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Lunes, 25 de Enero de 2010


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Aula de Cultura ABC

Fundación Vocento



Lunes, 25 de Enero de 2010

América, el espejo revolucionario

con motivo de la presentación del libro
Memorias del General Miller

traducidas al español por el general José María Torrijos (1791-1831)


D. Jaime Cáceres

Embajador del Perú en España



D. Giles Tremlett

Corresponsal de The Economist


D. Fernando García de Cortázar

Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.


Dña. Esperanza Aguirre Gil de Biedma

Presidenta de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.

Es un gran honor para la embajada del Perú haber sido invitada a participar en este acto de presentación del libro Memorias del General Miller de John Miller, traducidas casi inmediatamente al español por el General José Mª Torrijos, una muy cuidada edición que publica la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad. Deseo subrayar la gran oportunidad que supone la publicación de este libro que fue editado por primera vez en 1829.

Como todos conocen, entre 2008 y 2025 se cumplen los vicentenarios de las independencias de 17 repúblicas iberoamericanas. También se celebrará el vicentenario de las Cortes de Cádiz en el año 2012, efemérides que rememoran los valores de libertad y de la nación y que ofrecen una excelente ocasión para revisar de forma conjunta un proceso histórico. Este ameno libro es una suerte de bitácora de viaje que transcurre en el tiempo de las gestas. Sin embargo, va más allá de la mera narración de un conjunto de hechos memorables y del texto emerge no sólo un gran soldado sino un conspicuo observador que nos ha dejado valiosísimas apreciaciones sobre el birreinato del Perú, aproximándose a los usos y grupos sociales y étnicos de la época.

La trayectoria del Mariscal William Miller es extraordinaria. Nació en 1795, en el Condado de Kent en Inglaterra, se alistó en el ejército inglés en el arma de artillería a los 15 años e, inmediatamente, tomó parte en la guerra contra Napoleón y luego en la guerra de 1814, entre Inglaterra y Estados Unidos. Cuando sobrevino la paz, como muchos soldados, miró a América del Sur que se preparaba para emanciparse la corona española, vinculándose de inmediato con el ejércto libertador del General Don José San Martín. Después de las gestas de independencia de Argentina y Chile vino la del Perú, país que se convirtió en su segunda patria.

Dio fe de sus grandes dotes como estadística durante el desempeño de responsabilidades políticas como gobernador de Puna y Potosí y como ministro plenipotenciario del Perú y de Ecuador. Por su impagable contribución, se le consiguió el título de gran Mariscal del Perú.

Al fallecer, en 1861, fue sepultado con honores militares y las campanas de Lima doblaron por primera vez hasta entonces durante las exequias de una personalidad que no era de confesión católica sino que era protestante. Desde 1926, sus restos reposan en el panteón de los prócederes.

Me tomaré la licencia de hacer un paréntesis para comentarles que el Mariscal Miller fue también quien formó el legendario regimiento de caballería conocido como Usares de la legión peruana. Luego, renombrado Usares de Jonin, como dato curioso el vocablo Usar es de origen húngaro, y Usares eran las legiones a caballo que el rey Matías Corbino organizó en 1458 para combatir la invasión otomana.

El gobierno del Perú ha rendido justo tributo a la memoria del General William Miller considerado como una de las más importantes figuras de la guerra de la Independencia de América del Sur y un símbolo de las relaciones angloperuana y angloiberoaméricanas.

No quiero finalizar mi intervención sin dejar de decir que la reedición de esta obra honra también la esperanza de libertador Don José de San Martín quien abrigó el anhelo de erigir un monumento que marque el siglo de la gesta y transmita la posteridad del mérito en los ciudadanos que se hicieron célebres por su comportamiento irreprochable.


D. Giles Tremlett

Corresponsal de The Economist


Este personaje, hoy día, es casi totalmente desconocido en el Reino Unido. William Miller es una persona que casi ha desaparecido. A mí me he sorprendido con este libro. Uno no espera, de un militar del siglo XIX, un militar inglés, que sea un intelectual brillante, que tenga capacidad literaria o de análisis sociopolítico. Sin embargo, aquí, con su hermano John, que es la persona que realmente escribe el libro, nos ha dejado un libro que no es sólo de aventuras y de hazañas del propio general, sino que nos da una visión muy valiosa de un momento clave en la historia de América Latina.

En realidad yo aquí he encontrado tres libros en uno: es un libro que se puede leer de varias maneras. En primer lugar, como un libro de aventuras y de hazañas; como un libro de historia que narra los acontecimientos más importantes del momento, tanto en Chile como en Perú; y, en tercer lugar, lo que más nos ha sorprendido: también es un libro de viajes.

Da la casualidad de que en estas páginas hay un personaje que se llaman Obrain, un capitán que, mediante las batallas navales y abordajes y encuentros a cañonazo que se encuentra aquí, me ha hecho recordar a otro O’brian: un británico, un novelista muy popular que también escribió Royal Navy durante las guerras napoleónicas. Sin embargo, lo que se encuentra aquí es la versión auténtica y realista de ese tipo de batalla. A los que nos gusta la historia militar podemos encontrar, por lo tanto, casi un libro. Hoy día, habría que echar mano de un Anthony Beevor, el que narra la guerra desde la trinchera, el que narra la guerra desde el punto de vista de los que están ahí viviendo la sórdida realidad de la guerra.

Como he dicho, es un libro medio de aventuras. Hay una escena en el que el joven Miller se presenta voluntario para cruzar un puente colgante, uno de esos puentes hechos de tablas y cuerdas. Se presenta de voluntario para llevar un cañón muy pesado y resulta que el puente no puede con el cañón. Se invierte las tablas, se queda ahí agarrado. Sus hombres, al final, llegan a salvarse y, la verdad, es que, en ese momento, William Miller poco tiene que envidiar a Indiana Jones. No tiene reparos en contar la guerra tal como es. Hay un momento en el que explica el impacto que tiene en Santiago de Chile una derrota del ejército chileno que lo cuenta así. Dice: la capital se convirtió en una escena de confusión y de espanto, las gentes despavoridas corrían a esconder en los conventos lo que tenían de más precioso. Aun ofrecía un espectáculo más lastimero grupos de mujeres que buscaban temerosas e impacientes al esposo, al hijo, al hermano o al amante y que al no ver llegar el objeto que le era tan querido prorrompían en llanto en medio de las calles.

De este libro, sin embargo, me quedo más bien con este espíritu de viajero romántico. Vemos en algún momento que William Miller se pone a pensar en las diferencias entre ese nuevo mundo que encuentra de América y el viejo mundo de Europa, y en un momento en que está paseando, cabalgando sobre la pampa Argentina dice: Produce un sentimiento de tristeza involuntaria en el corazón de un inglés, al contemplar aquellas fértiles regiones habitadas principalmente por fieras y aves, cuando en sus propio país abundan pobres industriosos que desean trabajar y que se ven reducidos a la miseria por falta de ocupación. Aquí el hombre sobrio, industrioso, llegaría en muy pocos años de gozar de una propiedad decente en tierras y ganados aunque hubiese llevado muy poco dinero.

Luego, Miller conoce a todos los personajes de América latina y el propio Bolívar es una de esas personas. Nos deja también una descripción suya que merece la pena leer. De él dice,que en su juventud fue buena figura pero, actualmente, es de rostro pálido, pelo negro con canas y ojos negros y penetrantes aunque, generalmente, inclinados a tierra o de lado. Cuando habla, la expresión de su semblante es cautelosa, triste y, algunas veces, de fiereza. Su carácter viciado por adulaciones, arrogante y caprichoso; sus opiniones con respecto a los hombres y las cosas son variables y tiene casi una propensión a insultar. Es un apasionado del bello sexo pero extremadamente celoso. Tiene afición a avanzar y es muy ligero pero no baila con gracia. Su imaginación y su persona son de una actividad maravillosa, cuando no está en movimiento está siempre leyendo, dictando cartas o hablando. Su voz es gruesa y áspera, pero habla elocuentemente en casi todas las materias. Escribe de un modo que hace impresión pero su estilo está viciado por una aceptación de grandeza que desagrada, hablando tan bien y fácilmente como lo hace no es de extrañar que prefiera escucharse a sí mismo que oír a los demás.

La última palabra, la dejamos para un joven oficial de la marina inglesa que escribe una carta a su hermano John y dice lo siguiente del general Miller: Tal fue la carrera de un joven que, lleno de amor a la libertad, tomó parte en la lucha para la independencia de las naciones y que, sin auxilio de conexiones y de intereses, siguió una rápida carrera por medio de los peligros de la guerra y como opciones de los partidos y facciones, y se elevó por su propio mérito y sus acciones al más alto grado en el ejército. Siempre, la América del Sur le reclamará como uno de sus hijos más glorioso.

D. Fernando García de Cortázar

Director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.


La Guerra de Independencia tuvo notables repercusiones en las campañas continentales de Napoleón:lo que parecía un paseo militar se transformó en un atolladero que obligaba a mantener un número de tropas elevado, cada vez más necesario en el frente ruso. Además, la retirada de efectivos podía conducir al desastre, como ocurrió en julio de 1812 cuando Wellington derrotó a los franceses en Arapiles, expulsándolos de Andalucía, amenazando Madrid, y obligando a José Bonaparte a iniciar la retirada bajo la complicidad de la noche. Tras el rey, marcharían los coraceros, con su caballos pesados y sus lanzas con las puntas brillando en la oscuridad, los húsares, erguidos como gigantes en sus monturas imperiales, las compañías de infantería, y sin hablar, enfangados en el infierno de la guerra, los afrancesados, con sus equipajes y sus familias. A los soldados napoleónicos les aguardaba la batalla de Vitoria, y más tarde, el hundimiento abisal de Waterloo; a los afrancesados , el exilio, camino que habrían de seguir tantos españoles del siglo XIX, fieles a sus ideas políticas, utilizado poco después por los liberales de Cádiz.

Pero la Guerra de Independencia, con sus devastadores efectos sobre la Península Ibérica, con sus idas y venidas de generales y de ejércitos, no tuvo repercusiones solamente en Europa. Los sucesos de España resonaron con fuerza al otro lado del Atlántico, y allanaron el camino de los anhelos secesionistas en los territorios ultramarinos. Cuando Napoleón invadió España, las colonias de América del Sur tuvieron que elegir entre apoyar a los Borbones o la libertad. Al principio, los ciudadanos hispanoamericanos rechazaron el gobierno títere de París y se organizaron en Juntas con la excusa de preservar la autoridad del prisionero Fernando VII. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que depusieran a los gobernantes peninsulares y reivindicaran la libertad política y comercial. En 1810, había ya luchas civiles o luchas de liberación, batallas en mar y tierra, ejecuciones de amotinados e innumerables represalias. Los desastres de la guerra, que hubiera dicho Goya.

Antes de 1814, las Juntas de la metrópoli no pudieron hacer nada contra la actitud independentista de la burguesía criolla sudamericana, ni tampoco las Cortes de Cádiz, empeñadas en salvaguardar la integridad de la monarquía, aventuraron conciliación alguna. Sólo la fuerza se consolidó como alternativa para alcanzar los objetivos deseados, detectándose los focos más virulentos en los virreinatos del Río de la Plata y Nueva Granada. Así, sin el concurso peninsular, la pugna por la independencia degeneró muy pronto en un conflicto civil entre los partidarios de la separación y los realistas.

La situación no mejoró después de la retirada francesa de España. Lejos de buscar una componenda amistosa, Fernando VII respondió a los independentistas con un ejército de diez mil soldados, que lograría pacificar Venezuela y Nueva Granada; pero no así Argentina. Tan funesta dentro de España como en las colonias, la intransigencia del monarca impidió la paz justo cuando la limitación de recursos del Estado y la enorme mortandad de los expedicionarios reclamaban mayor tacto. Su férrea oposición ante cualquier fórmula de autonomía soliviantó a los dirigentes criollos, quienes contestaron a la persecución de los generales realistas con la virulenta declaración de guerra a muerte lanzada por Bolívar:

“Todo español que no conspire contra la tiranía en favor de la justa causa será tenido por enemigo y como traidor a la patria, y por consecuencia será irremisiblemente pasado por las armas […] Españoles, contad con la muerte, aún siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de América”.

1819 señalaría el cambio en la balanza de la guerra, favorable ahora a Bolívar y San Martín, que, entre esa fecha y 1826, consiguen emancipar Nueva Granada, Venezuela y Perú, bastión del realismo en Sudamérica. Por el camino, el debilitamiento de la metrópoli y el temor al liberalismo exaltado del Trienio envenenaron las relaciones con México, donde una revuelta encabezada por Iturbide proclamó la secesión en 1822. Aquel fue el adiós al gran imperio ultramarino de España, capaz de retener solamente Cuba, Puerto Rico y Filipinas.

Todo eso lo vivió el general José María Torrijos: la guerra contra Napoleón en España, donde combatió junto a los ingleses de Wellington, y la separación de las colonias de América del Sur, cuyo desgarrador proceso siguió impotente en su exilio londinense. A Torrijos le sabemos ocupado en los asuntos propios de un conspirador liberal: en la fusilería de polvo y luz en torbellino de la lucha contra los ejércitos invasores de la Santa Alianza, o bien, ya en la mañana del 11 de diciembre de 1831, en la playa de Málaga, ante la mar bravía, como en el poema de Espronceda, esperando la descarga fulminante de un pelotón de ejecución. Pero hay otro Torrijos: el joven culto y distinguido que deslumbró al ensayista e historiador Thomas Carlyle en Londres. Ese Torrijos, que la iconografía ha engullido a mayor gloria del hombre de acción, es, en rigor, uno de los tres autores de este libro, rescatado de un largo olvido por la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad: Memorias del general Guillermo Miller al servicio de la República del Perú, escritas en inglés por Mr. John Miller y traducidas al castellano por el general Torrijos, amigo de ambos. “Ambos” alude a los dos hermanos Miller, el militar, Guillermo, que participó en la liberación de la América española, y el historiador, John, que ordena las vivencias, apuntes y documentos de aquel y procede a la redacción final de la obra, trasladada luego al castellano por Torrijos , autor de un prólogo que rehuye la mentira barata de su tiempo.

Traducir es tomar unas palabras y convertirlas en otras absolutamente distintas que prodigiosamente han de decir lo mismo que las primeras. No es un viaje fácil. En Londres, mientras lee las memorias del general Guillermo Miller de la manera más honda en que se puede leer un libro, traduciéndolo, Torrijos recorre un mundo extraño, la América española de Bolívar y San Martín, ciudades y tierras desconocidas donde sonaban canciones conocidas, se soñaba el sueño nunca realizado de una sociedad mejor y se combatía fieramente por la libertad. Pero Torrijos no se contenta con trasladar al castellano la aventura de un inglés que acompaña a los libertadores en las batallas decisivas de la emancipación sudamericana. Y mientras traduce, mientras construye un mundo hecho de voces, el orgulloso liberal español procura no olvidar la mirada desdeñosa que, a ráfagas y a rachas, asoma en estas memorias. Y así, dice en el prólogo:

“Faltaría a los sentimientos de mi alma y a los deberes de hombre de bien si no me hiciera cargo de las acusaciones que resultan a mi patria, para presentar el origen de ellas y reducirlas a su verdadero valor”.

Y un párrafo más adelante, apunta:

“De injusto y desastroso se acusa al sistema colonial, al que por tres siglos se vio América sujeta; pero este sistema, ¿era privativo a España? […] La América estaba equilibrada a la España, y esto es cuanto podía exigirse. Reclamar para las colonias lo que la metrópoli no poseía, es una insensatez. La América del Norte era sin duda más feliz antes de su emancipación que la América del Sur; ¿pero no lo era también mucho más la Inglaterra que la España? ¿Cuánta sangre no costó la independencia de aquellas colonias? ¿Daba esa misma Inglaterra igual trato a todas sus posesiones? ¿Lo da al día? ¿Están equilibradas a la metrópoli las que actualmente posee? […] ¿Esa Francia republicana, cómo trató a sus colonias? ¿No inmoló Milleres de víctimas para someterlas aún en los días de su libertad desmedida y bulliciosa?”

En su prólogo, Torrijos no trata de comparar horrores, pero sí de poner un poco las cosas en su sitio, recordando que ambas, España y América, eran, a comienzos del siglo XIX, víctimas del gobierno que las oprimía; recordando que “la España aún gime bajo el peso atroz de un despotismo encarnizado y vengativo”.

Decía Chateaubriand que mientras la Historia no expone más que el derecho de los acontecimientos, las Memorias tienen la ventaja de presentar también el revés:

“Desde ese punto de vista –afirmaba el fino aristócrata francés– pintan mejor la humanidad completa al exponer, como las tragedias de Shakespeare, las escenas altas y bajas. Hay por doquier una cabaña junto a un palacio, un hombre que llora junto a un hombre que ríe, un trapero que lleva su cuévano junto a un rey que pierde su trono”.

Las Memorias que ofrece aquí la Fundación 2 de Mayo, Nación y Libertad son un buen ejemplo. En sus páginas el lector encontrará una mirada a ras de suelo de la epopeya libertadora de San Martín y Bolívar, con sus grandiosas hazañas, sus atroces escenas y penalidades sin cuento. Y también, a poco que sepa escuchar, la voz con que un liberal desterrado decía cosas de su propio país antes de promover un levantamiento armado contra Fernando VII, de perderlo y caer fulminado frente al pelotón de fusilamiento, en las playas de Málaga, ante la mar bravía.

Dña. Esperanza Aguirre Gil de Biedma

Presidenta de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad.


He aquí España tal y como iba a mostrarse durante seis años –escribe Stendhal en su Vida de Napoleón–: estupidez, bajeza y cobardía en los príncipes; abnegación novelesca y heroica por parte del pueblo.

Stendhal no se equivoca en su análisis de la Guerra de Independencia. A excepción de una parte de las minorías ilustradas, que pensaron que Napoleón era incontenible y había que obrar en consecuencia, es decir, colaborar con el invasor para seguir adelante, el pueblo español formó una estrecha unidad convenciéndose de la victoria y entusiasmándose con la resistencia.

Siguiendo aquel ejemplo de abnegación y entrega, San Martín y Simón Bolívar lideraron la batalla por otra independencia, en este caso respecto de un imperio español que declinaba de forma irrevocable. En las anteriores publicaciones de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad se presentaban distintas obras en torno al levantamiento del Dos de Mayo y al heroísmo colectivo de la lucha contra los ejércitos napoleónicos. Ahora, con las Memorias del general Miller, queremos prestar atención a las batallas legendarias y las derrotas homéricas que se produjeron al otro lado del Atlántico, cuando los libertadores se hicieron eco de las ideas que atravesaban el Viejo Continente y abrieron una nueva época de esperanza en Hispanoamérica, generalizando el despliegue de las patrias nuevas.

1808 está en el centro de dos acontecimientos que cambiaron la historia para siempre. Si en España la guerra contra Napoleón fue la ocasión de demostrar que la unidad nacional forjada durante siglos había impregnado la conciencia de todos y que esa conciencia de unidad podía combinarse con un serio impulso de modernización política, en la América española el derrumbe institucional de la monarquía borbónica fue la coyuntura ideal para rebelarse contra la metrópoli y conseguir la independencia. Hay una dimensión histórica que no podemos olvidar: el Madrid del Dos de Mayo no era sólo la capital de la España peninsular, sino el centro de un imperio ultramarino que se extendía desde California hasta el Cabo de Hornos, desde la desembocadura del Orinoco hasta las orillas del Pacífico, desde Manila hasta Barcelona. Tampoco podemos ignorar que el sol sólo se puso en aquel imperio después de la emancipación de las colonias hispanoamericanas, culminación de un proceso de enajenación en el cual la población criolla se dio cuenta de su identidad específica, tomó conciencia de sus intereses, se hizo celosa de sus recursos y batalló sin desmayo por sacudirse el yugo de una dependencia considerada injusta y pesada.

El siglo XIX fue un siglo muy largo, porque comenzó con dos grandes movimientos liberadores –la revolución de independencia de Norteamérica (1775) y la Revolución francesa (1789)– y porque al paso de sus años cada vez más personas se sumaron a la lucha apasionada por la libertad. Las imponentes fortificaciones de San Juan de Puerto Rico y La Habana, de Cartagena de Indias y Veracruz, habían sido construidas para aislar a las colonias hispanoamericanas de los ataques de potencias rivales, pero también de las influencias extranjeras. Sin embargo, a finales del siglo XVIII, aquellas murallas ofrecían las mismas resquebrajaduras que los Pirineos. y las noticias del mundo llegaban a los cuatro virreinatos de América con la misma puntualidad que a España.

Los principios de libertad, los derechos del hombre, la soberanía nacional... todo aquel desembarco de los escritos de la Ilustración francesa fue recogido con entusiasmo por los criollos ilustrados, a pesar del clamor generalizado de la Inquisición, que denunciaba la riada de “literatura sediciosa” y trataba de silenciar las voces más peligrosas. La propia existencia de Estados Unidos excitaba la imaginación de la juventud hispanoamericana, que se veía relegada por los peninsulares en los puestos de la burocracia y del comercio, y se soñaba a sí misma en el modelo de Napoleón, pensando también que todo era posible: hacer y deshacer reinos, promulgar legislaciones ilustradas, cambiar el rostro de las naciones.



La ocasión para demostrar la consistencia de esta volcánica amalgama de sentimientos, esperanzas, ideas y temores llegó cuando Napoleón invadió España. De repente, después de tres siglos de dependencia política, una realidad imprevista y deslumbrante cegó a todos. Los Borbones habían perdido el trono; y en su lugar, reinaba José Bonaparte. ¿Cómo debían actuar? ¿A quién debían obedecer? Tras un intervalo realista de dos años, los libertadores dieron la respuesta, arrancándose todas las máscaras y declarando que la América española debía ser dueña de su propio destino y afirmar su voz en el mundo. “Vacilar”, dijo Bolívar, “es sucumbir.”

Las Memorias del general Miller nos asoman a los inmensos campos de batalla de las guerras de Independencia de Hispanoamérica, del Río de la Plata a los llanos de Junín y la victoria final de Ayacucho. Una guerra que enlazó la rivalidad entre peninsulares y criollos con la resistencia al absolutismo de Fernando VII y el apoyo de Inglaterra, que por una parte auxiliaba a España contra Napoleón y, por otra, alentaba la insurrección de las colonias. Unos años que cambiaron el rostro del mundo.


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