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Ma de los Angeles Egido León Relaciones internacionales


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Ma de los Angeles Egido León

Relaciones internacionales de los dos bandos. La intervención extranjera en la guerra civil española

Sin duda, Ja guerra civil española ha sido uno de los acontecimientos que más polémica ha levantado entre los historiadores contemporáneos, que la han interpretado desdej como una cruzada contra el comunismo, hasta como una lucha contra eljfascis-mo, pasando por considerarla como antecedente inmediato de la se;gunda guerra mundial o como un suceso pu­ramente interno. Sin adentrarnos en esta polémica, que excedería con mu­cho los límites de este trabajo, la hipó­tesis más acertada parece ser, coimo en la mayoría de los casos, la que conjuga unos y otros elementos, es decir, lo que se inició como un suceso interno, derivado de causas específicamente españolas, degeneró, al amparo¡ de las circunstancias internacionales y de la ayuda exterior a uno y otro banjdo, en un acontecimiento internacional. Precisamente, este último aspecto, el de la intervención extranjera, ha sido y es uno de los más controvertidos, si bien, a la luz de las últimas investiga­ciones, ya resulta posible plantear sin eufemismos un estado bastante! apro­ximado de la cuestión.

I. Antecedentes

En cualquier caso, para compren­der la actitud de las potencias ante la guerra, amén de las circunstancias in­ternas de cada una y los condiciona­mientos derivados de la coyuntura in­ternacional, es preciso valorar el al­cance de los compromisos contraidos por los gobiernos republicanos o la ausencia de ellos. Por ejemplo, ha so­lido destacarse el desamparo en que el recién elegido gabinete frentepopulis-ta francés dejó a su vecino español, si bien, la explicación de esta actitud, aparte de en la situación interna de la propia Francia, tal vez haya que bus­carla en la oportunidad perdida por Azaña al no tomar en serio la visita del entonces jefe del gobierno francés, Herriot, a España en noviembre de 1932. Algunos historiadores así lo han subrayado, aunque Tuñón, por ejemplo, apunte lo contrario. En cuanto a Gran Bretaña, la actitud adoptada por España a propósito de las sanciones a Italia tras su agresión a Etiopía, había puesto en entredicho la tradicional adscripción española al bloque franco-británico. España no

Cuenta y Ra:ón, núm. 21 Septiembre-Diciembre 1985

estaba dispuesta a ir más allá de los compromisos del Pacto de la S.D.N. y, aún en ese marco, la postura repu­blicana se mostraba remisa a aceptar cualquier otro que pusiera en peligro lo que en la política internacional es­pañola había sido casi una religión: la neutralidad.

Si la República no podía esperar una gran respuesta de Francia y Gran Bretaña, que habían sido sus modelos como ejemplos prácticos de democra­cias occidentales, menos aún habría de hacerlo de los países con regímenes totalitarios. En el caso de Italia, la po­sición española de ceñirse al Pacto, aún con los intentos desviacionistas de los miembros cedistas del gobier­no, había molestado también a Mus-solini, que hubiera querido un reco­nocimiento explícito de su derecho a actuar libremente en Abisinia. La vi­sita de Herriot, por otra parte, había levantado las sospechas del Duce, te­miendo que preludiase una colabora­ción hispano-francesa en el Medite­rráneo -concretamente la utilización de Baleares y el paso de tropas colo­niales francesas por España en caso de conflicto europeo. Las Baleares eran uno de los objetivos más apetecidos por Mussolini en su relación con Es­paña, que ha de entenderse siempre en función del elemento francés. El Duce, por tanto, no podía ser un alia­do potencial del gobierno republica­no. Había para ello motivos ideológi­cos, regímenes opuestos, temores a un avance del comunismo; políticos, la República no había considerado la petición italiana de renovar el tratado de arbitraje Ítalo-español de 1926; pero sobre todo había consideraciones tradicionales de política exterior: Mussolini temía la colaboración his­pano-francesa en el Mediterráneo.

En cuanto a Alemania, a pesar de que la llegada de Hitler al poder mar­có el inicio de un aflojamiento de las

relaciones hispano-alemanas, lo cier­to es que, si dejamos al margen las ti­ranteces consecuentes a la divergencia de regímenes políticos, más clara en la opinión pública que en los propios gobiernos, España y Alemania mante­nían unas relaciones fructíferas firme­mente asentadas en intereses econó­micos recíprocos. La presencia de un Frente Popular en España, no pareció enturbiar este panorama, pero en el marco: de la política internacional, Hitler no tenía ningún interés en Es­paña. Por tanto, no había, a priori, motivps para esperar una interven­ción alemana en España ni una espe­cial predisposición antirepublicana.

Con Portugal la situación era dis­tinta. La República no había tenido una especial consideración hacia el vecino luso, aunque las relaciones ofi­ciales se habían mantenido en el tono tradicional de amistad y cooperación que, preciso es reconocerlo, nunca pa­saba de las palabras. En cambio, para Portugal, la presencia de un régimen contrario, el fantasma del federalismo y la ayuda de destacadas figuras repu­blicanas a los conspiradores portu­gueses, habían reavivado el sempiter­no temor al «peligro español». Sala-zar no ocultó desde el principio sus simpatías hacia los sublevados, es más, Sanjurjo vivió en Portugal du­rante todo el periodo de preparación del Alzamiento, y Gil Robles y Juan March establecieron sus cuarteles ge­nerales en Lisboa, coordinando desde allí, junto con Nicolás Franco, el apoyo financiero a la rebelión. El go­bierno portugués trató más con ellos que con el embajador oficial, Sánchez Alborjnoz, y durante la guerra, Portu­gal se convirtió en una base, apenas disfrazada, de suministros para los in­surgentes.

Finalmente, con la URSS, a pesar de lo que suele creerse, el Frente Po­pular ño había contraído ningún com-

premiso concreto. El avance dpi co­
munismo en España fue más una con­
secuencia del desarrollo de la guerra,
que del triunfo en sí del Frente ¡Popu­
lar, i

En definitiva, la República no esta­ba asegurada internacionalmente, aunque hubiera cabido esperar un apoyo mayor del que tuvo por parte de Francia y de Gran Bretaña y sobre todo de la Sociedad de Naciones, don­de sí desempeñó un papel efectivo, si bien el alcance de la Liga ya había sido significativamente puesto a prue­ba por la crisis etíope y la remilitari­zación de Renania. Precario refugio para los gobiernos frentepopulistas.

Por el contrario, los rebeldes sí ha­bían mantenido contactos previos con Italia y Alemania, bien entendido que aunque esto no supone un cpnoci-miento previo en ambos países de los planes del Alzamiento ni una partici­pación directa de sus gobiernos en los preparativos de la insurrección, sí se habían establecido unos cauces que serían posteriormente eficazjmente utilizados. En el caso de Italia, ija hos­tilidad inicial del Duce hacia el régi­men republicano, le había llevado ya a colaborar con los partidarios de San-jurjo para derrocarlo. En abril de 1932, ítalo Balbo, Ministro del Aire, recibió en Roma al conspirador mo­nárquico Juan Ansaldo, asegurándole ayuda italiana para el pronuncia­miento de Sanjurjo. El material -preparado y embarcado- no llegó nunca a los rebeldes por fracasa^ rápi­damente la insurrección. José Anto­nio Primo de Rivera también fue a Roma en el verano de 1933, plero ni éste ni otros contactos con grupos filo-fascistas españoles -Ansaldo volvió a Roma con Calvo Sotelo en el otoño de 1933- dieron resultados prácticos a corto plazo.

Sin embargo, el precedente más ai­reado de esta «conspiración italiana»

contra la República, fue el acuerdo con los monárquicos de marzo de 1934. Antonio Goicoechea, líder de Renovación Española, Antonio Li-zarza Iribarren y Rafael Olazábal, di­rigentes tradicionalistas, y el general Barrera -que había estado en Roma en 1932 en busca de ayuda para la Sanjurjada- solicitaron el concurso de Mussolini para derrocar a la Repúbli­ca. Este acuerdo salió a la luz pública en 1937, y ha constiuido un argumen­to generalmente esgrimido para de­mostrar la complicidad italiana en el Alzamiento, siendo, en cambio, una prueba de que más que motivaciones ideológicas -el acuerdo se firmó tras la victoria electoral de la CEDA- el interés del Duce por España provenía de razones estratégicas y considera­ciones de política internacional: en el acuerdo se incluía la garantía de que España mantendría el statu quo en el Mediterráneo occidental y de que se denunciarían, si existía, el tratado se­creto franco-español. Ya a tenor de las conversaciones Balbo-Ansaldo, se había apuntado al Duce la posibilidad de conseguir Melilla para reforzar la posición mediterránea italiana.

Con todo, este acuerdo fue el prin­cipio del fin. Entre febrero y julio de 1936 no se habían restablecido los contactos de grupos derechistas, inte­rrumpidos en 1934. Coverdale de­muestra que el Duce no conocía los preparativos del Alzamiento, aunque sí se le envió un mensaje que no pudo salir de Barcelona.

Este desconocimiento era aún más acusado en el caso alemán. Viñas ha subrayado, no sólo la indiferencia de Hitler hacia España, sino la esponta­neidad de la ayuda alemana, decidida personalmente por el Führer, y cuyas motivaciones derivan también más de las necesidades de la política exterior alemana y de consideraciones estragé-gicas, que de motivos económicos,

como generalmente se venía admi­tiendo, tácticos o políticos.

Se habían solido destacar también las visitas de personajes políticos es­pañoles a Alemania. La más conocida es la de Gil Robles que, desde el punto de vista alemán, tuvo escasa impor­tancia a pesar del alcance político que se le dio en España. Más significado tuvo, en cambio, la de Ángel Herrera, director de El Debate, aunque, como Gil Robles, también abandonaría Berlín sin ver a Hitler, y sobre todo la de José Antonio Primo de Rivera, que sí consiguió entrevistarse con el dicta­dor, aunque no obtuvo subvención para su partido. Ahora bien, de todas estas visitas, la única que puede rela­cionarse con los preparativos del Al­zamiento es la de Sanjurjo, en la pri­mavera de 1936. Sin embargo, Viñas demuestra que, aunque en ella se fra­guaron indiscutiblemente los cauces por los que posteriormente se canali­zó la ayuda alemana a España, esto no ha de confundirse con una participa­ción oficial alemana en los preparati­vos del 18 de julio. La tesis de Viñas es que Sanjurjo no entró, o lo hizo sólo marginalmente, en contacto con los círculos oficiales alemanes -de ahí la ausencia de rastros de esta visita en la documentación oficial, consultada por Viñas- y que, en cualquier caso, del viaje no derivó una ayuda material inmediata. Subraya especialmente Viñas el papel jugado por Veltjens -expulsado del partido nazi por el propio Hitler- a través del cual Mola obtendría después material alemán.

II. Primeros contactos

Así las cosas, el primer Gobierno al que se dirigió la República fue al de Francia. En la noche del 19 al 20 de julio de 1936, es decir, casi dos días

después de que se anunciara el Alza­miento, el recién nombrado Jefe del Gobierno español, José Giral, dirigió un telegrama al Primer Ministro fran­cés, León Blum, solicitando ayuda para la España republicana. Era de es­perar que un Gobierno frentepopulis-ta defensor de los mismos principios democráticos apoyase a su vecino en apuros. Sin embargo, factores inter­nos y ^consideraciones de política in­ternacional dificultaron esta interven­ción. En efecto, el Gobierno frentepo-pulistá francés estaba dividido inter­namente y su situación era precaria; a esto hay que añadir un argumento de política exterior: hacía sólo cuatro meses que Alemania había ocupado Renania sin oposición y Francia no podía permitirse el lujo de enfrentarse aislada a una Alemania rearmada. Su seguridad dependía de Gran Bretaña, y ésta había aceptado la disculpa ale­mana ^la violación francesa de Locar-no al pactar con la URSS en mayo de 1935- para su acción renana. Si Fran­cia no se había arriesgado por el Rhin a una guerra con Alemania, ¿por qué había de hacerlo por España?

El 2$ de julio -a pesar de la reunión de Blujm el día anterior con Fernando de los Ríos, enviado por Giral, que desconfiaba del embajador español Cárdenas- el Consejo de Ministros francés anunció que rechazaría la so­licitud de armas presentada por el Go­bierno español el 19 de julio y que Francia había decidido «no intervenir en modo alguno en el conflicto inter­no de España», si bien ese mismo día se buscó un nuevo cauce, acudiendo a una cláusula secreta del tratado co­mercial que en 1935 habían firmado Francia y España. De este modo, aun­que «oficialmente» no se enviaran ar­mas a España, privadamente nada im­pedía que se comprasen pertrechos a las fabricas militares francesas. El día siguiente el Ministro del Aire, Pierre

Cot, recibía el encargo de gestionar los envíos de material militar a través de México, y en la embajada españpla en París se montó un comité para canali­zar la ayuda. Pronto se hizo innecesa­ria la ficción del envío a través de Mé­xico, y al menos 37 aviones franceses llegaron entre fines de julio y el 17 de agosto a Barcelona. También se reclu-taron técnicos y estrategas.

Respecto a Gran Bretaña, el 26 de julio de 1936 López Olivan, que días antes había presentado sus credencia­les como nuevo embajador de la Re­pública en Londres, visitó a Edén, con instrucciones concretas de su Gobier­no, y le preguntó si habría inconve­niente en que la República adquiriese armas a Gran Bretaña. La respuesta fue que el Gobierno británico no se opondría a la venta de aviones civiles y que cualquier solicitud de compra de armas sería considerada corj inte­rés. Sin embargo, desde el primer mo­mento Gran Bretaña quiso manifestar su intención de neutralidad, y de he­cho las exportaciones de material bé­lico británico a España fueron míni­mas.

Los factores que hay que barajar para comprender la actitud británica son diferentes a los franceses. En Efec­to, Gran Bretaña, más fuerte militar­mente que Francia, tenía fuertes inte­reses económicos en España, y tam­poco hay que olvidar sus intereses es­tratégicos en el Mediterráneo. Ahora bien, aunque la opinión pública¡ingle-sa estaba fuertemente dividida, la cla­se política ofrecía un bloque más compacto que en el caso francas. En efecto, ni siquiera los laboristas apoyaron con decisión la interven­ción. El Gobierno conservador de Baldwin no tenía ninguna intención de abandonar la política de apacigua­miento que había sido la tónica de la acción británica durante la década de los treinta, era instintivamente favo-

rable a los insurgentes y gozaba, en contraste con Francia, del apoyo de las clases adineradas que tenían gran­des inversiones en ambas zonas. Todo ello propició la política oficial de no compromiso que encubría, según Jackson, un disimulado deseo de vic­toria rápida de los generales, porque «los conservadores británicos tendían a asumir que los volubles españoles necesitaban una mano firme que los gobernara».

En cuanto a la actitud de la Unión Soviética, se ha dicho que aunque «sin Rusia, la República española no hubiera podido resistir; con Rusia, no fue capaz de vencer». Tal vez esta fra­se sirva para resumir la actitud de un Estado con el que la República, no se olvide, ni siquiera había mantenido relaciones diplomáticas oficiales. Realmente, a pesar de la polémica que ha rodeado este aspecto, la actitud de Stalin no fue muy distinta de la de los restantes gobiernos occidentales, es decir, vio en España un peón más en su juego de política internacional, si bien tuvo que matizarlo por las sim­patías que se le suponían hacia un go­bierno frentepopulista y por las acti­vidades de la Komintern. En efecto, si la actitud oficial pasó sucesivamente de la neutralidad de hecho, si bien con manifestaciones de solidaridad y apoyo económico, a la ayuda militar paulatinamente creciente desde 1936 y a la inversa a partir del verano de 1938, hasta el abandono total, la Ko­mintern y el Profintern se mostraron, en cambio, mucho más activos desde los primeros momentos. El 21 de julio de 1936, representantes de ambos se reunieron en Moscú y decidieron apoyar urgentemente a la República. Cinco días después, en Praga, se acor­dó constituir un fondo de 1.000 millo­nes de francos franceses y crear un ejército rojo internacional -proce­dente de las brigadas- de 5.000 hom-

bres. Un comité compuesto por Tho-rez, Togliatti, Largo Caballero, Dolo­res Ibárruri y José Díaz se encargaría de la administración. De este modo el Gobierno de .Madrid recibió, de la Komintern, una ayuda no solicitada, desde los primeros momentos.

Los nacionales, por su parte, acu­dieron en primer lugar a Italia, me­diante dos gestiones encargadas por Franco a Mola. En efecto, el 19 de ju­lio de 1936, ante la presencia de uni­dades de la flota republicana en el Es­trecho que impedían el paso de las tropas rebeldes a la Península, Franco entregó a Luis Bolín una nota en la que le autorizaba a gestionar en Gran Bretaña, Alemania o Italia la compra de aviones y material, concretamente «12 bombarderos, 3 cazas con bom­bas (y lanzabombas) de 50 a 100 kilos, 1.000 de 50 y 100 de unos 500». Bolín había encargado el alquiler del avión -el «Dragón Rapide»- que trasladó a Franco de Canarias a Tenerife para ponerse al frente del Alzamiento. El mismo día 19, y en el mismo avión, Bolín voló a Lisboa, donde se entre­vistó con Sanjurjo, que dio el confor­me a la nota de Franco. Sanjurjo pre­firió volar a Pamplona en un avión más pequeño, y esto le costó la vida. El 20 de julio, Bolín voló a Biarritz, donde se entrevistó con Lúea de Tena y con el conde de los Andes, que pro­metió hablar con Alfonso XIII. Al día siguiente salió para Italia, donde se le uniría el marqués de Viana, enviado por el rey para allanar con sus amista­des romanas el camino hacia el Duce. Franco, no obstante, había logrado antes convencer al cónsul de Italia en Tánger para que enviara un telegrama a Mussolini solicitando los 12 bom­barderos, pero la respuesta fue negati­va. Finalmente, el 23 de julio-según Schwartz- o el 22 -según Coverdale-Ciano recibió a Bolín, prometiéndole una ayuda que al día siguiente, por

boca de su secretario Filippo Anfuso, le negó. Coverdale explica esto por el carácter irreflexivo y oportunista de Ciano.

Paralelamente, se había puesto en marcha la gestión de Mola con la reu­nión en Biarritz, en casa de Juan March, de los líderes monárquicos Antonio Goicoechea, Pedro Sáinz Rodríguez y Luis Zunzunegui, a quie­nes Mola enviaría a Roma. Schwartz desmiente que esta gestión se iniciase ante el fracaso de la de Bolín, y lo hace basándose en las fechas: según Schwartz, la primera entrevista de Bo­lín con Ciano fue el día 23, y la misión de Goicoechea fue decidida por Mola el 22. Si la versión de Coverdale es la cierta, este argumento no se sostiene. En cualquier caso, ambos coinciden en que fue la gestión de Mola la que decidió la ayuda, inclinándose Schwartz por pensar que Mola, más que interferir, lo. que quiso fue refor­zar la gestión de Franco, enviando a Goicoechea que ya era conocido en los círculos fascistas. El 25 de julio (Schwartz) o el 24 (Coverdale) Ciano recibió a los enviados de Mola, que le confirmaron el vínculo entre los su­blevados y los firmantes del acuerdo de 193J4, y entonces Mussolini aceptó enviar los 12 bombarderos, que salie­ron el 30 de Cerdeña rumbo a Melilla, con Bolín a bordo de uno de ellos. De su financiación se encargó Juan March.

En cuanto a los motivos que deter­minaron la decisión italiana, aunque se mantienen los de carácter político e ideológico generalmente admitidos, Coverdale insiste en los estratégicos y los tradicionales de política interna­cional (Mediterráneo/Francia) frente a los económicos, a los que da priori­dad Schwartz. Hoy por hoy, no obs­tante, parecen decisivos, si no exclusi­vos, los comprobados por Coverdale, a los que ya nos hemos referido.

Por otra parte, ante la demor^ ita­liana, Franco encargó al coronel Beig-beder que se pusiera en contactó con el cónsul alemán en Tánger y que so­licitara de Hitler los aviones que Mus-solini no acababa de enviarle. El cón­sul mandó un telegrama al general Kuhlental, agregado militar alemán en Francia y Portugal, solicitando el envío de 10 aviones a Franco. La peti­ción llegó a la Wilhemstrasse el día 23 de julio, pero ésta decidió no arries­garse a complicar más la situación in­ternacional. El día anterior, a 1^ vez que el telegrama, habían salido de Te-tuán el capitán Francisco Arranz y dos negociantes alemanes, Langheim y Bernhardt, para entrevistarse con Hitler y conseguir la ayuda. Lo hicie­ron y en muy pocos días. En efecto, el 24 estaban en Berlín y habían conse­guido concertar la entrevista. En la noche del 25 al 26 de julio tendría lu­gar la reunión de Bayreuth, estando presentes Góring, el ministro de la Guerra, von Blumberg, y el almi|rante Canaris. Hitler envió 20 Junkers-52 que llegaron a Marruecos el 28. Al mismo tiempo, se formó un «grupo turístico», al mando de von Scheele, integrado por ochenta hombres que salieron hacia Cádiz con 6 aviones Heinkeláe combate el 31 de julio, lle­gando el 5 de agosto a su destino^ Más tarde fueron enviados ingenieros, me­cánicos y más pilotos. En septiembre se enviaron otros aviones de combate, dos compañías de tanques, una bate­ría aérea y algunos aviones de recono­cimiento. A partir de ese momento cada semana enviaron 4 aviones de transporte, y cada cinco días un barco de carga.

En cuanto a los motivos de la deci­sión, tomada personalmente por Hi­tler, de intervenir en la guerra de Es­paña, Viñas ha demostrado que, como en el caso italiano, los decisivos serían los de carácter estratégico y táctico,

descartando los de orden técnico y militar, porque aunque Góering se re­firiera a ellos en el proceso de Nürem-berg, se ha comprobado que el mate­rial enviado a España no fue especial­mente novedoso; el factor ideológico, aunque importante, tampoco fue de­cisivo; y el económico, generalmente subrayado como en el caso de Italia, insistiendo en el interés alemán por el mercurio, el hierro, las piritas y otros minerales españoles necesarios para la industria de guerra, Viñas ha de­mostrado que la guerra no alteró bási­camente los acuerdos comerciales existentes entre Alemania y España y claramente ventajosos a nuestro país. No obstante, reconoce que la evidente importancia de la exportación de piri­tas españolas -en cantidad y calidad-explica la primacía que han dado a este factor otros autores.

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