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Material de Apoyo 4 Textos extraídos de Chile y su Historia. Sergio Villalobos, Ed. Universitaria. Santiago de Chile, 1993


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NM2


Historia y Ciencias Sociales

La lucha por la emancipación chilena




Material de Apoyo 4
Textos extraídos de Chile y su Historia. Sergio Villalobos, Ed. Universitaria. Santiago de Chile, 1993.


Pipiolos y Pelucones
En las luchas políticas de las primeras décadas de la República, se manifestaron dos tendencias que no constituían partidos políticos. No tenían organización, estatutos, ni jefes. Tampoco poseían una ideología bien definida.
Los pelucones representaban el sector más conservador y tradicional de la aristocracia, que no deseaba reformas audaces. Se les dio aquel nombre porque sus miembros habían sido los últimos en usar la peluca empolvada de la época colonial. Entre sus personajes más destacados estuvo Mariano Egaña.
Los pipiolos componían el sector liberal de la aristocracia. Poseían menor fortuna y contaban entre ellos con intelectuales, como José Miguel Infante y José Joaquín de Mora. También tenían la adhesión de muchos de los jefes militares más destacados desde los años de la Independencia, entre ellos el general Francisco Antonio Pinto, hombre inteligente y culto. El origen del nombre pipiolo es enigmático.
Antes de 1830 predominaron los pipiolos y después los pelucones.

Inestabilidad de los Gobiernos

Después de la caída de O’Higgins, asumió el mando del país el general Ramón Freire, que se había levantado en armas en Concepción. El motivo había sido el descontento general y la pobreza en que se encontraba la región sur. Freire estimaba que el gobierno no había atendido las necesidades locales, especialmente el estado de sus tropas que estaban mal equipadas, mal vestidas y hambrientas.


El nuevo Director Supremo no tenía claridad de ideas políticas y se dejó guiar alternativamente por los ministros José Miguel Infante y Mariano Egaña, que tenían ideas contrapuestas. Sin embargo, fueron las reformas liberales, las que caracterizaron al gobierno. En la estabilización política no se logró avanzar mucho. La Constitución de 1823, aprobada por un congreso constituyente, no tuvo acogida y se le estimó inoperante. La pobreza general no pudo ser remediada y el descontento alcanzó gravedad en las provincias de Coquimbo y Concepción, que manifestaron deseos de mayor autonomía. En la misma capital hubo movimientos contrarios al gobierno. Freire debió compartir el poder con una junta y, finalmente, convocar un congreso, ante el cual dejó el mando. En su reemplazo fue designado don Manuel Blanco Encalada, siendo el primer gobernante republicano que recibió en Chile el título de Presidente. No alcanzó a gobernar un año (1826), entonces se ensayó un nuevo régimen político: el federalismo.
El principal impulsor de las ideas federales era José Miguel Infante, que estaba influido por el sistema norteamericano. Según los federalistas, para que hubiese verdadera política, el poder debía ser acercado a los ciudadanos, de modo que la voluntad de ellos se ejerciese desde abajo y en todas las esferas. Así se evitarían los abusos de las autoridades y la gran concentración de poder en el primer mandatario. Cada provincia debía tener mayor autonomía.
El establecimiento del régimen federal se prestó para confusiones y desórdenes. No había en el país experiencia política y la tradición gubernativa, desde los tiempos de la Colonia, era centralista. Antes de mucho tiempo se vio que el federalismo era un fracaso; cada provincia comenzó a luchar por sus prerrogativas. Unas reclamaban por el distrito que les correspondía, otras por la capital provincial y se amenazaban entre ellas.
Debido a numerosas dificultades, Blanco Encalada renunció y siguió la inestabilidad gubernativa, hasta que asumió el vicepresidente don Francisco Antonio Pinto. Era éste un hombre culto, juicioso, que no sentía apego por el poder y que deseaba llevar adelante medidas de progreso.
Su gobierno consolidó por el momento la política liberal de los pipiolos. Se atendió principalmente a los problemas de la hacienda pública, el desarrollo de la cultura y la instrucción y la dictación de una Constitución, la de 1828, que debía organizar la vida pública dentro de grandes márgenes de libertad.
Sin embargo, continuaron los disturbio e intentos subversivos, promovidos por los conservadores con la ayuda de algunos jefes militares. Entre esos elementos figuraba Diego Portales, que de los negocios había pasado a influir en las cuestiones políticas.
El gobierno de Pinto, aunque bien inspirado, no logró establecer la tranquilidad pública y terminó en situaciones conflictivas que llevarían a la guerra civil.
Caudillismo y Dictadura en Hispanoamérica
Los comienzos de la vida republicana causaron fuertes perturbaciones en la política. Los ideales libertarios e igualitarios no pudieron ser adoptados con facilidad en sociedades basadas en la más profunda desigualdad y acostumbrados al absolutismo monárquico.
Las guerras de la Independencia elevaron a jefes militares ambiciosos, que disputaron el gobierno de sus países. Esos caudillos basaban su poder en el mando de las tropas y los intereses de algunas regiones que los apoyaban.
Entre los más famosos debe mencionarse a Antonio López de Santa Anna en México, personaje de baja condición moral, que fue incapaz de dar orientación a la vida pública. El país vivió en medio del caos y perdió los territorios de Texas, Nuevo México y California, que pasaron a poder de los Estados Unidos. José Antonio Páez en Venezuela, fue un rudo guerrero surgido en los llanos del Orinoco, que con el apoyo e sus llaneros pasó a jugar un importante papel político.
También debe recordarse a Andrés de Santa Cruz en Bolivia y al mariscal Ramón Castilla en el Perú. Castilla fue un gobernante sobresaliente, que puso orden en la administración e impulsó la economía.
En Argentina lucharon por el poder dos corrientes. Por una parte los unitarios, de tendencia liberal, que deseaban imponer la supremacía de Buenos Aires con su cosmopolitismo, es decir, su cultura europeizante y el contacto con los negocios exteriores, cuya principal figura fue Bernardino Rivadavia. Por la otra parte, los federales que representaban los intereses de las provincias, su “barbarie” y la posición conservadora de hacendados y ganaderos.
Entre los caudillos federalistas sobresalió por su habilidad y el manejo de los hombres José Manuel de Rosas, que contaba con la lealtad de sus guerreros gauchos. Logró dominar a Buenos Aires y se proclamó “tirano ungido por Dios para salvar a la Patria”. Durante su gobierno (1835-1852) desapareció todo rastro de libertad política; una agrupación secreta, la “Mazorca”, se dedicó a asesinar a los opositores. La cultura intelectual sufrió un retroceso.
En el orden político, el caudillismo americano fue de carácter conservador y contó con la buena voluntad de los sectores aristocráticos, que veían en los jefes militares las espadas necesarias para mantener cierto orden. En general, los caudillos fueron progresistas y procuraron favorecer el desenvolvimiento económico.
Desplazamiento de la aristocracia tradicional y de la Iglesia
Desde el gobierno de O’Higgins, el grupo más tradicional de la aristocracia se había visto desplazado del poder político, no obstante ser el núcleo más rico e influyente.
Ese alejamiento se mantuvo durante los gobiernos de Ramón Freire y Francisco Antonio Pinto, que impulsaron reformas con la ayuda de intelectuales y estadistas como Mariano Egaña, José Miguel Infante y José Joaquín de Mora. El poder era, así, manejado por militares e intelectuales.
El núcleo tradicional de la aristocracia era contrario a las reformas liberales, que los afectaban en sus intereses y sentimientos. Las reformas de O’Higgins ya lo habían perjudicado y luego la abolición definitiva de la esclavitud. El peor golpe fue la disposición de la Constitución de 1828 que autorizó la disolución de los mayorazgos, aunque en la práctica sólo dos familias resultaron afectadas.
La Iglesia, que oficialmente se había opuesto a la Emancipación, debió sufrir las consecuencias de su actitud. La obstinación del obispo de la capital, don José Santiago Rodríguez Zorilla, que procuraba mantener la adhesión del clero al Rey, fue causa de muchos problemas durante el gobierno de O’Higgins, que debió desterrarlo temporalmente.
Durante el gobierno de Freire la situación se hizo muy enojosa. Un vicario apostólico, Monseñor Juan Muzi, enviado por el Papa con el fin de atender los problemas de la Iglesia Chilena, apoyó la actuaciones de Rodríguez Zorilla y se puso en pugna con el gobierno. Este reaccionó tomando una medida muy rigurosa; decretó la reforma de las órdenes religiosas, que adolecían de muchos defectos. Sus disposiciones tenían por objeto regular la existencia de los conventos. Ningún religioso profesaría como sacerdote antes de los veinticinco años y no podría haber ningún convento con menos de ocho frailes. Deberían respetarse rigurosamente las reglas de la vida conventual; pero el hecho más grave fue la determinación de expropiar y vender las haciendas de las órdenes, comprometiéndose el Estado a entregar anualmente cierta suma de dinero a los conventos por cada religioso.
Esos hechos determinaron su resistencia frente al reformismo liberal.


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