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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO TRES

EL CADÁVER

Hacia las seis de la tarde, terminadas sus labores, el señor Filleul, en compañía de su secretario, señor Brédoux, esperaba el coche que debía llevarlos de regreso a Dieppe. Parecía agitado, nervioso. Por dos veces preguntó:

—¿No ha visto usted a Beautrelet?

—En verdad, no, señor juez.

—¿En dónde diablos puede encontrarse? No ha sido visto en todo el día.

De pronto tuvo una idea, entregó su cartera de documentos a Brédoux, dio la vuelta corriendo en torno al castillo y se dirigió hacia las ruinas.

Cerca de la cascada grande, echado boca abajo sobre el suelo tapizado de largas agujas de pino, con uno de los brazos doblado debajo de la cabeza, Isidoro parecía adormecido.

—¿Qué se ha hecho de usted, joven? ¿Dormía usted?

—No duermo. Reflexiono.

—Se trata, en efecto, de reflexionar. Primero hay que ver. Es preciso estudiar los hechos, buscar los indicios.

—Sí, ya lo sé... Es el método usual..., el bueno, sin duda. Pero yo tengo otro..., yo reflexiono ante todo y trato antes que nada de encontrar la idea general del asunto, si se me permite expresarme así. Luego me imagino una hipótesis razonable, lógica, de acuerdo con esa idea general. Y es solamente después cuando examino si los hechos pueden adaptarse a mi hipótesis.

—Es un método extraño y muy complicado.

—Un método seguro, señor Filleul, en tanto que el de usted no lo es.

—No diga; los hechos son los hechos.

—Con unos adversarios cualesquiera, sí. Pero a poco que el enemigo tenga un poco de astucia, los hechos son aquellos que él ha escogido. Esos famosos indicios a base de los cuales usted edifica su investigación, él estuvo en libertad de disponerlos a su capricho. Y usted ve entonces, cuando se trata de un hombre como Lupin, adonde eso puede conducirlo a usted, a qué errores. El propio Herlock Sholmes cayó en la trampa.

—Arsenio Lupin ha muerto.

—Sea. Pero su banda continúa y los alumnos de tal maestro son ellos también maestros.

El señor Filleul tomó a Isidoro del brazo y llevándolo consigo dijo:

—Palabras, joven, palabras. He aquí lo que es más importante. Escuche bien. Ganimard, que ha tenido que permanecer en París en estos momentos, no vendrá hasta dentro de unos días. Por otra parte, el conde de Gesvres le ha telegrafiado a Herlock Sholmes, el cual le ha prometido su ayuda para la próxima semana. Joven, ¿no cree usted que habría algo de glorioso en decirles a esas dos celebridades el día de su llegada: «Lo lamentamos mucho, queridos señores, pero no pudimos continuar esperando. La tarea se ha acabado»?

Era imposible confesar la propia impotencia con mayor ingenio de lo que lo hacia el bueno del señor Filleul. Beautrelet contuvo una sonrisa y afectando que se dejaba engañar respondió:

—Le contestaré a usted, señor juez de instrucción, que si yo no asistí hace poco a su investigación, fue con la esperanza de que usted tendría a bien comunicarme los resultados. Veamos, ¿qué sabe usted?

—Pues bien: helo aquí. Ayer noche, a las once, los tres gendarmes que el brigadier Quevillon había dejado de centinelas en el castillo recibieron de dicho brigadier un recado llamándolos a toda prisa a Ouville, donde se encuentra su brigada. Y cuando llegaron...

—Comprobaron que habían sido burlados, que la orden era falsa y que lo único que les quedaba era regresar a Ambrumésy.

—Es lo que hicieron, bajo el mando del brigadier. Pero su ausencia había durado hora y media, y durante ese tiempo fue cometido el crimen.

—¿En qué condiciones?

—En las condiciones más sencillas. Una escala tomada de los edificios de la granja fue adosada contra el segundo piso del castillo. Cortaron un cristal y abrieron una ventana. Dos hombres provistos de una linterna penetraron en la habitación de la señorita De Gesvres y la amordazaron antes de que tuviera tiempo de pedir socorro. Luego, una vez que la ataron con cuerdas, abrieron despacio la puerta de la habitación donde dormía la señorita De Saint-Véran. La señorita De Gesvres oyó un gemido ahogado y luego el ruido de una persona que se debate. Un minuto más tarde percibió que los dos hombres transportaban a su prima igualmente atada y amordazada. Pasaron ante ella y se fueron por la ventana. Agotada y aterrorizada, la señorita De Gesvres se desvaneció.

—Pero ¿y los perros? ¿El señor De Gesvres no había comprado dos molosos?

—Fueron encontrados muertos, envenenados.

—Pero ¿por quién? Nadie podía acercárseles.

—Misterio. El caso es que los dos hombres atravesaron sin tropiezos las ruinas y salieron por la famosa puerta pequeña. Cruzaron el soto contorneando las antiguas canteras... Y sólo se detuvieron a quinientos metros del castillo, al pie del árbol llamado la Encina Grande..., y allí pusieron su proyecto en ejecución.

—Si habían venido con la intención de matar a la señorita De Saint-Véran, ¿por qué no la mataron ya en su habitación?

—No lo sé. Quizá el incidente que los decidió a ello no se produjo sino a su salida del castillo. Quizá la joven había conseguido desprenderse de sus ataduras. Así, para mí, la manteleta recogida había servido para amarrarle las manos. En todo caso, fue al pie de la Encina Grande donde descargaron su golpe. Las pruebas que yo he recogido son irrefutables...

—Pero ¿y el cadáver?

—El cadáver no ha sido encontrado, lo que, por lo demás, no debería sorprendernos en todo caso. La pista seguida me ha llevado, en efecto, hasta la iglesia de Varengeville, en el antiguo cementerio suspendido en la cumbre del acantilado. Allí está el precipicio..., un abismo de más de cien metros. Y abajo las rocas, el mar. En un día o dos, una marea más fuerte se llevará el cadáver.

—Todo eso resulta muy sencillo.

—Sí, todo eso es muy sencillo y no me turba. Lupin está muerto. Y sus cómplices lo han sabido, y para vengarse, conforme lo habían escrito, han asesinado a la señorita De Saint-Véran. Esos son hechos que no necesitan siquiera comprobación. Pero ¿y Lupin?

—¿Lupin?

—Sí. ¿Qué se ha hecho de él? Muy probablemente sus cómplices rescataron el cadáver al propio tiempo que secuestraron a la joven. Pero ¿qué prueba tenemos nosotros de ese rescate? Ninguna. Ni más ni menos que de su estancia en las ruinas. Ni más ni menos que de que viva o esté muerto. Y en eso consiste todo el misterio, mi querido Beautrelet. El asesinato de la señorita Raimunda no es un desenlace. Por el contrario, es una nueva complicación. ¿Qué es lo que ha ocurrido desde hace dos meses en el castillo de Ambrumésy? Si no logramos descifrar este enigma, vendrán otros que nos harán salir los colores en la cara.

—¿Qué día van a venir esos otros?

—El miércoles..., quizá el martes...

Beautrelet pareció hacer un cálculo, y luego manifestó:

—Señor juez de instrucción, hoy estamos a sábado. Yo tengo que volver al instituto el lunes por la noche. Pues bien: el lunes por la mañana, si usted quiere estar aquí a las diez, yo trataré de revelarle la clave del enigma.

—¿Verdaderamente, señor Beautrelet..., lo cree usted así? ¿Está usted seguro?

—Cuando menos, así lo espero.

—Y ahora, ¿adonde va usted?

—Voy a ver si los hechos quieren acomodarse a la idea general que yo comienzo a discernir.

—¿Y si no se acomodan?

—Pues bien, señor juez de instrucción: serán ellos los que estén equivocados —dijo Beautrelet riendo—, y entonces buscaré otros que sean más dóciles. Hasta el lunes, ¿no es eso?

—Hasta el lunes.

Unos minutos más tarde, el señor Filleul rodaba camino de Dieppe, mientras Isidoro, provisto de una bicicleta que le había prestado el conde de Gesvres, rodaba por la carretera de Yerville y de Caudebec-en-Caux.

Había un punto respecto al cual el joven quería formarse ante todo una opinión clara, por cuanto ese punto le parecía justamente el punto débil del enemigo. No se escamotean unos objetos de las dimensiones de los cuatro Rubens. Era preciso, pues, que estuvieran en alguna parte. Si por el momento resultaba imposible encontrarlos, ¿acaso no sería posible descubrir el camino por el cual habían desaparecido?

La hipótesis de Beautrelet era ésta: el automóvil se había llevado efectivamente los cuatro cuadros, pero antes de llegar a Caudebec los había descargado transbordándolos a otro automóvil que había atravesado el Sena más hacia arriba o más hacia abajo de Caudebec. Más hacia abajo, la primera barca que había era la de Quillebeuf, paso muy frecuentado y por tanto peligroso. Más hacia arriba estaba la barca de Mailleraie, importante burgo aislado y carente de toda comunicación.

Hacia la medianoche Isidoro había recorrido las dieciocho leguas que lo separaban de Mailleraie y llamaba a la puerta de una posada situada a la orilla del río. Durmió allí y por la mañana interrogó a los tripulantes de la barca. Éstos consultaron el libro de a bordo, en el que registraban los pasajeros. No había pasado ningún automóvil el jueves 23 de abril.

—¿Y un coche de caballos? —insinuó Beautrelet—. ¿Una carreta? ¿Un furgón?

—Tampoco.

Toda la mañana estuvo Isidoro haciéndose preguntas. Ya iba a marcharse a Quillebeuf, cuando el mozo de la posada donde había dormido le dijo:

—Esa mañana llegué temprano y vi efectivamente una carreta, pero no pasó el río.

—¿Cómo?


—No. La descargaron sobre una especie de barca plana, una chalana, como le dicen, que estaba amarrada al muelle.

—Y esa carreta ¿de dónde venía?

—¡Oh! Yo la reconocí perfectamente. Era la del señor Vatinel, el carretero.

—¿Y dónde vive?

—En el caserío de Louvetot.

Beautrelet estudió su plano de estado mayor. El caserío se hallaba situado en el cruce de la carretera de Yvetot a Caudebec con otra pequeña carretera tortuosa que llegaba a través de los bosques hasta Mailleraie.

No fue sino a las seis de la tarde cuando Isidoro logró descubrir en una taberna al carretero Vatinel, uno de esos viejos normandos, ladinos, que se mantienen siempre en guardia, que desconfían de los extraños, pero que, en cambio, no saben resistirse a la atracción de una moneda de oro y a la influencia de unas copas de licor.

—Sí, señor; esa mañana los individuos del automóvil me habían dado cita a las cinco en la encrucijada. Me entregaron cuatro grandes aparatos así de altos. Hubo uno de ellos que me acompañó. Y llevamos esas cosas hasta la chalana.

—Usted habla de ellos como si los conociera de antes.

—Ya lo creo que los conocía. Era la sexta vez que yo trabajaba para ellos.

Isidoro se estremeció.

—¿Dice usted que era la sexta vez?... ¿Y desde cuándo?

—¡Pues desde todos los días antes de eso, pardiez! Pero entonces eran otros aparatos..., grandes bloques de piedra..., o bien más pequeños y bastante largos, que ellos habían envuelto y que transportaban con un cuidado como si fueran cosas sagradas. iAh! No había que tocar aquellas cosas... Pero ¿qué le pasa a usted? Está usted muy pálido.

—No es nada..., es el calor...

Beautrelet salió titubeante. La alegría, lo imprevisto del descubrimiento, lo habían aturdido.

Se volvió tranquilamente por su camino y durmió esa noche en la aldea de Varengeville. Al día siguiente por la mañana pasó una hora en la Alcaldía con el maestro del lugar y luego regresó al castillo. Allí encontró una carta esperándole, recomendada «a los buenos cuidados del señor conde de Gesvres».

La carta contenía estas líneas:

«Segunda advertencia. Cállate. Si no...»

«Vamos —se dijo—. Va a ser preciso adoptar algunas precauciones para mi seguridad personal. Si no, como ellos dicen...»

Eran las nueve. Se paseó entre las ruinas y luego se tendió cerca de la arcada y cerró los ojos.

—Muy bien, joven. ¿Está usted satisfecho de su campaña?

Era el señor Filleul, que llegaba a la hora fijada.

—Encantado, señor juez de instrucción.

—¿Lo cual quiere decir...?

—Lo cual quiere decir que estoy dispuesto a cumplir mi promesa, a pesar de esta carta, que no me entusiasma nada.

Le mostró la carta al señor Filleul.

—¡Bah! ¡Tonterías! —exclamó el juez—. Espero que esto no le impedirá a usted...

—¿El decirle lo que yo sé? No, señor juez de instrucción. Yo hice una promesa y la cumpliré. Antes de diez minutos sabremos... una parte de la verdad.

—¿Una parte?

—Sí; porque conforme a lo que yo pienso, el escondrijo de Lupin no constituye todo el problema. Y después ya veremos.

—Señor Beautrelet, nada me sorprende por parte de usted. Pero ¿cómo ha podido descubrir usted...?

—¡Oh! En forma muy natural. En la carta del señor Harlington al señor Esteban de Vaudreix, o más bien a Lupin, hay...

—¿La carta interceptada?

—Sí. Hay una frase que siempre me ha intrigado. Es ésta: «Al enviar los cuadros unirá usted a ello el resto, si logra conseguirlo, cosa que yo dudo mucho.»

—En efecto, recuerdo eso.

—¿Qué era ese resto? ¿Un objeto de arte, una curiosidad? El castillo no ofrecía nada de precioso, salvo los Rubens y los tapices. Entonces ¿qué era? Y, por otra parte, ¿podía admitirse que una persona como Lupin, de una habilidad tan prodigiosa, no hubiera podido lograr unir al envío ese resto que le habían, evidentemente, propuesto? Empresa difícil, es probable, excepcional, sea; pero posible, y, por tanto, segura, puesto que Lupin lo quería así.

—No obstante, ha fracasado: nada desapareció.

—Sí, los Rubens..., pero...

—Los Rubens y otra cosa..., alguna cosa que han sustituido por otra idéntica, igual que hicieron con los Rubens; alguna cosa más extraordinaria, más rara y más preciosa que los propios Rubens.

—Pero, en fin, ¿qué? Me intriga usted.

Caminando entre las ruinas, los dos hombres se habían dirigido hacia la puerta pequeña y bordeaban la Capilla Divina.

Beautrelet se detuvo y dijo:

—¿Quiere usted saberlo, señor juez de instrucción?

—¿Que si lo quiero?

Beautrelet tenía un bastón en la mano; un bastón grueso y nudoso. Bruscamente, con el bastón, hizo saltar en pedazos una de las estatuillas que ornaban el portal de la capilla.

—Pero ¿está usted loco? —exclamó Filleul fuera de sí, precipitándose hacia los pedazos de la estatuilla—. Usted está loco. Este antiguo santo era admirable...

—¡Admirable! —replicó Isidoro haciendo un molinete que echó abajo la estatuilla de una virgen.

El señor Filleul se arrojó sobre el joven y lo sujetó en un cuerpo a cuerpo.

—Joven, yo no le dejaré a usted cometer...

Todavía tiró también un rey mago, y después el pesebre de Navidad...

—Si hace usted un movimiento más, disparo.

Era el conde de Gesvres, que se había presentado armado de su revólver.

Beautrelet rompió a reír...

—Tire usted, señor conde..., tire como en un tiro al blanco en la feria... Mire... esta figura que lleva su cabeza en las manos...

Un San Juan Bautista saltó a su vez en pedazos.

—¡Ah! —exclamó el conde, esgrimiendo su revólver—, ¡Qué profanación! Unas obras maestras como éstas...

—Unas joyas falsas, señor conde.

—¿Cómo? ¿Qué dice usted? —gritó el señor Filleul al propio tiempo que desarmaba al conde.

—Unas joyas falsas..., puro cartón piedra.

—¡Ah! ¿Cómo es posible?...

—Cosas infladas, vacías, nada.

El conde se agachó y recogió uno de los pedazos de una estatuilla.

—Mire usted bien, señor conde..., yeso..., yeso patinado, enmohecido, enverdecido como si fuera piedra antigua..., pero sólo yeso, moldes de yeso..., eso es todo lo que queda de esas puras obras maestras... Ahí está lo que hicieron en pocos días..., ahí está lo que el señor Charpenais, el copista de Rubens, preparó hace un año.

El joven agarró del brazo al señor Filleul y le dijo:

—¿Qué opina usted, señor juez de instrucción? ¿Es hermoso? ¿Es enorme? ¿Gigantesco? ¡La capilla ha sido robada! ¡Toda una capilla gótica robada piedra por piedra! ¡Todo un pueblo de estatuillas desvalijado y sustituido por figurillas de estuco! ¡Uno de los más magníficos ejemplares de una época de arte incomparable, confiscado! ¡En suma, la Capilla Divina robada! ¿Acaso no se trata de algo formidable? ¡Ah, señor juez de instrucción, qué genial es este hombre!

—Se exalta usted, señor Beautrelet.

—Uno no se exalta nunca demasiado cuando se trata de semejantes individuos. Todo lo que sobrepasa lo mediano merece ser admirado. Y eso destaca por encima de todo. En este robo hay una riqueza de concepción, una fuerza, una potencia, una habilidad que me dan escalofríos.

—Es una pena que se haya muerto —dijo con sorna el señor Filleul—. De no haber ocurrido así hubiera acabado robando las torres de Notre-Dame de París.

Isidoro se encogió de hombros, y replicó;

—No se ría usted, señor. Incluso muerto, esto desconcierta.

—Yo no digo que no..., señor Beautrelet, y confieso que no es sin cierta emoción que me dispongo a contemplarlo..., en el caso de que sus camaradas no hayan hecho desaparecer el cadáver.

—Y admitiendo, sobre todo —observó el conde de Gesvres—, que fue efectivamente a él a quien hirió mi pobre sobrina.

—Fue efectivamente a él, señor conde —afirmó Beautrelet—. Fue él, sin duda alguna, quien cayó en las ruinas víctima del proyectil disparado por la señorita de Saint-Véran; fue él al que vieron levantarse de nuevo y que cayó una vez, y que se arrastró hacia la arcada grande para levantarse una última vez..., y eso por un milagro sobre el cual les daré a ustedes la explicación dentro de un rato..., y conseguir llegar a ese refugio de piedra que habría de ser su tumba.

Y con su bastón, el joven golpeó el piso de la capilla.

—¿Cómo? ¿Qué? —exclamó el señor Filleul, estupefacto—. ¿Su tumba?... ¿Cree usted que este escondrijo impenetrable...?

—Sí, se encuentra aquí..., allí... —repitió el joven.

—Pero si nosotros lo registramos...

—Lo registraron mal.

—Aquí no hay escondrijo —protestó el señor De Gesvres—. Yo conozco la capilla.

—Sí, señor conde, hay uno. Vaya usted a la Alcaldía de Varengeville, donde tienen guardados todos los documentos que se encontraban en la antigua parroquia de Ambrumésy, y se enterará usted, por esos documentos, fechados en el siglo dieciocho, que bajo la capilla existía una cripta. Esa cripta se remonta, sin duda, a los tiempos de la capilla romana, sobre cuyo sitio fue construida ésta.

—Pero ¿cómo podía saber Lupin ese detalle? —preguntó el señor Filleul.

—De una manera muy simple: por los trabajos que tuvo que ejecutar para robar la capilla.

—Veamos, veamos, señor Beautrelet, usted exagera... Él no ha robado toda la capilla. Mire, ninguna de esas piedras de asiento ha sido tocada.

—Evidentemente, él no ha imitado ni se ha llevado más que lo que tenía un valor artístico: las piedras talladas, las esculturas, las estatuillas, todo el tesoro de pequeñas columnas y de ojivas cinceladas. No se preocupó de la propia base del edificio. Los cimientos quedaron.

—Por consiguiente, señor Beautrelet, Lupin no ha podido penetrar hasta la cripta.

En ese momento, el señor De Gesvres, que había llamado a uno de sus criados, regresaba con la llave de la capilla. Abrió la puerta. Los tres hombres entraron.

Después de unos momentos de examen, Beautrelet prosiguió:

—Las losas del suelo, como es lógico, fueron respetadas. Pero es fácil darse cuenta de que el altar mayor no es más que una imitación. Y, generalmente, la escalera que baja a las criptas se abre delante del altar mayor y pasa por debajo de él.

—¿Esa es su conclusión?

—Mi conclusión es que trabajando allí, Lupin ha encontrado la cripta.

Con ayuda de un pico que el conde mandó a buscar, Beautrelet comenzó a trabajar en el altar. Los pedazos de yeso saltaban a derecha e izquierda.

—¡Caray! —murmuró el señor Filleul—. Tengo ansias de saber...

—Y yo también —dijo Beautrelet, cuyo rostro estaba pálido de angustia.

Golpeó con más rapidez. Y de pronto, su pico, que hasta entonces no había encontrado resistencia alguna, chocó con una materia más dura y rebotó. Se escuchó como un ruido de derrumbamiento y lo que quedaba del altar se hundió en el vacío a consecuencia del desprendimiento del bloque de piedra que el pico había golpeado. Beautrelet se asomó al agujero. Encendió una cerilla y la paseó por el vacío. Luego dijo:

—La escalera comienza más adelante de lo que yo creía, casi bajo las losas de la entrada. Veo desde aquí los últimos peldaños.

—¿Y es profunda?

—Tres o cuatro metros... Los peldaños son muy altos... y faltan algunos.

—No es verosímil —dijo el señor Filleul— que durante la corta ausencia de los tres gendarmes, cuando estaban secuestrando a la señorita de Saint-Véran, los cómplices hayan tenido tiempo de extraer el cadáver de esta cueva... Y, además, ¿para qué habían de hacerlo? No; para mí, él está aquí.

Un criado les trajo una escala, que Beautrelet introdujo dentro de la excavación y que colocó a tientas entre los escombros caídos. Luego sujetó fuertemente los dos extremos. —¿Quiere usted bajar, señor Filleul?

El juez de instrucción, provisto de una vela, se aventuró a bajar. El conde de Gesvres lo siguió. A su vez Beautrelet puso el pie sobre el primer peldaño. Había dieciocho, que él contó maquinalmente mientras sus ojos examinaban la cripta a la luz de la vela, cuya llama luchaba contra las espesas tinieblas. Pero abajo, un fuerte hedor, un hedor inmundo, lo detuvo. Era uno de esos hedores de podredumbre cuyo recuerdo más tarde nos obsesiona. ¡Oh! ¡Aquel olor! Su corazón parecía ir a sufrir un vuelco...

Y de pronto una mano temblorosa lo agarró por el hombro.

—Bien. ¿Qué ocurre?

—Beautrelet... —balbució el señor Filleul, No podía hablar, acongojado por el espanto.

—Vamos, señor juez de instrucción, sobrepóngase usted...

—Beautrelet..., él está ahí...

—¿Cómo?


—Sí..., había algo bajo la piedra grande que se desprendió del altar... Yo empujé la piedra... ¡Oh!, no lo olvidaré jamás...

—¿Dónde está?

—De ese lado... ¿Siente usted ese olor?... Y además..., mire... Había tomado la vela y proyectó su luz sobre una forma tendida en el suelo.

—¡Oh! —exclamó Beautrelet con horror.

Los tres hombres se inclinaron ávidamente. Medio desnudo, el cadáver estaba tendido, presentando un aspecto flaco y aterrador. La carne, verdusca, con tonos de cera blanda, aparecía a trechos entre los vestidos desgarrados. Pero lo más horroroso, lo que le había arrancado al joven un grito de terror, era la cabeza..., la cabeza, que acababa de aplastar el bloque de piedra...; la cabeza informe, masa repugnante en la que ya nada podía distinguirse... Y cuando los ojos de los tres hombres se fueron acostumbrando a la oscuridad vieron que toda aquella carne se hallaba llena de gusanos abominablemente... En cuatro zancadas, Beautrelet volvió a subir por la escala y huyó al exterior, al aire libre. El señor Filleul lo encontró de nuevo acostado en la tierra, boca abajo y con las manos pegadas al rostro. Le dijo:

—Mis felicitaciones, Beautrelet. Además del descubrimiento del escondrijo hay otros dos puntos en los que pude comprobar la exactitud de sus afirmaciones. En primer lugar, el hombre contra el cual disparó la señorita de Saint-Véran era realmente Arsenio Lupin, conforme usted dijo desde un principio. E igualmente era bajo el nombre de Esteban de Vaudreix, que vivía en París. Las ropas del cadáver están marcadas con las iniciales E. V. Me parece, ¿no es así?, que la prueba es suficiente...

Isidoro no se movía.

—El señor conde ha ido a buscar al doctor Jouet, que hará las comprobaciones de costumbre. Para mí, la muerte ocurrió hace ocho días, cuando menos. El estado de descomposición del cadáver... Pero usted no parece estarme escuchando.

—Sí, sí.

—Lo que yo digo está apoyado por razones perentorias. Así, por ejemplo...

El señor Filleul continuó su demostración, sin obtener, por lo demás, señales manifiestas de atención. Pero el regreso del señor De Gesvres interrumpió su monólogo.

El conde traía dos cartas. Una anunciaba la llegada de Herlock Sholmes para el día siguiente.

—Maravilloso —exclamó el señor Filleul, muy alegre—. El inspector Ganimard llegará igualmente mañana. Será delicioso.

—Y esta otra carta es para usted, señor juez de instrucción —dijo el conde.

—La cosa va de mejor en mejor —manifestó el señor Filleul después de haber leído la misiva—. Esos señores, decididamente, ya no van a tener gran cosa que hacer... Beautrelet, me avisan de Dieppe que unos pescadores han encontrado esta mañana sobre las rocas el cadáver de una mujer joven.

Beautrelet experimentó un sobresalto y exclamó:

—¿Qué dice usted? El cadáver...

—De una mujer joven... Un cadáver horriblemente mutilado, dicen en detalle, y cuya identidad sería imposible establecer, como no sea porque en el brazo derecho ostenta una pequeña pulsera de oro, muy delgada, que se ha incrustado en la piel tumefacta. Y la señorita Saint-Véran llevaba en el brazo derecho una pulsera de oro. Se trata, por consiguiente, de su desgraciada sobrina, señor conde, que el mar habrá arrastrado hasta allí. ¿Qué cree usted, Beautrelet?

—Nada, nada..., o, más bien, sí... Todo se eslabona, como usted ve, y no falta nada a su argumentación. Todos los hechos, uno a uno, hasta los más contradictorios, hasta los más desconcertantes, vienen a apoyar la hipótesis que yo imaginé desde el primer momento.

—No comprendo muy bien...

—No tardará usted en comprender. Recuerde que yo le he prometido la verdad completa.

—Pero a mí me parece...

—Un poco de paciencia. Hasta aquí, usted no ha tenido motivos de queja contra mí. Hace buen tiempo. Paséese usted, almuerce en el castillo, fume su pipa. Yo estaré de regreso hacia las cuatro o las cinco de la tarde. En lo que respecta al instituto..., tanto peor; tomaré el tren de medianoche.

Habían llegado a los extremos comunales detrás del castillo. Beautrelet saltó sobre su bicicleta y se alejó.

En Dieppe se detuvo en las oficinas del periódico La Vigié, donde pidió que le enseñaran los números de la última quincena. Luego salió hacia el burgo de Envermeu, situado a dos kilómetros. En Envermeu habló con el alcalde, el cura y el guarda de campo. Sonaron las tres en el reloj de la iglesia del burgo. Su investigación había terminado.

Regresó cantando de alegría. Sus piernas pedaleaban con un ritmo igual y vigoroso, apoyándose alternativamente sobre los dos pedales, y su pecho se abría en toda su capacidad al aire vivo que soplaba del mar. Y a veces el joven se distraía lanzando al cielo clamores de triunfo, pensando en el objetivo que perseguía y en sus afortunados esfuerzos.

Ambrumésy apareció a la vista. Se dejó llevar a toda velocidad por la pendiente que conduce al castillo. Los árboles que bordean el camino en cuádruple alineación secular parecían correr a su encuentro y desvanecerse luego inmediatamente detrás de él. Y de pronto lanzó un grito. En una visión súbita vio tendida una cuerda de un árbol a otro a lo ancho de la carretera.

Al chocar contra la cuerda, la bicicleta se detuvo de repente y el joven fue lanzado hacia adelante con inusitada violencia. Sintió la impresión de que sólo una casualidad afortunada pudo impedir que fuese a caer contra un montón de piedras, donde lógicamente se hubiera roto la cabeza.

Permaneció aturdido durante unos segundos. Luego, lleno de contusiones y con las rodillas desolladas, examinó aquellos lugares. A la derecha se extendía un pequeño bosque, por donde, sin duda alguna, había huido el agresor. Beautrelet soltó la cuerda. En el árbol de la derecha en torno al cual la cuerda estaba atada había un pequeño papel sujeto con un cordel. Lo desplegó y leyó:

«Tercero y último aviso.»

Llegado al castillo, hizo algunas preguntas a los criados y luego fue a reunirse con el juez de instrucción en una estancia de la planta baja, en el último extremo del ala derecha, donde el señor Filleul tenía costumbre de permanecer en el curso de sus investigaciones. El señor Filleul estaba escribiendo, con su secretario sentado frente a él. A una señal, el secretario salió de la habitación, y el juez exclamó:

—Pero ¿qué le pasa a usted, señor Beautrelet? Tiene usted las manos sangrando.

—No es nada, no es nada —respondió el joven—. Una sencilla caída provocada por esta cuerda que tendieron delante de mi bicicleta. Únicamente le agradecería que observe que tal cuerda proviene del castillo. No hace más de veinte minutos que aún estaba sirviendo para secar ropa colgada en ella cerca del lavadero.

—¿Es posible?

—Señor, es aquí mismo donde se me vigila por alguien que se encuentra en el propio corazón de este lugar, que me ve, que me oye y que, minuto a minuto, asiste a mis actos y conoce mis intenciones.

—¿Cree usted?

—Estoy seguro. A usted le corresponde descubrirlo, y no le costará mucho trabajo. En cuanto a mí, quiero terminar esto y darle las explicaciones prometidas. He procedido con mayor rapidez de lo que nuestros adversarios podían suponerse, y estoy persuadido de que, por su parte, van a proceder en forma vigorosa. El círculo va cerrándose en torno a mí. El peligro se aproxima, tengo el presentimiento de ello.

—Veamos, veamos, Beautrelet...

—Bueno, ya veremos lo que pasa. De momento, procedamos rápidamente. Y, ante todo, una pregunta sobre un punto que quiero dejar de lado en seguida. ¿No le ha hablado usted a nadie de ese documento que el brigadier recogió y que le entregó a usted en mi presencia?

—Mi palabra que no..., a nadie. Pero ¿acaso le concede usted algún valor?

—Un gran valor. Es una idea que tengo, una idea que, por lo demás, lo confieso, no descansa sobre ninguna prueba..., puesto que hasta aquí yo no he conseguido en absoluto descifrar ese documento. Así, pues, le hablo a usted de él... para no volver a tocar más ese punto.

Beautrelet apoyó su mano sobre la del señor Filleul, y en voz baja le dijo:

—Cállese usted..., nos están escuchando... desde fuera.

Se oyó ruido de pasos sobre la arena. Beautrelet corrió a la ventana y se asomó al exterior.

—Ya no hay nadie..., pero la platabanda está pisoteada... Se obtendrán fácilmente las huellas.

Cerró la ventana y fue a sentarse de nuevo.

—Ya ve usted, el enemigo ni siquiera toma ya precauciones... ya no dispone de tiempo para ello..., él también siente que la hora apremia... Apresurémonos, pues, y hablemos, puesto que precisamente ellos no quieren que yo hable.

Colocó sobre la mesa el documento y lo dejó desplegado. Luego dijo:

—Ante todo, una observación. Sobre este papel, aparte los puntos, no hay más que cifras. Y en las tres primeras líneas y en la quinta, las únicas de las cuales vamos a ocuparnos, pues la cuarta parece de una naturaleza completamente diferente, no hay ninguna de esas cifras que sea más elevada que cinco. Tenemos, pues, muchas probabilidades de que cada una de esas cifras represente una de las cinco vocales en el orden alfabético. Escribamos el resultado.

Y en una hoja aparte escribió:




Luego prosiguió:

—Como usted ve, esto no arroja gran cosa. La clave es a la vez muy fácil, puesto que se han conformado con sustituir las vocales por cifras y las consonantes por puntos, y muy difícil, si no imposible, puesto que no pudieron darse mayor trabajo para complicar el problema.

—En efecto, es de hecho suficientemente oscuro.

—Tratemos de aclararlo. La segunda línea está dividida en dos partes, y la segunda parte está representada de tal manera que es muy probable que forme una palabra. Si ahora tratamos de reemplazar los puntos intermedios por consonantes, llegamos a la conclusión, después de un tanteo, que las únicas consonantes que pueden servir lógicamente de apoyo a las vocales no pueden también lógicamente producir más que una palabra: demoiselles (señoritas).

—¿Entonces se trataría de la señorita De Gesvres y de la señorita De Saint-Vérant?

—Con toda certidumbre.

—¿Y usted no ve nada más que eso?

—Sí. Observo además una solución de continuidad en medio de la línea, y si realizo el mismo trabajo sobre el comienzo de la línea veo inmediatamente que entre los dos diptongos ai y ui la única consonante que puede reemplazar el punto es una g y que cuando he formado el comienzo de esa palabra aigui, es natural e indispensable que yo llegue con los puntos siguientes y la e final a la palabra aiguille (aguja).

—En efecto... Se impone esa palabra.

—En fin, para la última palabra tengo tres vocales y tres consonantes. Tanteo todavía, pruebo todas las letras unas después de otras, y, partiendo de ese principio de que las dos primeras letras son consonantes, compruebo que hay cuatro palabras que pueden adaptarse; esas palabras son: fieuve, preuve, pleure y creuse (río, prueba, llora y hueca). Elimino las tres primeras palabras como carentes de cualquier relación posible con la palabra aguja y me quedo con la palabra creuse.

—Lo que forma aguja hueca. Admito que su solución puede ser exacta. Pero ¿qué adelantamos con ello?

—Nada —respondió Beautrelet con tono pensativo—. Nada por el momento... Más adelante ya veremos... Yo tengo la idea de que muchas cosas figuran comprendidas en la agrupación enigmática de esas dos palabras aguja hueca. Lo que me preocupa es, sobre todo, la materia del documento, el papel de que se han servido... ¿Se fabrica todavía esta clase de pergamino un poco granulado? Y además este color de marfil... Y estos pliegues..., la usura de estos cuatro pliegues... Y, en fin, vea usted estas marcas de lacre rojo por detrás...

En ese momento Beautrelet fue interrumpido. Era el secretario Brédoux, que abría la puerta y que anunciaba la llegada súbita del fiscal general.

El señor Filleul se levantó.

—¿El señor fiscal general está abajo?

—No, señor juez de instrucción. El señor fiscal general no se ha apeado de su coche. Está de paso solamente y ruega a usted que haga el favor de ir a verlo junto a la puerta. No tiene que decirle más que unas palabras.

—Qué cosa extraña —murmuró el señor Filleul—. En fin, vamos a ver. Beautrelet, perdóneme, voy y vuelvo en seguida.

Salió. Se oyeron sus pasos que se alejaban. Entonces el secretario cerró la puerta, dio la vuelta a la llave y la metió en su bolsillo.

—Bueno..., ¿qué...? —exclamó Beautrelet, completamente sorprendido—. ¿Qué hace usted?

—¿No estaremos mejor así para hablar? —respondió Brédoux.

Beautrelet saltó hacia otra puerta que daba a la habitación contigua. Había comprendido. El cómplice era Brédoux, el propio secretario del Juzgado de Instrucción.

Brédoux dijo con ironía:

—No se lastime usted los dedos, mi joven amigo, tengo también la llave de esa puerta.

—Queda todavía la ventana —exclamó Beautrelet.

—Ya es demasiado tarde —dijo Brédoux, que se situó delante de la ventana empuñando un revólver.

Estaban cortadas todas las retiradas. No había solución, como no fuese defenderse contra el enemigo que se desenmascaraba con una audacia tan brutal. Isidoro, que experimentaba una sensación de angustia desconocida, se cruzó de brazos.

—Bien —murmuró el secretario—, ahora seamos breves.

Sacó su reloj.

—El bueno del señor Filleul va a caminar hasta la puerta. En la puerta no hay nadie, bien entendido. Allí está tanto el fiscal como aquí en mi mano. Entonces regresará aquí. Eso nos concede unos cuatro minutos. Necesito uno para escaparme por esa ventana, escurrirme por la puerta pequeña de las ruinas y saltar sobre mi motocicleta, que me espera. Quedan, entonces, tres minutos. Eso es suficiente.

Era un sujeto extraño, contrahecho, que mantenía en equilibrio sobre sus piernas, muy largas y muy débiles, un busto enorme, redondo como el cuerpo de una araña y provisto de unos brazos inmensos. El rostro era huesudo y la frente pequeña y baja, indicadora de la obstinación un tanto limitada del personaje.

Beautrelet se tambaleaba sintiendo ablandársele las piernas. Tuvo que sentarse, y dijo:

—Hable. ¿Qué quiere usted?

—Ese documento. Hace tres días que lo ando buscando.

—No lo tengo.

—Mientes. Cuando entré te vi guardarlo de nuevo en tu cartera.

—¿Y después?

—¿Después? Te comprometerás a mantenerte muy prudente. Nos estás molestando. Déjanos tranquilos y ocúpate de tus asuntos. Ya se nos ha agotado la paciencia.

Se había adelantado empuñando siempre el revólver y apuntando hacia el joven, y hablaba sordamente, martilleando las sílabas con acento de increíble energía. Su mirada era dura y la sonrisa cruel.

Beautrelet temblaba. Era la primera vez que experimentaba la sensación del peligro. ¡Y qué peligro! Se sentía frente a un enemigo implacable, de una fuerza ciega e irresistible.

—¿Y después? —dijo el joven con voz ahogada.

—¿Después? Nada... Serás libre...

Hubo un silencio y Brédoux continuó:

—No queda más que un minuto. Tienes que decidirte. Vamos, hombrecito, no hagas tonterías... Nosotros somos los más fuertes, siempre y en todas partes... Pronto, el papel...

Isidoro no se movía, lívido, aterrado y, sin embargo, dueño de sí mismo y con el cerebro lúcido entre el desastre de sus nervios. A veinte centímetros de sus ojos se abría el pequeño agujero negro del cañón del revólver. El dedo replegado oprimía visiblemente el gatillo. Bastaba un pequeño esfuerzo más...

—El papel —repitió Brédoux—. Si no...

—Aquí está —dijo Beautrelet.

Sacó del bolsillo la cartera y se la tendió al secretario, que se apoderó de ella.

—Perfectamente. Hemos sido razonables. Decididamente, se puede hacer algo de ti..., eres un poco miedoso, pero tienes buen sentido. Le hablaré de ti a los camaradas. Y ahora me largo. Adiós.

Se guardó el revólver e hizo girar el pestillo de la ventana. En el pasillo se oyó ruido.

—Adiós —dijo de nuevo—. Ya es hora de irme.

Pero una idea le detuvo. Con un ademán comprobó el contenido de la cartera.

—¡Rayos y truenos!... —gritó el secretario—. El papel no está aquí... Me la has jugado.

Saltó dentro de la habitación. Sonaron dos disparos. Isidoro a su vez había sacado su revólver y disparado.

—Fallaste, hombrecito —aulló Brédoux—. Tu mano tiembla... tienes miedo.

Se entregaron a una lucha cuerpo a cuerpo y rodaron sobre el suelo. En la puerta sonaron golpes redoblados.

Isidoro perdió fuerzas inmediatamente, dominado por su adversario. Era el fin. Una mano se alzó por encima de él armada con un cuchillo y cayó. Un dolor violento le quemaba el hombro. Soltó su presa.

Tuvo la sensación de que hurgaban en el interior de su chaqueta y que arrebataban el documento. Luego, a través del velo caído de sus párpados, adivinó más que vio al hombre cruzando la ventana...

Los mismos periódicos que al día siguiente por la mañana relataban los últimos episodios ocurridos en el castillo de Ambrumésy, con las falsificaciones descubiertas en la capilla, el descubrimiento del cadáver de Arsenio Lupin y del cadáver de Raimunda, y finalmente, el atentado criminal contra Beautrelet a manos de Brédoux, secretario del juez de instrucción, anunciaban también las siguientes noticias:

La desaparición de Ganimard y el secuestro en pleno día, en el corazón de Londres, cuando iba a tomar el tren para Douvres, de Herlock Sholmes.

Así, pues, la banda de Lupin, por unos momentos desorganizada merced al extraordinario ingenio de un muchacho, tomaba de nuevo la ofensiva y al primer golpe, por doquier y en todos los puntos, quedaba victoriosa. Los dos grandes adversarios de Lupin, Sholmes y Ganimard, quedaban suprimidos. Beautrelet fuera de combate. Ya no había nadie más capaz de luchar contra tales enemigos.

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