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Martes 1 de diciembre de 2009 Florencia Eloy


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Martes 1 de diciembre de 2009

Florencia - Eloy


EVANGELIO

Lucas 10, 21-24


21En aquel preciso momento, exultante con el gozo del Espíritu Santo, exclamó:

-¡Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra, porque si has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla! Sí, Padre, bendito seas por haberte parecido eso bien. 22Mi Padre me lo ha entregado todo: quién es el Hijo, lo sabe sólo el Padre; quién es el Padre, lo sabe sólo el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

23Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:

-¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! 24Porque os digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros y no lo oyeron.

COMENTARIOS


I
JESUS PRORRUMPE EN UN CANTICO DE ALABANZA

«En aquel preciso momento, con la alegría del Espíritu Santo, Jesús exclamó...» (10,21a). A pesar de ser Jesús un hombre alegre y feliz, que comía y bebía con todos, y no un asceta por el estilo de Juan Bautista, solamente aquí se transparenta su alegría. Se trata de uno de los procedimientos literarios más bellos e inten­cionados: el autor quiere dar el máximo relieve posible a los hechos que han ocurrido por primera vez. Finalmente, hay un grupo de discípulos que ha sido capaz de expulsar las falsas ideologías que encadenaban a la gente. Jesús está en sintonía con los Setenta. A través de la misión bien hecha, llevada a cabo por estos personajes anónimos, y de la reacción exultante de Jesús, Lucas anticipa cómo será la misión ideal: abierta, universal, liberadora. «Bendito seas, Padre, Señor de cielo y tierra» (10,21b). Jesús deja transparentar su experiencia de Dios, «Pa­dre», y prorrumpe en un canto de alabanza porque ya no hay dicotomía entre el plan de Dios («cielo») y su realización concreta («tierra»). Este plan se ha ocultado a los «sabios y entendidos», los letrados o maestros de la Ley (cf. 5.17.21.30; 7,30), y a los que se tienen por «justos» (cf. 5,32), pues sus intereses mezquinos hacen que sus conocimientos científicos no sean útiles a la comu­nidad -su influencia se deja sentir incluso en los discípulos israelitas, los Doce, seguros de sí mismos y de sus instituciones religiosas-, y se ha revelado a los «pequeños», a los Setenta, despreciados por su origen étnico y religioso, pero con capacidad para comprender las líneas maestras del designio de Dios. Son hombres sin fachada.

Jesús cierra la acción de gracias como la había iniciado: «Sí, Padre, bendito seas, por haberte parecido eso bien» (10,21c). Estamos cansados de repetir que los planes de Dios no van parejos con los nuestros, pero lo decimos en otro sentido. Los «nuestros» son los planes de la sociedad en la que nos encontra­mos inmersos: pretendemos eficacia, salud, pesetas (más bien marcos o yenes, ¿no es así?), quisiéramos figurar como la única religión verdadera, ser respetados por los poderosos, aparecer en los medios de comunicación... Jesús tiene otros valores, valo­res que han comprendido los sencillos, los pequeños, los que ya están al servicio de los demás, los que no tienen aspiraciones y están abiertos a todos.

De la acción de gracias Jesús pasa a una revelación que habría firmado el propio evangelista Juan: «Mi Padre me lo ha entrega­do todo, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre, ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (10,22). Jesús tiene conciencia de conocer a fondo el plan de Dios. Ha tomado conciencia de ello en el Jordán, cuando se abrió el cielo de par en par, bajó el Espíritu Santo sobre él y la voz del Padre lo manifestó como su Hijo amado: «Hijo mío eres tú, yo hoy te he engendrado» (cf. 3,21-22). La comunidad de Espíritu entre el Padre y el Hijo explica esta relación de intimidad, que, por primera vez, Jesús revela a sus íntimos. Sólo conoce al Padre aquel que recibe el Espíritu de Jesús y experi­menta así el amor del Padre. El conocimiento que el estudio de la Ley, la Escritura, procuraba a los «sabios y entendidos» no es verdadero conocimiento. Estaba falto del conocimiento por experiencia que sólo puede procurar el Espíritu de Jesús.


JESUS PROPONE A LOS DOCE EL MODELO YA ALCANZADO

POR LOS SETENTA


A continuación Jesús muestra a los Doce, los discípulos pro­cedentes del judaísmo, este plan ya inicialmente realizado por los Setenta: «Y volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte: ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis"» (10,23). «Volverse» constituye una marca típica del evangelista para indicar un cambio de ciento ochenta grados en la actitud de Jesús respec­to a un determinado personaje o colectividad, motivado por un hecho nuevo que se acaba de producir (cf. 7,9.44; 9,55; 10,23; 14,25; 22,61; 23,28); «tomar aparte» indica, además, que un grupo determinado tiene necesidad de una lección particular, en vista de la resistencia que ofrece a su proyecto (cf 9,10b; 10,23). Jesús muestra a los Doce cuáles son los frutos de una misión bien ejecutada. También ellos deben alegrarse, sin reser­vas, porque la utopía del reino es viable.

Si nos planteamos realizar el reino de Dios sin contar con los medios humanos y con toda sencillez, comprobaremos que funciona. Hacía años y más años que se esperaba este momento. «Profetas», hombres que intuyeron cuál era el plan de Dios sobre el hombre, y «reyes», los principales responsables del pueblo de Israel, «desearon ver lo que vosotros veis», a saber: lo que los Setenta ya han llevado a cabo, «y no lo vieron», puesto que el plan de Dios no se había aún encarnado en un hombre de carne y hueso; «y oír lo que oís vosotros», ese estallido de gozo y alegría, «y no lo oyeron», pues no había nadie que se lo procla­mase. El éxito del reino en Samaría, la región semipagana, es prenda de universalidad. Se está cumpliendo la promesa del reino mesiánico (Sal 2,8; 72,10-11; Dn 4,44; 7,27). Es la respuesta de Jesús a la segunda tentación (cf Lc 4,6-7): la universalidad del reino mesiánico no se logrará mediante el dominio ni por la ostentación de poder y de gloria, sino liberando a los hombres del yugo que los agobia.

II
Jesús ayuda a los 72 discípulos a hacer una revisión y evaluación de su trabajo misionero, distinguiendo entre lo que es más importante y lo que no lo es tanto.

Jesús se muestra alegre y agradece al Padre porque los sencillos han entendido y atendido el mensaje del reinado de Dios, mientras los sabios y doctores no han comprendido un ápice. Lucas muestra una clara predilección de Jesús por los pobres y pequeños, excluidos de una sociedad aparentemente “bien organizada”. Los 72 discípulos son los sencillos que han comprendido la clave del mensaje y el anuncio de Jesús, mientras los sabios y los doctores deben inscribirse en la escuela de vida de los sencillos para comprender como ellos los misterios del reino.

La acción del Espíritu Santo mueve a Jesús a agradecer, desde el reverso de la historia, por un modelo de sociedad alternativa y plenamente humana basada en el “ser” y no en el “tener”. Los conocimientos, la sabiduría adquirida en los claustros, no son condición necesaria y absoluta para comprender el mensaje de Jesús. Se necesita humildad, que sólo se enseña en la cotidianidad y la práctica de vida con la gente sencilla y pobre por la que Jesús hace una opción comprometida.

Miércoles 2 de diciembre de 2009

Bibiana / Viviana
EVANGELIO

Mateo 15, 29-37


29Jesús se marchó de allí y llegó junto al mar de Gali­lea; subió al monte y se quedó sentado allí. 30Acudieron grandes multitudes llevándole cojos, ciegos, lisiados, sor­domudos y otros muchos enfermos; los echaban a sus pies y él los curaba. 31La multitud estaba admirada viendo que los mudos hablaban, los lisiados se curaban, los cojos an­daban y los ciegos veían; y alababan al Dios de Israel.

32Jesús llamó a sus discípulos y les dijo:

-Me conmueve esta multitud, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer. Y no quiero despe­dirlos en ayunas, no sea que se desmayen por el camino.

33Los discípulos le preguntaron:

-Y en un despoblado, ¿de dónde vamos a sacar pan bastante para saciar a una multitud tan grande?

34Jesús les preguntó:

-¿Cuántos panes tenéis?

Contestaron:

-Siete y unos cuantos pececillos.

35Mandó a la multitud que se recostase en la tierra, 36tomó los siete panes y los pececillos, pronunció una ac­ción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos; los discípulos se los daban a las multitudes. 37Todos comieron hasta quedar saciados y recogieron los trozos so­brantes: siete espuertas llenas.

COMENTARIOS


I
Lo mismo que la curación del hombre del brazo reseco, figura del pueblo sometido a la institución judía, iba seguida de la cura­ción de muchos enfermos, mostrando la extensión de la obra libe­radora de Jesús, así la liberación de la hija de la cananea va seguida de la de muchos enfermos, que representan a los paganos que tienen fe en Jesús. Este se sienta en el monte (cf. 5,1s), es decir, toma su puesto en la esfera divina. El hecho de que los enfermos tengan acceso a ese monte indica que ya han dado su adhesión a Jesús.

«Y otros muchos»: el texto quiere resaltar el gran número. Jesús trae una salvación universal. La alabanza de la gente «al Dios de Israel» indica que no son israelitas (cf. 9,8: «y alababa a Dios», de una multitud israelita).

Las curaciones que hace Jesús corresponden a «las obras del Mesías» mencionadas por Jesús con ocasión del recado de Juan Bautista (11,2-5; cf. Is 35,5s; 29,18s).

El contexto anterior introduce la escena de los panes. En el primer episodio de los panes comió una multitud judía; ahora, una multitud pagana (lo mismo en Mc). La diferencia se manifiesta en numerosos detalles: en vez de cinco, siete panes, alusión a los se­tenta pueblos paganos; en vez de doce (Israel) «cestos», término usado en Palestina, siete «espuertas», término usado fuera de Pa­lestina (cf. 16,9s); en lugar de cinco mil hombres, cuatro mil, alu­sión a los cuatro puntos cardinales, es decir, a la humanidad ente­ra; en vez de «bendecir», expresión hebrea, «dar gracias», expresión griega del mismo significado.

Esta vez, Jesús toma la iniciativa. No es una multitud crónica­mente hambrienta; su hambre se debe a haber estado tres días con Jesús. Los tres días pueden ser alusión a Os 6,2: «al tercer día nos resucitará/levantará», y a la resurrección de Jesús mismo. Es, por tanto, una multitud que ha obtenido de Jesús la salvación. De ahí que no se corresponda el número de panes con el de personas (siete, cuatro mil; cf. 14,17.21, cinco y cinco mil, con alusión al Es­píritu). La salvación se ha dado antes de comer el pan.

Los discípulos se plantean directamente la cuestión de tener que alimentar ellos a la multitud. A pesar de la experiencia del epi­sodio anterior, no se creen capaces sin ayuda de otros. «Se recos­taron» (35), de nuevo la postura de los hombres libres. «En la tie­rra», alusión a 5,5: «porque ésos van a heredar la tierra»; son li­bres e independientes porque la adhesión a Jesús los ha sacado de su condición de sometidos. La saciedad (37: «quedaron satisfechos») está en relación con 5,6. Saciar el hambre es la primera exigencia de la justicia (cf. 14,20). El hecho de que quedan saciados por obra de los discípulos muestra que la obra liberadora de Dios se hace por medio de hombres, a partir de Jesús.

II
El relato de Mateo subraya la admiración de la gente, que alaba al Dios de Israel, el liberador de las opresiones del pueblo que manifiesta su salvación en la persona de Jesús.

Acto seguido aparece el segundo relato de la multiplicación de los panes, con alusiones y recuerdos del Antiguo Testamento, pero con elementos que ofrecen novedad y proyección para la nueva comunidad cristiana: Eucaristía, discipulado y proyección del mensaje a otros pueblos.

Las orillas del lago, donde Jesús curó a tantos enfermos, siguen siendo el escenario donde él muestra compasión por las necesidades básicas de la gente y anima a otros a sentir la responsabilidad de ofrecer alternativas de vida. Compartir el pan es el gran milagro que hace posible una nueva forma de vida para tantos y tantas que son olvidados por las estructuras injustas de nuestra sociedad. Hoy necesitamos ser hombres y mujeres que compartamos nuestro pan con quienes no lo tienen; que seamos solidarios con tantas urgencias de ayuda; que respondamos oportuna y eficazmente al llamado de quienes sufren a nuestro lado.

Jueves 3 de diciembre de 2009

Francisco Javier
EVANGELIO

Mateo 7, 21. 24-27


21No basta decirme: «¡Señor, Señor!», para entrar en el reino de Dios; no, hay que poner por obra el designio de mi Padre del cielo.

24En resumen: Todo aquel que escucha estas palabras mías y las pone por obra se parece al hombre sensato que edificó su casa sobre roca. 25Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos y arremetieron contra la casa; pero no se hundió, porque estaba cimentada en la roca.

26Y todo aquel que escucha estas palabras mías y no las pone por obra se parece al necio que edificó su casa sobre arena. 27Cayó la lluvia, vino la riada, soplaron los vientos, embistieron contra la casa y se hundió. ¡Y qué hundi­miento tan grande!

COMENTARIOS


I
vv. 21-23. De nuevo, en otro sentido, el primado de las obras sobre las palabras. No basta el devoto reconocimiento de Jesús, hay que vivir cumpliendo el designio del Padre del cielo (cf. 12,50). La adición «del cielo» y el término «designio» ponen este aviso en relación con la primera parte del Padrenuestro (6,9s), que, a su vez, remite a la práctica de las bienaventuranzas. Jesús no quiere discípulos que cultiven sólo la relación con él, sino seguidores que, unidos a él, trabajen por cambiar la situación de la humanidad.

Después de enunciar el principio afirma Jesús que serán mu­chos los que «aquel día», el que nadie conoce (25,13), lo llamarán «Señor, Señor», aduciendo sus obras para encontrar acogida. Las obras que se citan: «haber profetizado», «haber expulsado demo­nios» y «haber realizado milagros», fueron hechas «por/con su nombre», es decir, invocando la autoridad de Jesús. Este, sin em­bargo, no las acepta; considera esas obras, no solamente sin valor, sino como propias de malhechores. El término anomia, iniquidad, es el que Jesús aplica a los letrados y fariseos hipócritas (23,28), y la frase de rechazo se encuentra en Sal 6,9, donde los malhe­chores son los que oprimen al justo y le procuran la muerte. Esta perícopa, en cuanto a su sentido, no está lejos de la anterior (15-20). Estos que cumplen acciones extraordinarias y que llevan en sus labios el nombre del Señor, tienen una actividad que, aunque aparentemente laudable, es en realidad inicua, porque no nace del amor ni tiende a construir la humanidad nueva según el designio del Padre (21).


vv. 24-27. El discurso termina con una parábola compuesta de dos miembros contrapuestos. Jesús habla de dos clases de hombres que han oído el discurso precedente. La diferencia entre ellos se centra en llevar o no llevar a la práctica la doctrina escuchada. «La casa» que pertenece al hombre («su casa») representa al hom­bre mismo. El éxito de su vida y la capacidad para mantenerse firme a través de los desastres, que pueden identificarse con las persecuciones (5,11s), depende de que su vida tenga por cimiento una praxis acorde con el mensaje de Jesús, cuyo punto culminante han sido las bienaventuranzas. Se descubre una alusión a los in­dividuos retratados en la perícopa anterior (21-23). Jesús ha habla­do como maestro; su doctrina expresa el designio del Padre sobre los hombres (7,21). Toca al hombre no sólo entenderla, sino lle­varla a la práctica. De ello depende el éxito o la ruina de su propia vida.

Las multitudes que lo habían seguido antes de comenzar el dis­curso (4,25) han escuchado la exposición de Jesús y su reacción es de asombro. Acostumbrados a la enseñanza de los letrados, que repetían la doctrina tradicional apoyándose en la autoridad de los antiguos doctores, notan en Jesús una autoridad diferente. No se apoya en la tradición; expone su doctrina interpretando, corrigien­do o anulando las antiguas prescripciones. La alusión a los letrados, mencionados en el discurso (5,20), es polémica. Ante la enseñanza de Jesús, la de los letrados ha perdido su autoridad. Lo que ellos proponían como tradición divina deja de aparecer tal a los ojos de las multitudes que han escuchado a Jesús. La doctrina oficial cae en el descrédito.

Se cierra el contexto del discurso mencionando que grandes multitudes siguen a Jesús después de su enseñanza, en paralelo con las que lo siguieron hasta el lugar del discurso (4,25; 5,1). La enseñanza tan nueva y radical de Jesús no ha hecho disminuir su popularidad.

II
El evangelio nos presenta en palabras bastante fuertes un reproche que debe confrontar nuestra vida personal, familiar y comunitaria: ¿cuántas veces nos hemos llamado cristianos, seguidores auténticos de Jesús, hemos rezado y participado en muchas celebraciones, pero no hemos sido solidarios con las personas que a nuestro lado nos necesitan? El cristiano de todos los tiempos necesita revisar permanentemente esta situación, confrontarse con el Evangelio y descubrir cuáles son las bases de su vida y de su fe, si lo que piensa está de acuerdo con lo que hace, si existe coherencia entre lo que dice creer y su vivencia de fe.

Es fácil desviarnos del camino de la vida cuando en lo que hacemos nos quedamos más en las palabras y en los hechos externos, sin profundizar en el sentido profundo o en las motivaciones que orientan nuestra práctica, o, dicho en palabras del evangelio de hoy, “no haciendo la voluntad del Padre del cielo”.

Muchos cristianos, de ayer y de hoy, seguimos viviendo nuestra fe más preocupados de los ritos externos -que muchas veces nos dejan vacíos- que de lo fundamental para nuestra vivencia de fe, que es si hemos amado de verdad, si hemos comprendido la centralidad del mensaje del reino que nos enseñó Jesús.


Viernes 4 de diciembre de 2009

Juan Damasceno - Bárbara

EVANGELIO

Mateo 9, 27-31
27Cuando se marchó de allí, al pasar lo siguieron dos ciegos pidiéndole a gritos:

-Ten compasión de nosotros, Hijo de David.

28Al llegar a la casa, se le acercaron los ciegos; Jesús les preguntó:

-¿Tenéis fe en que puedo hacer eso?

Contestaron:

-Sí, Señor.

29Entonces les tocó los ojos diciendo:

-Según la fe que tenéis, que se os cumpla.

30Y se les abrieron los ojos. Jesús les avisó muy en serio:

-Mirad que nadie se entere.

31Pero cuando salieron hablaron de él por toda aquella comarca.

COMENTARIOS


I
La frase inicial de esta perícopa está en paralelo con la que introducía la llamada de Mateo (9,9); “al salir de allí”, conexión con la perícopa anterior, lo siguen dos ciegos que le piden la curación y lo aclaman reconociéndolo como Hijo de David. Este título ha aparecido encabezando la genealogía de Jesús (cf. 21,9), junto con el de hijo de Abrahán (1,1). Es la herencia que le corres­ponde por la ascendencia de José, pero su realidad es muy supe­rior a ella. El mismo negará en el templo que el Mesías sea «hijo/ sucesor» de David (22,4146). El no tiene padre humano y no se define, por tanto, por la ascendencia de José. Su dependencia de la tradición de Israel se rompe por el nacimiento virginal. Nacido por obra del Espíritu y teniendo por Padre a Dios, se define como el Mesías Hijo de Dios (cf. 16,16; 26,63) y como «el Hombre». Ada­marlo como hijo de David significa no conocer su verdadera rea­lidad, considerarlo un Mesías nacionalista (cf. 20,30). Solamente después de su entrada en Jerusalén, cuando haya cumplido la profecía de Zac 9,9 sobre el Mesías no violento (21,4s) y haya hecho la denuncia del templo que manifiesta su ruptura con la institución judía (21,13), tendrá este título su verdadero sentido mesiánico y será aceptado por Jesús (21,15s). Aquí son ciegos los que lo acla­man como hijo de David; en el templo serán precisamente aquellos a quienes él ha curado de su ceguera. Jesús no reacciona ante la aclamación de los ciegos. «La casa» es símbolo de su comunidad y allí se le acercan los ciegos. Jesús se refiere solamente a la peti­ción implícita que le han hecho («ten compasión de nosotros», en relación con 5,7).

Ante la fe de los ciegos, toca sus ojos y pronuncia una frase en todo semejante a la que dijo al centurión («Según la fe que tenéis, que se os cumpla»). Dar vista a los ciegos era uno de los signos de la salvación definitiva, anunciada por los profetas, como símbolo de la liberación de la tiranía (Is 29, l8ss; 35,5.10; 42,6s; 49,6.9s). Las tinieblas se desvanecen ante la revelación de Dios (cf. Is 60,1). «Abrir los ojos a los ciegos» representa, por tanto, sacarlos de la esclavitud y continuar el éxodo que ha de llevar a la tierra prometida.

Siendo estos ciegos israelitas, como aparece por la aclamación «Hijo de David», que delata su concepción nacionalista del Mesías según la doctrina oficial, la obra de Jesús consiste en sacarlos de esa ideología, que, encarnada en la interpretación de la Ley, procura la muerte. Jesús les prohibe comunicar el hecho, pero ellos no le obedecen. Lo divulgan por toda la comarca, la misma que ha oído la noticia de la resurrección de la hija del jefe (9,26).

¿ Por qué no había prohibido Jesús que se divulgase ésta y, en cambio, prohibe a los ciegos comunicar la noticia de su curación? Israel debe saber que es la Ley del exclusivismo la que impide su vida, pero no debe saber aún que Jesús inicia un éxodo que lleva a una nueva tierra prometida, la nueva comunidad. Si esto se di­vulgase ya desde ahora, le impediría llevar a cabo su misión. Aún no ha roto Jesús abiertamente con la sinagoga.


II

Estos dos personajes del evangelio representan a una comunidad que todavía no reconoce en la presencia de Jesús la acción de Dios. Ellos, destinados a seguir y anunciar a Jesús, son un signo elocuente de nuestra vivencia de fe enceguecida por tantos caprichos que nos empobrecen y no nos dejan ser cada día más humanos y hermanos.

Nosotros podemos ser esos ciegos que van detrás del Maestro suplicando algo de luz para nuestra vida. El milagro de Dios nos compromete a divulgar su luz en medio del mundo tan lleno de sombras y muerte. Lo único certero, por lo que deberían evaluarnos, después del amor, sería nuestra confianza ciega en seguir y actuar conforme al mensaje del Evangelio en la vida; ser signo de luz que testimonie la presencia de Jesús en ella. Recobrar la vista es estar destinados a encontrar la Luz y seguir a Jesús.

La luz, ese símbolo básico de lo humano, permite descubrir y superar nuestra propia realidad de oscuridad, como paso obligado para crecer en humanidad. Pasar de la oscuridad a la luz en el campo de la fe, incluye poder ver por uno mismo, poder iluminar a otros y encontrar senderos que alumbren toda vida humana.


Sábado 5 de diciembre de 2009

Ada - Anastasio - Sabas
EVANGELIO

Mateo 9, 35-38; 10, 1.6-8


35Recorría Jesús todos los pueblos y aldeas, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la buena noticia del Reino y curando todo achaque y enfermedad.

36Viendo a las multitudes, se conmovió, porque anda­ban maltrechas y derrengadas como ovejas sin pastor.

37Entonces dijo a sus discípulos:

-La mies es abundante y los braceros pocos; por eso, 38rogad al dueño que mande braceros a su mies.
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