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Marta de arévalo *: gloria y fatiga de la soledad


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Marta de ARÉVALO *:
GLORIA Y FATIGA DE LA SOLEDAD *

Yo no quiero ver a nadie.

Nadie ronde mi baranda.

Trenzo y destrenzo en silencio

una música de alas.
M. de A.
Soledad, palabra inmensa. Pavorosa, áspera, maléfica para algunos. Reverenciada, magnífica, inefable para otros. Una vivencia manifestada en dos realidades diferentes de innumerables matices y variados rostros.
Una, es atmósfera gris, agobiante, melancólica, que atrapa, encierra, herrumbra. Sus rostros: el olvido, la frustración, la nostalgia, la ausencia… La otra es dimensión luminosa, llave de concreciones, inspiradora de ideas, camino de contemplación. Sus rostros: el silencio fecundo, el gozo espiritual, la integración con el Yo interior.
Por estos universos contrapuestos transcurren y se realizan las vidas humanas, en alternancia de claridad y tiniebla sobre la existencia temporal y en un desequilibrio constante oscilando en la índole secreta de cada ser. Por lo cual, cada uno de nosotros, elige, o mejor, carga o disfruta, la soledad asignada o adquirida. Porque cada cual lleva su propia soledad, como lleva en sí su propio mundo, fatalmente henchido de soledad.
En todo tiempo, la Inseparable Compañera ha templado los pulsos o ha agotado los ánimos; ha enriquecido o ha doblegado a hombres y mujeres. Porque a través de la soledad, al resistirla, el hombre ha caído en abismos, o, por el contrario, al asimilarla, ha renacido transformado y fortalecido, superando obstáculos.
Desde siempre esto fue conocimiento implícito de los poetas. Como fue patrimonio de ellos – gloria y fatiga- el cantarla en dulce reclamo o en amargo suspiro, mientras se han encendido sus lámparas sensibles, para hacerla florecer en belleza desde la raíz de sus tristezas.
Porque, ¿qué poeta que lo sea, no es un solitario infeliz – incomprendido peregrino del mundo- y al mismo tiempo, morbosamente feliz, por tanta infelicidad inspiradora obtenida con fatiga de su alma?
Ya lo sugirió aquel genial alemán, Rainer María Rilke, en Cartas a un joven poeta: “…ame soledad, sobrelleve el dolor que le ocasiona y que el son de su queja sea bello…”
¡Poetas! (Y me cuento) Profundos y pueriles. Inteligencias privilegiadas que sucumben la golpe de una mirada indiferente; que mueren de sed al borde de la fuente del amor; que padecen delirio ante el desaire de un vocablo esquivo… ¡Poetas! Grandes solitarios, héroes de la marginalidad que develan los secretos laberintos del alma, con el filo de la palabra exacta y el giro de una cadencia nueva, para darte, hombre, mujer, el solitario consuelo de ver tu propia llaga en desolación ajena.
Porque mística o amable, lamentosa o grave, pero siempre en verdad y armonía, la voz plural de los poetas, recrea la humana, universal Soledad.
Oigamos, a través de algunos poemas fragmentados, la voz de poetas que cantaron a las muchas formas de la soledad.
Fue hace muchos siglos que la legendaria Safo de Lesbos, la de los cabellos violetas, como la llamó Alceo, cantó al son de la lira eolia esta estrofa de amor, sufriente de soledad:
Sacude mi alma Eros

como el viento sobre el monte

al irrumpir en las encinas;

y suelta los miembros y los agita

dulce, amarga, indómita fiera…

Pero yo, sin mieles y aguijones,

sufro y deseo. 1

En el siglo VIII de nuestra era, el chino Po Chu Yi dejó, en su poema El espejo y la copa, esta imagen de la soledad en la vejez, que desea negar refugiándose en el vino:


Quiero cambiar el espejo de bronce de mi cofre

por una copa de oro y de jade blanco.

No podré huir de la vejez

que aparecerá en el espejo

pero mi pena se disipará ante la copa.2
Del Romancero español, nos llega la soledad del prisionero, sólo alegrada en el alba, por el canto de un ave que alivia su condena y simboliza el ansia de evasión. No obstante que hasta ese pequeño consuelo le es quitado.
Que por mayo era, por mayo,

cuando hace el calor,

cuando los trigos encañan

y están los campos en flor,

cuando canta la calandria

y responde el ruiseñor.

(…)

sino yo, triste, cuitado,



que vivo en esta prisión;

que ni sé cuándo es de día

ni cuándo las noches son,

sino por una avecilla

que me cantaba al albor.

Matómela un ballestero;

dele Dios mal galardón.3
La soledad como menosprecio del mundo, tópico enraizado en lo medieval que floreció en el Renacimiento, fue inimitablemente dicho en las famosas liras de Vida retirada, por Fray Luis de León (1528-1591) sacerdote agustino y doctor en teología.
Qué descansada vida

la del que huye del mundanal rüido

y sigue la escondida senda

por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido! 4
Del Siglo de Oro español, para ilustrar la intimidad del solitario, evocamos el manantial poético de Lope de Vega (1562-1635) que desde su conocido romance de La Dorotea, nos dice:
A mis soledades voy

de mis soledades vengo

porque para andar conmigo

me bastan mis pensamientos.

No sé que tiene la aldea

donde vivo y donde muero,

que con venir de mí mismo

no puedo venir más lejos. 5


Su contemporáneo, Francisco de Quevedo y Villegas (1580-1645), nos trasmite en Desde la torre, una soledad intelectual, con mucha desilusión por la sociedad humana:
Retirado de la paz de estos desiertos

con pocos, pero doctos libros, libros juntos,

vivo en conversación con los difuntos

y escucho con mis ojos a los muertos.


(…)

En fuga irrevocable huye la hora

pero de aquella el mejor cálculo cuenta

que en la lección y el estudio nos mejora. 6


Manuel González Padra (1848-1918) peruano cuya poesía fuera una de las primeras manifestaciones del Modernismo nos ha dejado esta muestra de la soledad final del poeta, lejanos ya, el aplauso y la gloria:
De la mudable sociedad insana

el pasajero aplauso

huyó y la gloria vana,

y en el mar proceloso de la vida

eres mi puerto, soledad querida.
Tú al hombre muestras la verdad desnuda,

en la mente las nieblas

disipas de la duda,

y al pecho infundes de aflicción transido

el sueño de la paz y del olvido.7
La soledad del insomne, donde los pensamientos en tropel impiden el reposo, mientras el reloj se transforma en enemigo, inspiraron al boliviano Rosendo Villalobos (1859-?) que hacia finales del Romanticismo cantaba así:
Oigo siempre en la noche callada

ese isócrono y lento compás

con que pienso que a mí te aproximas

cual de Banquo el fantasma fatal

y en los fondos de mi alma golpea

tu horrible tic-tac.


(…)

Y en el grave, monótono ruido

que exaspera mi insólito afán

las congojas me asaltan de un tiempo

que quisiera por siempre olvidar.

Calla! Oh, cruel! no más oiga tu fúnebre

tu eterno tic-tac.8
Hay quien busca la soledad para no atarse a otra persona, mas la soledad le huye. En cambio, suele llegar cuando no se la quiere. Eso es lo que nos cuenta en Soledad tardía, Enrique González Martínez (1871-1952) mexicano que fue médico, profesor y funcionario político, así como embajador en España en 1924.
Soledad: bien te busqué

mientras tuve compañía…

Soledad, soledad mía,

viniste cuando se fue.


De sus brazos me escapé

cuando en sus brazos dormía;

estar a solar quería,

sin adivinar por qué.


¿Ay, mi soledad tardía,

viniste cuando se fue!

Lloré porque no podía

hallarte, soledad mía,

y lloro porque te hallé…9
El mexicano Amado Nervo (1879-1919) que falleció en Uruguay siendo embajador de su país, recrea, en La amada inmóvil, una soledad luctuosa, ausencia definitiva del ser amado:
Vivir sin tus caricias es mucho desamparo;

vivir sin tus palabras es mucho soledad.

Vivir sin tu amoroso mirar, ingenuo y claro,

es mucha oscuridad.10


También dentro del movimiento modernista, la exaltación palpitante de la uruguaya María Eugenia Vaz Ferreira, (1875-1924) nos entregó estos versos:
¡Ay de aquel que fuera un día

novio de la soledad!

¿Después de amor supremo

a quién amará?


¿Quién sin dar nada se entrega

y estrecha sin abrazar?

¿Quién de un vacío tesoro

hace que se pida “más”?

Los eslabones golpean

con rumor de eternidad

y el corazón solitario

le responde “más allá”


Sí, más allá de sí mismo,

más allá del propio mal,

amorosamente solo

con su mal de soledad.11


Soliloquio que es ensayo para un más alto diálogo es la soledad que trasmite, con su estilo sobrio y su emoción siempre profunda, el español Antonio Machado, (1875-1939) en su muy conocido Retrato.
Converso con el hombre que siempre va conmigo

-quien habla solo espera hablar a Dios un día-

mi soliloquio es plática con este buen amigo

que me enseñó el secreto de la filantropía.


Y cuando llegue el día del último viaje

y esté a partir la nave que nunca ha de tornar,

me encontraréis a bordo, ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar.12


El poeta suele ver espíritu en las cosas inanimadas, así, Enrique Bustamante y Ballivián (1884-1937) peruano, periodista y viajero que fue representante diplomático en Uruguay y Brasil, nos invita a contemplar la soledad de un poste que le recuerda a Cristo crucificado.
Negro, largo,

solo en la cumbre,

colgado de los alambres,

está el poste

del telégrafo.

(…)


No sufre.

Con sus manos, con su pies

que sangran,

está tranquilo

y diáfano.
Los alambres

electrizándose,

se estremecen,

palpitan,

llevan palabras,

deseos.
Ninguna de sus palabras

es la que espera

la que viene de su Padre.

(...)

La golondrina



que aún tiene en su pecho

juntas las manos,

le dice aquello

que nunca llevarán los alambres

en el alfabeto de Morse.13
Abrumado de soledad, el italiano Giuseppe Ungaretti, (1888-1969) al comparar la confiada fe de un campesino con su desolación, confiesa:
Ese campesino

se confía a la medalla

de San Antonio

y va ligero.


Pero bien sola y bien desnuda

sin esperanza

llevo mi alma.14
La apasionada uruguaya Blanca Luz Brum (1905-1985) inquieta viajera por tierras y amores, también supo del corazón solitario y así lo expresó:
Corazón perdido en las masas oscuras

hablemos mientras retiembla la soledad.


Corazón redondo firme y terco

como una palabra.


Perennemente triste y seco

apenas dejas llegar a la boca

un rápido juego de agua.15
Jorge Rojas (1911-?) colombiano formado dentro del Grupo Piedra y Cielo, sentencia con convicción como regla ineludible:
Siempre la soledad está presente

donde estuvo la voz o fue la rosa;

en todo lo de ayer su pie se posa

y le ciñe su sombra dulcemente.


El recuerdo que está bajo la frente

tuvo presencia; fuente rumorosa

fue su paso en la tierra; cada rosa

lleva su soledad tras su corriente.16


Cerrando puertas, admite silencio y asume soledad, la nicaragüense María Teresa Sánchez (1918-?) primera mujer de letras que ha tenido Nicaragua, según consigna Ernesto Cardenal:
He cerrado la puerta. Nadie entre,

nadie por su dintel penetre.

Con dedos de silencio

mis recuerdos dibujan sus fantasmas.


Ni el viento

conquistará mi férrea fortaleza,

mi sola, invulnerable ciudadela,

con sus soldados altos de silencio.17

Hugo Emilio Pedemonte (1923-1992) poeta y ensayista uruguayo, fallecido en España donde residió en sus últimos años, nos adelanta la soledad que sentirá el ser humano con el paso del tiempo y el cambio que éste le alcanza:
Siempre, cuando te veas solitario,

preguntarás al mundo por las cosas;

verás lo que no fuiste: ciego diario,

oscuro forastero de las rosas.


Te quedarás desierto en una piedra,

o en un balcón, sin más historia

que la de un muro donde la memoria

de lo que fuiste sólo es musgo y yedra.18


La mexicana Gloria Riestra (1929- ) en su poema titulado precisamente Soledad, confiesa estar sola, mientras ama místicamente su soledad poética y se recrea admirativamente en ella.
Con mi huracán de pájaros celestes,

sí, mundo, estoy muy sola.

Sola de la arboleda para abajo

tal vez de las estrellas para abajo.

¡Qué soledad la mía!
Pero del sol arriba, donde vivo,

mi soledad de lirios transparentes,

de cristales celestes. Y aún más alto…

¡Qué soledad la mía!19


No puede faltar la voz de un solitario hombre siglo XX, enloquecido de máquinas, agobiado de comunicaciones masivas, e incomunicado con su yo, estresado por crisis y consumismo, el sudafricano Bloke Modisani (1923 ) escritor, actor y locutor, que desde su poema Solitario nos grita:
Me estoy quedando

terriblemente solo.


Gritando solitario

por el callejón del sueño,

gritando de nostalgia, como nadie puede oir…
Oh, es verdad, el escritor

crea


(...)

siluetas incestuosas

gritando y vociferando unas a otras,

innatas deformaciones de la soledad.20


Para experimentar la soledad del mar vamos en busca de dos poemas del uruguayo Elbio Tabaré Cardozo, (1932) poeta, agricultor, viajero, y por algún tiempo navegante solitario a bordo de su pequeño velero Dulcinea.

Viejo mar

en su mecedora de soledad.

Sobre las frías rodillas de los islotes

bitácora de lunas en blanco.

El índice nostálgico se pierde en lontananza

más allá de los países brumosos de la leyenda.
*
Soledad de los muelles desmemoriados

en la estela del adiós…

De los muelles que sueñan

viento en popa y luna llena…

Soledad

que juega solitarios al oleaje.21


La sensación de la soledad nos puede sobrevenir de pronto, mirando un paisaje, un gesto o un cuadro, tal como lo explica Jorge Arbeleche (1943) uruguayo, miembro de la Academia de Letras de Uruguay, con especial subjectividad en El espacio de la soledad.
El cuadro está ahí. Es otra puerta más, abierta a no se sabe qué dimensión. En él hay una puerta. La puerta conduce a un extraño recinto: una luz; ilumina, no alumbra: un objeto único concentra la atención: una silla. Vacía. Nadie la ha ocupado ni la ocupará. No tiene adherencias de tiempo. No es vieja. No es nueva. No es una silla muerta. No acaba de nacer. Es una silla sola.22
Hay desgana y soledad agobiante en la mujer que vive la ausencia de su amado. Es la que describe, con su original eros poético, la española Ángela Reyes (1946) en el poema Ahora que te has ido, donde su fantasía recrea la pena de Penélope en espera de Ulises.
Ahora que te has ido

no merece la pena

que vaya junto al biombo a desnudarme,

que intencionalmente asome

la pierna tras el raso

ni que en la almohada ponga

una pizca de ajenjo

para excitar la noche.


(…)

Ahora que te has ido

la luz se desvanece entre mis iris

y aquí, cerca del vientre,

donde solías desmayar los gozos y el cansancio,

la soledad levanta un puerto

en donde arriban naves

heridas por carcoma de la pena.23


A veces podemos asumir la soledad del otro, cuando sin nombrarse, ésta se asoma en los recuerdos que se citan. Instantes fugases que convocan la nostalgia. Como en el poema Después de tantos años, del salvadoreño Julio Torres-Recinos (1962) poeta e investigador literario, doctor en Literaturas Hispánicas, residente en Canadá.
Después de tantos años,

después de que la infancia

y los años mozos

quedaron abandonados

en pueblos y colinas

regresan los recuerdos…

(…
En algún lugar

una tarde persistente,

un laberinto de raíces,

grupos de árboles

como jeroglíficos,

signos lejanos

que no entendemos,

luces de colores

extraviadas en el tiempo.24
Y asi mismo, el poeta, intuitivo por naturaleza, puede descubrirnos que hay, dentro de cada uno de nosotros, una soledad más pavorosa. Así nos lo dice, en Soledad final IV, el uruguayo Martín Mairena (1950) abogado y fecundo poeta.
Y hay otra soledad que es más terrible:

la del último Dios. Nadie se acerca

a El, nadie Lo escucha.
(…)

Y en ese soledad que es tan inmensa

no eres más que una pobre criatura

que vives sólo cuando Dios te inventa

a Su trágica imagen. Y es por eso

que en la entraña final y verdadera

-donde se guarda a Dios- llevas contigo

la soledad de Dios también a cuestas.25


Por último, desde la China contemporánea, el grito quiere llegar a las estrellas, desde esta Mi señal de peligro del chino Chi Hsüen, crítico y profesor de idioma en Taiwan, influenciado por la moderna poesía francesa.
S.O.S.

A la hermosa Vega

mi señal de peligro.

S.O.S.


A Sirio y su constelación

mi señal de peligro.

S.O.S.

A las nebulosas verticales, exasperadamente remotas



mi señal de peligro.

S.O.S. S.O.S.

Estoy varado en el Planeta Nº 3 del agonizante Sistema Solar.

Aquí hace frío y está oscuro.26


Y volviendo a Rilke, de entre los varios párrafos en que se expresa sobre la soledad del poeta:
…se hace más claro que ella, en el fondo, no es nada de lo que se puede dejar o tomar. Somos solitarios. Uno puede ilusionarse y hacer como si no fuera así. Eso es todo. Pero cuánto mejor es reconocer que lo somos; aún más: partir de aquí. Ciertamente, entonces sucederá que padeceremos vértigo, pues todos los puntos en que nuestros ojos solían descansar, no son quitados: nada hay ya cercano y todo lo lejano lo es infinitamente… 27
Y refiriéndose a la soledad creadora: “Pero su soledad, en medio de muy inusitadas condiciones, le será sostén y hogar; y desde ella encontrará los caminos.” 28
(Versión revisada y aumentada para Prometeodigital. Diciembre 2010. Primera publicación en Revista B.L.A.N.C.O. (TEMAS), marzo 1991)

Bibliografía
Fredo Arias de la Canal. Antología de la Poesía Cósmica de M. de Arévalo. Afirmación Hispanista. México, 2003.

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Fray Luis de León. Poemas. www.Los-poetas.com. P. del autor

Ramón Menéndez Pidal. Flor nueva de romances viejos, Austral, Madrid, 1973.

Biblioteca Los gigantes. Prensa Española. Madrid, 1971,

Antología de la Poesía Hispanoamericana. Aguilar, Madrid 1958

Amado Nervo. La Amada Inmóvil. Espasa-Calpe, Buenos Aires-México.1944

Alberto PaganinI. M. E. Vaz Ferreira y Delmira Agustini. Ediciones de la Plaza. Montevideo, 1978

Antonio Machado. Poesías. Losada. Buenos Aires, 1972.

Poesía Italiana del siglo XX.. Biblioteca Básica Universal. Argentina, 1970.

Romualdo Brughetti. 18 Poetas del Uruguay. Sociedad amigos del libro rioplatense, Montevideo 1937.

Ernesto Cardenal. Poesía Nueva de Nicaragua. Ed. C. Lohlé. Buenos Aires-México, 1974.

Hugo E. Pedemonte Los días y las sombras. Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1987.

V. Piñera, F. Jamis, A. Alvares Bravo, M. Cabrera y D. Fernández. Poetas africanos contemporáneos. Jucar, Madrid, 1975.

Jorge Arbeleche. El velo de los dioses. Tierra Firme, Buenos Aires, 2001.

Revista Asia Libre. Abril-junio. Ed. Ton-Fan, Buenos Aires, 1973.

Elbio Tabaré Cardozo. Mar. Montevideo, 1980.

Julio Torres-Recinos. Hojas de aire. Lord Byron Ediciones. Madrid, 2008.

Martín Mairena. Tiempo de Blasfemia. Ed. AG. Montevideo, 2004.

Rainer María Rilke. Cartas a un joven poeta. Ed. Amanecer, Buenos Aires, 1941.



*Marta de Arévalo, escritora y ensayista uruguaya; dirige la revista y editora B.L.A.N.C.O.
(FDP257)
[POÉTICAS] [ARÉVALO, MARTA DE]
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1 Safo. (?) Siglos VII a VI a C.

2 Po Chu Yi. Poesía China. 1960. p. 123)

3 Romance del Prisionero, Flor Nueva de Romances viejos, 1973. p. 213.

4 L. de León: Vida Retirada. www.los-poetas.com. p. del autor.

5 Lope de V. Los gigantes Tomo 9. 1971. p. 57)

6 Quevedo. Los gigantes, Tomo 12 p. 78)

7 González Prada. Antología de la Poesía Hispanoamericana. 1958. p. 704)

8 Villalobos. Op. cit. p. 686

9 González Martínez. A. de la Poesía Hispanoamericana. p. 866)

10 Nervo, La Amada Inmóvil. 1944. p. 112).

11 Vaz Ferreira. Poesías. 1978. p. 54)

12 Machado, Poesías.1972. p. 86)

13 Bustamante y Bullivian. A. de la Poesía Hispanoamericana. p. 1051)

14 Ungaretti . Poesía Italiana del siglo XX. 1970. P. 27)

15 Brum. 18 Poetas del Uruguay. 1937. p. 66)

16 Rojas. A. de la Poesía Hispanoamericana. 1958. p. 1705

17 Sánchez, Poesía Nueva de Nicaragua. 1974, p. 135)

18 Pedemonte. Los días y las sombras. 1987. p. 47

19 Riestra. A. de la Poesía Hispanoamericana, 1958: 1917)

20 Modisani. Poetas africanos contemporáneos. 1975. p. 111

21 Cardozo. Mar. 1980. pp. 37 y 65

22 Arbeleche. El velo de los dioses. 2001. p. 145.

23 Reyes. Cartas a Ulises de una mujer que vive sola. 1992. p. 13.

24 Torres-Recinos. Hojas de aire. 2008. p. 38.

25 Mairena. Tiempo de Blasfemia, 2004. p.52

26 Chi Hsien. Asia Libre, 1979. P. 53

27 Rilke. Cartas…pp.49-49

28 Rilke. Op. cit. p. 29





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