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Lunes 25 de junio de 2007 hoja geobiológica pampeana


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Hoja Geobiológica Pampeana Año XIX (2007), Nº 6



Lunes 25 de junio de 2007

HOJA GEOBIOLÓGICA PAMPEANA


Órgano del Consejo Profesional de Ciencias Naturales de La Pampa

(Fundada el 12 de marzo de 1989 por el Dr. AP. Calmels)


Editores responsables: Dr. A.P. Calmels y Lic. O.C. Carballo


Corresponsales: Biología, Lic. Julio R. Peluffo

Geología, Dr. Eduardo Mariño

Recursos Naturales, Lic. Graciela Bazán

http/www.region.com.ar/hoja geobiologica pampeana

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GEOMORFOLOGÍA DE LAS

REGIONES FRÍAS



(Continuación de XIX(5):87)

III.- Mecanismos del congelamiento

en el suelo

La superficie del suelo es a menudo asimilada por los geofísicos a una superficie de discontinuidad térmica. En realidad, no se trata de una verdadera superficie de discontinuidad sino solamente de una delgada película en la cual el gradiente es extremadamente elevado. La temperatura del suelo que rige los fenómenos geomorfológicos, no es, por consecuencia, la de la atmósfera.

En tal sentido, vamos a analizar, sucesivamente:


  • los factores de la temperatura del suelo;

  • la penetración del congelamiento en el suelo;

  • las diversas formas del congelamiento en el suelo.

A.- Los factores de la temperatura del suelo

La temperatura del suelo es función de factores que obran en sentido opuesto:


  • el flujo de calor recibido por el suelo,

  • el flujo de calor emitido por el suelo,

  • la aptitud del suelo para almacenar el calor.

1) Las fuentes de calor que dan al suelo las calorías que en él se acumulan son:

- el flujo de calor interno, proveniente del globo terrestre; muy débil, del orden de 47 calorías-gramo por cm2 y por año, que es capaz exactamente de fundir 1 centímetro de espesor de hielo. Se explica que los pergelisoles residuales sólo funden muy lentamente por su base.

- el flujo de calor externo, proporcionado esencialmente por la energía solar, que es, término medio 5.000 veces más fuerte.

Este aporte de calor se subdivide en:



  • calor de radiación, que proviene, él mismo, de la radiación solar directa, la más potente fuente, y de la radiación indirecta del resto del cielo, por ejemplo de las nubes, calentadas ellas mismas por la radiación solar directa. La radiación solar indirecta es tanto más importante cuanto más elevado es el tenor en vapor de agua de la atmósfera, pero aun cuando ella es máxima, se mantiene inferior a lo que sería la radiación solar directa.

  • Calor de conducción, como es el caso cuando las masas de aire alógenas cálidas llegan a una región más fría: ellas ceden una parte de su calor al suelo. Esta acción es tanto más considerable cuanto más elevado es el tenor de vapor de agua de las masas de aire (el calor específico del vapor de agua es superior al del aire).

  • De los cambios de estado de la materia. Algunos de ellos son exotérmicos, por lo tanto capaces de liberar una cierta cantidad de calorías al producirse. Es el caso de la condensación del vapor de agua o de la formación del hielo. La cantidad de calor así proporcionada al suelo es bastante pequeña.

2) Las pérdidas de calor sufridas por el suelo provienen:

- de los fenómenos de convección: el suelo se calienta más rápidamente que el aire y lo calienta en su contacto. Este aire caliente se eleva. Son estos movimientos de convección, desiguales, los que dan un aspecto turbio al aire que se encuentra en contacto con el suelo calentado, provocando fenómenos de refracción.

- de los fenómenos de radiación: pérdida de calor por radiación directa, eficaz sobre todo durante la noche. Es proporcional a la 4ª potencia de la temperatura absoluta, por lo tanto más fuerte de día que de noche, pero de día ella es compensada, y más allá, por la radiación del sol y del cielo. Esta pérdida de calor por radiación desempeña un papel muy grande bajo los climas con cielo claro de las altas latitudes (Siberia, Canadá) y crece fuertemente con la altitud, lo que explica la fuerte amplitud térmica de la superficie del suelo en las montañas.

- de los diversos fenómenos endotérmicos que acompañan los cambios de estado de la materia en el suelo o en su superficie: el suelo se enfría cuando el agua que está en su superficie se evapora (con una temperatura un poco superior a 0º C, puede provocar el congelamiento de la película superficial, según Raber) o cuando funde el hielo que contiene.

3) La aptitud del suelo para almacenar el calor, o capacidad de retención calorífica del suelo, de las que dan cuenta las expresiones populares de suelo “caliente” o “frío”.:

- un suelo “caliente” se calienta rápidamente pero se enfría también en forma rápida. Es un suelo con fuerte amplitud térmica, por lo tanto con débil calor específico y con fuerte conductibilidad térmica, apto para recibir radiaciones e irradiaciones, pero apto también para irradiar él mismo;

- un suelo “frío” se calienta lentamente y se enfría lentamente. La amplitud térmica es débil porque tiene un fuerte calor específico y una débil conductividad térmica. Se presta mal a los cambios térmicos con la atmósfera.

Los factores que influyen sobre la aptitud del suelo para calentarse son:

a) su color, que rige el poder reflejante del suelo, o albedo. Los suelos claros reflejan el calor; los suelos oscuros lo absorben. En las regiones con cubierta vegetal continua, ella sólo tiene una débil importancia, pero en la zona periglaciaria donde la vegetación ya sea que está ausente o muy discontinua, ella desempeña un papel capital. La influencia del color del suelo sobre los fenómenos periglaciarios es un sujeto de investigación todavía virgen.

b) su porosidad:

- un suelo incoherente, poroso, aireado, es buen conductor y se calienta más profundamente y más rápido. El deshielo es mucho más rápido en las arenas que en las arcillas;

- un suelo compacto, por el contrario, es muy mal conductor y sólo se calienta superficialmente. Tal es el origen del poder protector contra las variaciones de temperatura de una laja calcárea.

El papel de la porosidad es absolutamente primordial en los fenómenos periglaciarios, tanto más cuanto que el crioclastismo desmenuza las rocas, favoreciendo así la penetración profunda de las oscilaciones de temperatura. Contrariamente a la afirmación de Y. Guillien, los fenómenos periglaciarios pueden generar suelos profundos.

c) su tenor en agua, que está ligado en parte a la porosidad. Por causa del fuerte calor específico del agua, cuanto más agua contiene un suelo, tanto más difícil es su calentamiento. Un suelo poroso colmado de agua es “frío”...La capacidad calorífica de un suelo arenoso pasa de 0,3 en seco a 0,7 saturado de agua; el de un suelo arcilloso, de 0,2 en seco a 0,8 saturado de agua.

La temperatura del suelo obedece, por lo tanto, a leyes complejas, diferentes de las que rigen la temperatura de la atmósfera, de donde el hábito de los geofísicos de comparar la superficie del suelo a una superficie de discontinuidad térmica.
B.- La amplitud de las variaciones

de temperatura del suelo

Ella es diferente de la de la atmósfera:

- en superficie y para tiempo soleado, ella es generalmente superior;

- en profundidad o para tiempo cubierto, a menudo inferior.

Un hecho capital para la morfogénesis periglaciaria es que el número de ciclos de congelamiento-deshielo, es siempre superior en la superficie del suelo al que indican las observaciones meteorológicas; así, en Kerguelén, según Meinardus, se tienen 120 días de congelamiento parcial por año en el aire y 238 al nivel de la superficie del suelo.

Esta amplitud es función de tres factores:

1) del tipo de tiempo. Es máxima para tiempo claro, a causa de la fuerte irradiación solar, que calienta fuertemente el suelo y de la irradiación considerable del suelo durante la noche. Ésta no es disminuida por la influencia del vapor de agua, de donde un fuerte enfriamiento. Es lo que se produce bajo los climas árticos secos con inviernos rudos y bajo los climas montañosos, sobre todo en las regiones secas (Andes, Tíbet).

Vuelve particularmente eficaces los ciclos diarios de congelamiento-deshielo.

2) de la cubierta del suelo: un suelo desnudo sufre variaciones de temperatura mucho más considerables que un suelo recubierto de vegetación. Ésta desempeña el papel de una pantalla por causa de la detención de las radiaciones y de las irradiaciones que golpean directamente los órganos vegetales en lugar de golpear el suelo, y de la acción propia de la vegetación (mecanismo biotérmico de las plantas): la función clorofílica absorbe una fracción importante de la radiación. Ella disminuye la eficacia de las oscilaciones de la radiación. solar. En el medio periglaciario, ella explica el aspecto muy diferente de los fenómenos periglaciarios en la taiga con pegelisol residual y en la tundra. Ella provoca, en las tundras con cubierta vegetal discontinua, fenómenos de congelamiento diferencial del suelo.

La nieve interviene también: su papel protector es muy grande por consecuencia de su enorme poder reflector, que alcanza el 80 % cuando la nieve acaba de caer. La nieve constituye un verdadero aislante térmico: Corbel (1961) señala una temperatura de -22º C en la superficie de una capa de nieve de 3 metros de espesor, y de solamente -2º C en el suelo subyacente.

Por otra parte, la nieve es, en una cierta medida, transparente a la radiación solar, de modo que la radiación absorbida por ella se reparte en el interior de la capa.

Tanto como persiste la cubierta de nieve, el suelo es protegido contra las oscilaciones de temperatura, no hay más ciclos diarios de congelamiento-deshielo. La penetración del congelamiento en profundidad es disminuida. Este papel protector de la nieve explica que se siembra trigo de invierno en las montañas, a pesar de las bajas temperaturas invernales.

3) del tenor de agua en el suelo. Un suelo colmado de agua, como las turberas, numerosas en las regiones periglaciarias, es débilmente conductor, de modo que:

- durante el día, el calor no penetra en profundidad; el calentamiento, débil, se mantiene muy superficial;

- por la noche, el enfriamiento tampoco penetra en profundidad: la superficie que se enfría no es calentada por un flujo que lleva el calor almacenado en las capas profunda; puede enfriase mucho si el tiempo es claro y hiela, pero este congelamiento permanece superficial. Es lo que explica la frecuencia de las heladas de primavera en los pantanos y turberas de la zona templada, suelos “fríos” por excelencia.

Todo esto muestra la importancia de los estudios de temperatura del suelo para la geomorfología periglaciaria. Lamentablemente hay muy pocos datos.

De estos factores depende también la penetración del congelamiento en el suelo.


C.- La penetración del congelamiento

en el suelo

1) Método de estudio: Dos métodos según la profundidad alcanzada:

a) congelamiento profundo, del tipo pergelisol

- la determinación de la base del pergelisol se hace por sondeo. Las primeras observaciones han sido hechas durante la construcción de pozos. La aplicación de los métodos geofísicos proporciona resultados más rápidamente. Ella ha sido utilizada en grande en la Unión Soviética. Según Joesting (1955), la sísmica no da buenos resultados porque los aluviones congelados dan velocidades de progresión semejantes a las de la roca in situ. Por el contrario, la resistencia eléctrica se prueba eficaz.

- Para conocer la cima del pergelisol, es decir la base de la capa descongelada en verano (o mollisol), se tiene la posibilidad de utilizar el segundo método, o de sondar con una regla de metal.

b) En el caso del hielo poco profundo, el mejor instrumento es el criopedómetro de A. Cailleux, el cual se compone

- de un tubo de ebonita, en el cual la temperatura se pone rápidamente en equilibrio con la del suelo. El tubo está hundido en el suelo;

- de una reglita sobre la cual son llevados pequeños tubos de vidrio equidistantes abiertos en las dos puntas, que se llenan de agua. Los que están al nivel del suelo helado se congelan. Ellos permiten la lectura directa de la profundidad del suelo helado.

2) La velocidad de propagación del hielo en el suelo obedece, abstracción hecha de los cambios de estado físico del agua a las leyes de la conductividad térmica (Ecuación diferencial de Fourier). Según Cailleux (1947), si la profundidad crece en progresión aritmética, la amplitud de la variación decrece en progresión geométrica. Las consecuencias de las variaciones de temperaturas superficiales se amortiguan muy rápidamente en profundidad;

La influencia de las variaciones anuales de temperatura en superficie se hace sentir aproximadamente 20 veces más profundamente que la de las variaciones cotidianas. En París, donde la amplitud diurna y la amplitud anual son sensiblemente iguales, la primera penetra a 1 metro aproximadamente, en tanto que la segunda, a unos 20 metros.

El retardo de las variaciones se acrecienta con la profundidad: una variación que se produce en 14 horas se hace sentir:

a 0,5 m de profundidad, a 2 h del día siguiente; en tanto que a 1 m de profundidad, a 14 horas del día siguiente.

El retardo de la variación anual es de un año a 15 metros de profundidad.

Las variaciones de temperatura del suelo en profundidad tienen, por lo tanto, su calendario propio, diferente de el de los fenómenos atmosféricos. En condiciones idénticas, el congelamiento ha penetrado a una velocidad de 3 centímetros por día en un suelo de lehm húmico, de 4 centímetros en un loess y de 7 centímetros en una arena.

Una cubierta de nieve provoca:

- una disminución de 1 a 2 y ½ veces la profundidad alcanzada por la variación de temperatura;

- un aumento de 1 a 2 y ½ veces el retardo de la variación.

Esto muestra la influencia muy desfavorable de la nieve sobre la formación del pergelisol.

La naturaleza del suelo desempeña un papel según que él sea más o menos buen conductor del calor. Así, el congelamiento penetra más profundamente en las rocas compactas que en las rocas incoherentes (Taber).

3) La velocidad de propagación del congelamiento en el suelo obedece a las mismas leyes. Las diferencias entre las temperaturas que deben ser realizadas en el suelo y las del aire para fundir una capa de espesor dado, es sin embargo mayor que la necesaria para hacerla congelar, a consecuencia del carácter fuertemente endotérmico de la fusión del hielo.

Si hay cubierta de nieve, el calor de las radiaciones solares sólo llega al suelo cuando la nieve es fundida completamente. También, si la nieve es espesa, el calor proporcionado por un largo período en el cual el aire se descongela todos los días, puede no ser suficiente. Es así como las nieves permanentes descienden, en las regiones húmedas, hasta regiones en las cuales varios meses tienen una temperatura superior a 0º C.

Asimismo, la progresión del congelamiento en el suelo no es exactamente semejante a la del congelamiento:

a) en las regiones sin pergelisol:

- el congelamiento progresa casi regularmente desde arriba hacia abajo;

- el deshielo progresa a la vez desde arriba hacia abajo, por consecuencia del calentamiento de la superficie del suelo, y de abajo hacia arriba, por consecuencia del contacto con el suelo no helado subyacente que proporciona calorías.

En un cierto momento, sólo la parte media de la capa helada queda todavía en este estado.

b) en las regiones con pergelisol:

- el congelamiento progresa a la vez desde arriba hacia abajo a partir de la superficie del suelo que se enfría al mismo tiempo que el aire, y de abajo hacia arriba, a partir de la superficie del pergelisol.

- el deshielo, por el contrario, progresa únicamente desde arriba hacia abajo.

Notemos finalmente que se llega a que la isoterma de 0º C no coincide con la base del suelo helado, sino que se ubica un poco más profunda que ella. Esto se produce en dos casos:

- Cuando el agua se mantiene bajo presión entre dos capas de suelo congelado, lo que ocurre en el momento del recongelamiento otoñal del mollisol por encima del pergelisol, en la capa de mollisol residual comprimido por el hinchamiento de la capa superior que recongela. Este fenómeno desempeña un cierto papel en el desarrollo de los hidrolacolitos.

- Cuando la temperatura de congelamiento es disminuida por las fuerzas de atracción de los materiales finos, lo que se produce en ciertas arcillas. Parece que a este tipo de sobrefusión se le ha visto atribuir un papel exagerado.

El congelamiento del suelo (y su deshielo) es, por lo tanto, un fenómeno complejo. Se puede hablar de una verdadera combinación geográfica en la cual entran el clima, la cubierta vegetal (y, eventualmente nivosa), la naturaleza del suelo y su grado momentáneo de humedad. El juego de estos factores influye sobre la velocidad de desplazamiento de la isoterma de 0º C en el suelo, por lo tanto sobre la profundidad alcanzada por el congelamiento a continuación de un período frío dado, como sobre la profundidad alcanzada por el congelamiento en el suelo previamente helado luego de un recalentamiento. Dos ejemplos numéricos:

En Fuerte Churchil (Canadá), según Brown Beckel (1957), el mollisol alcanza una profundidad aproximada a 4 metros en las arenas, de 2 metros solamente en las arcillas y de 1 metro y aun menos bajo los suelos con colinas cubiertas de césped, menos todavía bajo la turba, aislante ideal.

En la región parisina, Prieur (1958/61) ha revelado las profundidades máximas medias siguientes alcanzadas por el congelamiento invernal desde el 1º de enero de 1948 al 31 de marzo de 1959: 27 centímetros en la arena bien drenada, 18 en la arena húmeda, 13,1 bajo césped y 10,9 centímetros solamente bajo selva.

Es por ello que no es posible deducir el clima del suelo del de la atmósfera. Entre las temperaturas de uno y de la otra, no hay ninguna relación unívoca, varios factores nuevos intervienen en la temperatura del suelo. Muchos de los datos proporcionados en las publicaciones sobre el número de ciclos de congelamiento-deshielo, sólo son valederos para la atmósfera y no para el suelo. Los métodos propuestos por diversos autores para calcular el número de ciclos congelamiento-deshielo en el suelo a partir de las observaciones climáticas, son todos inexactos. Tal es el caso del índice de congelamiento obtenido haciendo el producto de las temperaturas negativas por su duración en horas. Según Williams (1961) es necesario admitir un margen de error de ± 50 %! Para el mismo índice, no se observa en Ottawa ningún fenómeno periglaciario, mientras que se tiene en Trollheim (Noruega) una solifluxión importante y suelos geométricos.

Se ha comprobado que el número de ciclos congelamiento-deshielo sólo puede ser determinado, en una profundidad dada, por la medición directa, realizada por medio de termocuplas implantadas en el suelo, como lo han hecho Cook y Raiche (1962). Pero tales datos permanecen excepcionales y hemos estado obligados a proporcionar, en el presente trabajo, numerosos ciclos congelamiento-deshielo evaluados a partir de temperaturas atmosféricas. Sólo son órdenes de magnitud, muy aproximados.

Ahora bien, son las modalidades que revisten los ciclos congelamiernto-deshielo los que comandan, en parte, las formas que toma el congelamiento del suelo.
D.- Las diversas formas

del congelamiento del suelo

Un suelo congelado presenta propiedades muy diferentes de las del mismo suelo no congelado. Un suelo incoherente se vuelve duro: el hielo cementa sus partículas a la manera de lo que se observa en una arenisca. Es, pues, indispensable examinar las micro-estructuras que representan el ordenamiento de los cristales de hielo en la roca. Estudiadas en detalle por los ingenieros para los trabajos públicos, a su vez sobre el terreno y en el laboratorio, ellas son bien conocidas en las rocas incoherentes, para las cuales presentan el mayor interés práctico: arenas, arcillas, limos, gravas. Pero ellas son casi desconocidas para las rocas coherentes: calizas, rocas cristalinas, areniscas, esquistos, etc. Ahora bien, la importancia del fenómeno es primordial para explicar el entallamiento de las rocas por el congelamiento. Es un vasto dominio de experiencias a explorar.

Examinaremos primeramente los tipos de estructura del hielo del suelo, luego los factores que los rigen y, finalmente, su repartición geográfica.


1º.- Tipos de estructura del hielo del suelo.- Se pueden distinguir tres grandes tipos de ocurrencia del hielo en el suelo: el suelo helado con hielo difuso, las segregaciones de hielo superficiales y las segregaciones de hielo internas.

a) Los suelos helados con hielo difuso.- Este tipo es el más simple: los cristales de hielo se reparten casi regularmente en la masa de la roca. Es el más frecuentemente realizado en la tierra vegetal de nuestras regiones. Las agujas de hielo se ubican en los poros de la roca y cementan los elementos. El suelo helado es comparable a una arenisca con cemento de hielo. Se reconocen dos subtipos:

- compacto: todos los vacíos están rellenos de hielo. La roca es dura e impermeable. En ciertos casos, el hielo constituye un volumen superior al de los vacíos originales de la roca. Hay, entonces, “sobresaturación” por el hielo, lo que tiene consecuencias muy importantes;

- poroso: los vacíos están incompletamente rellenos por el hielo. Hay, entonces, entre las partículas del suelo, cristales de hielo y vacíos ocupados por aire. La cohesión del suelo helado es menor y, sobre todo, se mantiene permeable al aire.

La distinción entre estos dos subtipos es capital porque ella tiene consecuencias geomorfológicas primordiales.



b) Las segregaciones superficiales del hielo.- El hielo forma una costra en la superficie de la parte mineral del suelo. Hay dos variedades:

- El verglás, común bajo los climas templados, debido a una caída de lluvia sobre un suelo helado. Su acción geomorfológica está mal conocida. Sin embargo, parece que ella no es descuidada. La superficie del verglás es remarcablemente resbaladiza y puede así favorecer el transporte de partículas a condición de que ellas no estén tomadas en el verglás mismo. Se ha pensado en el verglás para explicar el deslizamiento de algunos detritos al pie de las cornisas, en los derrubios ordenados, y para el transporte, empujados por el viento de gravas que se encuentran en ciertas arenas eólicas periglaciarias. Diversos autores han señalado gravas y aun pequeños cantos rodados, alcanzando hasta 3 ó 4 centímetros de longitud, que han sido empujados por el viento sobre el hielo en la Antártica. Ensayos realizados con fuelles han mostrado que elementos de ese tamaño podían ser efectivamente llevados en estas condiciones por vientos de tempestades como se observan en esta parte del mundo. Sin embargo, verificaciones más sistemáticas restan útiles.

- Los “pipkrakes”, hielo fibroso formado por exudación. Son comunes sobre todo bajo los climas con congelamiento brusco. El agua se concentra en la superficie del suelo y se hiela, formando filamentos reunidos unos a los otros. A veces alcanzan una gran dimensión: hasta 20 centímetros. Se forman a menudo bajo la película superficial del suelo, cuando ella es grumosa, y la levantan, o bajo las hojas muertas y bajo piedras.

Los pipkrakes pueden revestir varias formas:

- compacta: toda una serie de columnitas de hielo están reunidas unas a otras, no dejando ningún vacío entre ellas;

- porosa: las columnitas forman grupos que dejan entre sí los intersticios;

- discontinua: se forman por paquetes en los lugares favorables, por ejemplo bajo piedras que son elevadas entonces mientras que el suelo vecino no lo es, lo que tiene una gran importancia para la crioturbación.

Como todos los cristales debidos a una exudación, los pipkrakes crecen perpendicularmente a la superficie que se enfría, generalmente a partir de la superficie del suelo, pero también a partir de la cara inferior de las piedras, que no es forzosamente paralela a la superficie del suelo.

Las piedras favorecen la formación de los pipkrakes porque ellas son generalmente mejores conductoras que el suelo vecino. Los pipkrakes se forman sobre todo sobre las pendientes, por ejemplo, en nuestras regiones, sobre los taludes de rutas. Las inversiones de temperatura los multiplican. Los más hermosos aparecen en tiempo de deshielo, cuando una noche clara provoca un descenso brusco de la temperatura sobre un suelo muy húmedo. El fenómeno es frecuente en montaña mediana en Francia.
c) Las segregaciones internas del hielo.- Forman conjuntos en el interior mismo del suelo, lentejas, estratos, etc. En medio del suelo helado de manera homogénea, generalmente compacta, se observan masas de hielo puro.

Dimensiones: son muy variables. Las lentejas tienen hasta 3-4 metros de espesor en Alaska, a veces solamente algunos centímetros o aun milímetros.

Forma: las hay dos principales:

Las lentejas, más o menos paralelas a la superficie del suelo. Algunas veces contorneadas, cuando la presión del congelamiento ha plegado la roca;

Las cuñas de hielo, de perfil triangular y que penetran verticalmente en el suelo: “ice wedges”.

La formación de las segregaciones está guiada por las discontinuidades de la roca. Ellas se localizan, por una parte, a lo largo de las fisuras correspondientes a las diaclasas y a las junturas de estratificación, o son debidas al congelamiento mismo; otra parte en el contacto entre elementos diferentes del suelo: por ejemplo entre una capa fina y otra más grosera, o en el contacto de una matriz fina y de bloques.

Hay lugar de distinguir, en las macrosegregaciones de hielo, dos orígenes diferentes:

- Las segregaciones horizontales, en lentejas, correspondientes a fenómenos de pared fría. Al penetrar el hielo en el suelo se ejerce una atracción sobre el agua a causa de la cristalización y la circulación capilar nutre la segregación. Se requiere, pues, material de una cierta granometría. Mediciones de Henin (1958) en Versailles, han puesto en evidencia la migración capilar del agua del suelo bajo el efecto del pasaje del suelo al estado helado (diferente del descongelamiento).

Las lentejas de hielo sólo se forman en una tierra apisonada, compacta; en un material poroso, el hielo toma la forma de agujas.

No se deben confundir las lentejas de hielo singnéticas y las lentejas de hielo fósil. Éstas son frecuentes en las planicies aluviales de Siberia septentrional. Ellas están ligadas a los deshielos de los ríos, cuando de estos deshielos las aguas derraman a veces aluviones sobre una planicie todavía englazada, en la cual mares o brazos de agua helada forman conjuntos de hielo que son fosilizados. En algunos casos, cadáveres de animales pueden estar prisioneros en el hielo que se forma en el otoño y fosilizados con él; tal es el caso de ciertos mamuts.

- Las cuñas de hielo que, según los trabajos de los soviéticos, resultan de un aporte de agua alógena, por las crecidas de los ríos. Sólo se forman en las planicies aluviales. Al penetrar el agua en las fisuras de contracción de un suelo helado, se solidifica allí en una delgada vena que crece los años siguientes, porque la discontinuidad provoca la reaparición de fisuras en el mismo lugar.
2º.- Factores que rigen las diversas estructuras del hielo del suelo.

a) El clima.- Desempeña un papel importante, pero bastante mal conocido por falta de medidas de la temperatura en el suelo. Influye también indirectamente por medio del tenor de agua en el suelo al comienzo del congelamiento. La formación del hielo del suelo es un fenómeno de cristalización, al cual se aplican las leyes del desarrollo de los cristales. Cuanto más lenta es la cristalización, mayor tamaño alcanzan los cristales. Inversamente, una cristalización rápida proporciona cristales pequeños.

Un dominio importante de investigación sería el de precisar los datos climáticos en el aire y en el suelo a los diversos tipos (pipkrake, cuña de hielo y segregaciones de hielo), en función de suelos de naturaleza conocida.



Naturaleza del suelo.- Ella desempeña un papel a la vez: directo, por la mayor o menor cantidad de vacíos que contiene el suelo y por la aptitud de sus elementos a desplazarse para favorecer una sobresaturación en hielo; y un papel indirecto, por la cantidad de agua que le permite absorber su textura y por su capilaridad que rige allí los movimientos del agua durante el congelamiento. Es muy difícil separar la influencia de la naturaleza de la roca de la del contenido en agua, de su capacidad de retención.

Los suelos con agregados bien cementados toman, bajo el efecto del congelamiento una estructura masiva análoga a la de las arenas groseras: las partículas están soldadas por cristales de hielo difuso, sin segregación.

Los pipkrake son favorecidos por un suelo que tenga un importante tenor en agua y por la proximidad de la capa de imbibición. Para que los cristales se desarrollen rápidamente y tengan un tamaño grande, es necesaria una muy buena alimentación en agua per ascensum. Las arenas graníticas y los suelos arcillosos que contienen cantos rodados (aluviones alterados, por ejemplo), que aseguran una buena circulación del agua, son, bajo nuestros climas, los más favorables.

Las segregaciones de hielo bajo la forma de lentejas finas exigen a la vez:

- un suelo rico en agua al comienzo del congelamiento, como es el caso de las arcillas y el estado plástico.

- un suelo fino: arcillas, limos. Las arenas y las gravas son siempre congeladas de manera homogénea, ya sea compacta o porosa, según su tenor en agua al comienzo del congelamiento. El congelamiento compacto de las arenas groseras y guijarros es excepcional fuera de las planicies aluviales donde la capa freática aflora.

En los limos y arcillas, el congelamiento del suelo es progresivo: comienza en los intersticios más amplios del suelo, donde el agua se encuentra en masas mayores y se hiela así más fácilmente que la fina película que rodea las partículas del suelo, que es “adsorbida” por él, por lo que el congelamiento sólo se produce a una temperatura inferior. Esta agua es así atraída en el estado líquido por los cristales ya formados en los poros mayores de la roca, de donde la segregación.

Es natural que una buena alimentación del suelo en agua durante el congelamiento es indispensable. Por ese hecho, el pergelisol desempeña un papel desfavorable.

La importancia de estas estructuras es primordial porque ellas rigen la acción mofogenética del congelamiento del suelo.
3.- La repartición geográfica del congelamiento en el suelo.- El congelamiento del suelo presenta diversos tipos de variaciones estacionales. Es función a la vez del retardo con el cual las ondas térmicas estacionales penetran en el suelo y de las condiciones meteorológicas. Se presentan los casos siguientes:

a) El congelamiento sólo afecta al aire, y el suelo queda deshelado.- Esto permite la formación de pipkrakes. Sólo puede tratarse naturalmente de alternancias de congelamiento-deshielo muy breves, de algunas horas, generalmente de un congelamiento nocturno. Provoca un tipo particular de crioturbación (desarreglo por los efectos del congelamiento, y deshielo). Se produce bajo climas variados pero es particularmente característico de las montañas intertropicales, con fuerte amplitud diurna y débil amplitud anual excluyendo los otros tipos de congelamiento. Las montañas de las regiones secas, soleadas (Alpes meridionales, Regiones mediterráneas, Andes áridos) son particularmente favorables a los pipkrakes, a causa de la intensa radiación nocturna. El factor limitante en su génesis es entonces generalmente la humedad; ésta es habitualmente proporcionada por la fusión diurna de la nieve, especialmente sobre las pendientes soleadas. Las caídas de nieve que funden en el curso del invierno, por el calor del día, dan al suelo humedad que permite, durante la noche, la formación de pipkrakes. Estas condiciones son realizadas cuando la capa de nieve es discontinua, formando placas entre espacios de suelo desnudo. En este tipo de montañas, los pipkrakes que se forman frecuentemente en invierno y en primavera, a veces también en otoño, pueden desempeñar un papel morfogenético importante.

b) Las variaciones estacionales de temperatura penetran más profundamente que el congelamiento.- Se tiene, entonces, un congelamiento estacional o aun nocturno de la superficie del suelo La acción geomorfológica provocada en estas condiciones está esencialmente constituida por fenómenos que serán considerados más adelante: desplazamiento de los elementos del suelo bajo el efecto del congelamiento, fenómenos de deshielo superficial durante el período en el cual persiste una capa helada en profundidad.

Este tipo de congelamiento del suelo reviste modalidades climáticas diversas.

- Bajo los climas con influencia oceánica, las temperaturas de invierno son inestables y raramente muy bajas. La penetración del congelamiento está molestada y queda poco profunda.

- Bajo los climas con influencia continental, por el contrario, el congelamiento se establece de manera más durable lo que disminuye las alternancias congelamiento-deshielo pero aumenta la profundidad afectada por el congelamiento.



c) La onda térmica positiva penetra menos profundamente que el congelamiento.- El congelamiento alcanza capas en las cuales el efecto del calentamiento estival no se hace sentir más. Se produce entonces en el suelo una estratificación:

- En profundidad, una capa congelada en permanencia, el pergelisol,

- En superficie, una capa que se deshiela en verano y se vuelve a congelar en invierno, a la que Cailleux le asignó la designación de mollisol tomado de Bryan.

Esta estratificación esquemática está lejos de ser siempre regularmente realizada en la naturaleza. Los espesores de los estratos (pergelisol y mollisol) varían según las regiones.

A causa de la lentitud de la penetración de las ondas térmicas a gran profundidad, un pergelisol residual puede mantenerse por mucho tiempo.

Las condiciones favorables a la existencia de un pergelisol han sido resumidas por Grave (1959) así:

- otoños secos, sin caídas de nieves protectoras,

- inviernos con tiempo claro, con fuerte pérdida de calor por radiación,

- una persistencia de la nieve en primavera, haciendo de pantalla térmica,

- veranos frescos y nebulosos, con temperaturas medias máximas de julio de 10-15º C, de tal modo que la mayor parte de las calorías son proporcionadas por difusión (80 % en ciertas regiones del norte de Siberia),

- inversiones de temperatura invernales, lo que actúa en favor de los valles (a condición de que ellos no sean recorridos por fluvios alógenos aportando calorías),

- una pantalla térmica formada, en verano, por la tundra musgosa.

Por supuesto que algunas de estas condiciones son contradictorias y nunca son reunidas todas en el mismo lugar.

Puede concluirse que el congelamiento del suelo es, pues, un fenómeno complejo, todavía no bien del todo conocido. Saca su origen de los fenómenos climáticos, pero no se calca exactamente sobre ellos y, en una cierta medida, se vuelve autónomo a causa de las leyes particulares que regulan la temperatura de la superficie del suelo y del ritmo particular de la penetración del congelamiento en el suelo mismo, ritmo mucho más lento que el de las variaciones de la temperatura.

El congelamiento del suelo puede adquirir así una cierta autonomía con relación a los fenómenos climáticos actuales y ser regido pacialmente por factores geológicos.

El estudio de los paleo-pergelisoles puede así aportar tanta información como el de los paleosuelos de otras regiones



(continuará)

Fuente: Traducción y adaptación de la obra de J. Tricart y A. Cailleux “Le modelé des régions périglaciaires” SEDES, París, 1967, por el Dr. Augusto Pablo Calmels.

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LAS AGUAS SALVAJES DE LAS

REGIONES ÁRIDAS. NOCIÓN

DE BASE SOBRE LA

HIDROLOGÍA DE LOS DESIERTOS



(Continuación de XIX(5):91)

Escurrimiento concentrado

Hay escurrimiento concentrado cuando el agua de una lluvia o de una crecida fluye en un canal (fig. 3). Comparado con el escurrimiento difuso, el escurrimiento concentrado corresponde a precipitaciones del mismo orden, pero más instaladas en el tiempo y en el espacio y sobre pendientes generalmente de mayor gradiente.



La hidrología fluvial en los desiertos, fuera de los ríos equipados y de las grandes corrientes, permanece todavía bastante mal conocida. Es verdad que observaciones cualitativas y a veces mediciones muy precisas o experimentales (Braquaval, 1957; Schick, 1970; Sabat, 1982) han sido efectuadas, pero siempre aisladamente. Se conocen ejemplos más bien que un conjunto coherente de resultados, suficientes sin embargo para desprender trazos esenciales (Dubief, 1953; Joly, 1968; Schick, 1987). Sobre los bordes subáridos y semiáridos, las lluvias son siempre débiles; el escurrimiento es en general intermitente, pero a veces permanente. En la zona árida propiamente dicha, la irregularidad es la regla; el escurrimiento es siempre intermitente y alguna vez efímero. En el dominio hiperárido, es siempre efímero y aun aleatorio. Las únicas áreas de agua un poco importantes son las montañas o los relieves bastante extensos que provocan lluvias de convección y tormentas, donde los gradientes son fuertes y donde el trazado bien marcado de los escurrimientos anteriores facilita la concentración de las aguas. En ninguna parte existe escurrimiento perenne autóctono. El curso de agua por excelencia de los medios áridos es el uadi (wadi), esencialmente episódico.
Fig. 3. Escurrimiento concentrado. Una crecida lejana se propaga en el lecho menor enmarcado por barrancas, del uadi Ora (región de Zagora, sur marroquí, 7 de marzo de 1996) (cliché Joly).
En el uadi, el escurrimiento se confunde con la crecida. En algunas regiones, el mismo vocablo designa a la vez uno y otra. El agua fluye enmarcada por barrancas y recibe los aportes de las capas y filetes de agua difusos que descienden de las pendientes. El retardo de la crecida sobre la lluvia es más o menos grande en función de la distancia recorrida, del caudal, del gradiente y de la permeabilidad del lecho del curso de agua. En las zonas cultivadas, la crecida, a la vez esperada y temida, aporta aluviones nuevos y recarga las capas subterráneas, pero ella lleva, en cambio, los jardines y los árboles. También puede conducir a transformaciones irreversibles del paisaje morfológico, capaces de trastornar el marco de vida de las poblaciones ribereñas (Joly, 1962). Se pueden observar dos tipos de crecidas. Las crecidas locales pueden sobrevenir en cualquier punto de un curso ácueo. Ellas son debidas a lluvias concentradas sobre un espacio restringido (algunas decenas de km2). Como en el caso del escurrimiento difuso, la crecida se produce luego de un denso chaparrón y sobre un suelo ya mojado. Se requiere solamente un poco más de tiempo para que sea saturado el material aluvial más permeable y más espeso que tapiza el fondo del talweg. La ola recorre un camino tanto más largo cuanto más potente ha sido el chaparrón y más durable, luego las aguas bajan y desaparecen en los aluviones mismos. O se evaporan por el sol una vez que éste ha vuelto (Joly, 1953). Las crecidas lejanas tienen por origen precipitaciones caídas sobre relieves alejados, más o menos largo tiempo antes de la llegada de la ola (fig. 3).

Recorren siempre una fracción importante del curso de agua, a veces el curso entero. Pueden sorprender por su llegada repentina en un lugar preservado de toda amenaza de lluvia (Joly, 1953; Vanney, 1960). Morir ahogado en el desierto no es una simple figura de retórica.

Estos hechos de observación tienen valor de ejemplo. Según las circunstancias, los acontecimientos pueden ser muy diferentes. En función notablemente de la potencia de la ola, que puede llegar violenta (la “pared de agua” a menudo evocada) o, al contrario, agotada. En función, también, de la distancia ya recorrida por la crecida, del volumen y de la naturaleza de la carga transportada (caudal sólido), o todavía del agua del talweg, desnudo o cubierto de aluviones groseros o finos, bordeado o no por la vegetación, seco o ya mojado por una crecida precedente. Las crecidas más notables resultan lo más a menudo de la superposición de una crecida lejana y de una o varias crecidas locales.

Las aguas subterráneas



Una cantidad más o menos grande de agua llegada de la atmósfera es absorbida por el suelo y almacenada en profundidad. En los desiertos, es un acontecimiento importante, en hidrología como en biología, porque sustrae a los escurrimientos superficiales, a las plantas, a los animales, a los hombres, una parte notable y no siempre recuperable del agua necesaria a la vida.

Infiltración y circulación del agua en el suelo

En la zona árida, una lluvia lenta y prolongada, o una lluvia tupida cayendo sobre una formación incoherente que tenga numerosos vacíos abiertos hacia el exterior, puede infiltrarse directamente sin escurrirse. En cambio, una formación incoherente pero compacta y cubierta de una vegetación difusa, en particular herbácea (estepa subárida) se comporta como una capa tampón intermediaria que ayuda a la infiltración, pero que permite el escurrimiento desde que ella está saturada. Una cubierta floja o guijarrosa, como los regs de fragmentación o los aluviones de los talwegs, se deja atravesar fácilmente. Una cubierta espesa areno-limosa impone un encaminamiento lento del agua de la superficie hasta el piso rocoso. Sobre las arenas, la penetración entre los granos es casi instantánea: puede alcanzar entre el 90 y 95 % del agua caída y prácticamente no hay escurrimiento. Por el contrario, sobre los derrames limosos o arcillosos, menos del 25 % de esta agua se infiltra; el resto contribuye a pulir e impermeabilizar la superficie. Por otra parte, esta infiltración tiene un límite, que depende a la vez de la cantidad de agua caída por unidad de tiempo y de la abertura exterior de los vacíos de las rocas. En efecto, más que de la lluvia, la mayor parte del agua infiltrada proviene del escurrimiento difuso, de las crecidas de los ríos y de las pérdidas de las charcas y de los lagos (Dubief, 1953). Las condiciones pluviométricas y los estados de superficie condicionan la penetración de las aguas, pero es de la estructura litológica y tectónica del material rocoso que dependen su circulación interna y su acumulación.

Es un problema que no concierne solamente a las zonas áridas. Pero, en el desierto, los chaparrones de agua son raros y, salvo tormentas en serie, separadas por intervalos de varios meses, aun de varios años, la anterioridad de un período de infiltración es por lo tanto siempre lejana. En los desiertos cálidos el suelo está casi siempre seco y la capacidad de infiltración prácticamente es siempre máxima. En los desiertos fríos, en primavera, las alternancias de congelamiento-deshielo activan, por crioclastismo, la fragmentación y la figuración de las rocas, por lo tanto su permeabilidad, la cual favorece la absorción de las lluvias de verano; sin embargo, las sucesiones de caídas y de fusiones lentas de la nieve, al final del verano y en otoño, impregnan mejor el suelo que lo que lo hacen los deshielos rápidos de primavera.

(Continuará)

Fuente: Traducción del trabajo de Fernand Joly, titulado “Les eaux sauvages des regions arides. Notions de base sur l’hydrologie des deserts, aparecido en Géomorphologie: Relief, Processus,Environnement 2006, 4:285-298, por el Dr. Augusto Pablo Calmels.

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LA FISONOMÍA ESTRUCTURAL

DE LA TIERRA

1.-Áreas continentales y cubetas oceánicas

1.1.-Introducción



Antes de internarnos decididamente en la concepción evolutiva del relieve, resulta conveniente tener presente, aunque más no sea en forma general y somera, la relación que existe entre el relieve de los continentes, considerados éstos en su conjunto, y el relieve de los extensos fondos oceánicos.

Desde el punto de vista de la oceanografía -u oceanología como suele decirse ahora- no puede discutirse que el principal interés asumido por el estudio petrográfico de los fondos marinos reside en el hecho de que ellos constituyen el límite, inferior por una parte y lateral por otra, de las extensas masas de agua que forman los océanos. La presencia de obstáculos submarinos, que limitan el movimiento libre de las aguas, imprime características particulares y variables en la repartición de las propiedades del medio marino en general. Tanto es así que, en cualquier área considerada, la naturaleza de los sedimentos está en relación estrecha con la topografía de los alrededores. Por otra parte, el estudio geomorfológico está interesado, primordialmente, en la dimensión y distribución de ciertos tipos de características del relieve que se presentan en formaciones sumergidas de la corteza terrestre y, como el 71 % de la superficie está cubierto por las aguas, el conocimiento de las características del relieve de primer orden sería incompleto si sólo abarcara el relieve actualmente observable sobre la superficie de las tierras emergidas.

A este respecto es conveniente recordar que, durante la historia geológica, representada por varios miles de millones de años, grandes áreas de la Tierra que actualmente pueden observarse por encima del nivel marino y que son fácilmente accesibles, han estado cubiertas por las aguas de los océanos durante uno o más períodos geológicos, siendo la inversa válida también: grandes extensiones que antiguamente fueron continentales, en la actualidad se hallan por debajo del nivel del mar.

Es por esa razón que muchos problemas de la geología histórica, y de la propia geomorfología, dependen, en una u otra forma, del conocimiento de la configuración del fondo marino que rodea los continentes y del que corresponde a los fondos profundos de los océanos actuales.

Una gran parte de los conocimientos adquiridos sobre el mar abierto, ha sido lograda por medio de sondeos, realizados principalmente por organismos estatales, que han ampliado y perfeccionado los mapas existentes y confeccionado otros nuevos. En nuestro país, es la Marina Argentina la que ha realizado, y realiza, trabajos destacados en este sentido, a los cuales se suman los esfuerzos de unos pocos organismos más. Pero existen países y organismos internacionales que dedican ingentes esfuerzos humanos y económicos al estudio de los océanos, y que han hecho progresar su conocimiento de manera inimaginada hasta hace unos pocos años.

El progreso científico que se ha alcanzado en la actualidad en relación con el conocimiento de los fondos oceánicos permite que se realicen determinaciones precisas por medio de un moderno instrumental geofísico de alta categoría y gran precisión.

En cuanto a los primeros trabajos oceanográficos del pasado, se hallaban limitados al ambiente costero, realizándose sondeos directos que normalmente no excedían los 200 metros de profundidad. Los sondeos profundos sólo recibieron un gran impulso a partir de 1873-1876, período correspondiente al viaje realizado con el buque oceanográfico Challenger, durante el cual se sustituyó el cabo de cáñamo para sondeos, por el cable de acero de una sola hebra, lo que facilitó grandemente las operaciones. Con posterioridad, los métodos geofísicos permitieron registros continuos de profundidad que aceleraron el conocimiento del relieve del fondo oceánico. Así se consiguieron revelar aspectos del relieve submarino que hasta hace muy pocos años eran totalmente desconocidos. Tal es el caso de los estudios realizados a bordo del Meteor (1935) que, mediante su sonda ecoica pudo trazar numerosos perfiles del fondo oceánico. Y fue así como llegaron a descubrirse las fosas oceánicas, que son cuencas de gran profundidad del relieve sumergido de los fondos marinos que alcanzan varios miles de metros de profundidad.

La representación gráfica del relieve del fondo marino se refiere al nivel medio del mar, y ha permitido demostrar la

importancia que tiene el relieve relativo, es

decir la forma y magnitud de las elevaciones o depresiones en relación con el relieve circundante. Así se ha comprobado que existen dos niveles de referencia sobre la corteza terrestre: uno por encima del nivel medio del mar, que corresponde a las masas terrestres, y otro que se encuentra en profundidades comprendidas entre los 4.000 y 5.000 metros, que corresponde a las cuencas oceánicas. La comparación entre las geoformas continentales con las geoformas submarinas debe hacerse con referencia a estos dos niveles.

Puede comprenderse fácilmente el hecho que la morfogénesis subaérea y la morfogénesis submarina son causadas por procesos muy distintos, que obedecen a leyes generales muy diferentes. Esa es la razón por la cual el geomorfólogo tiene necesidad de explicar el hecho geomorfológico de primera magnitud representado por la diferenciación existente entre las tierras emergidas y las extensiones oceánicas.

Para cumplir con esta misión se requiere tener presente que los límites estructurales entre las áreas continentales y las cubetas oceánicas no coinciden con la línea de ribera, encargada de señalar la separación entre dos dominios con exodinámicas notablemente distintas. En efecto, las áreas continentales se prolongan bastante adentro en el dominio marino, integrando las plataformas continentales. Y es así como, en su tratamiento, surgen inmediatamente dos problemas: por un lado, el de la diferenciación de las áreas continentales y las cubetas oceánicas, y, por el otro, la instalación progresiva de los mares sobre las plataformas continentales. En este artículo, nos referiremos a ellos examinando sucesivamente la distribución actualmente adoptada por tierras y mares, la estructura de las áreas continentales y, ulteriormente, las variaciones del nivel marino.

1.2.- Las unidades mayores del relieve planetario

Los elementos mayores en que geomorfológicamente puede dividirse la superficie terrestre, están dados por las denominadas unidades de primera magnitud, con superficies que se extienden en el orden de los 107 km2, las cuales comprenden los continentes y las cubetas oceánicas, relieves regidos por mecanismos genéticos derivados de la diferenciación de la corteza terrestre en sial y sima. No obstante lo apuntado, hay autores como Stille (1951) que, entre las unidades de primera magnitud, distinguen los continentes, los océanos y los gosinclinales.

Es poco el conocimiento que se tiene con referencia a la manera en la cual estos grandes trazos del relieve terrestre habrían adquirido su actual configuración y su posición sobre la superficie de nuestro planeta, pero los conocimientos geológicos permiten sospechar que, en un momento remoto de la historia de la Tierra, las masas continentales estaban unidas entre sí. Los acontecimientos geológicos de los tiempos más recientes no habrían alterado mayormente la individualización de las masas continentales, sino que solamente habrían ocasionado ligeras modificaciones en su forma particular, sobre todo en lo que atañe a la faja costera correspondiente a la plataforma submarina.
1.3.- Distribución de tierras y mares

Desde hace mucho tiempo, los geógrafos se han ocupado, con llamativa asiduidad, tanto de la distribución adoptada por las tierras y los mares, como por la configuración asumida por los continentes, habiéndole dedicado a estos temas variados y extensos trabajos estadísticos, que han proporcionado un cúmulo de datos numéricos que contrasta con la escasez o rareza observada en otros aspectos de la Geomorfología.

Sin embargo, han sido los geofísicos los responsables del progreso rápido operado en el conocimiento de la configuración general de la Tierra, a causa de que su explicación se encuentra en su propia constitución. Así, a comienzos del siglo XX, un geofísico como A. Wegener, procurando explicar la similitud del trazado de las costas atlánticas de África y América del Sur, esbozó la hipótesis de la deriva continental que, después de verse sometida a severas críticas durante algunas décadas, ha llegado a imponerse definitivamente luego de los estudios de la década de 1960 sobre el comportamiento de las dorsales medio-oceánicas.

Por la circunstancia de ser Wegener un geofísico, resulta comprensible, entonces, que este aspecto de la geomorfología haya merecido un tratamiento con mayor carga de base matemática que otros. De todos modos, no deja de resultar llamativo el hecho que objetos tan poco numerosos como los continente hayan sido estudiados a través de métodos del análisis matemático, en tanto que otras geoformas, mucho más numerosas, como lo son las pendientes por ejemplo, mucho más idóneas para ser sometidas a un tratamiento estadístico, hayan sido dejadas de lado.

Este contrasentido sólo puede ser concebido como una consecuencia más del retardo metodológico al que se ha visto sometida la geomorfología hasta no hace mucho tiempo, y al cual nos hemos referido ya en uno de los cursos anteriores.

Ahora bien, cuando se realiza un examen de esa distribución de las tierras y de los mares, el mismo puede llevarse a cabo considerando la situación tanto en el sentido horizontal como vertical.


a) Distribución horizontal.- El área abarcada por las tierras emergidas es del orden del 29 % de la superficie total del planeta; el 71 % restante está cubierto por las aguas marinas. Pero esa distribución espacial es bastante heterogénea, puesto que el 39,4 % de tierras existentes en el hemisferio septentrional, se reduce a menos de la mitad (16,6 %) en el hemisferio meridional. Asimismo, se pueden aislar imaginariamente dos hemisferios arbitrarios, cuyos centros se encontrarían en las proximidades de la desembocadura del Loira (Francia) y en un lugar antípoda, de los cuales el primero, denominado hemisferio continental, contendría la mayor proporción de las tierras (47 %), y el segundo, con sólo un 11 % de tierras, es designado hemisferio oceánico, encontrándose cubierto fundamentalmente por el océano Pacífico.

Sin embargo, esto no es todo; cuando se realiza un análisis detallado, esta distribución presenta una complejidad mucho mayor. Así, exceptuadas algunas pocas superficies ácueas de reducida extensión, como es por ejemplo el caso del mar Caspio, o del mar Aral, los mares se hallan intercomunicados, presentando un régimen continuo, en tanto que las tierras se encuentran completamente rodeadas por las aguas, teniendo un régimen insular, hecho éste que comporta notables consecuencias, especialmente desde el punto de vista biogeográfico. Todavía, la extensión de los afloramientos terrestres resulta muy variable: mientras algunos superan el millón de kilómetros cuadrados, ciertas islas o islotes no llegan a superar la unidad de esa medida. Esta manifiesta diferencia conduce a basar el análisis sobre la dimensión de los afloramientos y, también, a hacer la diferenciación entre continentes e islas.



a1) Los continentes.- Es fácil comprender que lo esencial de las tierras está formado por los continentes, puesto que, si se considera a Groenlandia como un continente, sólo resta para las islas aproximadamente el 5 % de las tierras emergidas. Esta consideración está justificada cuando se confecciona un cuadro clasificatorio de las tierras emergidas de acuerdo con su extensión decreciente:

Eurasia e islas adyac. ...... 54.200.000 km2

África ............................. 29.800.000 km2

Amér. del N + Groenland. 24.200.000 km2

América del Sur..... ......... 18.000.000 km2

Antártida ........................ 13.100.000 km2

Australia ........................ 7.700.000 km2

Groenlandia .................... 2.175.000 km2

Nueva Guinea ................. 820.000 km2

Borneo ............................ 744.000 km2

Madagascar ..................... 594.000 km2

Baffin .............................. 476.000 km2

Sumatra ........................... 473.000 km2

En efecto, en el cuadro precedente puede verse que la oposición entre continentes e islas aparece bien justificada, puesto que aun cuando la superficie de Groenlandia resulta intermedia entre la del continente australiano (3,5 veces menor) y la de Nueva Guinea (2,7 veces mayor), la distribución estadística se modifica a partir de Nueva Guinea incluida: toda la serie de las mayores islas tiene superficies que decrecen débilmente.

No puede negarse que la presencia de los continentes constituye un carácter sobresaliente de la superficie terrestre, puesto que si tuviera lugar una nivelación general, el agua actualmente reunida en las cuencas oceánicas cubriría todo el planeta con un espesor considerable (unos 2.440 metros) y la vida humana sería imposible, por lo menos en las condiciones que le conocemos actualmente.

Las observaciones y estudios geológicos autorizan a pensar que los continentes han crecido durante su historia pasada; tal es lo que se desprende de la comprobación de que las áreas más antiguas, integradas por rocas metamórficas paleozoicas, se encuentran en la parte interior de los continentes, constituyendo los denominados escudos o cratones (también llamados cratógenos), considerados como los núcleos, de gran antigüedad y rigidez tectónica, a partir de los cuales crecieron los continentes por el agregado de material sedimentario y posterior formación de cadenas orográficas y aportes magmáticos (material volcánico). Por otro lado, la determinación de edades de unos 3.000 millones de años en tales rocas antiguas, por medio de modernos métodos radiactivos que se basan en la descomposición del rubidio 87 en estroncio 87, ha evidenciado que los continentes son rasgos muy primitivos de la superficie de la Tierra que se remontarían al propio tiempo de su origen.

Asimismo, los acontecimientos que han modificado notoriamente la configuración inicial de las masas continentales, se han caracterizado por su periodicidad y, de un modo particular, por su extensión planetaria, de suerte que podría decirse que el desarrollo histórico de las plataformas continentales podría homologarse a la puesta en escena de una misma obra teatral, con la variable de ser representada cada vez sobre un escenario diferente.

Sobre la base de estas comprobaciones, y a pesar de las irregularidades que pueden observarse en las partes emergidas de la corteza terrestre, no sería difícil constatar la existencia de algunas analogías, las cuales parecerían indicar que tanto la localización como la forma de los continentes podrían estar regidas por algunas leyes que han sido objeto de análisis por numerosos investigadores, y de un modo particular por Chevalier (1952). Entre ellas recordaremos:

1ª) En la actualidad, los continentes tienen un régimen insular, puesto que se encuentran enteramente rodeados por agua, en tanto que los océanos tienen un régimen continuo, dado que desde un punto cualquiera de uno de ellos se puede llegar por mar a un punto determinado de cualquier otro mar.

2ª) Una característica de los continentes del presente la constituye el hecho de su mayor desarrollo en el sentido de los meridianos; tal distribución se considera que es geológicamente moderna, debida fundamentalmente al plegamiento alpino-andino. En efecto, comprobaciones paleogeográficas permiten sostener que antiguamente el desarrollo de los continentes habría sido preponderantemente transversal, es decir en el sentido de los paralelos. Un testimonio que avalaría esta suposición estaría proporcionado por el desarrollo que presenta el continente euroasiático, que no habría sido asiento de mayores cambios en el transcurso de los últimos tiempos geológicos.

3ª) Otra particularidad llamativa, dentro de las analogías comentadas, está proporcionada por el hecho de que los continentes, con la sola excepción de la Antártica, tienen la forma de un triángulo, que se ensancha hacia el norte y se adelgaza hacia el sur, donde terminan en tres grandes puntas, representadas por América del Sur (Cabo de Hornos), África del Sur (Cabo de Buena Esperanza) y el conjunto malayo-australiano (Tasmania). Pero, además, también es llamativa la desviación de esas extremidades hacia el oriente, la cual se hace particularmente visible en el extremo meridional de Suramérica que, en algunas concepciones geológicas, ha servido de argumento fundamental de robustecimiento, como es el caso de la que se ocupa de la deriva de los continentes. Ninguno de estos grupos de continentes está orientado exactamente en la dirección Norte-Sur, sino más bien en la dirección Noroeste-Sureste, como si los tres hubieran sido torcidos.

4ª) Llama asimismo la atención comprobar que las masas continentales se agrupan por parejas, de la siguiente manera: Eurasia y África, unidos por el istmo de Suez; América del Norte y América del Sur, unidas por el delgado istmo de Panamá, de origen geológicamente reciente (Cuaternario), y Australia y Antártica que, al parecer, también habrían estado unidas por un istmo hasta que, en tiempos geológicamente recientes también, habría desaparecido debajo del océano Pacífico.

5ª) Existe también una posible comprobación, que atrajo la atención de Wegener, y que fue utilizada en apoyo de su teoría sobre la traslación de los continentes a la deriva, y es el marcado paralelismo existente entre la costa oriental de América meridional y la costa occidental de África. Este paralelismo es válido también para algunos de los detalles, en cuanto que cada saliencia o entrante de una costa encaja bastante perfectamente en la otra.

6ª) Un rasgo notorio de estas analogías está dado por las irregularidades de la superficie emergida, causada por la distribución de los relieves, principalmente de las montañas y cordilleras, de la que pueden extraerse algunas conclusiones. Así, por ejemplo, las grandes cordilleras se levantan en los bordes de los continentes y se desarrollan según ejes orientados en el sentido de la longitud de los mismos. Las pocas excepciones se hallan en los bordes bañados por el océano Atlántico y sus dependencias, como acontece, entre otros casos, con el extremo occidental de las montañas del Atlas, las sierras españolas y los sistemas serranos de la provincia de Buenos Aires y Patagonia. También se comprueba que en el continente euroasiático las cordilleras siguen los bordes meridionales; en América se encuentran a lo largo del borde occidental; en Australia, la cordillera australiana sigue el borde oriental; y en África, las montañas se distribuyen preferentemente sobre el borde oriental, y en parte en los confines occidental y septentrional

7ª) Otra observación factible de efectuarse a lo largo de las cadenas montañosas, es que dichas cadenas presentan siempre un lado más abrupto que el otro, siendo aquél el que se orienta indefectiblemente hacia el mar, o hacia la cuenca marina más próxima o más profunda.

8ª) Se destaca como hecho comprobado definitivamente la existencia de una línea a lo largo de la cual se dispone la mayoría de los volcanes que se han registrado sobre la superficie de la Tierra, la que es habitualmente denominada como cinturón de fuego o línea de fuego del Pacífico.

9ª) Se puede reconocer una antisimetría, u oposición, con relación a la línea del ecuador terrestre: las tierras cubren un 70,3 por ciento de la superficie total comprendida entre los paralelos de 60 y 70º de latitud norte, en tanto que sólo ocupan el 0,8 % entre los paralelos de 50 y 60º de latitud sur. Y esta oposición también es hallada en lo que respecta a los polos terrestres: mientras el polo norte, correspondiente al hemisferio continental, se ubica sobre el mar, el polo sur, perteneciente al hemisferio marítimo, se ubica sobre tierra firme.

10ª) Existe una simetría aproximada de las grandes masas continentales con relación a un meridiano que pasa cerca de los 20º E-70º O. Paralelamente, un meridiano perpendicular al precedente (110º E-70º O) separa un hemisferio predominantemente oceánico, integrado fundamentalmente por el océano Pacífico, un fragmento de América del Norte y Australia, de otro hemisferio con gran desarrollo de tierras, que contiene a África, Europa, la mayor parte de Asia y casi toda América del Sur.

11ª) Con la excepción de la Antártica, que constituye una gran isla situada en el polo sur, los continentes se disponen en husos meridianos separados por husos oceánicos. Dentro de cada huso continental, hemos visto que los continentes se agrupan por parejas. Sólo Groenlandia se halla sola, pero de acuerdo con lo visto más arriba, tiene una posición intermedia en la clasificación dimensional.

(Continuará)

Fuente: Corresponde a los “Apuntes de Geomorfología fundamental” titulados “Fisonomía estructural de la Tierra” (Santa Rosa,1985) del Profesor Dr. Augusto Pablo Calmels

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EL MERCADO

Muy típico, a la par que original y poético, es el cuadro que con felices pinceladas traza José Joaquín Pesado en los siguientes versos.

La lumbre del sol hermosa

deja el imperio del cielo
a la sombra temerosa,

pero la noche amorosa

tiende su estrellado velo.
Muestra apenas su camino

la nueva luna en la esfera:

el lucero vespertino

sobre el alta cordillera

lanza su rayo divino.
Dibujan las llamas puras

de encendidas luminarias

entre las sombras oscuras,

en bien marcadas figuras

del pueblo las calles varias.
Las que desde el monte vistas

por sorprendido viajero,

forman a sus ojos listas

de trémulo reverbero

y de fantásticas vistas.
Mientras el templo sagrado

lleno de piadosa gente,

brilla, de luz inundado,

con las antorchas fulgente,

con incienso perfumado.
Mientras el acorde coro

hace que su voz concuerde

con el órgano sonoro,

y ora su acento se pierde,

ora domina, canoro.
La multitud se derrama

y a opuestos puntos camina,

donde el placer la reclama,

o la novedad la llama

en cada calle y esquina.
En puestos y aparadores

y de la plaza en las fuentes,

brillan vasos de colores

y botellas transparentes

con embriagantes licores.
Junto al barnizado tarro

que guarda dulce conserva,

brilla un búcaro bizarro:

agua helada, que reserva

el grato olor de su barro.
Vense en formas desiguales

de azúcar cándida y leve

los esponjosos panales,

y en porcelana y cristales

los blancos grumos de nieve.
Acá en hileras tendidas

están en limpias esteras

naranjas de oro encendidas,

limas cual cera, y teñidas

de vivo carmín las peras.
Allá, como la esmeralda,

Los limones aparecen,

Las manzanas como gualda.

Las fresas, que tiernas crecen,

Del monte en la húmeda falda.

También la encarnada guinda,

la nuez de dura cubierta,

la fruta del moral linda,

y la granada, que abierta

todos sus tesoros brinda.


En fin, a los ojos lucen

cuantos de aquellos confines

los huertos frutos producen,

y las flores que relucen

en sus cerrados jardines.
Donde rosas y azahares

de aromas forman corrientes,

y disipan los pesares

las aves con sus cantares,

con su murmullo las fuentes.

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SANTOS VEGA

El himno del payador

- 13 –

Y cada bando a correr



suelta el potro vigoroso,

y aquél sale victorioso,

que logra asirlo al caer.

Puesto el que supo vencer

en medio, la turba calla,

y a ambos lados de la valla

de nuevo parten el llano,

esperando del anciano

la alta señal de batalla.

Rafael Obligado


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Término de impresión: 25-6-2007




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