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Manual urgente para radialistas apasionados y apasionadas


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José Ignacio López Vigil
MANUAL URGENTE

PARA RADIALISTAS

APASIONADOS Y APASIONADAS


Contenido

1- Los medios en el medio
Genealogía de la radio

La sin cables

¿Con los días contados?

Nuevos roles de los medios de comunicación

Legitiman lo que transmiten

Establecen la realidad

Representan a los ciudadanos

2- La personalidad de la radio
El mejor de los pianos

Sensibilidad a flor de oído

El nombre de la risa

La pantalla más grande del mundo

Los nietos del oído

Radioapasionadamente…



3- Lenguaje de la radio
La famosa formulita: e mr

Enemigo número uno: el ruido

De significados y sentidos

Dos orejas y una boca

La triple voz de la radio

¿Y el silencio?

La primera sensualidad de la radio

Si me permiten hablar...

Aprender a hablar claro

Ya que no somos profundos...

Lenguaje activo y pasivo

¿Y las malas palabras?

¿Y los términos técnicos?

¿Y las jergas juveniles?

Evitar los parrafazos
Aprender a hablar bonito

Palabras concretas

Expresiones regionales

Imágenes


Comparaciones y metáforas

Exageraciones

Refranes

Narraciones

Preguntas, admiraciones y órdenes

Frases ingeniosas


Un lenguaje no sexista
Dinámicas para capacitar en lenguaje radiofónico

4- Locutoras y locutores
El oficio de hablar

¿Qué hago con los nervios?

Inspire, espire, respire

¿Hablar o escucharse?

Masivamente individual

Una naturalidad bien entrenada

Cada uno con sus cadaunadas

Buena articulación, mejor dicción

Leer o no leer: ¡ésa es la cuestión!

Cuatro niveles de lectura

La improvisación

Parteras de palabras

Hacia un radialista integral

5- Géneros y formatos
En busca de una clasificación perdida

El menú de la producción radiofónica

Los géneros se presienten

Bondad, verdad y belleza

Género dramático

Género periodístico

Género musical
¿Y las revistas?

Para animarse mejor

¿Cuál es el mejor formato?

6- Género dramático
¡Micrófonos, voces, acción!

El alma del drama

¿Cómo fabricar un conflicto?

El punto de partida: ¡eureka!

Público y objetivos

El argumento y sus tres momentos

Presentación

Enredo


Desenlace
Radiografía de un drama

Esquemas argumentales que funcionan

Entre la tierra y el viento

Personajes de carne y hueso

¿A quién amo, a quién odio?

Nariz contra nariz

El vilipendiado narrador

El arte de escribir como se habla

¿Cómo dialogan sus personajes?

Diseñando una escena

La estructura del libreto

¿Cómo separar las escenas?

El libreto y sus formalidades

Amor con amor se graba

¡Aquí mando yo!

Efectos y defectos

Música y flores, llaman amores

Una palabra sobre los planos

Grabando, grabando…

Literariorradiogramofónico

Otras dramatizaciones

Las personificaciones

Sociodramas van, sociodramas vienen

Que falte todo menos la risa

Érase que se era…

Cada uno en su casa y la radio en la de todos


Dinámicas para capacitar en actuación dramática

Dinámicas para libretar radioteatros y radionovelas

Dinámicas para hacer humor

Dinámicas para hacer sociodramas

Dinámicas para adaptar cuentos

7- Género periodístico
El mundo está loco, loco, loco…

Corrientes de agua y de opinión

Informar para formar

Informar para inconformar

Informar para transformar
Noticias y novicias

La tan subjetiva objetividad

Las fuentes informativas

La triple proximidad de los hechos

Otros criterios de selección

Cuatro tipos de notas

Nota simple

Nota ampliada

Nota documentada

Nota ilustrada


Telégrafos y telegrafistas

Estructura de la noticia radiofónica

La entrada

El cuerpo

El cierre
Algunas normas de redacción

Entre ceremoniosos y gritones

Querida y olvidada crónica

La opinión: comentarios y editoriales

Primero, las ganas

Un par de preguntas básicas

Estructura tríptica del comentario

Cerrar el círculo

El editorial ilustrado

¿Y la charla?


Las entrevistas

¡Todas las voces!

El entrevistador y sus preguntas

Tipos de entrevistas

Antes de la entrevista

Durante la entrevista

Después de la entrevista

Entrevistas colectivas

Las encuestas

Conferencias de prensa


La tercera vía del periodismo

Reportaje sobre el reportaje

Juega el Rey

¿Y el documental?

Manos al reportaje

El lado oculto de la sociedad


Periodismo de alcantarillas

Detectives públicos

Investigar la vida cotidiana

¿Por dónde empezar?

La cola de la rata

Las gargantas profundas

Y ahora, la bulla

Los oyentes investigan


La programación informativa

La urgencia de los flashes

La puntualidad de los boletines

El panorama de los noticieros


Hacia una política informativa

Producción propia

Agilidad informativa

Pluralismo de opiniones

Opinión editorial

Agenda informativa propia


Dinámicas para seleccionar noticias

Dinámicas para redactar noticias

Dinámicas para hacer entrevistas

Dinámicas para hacer comentarios

Dinámicas para armar un noticiero

8- Género musical
De la música y otros demonios

¿Quién decide la música?

Música a la carta

Una encuesta permanente

Hacia una democracia musical

Los discos, esos intrusos

Los discos cumplen años

Las canciones tienen pasaporte

Los fecundos géneros musicales

Al ritmo de la música

Vocalistas y vocalistos
Consultorio del discjockey

¡Música, maestro!

Complacencias

Musicales de un solo género

El invitado especial

El hit parade

Festivales de aficionados

Historia de canciones

Mano a mano

Ella y él

La fiesta en casa

Serenatas

Música de cantina

Yo pisaré las calles nuevamente…

Los Grandes Maestros


Las top 40 y los relojes calientes
Dinámicas para la apreciación musical

Dinámicas para programar música



9- Radiorevistas
De todo y para todos

¿Cuánto tiempo, cuántas veces?

La magia del conductor

La pareja radiofónica

Un diálogo a tres

¿En vivo o grabada?

Un pequeño rompecabezas

Bienvenidos y bienhallados

Visitas

Cartas


Llamadas telefónicas

La radio entre la gente

Tan bonita como útil

El consejo nuestro de cada día

¿Sabía usted que…?

A la una, a las dos… ¡y a los concursos!

Prohibido prohibir: los debates

Tribunales de anteprimera instancia

Radiorevistas compactas

¿Y las 364 que faltan?

¡A jugar se ha dicho!

Mente sana en emisora sana

¿En qué se parece el fútbol a Dios?
Dinámicas para capacitar en revistas

Dinámicas para capacitar en debates

¿Cómo capacitar a los comentaristas deportivos?

10- Las cuñas
El formato más corto de todos

Los oscuros objetos del deseo

No sólo de jabones vive el hombre

Cuña se escribe con C

Corta

Concreta


Completa

Creativa


Algunos modelos de cuñas

Cuñas habladas

Cuñas dramatizadas

Cuñas cantadas o jingles

Cuñas testimoniales

Cuñas humorísticas


El infaltable slogan

¿Creatividad colectiva?

Tips y más tips

Los microprogramas


Dinámicas para producir cuñas

11- La programación radiofónica
Una declaración de amor

Cuatro modelos de programación

Total

Segmentada



Especializada

Las radio-fórmulas


Compito, luego existo

El fetiche del rating

Una programación masiva

Una programación de doble vía

Una programación callejera

Una programación interactiva

Una programación sensual

Una programación fantástica

Una programación ágil

Una programación con oídos de mujer

Pasos para armar una programación

Perfiles y públicos

Un buen diagnóstico

Estilo, objetivos y oferta

Franjas horarias

Parrilla de programación

Validación, monitoreo y evaluaciones periódicas
Bautismo de programas

Cambios de programación

¡Vivan los enlatados!

¿Quién es el asesino?


Dinámicas para reprogramar una emisora

Prácticas investigativas



12- Democratizar la palabra
Los valores de la ciudadanía

Estimas y autoestimas

La palabra propia

¿Qué hace comunitaria a una radio comunitaria?

¿Bajas potencias?

¿Determinadas frecuencias?

¿Con licencia, sin licencia?

¿Artesanos o profesionales?

¿Y la propiedad del medio?

¿Y la publicidad comercial?

Tres lógicas de funcionamiento
¿Por qué hablamos de sociedad civil?

El público nos hace comunitarios

¿En qué ondas andamos?

Contribuir al desarrollo

Ampliar la democracia

Defender los derechos humanos

Proteger la diversidad cultural
Un matrimonio tecnológico

Ella popular, él elitista

Radio a la carta

Telecentros y radios comunitarias


Bodas de diamante
MANUAL URGENTE

PARA RADIALISTAS

APASIONADOS Y APASIONADAS
José Ignacio López Vigil

Este libro tiene su pequeña historia. Resulta que en octubre del 94, CIESPAL y AMARC habían planeado un curso de metodologías para la enseñanza radiofónica. Por esas confluencias astrales —invitados unos, llegados a tiempo otros— nos dimos cita en Quito 22 capacitadores y capacitadotas de América Latina y el Caribe, representando a varias instituciones de carácter regional.


En torno a la mesa de trabajo, habíamos empíricos y académicos, populares y comunitarios, jóvenes y calvitos, ellas y ellos, muy diferentes concepciones y trayectorias. Los debates prometían ser de alta temperatura.
Pasaban los días y no pasaba nada. Se discutía a fondo, sí, pero los puntos en común eran abrumadoramente mayores que los desacuerdos. Tantos, que al cabo de diez días nos desafiamos a inventar una plataforma de acción para compartir no solamente criterios y metodologías, sino algo mucho más ambicioso: el sueño de democratizar las comunicaciones en nuestro continente. De ahí surgió el Grupo de los Ocho.1
Me encomendaron redactar la memoria del encuentro. Recibí un lote de 40 casetes donde dos puntuales secretarias habían grabado todas las sesiones. Las transcribí y me sentí agobiado. Como siempre ocurre en estos casos, los debates hablados, puestos en papel, resultaban tan ricos como desordenados. Mucho sobraba, mucho faltaba. Además, poca utilidad tendrían los criterios metodológicos si no se explicitaban antes los de producción. ¿A quiénes queríamos llegar con esta publicación? ¿Sólo a quienes capacitaban o también a las comunicadoras y comunicadores que, día a día, enfrentan el micrófono abierto y el libreto pendiente?
Había que correr los postes, abarcar más terreno. Eché mano, entonces, de algunos autores clásicos, fui sumando mis apuntes personales y las experiencias nunca sistematizadas de muchos años —casi 30— haciendo y enseñando a hacer radio. Así nació este manual.
Y así fue creciendo y llegando a muchas manos y validando la utilidad de los criterios de producción incluidos. Para la segunda edición, noté la necesidad de algunos temas no tratados e indispensables: el lenguaje no sexista, la programación con oídos de mujer y el urgente matrimonio tecnológico entre la radio y el Internet. Queda pendiente el periodismo de intermediación que desarrollo en Ciudadana Radio.2
Es un manual. Es decir, son páginas para aprender a producir, para dominar el lenguaje del medio radiofónico y desempeñarse con profesionalismo en sus principales géneros y formatos.
Es urgente. Porque la relación entre emisoras comerciales y comunitarias, entre cadenas vía satélite y radios locales, está marcada, hoy más que nunca, por una jadeante competencia. Si no ofrecemos programas de calidad, si no ganamos audiencias masivas, de nada servirán nuestras mejores intenciones comunicacionales.
Es para radioapasionadas y radioapasionados. Para colegas inconformes que inventan, que experimentan, que disfrutan el micrófono. Para quienes apuestan por una radio más dinámica y sensual. Y para quienes luchan por un mundo donde todos puedan comer su pan y decir su palabra.

José Ignacio López Vigil

Lima, abril 2005
1- LOS MEDIOS EN EL MEDIO

Al principio eran las palabras. La sabiduría pasaba de boca a oreja, de oreja a boca, de generación en generación, en una tradición oral que duró muchos siglos, equivalente al 99% de toda la historia humana. No había escritura para precisar los conocimientos. Se pintaban bisontes y se estampaban manos en las cuevas, pero todavía no se dibujaba la voz humana, no se codificaba el pensamiento en signos posteriormente descifrables.


En el Irak actual, seis mil años atrás, aparecieron las primeras letras en tabletas de arcilla, en forma de pequeños triángulos.3 Con ellas, los mercaderes recordaban las deudas pendientes. Después vinieron los egipcios con sus jeroglíficos, fijando nociones de medicina y astronomía, de religión y matemáticas. Se escribía sobre papiro y pergamino, luego sobre papel.
Los libros eran escasos, escasísimos. De la mayoría de textos, apenas existía un ejemplar. En Alejandría primero y luego en los monasterios, se sacaban copias a mano, una a una, página a página, agotador esfuerzo reservado a unos pocos iniciados en el arte de escribir. Los reyes y, sobre todo, los sacerdotes monopolizaban el saber.
Los chinos ya la habían inventado en el siglo IX, pero fue Johannes Gutenberg en el XV quien democratizó la escritura con aquellos primeros tipos de plomo fundido. La imprenta hizo posible sacar mil ejemplares de un libro en menos tiempo que el empleado por el copista deslizando sus pinceles sobre una página. Multiplicadas las letras, se multiplicaban los lectores. Renacía el pensamiento, se reformaba la imagen del mundo. Se rompía el oscuro control de Jorge de Burgos, acantonado en el laberinto de su inaccesible biblioteca.4
Después de los libros, vinieron los periódicos. Y la libertad de expresión, proclamada en la Revolución Francesa.

Genealogía de la radio
La escritura había atrapado las ideas. La imprenta las había puesto al alcance de todos. Ahora cualquiera podía interpretar la célebre Biblia latina de 42 líneas, primera publicación del fundidor alemán. Ahora todos podían leer —si aprendían a leer— las parábolas de Jesús y las arengas de Moisés. ¿Cómo, sin embargo, las dirían ellos? ¿Cómo habrán pronunciado esos mensajes? Las palabras estaban ahora ahí, escritas, cristalizadas en signos. Pero, ¿cómo habrán sonado en boca de sus autores? ¿Cómo hablaría Bolívar, cómo declamaría sus poemas Sor Juana Inés, cómo resonaron las últimas palabras de Túpac Amaru en la plaza grande del Cusco? Nostalgias del sonido disuelto en el éter, irrecuperable.
El invento de la fotografía capturó la luz. Había que inmovilizarse media hora ante la cámara para sacar un daguerrotipo, pero ahí estaba la plancha de cobre, quedaba una constancia más allá de la retina. Sin fotos, los rostros se escapaban como el agua de los ríos. Los cruzados regresaban de sus absurdas e interminables batallas y reconocían a sus mujeres por un lunar en la pantorrilla o por una contraseña secreta. Los rasgos de la cara, después de tantos años de ausencia, ya se habían borrado en la memoria de ambos.
¿Y el sonido? ¿Sería más inasible que la imagen? El 24 de mayo de 1844, Samuel Morse, un pintor norteamericano, inventó el telégrafo. Las letras se traducían en una clave de puntos y rayitas. Con impulsos eléctricos cortos y largos, a razón de quince palabras por minuto, se podían despachar mensajes a través de delgados hilos de cobre casi a la misma velocidad que la luz.5 No se necesitaban carros, barcos, caballos o palomas para comunicarse de un extremo a otro del país. O de un país a otro, con tal que hubiera tierra donde clavar los postes y tender los cables.6
El telégrafo, por primera vez, brindó inmediatez al conocimiento. Pero no era el audio real de la naturaleza ni las palabras vivas de la gente las que viajaban a través de aquella primera línea entre Washington y Baltimore. Los telegramas, como su nombre indica, venían siendo una escritura a distancia, una carta sin tinta ni papel. El sonido todavía no sabía viajar solo, sin la tutoría de un idioma artificial.7
En 1876, Alexander Graham Bell, físico escocés radicado en Estados Unidos, lo logró. El teléfono transformaba el sonido en señales eléctricas y lo enviaba, valiéndose de micrófonos y auriculares, por un tendido de cables similar al del telégrafo.8 La voz humana iba y venía sin necesidad de ningún alfabeto para descifrarla. Si viajaba la voz, podía viajar la música. Y cualquier ruido. El sonido había roto para siempre con la esclavitud de la distancia. Hasta en un pequeño teatro, los actores y las actrices tienen que proyectar la voz para ser escuchados desde las últimas filas. Ahora, con aquel aparatito a manivela, las palabras se impulsaban sin esfuerzo, casi a 300 mil kilómetros por segundo, rompiendo toda barrera espacial.
Antes del teléfono, como señala Bill Gates, la gente creía que su única comunidad eran sus vecinos. Casi todo lo que se hacía se efectuaba con otros que vivían cerca.9 Había que salir de casa, desplazarse, para saber de un familiar enfermo o concertar una cita. El teléfono facilitó la vida cotidiana, acercó a los humanos como nada lo había logrado hasta entonces. Todavía ahora, un siglo después del invento de Bell, nos asombramos cuando estamos en pijama, en casa, apretamos unos simples botoncitos y al instante conversamos con un amigo que vive en Australia.
Voz viva, directa, comunicación de ida y vuelta, ya sin espacio. Pero siempre amarrada al tiempo, el implacable, como diría Pablo Milanés. ¿Si llamabas y no había nadie en el otro extremo de la línea? ¿Si dabas una noticia y el otro la agrandaba o tergiversaba a su antojo? ¿Cómo probar que tú dijiste esto y yo no dije aquello? La voz no dejaba huellas. De cerca o de lejos, el sonido se lo llevaba el viento, no quedaba registrado en ninguna parte.
En 1877, un contemporáneo de Bell, el norteamericano Thomas Alva Edison, experimentaba con un cilindro giratorio, recubierto de una lámina de estaño, sobre el que vibraba una aguja.10 Después de múltiples ensayos, aquel genio consiguió escuchar una canción grabada por él mismo. Había nacido el fonógrafo, abuelo del tocadiscos.11 El sonido había alcanzado la inmortalidad.
El tiempo no se robaría más las voces del mundo. Con el nuevo invento, se podrían documentar los acontecimientos, repetir cuantas veces se quisiera la canción preferida y tocar el himno nacional en los congresos sin necesidad de orquesta. Se podría seguir oyendo a los muertos, como si estuvieran vivos.
Los límites, sin embargo, los establecía la materia. Para escuchar aquel sonido enlatado en el fonógrafo, había que acercarse al aparato. La voz rompía con el tiempo, pero estaba presa de la bocina. ¿Cómo sumar inventos, cómo liberar el sonido manipulado por Edison y Bell? Ya podía enviarse el audio captado en el fonógrafo a través del veloz teléfono. Pero permanecían los cables. Siempre los cables.

La sin cables
Tenía apenas 21 años. Un día, en su casa de Bolonia, Guglielmo Marconi hizo sonar un timbre en el sótano apretando un botón situado en la buhardilla. Lo sorprendente era que entre ambos puntos no había ninguna conexión.
Poco después, en las afueras de la ciudad, el joven investigador italiano daba una instrucción simple a su ayudante:
—Si suena tres veces, dispara una.
El muchacho corrió detrás de una colina con el receptor inalámbrico y una escopeta. Desde su laboratorio, con un primitivo transmisor de ondas hertzianas,12 Marconi pulsó los tres puntos de la letra S en aquel alfabeto morse que había aprendido hacía muchos años de un viejo telegrafista ciego. Al instante, como por arte de magia, se escuchó el disparo convenido. La telegrafía sin hilos, madre de la radio, había sido inventada.13
Esto ocurrió en 1895. Un par de años más tarde, conectando una antena al transmisor, Marconi logró proyectar su señal a mil metros de distancia. Después, alargando la longitud de onda, superó los 16 kilómetros del Canal de la Mancha. En 1901, como un corredor después de entrenarse para el gran salto, cubrió los 3,300 kilómetros que separan Inglaterra de Terranova, en Canadá. Los nuevos telegramas volaban libres. Podían prescindir de los cables y de los postes terrestres.14
La wireless, la sin hilos, como se le comenzó a llamar al nuevo invento, unía tierras y mares, saltaba montañas, desparramaba los mensajes a través del éter, sin ningún otro soporte que las mismas ondas electromagnéticas. Todos los que dispusieran de un receptor adecuado, podían captarlas. Pero no entenderlas, porque los breves mensajes enviados tenían todavía que ir cifrados en alfabeto morse.
En la nochebuena de 1906, el canadiense Reginald Fessenden realizó la primera transmisión de sonido: los radiotelegrafistas de los barcos que navegaban frente a las costas de Nueva Inglaterra no captaron esta vez impulsos largos y cortos en clave morse, sino una voz emocionada leyendo el relato del nacimiento de Jesús y acompañada por un disco de Haendel. Fessenden había logrado emitir directamente la voz humana sin necesidad de códigos, pero su proeza apenas alcanzaba a un kilómetro y medio a la redonda. ¿Cómo amplificar la voz, cómo superar esa última barrera que liberaría para siempre al sonido?
Al año siguiente, en 1907, Alexander Lee de Forest, norteamericano, descubre unas válvulas de electrodos que transforman las modulaciones del sonido en señales eléctricas.15 Estas ondas, transmitidas de una antena a otra, podían ser reconvertidas nuevamente en vibraciones sonoras. Con estos tubos de vacío, que servían igualmente para enviar o recibir, nacía la radio, tal como la conocemos hoy: sin distancias ni tiempo, sin cables ni claves, sonido puro, energía irradiada en todas direcciones desde un punto de emisión y recibida desde cualquier otro punto, según la potencia de las válvulas amplificadoras.
Ahora sí. Ahora estaban dadas las condiciones para comenzar a hacer radio. En América Latina, los argentinos tomaron la delantera. El médico Enrique Susini y un grupo de entusiastas amigos montaron un transmisor de 5 vatios en la azotea del teatro Coliseo. Desde allí hicieron las primeras pruebas. El 27 de agosto de 1920 a las 9 de la noche, los locos de la azotea, como ya les llamaban, transmitieron para todo Buenos Aires una ópera de Richard Wagner. Éste fue el primer programa de radio dirigido a público abierto que se oyó en nuestro continente.16 En esos mismos días, en Montevideo, Claudio Sapelli, un trabajador de la General Electric, escribió a Lee de Forest pidiéndole una de aquellas válvulas mágicas y comenzó a transmitir desde otra azotea, la del Hotel Urquiza. Por todas partes era la misma efervescencia de probar y comprobar el asombroso invento.
La primera emisora con servicio regular fue la KDKA de Pittsburgh, instalada en un garaje de la Westinghouse. El 2 de noviembre de 1920, el popular radioaficionado Frank Conrad daba a conocer los votos obtenidos por Warren Harding y James Cox, candidatos a la presidencia de los Estados Unidos. A partir de ahí, el éxito de la radio fue imparable. En 1921, se inician en París los primeros programas, utilizando la Torre Eiffel como antena. Al año siguiente, en 1922, se funda en Londres la BBC. Pocos meses más tarde, salen al aire las primeras transmisiones españolas. En la recién creada URSS, Lenin exhorta a la investigación y aprovechamiento de aquel periódico sin papel y sin fronteras, como él llamaba a la radio. Por todas partes se estrenan emisoras y se venden aquellos primeros equipos de galena, todavía sin parlantes, para escuchar a través de audífonos. En 1924, había más de seis millones y medio de receptores en el mundo. La radio se expandió como ningún medio de comunicación lo había logrado hasta entonces.
En 1945, un nuevo descubrimiento cambiaría la forma de trabajo en las numerosas y pujantes emisoras. Con el magnetófono se podían hacer montajes previos al momento de la emisión. Más que ensayar antes de la función, como se hacía en el teatro, la radio podía darse ahora el lujo de enlatar efectos de sonido, grabar y borrar, añadir fondos musicales, separar unas voces de otras, descansar la programación con espacios en directo y en diferido. La cinta magnética permitía una flexibilidad que los discos de acetato nunca ofrecieron.17 Si la transmisión del sonido ya estaba liberada, las nuevas grabadoras liberaban la otra punta del sistema, el momento de la producción radiofónica. Al fin, después de un galopante siglo de inventos e inventores, el sonido podía sonar tranquilo y orgulloso. La radio lo había hecho tan indispensable como la luz eléctrica o el agua corriente.
Y fue entonces, cuando la radio se creía dueña y señora de casa, que le nació una hermanita engreída y codiciada por todos: la televisión.
Hasta entonces, la radio había ocupado el centro. En torno a ella, tres generaciones se sentaron a oír las radionovelas lloronas y las noticias inquietantes. Con la radio se cantaba, con la radio se jugaba, la radio había cambiado los horarios del quehacer doméstico y del descanso nocturno. Ella era la verdadera reina del hogar. ¡Y ahora, la televisión! Celosa por la recién llegada, la radio se sintió insegura, perdida. Se sintió vieja y relegada. Quienes antes vivían pendientes de sus invisibles labios, comenzaron a reunirse en torno a la pequeña pantalla para mirar en ella los culebrones y los concursos que antes sólo podían escuchar. La radio fue desplazada y en su lugar se entronizó la televisión.
En ese momento de humillación —como ocurre en los cuentos que ella misma había difundido— apareció un hada madrina que le dio a beber un elíxir de juventud. La radio lo apuró de un sorbo.
El elíxir se llamaba transistor.18 Con aquel descubrimiento de la Bell Telephone Laboratories, en 1948, ya no hacían falta los tubos amplificadores de Lee de Forest. Los nuevos semiconductores de silicio reducían el tamaño tanto del equipo transmisor como del receptor, y mejoraban la calidad de las emisiones. Con los transistores y las pequeñas baterías secas, la radio cortó el fastidioso cordón umbilical que la ataba desde su nacimiento a la toma de corriente alterna. No más cables para la recepción. La radio ahora cabía y se trasladaba en un bolsillo, en una cartera. Como cuando se pasó del reloj de pared al de pulsera, la nueva radio portátil se volvió disponible en todo lugar y momento, de día y de noche, desde la ducha hasta el automóvil, para quien va de paseo y para quien se mete con ella en la cama.
La radio cambió responsabilidades. Dejó de ser espectáculo familiar para ubicarse como compañía individual. Recuerdo la primera cuña que grabé para una emisora campesina: se oían ladridos y un locutor preguntaba sobre el mejor amigo del hombre. Una locutora respondía: el perro no… ¡la radio! Y es que con el transistor, la radio se convirtió en fiel compañera de hombres y mujeres, de sanos y enfermos, de choferes y caminantes, de cocineras y empleadas domésticas, de bañistas en la playa, de fanáticos que ven el partido en el estadio y lo oyen al mismo tiempo con el aparatito pegado a la oreja, de los vendedores ambulantes, de los campesinos que la cuelgan del arado, de oficinistas y estudiantes, de los insomnes que la sacan al balcón. Casi todo lo que hacemos en nuestra vida puede acompañarse con la radio. Sobre todo, el amor.
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