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Maurice leblanc capitulo uno


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CAPÍTULO DOS

ISIDORO BEAUTRELET, ALUMNO DE RETÓRICA

He aquí un extracto de la información publicada por el Grand Journal:

NOTICIAS DE LA NOCHE

Secuestro del doctor Delattre.

Un golpe de una audacia loca.

«En el momento de entrar en prensa nuestro periódico, recibimos una noticia cuya autenticidad no nos atrevemos a garantizar, a tal extremo nos parece inverosímil.

»Anoche, el doctor Delattre, el célebre cirujano, asistía con su esposa y su hija a la representación de Hernani en la Comedia Francesa. Al comienzo del tercer acto, es decir, a eso de las diez, se abrió la puerta de su palco; un señor, a quien acompañaban otros dos, se inclinó hacia el doctor y le dijo en voz lo bastante alta para que la señora Delattre lo oyera:

»—Doctor, vengo a cumplir una misión de las más penosas y le agradecería mucho que usted me facilitara la tarea.

»—¿Quién es usted, señor?

»—Soy el señor Thézard, comisario de Policía, y tengo órdenes de llevarle a usted ante el señor Dudouis, en la Prefectura.

»—Pero ¿cómo...?

»—Ni una palabra, doctor, se lo suplico, ni un gesto... Hay un lamentable error y es por lo que debemos actuar en silencio y no llamar la atención de nadie. Antes que termine la función ya estará usted de regreso aquí, no me cabe la menor duda.

»E1 doctor se levantó y siguió al comisario. Pero al terminar la función no había regresado.

»Muy inquieta, la señora Delattre acudió a la Comisaría de Policía. Allí encontró al verdadero señor Thézard, y se enteró, con grave espanto, de que el individuo que había llevado detenido a su marido no era más que un impostor.

»Las primeras investigaciones han revelado que el doctor había subido a un automóvil y que éste se había alejado en dirección a la Concorde.

»En nuestra segunda edición tendremos a nuestros lectores al corriente de esa increíble aventura.»

Pero, por increíble que fuese, la aventura era verídica. Por lo demás, el desenlace no iba a hacerse esperar, y el Grand Journal, al propio tiempo que la confirmaba en su edición del mediodía, anunciaba en breves palabras el golpe de teatro con que terminaba, el fin de la historia y el comienzo de las suposiciones. Decía el periódico:

«Esta mañana, a las nueve, el doctor Delattre ha sido llevado ante la puerta del número 78 de la calle Duret por un automóvil que inmediatamente se alejó. El número 78 de la calle Duret no es otro que la propia clínica del doctor Delattre, clínica a la cual aquél llega todas las mañanas a esa misma hora.

«Cuando nos presentamos allí, el doctor, que estaba en conferencia con el jefe de Seguridad, tuvo, sin embargo, la amabilidad de recibirnos. Respondiendo a nuestras preguntas manifestó:

»—Todo lo que puedo decirles es que fui tratado con las mayores consideraciones. Mis tres acompañantes son personas de una refinada educación, espirituales y buenos conversadores, cosa que no era para desdeñar, dado lo largo que fue el viaje.

»—¿Cuánto tiempo duró?

»—Unas cuatro horas.

»—¿Y el objeto de ese viaje?

»—Fui llevado a la cabecera de un enfermo cuyo estado precisaba de una intervención quirúrgica inmediata.

»—¿Y esa operación salió bien?

»—Sí, pero las consecuencias son de temer. Aquí, yo respondería del paciente. Pero allí..., en las condiciones en que se encuentra...

»—¿Son malas esas condiciones?

»—Detestables... Una habitación de una posada... y la absoluta imposibilidad, por así decirlo, de recibir cuidados.

»—Entonces, ¿qué podría salvarle?

»—Un milagro..., y además, su constitución física, de un vigor excepcional.

»—¿Y no puede usted decir nada más sobre ese extraño cliente?

»—No puedo. Primero, lo he jurado, y segundo recibí la suma de cincuenta mil francos a beneficio de mi clínica popular. Si no guardo silencio, esa suma me será retirada.

»—¡Vamos! ¿Cree usted?

»—Palabra que sí lo creo. Todas aquellas personas me parecieron extraordinariamente serias.

«Tales son las declaraciones que nos ha hecho el doctor.

»Y hemos sabido también, por otra parte, que el jefe de Seguridad todavía no ha logrado obtener de él informes más precisos sobre la operación que practicó al paciente a quien trató, y sobre las regiones que el automóvil recorrió. Resulta, pues, difícil llegar a saber la verdad.»

Esa verdad que el redactor de la entrevista se confesaba impotente para descubrir, los espíritus clarividentes la adivinaron con sólo establecer una relación entre el secuestro del doctor y los hechos ocurridos la víspera en el castillo de Ambrumésy, que todos los periódicos relataron ese mismo día con los más mínimos detalles. Había, evidentemente, entre esa desaparición de un ladrón herido y el secuestro del doctor una coincidencia que era preciso tener en cuenta.

La investigación, por lo demás, demostró lo acertado de la hipótesis. Siguiendo la pista del seudochofer que había huido en bicicleta, se comprobó que había logrado llegar al bosque de Arques, situado a unos quince kilómetros, que desde allí, después de haber arrojado la bicicleta a un foso, se había dirigido a la aldea de Saint-Nicolás y que había enviado un telegrama concebido en los siguientes términos:

«A. L N., Oficina 45, París.

«Situación desesperada. Operación urgente. Enviad celebridad por nacional catorce.»

La prueba era irrefutable. Avisados los cómplices de París, éstos se apresuraron a adoptar sus medidas. A las diez de la noche enviaban a la celebridad solicitada por la carretera nacional catorce, que bordea el bosque de Arques y llega a Dieppe. Durante ese tiempo, a favor del incendio provocado por ella misma, la banda de ladrones rescataba a su jefe y le transportaba a una posada, donde se realizó la operación inmediatamente después de la llegada del doctor, a eso de las dos de la madrugada.

Sobre esto no había duda alguna. En Pontoise, en Gournay, en Forges, el inspector jefe Ganimard, enviado especialmente desde París, con el inspector Folenfant, comprobó el paso de un automóvil en el curso de la noche anterior... Y lo mismo en la carretera de Dieppe a Ambrumésy. Si bien la pista del automóvil se perdía a una media legua del castillo, cuando menos se observaban numerosos vestigios de su paso entre la pequeña puerta del parque y las ruinas del claustro. Además, Ganimard hizo observar que la cerradura de la puerta había sido violentada.

Por tanto, todo quedaba explicado. Faltaba por determinar la posada de que el médico había hablado. Tarea fácil para un Ganimard, husmeador, paciente y perro viejo en la Policía. El número de posadas es limitado, y ésta, dado el estado del herido, no podía encontrarse sino en las inmediaciones de Ambrumésy. Ganimard y el brigadier se pusieron en campaña. Visitaron y registraron todo cuanto podía pasar por ser una posada. Pero, contra todo lo que esperaban, el moribundo se obstinó en mantenerse invisible para ellos.

Ganimard ponía el mayor empeño. Regresó al castillo para dormir allí la noche del sábado, con la intención de realizar su investigación personal el domingo. Mas el domingo por la mañana se enteró de que una ronda de gendarmes había visto esa misma noche una silueta que se deslizaba por el camino hondo en el exterior de los muros. ¿Era un cómplice que venía a recoger informaciones? ¿Debería suponerse que el jefe de la banda no había salido del claustro o de las inmediaciones de éste?

Por la noche, Ganimard dirigió abiertamente la escuadra de gendarmes por el lado de la granja y se situó él mismo, así como Folenfant, fuera de los muros, cerca de la puerta.

Un poco antes de medianoche, un individuo salió del bosque, se escurrió entre ellos, cruzó el umbral de la puerta y penetró en el parque. Durante tres horas le vieron errar por entre las ruinas, agacharse, escalar los viejos pilares, quedándose a veces inmóvil durante largos minutos. Luego se acercó a la puerta y de nuevo pasó por entre los dos inspectores.

Ganimard le echó la mano al cuello, mientras Folenfat le sujetaba por el cuerpo. No ofreció resistencia y con la mayor docilidad del mundo se dejó esposar y conducir al castillo. Pero cuando quisieron interrogarle, les contestó que no tenía ninguna cuenta pendiente con ellos y que esperaría a la llegada del juez de instrucción.

Entonces le amarraron sólidamente al pie de una cama en una de las habitaciones contiguas que ellos ocupaban.

El lunes por la mañana, a las nueve, una vez llegado el señor Filleul, Ganimard le anunció la captura que había realizado. Hicieron bajar al prisionero. Era Isidoro Beautrelet.

—¡El señor Isidoro Beautrelet! —exclamó el señor Filleul con aire de sentirse encantado y tendiéndole las manos al recién llegado—. ¡Qué magnífica sorpresa! ¡Nuestro excelente detective aficionado aquí... y a nuestra disposición!... ¡Ésta es una gran suerte! Señor inspector, permítame que le presente al señor Beautrelet, alumno de retórica del Instituto Janson.

Ganimard parecía un tanto desconcertado. Isidoro lo saludó en voz muy baja, como a un colega cuyo valor se aprecia, y luego, volviéndose hacia el señor Filleul, dijo:

—¿Parece, señor juez de instrucción, que ha recibido usted buenos informes sobre mí?

—Muy buenos. En primer lugar, usted estaba, en efecto, en Veules-les-Roses en el momento en que la señorita de Saint-Verán creyó haberlo visto en el camino hondo. Nosotros averiguaremos, no lo dudo, la identidad de su sosias. En segundo lugar, usted es efectivamente Isidoro Beautrelet, alumno de retórica, y hasta un excelente alumno, de conducta ejemplar. Como el padre de usted vive en provincias, usted sale una vez por mes a casa del corresponsal de aquél, señor Bernod, quien no oculta sus elogios hacia usted.

—De modo que...

—De modo que está usted libre.

—¿Absolutamente libre?

—Absolutamente. ¡Ah!, sin embargo, pongo una pequeñísima condición. Usted comprende que yo no puedo poner en libertad a un señor que administra narcóticos, que se evade por las ventanas y al que luego detienen en flagrante delito de vagabundeo dentro de propiedades privadas, sin que a cambio de esta libertad yo obtenga una compensación.

—Yo espero lo que usted diga.

—Pues bien: nosotros vamos a reanudar nuestra interrumpida conversación, y usted va a decirme adonde ha llegado en sus investigaciones... En dos días que lleva gozando de libertad, usted debe de haber llegado muy lejos en ellas.

Ganimard se disponía a marcharse con un afectado desdén hacia aquella escena, pero el juez le dijo:

—No, no, señor inspector, su lugar está aquí... Yo le aseguro que al señor Isidoro Beautrelet vale la pena que se le escuche. Según mis informes, el señor Beautrelet se ha creado en el instituto Janson-de-Sailly una fama de observador al cual nada puede pasarle inadvertido, y, según me han dicho, sus condiscípulos le consideran como el emulo de usted, como el rival de Herlock Sholmes.

—¡De veras! —exclamó Ganimard con ironía.

—Exactamente. Uno de esos condiscípulos me ha escrito diciendo:

«Si Beautrelet declara que sabe, es preciso creerlo, y lo que él diga no dude que será la expresión exacta de la verdad.»

Isidoro escuchaba, sonriendo, y dijo:

—Señor juez, usted es cruel. Usted se burla de unos pobres colegiales que se divierten como pueden. Por lo demás, tiene usted razón, y yo no le proporcionare más motivos para motarse de mí.

—Lo que ocurre es que usted no sabe nada, señor Beautrelet.

—Confieso, en efecto, muy humildemente, que no sé nada. Porque no llamo «saber algo» al descubrimiento de tres o cuatro puntos más precisos que, por lo demás, no han podido, estoy seguro, escapar a la observación de usted.

—¿Por ejemplo?

—Por ejemplo, el objeto del robo.

—¡Ah!; decididamente, ¿conoce usted el objeto del robo?

—Como también lo sabe usted, no lo dudo. Es, incluso, lo primero que yo he estudiado, pues esa tarea me parecía la más fácil.

—¿Era verdaderamente la mas fácil?

—¡Dios mío! Sí. Se trata, cuando más, de formular un razonamiento.

—¿Y nada más?

—Nada más.

—¿Y cual es ese razonamiento?

—Helo aquí, despojado de todo comentario. Por una parte, ha habido robo, puesto que esas dos señoritas están de acuerdo en que ellas vieron realmente a dos hombres que huían llevándose objetos.

—Si, ha habido robo.

—Y, por otra parte, nada ha desaparecido, puesto que el señor De Gesvres lo afirma así, y él se encuentra en mejor posición que nadie para saberlo.

—No, no ha desaparecido nada.

—De esas dos comprobaciones resulta inevitablemente esta consecuencia: que desde el momento en que ha habido robo y que nada ha desaparecido, es que el objeto llevado ha sido sustituido por otro objeto idéntico. Me apresuro a señalar que es posible que este razonamiento no quede confirmado por los hechos. Pero yo pretendo que es el primero que debe planteársenos y que no hay derecho a desecharlo sino después de un examen riguroso.

—En electo..., en efecto... —murmuró el juez de instrucción, visiblemente interesado.

—Mas —continuó Isidoro— ¿qué había en ese salón que pudiera atraer la codicia de los ladrones? Dos cosas. Primero, los tapices. Puede que no sea eso. Un tapiz antiguo no se imita, y la superchería de la sustitución hubiera saltado a la vista. Quedan los cuatro cuadros de Rubens.

—¿Qué dice usted?

—Yo digo que los cuatro Rubens colgados a ese muro son falsos.

—¡Imposible!

—Son falsos, a priori y fatalmente.

—Le repito a usted que eso es imposible.

—Hará muy pronto un año, señor juez de instrucción, un joven que se hacía llamar Charpenais vino al castillo de Ambrumésy y pidió permiso para copiar los cuadros de Rubens. Ese permiso le fue concedido por el señor De Gesvres. Cada día, durante cinco meses, de la mañana a la noche, Charpenais trabajaba en este salón. Son las copias que él hizo, marcos y telas, los que han tomado el lugar de los cuatro grandes cuadros originales, legados al señor De Gesvres por su tío, el marqués de Bobadilla.

—Presente usted pruebas.

—Yo no tengo pruebas que presentar. Un cuadro es falso porque es falso, y yo estimo que ni siquiera hay necesidad de examinar ésos.

El señor Filleul y Ganimard se miraron sin disimular su sorpresa. El inspector ya no pensaba ahora en retirarse. Por fin, el juez de instrucción murmuró:

—Necesitaría conocer la opinión del señor De Gesvres.

Ganimard aprobó esta idea, y dieron orden de rogarle al conde que viniera al salón.

Era una verdadera victoria lograda por el joven retórico. Obligar a dos hombres del oficio, a dos profesionales como el señor Filleul y Ganimard a tomar en cuenta sus hipótesis, constituía un homenaje del que cualquier otro se hubiera enorgullecido. Pero Beautrelet parecía insensible a esas pequeñas satisfacciones del amor propio y, siempre sonriente, sin la menor ironía, esperaba. Entró el señor De Gesvres.

—Señor conde —le dijo el juez de instrucción—, la continuación de nuestras investigaciones nos pone cara a cara con una eventualidad completamente imprevista y que nosotros sometemos a usted con toda clase de reservas... Pudiera ocurrir..., digo yo..., pudiera ser..., que los ladrones, al penetrar aquí, hayan tenido por objeto el robar sus cuatro Rubens o, cuando menos, sustituirlos por cuatro copias..., copias que habría ejecutado hace un año un pintor de nombre Charpenais. ¿Quiere usted examinar esos cuadros y decirnos si usted los considera como auténticos?

El conde pareció dominar un gesto de contrariedad, observó a Beautrelet, luego al señor Filleul!, y respondió, sin siquiera tomarse la pena de acercarse a los cuadros:

—Yo esperaba, señor juez de instrucción, que la verdad permaneciera ignorada. Pero ya que ocurre de otro modo, no dudo en declarar: esos cuatro cuadros son falsos.

—¿Entonces ya lo sabía usted?

—Desde el primer momento.

—¿Y por qué no lo decía usted?

—El poseedor de un objeto nunca tiene prisa por decir que ese objeto no es... o que ha dejado de ser auténtico.

Sin embargo, era el único medio de volver a recuperarlos.

—Había otro mejor.

—¿Cuál?


—El de no desentrañar el secreto, el no espantar a mis ladrones y proponerles el comprarles unos cuadros con los cuales deben encontrarse un tanto embarazados.

—¿Y cómo comunicarse con ellos?

El conde no respondió. Fue Isidoro quien dio la respuesta:

—Por medio de una nota publicada en los periódicos. Una pequeña nota publicada en el Journal y en el Matin, así concebida: «Estoy dispuesto a comprar los cuadros.»

El conde aprobó con un movimiento de cabeza. Una vez más, el joven daba lecciones a sus mayores.

El señor Filleul siguió muy bien el juego, y dijo:

—Decididamente, querido señor, comienzo a creer que sus camaradas no están completamente equivocados. ¡Diablos, qué magnífico golpe de vista tiene usted! ¡Qué intuición! Si esto continúa, el señor Ganimard y yo ya no tendremos nada que hacer.

—¡Oh!, todo eso no era en absoluto complicado.

—¿Quiere usted decir que el resto lo es mucho más? Yo recuerdo, en efecto, que en ocasión de nuestro primer encuentro, usted tenía el aspecto de saber mucho más. Veamos: por lo que yo puedo recordar, usted afirmaba que el nombre del asesino le era conocido.

—En efecto.

—¿Quién ha matado, entonces, a Juan Daval? ¿Ese hombre está aún vivo? ¿Dónde se oculta?

—Hay un equívoco entre nosotros, señor juez, o, mejor dicho, entre usted y la realidad de los hechos, y esto desde un principio. El asesino y el fugitivo son dos personas distintas.

—¿Qué dice usted? —exclamó el señor Filleul—. El hombre a quien el señor De Gesvres vio en el gabinete y contra el cual luchó..., el hombre a quien esas señoritas vieron en el salón y contra el cual disparó la señorita De Saint-Véran..., el hombre que cayó en el parque y que nosotros buscamos..., ¿ese hombre no es el que ha matado a Juan Daval?

—No.


—¿Ha descubierto usted las huellas de un tercer cómplice que habría desaparecido antes de la llegada de esas señoritas?

—No.


—Entonces, no comprendo nada... ¿Quién es, por tanto, el asesino de Juan Daval?

—Juan Daval ha sido asesinado por...

Beautrelet se interrumpió, quedo pensativo unos instantes, y luego prosiguió:

—Pero, antes de nada, es preciso que yo le muestre el camino que he seguido para llegar a la certidumbre, y las propias razones del crimen... sin lo cual mi acusación le parecería monstruosa... Y no lo es..., no, no lo es... Hay un detalle que no fue observado y que, sin embargo, tiene la mayor importancia: y es que Juan Daval, en el momento en que fue atacado, venía vestido con todas sus ropas, calzado con sus zapatos de marcha; en suma, vestido como lo estaba en pleno día. Pero el crimen fue cometido a las cuatro de la madrugada.

—Ya observé esa cosa extraña —dijo el juez—. El señor De Gesvres me respondió que Daval pasaba una parte de las noches trabajando.

—Los criados dicen lo contrario: que se acostaba regularmente muy temprano. Pero admitamos que se encontraba levantado: ¿por qué deshizo su cama de manera de hacer creer que estaba acostado? Y si estaba acostado, ¿por qué al escuchar ruidos se tomó el trabajo de vestirse de pies a cabeza, en lugar de vestirse de cualquier modo? Yo visité su cuarto el primer día, mientras ustedes almorzaban: sus pantuflas estaban al pie de la cama. ¿Qué le impidió ponérselas, más bien que calzarse las pesadas botas con herrajes?

—Hasta aquí no veo...

—Hasta aquí, en efecto, usted no puede ver sino anomalías. Sin embargo, a mí me han parecido mucho más sospechosas cuando supe que el pintor Charpenais (el copista de los Rubens) había sido presentado al conde por el propio Daval.

—¿Y entonces?

—Entonces, de ahí a concluir que Juan Daval y Charpenais eran cómplices, no hay más que un paso. Ese paso ya lo había dado yo en ocasión de nuestra conversación.

—Demasiado deprisa, me parece.

—En efecto, hacía falta una prueba material. Mas yo había descubierto en la habitación de Daval, sobre una de las hojas del cartapacio encima del cual escribía, esta dirección que, por lo demás, se encuentra todavía allí, y calcada en el secante a la inversa: Señor A. L N., oficina cuarenta y cinco, París. Al día siguiente se descubrió que el telegrama enviado desde Saint-Nicolás por el seudo chofer llevaba esta misma dirección A. L. N., oficina cuarenta y cinco. La prueba material existía. Juan Daval se comunicaba por escrito con la banda que había organizado el robo de los cuadros.

El señor Filleul no opuso ninguna objeción. Dijo:

—Sea. La complicidad queda demostrada. ¿Y cuáles son sus conclusiones?

—Primero, ésta: que no fue en modo alguno el fugitivo quien mató a Juan Daval, puesto que Daval era su cómplice.

—¿Entonces?

—Señor juez de instrucción, recuerde usted la primera frase que pronunció el señor De Gesvres cuando se despertó de su desvanecimiento. La frase, según la repitió la señorita De Gesvres, figura en el proceso verbal: «Yo no estoy herido. ¿Y Daval?..., ¿está vivo?..., ¿y el cuchillo?» Y le pido a usted que la relacione con aquella parte de su relato, igualmente consignada en el proceso verbal, en que el señor De Gesvres relata la agresión: «El hombre saltó sobre mi y me dio un puñetazo en la sien.» ¿Cómo podía el señor De Gesvres, que estaba desvanecido, saben al volver en sí, que Daval había sido herido con un cuchillo?

Beautrelet no esperó respuesta a su pregunta. Se hubiera dicho que se apresuraba a hacerla para sí mismo, a fin de cortar de inmediato todo comentario. Seguidamente prosiguió:

—Por consiguiente, fue Juan Daval quien condujo a los tres ladrones hasta el salón. Mientras él se encontraba con aquel que ellos llaman su jefe, oyeron ruido en el gabinete. Daval abrió la puerta. Reconociendo al señor De Gesvres, se precipitó contra él armado de un cuchillo. El señor De Gesvres logró arrancarle el cuchillo, le golpeó con él, y a su vez él cayó derribado por un puñetazo de aquel individuo a quien las dos jóvenes verían unos minutos después.

De nuevo el señor Filleul y el inspector se miraron. Ganimard agachó la cabeza con aire desconcertado. El juez dijo:

—Señor conde, ¿debo creer que esta versión es exacta?...

—El señor De Gesvres no respondió:

—Veamos, señor conde, su silencio nos permitiría suponer...

Con voz clara y firme, el señor De Gesvres manifestó:

—Esa versión es exacta en todos sus puntos.

El juez se sobresaltó, y dijo:

—Entonces no comprendo el porqué usted indujo a la Justicia al error. ¿Para qué disimular un acto que usted tenía el derecho de cometer al actuar en legítima defensa?

—Desde hace veinte años —replicó el señor De Gesvres—, Daval trabajaba a mi lado. Yo tenía confianza en él. Si me ha traicionado a consecuencia de no sé qué tentaciones, yo no quería, cuando menos, en recuerdo del pasado, que su traición fuese conocida.

—Sea, pero usted debía...

—No estoy de acuerdo con usted, señor juez de instrucción. Desde el momento en que ningún inocente se hallaba acusado por ese crimen, mi derecho absoluto consistía en no acusar a aquel que era a la vez culpable y víctima. Ya está muerto. Y yo estimo que la muerte ha sido castigo suficiente.

—Pero ahora, señor conde, que la verdad ya fue dada a conocer, usted puede hablar.

—Sí. Aquí están dos paquetes de cartas escritas por él a sus cómplices. Yo las encontré en su cartera de documentos unos minutos después de su muerte.

De ese modo, todo quedaba aclarado. El drama salía de las sombras y poco a poco iba apareciendo bajo su verdadera luz.

—Prosigamos —dijo el señor Filleul, después que el conde se hubo retirado.

—En verdad —manifestó alegremente Beautrelet—, ya se me está acabando lo que tenía que decir.

—Pero ¿y el fugitivo, el herido?

—En cuanto a eso, señor juez de instrucción, usted sabe tanto como yo... Usted ha seguido sus pasos sobre la hierba del claustro..., usted sabe...

—Sí, yo sé...; pero después le rescataron, y lo que yo quisiera obtener son indicaciones sobre esa posada.

Isidoro Beautrelet rompió a reír.

—¡La posada! Esa posada no existe. Es un truco para despistar a la Justicia..., un truco ingenioso, puesto que ha tenido éxito.

—No obstante, el doctor Delattre afirma...

—Justamente —exclamó Beautrelet con tono de convicción—. Es precisamente porque el doctor lo afirma, que no hay que creerla ¿Cómo es que el doctor Delattre no ha querido dar, respecto a toda su aventura, mas que los detalles más vagos..., no ha querido decir nada que pueda comprometer la seguridad de su cliente?... Y de pronto llama la atención sobre una posada. Pero esté usted seguro de que, si pronunció la palabra posada, es porque así le fue impuesto. Tenga usted la seguridad de que la historia que nos ha contado le fue dictada bajo pena de terribles represalias contra él. El doctor tiene una esposa y una hija. Y las quiere demasiado para desobedecer a unas personas cuyo poder formidable él experimentó. Y es por ello que él les suministró a ustedes la más exacta de las indicaciones.

—Tan exacta que no hay modo de encontrar la posada.

—Tan exacta que ustedes no cesan de buscarla, en contra de toda verosimilitud, y que los ojos de ustedes se desviaron del único lugar donde ese hombre pueda encontrarse... ese lugar misterioso que no ha abandonado, que no ha podido abandonar desde el instante en que, herido por la señorita De Saint-Verán, consiguió deslizarse hasta el mismo como una bestia dentro de su madriguera.

—Pero ¿dónde, maldita sea?...

—En las ruinas de la vieja abadía.

—Pero ¡si ya no existen verdaderamente ruinas! ¡Apenas si quedan unos trozos de muro! ¡Unas cuantas columnas!

—Allí es donde se ha encerrado, señor juez de instrucción —exclamó Beautrelet con energía—. Es allí donde tienen ustedes que concentrar sus esfuerzos en la busca. Es allí, y no en otra parte, donde encontrarán ustedes a Arsenio Lupin.

—¡Arsenio Lupin! —exclamo el señor Filleul, saltando sobre sus pies.

Se produjo un silencio un tanto solemne en el cual parecieron prolongarse las sílabas del nombre famoso. Arsenio Lupin, el gran aventurero, el rey de los ladrones..., ¿era posible que fuese él el adversario vencido, pero, no obstante, invisible, contra el cual estaba empeñada aquella lucha en vano desde hacía varios días? Pero Arsenio Lupin, cogido en la trampa, detenido por un juez de instrucción, constituía para éste el ascenso inmediato, la fortuna, la gloria.

Ganimard no se había movido. Isidoro le dijo:

—Usted está de acuerdo conmigo, ¿verdad, señor inspector?

—¡Pardiez, claro que lo estoy!

—¿Usted tampoco, no es así, ha dudado jamás de que él fue el organizador de este asunto?

—No lo dudé ni un segundo. Lleva la firma de el. Un golpe dado por Lupin difiere de otro golpe como de un rostro a otro rostro. Basta con abrir los ojos.

—Usted cree..., usted cree... —repetía el señor Filleul.

—Que si lo creo... —exclamo el joven—. Observe usted solamente este pequeño hecho: ¿bajo qué iniciales se comunicaban esas gentes entre sí? A. L. N., es decir, la primera letra del nombre de Arsenio y la última de nombre Lupin.

—¡Ah —exclamó Ganimard—. Nada se le escapa a usted. Usted es un tipo duro, y el viejo Ganimard le rinde honores.

Beautrelet enrojeció de satisfacción y estrechó la mano que te tendía el inspector. Los tres se habían acercado al balcón y sus miradas se tendían sobre el campo comprendido por las ruinas. El señor Filleul murmuró:

—Entonces él tiene que estar allí.

Él está allí —dijo Beautrelet con sorda voz—. Está allí desde el mismo instante en que cayó herido. Lógica y prácticamente, no podía escapar sin ser visto por la señorita De Saint-Véran y sus dos criados.

—¿Qué prueba tiene usted de ello?

—La prueba nos la han dado sus propios cómplices. Aquella misma mañana, uno de ellos se disfrazaba de chofer y le conducía a usted aquí...

—Para recoger la gorra que era un elemento de identificación...

—Sea, pero también, y sobre todo, para visitar estos lugares, darse cuenta y ver por sí mismo qué es lo que le había ocurrido al jefe.

—¿Y se dio cuenta?

—Me lo supongo, puesto que conocía el escondrijo. Y supongo también que el estado desesperado de su jefe le fue revelado, pues bajo los efectos de su inquietud cometió la imprudencia de escribir estas palabras de amenaza: Ay de la señorita si ha matado al patrón.

—Pero sus amigos quizá le hayan rescatado después.

—¿Cuándo? Los hombres de usted no se han apartado de las ruinas. Y además, ¿adonde podían transportarle? Cuando más, a unos centenares de metros de distancia, porque no se puede hacer viajar a un moribundo..., y entonces ustedes le hubieran encontrado. No, yo les digo que él está allí. Sus amigos jamás le hubieran arrancado al más seguro de los refugios. Fue allí donde sus amigos llevaron al doctor, mientras los gendarmes acudían a apagar el incendio como unos niños.

—Pero entonces, ¿cómo vive? Para vivir hacen falta alimentos..., agua...

—Sobre eso nada puedo decir..., no digo nada..., pero él está allí, se lo juro a ustedes. Está allí, porque no puede no estar. Estoy seguro, como si le viera, como si le tocara. Está allí.

Con el dedo apuntando hacia las ruinas dibujaba en el aire un pequeño círculo que disminuía poco a poco hasta no ser ya más que un punto. Y ese punto los dos acompañantes lo buscaban tenazmente, ambos inclinados sobre el espacio y emocionados por la misma fe que animaba a Beautrelet y temblorosos por la ardiente convicción que aquél les había impuesto. Sí, Arsenio Lupin estaba allí. Tanto en teoría como en la realidad estaba allí y ni uno ni otro podían ya dudarlo.

Y había algo trágico y de impresionante en saber que, en algún refugio tenebroso, yacía sobre el propio suelo, sin socorro, febril, agotado, el célebre aventurero.

—¿Y si muriese? —dijo el señor Filleul en voz baja.

—Si muere —respondió Beautrelet—, una vez que sus cómplices tengan la certidumbre de ello, vele usted por la seguridad de la señorita De Saint-Véran, señor juez, pues la venganza será terrible.

Unos minutos más tarde, y a pesar de los ruegos del señor Filleul, a quien hubiera agradado conservar para sí este prestigioso auxiliar, Beautrelet, cuyas vacaciones terminaban ese mismo día, tomaba de nuevo el camino de Dieppe, llegaba a París a las cinco de la tarde y a las ocho penetraba, al mismo tiempo que sus condiscípulos, por la puerta del instituto.

Ganimard, después de haber realizado una exploración tan minuciosa como inútil de las ruinas de Ambrumésy, regresó en el tren rápido de la noche. Al llegar a su casa encontró una carta continental que decía:

«Señor inspector jefe: Disponiendo de algún tiempo al final de la jornada pude reunir ciertos informes complementarios que no dejarán de interesarle a usted.

«Desde hace un año, Arsenio Lupin vive en París bajo el nombre de Esteban de Vaudreix. Es un nombre que usted ha podido leer a menudo en las crónicas de sociedad y en los ecos deportivos. Gran viajero, él está largo tiempo ausente, ausencia que según él dice dedica a la caza de tigres de Bengala o de zorros azules en Siberia. Hace creer que se ocupa de sus negocios, sin que pueda precisar de qué clase de negocios se trata.

»Su domicilio actual es: 36, calle Marbeuf. (Le ruego que observe que la calle Marbeuf está próxima a la oficina postal número 45.) Desde el jueves 23 de abril, víspera de la agresión de Ambrumésy, no hay noticia alguna del paradero de Estaban de Vaudreix.

«Reciba, señor inspector jefe, con toda mi gratitud por la benevolencia que usted me ha testimoniado, la seguridad de mis mejores sentimientos.

Isidoro Beautrele.

»Posdata.— Especialmente, no crea que me haya costado mucho trabajo el obtener esas informaciones. La misma mañana del crimen, cuando el señor Filleul realizaba sus investigaciones ante algunos privilegiados, yo tuve la feliz inspiración de examinar la gorra del fugitivo, antes de que el seudo chofer fuera allí a cambiarla. Me bastó con el nombre del sombrerero, como usted comprenderá, para encontrar el hilo que me llevó a conocer el nombre del comprador y su domicilio.»

Al día siguiente, Ganimard se presentó en el número 36 de la calle Marbeuf. Una vez que tomó informes en la portería, ordenó que le abrieran la vivienda de la derecha, de la planta baja, donde no descubrió nada más que cenizas en la chimenea. Cuatro días antes, dos amigos habían venido al piso a quemar todos los papeles comprometedores. Pero, en el momento de salir, Ganimard se encontró con el cartero, portador de una carta para el señor de Vaudreix. Estaba sellada en Norteamérica y contenía estas líneas escritas en inglés:

«Señor: Le confirmo la respuesta que ya he dado a su agente. Desde el momento que tenga usted en su poder los cuatro cuadros del señor de Gesvres, envíemelos por el medio convenido. Unirá usted a ello el resto, si logra conseguirlo, cosa que yo dudo mucho.

»Un asunto imprevisto me obliga a partir y, por consiguiente, llegaré al mismo tiempo que esta carta. Me encontrará usted en el Grand-Hotel.



Harlington.»

Ese mismo día, Ganimard, provisto de una orden de detención, llevó a la prisión central al señor Harlington, ciudadano norteamericano, acusado de encubrimiento y complicidad en el robo.

Así, pues, en el espacio de veinticuatro horas, gracias a las indicaciones, verdaderamente inesperadas, de un muchacho de diecisiete años, todos los nudos de la intriga se desanudaban. En veinticuatro horas aquello que resultaba inexplicable se hacía sencillo y claro. En veinticuatro horas, el plan de los cómplices para salvar a su jefe estaba desbaratado, no había ya duda sobre la captura de Arsenio Lupin, herido, moribundo; su banda estaba desorganizada, se sabía ya su residencia en París, así como la máscara con la que se cubría y, por primera vez, se atravesaba de parte a parte, antes de que pudieran conseguir su completa ejecución, uno de sus golpes más hábiles y más largamente estudiados.

Entre el público brotó como un inmenso clamor de asombro, de admiración y de curiosidad. Ya el periodista de Rouen, en un artículo muy logrado, había relatado el primer interrogatorio del joven retórico, poniendo en primer plano su gracia, su encanto ingenuo y su tranquila firmeza. Las indiscreciones a que Ganimard y el señor Filleul se entregaron a pesar suyo, arrastrados por un impulso más fuerte que su orgullo profesional, iluminaron al público sobre el papel de Beautrelet en el curso de los últimos acontecimientos. Él solo lo había hecho todo. Y a él solo correspondía todo el mérito de la victoria.

Surgió el apasionamiento. De la noche a la mañana, Isidoro Beautrelet se convirtió en un héroe, y la multitud, súbitamente apasionada, exigió sobre su nuevo favorito los más amplios detalles. Los reporteros estaban allí. Se precipitaron al asalto del intituto Janson-de-Sailly, acecharon a los alumnos externos al salir de las clases y recogieron cuantos informes pudieron de todo lo que de cerca o de lejos concernía al llamado Beautrelet; y así se supo la fama de que gozaba entre sus compañeros aquel que ellos llamaban el rival de Herlock Sholmes. Por razonamiento, por lógica y sin más datos que aquellos que él mismo leía en los periódicos, en diversas ocasiones había anunciado la solución de asuntos complicados que la propia justicia aclararía solamente mucho tiempo después que él.

Pero lo más curioso fue el opúsculo que apareció en circulación entre los alumnos del instituto, firmado por él, impreso en máquina de escribir y con una tirada de diez ejemplares. Llevaba como título: «Arsenio Lupin, sus métodos, en qué es clásico y en qué es original.»

Era un estudio profundo de cada una de las aventuras de Lupin, en el que los procedimientos del ilustre ladrón eran presentados con extraordinario relieve, en el que se mostraba el mecanismo de sus maneras de proceder, su táctica tan especial, sus cartas a los periódicos, sus amenazas, el anuncio de sus robos y, en suma, el conjunto de artimañas que él empleaba para cocinar a la víctima elegida y ponerla en un estado de espíritu tal, que casi se ofrecía por sí misma al golpe preparado contra ella y que todo se efectuaba, por así decirlo, con su propio consentimiento.

El opúsculo era tan exacto como crítica, tan penetrante, tan vivido y de una ironía a la par tan ingenua y tan cruel, que inmediatamente los amantes de la risa se pusieron de su parte, la simpatía de las multitudes se volvió sin transición de Lupin hacia Isidoro Beautrelet, y en la lucha que se entablaba entre ellos se proclamó por adelantado la victoria del joven retórico.

En todo caso, en cuanto a esa victoria, el señor Filleul, lo mismo que el ministerio fiscal de París, parecían celosos de otorgarle toda oportunidad. Por una parte, en efecto, no se lograba establecer la identidad del señor Harlington ni presentar una prueba decisiva de que estuviera afiliado a la banda de Lupin. Cómplice o no, él se callaba obstinadamente. Y lo que es más, después de haber examinado su escritura, ya nadie se atrevía a afirmar que fuese él el autor de la carta interceptada. Lo único que era posible afirmar es que un señor llamado Harlington, provisto de un saco de viaje y de una cartera llena de billetes de banco, había ido a alojarse en el Grand-Hotel.

Por otra parte, en Dieppe, el señor Filleul descansaba sobre las posiciones que Beautrelet le había conquistado. No daba un solo paso adelante. En torno al individuo a quien la señorita de Saint-Véran había tomado por Beautrelet, la víspera del crimen, reinaba el mismo misterio. Y las mismas tinieblas imperaban sobre todo cuanto se relacionaba con el robo de los cuatro Rubens. ¿Que se había hecho de esos cuadros? Y el automóvil que se los había llevado durante la noche, ¿qué camino había seguido?

En Luneray, en Yerville, en Yvetot, habían sido recogidas pruebas de su paso, así como en Caudebec-en-Caux, donde había tenido que cruzar el Sena al amanecer en la barca de vapor. Pero cuando se llevó más a fondo la investigación se comprobó que ese automóvil era un coche abierto y que hubiera sido imposible cargar en él cuatro grandes cuadros sin que los empleados de la barca se hubieran dado cuenta de ello. Muy probablemente se trataba del mismo automóvil, pero, no obstante, continuaba planteándose esta pregunta: ¿qué se había hecho de los cuatro Rubens?

Y todos esos problemas el señor Filleul los dejaba sin respuesta. Cada día, sus subordinados registraban el cuadrilátero de las ruinas. Y casi todos los días él venía a dirigir las exploraciones. Pero entre eso y descubrir el escondrijo donde Lupin agonizaba —si hasta ese extremo era exacta la opinión de Beautrelet— mediaba un abismo que el excelente magistrado no parecía dispuesto a tranquear.

Igualmente era natural que la gente se volviera hacia Isidoro Beautrelet, puesto que él solo había logrado penetrar las tinieblas que, aparte él, se formaban de nuevo más intensas y más impenetrables. ¿Por qué no ponía él mayor empeño en ese asunto? Considerando el punto hasta donde él lo había llevado, le bastaría un solo esfuerzo para conseguir el éxito.

Tal pregunta le fue planteada por un redactor del Grand Journal, que consiguió introducirse en el instituto Janson bajo el falso nombre de Bernod, corresponsal del padre de Beautrelet. A lo que Isidoro respondió muy sagazmente:

—Querido señor: hay algo más que Lupin en este mundo, hay algo más que historias de ladrones y detectives, pues hay también esta realidad que se llama bachillerato. Pues bien: yo me presento a exámenes en julio. Y estamos en mayo. Y no quiero fracasar. ¿Qué diría mi padre?

—Pero ¿y qué diría también si usted le entregara a la justicia a Arsenio Lupin?

—¡Bah! Hay tiempo para todo. En las próximas vacaciones...

—¿Las de Pentecostés?

—Sí. Me marcharé el sábado seis de junio por la mañana.

—Y por la noche Lupin será detenido.

—¿Me concedería usted hasta el domingo? —preguntó Beautrelet, riendo.

Esa confianza inexplicable expresada por el periodista, nacida todavía ayer, pero ya tan grande, todo el mundo la experimentaba en relación al joven, aun cuando en la realidad los acontecimientos no la justificaran más que hasta cierto punto. No importaba. Se creía en él. Para el nada parecía difícil. Se esperaba de él lo que hubiera podido esperarse, cuando más, de algún fenómeno de clarividencia e intuición, de experiencia y de habilidad. ¡El 6 de junio! Esta techa era señalada en todos los periódicos. El 6 de junio, Isidoro Beautrelet tomaría el rápido de Dieppe y esa misma noche sería detenido Arsenio Lupin.

Y llego el 6 de junio. Media docena de periodistas acechaban a Isidoro en la estación de Saint-Lazare. Dos de ellos querían acompañarlo en su viaje. Pero él les suplicó que no lo hicieran.

Por tanto, se marchó solo. Su departamento estaba vacío. Bastante cansado por una serie de noches consagradas al trabajo, no tardó en dormirse con pesado sueño. Y en sueños tuvo la impresión de que el tren se detenía en diversas estaciones y que subían y bajaban personas. Al despertarse a la vista de Rouen estaba todavía solo. Pero sobre el respaldo del asiento de enfrente había una amplia hoja de papel sujeta con un alfiler al paño gris de que estaba tapizado el asiento, y en la cual se fijaron sus ojos. Contenía estas palabras:

«Cada cual a sus negocios. Ocúpese usted de los suyos. Si no, tanto peor para usted.»

«Magnífico —se dijo él, Frotándose las manos—. Van mal las cosas en el campo enemigo. Esta amenaza es tan estúpida como la del seudo chofer. ¡Qué estilo! Bien se ve que no es Lupin el que maneja la pluma.»

El tren penetraba bajo el túnel que precede a la vieja ciudad normanda. En la estación, Isidoro dio dos o tres vueltas por el andén para estirar las piernas. Se disponía a volver a su departamento cuando se le escapó un grito. Al pasar cerca de la librería del andén había leído distraídamente en la primera página de una edición especial del Journal de Rouen estas breves líneas cuyo espantoso significado en seguida percibió.

«Última hora. —Nos telefonean de Dieppe que esta noche unos malhechores penetraron en el castillo de Ambrumésy, ataron y amordazaron a la señorita De Gesvres y secuestraron a la señorita De Saint-Véran. Se descubrieron huellas de sangre a quinientos metros del castillo, y muy cerca de allí fue encontrada una manteleta de mujer igualmente manchada de sangre. Hay motivos para temer que la desventurada joven haya sido asesinada.»

Hasta llegar a Dieppe, Isidoro Beautrelet permaneció inmóvil. Inclinado, apoyados los codos sobre las rodillas y las manos pegadas al rostro, reflexionaba. En Dieppe alquiló un automóvil. En el umbral de Ambrumésy encontró al juez de instrucción, que le confirmó la horrible noticia.

—¿Y usted no sabe nada más? —preguntó Beautrelet.

—Nada. Yo acabo de llegar.

En ese mismo momento, el brigadier de la gendarmería se aproximó al señor Filleul y le entregó un pedazo de papel, todo arrugado, desgarrado, amarillento, que acababa de recoger no lejos del lugar donde había sido descubierta la manteleta. El señor Filleul lo examinó y luego se lo tendió a Isidoro Beautrelet, diciéndole:

—He aquí algo que nos ayudará muy poco en nuestras investigaciones.

Isidoro revolvió repetidamente entre sus manos el pedazo de papel. Cubierto de cifras, de puntos y de signos, contenía exactamente el diseño que presentamos aquí:


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