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Maldad bajo el sol (Evil Under the Sun, 1941)


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MALDAD BAJO EL SOL

(Evil Under the Sun, 1941)
Agatha Christie
ÍNDICE

Guía del lector 2

Capítulo Primero 3

Capítulo II 11

Capítulo III 18

Capítulo IV 25

Capítulo V 32

Capítulo VI 42

Capítulo VII 52

Capítulo VIII 60

Capítulo IX 70

Capítulo X 76

Capítulo XI 85

Capítulo XII 91

Capítulo XIII 98





Guía del lector


En un orden alfabético convencional relacionamos a continuación los principales personajes que intervienen en esta obra.

Albert: Maître del hotel Jolly Roger.

Barry: Mayor del ejército, retirado.

Blatt (Horace): Financiero acaudalado.

Brewster (Emily): Rentista.

Castle: Dueña del Jolly Roger Hotel, sito en el lugar de la acción de la novela.

Colgate: Inspector de policía.

Darnley (Rosamund): Célebre modista londinense.

Gardener (Odell C.): Y su esposa, turistas norteamericanos.

George: Criado, del nombrado hotel.

Hawkes: Agente.

Henry: Barman, del citado hotel.

Kelso: De la agencia de viajes Cook’s.

Lane (Rvdo. Stephen): Pastor protestante.

Marshall (Kenneth): Capitán y casado en segundas nupcias con Arlena.

Marshall (Linda): Hija del primer matrimonio de Kenneth.

Narracott (Gladys): Camarera del hotel Jolly Roger.

Neasdon: Médico forense.

Phillips: Sargento de policía.

Poirot (Hércules): Famoso detective belga.

Redfern (Cristina): Esposa de,

Redfern (Patrick): Comerciante.

Stuart (Arlena): Ex actriz, bellísima esposa de Kenneth Marshall.

Wenton: Coronel y jefe de policía.

William: Jardinero, del repetido hotel.

Capítulo Primero


1

Cuando el capitán Roer Angmering, en el año 1872, edificó una casa en aquella isla frente a Leathercombe Bay, se atribuyó a uno de sus rasgos de excentricidad. A un hombre de buena familia, como él era, le correspondía una decorosa mansión, levantada en medio de amplios prados, con algún riachuelo murmurador, a ser posible.

Pero el capitán Roger Angmering tuvo solamente un gran amor: el mar. Por eso edificó su casa (casa de macizas paredes y espaciosas ventanas) sobre el pequeño promontorio barrido por los vientos y frecuentado por las gaviotas.

El capitán no se casó; el mar fue su primera y última esposa, y a su muerte, la casa y la isla pasaron a un primo lejano. El primo y sus descendientes se preocuparon muy poco del legado, y la casa y los terrenos quedaron casi abandonados.

En 1922, cuando se puso de moda el culto al mar durante las vacaciones y las costas de Devon y Cornawall no fueron ya considerados como demasiado cálidas para pasear en el verano, Arthur Angmering no halló comprador para so incómoda casona de Georgia, pero, en cambio, consiguió un buen precio por los terrenos adquiridos por el capitán Roger.

La vetusta finca fue ampliada y embellecida. Una calzada de cemento unió el continente a la isla. Toda su superficie se llenó de «paseos» y «rincones». Se trazaron dos pistas de tenis y diversas y soleadas terrazas que descendían hasta una pequeña bahía frecuentada por yolas y esquifes. El Jolly Roger Hotel, la Isla de los Contrabandistas y la Leathercombe Bay surgieron triunfalmente a la vida. Y desde julio hasta septiembre (con una corta temporada por Pascuas) el Jolly Roger Hotel estaba generalmente atestado hasta las buhardillas. Fue ampliado y mejorado en 1934 con la adición de un espacioso comedor y algunos cuartos de baño más. Los precios subieron.

La gente decía:

«¿Ha estado usted alguna vez en Leathercombe Bay? Hay allí un hotel muy alegre en una especie de isla. Todo muy confortable, y nada de excursiones y «Robinsones». Buena cocina y demás. Debe usted ir.»

Y la gente iba.


2

Hospedábase en el Jolly Roger una persona importantísima (en su propia estimación, al menos). Hércules Poirot, resplandeciente en su traje blanco ánade, con un sombrero panamá echado sobre los ojos y sus bigotes abundantemente engomados, se recostaba en una especie dé mecedora perfeccionada, mientras contemplaba la playa de los bañistas. Una serie de terrazas conducían a ella desde el hotel. En la playa había patines acuáticos, botes de lona y goma, pelotas y juguetes. De la orilla arrancaba un gran trampolín y tras embarcaderos a diferentes distancias.

De los bañistas, algunos estaban en el mar, otros tendidos al sol y los demás untándose generosamente el cuerpo con aceite.

En la terraza inmediatamente superior, los bañistas se sentaban a charlar del tiempo, de la escena que tenían delante de las noticias de los periódicos de la mañana y de otros temas no menos interesantes.

A la izquierda de Poirot fluía de los labios de mistress Gardener un incesante chorro de palabras mientras las manos de la dama movían vigorosamente las agujas haciendo punto, un poco más allá, su marido, Odell C. Gardener, tendido en una hamaca, con el sombrero echado sobre la nariz, lanzaba de vez en cuando una breve afirmación cuando era requerido a ello por su amante esposa.

A la derecha de Poirot, miss Brewster, una mujer atlética, de pelo grisáceo y de agradable rostro curtido, hacía malhumorados comentarios. Las voces de miss Brewster y de mistress Gardener recordaban a un perro de pastor cuyos cortos y estentóreos ladridos fuesen interrumpidos por el incesante chillar de un Pomerania.

–Yo le dije a mi esposo –estaba diciendo mistress Gardener– que está bien viajar y conocer muchos sitios, peco que» después de todo, ya hemos recorrido toda Inglaterra y que lo que ahora necesitábamos era un lugar tranquilo, la orilla del mar, como sedante para nuestros nervios. ¿Verdad que esto es lo que dije, Odell? Precisamente sedante. Un sedante es lo que necesitamos. ¿No es cierto, Odell?

Mister Gardener contestó desde detrás de su sombrero:

–Sí, querida.



Mistress Gardener prosiguió con su tema.

–Cuando se lo mencioné a mister Kelso, de la Agencia Cook’s... (Él nos arregló todo el itinerario y nos dio tantas facilidades, que yo no sé lo que habríamos hecho sin él). Bien, pues como iba diciendo, cuando se lo mencioné, mister Kelso dijo que no podíamos hacer cosa mejor que venir aquí. Un lugar de lo más pintoresco, dijo, retirado del mundo, y al mismo tiempo muy cómodo y agradable en todos los aspectos. Mister Gardener preguntó entonces cómo andaba esto de condiciones sanitarias. Recuerdo, mister Poirot, que una hermana de mister Gardener fue a parar a un hospedaje muy cómodo y muy alegre, y en el mismo corazón de un parque; ¿pero querrá usted creer que no tenía más que un water? Esto, naturalmente, hizo que mister Gardener desconfiase de estos lugares retirados del mundo, ¿verdad, Odell?

–¡Oh, sí, querida! –confirmó mister Gardener.

–Pero, mister Kelso nos tranquilizó en seguida. La sanidad, dijo, era absoluta y la cocina excelente. Ahora estoy segura que es así. Pero lo que más me gusta de este sitio es su intimidad... ya sabe usted lo que quiero decir. Como es un lugar pequeño nos hablamos todos, y todo el mundo se conoce. Si tienen algún defecto estos ingleses, es que son un poco adustos hasta que le tratan a uno un par de años. Aparte de eso, nadie es más amable. Mister Kelso nos habló de la gente tan interesante que viene aquí, y veo que tenía razón. Está usted, mister Poirot, y miss Darnley. ¡Oh! No sabe usted lo que me emocioné al enterarme de quién era usted, ¿verdad, Odell?

–Cierto, querida.

Hércules Poirot levantó las manos rechazando aquellas palabras. Pero no fue más que un gesto de cortesía. El chorro de palabras de mistress Gardener continuó incontenible.

–Cornelia Robson me habló mucho de usted. Mister Gardener y yo estuvimos en Badenhof en mayo. Cornelia nos habló de aquel asunto de Egipto en el cual Linnet Ridgeway halló la muerte. Ella dijo que era usted maravilloso y yo estaba sencillamente rabiando por conocerle, ¿no es cierto, Odell?

–Sí, querida.

Miss Darnley es también una mujer maravillosa. Compro muchas de mis cosas en la casa Rose Mond, que es como ella se llama comercialmente. Sus trajes son muy elegantes. Tienen un corte admirable. El traje que yo llevaba anoche se lo compré a ella. Es una mujer encantadora en todos los aspectos.

–Y de porte muy distinguido –añadió el mayor Barry, sentado un poco más allá de miss Brewster, que había tenido hasta entonces clavados sus saltones ojos en las bañistas.

–Tengo que confesarle una cosa, mister Poirot –prosiguió mistress Gardener–. Me emocionó mucho conocerle a usted, pero fue principalmente porque acababa de llegar a mi conocimiento que se encuentra usted aquí... profesionalmente. ¿Comprende a lo que me refiero? Yo soy terriblemente sensible, como mister Gardener podrá decirle, y no sé si podría resistir el verme mezclada en un crimen de cualquier clase.

Mister Gardener se aclaró la garganta.

–Sí, mister Poirot –dijo–, mi esposa ce extraordinariamente sensible.

Las manos de Hércules Poirot se agitaron en el aire.

–Permítame asegurarle a usted, madame, que me encuentro aquí con el mismo fin que ustedes, para distraerme, para descansar, para pasar las vacaciones. La idea de un crimen no ocupa ni un momento mi imaginación.

–La Isla de los Contrabandistas –intervino miss Brewster– se presta poco al hallazgo fúnebre de un «cuerpo».

–Eso no es exactamente cierto –replicó Poirot–. Mírelos allí, tendidos en filas. ¿Qué son? No son hombres ni mujeres. No hay nada personal en ellos. ¡No son nada más que... cuerpos!

–Algunos pertenecen a muchachas muy bonitas –comentó el mayor Barry.

–¿Pero qué atractivo hay en ellos? ¿Qué misterio? Yo soy viejo, de la vieja escuela. Cuando yo era joven nos enseñaban apenas los tobillos. ¡Qué emocionante el atisbo de unas espumosas enaguas! La suave turgencia de una pantorrilla una rodilla una liga rizada.

–¡Es usted un degenerado! –exclamó humorísticamente el mayor Barry.

–Son mucho más razonables las cosas ahora –dijo miss Brewster.

–¡Oh, sí, mister Poirot! –convino mistress Gardener–. A mí me parece que nuestros muchachos y muchachas llevan hoy día una vida más natural y saludable. Se pasan todo el día juntos y... y... –mistress Gardener enrojeció ligeramente– y no piensan en nada de lo que pensaban antes.

–¡Ya lo sé y me parece deplorable! –dijo Hércules Poirot.

–¿Deplorable? –protestó mistress Gardener.

–¡Sí, deplorable suprimir toda ilusión, todo el misterio! ¡Hoy todo está standardizado! –indicó con una mano las recostadas figuras de los bañistas–. Eso me recuerda muchísimo La Morgue París.

–¡Mister Poirot! –exclamó mistress Gardener, escandalizada.

–¡Cuerpos tendidos sobre losas como reses de carnicero!

–Pero, mister Poirot, ¿no serán esas palabras demasiado rebuscadas?

–Sí, es posible –admitió Poirot.

–Así y todo –añadió mistress Gardener, manejando las agujas con energía– estoy de acuerdo con usted en un punto. Esas muchachas tendidas al sol se exponen a que les crezca pelo en piernas y brazos. Se lo he dicho así a Irene... a mi hija. «Irene, le dije, si te tiendes al sol de ese modo, te nacerá pelo por todas partes: pelo en los brazos, pelo en las piernas, y pelo en el pecho, ¿y qué parecerás entonces?» ¿Verdad, que se lo dije, Odell?

–Sí, querida –contestó mister Gardener.

Guardaron todos silencio, quizá representándose mentalmente a Irene cuando hubiese ocurrido la profecía.

–Se me ocurre una cosa –dijo mistress Gardener, enrollando su labor de punto.

–¿Qué, querida? –preguntó mister Gardener.

–¿Quiere venir a tomar un refresco, miss Brewster? –preguntó la dama.

–Ahora no, gracias.

Los Gardener se alejaron hacia el hotel.

–¡Los matrimonios americanos son admirables! –comentó miss Brewster.
3

El sitio de mistress Gardener fue ocupado por el Reverendo Stephen Lane.



Mister Lane era un clérigo alto y vigoroso, de unos cincuenta años. Su rostro estaba tostado por el aire libre y sus pantalones de franela gris eran de un corte muy chabacano.

–¡Maravilloso país! –exclamó con entusiasmo–. He ido desde Leathercombe Bay hasta Hartford, y he vuelto por la escollera.

–Día de mucho calor hoy para caminar –dijo el mayor Barry, que nunca paseaba.

–Pero es un buen ejercicio –intervino miss Brewster–. Todavía no he hecho hoy mí sesión de remo. No hay nada como el remar para los músculos del estómago.

Los ojos de Hércules Poirot se posaron con cierta tristeza en la protuberancia que ocupaba el centro de su persona.

Miss Brewster, al notar la mirada, añadió bondadosamente:

–Se desharía usted pronto de eso, mister Poirot, si remase usted un rato todos los días.

–¡Gracias, mademoiselle! ¡Detesto las embarcaciones!

–¿Las embarcaciones pequeñas?

–¡Las embarcaciones de todos los tamaños! –Cerró los ojos y se estremeció–. El movimiento del mar no es agradable para mí.

–¡Pero si el mar está hoy tan tranquilo como un estanque!

–En el mar no existe realmente eso que llaman calma –replicó Poirot con convicción–. Siempre hay movimiento.

–El mareo no es más que cuestión de nervios –opinó el mayor Barry.

–Usted tiene sangre de marinero –dijo el clérigo,, sonriendo.

–Sólo me mareé una vez... ¡y fue cruzando el Canal! No hay que acordarse de ello, es mi lema.

–El mareo es verdaderamente una cosa muy extraña –intervino miss Brewster–. ¿Por qué unas personas sienten sus efectos y otras no? Es un misterio. Además, en el asunto nada tiene que ver la salud ordinaria del sujeto. Personas muy enfermizas son buenos marineros. Alguien me dijo en cierta ocasión que el fenómeno guarda alguna relación con nuestra medula. Hay también personas que no pueden resistir las alturas. Para eso yo soy muy buena, pero mistress Redfern es todavía mucho peor. El otro día, en el sendero entre las rocas que conducen a Hartford, se aturdió por completo y tuvo que agarrarse a mí. Según me contó, en cierta ocasión se inmovilizó a mitad del camino en aquella escalera exterior de la catedral de Milán. Al subir no le había pasado nada, pero al bajar se sintió atacada de vértigo.

–Entonces hará bien en no bajar por la escalera de la Caleta del Duende –observó Lane.



Miss Brewster hizo un gesto de espanto.

–Yo también me vería apurada para bajarla –declaró–. Aquello está bien para los jóvenes. Los hermanos Cowan y la señorita Masterman suben y bajan por allí y se divierten de lo lindo.

–Ahí viene mistress Redfern de tomar su baño –anunció Lane.

–A mister Poirot le será simpática –observó miss Brewster–. No es de las que toman baños de sol.

La joven mistress Redfern se había quitado el gorrito de goma y se ahuecaba el cabello. Era de un rubio ceniza y su piel tenía ese tono pálido que casa tan bien con aquel color. Sus piernas y brazos eran muy blancos.

–Parece un poco extraña entre las otras –dijo el mayor Barry con una risita ahogada.

Envolviéndose en su larga bata de baño, Cristina Redfern atravesó la playa y subió los escalones de la terraza. Su rostro tenía una expresión de seriedad poco natural a sus años. Sus manos y pies eran pequeños y delicados.

Al llegar a la terraza sonrió a todos y ocupó una de las hamacas.

–Ha conquistado usted la buena opinión de mister Poirot –dijo mistress Brewster–. No le gusta la gente tostada por el sol. Dice que son como reses puestas a secar o algo parecido.

Cristina Redfern sonrió melancólicamente.

–¡Ojalá pudiera tomar baños de sol! –dijo–. Pero no consigo ponerme morena. Sólo me salen rojeces por todo el cuerpo y pecas espantosas en los brazos.

–Mejor es eso que no que le salga a una pelo hasta en la planta de los pies, como le sucede a Irene, la hija de mistress Gardener –dijo mistress Brewster, y en contestación a la interrogadora mirada de Cristina, prosiguió–: Mistress Gardener ha estado en gran forma esta mañana. No ha parado de charlar un momento. «¿No es verdad, Odell?»

«Sí, querida.»

Hizo una pausa y continuó:

–Me hubiera gustado, mister Poirot, que le hubiese usted seguido la corriente un poco. ¿Por qué no lo hizo? ¿Por qué no le dijo usted que se encuentra aquí investigando un asesinato particularmente horrendo, y que el asesino, un –maniático homicida, se encuentra a no dudar entre los huéspedes del hotel?

Hércules Poirot suspiró.

–Mucho me temo que se lo hubiese creído –dijo.

El mayor Barry ahogó una risita:

–No tengo la menor duda.

–Yo no creo –intervino miss Brewster– que ni siquiera mistress Gardener hubiese creído en un crimen escenificado aquí. ¡Este no es lugar apropiado para encontrar un «cuerpo»!

Hércules Poirot se agitó ligeramente en su asiento.

–Pero, ¿por qué no, mademoiselle? –preguntó–. ¿Por qué no puede encontrarse lo que usted llama un «cuerpo» en la Isla de los Contrabandistas?

–No lo sé –dijo Emily Brewster–. No es este sitio apropiado para. –Se interrumpió, encontrando dificultad para expresar su pensamiento.

–Es un sitio romántico, si –convino Hércules Poirot–. Todo respira paz. Brilla el sol. El mar es azul. Pero olvida usted, miss Brewster, que la maldad se encuentra en todas partes bajo el sol.

El clérigo se agitó en su asiento. Se inclinó hacia delante. Sus ojos intensamente azules se iluminaron.

Miss Brewster se encogió de hombros.

–Oh, naturalmente que me doy cuenta de eso, pero así y todo.

–¿Así y todo, esto sigue pareciéndole un lugar inapropiado para un crimen? Olvida usted una cosa, señorita.

–La naturaleza humana, supongo.

–Eso, sí. Eso, siempre. Pero no es eso lo que iba a decir. Iba a hacerle notar que aquí todos estamos de vacaciones. Emily Brewster le miró con expresión interrogadora.

–No comprendo –dijo.

Hércules Poirot agitó enfáticamente el dedo índice en el aire.

–Supongamos que tiene usted un enemigo. Si lo asesina usted en su piso, en su despacho, en la calle... tendrá usted que justificar el empleo de su tiempo. Pero aquí, a la orilla del mar, no es necesario que nadie justifique nada. Usted está en Leathercombe Bay, ¿por qué? ¡Caramba!, es agosto, uno va a la orilla del mar en agosto, está uno disfrutando sus vacaciones. Es muy natural que esté usted aquí, que mister Lane esté aquí, que el mayor Barry esté aquí y que mistress Redfern y su esposo estén aquí. Porque en Inglaterra es costumbre ir a la orilla del mar en agosto. No hay que dar más explicaciones.

–Bien –admitió miss Brewster–; esa es ciertamente una idea muy ingeniosa. ¿Pero qué me dice de los Gardener? Esos son americanos.

Poirot sonrió.

–Hasta mistress Gardener, como nos dijo, siente la necesidad de calmar los nervios. Y como viven ahora en Inglaterra no tiene otro remedio que pasar una quincena a la orilla del mar... como buenos turistas y nada más. Ella disfruta observando a la gente.

–¿A usted le gusta también?–murmuró mistress Redfern pausadamente.

–Confieso que sí, señora.

–Y me parece que sabe usted observar más que los demás –añadió ella, pensativa.


4

Hubo una pausa. Stephen Lane se aclaró la garganta y dijo con cierta solemnidad:

–Me interesa, mister Poirot, algo que dijo usted hace un momento. Fue casi una cita del Ecclesiastés. –Hizo una pausa y recitó con voz campanuda–: «Sí, también el corazón de los hijos de los hombres está lleno de maldad, y la locura está en su corazón mientras viven». –Su rostro se iluminó con un resplandor fanático–. Me alegré de oírle a usted decir que, en nuestros días, nadie cree en la maldad. Es considerada, a lo sumo, como una mera negación del bien. El mal, dice la gente, lo hacen aquellos que no conocen nada mejor, que son más dignos de lástima que de censura. Pero, mister Poirot, el mal es real. ¡Es un hecho! Y creo en el mal como creo en Dios. ¡Existe! ¡Es poderoso! ¡Recorre la tierra!

Se calló. Su respiración se había, hecho más premiosa. Se enjugó la frente con un pañuelo.

–Perdonen –dijo–. Me he dejado llevar por un arrebato.

–Comprendo sus sentimientos –dijo Poirot con calma–. Y estoy de acuerdo con usted hasta cierto punto. El mal recorre la tierra y puede ser reconocido como tal.

El mayor Barry se aclaró la garganta.

–Hablando de este asunto, recuerdo que algunos fakires de la India...

El mayor Barry llevaba en el Jolly Hotel el tiempo suficiente para que todos se pusiesen en guardia contra su fatal tendencia a embarcarse en largas historias indias. Tanto miss Brewster como mistress Redfern se apresuraron a interrumpirle:

–¿Es su marido aquel que nada, mistress Redfern? ¡Qué magnífica es su brazada! Es un estupendo nadador.



Mistress Redfern, por su parte, exclamó:

–¡Oh, miren! ¡Qué botecito más encantador con las velas rojas! Es mister Blatt, ¿verdad?

El bote de las velas rojas cruzaba en aquel momento el extremo de la bahía.

–Fantástica idea la de las velas rojas –rezongó el mayor Barry; ahora se había alejado la amenaza de la historia del fakir.

Hércules Poirot miró con curiosidad al joven que acababa de llegar a la orilla nadando. Patrick Redfern era un magnífico ejemplar humano. Enjuto, bronceado, con anchas espaldas y estrechas caderas, emanaba de su persona una especie de satisfacción y alegría pegadizas... una nativa sencillez que le hacía querer de todas las mujeres y de la mayoría de los hombres.

Permaneció un momento en la orilla, sacudiéndose el agua y levantando una mano en alegre saludo a su esposa.

–¡Ven aquí, Pat! –le gritó ella.

–Allá voy.

Se alejó un poco para recoger la toalla que había dejado sobre la arena.

Fue entonces cuando pasó por delante de todos una mujer que bajaba del hotel a la playa.

Su llegada despertó toda la expectación de una entrada en escena.

Además, caminaba como si no lo supiese. Sin conciencia aparente. Parecía que estaba demasiado acostumbrada al invariable efecto que su presencia producía.

La mujer era alta y delgada. Llevaba una sencilla bata blanca, sin espalda, y lo que se veía de su piel tenía un bello bronceado. Era perfecta como una estatua. Sus cabellos eran de un llameante castaño rojizo, ligeramente rizados sobre el cuello. Su rostro tenía aquella leve dureza que aparece cuando han llegado y se han ido los treinta años, pero el efecto del conjunto de su persona era de juventud... de soberbia y de triunfante vitalidad. La expresión de su rostro tenía una inmovilidad de china, más acentuada por la inclinación de los azules ojos. Sobre la cabeza llevaba un fantástico sombrero chino de cartón verde jade.

Fue tal el efecto que produjo su persona, que todas las demás mujeres de la playa parecieron de pronto borrosas e insignificantes. Y con igual inevitabilidad, la mirada de todos los hombres presentes la siguieron.

Los párpados de Hércules Poirot aletearon, y su bigote tembló apreciablemente. El mayor Barry se incorporó y sus ojos saltones abultaron aún más con la excitación. A la izquierda de Poirot, el Reverendo Stephen Lane lanzó el aliento con un ligero silbido y se irguió nervosamente.

El mayor Barry musitó:

–Arlena Stuart, así se llamaba antes de casarse con Marshall... La vi en «Come and Go» poco antes de que abandonase la escena. Algo digno de admirarse, ¿verdad?

–Es bonita... sí –dijo Cristina Redfern, lentamente y con frialdad–. ¡Pero tiene algo de la belleza de la fiera!

–Hace poco hablaba usted de la maldad, mister Poirot –dijo bruscamente Emily Brewster–. ¡Esa mujer aparece ahora ante mi imaginación como una personificación del mal! Es mala si las hay. Sé, desgraciadamente, muchas cosas de esa mujer.

–A mí me recuerda una muchacha de Simla –dijo el mayor Barry en tono reminiscente–. Tenía también el cabello rojizo. Era la mujer de un subalterno. ¡Los hombres andaban locos por ella! ¡Ya todas las mujeres, por supuesto, les habría gustado sacarle los ojos! En más de un hogar voló por su causa el frutero de las manzanas.

Acompañó el comentario de una maliciosa risita y añadió tranquilamente:

–El marido era un buen sujeto. Adoraba la tierra que ella pisaba. Nunca vio nada... o fingió que no lo veía.

–Esas mujeres son una amenaza, una amenaza para... –dijo Stephen Lane con voz vibrante de indignación.

Se calló. Arlena Stuart había llegado a la orilla del agua. Dos jóvenes, poco más que unos muchachos, se pusieron en pie bruscamente y la siguieron. Ella los acogió, sonriente.

Su mirada se deslizó más allá, hacia el sitio donde estaba Patrick Redfern.

Fue, pensó Hércules Poirot, como observar la aguja de una brújula. Patrick Redfern se desvió, sus pies cambiaron de dirección. La aguja tiene que obedecer las leyes del magnetismo y gira hacia el Norte. Los pies de Patrick Redfern le llevaron hacia Arlena Stuart.

Ella se detuvo, sonriéndole. Luego avanzó lentamente a lo largo de la playa, por el lado de las ondas. Patrick Redfern la acompañó. Ella se tendió junto a una roca, Redfern se dejó caer sobre la arena a su lado.

Cristina Redfern se puso bruscamente en pie y se dirigió hacia el hotel.


5

Después de su marcha reinó un corto silencio, algo violento. Emily Brewster lo rompió al fin:

–¡Pobre muchacha; la compadezco! Llevan solamente casados uno o dos años.

–La muchacha de Simla, de que hablé antes –intervino el mayor Barry–, destrozó un par de matrimonios felices.

–Hay un tipo de mujer –dijo miss Brewster– que gusta de destrozar hogares. –Guardó silencio, y añadió al cabo de unos minutos–: ¡Patrick Redfern es un imbécil!

Hércules Poirot no dijo nada. Seguía contemplando la playa, pero no miraba a Patrick Redfern y Arlena Stuart.

–Voy a recoger mi esquife –anunció miss Brewster, levantándose.

El mayor Barry fijó con franca curiosidad en Poirot sus ojos de pescado:

–Bien, Poirot –dijo–, ¿en qué piensa usted? No ha abierto usted la boca. ¿Qué opina de la sirena? ¿Demasiado bonita?

–Es posible –contestó Poirot.

–Usted es perro viejo. ¡Conozco a los franceses!

–¡Yo no soy francés! –replicó Poirot fríamente.

–Bien, pero no me diga que no tiene usted una mirada para las mujeres bonitas. ¿Qué le parece ésa?

–Que no es joven –contestó Poirot.

–¿Y eso qué importa? ¡Una mujer tiene la edad que representa! Y ésta lleva los años maravillosamente.

Hércules Poirot hizo un gesto de asentimiento.

–Sí –dijo–; no hay que negar que es bonita. Pero no es la belleza lo que importa, a fin de cuentas. No es la belleza la que hace que todas las cabezas (excepto una) se vuelvan en la playa para mirarla.

–Comprendo, querido amigo, comprendo –afirmó el mayor no muy convencido, y de pronto preguntó con repentina curiosidad–: ¿Qué, está usted mirando tan fijamente?

–Estoy mirando la excepción –contestó Hércules Poirot–. Al único hombre que no levantó la cabeza cuando ella pasó.

El mayor Barry siguió con la mirada hasta posarla sobre un hombre de unos cuarenta años, muy tostado por el sol. Tenía un rostro agradable y sereno y estaba sentado en la arena fumando una pipa y leyendo el «Times».

–¡Oh, aquél! –exclamó el mayor–. Aquél es el marido. Es Marshall.

–Lo sabía –dijo Hércules Poirot.

El mayor Barry rió entre dientes. El también era un solterón. Estaba acostumbrado a pensar en el marido desde tres ángulos solamente: como el obstáculo, como el inconveniente o como la salvaguardia.

–Parece buen muchacho –dijo–. Tranquilo, reposado... ¿Habrá venido ya mi «Times»?

Se puso en pie y se encaminó hacia el hotel.

La mirada de Poirot se trasladó lentamente al rostro de Stephen Lane.

Stephen Lane observaba a Patrick Redfern y Arlena Marshall. De pronto se volvió hacia Poirot. Brillaba una luz fanática en sus ojos.

–Esa mujer –dijo– es la maldad hecha carne. ¿Lo duda usted?

–Es difícil asegurarlo –contestó lentamente Poirot.

–¿Pero es que no siente usted en el aire, en torno suyo, la presencia del Mal?

Hércules Poirot asintió inclinando lentamente la cabeza.

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