la reina comprenderá.

«Después que hubo hablado así, arrojó el pequeño libro entre las brasas al rojo vivo que brillaban en el hogar de la chimenea.

»El 21 de enero, el rey subía al cadalso.

»Dos meses necesitó el oficial, como consecuencia del traslado de la reina a la Conserjería, para cumplir la misión de que había sido encargado. Por fin, a fuerza de mañosas intrigas, consiguió un día verse en presencia de María Antonieta. Y de forma que ella pudiese comprender con exactitud, le dijo:

»—De parte del difunto rey, señora, para su majestad y su hijo.

»Y le entregó la carta sellada.

»La reina se aseguró de que sus guardianes no la veían, rompió los sellos, pareció sorprendida a la vista de aquellas líneas indescifrables, y luego, inmediatamente, pareció comprender. Sonrió con amargura, y el oficial percibió estas palabras pronunciadas por ella:

»—¿Por qué tan tarde?

»La reina dudó. ¿Dónde podría guardar aquel documento peligroso? Por último, abrió su libro devocionario, y en una especie de bolsillo secreto que había en el mismo entre el cuero de la encuadernación y el pergamino que lo cubría deslizó la hoja de papel.

»—¿Por qué tan tarde?... —había dicho ella.

»Es probable, en efecto, que ese documento, si le hubiera podido proporcionar la salvación, llegaba ya demasiado tarde, pues en el mes de octubre siguiente la reina María Antonieta, a su vez, subía al cadalso.

»Mas aquel oficial, al hojear los papeles de su familia, encontró la nota manuscrita por su bisabuelo, el capitán de la guardia de Luis XIV. A partir de ese momento ya sólo tuvo una idea: el consagrar todos sus momentos libres a descifrar aquel extraño problema. Leyó todos los autores latinos, estudió todas las crónicas de Francia y las de los países vecinos, se introdujo en los monasterios, descifró los libros de cuentas, los cartularios, los tratados, y pudo así descubrir ciertas citas dispersas a través de los tiempos.

»En el libro III de los comentarios de César sobre la guerra de las Galias se relata que después de la derrota de Viridovix por G. Titulius Sabinus, el jefe de los caletas fue llevado ante César, y que por alguna razón reveló el secreto de la Aguja...

»El tratado de Saint-Clair-sur-Epte, entre Carlos el Simple y Roll, jefe de los bárbaros del Norte, hace seguir el nombre de Roll de todos esos títulos, entre los cuales leemos el de dueño del secreto de la Aguja.

»La crónica sajona (edición de Gibson, página 134), hablando de Guillermo el del gran valor (Guillermo el Conquistador), relata que el asta de su bandera terminaba en una punta acerada y agujereada con una hendidura de la forma de una aguja...

»En una frase bastante ambigua de su interrogatorio, Juana de Arco confiesa que ella posee todavía un secreto que tiene que decirle al rey de Francia, a lo que sus jueces responden: «Sí, sabemos de qué se trata, y es por ello que usted, Juana, perecerá.»

»«¡Por el poder de la Aguja!», jura algunas veces el buen rey Enrique IV.

«Anteriormente, Francisco I arengaba a los notables del Havre, en 1520, pronunciando esta frase que nos transmite el diario de un burgués de Honfieur.

»«Los reyes de Francia mantienen secretos que regulan la dirección de las cosas y la suerte de las ciudades.»

»Todas estas citas, señor director, todos los relatos que conciernen a la máscara de hierro, al capitán de la guardia y a su bisnieto, yo los he encontrado hoy en un folleto escrito precisamente por ese bisnieto y publicado en junio de 1815, la víspera, o al día siguiente, de Waterloo, es decir, en un período de trastornos en el que las revelaciones que ese folleto contenía tenían que pasar inadvertidas.

»¿Qué vale ese folleto? Nada, me dirá usted, y no debe concedérsele ningún crédito. Esa fue mi primera impresión; pero cuál sería mi sorpresa, al abrir los Comentarios de César en el capítulo indicado, el descubrir la frase incluida en el folleto. La misma comprobación resulta en lo que concierne al tratado de Saint-Clair-sur-Epte, la crónica sajona, el interrogatorio de Juana de Arco y, en suma, todo lo que he podido comprobar hasta aquí.

»En fin, hay un hecho más preciso todavía que relata el autor del folleto de 1815. Durante la campaña de Francia, siendo aquél oficial de Napoleón, y habiendo muerto su caballo, llamó a la puerta de un castillo, donde fue recibido por un anciano caballero de San Luis. Y hablando con el anciano se enteró, dato por dato, de que aquel castillo situado a la orilla del río Creuse se llamaba el castillo de la Aguja, que había sido construido y bautizado por Luis XIV y que por orden expresa suya había sido ornado con torrecillas y una flecha que representaba la aguja. Como fecha llevaba, y debe llevar todavía, la del año 1680.

»¡1680! Unos años después de la publicación del libro y del encarcelamiento de Máscara de hierro. Todo se explicaba: Luis XIV, en previsión de que el secreto pudiera divulgarse, había construido y bautizado este castillo para ofrecer a los curiosos una explicación natural del antiguo misterio. ¿La aguja hueca? Pues era ni más ni menos que un castillo de torrecillas puntiagudas, situado en la orilla del río Creuse (Hueco) y perteneciente al rey. Y así de buenas a primeras se creería conocer ya el enigma y cesaban las investigaciones.

»El cálculo, pues, era exacto, puesto que más de dos siglos después el señor Beautrelet cayó en la misma trampa. Y es a eso, señor director, a lo que yo quería llegar al escribir esta carta. Si Lupin, bajo el nombre de Anfredi, le alquiló al señor Valméras el castillo de la Aguja, a la orilla del Creuse, si alojó allí a sus dos prisioneros, es que admitía el éxito de las inevitables investigaciones del señor Beautrelet, y que, con objeto de conseguir la paz que había pedido, le tendía precisamente al señor Beautrelet la trampa histórica de Luis XIV.

»Y por todo lo que antecede llegamos a la conclusión irrefutable de que fue él, Lupin, con sus exclusivas luces, sin saber ni conocer otros hechos que los que nosotros también conocemos, quien logró, por el sortilegio de un genio verdaderamente extraordinario, descifrar el que parecía indescifrable documento. Y es que Lupin, último heredero de los reyes de Francia, conoce el misterio real de la Aguja hueca.»

Ahí terminaba el artículo. Pero después de unos minutos, después del trozo que se refería al castillo de la Aguja, ya no era Beautrelet quien le daba lectura. Comprendiendo su derrota, aplastado bajo el peso de la humillación sufrida, había abandonado el periódico y se había hundido en su silla, con el rostro oculto entre sus manos.

Jadeante y sacudido de emoción por aquella increíble historia, la multitud se había acercado poco a poco y se apretujaba en torno a él. Se esperaba con una angustia temblorosa las palabras con que él respondería, las objeciones que iría a formular.

Pero no se movió.

Con un gesto delicado, Valméras le apartó las manos del rostro y le irguió la cabeza.

Isidoro Beautrelet estaba llorando.

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