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Mañana, cuando encuentren mi cadáver Adolfo Antonio Ariza Navarro


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Mañana, cuando encuentren mi cadáver
Adolfo Antonio Ariza Navarro

Cincuenta y siete años, una nueva caída política, separado de mi mujer y de mis hijos hace seis años, sin esperanza de reunirme a ellos, sin fortuna, sin estado, la realidad de la miseria presente, y la perspectiva de sus inseparables compañeras, la humillación y la ignominia, son los motivos que me determinan a abreviar mis días, convencido, por otra parte, de que hay más valor en darse muerte que en dejarse degradar…



Luís Perú de Lacroix, París, enero de 1837.


PRIMERA PARTE
1

Esta vida es realmente estúpida, ridícula.

Limpiarse el culo, por ejemplo. No he querido hacerlo más después del accidente.

Mi mujer lo hace por mí. Se envuelve papel higiénico en la mano, cubierta con

una bolsa plástica. Yo me acomodo de lado sobre el borde del bacín y ella se

encarga. No le parece suficiente. Acerca la manguera del agua, me para el

chorro entre las nalgas y vuelve a limpiar; esta vez con la yema de los dedos. Se

demora un poco. “¿Te gusta? –me dice-. Tú ibas a ser marica”, Bromea.

Finalmente me toma por los testículos. Me los exprime.

-Deberías hacerlo tú mismo- me dice, levantándose.

-¡Cómo no!- Contesto, con una frase que no deja de ser una estupidez.

No es realmente lo que quiero decir. Dentro de mí, pensamiento y palabra no

concuerdan. Lo que sale de mis labios no es lo que suelo pensar ni lo que espero

decir. Lo que pienso y desearía decir, siempre es peor. Hay alguien que lleva las

riendas dentro de mí. No me deja expresar. Me mantiene frenado, como con una

rienda de caballo. “Afasia motora”, ha dicho el doctor que me atendió después del

accidente. Se me han grabado las dos palabrejas. Claro que si me pidieran que

las expresara sería incapaz. Diría, por ejemplo: “Adentro”, o “afuera”. “Adentro” y

“afuera”, son las palabras que suelo repetir. Aún queriendo expresar otra cosa,

digo “afuera”, o digo “adentro”. Es algo que está lejos de mi dominio. Claro que

digo otras palabras. Casi todas insultos. Pero debo hacer un gran esfuerzo para

poder insultar. Tiene que salirme desde adentro. Como un grito:

-“¡Hijueputaaaaaaaa!”

-¡Más hijo’eputa eres tú!- contesta con otro grito mi mujer. -¡Uno se jode

cuidándote y así es como le pagas!

Yo me pregunto: ¿por qué no me deja tranquilo el culo y listo? Yo no le he pedido

que me limpie. Lo hace porque es su costumbre. Es la costumbre de todo el

mundo. Incluido los locos y los curas. Después de defecar todos se limpian el

culo. Deberían hace lo mismo con la boca cuando terminan de hablar. La boca

de la mayoría de las personas que conozco necesita mucho más asepsia que el

culo.

Luego de limpiarme, me subo con dificultad la pantaloneta. Mi mujer me mira



hacerlo. No me ayuda. Alarga de nuevo la mano y me atrapa el sexo, flojo y

descolgado. Otra víctima del accidente. Lo mira sin entusiasmo. El fuerte

apretón de su mano se confunde con una árida caricia. Ella se desploma

esperando que él se levante. Él se consume, se refugia en sí mismo. Parece un

hombrecito dormido con el ojo guiñado.

-¡Chúpalo!- le digo.

-¡Que lo chupe tu madre!- dice ella, malhumorada, y sale del baño.
2
Mi mujer es el ser humano más estúpido que conozco. Ha debido largarse desde

hace un buen tiempo; mucho antes de que todo empezara. Promete hacerlo a

diario, pero, curiosamente, con cada zancada del calendario, se aferra más a este

sitio. Masoquismo puro, me imagino. Se engaña a sí misma. Piensa que

convenir en lo contrario –esto es, largarse y dejarme abandonado- sería cometer

una traición detestable. Piensa que en su lugar probablemente yo hubiera hecho

lo mismo. No está ni tibia. La dejo que se engañe. Además no tendría forma de

decirle que se engaña. No me entendería. De las personas que me rodean, con

ella es la que tengo mayor dificultad para comunicarme. Me entiendo más con el

vendedor de chance que pasa por la calle, que con la imbécil. Es más fácil pedirle

fiado un pedazo de chorizo al morcillero, que lograr que ella entienda que tengo

sed. Trata de ablandarme. Dice que aunque yo no lo crea, -y de paso me

recuerda que nunca la he querido– todavía existe el amor. Me río. “Siempre hay

algo de demencia en el amor”, sostenía Nietzsche. Pero Nietzsche no todas las

veces estuvo atinado: ¿Cómo puede amar alguien con las canillas flacas, los

senos caídos y el pelo como una estopa; lleno de canas? La gente envejecida,

ruin y sin ilusiones, y para colmo de males, de baja estatura -como ella-, no ama,

sucumbe, se somete, que no es lo mismo. Llevan los intestinos a ras de piso,

demasiado pegados al suelo. Arrastran el destino y los pedos.

No la recuerdo muy bien de joven. Evoco sus senos firmes y redondos; en venta -

próximos a los labios de cualquier viandante-, fuera del escote. Su culito limpio,

pulcro, estrecho: pensé que no le iba a caber. No es que pueda alardear de mis


dotes de burro garañón, pero soy el propietario de un buen trozo de carne.

Diecisiete centímetros para ser exactos. Algo más grueso que un guineo maduro.

No se dejaba por el trasero. Acusaba alguna clase de dolor. En realidad, no era

muy grato entrarle por ahí. Teníamos que suspender mientras yo iba un momento

a asearme al lavamanos. Siempre miró aquello con algo de repugnancia.

Pensaba que no era normal. Decía que sus amigas, aunque lo practicaran, nunca

hablaban al respecto, y si no lo hacían era porque aceptaban que había mucho de

censurable en ello. ¡Maldita ignorante! No me ayudaba a penetrarla entonces y

no me ayuda ahora a levantar este muerto mortificante. Se alegra de mi situación

actual; el abandono de mis amantes, mi actitud despreciable que sobrepasa lo

soportable. Sonrió a escondidas cuando me negué a seguir asistiendo a las

dolorosas sesiones de fisioterapia. Y aplaudió cuando le hinché el ojo de una

trompada a la desalmada que pretendía mantenerme con el brazo lesionado

estirado todo el tiempo. Le convengo así: recluido, inválido; dependiente de sus

cuidados, sin poder salir a ninguna parte.




3
El accidente no tuvo la culpa. El accidente fue simplemente eso, un accidente.

Solté el timón al sentir el dolor, y el carro fue a dar contra los bancos de cemento

de un parque. No recuerdo más, excepto la opresión en el pecho y los gritos de

las personas que llevaba conmigo en el taxi. ¡Ah, y las ganas tremendas de

fumar…

Los cigarros tampoco tienen la culpa. Ellos no iban solos a mi boca. Los llevaba



mi mano. Ella era cómplice; recibía estímulos de este cerebro hoy atrofiado.

Nadie tiene la culpa. ¡Ni siquiera el cerebro que se afecto a sí mismo! ¿O acaso el

corazón resulta inocente? Además, no ha sucedido nada extraño. ¿Qué tiene de

singular que un hombre se acerque a la muerte? ¿Qué importa el tiempo en el

que lo haya hecho? Sucederá siempre. A tus veinte, tus cuarenta, tus ochenta o

tus cien años. La vida que vivirás después, si te dieran otra oportunidad de vivir

luego de ser sentenciado, no tendría que importar si fueras ejecutado en el acto.

¿Qué dan diez, veinte o treinta años de vida más? Nunca reparamos en las

ventajas de irse temprano –excepto los suicidas, quizá-. ¿Qué gana mi mujer

viviendo diez o quince años más? ¿Limpiarme el culo los trescientos sesenta y

cinco días de todos esos años? Y aún no haciéndolo. ¿Qué haría? ¿Largarse a

casa de algún familiar? ¿Seguir trabajando? ¿Partiéndose el espinazo con su

anticuado oficio de modista? ¿Qué vería de más? Probablemente una nueva

generación de celulares o los avances tecnológicos de la medicina molecular que

a ella no le servirían de nada y aún sirviéndole no tendría ganas de utilizar,

porque, ¿para qué?, el tiempo de utilizar las cosas, incluidos los adelantos

científicos, ya pasó. Debió gozarlos junto a mí. Y gozar junto a otro idiota, lo que

hacen exclusivamente para mí, es una estupidez. Por eso la felicidad es absurda.

No es una elección particular, es algo que hay que ejecutar junto a otros, con

otros, y esos es aún el más terrible de los absurdos. Curiosamente, nuestros más

claros egoísmos son incompletos. No es que sean malos nuestros goces íntimos

y particulares, es que son imperfectos. Comparemos: un pajazo, por ejemplo.

Una comida degustada a solas. Una cerveza bebida en solitario. Un cigarro,

¡epa!, aquí está: Un cigarro. Me fumaba una cajetilla y media por día. A veces

regalaba alguno y el obsequiado lo destruía. El muy imbécil alegaba que lo hacía

para salvarme, porque científicamente estaba comprobado que sólo un cigarrillo le

arrebataba a su fumador dos minutos y medio de vida. ¿Quién le había dicho a

aquel idiota que yo necesitaba dos minutos y medio de vida más? Hoy, si

quisiera, podría regalarle veinte, treinta, doscientos minutos de vida de la que me

sobra para que se los empacara por el culo. Suelo pensar que es muy factible que

en este momento, donde quiera que se encuentre, no quiera vivir siquiera un

minuto más de sus terrible y estúpida vida.

Creo que la mayoría de los problemas de la gente empiezan por someterse a

hacer lo que menos les gusta hacer en la vida. Mi mujer, por ejemplo. No creo

que le guste limpiarme el culo todos los días. Incluso, bajar el wáter. Pero tiene

que hacerlo. No tiene otra opción. Si se queda aquí, tiene que hacerlo. Mi

madre, con lo vieja que está, no creo que pueda ni quiera intentarlo. Apenas si

tiene fuerzas para limpiarse a sí misma. Este es un trabajo que corresponde a mi

mujer. Es ella, invocando razones mentirosas que le imputa al amor, la que tiene

que colocarse la capa de Supermán, levantar el puño y echarse a volar. De lo

contrario nos pudriríamos todos con el olor. Esa es otra opción. Pero ella no

contempla esa posibilidad. Es demasiado pulcra para mi gusto. Ella menos que

nadie desea pudrirse ni vivir dentro de la pudrición. Muchas veces le arrojo al piso

recién lavado las sobras de la comida que me sirve: arroz con pollo guisado y

espaguetis, casi siempre. Me insulta. Se disgusta. No entiende nada, ya lo dije,

es realmente estúpida. Sólo aspiro a demostrarle con este acto la sinrazón de sus

afanes, de su trabajo esclavizante; el circulo vicioso de sus neurosis. Yo limpio, tú

aseas. Tú aseas, yo ensucio. Y el día que yo no ensucie también aseas. ¿Cuánto

tiempo dedicado al aseo? En esta ciudad de polvo y brisa, un ama de casa asea

sus pisos a diario. Gasta cerca de dos horas en ese trabajo. Setecientas

veintiocho horas al año. Treinta coma tres días. Un mes. Una mujer pierde a la

sazón un mes de vida aseando todos los años; tiempo que bien podría dedicar a

otra actividad. A hacer lo que más le gusta, por ejemplo: Salir a bailar, ir a la

playa, buscarse un amante, pasarla con los hijos. En vez de eso, se dedica a

limpiar. Eso, sin incluir el tiempo que se dedica a asearse a sí misma, que

conociendo a la mujer de hoy, su extrema meticulosidad en el arreglo, deben ser

otras dos horas diarias; lo que implica otro mes de vida arrojado a la caneca de la

basura.


La mayoría de las personas que conozco trabaja en algo distinto de lo que le

gusta. Carlos, el vecino de enfrente, adora el vallenato. Es arquitecto de

profesión. Ejerce su oficio a regañadientes. Y lo hace porque su mujer es

profesora; gana bien, y no soporta que pase flojeando todo el día tirado en el piso

recién trapeado por la empleada del servicio -a la que de paso también teme,

sobre todo, por su tremendo cuerpazo en el que se entretienen los ojos de su

marido- escuchando en el equipo de sonido canciones vallenatas. Tampoco ella

gusta de su profesión de educadora; ni la sirvienta de su trabajo como empleada

del servicio. A ésta última le gusta Carlos. Y a Carlos, ya lo dije, le gusta el

vallenato. Estas tres pequeñas infelicidades no tienen arreglo y sólo podría

ajustarlas la concesión de un buen acuerdo de trabajo. Un empleo que satisfaga

las aspiraciones de este trío dinámico, expuesto a la hecatombe por la

irracionalidad de sus respectivos oficios. En un estado social de derecho que se

respete, Carlos debería tener la dicha de escuchar vallenatos hasta reventar –ser

acordeonero, por ejemplo-, La profesora obtendría la prerrogativa de trabajar en

casa y la sirvienta gozarse a Carlos. Éste creo que no tendría inconvenientes en

dejarse gozar. He aquí el quid del asunto: Si Fabián, mi vecino de al lado, odia a

los chinos, como reiteradamente me ha manifestado; tanto como para querer

deshacerse de ellos; debería proveérsele de un cuchillo de cazador o una

escopeta para que salga a matar chinos como mayor le plazca. Se le pagaría por

cada chino muerto que entregara. Y si de paso, en su trabajo, un chino lo caza a

él, de malas; porque habría que imaginar también que existirían chinos a los que

el estado chino les pagaría por matar ciudadanos colombianos. Sería el placer y

la valoración del trabajo.

A mí nunca me gustó el trabajo. Lo admito. Jamás me gustó ejercer ninguna

clase de labor. Es más, creo que no era apto para ejecutar alguna. Por eso me

dediqué a taxista. En el oficio de taxista están todos los seres que no han podido

ni querido hacer otra cosa en la vida, ni siquiera ser taxista. En este trabajo

convergen todos aquellos tipos a los que se les pasó el tiempo de las

aspiraciones, los sueños y las oportunidades y terminaron dándose cuenta que en

estos países existe una cosa más anarquista que su mentirosa independencia y

sus fastidiados egos: el desempleo. No hay nada más pequeño burgués,

mentiroso y conformista que un taxista. Terminan, con un falso sentido del orgullo

y la ubicuidad, diciendo amar un trabajo que detestan y a una ciudad que vigilan

por necesidad. Se dan ínfulas y la mediocridad les arroja cierta dosis de relativa

importancia: “Somos la primera imagen de la ciudad”, dicen. Por fortuna se

mienten, porque si se dijeran su pequeña y cadavérica verdad, la tercera guerra

mundial vendría montada sobre cuatro ruedas, patrocinada por los taxistas.

Me dediqué a este oficio por las noches por dos razones: Tengo algo de cocodrilo,

de dinosaurio: odio el calor y los trancones. Necesitaba tiempo para pensar, jugar

dominó, cartas, ajedrez y billar. También necesitaba comprar cigarrillos y aportar

algo para la casa: Felicidad. Sí, felicidad. Cuando volvía del trabajo, aún con los

bolsillos vacios, excepto por el paquete de cigarros que nunca faltaba, la esclava

de mi mujer se moría de contento y felicidad. ¡Guau!, ¡bravo!, ¡su hombre estaba

trabajando! No era gran cosa, pero estaba trabajando. No había tenido que ir

matar chinos con el loco de Fabián al restaurante de la esquina. Había hecho un

servicio a las dos de la mañana al mercado público y otro a las tres al aeropuerto.

¡Vaya que bueno, el aeropuerto!, la carrera que codiciaban todos aquellos

imbéciles de la estación para redondear la faena. De modo, que para picarlos, yo

hacía todos los días mi carrera al aeropuerto. Nunca me faltaba. Y ellos,

¿aeropuerto?, ¡ni mierda! Pero un día, como en el cuento, donde siempre se está

a la espera del desastre y el desequilibrio, vino la envidia y se encargó de lo suyo.

De tanto visitar ficticiamente el terminal aéreo, mis compañeros terminaron

clavándome “Señor Aeropuerto”.

No valía la pena liarse a trompadas con aquella partida de energúmenos por eso.

No existe ganancia alguna en mezclarse en un conflicto con un imbécil que se

desquita de su falta de argumentos colocando taras y sobrenombres y cuya

conversación más interesante versa sobre los servicios maravillosos que realizó la

semana pasada o la noche anterior en la que también tuvo la suerte de tirarse a

una putica desnutrida y drogadicta de la Calle Caldas.

Solía ofenderlos de una manera elegante: “pongan a funcionar ese residuo de

materia gris que les cedió la mezquina naturaleza. ¿Qué tal que la vida no sea

más que eso? ¿Una carrera de taxi, un partido de fútbol o un polvo con una putica

triste y desnutrida?” Les encantaba el fútbol, adoraban al equipo de su ciudad, en

manos de empresarios perversos, pero nunca gastaban un peso de sus bolsillos

para ir a acompañarlo al estadio. En su ignorancia, o en su dureza de bolsillo,

sospechaban del directivo maquinador, utilitarista. Alguna vez uno de aquellos

necios incursionando en materia política osó decir: “Hay que votar a la alcaldía por

fulanito de tal; un empresario de avanzada, millonario, que no necesita robarle

dinero a la ciudad, porque ya tiene suficiente”. Aproveché que me estaba

alargando el hilo; dándome papaya: “¡Necesita robarte a ti, gran pendejo –le grité,

en presencia de los otros-, a ti, que no tienes nada, que no te perteneces, que no

perteneces a ninguna parte; que nunca reclamas, que te ignoras tanto como para

protestar ni si ves que violan a tu propia madre!”

Tuve que esquivar un insulto y una que otra trompada. Pero al tipo no le quedaron

más ganas de abrir la boca para opinar sobre cosa alguna, por el enorme miedo

de embarrarla. Desde entonces, cada vez que alguien pensaba lanzar una

opinión, hacía un barrido con la mirada, para asegurarse de que el “Señor

Aeropuerto” no se encontraba.

En realidad, aunque todos ellos me importaran un carajo, algo había en mí que me

impulsaba, que me obligaba y me retaba a despertarlos, a decirles que esta

ciudad a la que decían amar, aunque sólo fuera por conveniencia, o por aparentar

ante el extraño; era suya, de su total incumbencia. Qué los políticos, como aquel

famoso y serio empresario, les estaba viendo la cara de tontos, que sólo esperaba

llenarse los bolsillos y lo único que le faltaba para lograrlo era que viniera y los

hiciera encuerar para metérselas por el culo.

“Los pueblos quieren más a los que más males le hacen”, les decía, recordándole

una frase de Simón Bolívar. Para ellos, un tipo del pasado, del que escasamente

habían oído hablar y cuyo nombre apenas traían a cuento tan sólo para bromear o

nombrar un alejado y empobrecido barrio: “¿De qué color era el caballo blanco de

Bolívar?”, preguntaban. “Del mismo color de su puta ignorancia”, les contestaba.

4

De la gente que conozco, el único que medio se salva es mi primo. Una torre

desmirriada de cuatro pisos que calza cuarenta y tres y que usa los mismos yines

desteñidos desde que se vino a mudar al apartamento que mi padre negocio con

su padre en cierto momento de estrechez. A pesar de su posición cómoda –

hablando políticamente-, de su gusto pequeño burgués; es el único ser genuino

del que tengo noticia. A diferencia del común de los mortales, hace lo que le gusta.

Ha dicho que es escritor desde el principio. Y lo sigue diciendo a pesar de que el

hambre le muestre las garras y el mundo lo amenace constantemente con

venírsele encima. Dice que no sabe hacer otra cosa. Aunque esto no quiere decir

que lo que haga lo esté haciendo bien hecho. He llegado a dudarlo. Todavía, a

pesar de los premios que ha obtenido y de los oficios que le han encomendado, él

y su familia siguen amenazadas por la escasez. Claro que en esta ciudad es lo

normal. Lo uno y lo otro. Que la gente sufra problemas económicos y que nadie

reconozca los meritos de su vecino. Aquí todos queremos pensar que somos igual

de mediocres a nuestros semejantes. Y los escritores, excepto García Márquez –

menos pequeño burgués que mi primo, al menos en sus orígenes- que tocó en la

puerta indicada de sus continuos sacrificios, todos están condenados a morirse de

hambre. Leí algunos de sus textos en sus comienzos –los de mi primo-. Parecía
una puta acosada por la urgencia de su primera vez: todos ellos llenos de temor e

ingenuidad, y aburrimiento. Se lo dije: primo, tiene que empezar a culear por

donde no está acostumbrado, por donde no ha visto culear a nadie, o la vida, que

es una culeadora del hijueputa, se lo va a terminar culeando a usted. Tal vez

entendió. Tal vez le tocó hacer el curso para entenderlo. No he sabido más. No

he vuelto a leerlo. No sería capaz. Lo que yo he llamado accidente se llevó esa

capacidad. No volveré a leer. Las letras que miro en los escritos, son una

verdadera pelea de perros para mi atontado cerebro.

Mi primo fue la primera persona que vino a visitarme luego del accidente. Era

lógico. Es mi vecino y mi familiar más próximo. Sólo tiene que abrir dos puertas, la

de su casa y la nuestra, para estar aquí. Creo que trató de penetrarme un poco

mentalmente. Fue inútil, por entonces yo andaba en una situación peor. Vivía en

un sueño y un sobresalto continuo. Al despertar, y al sentir cierto dolor, sin saber

a ciencia cierta de dónde provenía, sólo creía oportuno hacer una cosa: llorar. Era

un padecimiento impreciso. Estaba a flor de piel. Era mi cuerpo o el mundo, el

viento o el aire, o alguna rara voz: todo estaba en carne viva. Nadie podía

tocarme. Si alguien se me acercaba solía soltar un alarido. Al primo, con toda su

inteligencia y su imaginación de escritor, eso le bastó. A pesar de la cercanía

demoró mucho tiempo para volver a visitarme. Lo entendí después: me creyó

perdido para siempre. Y no estaba lejos de la realidad. Yo me jodí. Me jodí con j.

Me derrumbé como un edificio. Pero, en honor a la verdad, para qué seguir

jodiéndome, con j o sin j, el edificio estaba cuarteado desde el principio.

Nunca congenié con nadie. Nunca tuve cabida en ninguna parte. Siendo un

mediocre, no soportaba a ninguna clase mediocres, excepto al que tuviera alguna

conciencia de su propia mediocridad. Y no una conciencia de clase. Hay una

maldita clase de arribistas que no los salva ni siquiera la obtención del dinero.

Los burros cargados de plata, que dicen. Pero hay que hacer cierto tipo de

distinción. Hay verdaderos burros cargados de plata que pueden llegar a salvarse.

Pero no porque hayan llegado a ser mejores que los otros, los impertérritos, los

constructores de credos. Los ampara la inocencia, la ingenuidad con que se

sumergen en sus propios actos. Eso no los exime de pagar una condena, pero los

acerca a mi corazón de mediocre solitario.

No hay peor mediocridad que la mediocridad del lenguaje. Mucha gente no ha

caído en cuenta que la palabra es lo único que los diferencia de los animales. Si

los cabros o los burros hablaran estaríamos jodidos del todo, pues no somos

mejores que ellos. Aún así, insisten; no le rinden culto al idioma; repiten las

mismas barrabasadas con las mismas palabras a diario; en su casa, en su cama,

en su trabajo; balan, gorgoritean, ladran, rebuznan, gravitan, deliran peor que los

rudos animales.

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