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Mark Twain el príncipe y el mendigo


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Mark Twain

EL PRÍNCIPE Y EL MENDIGO

ÍNDICE


Capítulo

PREFACIO


I. Nacimiento del príncipe y del mendigo

II. La infancia de Tom

III. Encuentro de Tom y el príncipe

IV. Comienzan los problemas del príncipe

V. Tom como un patricio

VI. Tom recibe instruccione

VII. La primera comida regia de Tom

VIII. La cuestión del sello

IX. El espectáculo del río

X. Las penas del príncipe

XI. En el Ayuntamiento

XII. El príncipe y su salvador

XIII. La desaparición del príncipe

XIV. ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!

XV. Tom como rey

XVI. La comida de gala

XVII. Fu-Fu primero

XVIII. El príncipe y los vagabundos

XIX. El príncipe con los aldeanos

XX. El príncipe y el ermitaño

XXI. Hendon, el salvador

XXII. Víctima de la traición

XXIII. El príncipe prisionero

XXIV. La escapatoria

XXV. Hendon Hall

XXVI. Repudiado

XXVII. En la cárcel

XXVIII. El sacrificio

XXIX. A Londres

XXX. El proceso de Tom

XXXI. La procesión del Reconocimiento

XXXII. El Día de la Coronación



  1. Eduardo como rey

  2. Conclusión ––Justicia y retribución

PREFACIO
Voy a poner por escrito un cuento, tal como me lo contó uno que lo sabía por su padre, el cual lo supo anteriormente por su padre; este último de igual manera lo había sabido por su padre... y así sucesivamente, atrás y más atrás, más de trescientos años, en que los padres se lo transmitían a los hijos y así lo iban conservando. Puede ser historia, puede ser sólo leyenda, tradición. Puede haber sucedido, puede no haber sucedido: pero podría haber sucedido. Es posible que los doctos y los eruditos de antaño lo creyeran; es posible que sólo a los indoctos y a los sencillos les gustara y la creyeran.


CAPITULO I
NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE Y DEL MENDIGO
En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un niño a una familia pobre, de ape­llido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tu­dor, que sí lo deseaba. Toda Ingla­terra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tan­to a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de ale­gría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mun­do se tomó un día de fiesta; en­cumbrados y humildes, ricos y po­bres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches. De día Londres era un espectáculo digno de verse, con sus alegres banderas ondeando en cada balcón y en cada tejado y con vistosos desfiles por las calles. De noche era de nuevo otro espectácu­lo, con sus grandes fogatas en todas las esquinas y sus grupos de parran­distas alegres alborotando en,torno de ellas. En toda Inglaterra no se hablaba sino del nuevo niño, Eduar­do Tudor, Príncipe de Gales, que dormía arropado en sedas y rasos, ignorante, de todo este bullicio, sin saber que lo servían y lo cuidaban grandes lores y excelsas damas, y, sin importarle, además. Pera no se hablaba del otro niño, Tom Canty, envuelto en andrajos, excepto entre la familia de mendigos a quienes justo había venido a importunar con su presencia.
CAPÍTULO II
LA INFANCIA DE TOM
Saltemos unos cuantos años. Londres tenía mil quinientos años de edad, y era una gran ciudad... para entonces. Tenía cien mil habi­tantes algunos piensan que el do­ble.

Las calles eran muy angostas y sinuosas y sucias, especialmente en la parte en que vivía Tom Canty, no lejos del Puente de Londres. Las casas eran de madera, con el se­gundo piso proyectándose sobre el primero, y el tercero hincando sus codos más allá del segundo. Cuanto más altas las casas tanto más se en­sanchaban. Eran esqueletos de grue­sas vigas entrecruzadas, con sólidos materiales intermedios, revestidos de yeso. Las vigas estaban pintadas de rojo, o de azul o de negro, de acuerdo al gusto del dueño, y esto prestaba a las casas un aspecto muy pintoresco. Las ventanas eran chi­cas, con cristales pequeños en for­ma de diamante, y se abrían hacia afuera, con bisagras, como puertas.

La casa en que vivía el padre de Tom se alzaba en un inmundo ca­llejón sin salida, llamado Offal Court, mas allá de Pudding Lane. Era pe­queña, destartalada y casi ruinosa, pero estaba atestada de familias mi­serables. La tribu de Canty ocupa­ba una habitación en el tercer piso. El padre y la madre tenían una es­pecie de cama en un rincón, pero Tom, su abuela y sus dos hermanas, Bet y Nan, eran libres: tenían todo el suelo para ellos y podían dormir donde quisieran. Había restos de una o dos mantas y algunos haces de paja vieja y sucia, que no se podían llamar con propiedad camas, pues no estaban acomodados, y a puntapiés se les mandaba a formar un gran montón, en la mañana, y de ese montón se hacían apartijos para el uso nocturno.

Bet y Nan, gemelas, tenían quin­ce años. Eran niñas de buen cora­zón, sucias, harapientas y de profun­da ignorancia. Su madre era como ellas. Mas el padre y la abuela eran un par de demonios. Se emborra­chaban siempre que podían, luego se peleaban entre sí o con cualquiera que se les pusiera delante; maldecían y juraban siempre, ebrios o sobrios. Juan Canty era ladrón, y su madre pordiosera. Hicieron pordioseros a los niños, mas no lograron hacerlos ladrones. Entre la desgraciada ralea pero sin formar parte de ella­ que habitaba la casa, había un buen sacerdote viejo, a quien el rey ha­bía deudo sin casa ni hogar con sólo una pensión de unas cuantas monedas de cobre, que acostumbraba llamar a los niños y enseñarles secretamente el buen camino. El padre Andrés también enseñó a Tom un poco de latín, y a leer y escribir; y habría hecho otro tanto con las niñas, pero éstas temían las burlas de sus amigas, que no habrían su­frido en ellas una educación tan especial.

Todo Offal Court era una col­mena igual que la casa de Canty. Las borracheras, las riñas y los albo­rotos eran lo normal cada noche, y casi toda la noche. Los descalabros eran tan comunes como el hambre en aquel lugar. Sin embargo, el pe­queño Tom no era infeliz. La pasaba bastante mal, pero no lo sabía. La pasaba enteramente lo mismo que todos los muchachos de Offal Court, y por consiguiente suponía que aque­lla vida era la verdadera y cómoda. Cuando por las noches volvía a casa con las manos vacías, sabía que su padre lo maldeciría y gol­pearía primero, y que cuando el hu­biera terminado, la detestable abuela lo haría de nuevo, mejorado; y que entrada la noche, su famélica ma­dre se deslizaría furtivamente hasta él con cualquier miserable men­drugo de corteza que hubiera po­dido guardarle, quedándose ella mis­ma con hambre, a despecho de que frecuentemente era sorprendida en aquella especie de traición y golpea­da por su marido.

No. La vida de Tom transcurría bastante bien, especialmente en ve­rano. Mendigaba sólo lo necesario para salvarse, pues las leyes contra la mendicidad eran estrictas, y gra­ves las penas, y reservaba buena parte de su tiempo para escuchar los encantadores viejos cuentos y le­yendas del buen padre Andrés acer­ca de gigantes y hadas, enanos, y genios, y castillos encantados y mag­níficos reyes y príncipes. Llenósele la cabeza de todas estas cosas ma­ravillosas, y más de una noche, cuando yacía en la oscuridad, sobre su mezquina y hedionda paja, can­sado, hambriento y dolorido de una paliza, daba rienda suelta a la ima­ginación y pronto olvidaba sus penas y dolores, representándose delicio­samente la espléndida vida de un mimado príncipe en un palacio real. Con el tiempo un deseo vino a cau­tivarlo día y noche: ver a un prín­cipe de verdad, con sus propios ojos. Una vez les habló de ello a sus camaradas de Offal Court; pero se burlaron y escarnecieron tan des­piadamente, que después de aque­llo guardó, gustosamente para sí su sueño.

A menudo leía los viejos libros del sacerdote y le hacía explicárse­los y explayarse. Poco a poco, sus sueños y lecturas operaron ciertos cambios en él. Sus personas enso­ñadas eran tan refinadas, que él empezó a lamentar sus andrajos y su suciedad, y a desear ser limpio y mejor vestido. De todos modos siguió jugando en el lodo y divir­tiéndose con ello, pero en vez de chapotear en el Támesis sólo por diversión, empezó a encontrar un nuevo valor en él por el lavado y la limpieza que le procuraba.

Tom encontraba siempre algún su­ceso en torno del Mayo de Cheap­side y en las ferias, y de cuando en cuando, él y el resto de Londres tenían oportunidad de presenciar una parada militar cuando algún famo­so infortunado era llevado prisio­nero a la Torre, por tierra o en bote. Un día de verano vio quemar en la pira de Smithfield a la pobre Ana Askew y a tres hombres, y oyó a un ex-obispo predicarles un ser­món, que no le interesó. Sí, la vida de Tom era variada, y, en conjun­to, bastante agradable.

Poco a poco, las lecturas y los sueños de Tom sobre la vida prin­cipesca le produjeron un efecto tan fuerte que empezó a hacer el prín­cipe, inconscientemente. Su discurso y sus modales se volvieron singular­mente ceremoniosos y cortesanos, para gran admiración y diversión de sus íntimos. Pero la influencia de Tom entre aquellos muchachos em­pezó a crecer, ahora, de día en día, y con el tiempo vino a ser mirado por ellos con una especie de temor reverente, como a un ser superior. ¡Parecía saber tanto, y sabía hacer y decir tantas cosas maravillosas, y además era tan profundo y tan sa­bio!

Las observaciones de Tom y los actos de Tom eran reportados por los niños a sus mayores, y éstos también empezaron a hablar de Tom Canty y a considerarlo como una criatura extraordinaria y de grandes dotes. Gente madura le llevaba sus dudas a Tom para que se las solucionara, y a menudo quedaba pas­mada ante el ingenio y la sabiduría de sus decisiones. De hecho se tornó un verdadero héroe para todos cuan­tos le conocían, excepto para su propia familia; ésta, en realidad, no veía nada en él.

Poco después, privadamente Tom organizó una corte real. Él era el príncipe; sus más cercanos camara­das eran guardas, chambelanes, es­cuderos, lores, damas de la corte y familia real. A diario el príncipe fingido era recibido con elaborados ceremoniales copiados por Tom de sus lecturas novelescas; a diario, los graves sucesos del imaginario reino se discutían en el consejo real, y a diario Su fingida Alteza promulga­ba decretos para sus imaginarios ejércitos, armadas y virreyes. Des­pués de lo cual seguiría adelante con sus andrajos y mendigaría unos cuantos ardites, comería su pobre corteza, recibiría sus acostumbradas golpizas e insultos y luego se ten­dería en su puñado de sucia paja, y reanudaría en sus sueños sus vanas grandezas.

Y aun su deseo de ver una sola vez a un príncipe de carne y hueso cre­cía en él día con día, semana con semana, hasta que por fin absorbió todos sus demás deseos y llegó a ser la pasión única de su vida.

Cierto día de enero, en su habitual recorrido de pordiosero, vagaba desalentado por el sitio que rodea Mincing Lane, y Little East Cheap, hora tras hora, descalzo y con frío, mirando los escaparates de los figo­nes y anhelando las formidables em­panadas de cerdo y otros inventos letales ahí exhibidos, porque, para él, todas aquellas eran golosinas dig­nas de ángeles, a juzgar por su olor, ya que nunca había tenido la buena suerte de comer alguna. Caía una fría llovizna, la atmósfera estaba sombría, era un día melancólico. Por la noche llegó Tom a su casa tan mojado, rendido y hambriento, que su padre y su abuela no pudie­ron observar su desamparo sin sen­tirse conmovidos ––a su estilo––; de ahí que le dieran una bofetada de una vez y lo mandaran a la cama. Largo rato le mantuvieron despierto el do­lor y el hambre, y las blasfemias y golpes que continuaban en el edi­ficio; mas al fin sus pensamientos flotaron hacia lejanas tierras ima­ginarias, y se durmió en compañía de enjoyados y lustrosos príncipes que vivían en grandes palacios y tenían criados zalameros ante ellos o volando para ejecutar sus órdenes. Luego, como de costumbre, soñó que él mismo era príncipe. Durante toda la noche las glorias de su regio estado brillaron sobre él. Se movía entre grandes señores y damas, en una atmósfera de luz, aspirando per­fumes, escuchando deliciosa música y respondiendo a las reverentes cor­tesías de la resplandeciente muche­dumbre que se separaba para abrirle paso, aquí con una sonrisa y allá con un movimiento de su princi­pesca cabeza. Y cuando despertó por la mañana y contempló la mi­seria que le rodeaba, su sueño sur­tió su efecto habitual: había inten­sificado mil veces la sordidez de su ambiente. Después vino la amargu­ra, el dolor y las lágrimas.
CAPÍTULO III
ENCUENTRO DE TOM Y EL PRÍNCIPE
Tom se levantó hambriento, y hambriento vagó, pero con el pen­samiento ocupado en las sombras esplendorosas de sus sueños noc­turnos. Anduvo aquí y allá por la ciudad, casi sin saber a dónde iba o lo que sucedía a su alrededor. La gente lo atropellaba y algunos lo injuriaban, pero todo ello era indi­ferente para el meditabundo mu­chacho. De pronto se encontró en Temple Bar, lo más lejos de su casa que había llegado nunca en aquella dirección. Detúvose a reflexionar un momento y en seguida volvió a sus imaginaciones y atravesó las mura­llas de Londres. El Strand había cesado de ser camino real en aquel entonces y se consideraba como ca­lle, aunque de construcción desigual, pues si bien había una hilera bas­tante compacta de casas a un lado, al otra sólo se veían unos cuantos edificios grandes desperdigados: pa­lacios de ricos nobles con amplios y hermosos parques que se exten­dían hasta el río; parques que ahora están encajonados por horrendas fincas de ladrillo y piedra.

Tom descubrió Charing Village y descansó ante la hermosa cruz cons­truida allí por un afligido rey de antaño; luego descendió por un ca­mino hermoso y tranquilo, más allá del magnífico palacio del gran car­denal, hacia otro palacio mucho más grande y majestuoso: el de West­minster. Tom miraba azorado la gran mole de mampostería, las ex­tensas alas, los amenazadores bas­tiones y torrecillas, la gran entrada de piedra con sus verjas doradas y su magnífico arreo de colosales leo­nes de granito, y los otros signos y emblemas de la realeza inglesa. ¿Iba a satisfacer, al, fin, el anhelo de su alma? Aquí estaba, en efecto, el palacio de un rey. ¿No podría ser que viera a un príncipe ––a un príncipe de carne y hueso–– si lo quería el cielo?

A cada lado de la dorada verja se levantaba una estatua viviente, es decir, un centinela erguido, impó­nente e inmóvil, cubierto de pies a cabeza con bruñida armadura de acero. A respetuosa distancia esta­ban muchos hombres del campo y de la ciudad, esperando cualquier destello de realeza que pudiera ofre­cerse. Magníficos carruajes, con prin­cipalísimas personas dentro, y no menos espléndidos lacayos fuera, lle­gaban y partían por otras soberbias puertas que daban paso al real re­cinto. El pobre pequeño Tom, cu­bierto de andrajos, se acercó con el corazón palpitante y mayores es­peranzas empezaba a escurrirse lenta y cautamente por delante de los centinelas, cuando de pronto divisó, –– a través de las doradas verjas, un espectáculo que casi lo hizo gritar de alegría. Dentro se hallaba un apuesto muchacho, curtido y more­no por los ejercicios y juegos al aire libre, cuya ropa era toda de seda y raso, resplandeciente de joyas. Al cinto traía espada y daga ornadas de piedras preciosas, en los pies finos zapatos de tacones rojos y en la cabeza una airosa gorra carmesí con plumas sujetas por un cintillo grande y reluciente. Cerca estaban varios caballeros de elegantes trajes, seguramente sus criados. ¡Oh!, era un príncipe ––un príncipe, ¡un prín­cipe de verdad, un príncipe vivien­te––, sin sombra de duda! ¡Al fin había respondido el cielo a las pre­ces del corazón del niño mendigo!

El aliento se le aceleraba y entre­cortaba de entusiasmo, y se le agran­daban los ojos de pasmo y deleite.

Todo en su mente abrió paso al instante a un deseo, el de acercarse al príncipe y echarle una mirada larga y devoradora. Antes de darse cuenta ya estaba con la cara pegada a las barras de la verja. Al mo­mento, uno de los soldados lo arran­có violentamente de allí y lo mandó dando vueltas contra la muchedum­bre de campesinos boquiabiertos y de londinenses ociosas. El soldado dijo:

––¡Cuidado con los modales, tú, pordioserillo!

La multitud, se burló y rompió en carcajadas; mas el joven príncipe saltó hacia la verja, con el rostro encendido, sus ojos fulgurando de indignación, y exclamó:

––¡Cómo osas tratar así a un po­bre chico! ¡Cómo osas tratar así aun al más humilde vasallo del rey mi padre! ¡Abre las verjas y déjale entrar!

Deberíais de haber visto entonces a aquella veleidosa muchedumbre arrancarse el sombrero de la cabeza. La deberíais de haber oído aplaudir y gritar: “¡Viva el Príncipe de Ga­les!”

Los soldados presentaron armas con sus alabardas, abrieron las ver­jas y volvieron a presentar armas cuando el pequeño Príncipe de la Pobreza entró con sus andrajos on­dulando, a estrechar la mano del Príncipe de la Abundancia Ilimi­tada.

Eduardo Tudor dijo:

––Parécesete cansado y hambrien­to. Te han tratado injustamente. Ven conmigo.

Media docena de circunstantes se abalanzaron a ––no sé qué—..., ––sin duda a interferir. Mas fueron apar­tados mediante regio ademán, y se quedaron clavados inmóviles donde estaban, como otras tantas estatuas. Eduardo se llevó a Tom a una rica estancia en el palacio, que llamaba su gabinete. A su mandato trajeron una colación como Tom no había encontrado jamás, salvo en los li­bros. El príncipe, con delicadeza y maneras principescas, despidió a los criados para que su humilde hués­ped no se sintiera cohibido con su presencia criticona; luego se sentó cerca de Tom a hacer preguntas mientras aquél comía:

––¿Cuál es tu nombre, muchacho? Tom Canty, para serviros, se­ñor.

––Raro es. ¿Dónde vives?

––En la ciudad, señor, para ser­viros. En Offal Court, más allá de Pudding Lane.

––¡En Offal Court! Raro es tam­bién este otro. ¿Tienes padres?

Padres tengo, señor, y una abue­la, además, a la que quiero poco, Dios me perdone si es ofensa de­cirlo, también hermanas gemelas, Nan y Bet.

––De manera que tu abuela no es muy bondadosa contigo.

––Ni con nadie, para que sea ser­vida Vuestra Merced. Tiene un co­razón perverso y maquina siempre la maldad.

––¿Te maltrata?

––Hay veces que detiene la mano, estando dormida o vencida por la bebida; pero en cuanto tiene claro el juicio me lo compensa, con bue­nas palizas.

Una fiera mirada asomó a los ojos del principito, y exclamó:

–¡Cómo! ¿Palizas?

––Por cierto que sí, si os place, señor.

––¡Palizas! Y tú tan frágil y pe­queño. Escucha: al caer la noche tu abuela entrará a la Torre. El rey, mi padre...

––En verdad, señor, olvidáis su baja condición. La Torre es sólo para los grandes.

––Cierto. No había pensado en eso. Consideraré su castigo. ¿Es bue­no tu padre para contigo?

––No más que la abuela Canty, señor.

––Tal vez los padres sean pare­cidos. El mío no tiene dulce tem­peramento. Golpea con mano pesa­da pero conmigo se refrena. A decir verdad, no siempre me perdona su lengua. ¿Cómo te trata tu madre?

––Ella es buena, señor, y no me causa amarguras ni sufrimientos de ninguna clase. En eso Nan y Bet son como ella.

¿Qué edad tienen?

––Quince años, que os plazca, se­ñor.

––Lady Isabel, mi hermana, tiene catorce, y lady Juana Grey, mi prima, es de mi misma edad, y gen­til y graciosa, además, pero mi her­mana lady María, con su semblante triste y... Oye: ¿Prohíben tus her­manas a sus criadas que sonrían para que no destruya sus almas el pecado?

––¿Ellas? ¡Oh! ¿Creéis que ellas tienen criadas?

El pequeño príncipe contempló al­ pequeño mendigo con gravedad un momento; luego dijo:

––¿Por qué no? ¿Quién las ayuda a desvestirse por la noche? ¿Quién las viste cuando se levantan?

––Nadie, señor. ¿Querrías que se quitaran su vestido y durmieran sin él, como los animales?

––¿Su vestido? ¿Sólo tienen uno?

––¡Oh!, buen señor, ¿qué harían con más? En verdad no tienen dos cuerpos cada una.

––Esa es una idea curiosa y ma­ravillosa. Perdóname, no he tenido intención de reírme. Pero tus bue­nas Nan y Bet tendrán sin tardar ropas y sirvientes, y ahora mismo. Mi mayordomo cuidará de ello. No, no me lo agradezcas; no es nada. Hablas bien; con gracia natural. ¿Eres instruido?

––No sé si lo soy o no, señor. El buen sacerdote que se llama padre Andrés, me enseñó, bondado­samente, en sus libros.

––¿Sabes el latín?

––Escasamente, señor.

––Apréndelo, muchacho: sólo es difícil al principio. El griego es más difícil, pero ni éstas ni otras lenguas son difíciles, creo, para lady Isabel y para mi prima. ¡Tendrías que oírlo a estas damiselas! Pero cuéntame de tu Offal Court. ¿Es agradable tu vida allí?

––En verdad, sí, señor, salvo cuan­do uno tiene hambre. Hay títeres y monos ––¡oh, qué criaturas tan tra­vieras y qué gallardas van vesti­das!––, y hay comedias en que los comediantes gritan y pelean hasta caer muertos todos; es tan agrada­ble de ver, y cuesta sólo una blanca aunque es muy difícil conseguir la­ blanca.

––Cuéntame más.

––Nosotros, los muchachos de Offal Court, luchamos unos con otros con un garrote, al modo de aprendices, señor.

Los ojos del príncipe centellea­ron. Dijo:

––A fe mía, esto no me desagra­daría. Cuéntame más.

––Jugamos carreras, señor, para ver quién de nosotros será el más veloz.

––También esto me gustaría. Si­gue.

––En verano, señor, vadeamos y nadamos en los canales y en el río, y cada uno chapuza a su vecino, y lo salpica de agua, y se sumerge, y grita, y se revuelca, y...

––Valdría el reino de mi padre disfrutarlo aunque fuera una vez. Te ruego que prosigas.

––Danzamos y cantamos en tor­no al mayo en Cheapside; juga­mos en la arena, cada uno cubriendo a su vecino; a veces hacemos paste­les de barro ––ah, el hermoso barro, no tiene par en el mundo para di­vertirse––; nos revolcamos primo­rosamente en el señor, con perdón de Vuestra Merced.

––¡Oh!, te ruego que no digas más. ¡Es maravilloso! Si pudiera vestir ropa como la tuya, desnudar mis pies y gozar en el barro una vez tan solo, sin nadie que me cen­sure y me lo prohíba, me parece que renunciaría a la corona.

––Y si yo pudiera vestirme una vez, dulce señor, como vos vais vestido; tan sólo una vez...

¡Ah! ¿Te gustaría? Pues así será. Quítate tus andrajos y ponte estas galas, muchacho. Es una dicha breve, pero no por ello menos viva. Lo haremos mientras podamos y nos volveremos a cambiar antes de que alguien venga a molestamos.

Pocos minutos más tarde, el pe­queño Príncipe de Gales estaba ata­viado con los confusos andrajos de Tom, y el pequeño Príncipe de la Indigencia estaba ataviado con el vistoso plumaje de la realeza. Los dos fueron hacia un espejo y se pa­raron uno junto al otro, y, ¡hete aquí, un milagro: no parecía que se hubiera hecho cambio alguno! Se miraron mutuamente ––con asom­bro, luego al espejo, luego otra vez uno al otro. Por fin, el perplejo principillo dijo:

––¿Qué dices a esto?

––¡Ah, Vuestra Merced, no me pidáis que os conteste! No es con­veniente que uno de mi condición lo diga.

––Entonces lo diré yo. Tienes el mismo pelo, los mismos ojos, la misma voz y porte, la misma figura y estatura, el mismo rostro y con­tinente que yo. Si saliéramos des­nudos públicamente, no habría na­die que pudiera decir quién eras tú y quién el Príncipe de Gales. Y ahora que estoy vestido como tú estabas vestido, me parece que po­dría sentir casi lo que sentiste cuando ese brutal soldado... Espera ¿no es un golpe lo que tienes en la mano?

––Sí, pero es cosa ligera, y Vues­tra Merced sabe muy bien que el pobre soldado...

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