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María Gabriela Mizraje Argentinas de Rosas a Perón Colección Biblioteca de las Mujeres


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Comentario publicado en REVISTA DE CRITICA LITERARIA LATINOAMERICANA

Año XXVII, Nº 54. Lima-Hanover, 2do. Semestre del 2001; pp. 249-252


María Gabriela Mizraje

Argentinas de Rosas a Perón

Colección Biblioteca de las Mujeres
Juan Medrano-Pizarro

Dartmouth College


De Rosas a Perón, dos nombres –y casi una consigna– que operan como sinécdoque de dos siglos de historia argentina. Entre un extremo y otro, María Gabriela Mizraje traza una genealogía de la nacionalidad en la literatura femenina argentina buscando estudiar allí las

marcas genéricas de un programa ideológico en el que no sólo se negocia el estatuto de lo nacional, sino también se definen formas de ser escritora en la argentina del siglo XIX y XX. Por el revés de un campo cultural y una legalidad tendente a consagrar autoridades

monolíticas, su lectura construye un corpus femenino que, silenciado, y a veces hecho (a) pedazos (cartas, diarios, memorias, novelas, dramas, etc.), articula versiones alternativas de la patria. El tejido, para usar su metáfora, de una historia en femenino de las letras

argentinas en el que, por un lado, se envuelven sus personajes (Mariquita Sánchez, Juana Manso, Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla, Emma de la Barra, Alfonsina Storni, Norah Lange, Victoria Ocampo, Beatriz Guido, Alejandra Pizarnik, Griselda Gambaro) y, por el otro, se enhebra la identidad nacional. Frente al bronce ya canónico de la épica decimonónica (Alberdi, Sarmiento, Mitre y Mansilla), el trabajo de Mizraje construye el relato de un linaje literario nacional que reconoce no sólo “padres” sino también “madres de la patria”. Mujeres que, trascendiendo su condición subalterna de hijas de, madres de, esposas de, ensancharon el tradicional ámbito de lo doméstico para hacerse un nombre

propio en el campo de las letras. Un pasaje de lo privado a lo público que en la escritura de Mariquita Sánchez (1786- 1869) se materializa en la sociabilidad de la tertulia, el corpus de un intenso intercambio epistolar y la letra de una patria que se piensa en términos de “gran familia”. En todo caso, el testimonio de unos Recuerdos del Buenos Aires virreynal que, prefigurando La gran aldea de Lucio López, funciona aún hoy como arcón o depósito de una memoria política y cultural que autoriza a la escritora como albacea de la prehistoria de la nación nacida en la revolución de mayo. Leer la escritura femenina del siglo XIX es para Mizraje rastrear la por momentos simbiótica relación entre sujeto y nación que caracteriza al período. Una relación que, si bien pone en evidencia la problemática, por no decir inexistente, de la autonomía literaria hasta la constitución del estado nacional en 1880,

adquiere una especificidad propia en el caso de la literatura femenina. Como lo prueba su excelente lectura de Los misterios del Plata y La familia del comendador de Juana Manso (1819-1875), reconstruir la historia argentina fue en muchos casos, para las escritoras del siglo XIX argentino, negociar el difícil espacio de inserción para una práctica de la letra

que parece obliterar la posibilidad de un sujeto femenino de la escritura. Una reconstrucción personal que, en el tránsito de la casa a la calle, se repliega sobre el espacio de la nacionalidad buscando el refugio de una patria que las niega como mujeres y como escritoras. Juana Manso fue para sus críticos “Juana la loca”; “demasiado mujer”, sostiene Mizraje, “para ser reconocida como historiadora o ensayista entre los pensadores de su entorno, demasiado poca mujer para ser incluida en la lista de escritoras pioneras

de nuestro país”.

Si hay un personaje central en la galería femenina que Mizraje construye en su lectura del siglo XIX argentino éste es sin duda alguna Juana Manuela Gorriti (1816-1892). Sueños y realidades (1865), Biografía del general Don Dionisio de Puch (1868), El mundo de los recuerdos (1886), Oasis en la vida (1888), Cocina ecléctica (1890), Perfiles (1892), Veladas

literarias de Lima 1876-1877 (1892), cartas, relatos históricos, recetarios de cocina, prólogos, diarios, plegarias, discursos fúnebres, periodismo, crítica literaria constituyen el variado caudal de su escritura. La riqueza temática y genérica de Gorriti habilita por su revés una lectura que, en Mizraje, busca las marcas de su débil posición de enunciación. Gorriti, en efecto, escribe como una mujer de su tiempo. En sus textos se cuida el “decoro”, se resalta la “belleza intelectual”, se insiste en la importancia de la buena letra (el aplicado

trabajo de la escritura), pero esa misma escritura disfraza, según Mizraje, su femineidad, en un disimulo que “permite vehiculizar acciones y palabras que, de otro modo, caerían en el vacío de su propio sexo”. Haciendo gala de lo que Josefina Ludmer llamaría “las tretas del débil”, la escritura de Gorriti “quita el cuerpo” al escándalo que supone en el siglo XIX la

figura oximorónica, para algunos (Sarmiento entre ellos), de la “mujer intelectual”. El nombre, sin embargo, no deja de definir la marca de un destino. Hija del general José Ignacio Gorriti, esposa de Manuel Isidoro Belzú, primer presidente de Bolivia, el abolengo es en Gorriti el espacio de convergencia de una historia que no es sólo personal, sino también nacional. Como para todas las escritoras argentinas del siglo XIX, salir de la casa fue para Gorriti entrar en el espacio de la patria. Entre la Pampa, París y los EE.UU.,

jugada siempre entre dos lenguas y dos tradiciones que son también marcas de familia (Rosas, su tío, y Lucio, su hermano), Eduarda Mansilla (1838-1892) da cuenta en el trabajo de Mizraje de un tópico del letrado latinoamericano al que no es ajeno la escritura femenina del siglo pasado: el viaje y la consiguiente traducción. Su Pablo ou la vie dans les Pampas (1869) adelanta en París Una excursión a los indios ranqueles (1870) de su hermano Lucio. Eduarda, sostiene Mizraje, no sólo llega antes a los ranqueles, sino también llega antes a la

novela. Ella traduce la Argentina (su interior exportable) para un afuera (Francia, que funciona como el espacio de un debut consagratorio). Lucio, de vuelta de los ranqueles, traduce a Eduarda en el folletín de La Tribuna. “La Argentina”, sostiene Mizraje, “es el país que ambos hermanos miran y ambos glosan, la Pampa es su sinécdoque; París una

metonimia difícilmente traducible. Y Rosas, ya, su mejor metáfora”. El siglo XX inaugura en la Argentina la relación literatura-mercado. Mizraje sitúa a la mujer en esta escena no sólo como pasiva lectora, sino también como activa productora de una letra destinada al consumo masivo. Bajo el seudónimo de César Duayén, Emma de la Barra (1861- 1847) consagra su novela Stella (1905) como el primer bestseller argentino. Novela de costumbres que desenmascara la hipocresía de una clase que la autora conoce bien desde dentro. “La temeridad de la escritura”, sostiene Mizraje, “no llega sin embargo en la escritora—hasta su rol de autora”. En un juego de (des)velamiento que tiene mucho de marketing editorial, Emma de la Barra será y no será César Duayén. En todo caso, el testimonio de una época en la que, en palabras de Manuel Gálvez, “el oficio de escribir estaba casi tan mal mirado, en nuestra sociedad aristocrática, como el de actriz o bailarina”. Las mujeres no sólo escriben sino que son escritas en la lectura de Mizraje. Buscando las huellas de esa sobreescritura, su trabajo, leyendo a Alfonsina Storni (1892-1938), rastrea la historia de

una recepción crítica que trascendiendo motivos estéticos deja leer las marcas de una discriminación genérica. Cuando la obra de Storni es catalogada por Borges como “borrosidades y chillonería de comadrita”, lo que se ataca, sostiene Mizraje, no sólo son sus versos sino un contexto de producción. Allí donde el género se erige en un obstáculo para la

recepción de la literatura, la crítica más que textual se hace sexual. Pese a haber sido incluida por Borges en su Antología poética argentina de 1941, o por Federico de Onís en su Antología de la poesía española e hispanoamericana de 1934, el sexo constituyó, al decir de González Lanuza, una “traba” para el reconocimiento del valor poético de Alfonsina Storni. “Traba” que, para Mizraje, se hace evidente en el tono sarcástico que las vanguardias de Florida o Boedo adoptan en su lectura de Alfonsina. El campo cultural se abre y la mujer

puede ser, ya en el siglo XX, socia de un proyecto cultural. Atenta a los límites de esa apertura genérica, Mizraje lee a Norah Lange (1906-1972) no sólo como la anfitriona de la vanguardia martinfierrista y compañera de ruta de Oliverio Girondo (la bifronte oraliverio), sino también como la mujer probada y tutelada por Borges y Girondo, y por una crítica que termina por imponer una imagen angelical e inofensiva de la escritora. Más allá de un aparente lugar de seducción e independencia, sus textos, (La calle de la tarde (1925), Los días y las noches (1926), 45 días y 30 marineros (1945), entre otros) requieren siempre, al decir de Mizraje, ser autorizados y legalizados dentro de un sistema filial, conyugal, literario o social signado por la impronta jerárquica masculina. Primera mujer en ser admitida en la Academia Argentina de las Letras, Victoria Ocampo (1890-1979) aparece en

la genealogía femenina que construye Mizraje como hito sin precedentes en la historia de la literatura nacional. Viajera, traductora, gran dama del proyecto editorial de Sur, Victoria, sostiene Mizraje, “cambió el destino (y el destinatario) de nuestra literatura”. Si bien su rol oficioso de embajadora cultural y su escritura en francés la proyectan sobre la escena internacional de las letras (el París de Roger Caillois y Lacan; la literatura británica encarnada en Brontë y Virginia Woolf) la Argentina aparece en Ocampo como una opción y no como una imposibilidad. La flecha de Sur, nos dice Mizraje, señaló siempre al sur y, a pesar de sus viajes y sus lenguas, Buenos Aires fue su ciudad. “Florida, Viamonte,

Tucumán, Lavalle eran el reducto de los Ocampo”, escribe Victoria en su Autobiografía. Una geografía urbana y una historia patricia que no por ello deja de ser también, en la lectura de Mizraje, la historia y la geografía de la patria. La década de los sesenta, marcada en América Latina por lo efectos de la revolución cubana, y en la Argentina por la antinomia peronismo-antiperonismo, encuentra su expresión en la literatura femenina en Beatriz Guido (1922-1988). Definida por Perón como “el Grosso pequeño de la revolución libertadora” e incluida por Viñas, desde la izquierda, en la tradición de la literatura liberal,

Mizraje recupera a Guido como “una de las autoras que más problematizó los roles femeninos y masculinos dentro de sus ficciones”. Bien directamente en sus novelas (La casa del ángel (1954), La caída (1956), Fin de fiesta (1958), El incendio y las vísperas (1964), entre otras), o a través de su colaboración cinematográfica con el director Leopoldo

Torre Nilsson, la escritura de Guido incide en la lectura de Mizraje, en una doble y

sostenida vertiente: la literaturización de la historia nacional y la exploración de las

contradicciones de la moral burguesa. Que la película de Torre Nilsson Piedra libre, basada en su novela homónima, haya sido prohibida por los militares en 1976 dice mucho del tenor de su búsqueda y de los límites de esa moral. ¿Existe un lenguaje específicamente femenino, o la lengua, al decir de Lacan, está marcada siempre por el significante fálico? Esta pregunta no se explicita en el trabajo de Mizraje, pero la misma está implícita en su lectura de Alejandra Pizarnik (1936-1972). Una aproximación, la suya, no psicoanalítica, pero que, sin embargo, deja leer en Pizarnik la descomposición del sujeto poético en el lenguaje. Una “letra en sufrimiento” que atestigua “el autorretrato de la que se ve sufrir y se hace sufriente, la que quiere, al menos, usufructuar el dolor en beneficio de su poesía”. Especial mención merece su brillante lectura de Julio Cortázar dedicado a Pizarnik, “La noche de las

amigas”. Un encuentro poético, donde Cortázar acoge y conjura en el espacio de la letra la negatividad que recorre el imaginario de Pizarnik. A modo de cierre, el trabajo de Mizraje

concluye con una inteligente lectura de Griselda Gambaro (1928) en la que sus dramas aparecen como índices de la violencia que caracteriza a la historia argentina contemporánea marcada por el terror de la última dictadura y la crisis económica. El miedo, la desposesión (El despojamiento (1974), lo siniestro que se esconde en la inocencia del juego

(Información para extranjeros (1973) hablan, para Mizraje, de una realidad marcada en Gambaro por la miseria y la muerte. Volver la mirada sobre la historia literaria argentina y reformular el corpus de una lectura crítica constituyen ya un gesto clásico de la crítica argentina. Pensemos sino en los trabajos de Viñas, en las lectura de Ludmer sobre la

gauchesca y el delito, o esa “Argentina a pedazos” que armó Piglia desde la revista Fierro en los 80. Inscripta en esa tradición (que es la mejor de la crítica argentina) Mizraje construye en este trabajo el corpus femenino de la literatura argentina. Un gesto que tiene mucho de fundacional y que, como todo principio, invita a nuevos recorridos. En suma, éste es un libro

ineludible para todos aquellos interesados en saber y estudiar qué fue y es ser escritora en la tradición nacional argentina.



Juan Medrano-Pizarro

Dartmouth College


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