Página principal

Maurice leblanc capitulo uno


Descargar 0.66 Mb.
Página4/8
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño0.66 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8

CAPÍTULO CUATRO

FRENTE A FRENTE

Una noche, seis semanas después, yo le había dado a mi criado permiso para salir. Era la víspera del 14 de julio. Hacía un calor de tormenta y la idea de salir no me agradaba en absoluto. Con las ventanas de mi balcón abiertas, mi lámpara de trabajo encendida, me instalé en una butaca y, no habiendo leído todavía los periódicos, me puse a hojearlos. Bien entendido, hablaban de Arsenio Lupin. Después del intento de asesinato de que el pobre Isidoro Beautrelet había sido víctima, no había transcurrido ni un solo día sin que dejara de tratarse del asunto de Ambrumésy. Los periódicos le dedicaban una sección cotidiana. Jamás la opinión pública se había excitado a tal punto por semejante serie de acontecimientos precipitados, de golpes teatrales inesperados. El señor Filleul, quien decididamente aceptaba, con su buena fe meritoria, su papel de subalterno, había confiado a sus entrevistadores las hazañas de su joven consejero durante los tres días memorables, de modo que cabía entregarse a las suposiciones más temerarias.

Y nadie se privaba de hacerlo así. Especialistas y técnicos del crimen, novelistas y dramaturgos, magistrados y ex jefes de Seguridad, todos los jubilados y los Herlock Sholmes de afición, tenían cada cual su teoría y la presentaban en copiosos artículos. Cada cual tomaba por su cuenta el sumario y lo completaba a su manera. Y todo ello tomando como base la labor realizada por el joven alumno de retórica, Isidoro Beautrelet.

Pero, verdaderamente, era preciso decirlo, se estaba en posesión de los elementos completos de la verdad. El misterio, pues, ¿en qué consistía? Se conocía el escondrijo donde Arsenio Lupin se había refugiado y donde había agonizado, y sobre esto no había duda alguna: el doctor Delattre, que siempre se atrincheraba detrás del secreto profesional y que se negó a hacer cualquier declaración, confesó, sin embargo, a sus íntimos —que en seguida se apresuraron a decírselo a otros— que había sido, efectivamente, a una cripta adonde había sido llevado para atender a un herido a quien sus cómplices le presentaron bajo el nombre de Arsenio Lupin. Y como en esa misma cripta había sido hallado el cadáver de Esteban de Vaudreix, el cual no era otro que Arsenio Lupin, conforme lo demostraba el sumario, la identificación de Arsenio Lupin encontraba en esto un suplemento demostrativo.

Por consiguiente, muerto Arsenio Lupin, reconocido el cadáver de la señorita de Saint-Véran gracias a la pequeña pulsera que llevaba, el drama había acabado.

Pero no, no había acabado. No había acabado para nadie, puesto que Beautrelet había dicho lo contrario. No se sabía en modo alguno en qué no había terminado, sino que, por el solo hecho de decirlo así el joven estudiante, el misterio continuaba íntegro. El testimonio de la realidad no prevalecía contra la afirmación de un Beautrelet. Había alguna cosa ignorada, y esa cosa no se dudaba que no pudiera explicarlo.

Por tanto, era extraordinaria la ansiedad con que se esperaban los boletines sobre el estado del herido que publicaban los médicos de Dieppe a los cuales el conde les confió el cuidado de aquél. ¡Qué desolación durante los primeros días cuando se creyó que su vida estaba en peligro!... ¡Y qué entusiasmo la mañana que los periódicos anunciaron que ya no había nada que temer!... Los más pequeños detalles apasionaban a las multitudes. La gente se enternecía al saberlo cuidado por su anciano padre, a quien un telegrama había llamado urgentemente, y admiraba la dedicación de la señorita De Gesvres, que pasaba la noche a la cabecera del herido.

Después fue la convalecencia, rápida y alegre. En fin, ahora se iban a saber muchas cosas. Se sabría lo que Beautrelet le había prometido revelarle al señor Filleul y las palabras definitivas que el cuchillo del criminal le habían impedido pronunciar. Y se sabría también todo cuando, aparte del drama en sí, se mantenía impenetrable o inaccesible a los esfuerzos de la Justicia.

Estando Beautrelet libre, curado de su herida, ya habría una certidumbre sobre el señor Harlington, el enigmático cómplice de Arsenio Lupin, que continuaba detenido en la cárcel de la Santé. Y se sabría qué se había hecho después del crimen del secretario Brédoux, aquel otro cómplice cuya audacia había sido verdaderamente desconcertante.

Una vez libre Beautrelet, ya cabría formarse una idea precisa sobre la desaparición de Ganimard y el secuestro de Herlock Sholmes. ¿Cómo era posible que se hubieran podido producir dos atentados de esa naturaleza? Los detectives ingleses, así como sus colegas de Francia, no poseían ningún indicio a ese respecto. El domingo de Pentecostés, Ganimard no había regresado a su casa, y el lunes tampoco, ni después en seis semanas.

En Londres, el lunes de Pentecostés, a las cuatro de la tarde, Herlock Sholmes tomaba un coche de alquiler para dirigirse a la estación. Apenas subió al vehículo, ya intentó bajar de él, habiendo advertido probablemente el peligro. Pero dos individuos se subieron al coche por la derecha y por la izquierda, derribaron al viajero sobre el asiento y le mantuvieron sujeto entre ellos, o mejor dicho debajo de ellos, dado lo exiguo del vehículo. Y esto ocurrió a la vista de diez testigos, que no tuvieron tiempo de interponerse para prestarle auxilio a la víctima. El coche huyó al galope del caballo. ¿Y después? Después, nada. Nada se sabía.

Y quizá por medio de Beautrelet se lograría la explicación completa del documento, de aquel papel misterioso al cual el secretario Brédoux atribuía importancia suficiente para decidirse a apoderarse de él a cuchilladas, intentando matar a quien lo poseía. El problema de la Aguja hueca, como le llamaban los innumerables Edipos que, inclinados sobre las cifras y los puntos, trataban de encontrarle un significado... ¡La Aguja hueca! ¡Asociación desconcertante de dos palabras! ¿Se trataría de una expresión sin significado, un acertijo de un escolar que embadurna de tinta un trozo de papel? ¿O bien eran las dos palabras mágicas por medio de las cuales toda la gran aventura del aventurero Arsenio Lupin adquiriría su verdadero sentido? Nada se sabía.

Pero iba a saberse. Desde hacía varios días, los periódicos anunciaban la llegada de Beautrelet. La lucha estaba próxima a comenzar. Y esta vez sería implacable por parte del joven, que ardía con el ansia de tomarse la revancha.

Y precisamente su nombre, impreso en grandes caracteres, atrajo mi atención. El Grand Journal publicaba a la cabeza de sus columnas la nota siguiente:

«Hemos obtenido del señor Isidoro Beautrelet la promesa de que nos reserve las primicias de sus revelaciones. Mañana miércoles, antes mismo de que la propia Justicia sea informada, el Grand Journal publicará la verdad íntegra sobre el drama de Ambrumésy.»

—Esto promete, ¿eh? ¿Qué piensa usted de todo ello, querido?

Salté en mi butaca. Había cerca de mí alguien a quien yo no conocía.

Me levanté y con la mirada busqué un arma. Pero como la actitud del desconocido parecía por completo inofensiva, me contuve y me acerqué a él.

Era un hombre joven, de rostro enérgico, con largos cabellos rubios y cuya barba, de tono un tanto leonado, estaba dividida en dos cortas puntas. Su traje recordaba el traje de un sacerdote inglés, y, por lo demás, su persona tenía algo de austero y de grave que inspiraba respeto.

—¿Quién es usted? —le pregunté.

Y como no me respondiera, repetí:

—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado usted aquí? ¿Qué viene usted a hacer?

Me miró, y me dijo:

—¿No me reconoce usted?

—No..., no.

—¡Ah! Es verdaderamente extraño... Busque bien..., uno de sus amigos..., un amigo de una clase muy especial...

Le agarré de un brazo vivamente, y respondí:

—Miente usted..., usted no es el que dice..., eso no es cierto...

Entonces, ¿por qué piensa usted en ése más bien que en otro? —respondió, riendo.

¡Ah! Aquella risa juvenil y clara cuya alegre ironía me había divertido a menudo... Sentí un escalofrío. ¿Era posible?

—No, no —protesté yo con una especie de espanto—. No puede ser...

—Puede que no sea yo, porque yo estoy muerto..., y usted no cree en aparecidos.

Y rió de nuevo.

—¿Es que, acaso, yo soy de esos que mueren? ¡Morir así por un proyectil disparado en la espalda, y por una joven! Verdaderamente, eso es juzgarme mal. ¡Como si yo fuera a consentir semejante fin!

—Entonces es usted —balbucí yo, todavía incrédulo y completamente emocionado—. No soy capaz de creer lo que veo.

—Entonces me siento tranquilo —contestó alegremente—. Si el único hombre a quien me he mostrado bajo mi verdadero aspecto no es capaz de reconocerme hoy, toda persona que me vea de ahora en adelante tal como soy hoy no me reconocerá tampoco cuando me vea bajo mi aspecto real... si efectivamente yo tengo un aspecto real.

—Arsenio Lupin —murmuré yo.

—Sí, Arsenio Lupin —exclamó él—. El solo y único Arsenio Lupin, que vuelve del reino de las sombras, puesto que, según parece, yo he agonizado y muerto en una cripta. Lupin vivo con toda su vida, actuando con toda su voluntad, feliz y libre, y resuelto más que nunca a gozar de esa feliz independencia en un mundo en el que hasta ahora no ha encontrado más que el favor y el privilegio.

A mi vez me eché a reír.

—Entonces, sed bien venido, y más alegre que el día en que tuve el placer de veros el año pasado...

Yo aludía a su última visita, visita que siguió a la famosa aventura de la diadema, roto su matrimonio, su fuga con Sonia Krichnoff, y la muerte horrible de la joven rusa. Ese día yo había visto a un Arsenio Lupin que yo ignoraba, débil, abatido, con los ojos cansados de llorar y en busca de un poco de simpatía y ternura...

—Cállese usted —dijo él—. El pasado ya está lejos.

—Eso ocurría hace un año —observé yo.

—Eso ocurrió hace diez años —afirmó él—. Los años de Arsenio Lupin valen diez veces más que los de los otros.

No insistí y cambié de conversación. Pregunté:

—¿Y cómo entró usted aquí?

—¡Santo Dios! Como todo el mundo, por la puerta. Luego, como no encontraba a nadie, crucé el salón y seguí por el balcón.

—Sea, pero ¿y la llave de la puerta?

—No hay puertas para mí, usted lo sabe. Yo necesitaba su departamento y entré.

—Estoy a sus órdenes. ¿Deberé dejárselo?

—¡Oh, de ningún modo! Usted no me estorbará. Incluso puedo decirle que la velada será interesante.

—¿Usted espera a alguien?

—Sí, he dado una cita aquí.

Sacó su reloj, y dijo:

—Son las diez. Si el telegrama llegó, la persona que debe venir no tardará en llegar...

El timbre sonó en el vestíbulo.

—¿Qué le dije a usted? No, no se moleste..., iré yo mismo.

¿Con quién diablos tendría cita él? ¿A qué escena dramática o cómica iba yo a asistir? Para que el propio Lupin la considerase digna de interés, era preciso que la situación fuese excepcional.

Al cabo de unos instantes regresó, se puso a un lado, dejando paso a un joven delgado, alto y de rostro muy pálido.

Sin pronunciar palabra, con una cierta solemnidad en sus ademanes que me turbaba, Lupin encendió todas las luces eléctricas. La habitación quedó inundada de claridad. Entonces, los dos hombres se miraron profundamente, como si con todo el esfuerzo de sus ojos ardientes trataran de penetrar cada uno de los pensamientos e intenciones del otro. Era un espectáculo impresionante el contemplarlos así, graves y silenciosos. Pero ¿quién podía ser aquel recién llegado?

En el mismo momento en que yo estaba a punto de adivinarlo, por la semejanza que ofrecía con una fotografía de él recientemente publicada, Lupin se volvió hacia mí y dijo:

—Mi querido amigo, le presento al joven Beautrelet.

E inmediatamente, dirigiéndose al joven, agregó:

—Debo agradecerle a usted, señor Bautrelet, ante todo, el haber tenido a bien, de acuerdo con una carta mía, el retrasar sus revelaciones hasta después de esta entrevista, y por haberme concedido esta entrevista con tanta generosidad.

Beautrelet sonrió, y respondió:

—Le ruego observe que mi generosidad consiste sobre todo en obedecer sus órdenes. La amenaza que usted me hacía en la carta de referencia era tanto más perentoria cuanto que no estaba dirigida a mí, sino que apuntaba a mi padre.

—En verdad —contestó Lupin, sonriendo— se obra como se puede, y es preciso servirse de los medios de acción de que se dispone. Yo sabía por experiencia que la propia seguridad de usted le era indiferente, puesto que usted ha resistido a los argumentos del señor Brédoux. Quedaba su padre..., su padre a quien usted quiere entrañablemente... Entonces, tiré de esa cuerda...

—Pues aquí estoy —dijo aprobadoramente Beautrelet.

Les rogué que se sentaran. Así lo hicieron, y Lupin, con ese tono de ironía que le es muy propio, declaró:

—En todo caso, señor Beautrelet, si usted no acepta mi agradecimiento, no rechace, cuando menos, mis disculpas.

—¡Disculpas! ¿Y por qué, señor?

—Por la brutalidad de la cual el señor Brédoux dio muestras respecto a usted.

—Confieso que ese acto me sorprendió. No era la forma habitual de proceder de Lupin. Una cuchillada...

—Por tanto, yo no intervine en eso para nada. El señor Brédoux es nuevo en nuestras filas. Mis amigos, durante el tiempo que han tenido la dirección de nuestros asuntos, creyeron que podía sernos útil.

—Y sus amigos no estaban equivocados.

—En efecto, Brédoux, a quien habían puesto especialmente para seguir a la persona de usted, nos fue de un valor inapreciable . Pero, con ese ardor propio de todo novato que quiere distinguirse, llevó su celo demasiado lejos y actuó contrariamente a mis planes, permitiéndose, por iniciativa propia, herirle a usted.

—¡Oh!, ésa es una pequeña desgracia...

—No, no, de ningún modo, y yo le reprendí severamente. Sin embargo, debo decir en su favor que él fue cogido de sorpresa por la rapidez inesperada de la investigación de usted. Nos hubiera dejado usted unas horas más y usted se hubiera librado de ese atentado imperdonable.

—¿Y entonces hubiera tenido la gran ventaja de sufrir la misma suerte de los señores Ganimard y Sholmes?

—Exactamente —respondió Lupin, riendo con euforia—. Y yo no hubiera sufrido las crueles angustias que la herida de usted me ha causado. Le juro a usted que he pasado, por ello, horas atroces y, todavía hoy, vuestra palidez constituye para mí un remordimiento que me tortura.

—La prueba de confianza que usted me da —respondió Beautrelet— al entregarse a mí..., pues me hubiera sido fácil haber traído conmigo a algunos amigos de Ganimard..., esa prueba de confianza lo borra todo.

¿Hablaba en serio? Confieso que yo me sentía muy desorientado. La lucha entre aquellos dos hombres comenzaba de una forma en la que yo no comprendía nada. Yo, que había asistido al primer encuentro de Lupin y Sholmes1 en el café de la estación Montparnasse, no podía impedirme el recordar el porte altivo de los dos combatientes, el espantoso choque de su respectivo orgullo bajo la delicadeza de sus maneras, los duros golpes que se cambiaban, sus fintas, su arrogancia.

Aquí no había nada semejante. Lupin, por su parte, no había cambiado. La misma táctica y la misma afabilidad burlona, Pero ¡a qué extraño adversario tenía que enfrentarse! ¿Incluso era verdaderamente un adversario? En realidad, no tenía ni el tono ni la apariencia de tal. Muy tranquilo, pero con una tranquilidad real que no ocultaba ni disfrazaba el brío de un hombre que se contiene; muy correcto, pero sin exageración; sonriendo, pero sin ironía, presentaba, al compararle con Arsenio Lupin, el más completo contraste; tan completo, que Lupin me parecía tan desorientado como yo.

No, seguramente Lupin no tenía la seguridad de que daba muestras de ordinario, (rente a este adolescente frágil, con las mejillas sonrosadas como una muchacha y ojos cándidos y atractivos. En varias ocasiones observé en él rasgos de genialidad. Dudaba, titubeaba, no atacaba abiertamente, perdía su tiempo en frases afectadas.

Se hubiera dicho que a él también le faltaba algo. Tenía el aire de andar a la busca de algo, de esperar. ¿Qué? ¿Qué auxilio?

Llamaron de nuevo a la puerta. El propio Lupin acudió rápidamente a abrir.

Regresó con una carta.

—¿Me permiten ustedes, señores? —nos pregunto.

Abrió la carta. Contenía un telegrama. Lo leyó.

Y entonces se produjo en él como una transformación. Su rostro se iluminó, su cuerpo se irguió y vi hincharse las venas de su frente. Era el atleta que aparecía de nuevo, el dominador, seguro de sí mismo, dueño de los acontecimientos y dueño de las personas. Colocó el telegrama sobre la mesa, y, golpeándolo con el puño, gritó:

—Y ahora vamos a vérnoslas usted y yo.

Beautrelet se colocó en postura de escuchar, y Lupin comenzó con voz mesurada, pero seca y voluntariosa:

—Quitémonos las caretas, ¿no es así?, y acabemos con las insulseces hipócritas. Somos dos enemigos que sabemos perfectamente a qué atenernos el uno respecto al otro; y es como enemigos que actuarnos el uno hacia el otro y, en consecuencia, como enemigos que vamos a tratar el uno con el otro.

—¿Tratar? —preguntó Beautrelet, sorprendido.

—Sí, tratar. Y no dije esa palabra al azar y la repito, cuésteme lo que me cueste. Y me cuesta mucho. Es la primera vez que la empleo frente a un adversario. Pero también, y se lo digo de inmediato, es la última. Aprovéchese. No saldré de aquí como no sea con una promesa de usted. Si no, es la guerra.

Beautrelet parecía cada vez más sorprendido. Dijo suavemente:

—Yo no me esperaba esto..., me habla usted de una manera tan extraña... Es tan distinto de lo que yo creía... Sí, yo me lo imaginaba a usted de otra manera... ¿Por qué su cólera? ¿Las amenazas? ¿Somos acaso enemigos porque las circunstancias nos oponen el uno al otro? ¿Enemigos..., porqué?

Lupin pareció un tanto desconcertado, pero, inclinándose hacia el joven, le dijo:

—Escuche, joven, no se trata de escoger formas de expresión. Se trata de un hecho, de un hecho cierto, indiscutible. Éste: desde hace diez años nunca me he tropezado con un adversario con la fuerza de usted; con Ganimard, con Herlock Sholmes, yo he jugado como con unos niños. Con usted me veo obligado a defenderme; más aún: diría que a retroceder. Sí, a la hora actual, usted y yo sabemos muy bien que debo considerarme como el vencido. Isidoro Beautrelet triunfa sobre Arsenio Lupin. Mis planes han quedado desorganizados. Lo que yo traté de dejar en la sombra, usted lo ha sacado a plena luz. Usted me molesta, usted se me atraviesa en el camino. Pues bien: basta ya... Brédoux se lo ha dicho a usted inútilmente. Yo vuelvo a repetírselo insistiendo, para que usted lo tome en cuenta.

Beautrelet agachó la cabeza, y dijo: —Pero, en fin, ¿qué quiere usted?

—La paz..., cada cual en su casa, en sus dominios.

—Es decir, que usted quede libre para robar a su antojo, y yo libre para volver a mis estudios.

—A sus estudios o a lo que usted quiera..., eso no me importa... Pero usted me dejará en paz...

—¿En qué puedo yo turbar su paz?

Lupin le agarró una mano con violencia.

—Usted lo sabe muy bien. No finja que no lo sabe. Usted es actualmente poseedor de un secreto al cual yo atribuyo la mayor importancia. Ese secreto usted tenía el derecho de adivinarlo, pero usted no tiene ningún derecho a hacerlo público.

—¿Y está usted seguro de que yo conozco ese secreto?

—Usted lo sabe, estoy seguro de ello; día por día, hora por hora, yo he seguido la marcha de su pensamiento y los adelantos de su investigación. En el mismo instante en que Brédoux le atacó a usted, usted iba a revelarlo todo. Por cariño a su padre, usted ha retrasado sus revelaciones. Pero usted se las ha prometido hoy a este periódico. El artículo ya está listo. Dentro de una hora será compuesto. Mañana aparecerá publicado.

—Es exacto.

Lupin se levantó, y, cortando el aire con un ademán de su mano, gritó:

—¡El artículo no aparecerá!

—Sí aparecerá—replicó Beautrelet, levantándose repentinamente.

Los dos hombres estaban erguidos uno contra otro. Tuve la sensación de un choque, cual si se hubieran lanzado a una lucha cuerpo a cuerpo. Una súbita energía llameaba en Beautrelet. Se hubiera dicho que una chispa había prendido en él nuevos sentimientos de audacia, de amor propio, de voluntad de lucha, de embriaguez de peligro.

En cuanto a Lupin, yo percibía en el resplandor de su mirada su alegría de duelista que cruza su espada con la del rival a quien detesta.

—¿El artículo ya ha sido entregado? —preguntó Lupin.

—Todavía no fue entregado.

—¿Lo tiene usted aquí..., con usted?

—No sería tan tonto como todo eso. Ya no lo tendría entonces...

—¿Así, pues?

—Lo tiene uno de los redactores guardado bajo doble sobre. Si a medianoche no he acudido yo al periódico, lo mandará componer.

—¡Ah!, el pícaro —murmuró Lupin—. Lo ha previsto todo.

Su cólera bullía, visible, aterradora.

Beautrelet sonrió burlón a su vez y embriagado por su triunfo.

—¡Cállate, chiquillo! —aulló Lupin—. ¿Acaso no sabes quién soy yo? Y que si yo quisiera..., palabra de honor... ¡Se atreve a reír!

Un profundo silencio se interpuso entre ellos. Luego, Lupin se adelantó hacia el joven, y con voz sorda, clavando sus ojos en los de Beautrelet, le dijo:

—Vas a ir corriendo al Grand Journal...

—No.

—Vas a romper tu artículo.



—No.

—Le hablarás al redactor jefe.

—No.

—Le dirás que le has equivocado.



—No.

—Y escribirás otro artículo, o le darás del asunto la versión oficial, la que todo el mundo ha aceptado.

—No.

Lupin echó mano a una regla de hierro que se encontraba sobre mi escritorio y sin esfuerzo alguno la rompió en dos. Su palidez era aterradora. Se secó las gotas de sudor que brotaban de su frente. A él, que jamás había conocido resistencia a su voluntad, la terquedad de aquel niño le enloquecía.



Puso sus manos vigorosamente sobre los hombros de Beautrelet, y le dijo:

—Tú harás todo eso, Beautrelet. Dirás que tus últimos descubrimientos te han convencido de mi muerte y que sobre esto no queda la menor duda. Lo dirás porque yo lo quiero así, porque es preciso que se crea que yo estoy muerto. Y lo dirás, sobre todo, porque si tú no lo dices...

—Porque si yo no lo digo, ¿que?...

—Tu padre será secuestrado esta noche, como Ganimard y Herlock Sholmes lo han sido.

Beautrelet sonrió.

—No has..., responde.

—Respondo que me es muy desagradable el contradeciros, pero que he prometido hablar, y hablaré.

—Habla en el sentido que yo te indique.

—Hablaré en el sentido de la verdad —exclamó Beautrelet con ardor—. Es una cosa que usted no puede comprender, el placer, más bien la necesidad de decir lo que es, y de decirlo en voz alta. La verdad está aquí, en este cerebro que la ha descubierto, y saldrá a la luz completamente desnuda y temblorosa. El artículo se publicará, por consiguiente, tal como yo lo he escrito. Se sabrá que Lupin está vivo, se sabrá la razón por la cual él quería que se le creyese muerto.

Y agregó tranquilamente: —Y mi padre no será secuestrado.

Una vez más, los dos guardaron silencio, pero con la mirada fija el uno en el otro. Se vigilaban. Era el pesado silencio que precede al golpe mortal. ¿Quién lo recibiría? Lupin murmuró:

—Esta noche, a las tres de la madrugada, salvo aviso mío en contrario, dos de mis amigos tienen orden de penetrar en la habitación de tu padre, apoderarse de él de buen grado o por fuerza, llevárselo y reunido a Ganimard y a Herlock Sholmes. La respuesta fue un estallido de risa.

—Pero ¿tú no comprendes, bandido —exclamó Beautrelet—, que yo he tomado mis precauciones? ¿Entonces te imaginas que soy lo suficiente ingenuo para haber enviado tontamente, estúpidamente, a mi padre a su casa, a la casita aislada que ocupaba en pleno campo? Una risa irónica animaba el rostro del joven. Una risa nueva sobre sus labios..., risa en la que se sentía la propia influencia de Lupin... Y aquel tuteo insolente que de súbito le ponía al mismo nivel de su adversario... Continuó:

—Ves, Lupin. Tu gran defecto es creer que tus combinaciones son infalibles. ¡Tú te declaras vencido! ¡Qué broma! Estás persuadido de que, a fin de cuentas, y siempre, saldrás triunfante..., y te olvidas que los otros pueden tener también sus combinaciones. La mía es muy simple.

Resultaba delicioso oírte hablar. Iba y venía por la estancia con las manos en los bolsillos, con la fanfarronería y la desenvoltura de un chico que hostiga a la bestia encadenada. Verdaderamente, a esa hora estaba vengando, con la más terrible de las venganzas, a todas las víctimas del gran aventurero. Y concluyó:

—Lupin, mi padre no está en Saboya. Está en el otro extremo de Francia, en el centro de una gran ciudad, guardado por veinte de nuestros amigos, que tienen orden de no dejar de vigilarle hasta que termine nuestra batalla. ¿Quieres que te dé detalles? Está en Cherbourg, en casa de uno de los empleados del arsenal..., arsenal que está cerrado de noche y donde no se puede penetrar de día sino con una autorización y en compañía de un guía.

Se había detenido frente a Lupin y le provocaba, como un niño que hace una mueca a un compañero.

—¿Qué dices a eso, maestro?

Desde hacía unos momentos, Lupin permanecía inmóvil. No movía ni un solo músculo de su rostro. ¿Qué pensaba? ¿Qué resolución iba a adoptar? Para cualquiera que conociese la violencia feroz de su orgullo, sólo un desenlace era posible: el hundimiento total, inmediato y definitivo de su enemigo. Sus dedos se crisparon. Por un segundo tuve la sensación de que iba a arrojarse sobre él y estrangularle.

—¿Qué dices a eso, maestro? —repitió Beautrelet.

Lupin tomó el telegrama que estaba sobre la mesa, se lo tendió, y, completamente dueño de sí mismo, dijo:

—Toma, niño; lee esto.

Beautrelet se puso serio, impresionado de repente por la suavidad del gesto de Lupin. Desplegó el papel y seguidamente, alzando la mirada, murmuró:

—¿Qué significa esto?... No comprendo nada...

—Comprenderás muy bien la primera palabra —respondió Lupin—. La primera palabra del telegrama..., es decir, el nombre del lugar desde donde fue expedido... Mira... Cherbourg...

—Sí..., sí... —balbució Beautrelet—. Sí... Cherbourg..., ¿y después?

—¿Y después?... Me parece que lo que sigue no está menos claro: Recogida del paquete postal realizada..., camaradas salieron con él y esperarán instrucciones hasta las ocho mañana. Todo va bien. ¿Qué hay, entonces, en eso que te parezca oscuro? ¿La palabra paquete postal? ¡Bah! No podían, en forma alguna, escribir el señor Beautrelet padre. Entonces, ¿qué? ¿La forma en la que la operación fue realizada? ¿El milagro gracias al cual fue arrancado del arsenal de Cherbourg, a pesar de sus veinte guardias? ¡Bah! Esa es la infancia del arte. El caso es que el paquete postal ha sido expedido. ¿Qué dices a todo eso, niño?

Con todo su ser en tensión, con un esfuerzo desesperado, Isidoro trataba de mantenerse sereno. Pero se veía el temblor de sus labios, su mandíbula se contraía, sus ojos que trataban en vano de fijarse sobre un punto. Tartamudeó unas palabras, se calló, y de pronto, desplomándose sobre sí mismo, con las manos pegadas al rostro, rompió en sollozos:

—¡Oh, papá, papá!...

¡Un desenlace imprevisto! Un desenlace que constituía por completo el desmoronamiento que reclamaba el amor propio de Lupin, pero que era además otra cosa, otra cosa infinitamente emocionante e infinitamente ingenua. Lupin hizo un gesto de irritación y tomó su sombrero, como si le fuera imposible soportar aquella crisis insólita de sensiblería. Pero en el umbral de la puerta se detuvo y regresó paso a paso, lentamente.

El ruido suave de los sollozos se elevaba como la queja de un niño a quien la pena abruma. Los hombros marcaban el ritmo desgarrador. Las lágrimas se escurrían entre los dedos cruzados. Lupin se inclinó sobre el joven Beautrelet y sin tocarle le dijo con una voz que no tenía el menor asomo de burla, ni siquiera esa piedad ofensiva de los vencedores:

—No llores, pequeño. Éstos son golpes que hay que esperar siempre cuando uno se lanza a la batalla con la cabeza baja como tú lo has hecho. Te acechan los peores desastres... Es nuestro destino de luchadores que lo quiere así. Y hay que sufrirlo valientemente.

Luego, con dulzura, continuó:

—Tenías razón; ya ves, no somos enemigos. Hace tiempo que yo lo sé... Desde la primera hora yo he sentido por ti, por la persona inteligente que eres, una simpatía involuntaria..., admiración... Y es por eso que yo quisiera decirte esto..., sobre todo no te ofendas..., me dolería mucho ofenderte..., pero preciso decírtelo... Pues bien: renuncia a luchar contra mí... No te lo digo por vanidad..., ni tampoco porque yo te desprecie...; pero ya ves..., la lucha es demasiado desigual... Tú no sabes..., nadie sabe todos los recursos de que yo dispongo... Mira, ese secreto de la aguja hueca que tú buscas tan en vano el descifrar, admite por un instante que constituye un tesoro formidable, inagotable..., o bien un refugio invisible, prodigioso, fantástico..., o bien, acaso, las dos cosas... Piensa en la potencia sobrehumana que yo puedo sacar de eso. Y tú no sabes tampoco todos los recursos que yo llevo dentro de mí..., todo lo que mi voluntad y mi imaginación me permiten emprender y lograr. Piensa, pues, que mi vida está dirigida hacia el mismo objeto, que he trabajado como un condenado antes de ser lo que yo soy, así como para realizar con toda perfección el tipo que yo quería crear y que he conseguido crear... Entonces, ¿qué puedes hacer tú? En el mismo momento en que creerás tener la victoria en tus manos, te se escapará de ellas...; habrá siempre algo en lo que no habrás pensado..., un nada..., el grano de arena que yo habré colocado en el lugar preciso a espaldas tuyas... Te lo ruego..., renuncia..., porque me veré obligado a hacerte mal, y esto me aflige...

Y, poniéndole la mano en la frente, repitió:

—Por segunda vez te digo, muchacho, que renuncies. Tendré que hacerte mal. ¿Quién sabe si la trampa en que caerás inevitablemente no está ya abierta bajo tus pies?

Beautrelet alzó el rostro. Ya no lloraba. ¿Habría escuchado las palabras de Arsenio Lupin? Cabría dudarlo, a juzgar por su aire distraído. Durante dos o tres minutos guardó silencio. Parecía estar pensando la decisión que iría a tomar, examinar el pro y el contra, enumerar las posibilidades favorables y las desfavorables. Finalmente, le dijo a Lupin:

—Si yo cambio el sentido de mi artículo, si yo confirmo la versión de la muerte de usted y si me comprometo a no desmentir jamás la versión falsa que voy a dar, ¿me jura usted que dejará libre a mi padre?

—Sí, te lo juro. Mis amigos se han dirigido en automóvil con tu padre a otra ciudad de provincias. Mañana por la mañana, a las siete, si el artículo del Grand Journal aparece tal y como yo te lo he pedido, les telefonearé y pondrán a tu padre en libertad.

—Sea —contestó Beautrelet—, me someto.

Rápidamente y como si ya juzgara inútil, después de la aceptación de su derrota, el prolongar la entrevista, se levantó, tomó su sombrero, me saludó, saludó a Lupin y salió.

Lupin le observó marcharse, escuchó el ruido de la puerta que se cerraba, y murmuró:

—¡Pobre chiquillo!...

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, mandé a mi criado a buscar el Grand Journal. Me lo trajo al cabo de veinte minutos, pues ya a esa hora en la mayoría de los quioscos se había agotado.

Desplegué febrilmente el periódico. En la cabeza de la primera página figuraba el artículo de Beautrelet. Helo aquí, tal como los periódicos del mundo entero lo reprodujeron:

«EL DRAMA DE AMBRUMÉSY.

»El objeto de estas líneas no es explicar en detalle el trabajo de reflexiones y de investigaciones gracias al cual logré reconstruir el drama, o más bien el doble drama, de Ambrumésy. A mi juicio, ese género de trabajo y los comentarios que comporta en deducciones, inferencias, análisis, etcétera, no ofrece más que un interés relativo, y en todo caso, muy trivial. No, yo me conformaré con exponer las dos ideas directrices de mis esfuerzos, y por ello se verá que al exponerlas y resolver los dos problemas a que dan origen, habré relatado este asunto con la mayor simplicidad, siguiendo el mismo orden de los hechos que constituyen aquél.

«Quizá se observe que algunos de esos hechos no están demostrados y que yo dejo una parte bastante considerable a las hipótesis. Es verdad. Pero estimo que mi hipótesis está basada en un número bastante grande de incertidumbres, para que el desarrollo de los hechos, aunque no estén probados, se imponga con un rigor inflexible. Aunque la fuente original se pierde a menudo bajo el lecho de piedras, no por ello deja de ser menos la misma fuente que vuelve a verse a la luz a intervalos y sobre la que se refleja el azul del cielo...

«Enuncio así el primer enigma que me reclama: ¿cómo es que Lupin, herido de muerte, podría decirse, haya vivido durante cuarenta días sin cuidados, sin medicamentos, sin alimentos, en el fondo de un oscuro agujero?

»Volvamos al principio. El jueves 16 de abril, a las cuatro de la madrugada, Arsenio Lupin, sorprendido en mitad de uno de sus robos más audaces, huyó por el camino de las ruinas y cayó herido por un proyectil. Se arrastró con dificultad, volvió a caer y se levantó con la esperanza ansiosa de llegar hasta la capilla. Allí se encuentra la cripta que la casualidad le descubrió. Si logra ocultarse allí, quizá se salve. A fuerza de energía se acerca, está a sólo unos metros, cuando surge un ruido de pasos. Desconcertado, perdido, se abandona. El enemigo llega Es la señorita Raimunda de Saint-Véran. Ese es el prólogo de drama.

»¿Qué ocurre entre ellos? Resulta tanto más fácil de adivinarlo, cuanto que la continuación de la aventura nos ofrece todas las indicaciones. A los pies de la joven hay un hombre herido, a quien el sufrimiento agota y que dentro de dos minutos será capturado. Y a ese hombre fue ella quien lo hirió. ¿Va asimismo a entregarlo?

»Si él es el asesino de Juan Daval, entonces sí, ella dejará que el Destino se cumpla. Pero en rápidas frases él le dice la verdad sobre aquel crimen en legítima defensa, cometido por su tío, el señor De Gesvres. Ella le cree. ¿Qué hará? Nadie los ve. El criado Víctor vigila la puerta pequeña. El otro, Alberto, apostado en la ventana del salón, los ha perdido de vista a uno y a otro. ¿Libertará al hombre a quien ha herido?

»Un sentimiento de lástima irresistible, que todas las mujeres comprenderán, se apodera de la joven. Dirigida por Lupin, en unos cuantos movimientos, ella cura la herida con su pañuelo para evitar las marcas que la sangre dejaría. Luego, sirviéndose de la llave que él le entrega, ella abre la puerta de la capilla. Él entra sostenido por la joven. Ella vuelve a cerrar y se aleja. Alberto llega.

»Si en ese momento se hubiera visitado la capilla, o cuando menos se hubiera hecho en los minutos que siguieron, Lupin, no habiendo tenido tiempo para recobrar fuerzas, levantar la losa y desaparecer por la escalera de la cripta, hubiera sido apresado... Pero esa visita a la capilla sólo tuvo lugar seis horas más tarde, y además fue hecha de la forma más superficial. ¿Lupin fue salvado, y salvado por quién? Por aquella que estuvo a punto de matarle.

»A partir de este punto, que ella lo quiera o no, la señorita De Saint-Véran es su cómplice. No solamente ella ya no puede entregarlo, sino que es preciso que continúe su obra, sin lo cual el herido perecerá en el asilo donde ella ha contribuido a esconderlo. Y ella continúa... Por otra parte, si su instinto de mujer hace que para ello la tarea sea obligada, él a su vez se la hace igualmente fácil. Ella tiene para con él todas las finuras, lo prevé todo. Es ella quien da al juez de instrucción unas señas falsas sobre Arsenio Lupin (recuérdese la divergencia de opinión entre las dos primas a ese respecto). Es ella, evidentemente, quien, por ciertos indicios que yo ignoro, adivina bajo su disfraz de chofer al cómplice de Lupin. Es ella quien le da aviso. Es ella quien le señala la urgencia de una operación. Es ella, sin duda, quien sustituye una gorra por otra. Es ella quien hace escribir la famosa nota en la que ella misma aparece señalada y amenazada personalmente... ¿Cómo, después de eso último, podría alguien sospechar de ella?

»Es ella quien, en el momento en que yo iba a confiarle al juez de instrucción mis primeras impresiones, finge haberme visto la víspera entre el bosque, hace que el señor Filleul se inquiete a mi respecto y me reduce al silencio. Maniobra peligrosa, ciertamente, pues ella despierta mi atención y dirige ésta contra aquélla que me abruma con una acusación que yo sé que es falsa; pero al propio tiempo maniobra eficaz, puesto que se trata, ante todo, de ganar tiempo y de cerrarme la boca. Y es ella quien, durante cuarenta días, alimenta a Lupin, le lleva medicamentos (que se interrogue al farmacéutico de Ouville, el cual podrá mostrar las recetas que ha preparado para la señorita De Saint-Véran) y es ella, en fin, quien cuida al herido, le cura, le vela y le sana.

»Y he ahí uno de nuestros dos problemas resuelto, al propio tiempo que queda expuesto el drama. Arsenio Lupin ha encontrado cerca de él, en el propio castillo, los auxilios que le eran necesarios, primero para no ser descubierto, y luego para sobrevivir.

»Y ahora vive. Y es entonces cuando se plantea el segundo problema cuya investigación me sirvió de hilo conductor y que corresponde al segundo drama de Ambrumésy. ¿Por qué Lupin vivo, libre, de nuevo a la cabeza de su banda, todopoderoso como antaño, ha hecho esfuerzos desesperados, unos esfuerzos contra los cuales tropiezo constantemente, para imponerle a la Justicia y al público la idea de su muerte?

«Hay que recordar que la señorita De Saint-Véran era muy hermosa. Las fotografías que los periódicos han reproducido después de su desaparición no dan más que una idea imperfecta de su belleza. Ocurrió entonces lo que tenía que ocurrir. Lupin, que durante cuarenta días vio a esa bella joven, que ansiaba su presencia cuando ella no estaba a su lado, que sufre, cuando lo está, el influjo de su encanto y de su gracia, se enamora de su enfermera. Ella es para él la salvación, pero es también la alegría de sus ojos, el sueño de sus horas solitarias, su luz, su esperanza, su propia vida.

«Como la señorita De Saint-Véran no se deja influir por un sentimiento que la ofende, y como quiera que hace ya menos frecuentes sus visitas a medida que aquéllas son menos necesarias, cesando el mismo día en que él queda curado..., enloquecido de dolor, adopta una terrible resolución. Sale de su refugio, prepara su golpe, y el sábado 6 de junio, ayudado por sus cómplices, secuestra a la hermosa joven.

»Y eso no es todo. Ese rapto es preciso que quede ignorado. Precisa cortarle el camino a las investigaciones, incluso a las esperanzas: la señorita De Saint-Véran pasará por muerta. Se simula un crimen y se ofrecen pruebas a los investigadores. El crimen es real. Crimen, por lo demás, previsto; crimen anunciado por los cómplices, crimen ejecutado para vengar la muerte del jefe y por ello mismo —véase el ingenio de semejante concepción—, por ello mismo se encuentra, ¿cómo diría yo?, reforzada la creencia de esa muerte.

»Pero no basta con suscitar una creencia, imponer una certidumbre. Lupin prevé mi intervención. Yo adivinaría la falsificación de la capilla. Yo descubriría la cripta. Y como la cripta está vacía, todo el armazón se desmoronaría. »La cripta no estará vacía.

»Igualmente, la muerte de la señorita De Saint-Véran no resultará definitiva, si el mar no arroja el cadáver sobre las rocas.

»El mar arrojará sobre las rocas de la señorita De Saint-Véran.

»¿Las dificultades resultan formidables? ¿El doble obstáculo es infranqueable? Sí, pero sólo para cualquier otro que no sea Lupin..., para Lupin no...

«Conforme él lo había previsto, yo adiviné la falsificación de la capilla, descubrí la cripta, bajé a la cueva donde Lupin se refugió. ¡Y su cadáver estaba allí!

»Toda persona que hubiera admitido la muerte de Lupin como posible, hubiera quedado desorientada. Pero yo no había admitido esa eventualidad ni siquiera por un segundo. El subterfugio resultaba entonces inútil y resultaban también vanas todas las combinaciones. Yo me dije inmediatamente que el bloque de piedra desprendido por un golpe de pico había sido colocado allí con una curiosa precisión, de modo que el menor choque lo hiciese caer, y que al caer debía inevitablemente reducir a papilla la cabeza del falso Arsenio Lupin, de modo a hacerlo irreconocible.

»Otro descubrimiento. Una media hora después me entero de que el cadáver de la señorita De Saint-Véran ha sido encontrado en los acantilados de Dieppe..., o, mejor dicho, un cadáver que se creía era el de la señorita De Saint-Véran, por la razón de que en un brazo llevaba una pulsera análoga a una de la joven. Era, por lo demás, la única señal de identidad, pues el cadáver estaba imposible de reconocer. «Sobre esto, yo recordé y comprendí. Unos días antes, yo había leído en un número del periódico Vigié de Dieppe que una joven pareja de norteamericanos que pasaban un temporada en Envermeu, se habían envenenado por su propia voluntad y que la misma noche de su muerte desaparecieron los cadáveres de ambos. Corrí a Envermeu. La historia era verdadera, me dijeron, salvo en lo que se refería a la desaparición, pues fueron los propios hermanos de las dos víctimas quienes acudieron a reclamar los cadáveres y se los llevaron después de las comprobaciones habituales. Esos hermanos nadie duda que no se llamaran Arsenio Lupin y socios.

«Por consiguiente, la pincha queda hecha. Sabemos el motivo por el cual Lupin simuló la muerte de la joven y acreditó el rumor de su propia muerte. Está enamorado y no quiere que se sepa. Y para que no se sepa, no retrocede ante nada, y llega incluso a emprender ese increíble robo de los dos cadáveres que necesita para que representen su persona y la de la señorita De Saint-Véran. Así quedará tranquilo. Nadie puede inquietarlo. Nadie sospechará la verdad que él quiere ahogar.

»¿Nadie? Sí... Tres adversarios, dado el caso, podrían concebir ciertas dudas: Ganimard, cuya llegada al castillo se espera, Herlock Sholmes, que debe atravesar el canal de la Mancha, y yo, que me encuentro ya sobre el lugar de los hechos. Hay un triple peligro. Secuestra a Ganimard, secuestra a Herlock Sholmes. Hace que Brédoux me dé una puñalada.

»Queda sólo un punto oscuro: ¿Por qué Lupin puso tanto empeño en robarme el documento de la Aguja hueca? Porque no podía tener la pretensión, al apoderarse de él, de borrar de mi memoria el texto de las cinco líneas que lo componían. ¿Entonces, por qué? ¿Tiene miedo que la propia naturaleza del papel, o cualquier otro indicio, me proporcione algún informe?

«Sea como sea, esa es la verdad sobre el asunto de Ambrumésy. Yo repito que la hipótesis representa un cierto papel en la explicación que yo ofrezco, lo mismo que ha representado un gran papel en mi investigación personal. Pero si se esperara a tener pruebas y a los hechos para combatir a Lupin, se correría un gran riesgo, por una parte, de esperarlos, para siempre, o por otra de descubrir que, preparados por Lupin, conducirían justamente al extremo opuesto.

»Yo tengo confianza en que los hechos, cuando todos sean conocidos, confirmarán mi hipótesis sobre todos los puntos.»

Así, pues, Beautrelet, dominado un momento por Arsenio Lupin, acongojado por el secuestro de su padre y resignado a la derrota, a final de cuentas no había podido resolverse a guardar silencio. La verdad resultaba demasiado bonita y demasiado extraña, las pruebas que podía dar eran demasiado lógicas y demasiado concluyentes para que él aceptara el disfrazarlas. El mundo entero esperaba sus revelaciones. Habló.

La misma noche del día en que apareció su artículo, los periódicos anunciaron el secuestro del señor Beautrelet padre. Isidoro ya había sido avisado por medio de un telegrama desde Cherbourg, que recibió a las tres.

1   2   3   4   5   6   7   8


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje