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Martin heidegger


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HACIA LA PREGUNTA DEL SER
(Zur Seinsfrage)
MARTIN HEIDEGGER
Traducción de José Luis Molinuevo, en HEIDEGGER, Martin y JÜNGER, Ernst, Acerca del nihilismo, Barcelona-Buenos Aires-México, Ediciones Paidós, I.C.E. de la Universidad Autónoma de Barcelona, 1994.

 

PRÓLOGO

El escrito da el texto sin cambios, ampliado en algunas líneas (pág. 24 y sigs.), de la contribución al volumen homenaje a Ernst Jünger (1955). Se ha modificado el título. Era: Sobre «La línea». El nuevo título debe mostrar que la meditación sobre la esencia del nihilismo provino de una exposición del es así en cuanto . Según la tradición, la filosofía entiende por la pregunta del Ser la pregunta por el ente en cuanto ente. Es la pregunta de la metafísica. La respuesta a esta pregunta se remite siempre a una interpretación del Ser, que se queda en lo impreguntable y prepara el fundamento y suelo para la metafísica. La metafísica no vuelve a su fundamento. Explícita esa vuelta la Introducción a ¿Qué es metafísica?, que desde la 5a edición (1949) se antepone al texto de la conferencia. (11a edición 1955, págs., 7-23).

SOBRE «LA LÍNEA»

Querido señor Jünger:

Mi saludo en su sesenta cumpleaños retoma con un pequeño cambio el título del ensayo que usted me dedicó en ocasión semejante. Entretanto, su contribución Sobre la línea apareció, ampliada en algunas pasajes, en edición aparte. Es un «enjuiciamiento de la situación» que vale para el «cruce» de la línea, pero que, sin embargo no se agota en la descripción de la situación. La línea se llama también el «meridiano cero» (pág. 49). Usted habla (págs. 39 y 51) del «punto cero».[386] El cero apunta a la Nada, y precisamente a la vacía. Allí donde todo afluye hacia la Nada reina el nihilismo. En el meridiano cero se aproxima a su consumación. Recogiendo una interpretación de Nietzsche, usted entiende el nihilismo como el proceso, «de que los supremos valores se devalúan» (Voluntad de poder, n. 2, año 1887).

La línea cero tiene como meridiano su zona. El ámbito del nihilismo consumado constituye la frontera entre dos edades del mundo. La línea que le designa es la línea crítica. En ella se decide si el movimiento del nihilismo sucumbe en la Nada aniquiladora o si es el tránsito al dominio de una «nueva donación del Ser» (pág. 53). Por tanto, el movimiento del nihilismo tiene que estar basado de por sí en diferentes posibilidades y, conforme a su esencia, ser ambiguo.

Su enjuiciamiento de la situación sigue las señales que permiten conocer si y en qué medida cruzamos la línea y por ello salimos de la zona del nihilismo consumado. En el título de su escrito, Sobre la línea, significa el «sobre» [über] tanto como: más allá, trans, ‹tem. Por el contrario, las siguientes observaciones entienden el «sobre» sólo en el significado del: de, Ûrep. Tratan «de» la línea misma, de la zona del nihilismo que se consuma. Si seguimos con la imagen de la línea, entonces encontramos que recorre un espacio que, a su vez, está determinado por un lugar. El lugar reúne. La reunión cobija lo reunido en su esencia. Desde el lugar de la línea se infiere el origen del nihilismo y de su consumación.

Mi carta quisiera pensar previamente en ese lugar de la línea y así explicar la línea. Su enjuiciamiento de la situación bajo el nombre trans lineam y mi explicación bajo el nombre de línea, se corresponden. Aquélla incluye a ésta. Ésta depende de aquélla. Con ello no le digo nada especial. Usted sabe que un enjuiciamiento de la situación del hombre respecto al movimiento del nihilismo y dentro de éste, [387] exige una determinación esencial suficiente. Tal saber falta en muchos lugares. La carencia enturbia la vista en el enjuiciamiento de nuestra situación. Hace superficial el juicio sobre el nihilismo y ciego el ojo para la presencia «de éste, el más inhóspito de todos los huéspedes» (Nietzsche, La voluntad de poder Para el plan, WW XV pág. 141). Se llama el «más inhóspito» porque él, como voluntad incondicionada de voluntad, quiere la inhospitalidad en cuanto tal. Por eso no sirve de nada mostrarle la puerta, ya que por doquier desde hace tiempo e invisible da vueltas por la casa. Es preciso divisar a ese huésped y examinarle. Usted mismo escribe (pág. 23): «Una buena definición del nihilismo sería comparable al descubrimiento del agente cancerígeno. No significaría la curación, pero sí su condición, en la medida en que generalmente los hombres colaboran en ello. Se trata ciertamente de un proceso que supera ampliamente a la historia».

Así pues, podría esperarse «una buena definición del nihilismo» de una explicación de línea, si el esfuerzo humanamente posible por la curación pudiera compararse a un cortejo trans lineam. Es cierto que usted acentúa que el nihilismo no puede equipararse a la enfermedad, como tampoco al caos y a lo malo. El nihilismo mismo, como tampoco el agente cancerígeno, no son algo enfermizo. Respecto a la esencia del nihilismo no hay ninguna perspectiva y ninguna pretensión razonable de curación. Sin embargo, su escrito mantiene un estilo médico, como ya indica la división en pronóstico, diagnóstico, terapia. El joven Nietzsche llama una vez al filósofo el «médico de la cultura» (WW X, pág. 225). Pero ahora ya no se trata sólo de la cultura. Usted dice con razón: «El todo está en juego». «Se trata del planeta en general» (pág. 47). El curar sólo puede referirse a las consecuencias malignas y a los fenómenos amenazadores que acompañan a este proceso planetario. Tanto más urgentemente necesitamos el conocimiento y el reconocimiento del agente, es decir, de la esencia del nihilismo. Tanto más necesario es el pensar, suponiendo que sólo en el pensar correspondiente se prepare una experiencia suficiente de la esencia. [388] Pero, en la misma medida en que se desvanecen las posibilidades de una curación inmediatamente eficaz, se ha reducido también la capacidad del pensar. La esencia del nihilismo no es ni curable ni incurable. Es lo sin cura, pero en cuanto tal es, sin embargo, una remisión única a la cura. Si el pensar debe acercarse al ámbito de la esencia del nihilismo, entonces será necesariamente previo y, por tanto, otro.

El que una explicación de la línea pueda aportar «una buena definición del nihilismo», el que pueda aspirar siquiera a tal cosa, será problemático para un pensamiento previo. Tiene que intentarse de otro modo una explicación de la línea. La renuncia así expresada a una definición parece abandonar el rigor del pensar. Pero también podría acontecer que sólo aquella renuncia ponga al pensar en el camino de un esfuerzo, que permita experimentar de qué índole es el rigor idóneo del pensar. Esto no puede nunca decidirse desde el tribunal de la ratio. No es en absoluto un juez justo. Hunde sin vacilar todo lo no conforme a ella en el supuesto, y además por ella misma delimitado, pantano de lo irracional. La razón .y su representar son sólo una clase del pensar y en modo alguno por sí mismo determinados, sino por aquello que el pensar ha ordenado pensar a la manera de la ratio. El que su dominio se erija como racionalización de todos los órdenes, como normalización, como nivelación en el curso del desarrollo del nihilismo europeo, da tanto que pensar como sus correspondientes intentos de huida hacia lo irracional.

Lo más grave de todo es, sin embargo, el proceso de que el racionalismo e irracionalismo se involucren por igual en un negocio de intercambio, del que no sólo ya no saben cómo salir, sino que ni tampoco quieren ya salir. Así pues, se niega aquella posibilidad por la que el pensar pudiera llegar a un mandato que se mantenga fuera de la alternativa de lo racional e irracional. No obstante, semejante pensar podría [389] ser preparado por lo que en los modos de la dilucidación, de la meditación y de la explicación histórica intenta dar pasos a tientas.

Mi explicación quisiera salir al encuentro del enjuiciamiento médico de la situación expuesto por usted. Usted mira y pasa por encima de la línea; yo sólo miro la línea por usted representada. Lo uno ayuda a lo otro alternativamente en la extensión y claridad del experimentar. Ambos podrían ayudar a despertar la «fuerza suficiente del espíritu» (pág. 47) que es requerida para un cruce de la línea.

Para que divisemos el nihilismo en la fase de su consumación, tenemos que recorrer su movimiento en su acción. La descripción de esta acción es entonces particularmente fácil de retener en la memoria si, en cuanto descripción, ella misma participa en la acción. Pero la descripción cae también por ello en un peligro extraordinario e [incurre] en una responsabilidad de largo alcance. Quien siga participando de semejante manera, tiene que concentrar su responsabilidad [Verantwortung] en aquella res-puesta [Ant-wort] que surge de un preguntar impávido dentro de la problematicidad máxima posible del nihilismo, y que como la correspondencia a ésta es asumida y divulgada.

Su obra El trabajador (1932) ha logrado la descripción del nihilismo europeo en su fase posterior a la primera guerra mundial. Se desarrolla a partir de su ensayo La movilización total (1930) El trabajador pertenece a la fase de «nihilismo activo» (Nietzsche). La acción de la obra consistió -y consiste aún en función modificada- en que hace visible el «total carácter de trabajo» de todo lo real desde la figura del trabajador. Así aparece el nihilismo, inicialmente sólo europeo, en su tendencia planetaria. Sin embargo, no hay ninguna descripción en sí, que fuera capaz de mostrar lo real en sí. Toda descripción se mueve, cuanto más agudamente procede, tanto más decididamente a su modo particular en un determinado círculo visual. Modo de ver y círculo visual -usted dice «óptica»- se entregan [390] al representar humano a partir de las experiencias fundamentales del ente en totalidad. Pero a ellas les precede ya una iluminación de lo que el ente «es» nunca realizable por los hombres. La experiencia fundamental, que soporta y atraviesa su representación y exposición, creció en las batallas de material de la primera guerra mundial. Pero el ente en totalidad se muestra a usted a la luz y a la sombra de la metafísica de la voluntad de poder, que Nietzsche interpreta bajo la forma de una teoría del valor.

En el invierno de 1939 a 1940 comenté El trabajador en un pequeño círculo de docentes universitarios. Se asombraron de que un libro tan clarividente estuviera publicado desde hace años y que nadie todavía hubiera aprendido siquiera a atreverse a intentar el dejar moverse la mirada sobre el presente en la óptica de El trabajador, y de pensar planetariamente. Se sintió que, también en este caso, no bastaba la consideración histórica universal de la historia mundial. Se leyeron entonces afanosamente los Acantilados de mármol, pero, según me pareció, sin el horizonte suficientemente amplio, es decir, planetario. Pero tampoco se sorprendieron de que un intento de comentar El trabajador fuera vigilado y finalmente suprimido. Pues pertenece a la esencia e la voluntad de poder el no dejar aparecer en la realidad, en la que ella misma se hace presente, lo real de lo que se apodera.

Permítame que reproduzca una anotación del intento de comentario mencionado. Se debe a que espero poder decir en esta carta algunas cosas más clara y libremente. La nota dice:

«La obra de Ernst Jünger, El trabajador, tiene peso porque logra, de un modo distinto a Spengler, proporcionar lo que no fue capaz hasta ahora toda la literatura nietzscheana, a saber, una experiencia del ente y de cómo es, a la luz del proyecto nietzscheano del ente como voluntad de poder. Sin duda que con ello no se comprende en absoluto la metafísica de Nietzsche de modo pensante; y ni siquiera se indican los caminos hacia ello; por el contrario: en lugar de digna de preguntarse en sentido auténtico, se vuelve esa metafísica en comprensible de suyo y aparentemente superflua». [391]

Como ve usted, la pregunta crítica piensa en un sentido cuyo seguimiento sin duda no pertenece al círculo temático de las descripciones que lleva a cabo El trabajador. Mucho de lo que sus descripciones hicieron ver y por primera vez expresaron, lo ve y dice hoy cualquiera. Además, La pregunta por la técnica debe a las descripciones de El trabajador un estímulo duradero. Respecto a sus «descripciones» cabe anotar que no sólo pintan algo real ya conocido, sino que hacen accesible «una nueva realidad», por lo que «se trata menos de nuevos pensamientos o de un nuevo sistema...» (El trabajador, prólogo).

Todavía hoy, -como no podía ser menos-, se recoge lo fecundo de su decir en la «descripción» bien entendida. Pero la óptica y el círculo visual que guían el describir no están determinados ya, o no lo están de modo adecuado, como antes. Pues usted no participa ya en aquella acción del nihilismo activo, que también en El trabajador es pensada en sentido nietzscheano en la dirección de una superación. Sin embargo, el no-tomar-parte no significa en absoluto: estar fuera del nihilismo, máxime si la esencia del nihilismo no es nihilista y si la historia de esta esencia es más vieja y sigue siendo más joven que las fases históricamente constatables de las diversas formas del nihilismo. Por ello no pertenece a su obra El trabajador y el subsiguiente, y todavía más sobresaliente ensayo Sobre el dolor (1934) a los actos retirados del movimiento nihilista. Al contrario: me parece que esas obras quedan, porque, en la medida en que hablan el lenguaje de nuestro siglo, puede prenderse de nuevo en ellas la discusión todavía no conseguida con la esencia del nihilismo.

Mientras escribo esto, me acuerdo de nuestra conversación a finales de la pasada década. Yendo de paseo por un camino del bosque nos paramos en un sitio donde se desviaba un sendero del [392] bosque [Holzweg]. Entonces le animé a reeditar, y sin cambios, El trabajador. Usted siguió esta propuesta pero con reticencia por motivos que concernían menos al contenido del libro que al momento justo de su reaparición. Muestra conversación sobre El trabajador se interrumpió. Yo mismo tampoco estaba lo bastante concentrado como para poder explicitar de modo suficientemente claro los motivos de mi propuesta. Entretanto llegó a la sazón el tiempo de decir algo sobre ello.

Por un lado, el movimiento del nihilismo se ha vuelto más patente en su irresistibilidad multiforme que devora todo. Ninguna persona inteligente querrá aún negar hoy que el nihilismo en las formas mas diversas y escondidas es «el estado normal» de la humanidad (véase Nietzsche, La voluntad de poder, n. 23). Lo prueban muy bien los intentos exclusivamente re-activos contra el nihilismo que, en lugar de entrar a una discusión con su esencia, se dedican a la restauración de lo anterior. Buscan la salvación en la huida, a saber, en la huida de la mirada a la problematicidad de la posición metafísica del hombre. La misma huida apremia también allí donde en apariencia se abandona toda metafísica y se la sustituye por Logística, Sociología y Psicología. La voluntad de saber que aquí irrumpe y su dúctil organización conjunta señalan un aumento de la voluntad de poder, de distinta clase de aquella que Nietzsche caracterizó como nihilismo activo.

Por otro lado, su propio crear y aspirar busca encontrar una salida de la zona del nihilismo pleno, sin perder usted el plano de la perspectiva que abrió El trabajador desde la metafísica nietzscheana.

Usted escribe (Sobre la línea, pág. 59): «La movilización total ha entrado en un estadio que supera en amenazas todavía al pasado. Sin duda el alemán ya no es su sujeto, y por ello crece el peligro de que se le comprenda como su objeto». Aun ahora sigue usted viendo, y ciertamente con razón, la movilización total como un carácter distintivo [393] de lo real. Pero cuya realidad ya no está para usted determinada por la «voluntad de (subrayado por mí) la movilización total» (El trabajador, pág. 148), y ya no de modo que esta voluntad pueda valer como la única fuente de «donación de sentido» justificadora de todo. Por eso, usted escribe (Sobre la línea, pág. 50): «No hay ninguna duda de que nuestra existencia (es decir, según la pág. 52 «las personas, obras e instituciones») se mueve en su totalidad sobre la línea crítica. Con ello se modifican peligros y seguridad». En la zona de la línea el nihilismo se aproxima a la consumación. El total de la «existencia humana» sólo puede cruzar la línea si esta existencia sale de la zona del nihilismo pleno.

Según ello, una explicación de la línea tiene que preguntar: ¿en qué consiste la consumación del nihilismo? La respuesta parece obvia. El nihilismo se ha consumado cuando ha prendido todas las existencias y está por todas partes, cuando ya no puede afirmarse que sea una excepción, en tanto que se ha vuelto un estado normal. Pero en el estado normal se realiza sólo la consumación. Aquél es una consecuencia de ésta. Consumación significa la concentración de todas las posibilidades esenciales del nihilismo, que en conjunto y aisladamente siguen siendo difícilmente penetrables. Las posibilidades esenciales del nihilismo sólo se dejan pensar si pensamos de nuevo su esencia. Digo «de nuevo», porque la esencia del nihilismo precede, y por tanto perdura en, los fenómenos nihilistas aislados, y los concentra en la consumación. Sin embargo, la consumación del nihilismo no es ya su final. Con la consumación del nihilismo comienza sólo la fase final del nihilismo, cuya zona se presume, ya que está dominada por un estado normal y su consolidación, que es inusualmente amplia. Por eso la línea-cero, donde la consumación llega a su final, a lo mejor no es todavía visible.

¿Qué pasa entonces con la perspectiva de un cruzar la línea? ¿Está ya la existencia humana en tránsito [394] trans lineam o sólo pisa el amplio predio ante la línea? Pero quizá nos fascina también un espejismo inevitable. Quizá aparezca súbitamente ante nosotros la línea-cero bajo la forma de una catástrofe planetaria. ¿Quién la cruza entonces? ¿Y qué pueden las catástrofes? Las dos guerras mundiales ni han detenido el movimiento del nihilismo ni lo han desviado de su dirección. Lo que usted dice (pág. 59) sobre la movilización total lo confirma. ¿Qué pasa ahora con la línea crítica? En cualquier caso, de modo que una explicación de su lugar pudiera despertar una meditación sobre si y en qué medida podemos pensar en un cruce de la línea.

Pero el intento de decir con usted en el diálogo epistolar algo de línea, topa con una dificultad especial, cuya razón consiste en que usted habla el mismo lenguaje en el «más allá» sobre la línea, es decir, en el espacio más acá y más allá de la línea. Parece que, en cierta manera, se ha abandonado ya la posición del nihilismo al cruzar la línea, pero ha quedado su lenguaje. Me refiero aquí al lenguaje no como simple medio de expresión, que se puede quitar y cambiar como un disfraz, sin que aquello que ha llegado a expresarse sea afectado por ello. En el lenguaje aparece lo primero de todo y se presenta aquello que nosotros, en el empleo de las palabras correctas, pronunciamos aparentemente sólo de manera adicional, y justo en expresiones de las que pensamos que podrían omitirse a discreción y ser sustituidas por otras. Me parece que el lenguaje revela en El trabajador sus rasgos principales al inicio de todo, en el subtítulo de la obra. Dice: «Dominio y forma». Él caracteriza el esquema de la obra. Usted entiende «forma» [Gestalt] primero en el sentido de la Psicología de la forma de aquella época, como «un todo que comprende más que la suma de sus partes». Podría considerarse en qué medida esa caracterización de la forma se sigue apoyando, por el «más» y «la suma», en el pensar que suma y deja el carácter de forma en lo indeterminado. [395] Pero usted da a la forma un rango cúltico y la aparta con razón de la «mera idea».

Pero aquí se interpreta la «idea» modernamente en el sentido de perceptio, del representar por un sujeto. Por otra parte, sigue siendo también asequible para usted la forma sólo en un ver. Es aquel ver que se llama en los griegos, nÝedÞ, palabra que Platón usa para un mirar, el cual no mira lo mutable perceptible sensiblemente, sino lo inmutable, el ser, la a¡dÞ. También usted caracteriza la forma como «ser en reposo». La forma no es ciertamente ninguna «idea» en sentido moderno, por tanto tampoco ninguna representación regulativa de la razón en sentido de Kant. El ser en reposo sigue siendo para el pensar griego puramente distinto (diferente) frente al ente mutable. Esta diferencia entre Ser y ente aparece entonces, mirando desde el ente hacia el Ser, como la trascendencia, es decir, como lo metafísico. Pero la diferenciación no es ninguna separación absoluta. Lo es tan poco que en el presentar (ser) lo pre-sente (ente) es pro-ducido, pero sin embargo, no causado, en el sentido de una causalidad eficiente. Lo pro-ducente es a veces pensado por Platón como lo acuñante wopæt (véase Teeteto, 192a, 194b). También usted piensa la relación de la forma para con lo que «forma», como la relación del cuño y la acuñación. En todo caso, usted entiende el acuñar de modo moderno, como un conferir «sentido» a lo sin-sentido. La forma es «fuente de donación de sentido» (El trabajador, pág. 148).

La referencia histórica a la copertenencia entre forma, a¡dÞ y Ser no quisiera confundir históricamente respecto a su obra, sino mostrar que sigue siendo natural de la metafísica. Conforme a ésta, todo ente, el cambiante y movido, móvil y movilizado, se representa desde un «Ser en reposo», y esto también aun allí donde, como en Hegel y Nietzsche, el «Ser» (la realidad de lo real) es pensado como devenir puro y movilidad absoluta. La forma es «poder metafísico» (El trabajador, págs. 113, 124, 146). [396]

En otro aspecto se diferencia, sin embargo, el representar metafísico en El trabajador del platónico e incluso del moderno, excepto del de Nietzsche. La fuente de sentido, el poder presente de antemano y que así acuña todo, es la forma en cuanto forma de una naturaleza humana: «La forma del trabajador». La forma reposa en las estructuras esenciales de una naturaleza humana, que como sujeto subyace a todo ente. No la yoidad de un hombre aislado, lo subjetivo de la egoidad, sino la presencia preformada con carácter de forma de una estirpe (tipo) configura la subjetividad extrema, que aparece en la consumación de la metafísica moderna y por cuyo pensar es representada.

En la forma del trabajador y su dominio ya no se mira a la subjetiva, y mucho menos entonces a la subjetidad subjetivista de la esencia humana. El ver metafísico de la forma del trabajador corresponde al proyecto de la forma esencial de Zaratustra dentro de la metafísica de la voluntad de poder. ¿Qué se esconde en ese aparecer de la subjetividad objetiva del

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