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Mario vargas llosa aguafiestas en seattle


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MARIO VARGAS LLOSA

AGUAFIESTAS EN SEATTLE

MARIO VARGAS LLOSA - AGUAFIESTAS EN SEATTLE


     EL fracaso de la Ronda del Milenio, la Conferencia de la Organización
     Mundial del Comercio (OMC) que, desde Seattle, debía dar la bendición de
     135 gobiernos de los cinco continentes a la globalización de la economía,
     ha dejado perplejos a los lectores y creyentes de las estadísticas. ¿Cómo
     es posible, se preguntan, que en la ciudad de empresas como Microsoft y
     Boeing, que el año pasado exportó bienes comerciales por la astronómica
     suma de 34 billones de dólares, se reunieran cuarenta mil manifestantes
     para dar mueras al capitalismo y exigir que se cierren las fronteras?
     ¿Tiene sentido que se movilicen las masas contra el comercio internacional
     en Estados Unidos, un país que, gracias a la mundialización de la
     economía, experimenta una prosperidad sin precedentes en toda su historia?
     ¿Qué pasó? ¿Qué locura se apoderó de la húmeda Seattle?
     Las estadísticas nunca cuentan toda la historia, sólo unas generalidades,
     y a menudo engañosas. En Seattle coincidieron, para protestar contra la
     OMC, grupos e intereses incompatibles entre sí, pero aliados en la
     desconfianza y el temor hacia un mundo en trance de transformación veloz y
     un futuro todavía preñado de incertidumbre. La protesta más
     desconcertante, por obtusa y reaccionaria, fue 1a de los sindicatos
     AFL-CIO, convocada con e1 estentóreo eslogan de "proteger los puestos de
     trabajo" de los obreros nativos, como si, gracias a la
     internacionalización de su economía, Estados Unidos no tuviera hoy más
     empleo que nunca en todo el siglo (sólo en el mes de noviembre se crearon
     250 mil nuevos puestos), y como si, gracias a la nueva realidad económica,
     los niveles de ingreso de sus obreros no crecieran de manera sistemática.
     Con su demagógica defensa del proteccionismo y su rechazo a que las
     empresas de Estados Unidos abran fábricas en el extranjero, esos
     anacrónicos dirigentes luchan, en verdad, contra el progreso de sus
     hermanos de clase de los países pobres, y revelan una visión mezquina y
     nacionalista del desarrollo.
     Más idealismo y generosidad motivaron la presencia, entre los
     manifestantes de Seattle, de los movimientos ecologistas que acusan a las
     multinacionales de depredar el medio ambiente y mantener una doble
     política frente a los recursos naturales, según operen en países avanzados
     o atrasados. Ésta es una reivindicación perfectamente respetable, pero que
     concierne fundamentalmente a los gobiernos y a las Naciones Unidas, no a
     la OMC, una organización creada hace cinco años con el objetivo específico
     y único de trabajar por la eliminación paulatina de las barreras
     comerciales. Los grupos enfurecidos porque las redes de los barcos
     camaroneros y atuneros están diezmando a las tortugas y a los delfines en
     los mares del mundo, merecen toda la simpatía de las gentes sensibles.
     ¿Pero, de qué forma podía la OMC, una institución técnica, remediar aquel
     daño?
     El más violento de los grupos inconformes de Seattle , venía de Eugene,
     Oregón, y sus afiliados se llaman a sí mismos anarquistas y se declaran
     discípulos de John Zerzan, un ensayista y pensador ácrata, cuyas razonadas
     diatribas contra la tecnología, la sociedad de consumo y las grandes
     corporaciones deshumanizadas han encontrado una audiencia creciente entre
     los jóvenes de Estados Unidos. Zerzan predica el anarquismo intelectual,
     no la acción violenta, pero no ha querido desautorizar a sus supuestos
     discípulos -que pulverizaron las elegantes tiendas de Pike Street-, y es
     probablemente el único beneficiario de la fallida reunión de la OMC, pues
     sus libros han alcanzado gracias al escándalo callejero de Seattle una
     considerable demanda.
     La otra noche vi un interesante reportaje en la televisión sobre los
     jóvenes anarquistas de Eugene, Oregón. Todos eran blancos y provenían de
     familias de clase media; sus úcases contra la sociedad resultaban bastante
     confusos, pero, en cambio, parecía muy sincera su indignación contra un
     estado de cosas que no acababan de entender, una civilización donde las
     distancias entre los que tienen mucho y los que tienen muy poco les parece
     aberrante e intolerable, aun cuando el bienestar alcance a todos. El
     periodista los atizaba, recordándoles lo que había ocurrido con el ideal
     igualitarista, los sufrimientos y miserias en que había naufragado.
     ¿Querían eso para Estados Unidos? No, desde luego que, eso, no. ¿Cuál
     debería ser entonces el modelo de sociedad? Después de intercambiar
     miradas entre ellos, una muchacha optó por la respuesta más prudente:
     "Ninguno".
     Como los incidentes y choques de los manifestantes con la policía fueron
     lo más vistoso de lo ocurrido en Seattle, casi no se ha dicho que el
     fracaso de la conferencia de la OMC se debió, probablemente, más a lo que
     ocurrió dentro que fuera de ella. Porque lo cierto es que los 135
     gobiernos representados fueron incapaces de ponerse de acuerdo sobre un
     solo punto importante, y lo único que quedó en claro fue la absoluta falta
     de denominador común conceptual y de objetivos entre los participantes.
     Gacetilleros acuartelados en el lugar común (y más despistados que los
     valedores de tortugas y delfines) han sostenido que muchos delegados
     tercermundistas aprovecharon las sesiones para atacar la globalización,
     alegando que ella sólo sirve para legitimar el expolio que las
     transnacionales cometen contra los países pobres. Ocurrió exactamente al
     revés, y es una de las pocas conclusiones positivas que deja la lastimada
     reunión de Seattle. Que, en ella, fueron sobre todo los delegados de
     países en vías de desarrollo, de Nigeria a Ecuador, y de África del Sur a
     Tailandia, quienes defendieron una agenda genuinamente liberal, exigiendo
     que los países europeos, Estados Unidos y Japón reduzcan sus barreras
     proteccionistas contra las exportaciones procedentes del tercer mundo, y
     que, en cambio, los países desarrollados, en flagrante contradicción con
     sus prédicas retóricas aperturistas, se mostraron inflexibles, incapaces
     de hacer una sola concesión. Ni siquiera aceptaron discutir la
     eliminación, por ejemplo, de los injustos sistemas de cuotas y de
     subsidios a sus exportadores.
     Nadie que quiera enterarse, puede ignorarlo: el crecimiento del comercio
     mundial ha sido enormemente positivo para todos los países, y, como afirma
     Fareed Zakaria, en el último Newsweek, "en los últimos cuarenta años,
     gracias a 1a masiva reducción de las fronteras comerciales, el mundo ha
     conocido el más profundo y el más largo progreso económico en toda la
     historia". Lógicamente, quienes más necesitan el desarrollo, los países
     más pobres, son quienes deberían aplicar y defender más la calumniada
     globalización, pues son los que más ventajas pueden sacar de ella. Y,
     acaso la mayor sorpresa de Seattle fue advertir que, en efecto, y por
     primera vez en un foro económico de esa magnifitud, en términos prácticos,
     quienes demostraron ser los más animosos promotores de la eliminación de
     las barreras comerciales, no fueron los países más ricos, sino los países
     a los que el nacionalismo económico -las teorías de la sustitución de
     importaciones, el rechazo del capital extranjero y el desarrollo hacía
     adentro- contribuyó en buena parte hasta hace muy poco a mantener
     marginados y empobrecidos. Porque ésta es una verdad que, en medio de los
     tumultos de Seattle, comenzó a asomar la cabeza: hoy en día, el
     proteccionismo está más enraizado en el primer mundo que en el tercero.
     Ésa hubiera sido la buena batalla de los jóvenes que salieron a manifestar
     en las calles de Seattle: no contra Mac Donald y Starbucks, sino contra
     esos muros levantados en las grandes ciudadelas del Occidente desarrollado
     contra los productos agrícolas y manufacturados del Asia, África y América
     Latina, una manera fácil y rápida de favorecer, al mismo tiempo, a los
     consumidores occidentales con bienes a mejores precios que los producidos
     localmente, y a los países que luchan por salir del atraso y abren sus
     puertas de sus economías al mundo pero encuentran cerradas las del mundo
     para sus productos de exportación. Pero, para dar esa batalla, esos
     jóvenes idealistas tendrían que resignarse a aceptar que el desarrollo es
     incompatible con la utopía, una marcha lenta y llena de tropiezos en pos
     de victorias siempre parciales contra la ignorancia, la desocupación, la
     brutalidad, la explotación, y a favor de más oportunidades, más amparo
     legal y más libertad. Y en favor de un mundo nada exaltante, siempre a
     años luz de la perfección, lleno de desigualdades y frustraciones
     múltiples a nivel individual. Sin embargo, en este mundo que tanto
     decepciona a los seguidores de John Zerzan, el tranquilo apocalíptico de
     Oregón, la señora colombiana que viene una vez por semana -en el volante
     de su auto- a ayudarnos con la limpieza de la casa, aquí, en Washington,
     donde paso este semestre, gana veinte dólares por hora, es decir bastante
     más de lo que ganan, como promedio, los ingenieros, funcionarios,
     empleados y profesores universitarios de cualquier país tercermundista. Ya
     sé que estos pedestres fines carecen de sex appeal, que nunca excitarán la
     ternura y la pasión de los idealistas, como pueden hacerlo las amenazas
     que se ciernen, en los océanos, en torno a los esbeltos delfines y las
     lentas tortugas.


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