Página principal

Lugar e identidad de la “Iglesia particular” dentro de la Eclesiología del Vaticano II


Descargar 109.52 Kb.
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño109.52 Kb.

Pastoral juvenil y Pastoral vocacional en la Pastoral de conjunto


LA IGLESIA PARTICULAR DESDE LOS ÉNFASIS DE APARECIDA:

Lugar e identidad de la “Iglesia particular” dentro de la Eclesiología del Vaticano II

El Documento de Aparecida, en dos numerales del capítulo V señala el lugar y la identidad de las Iglesias particulares dentro de la Eclesiología del Vaticano II:

No. 165: “Reunida y alimentada por la Palabra y la Eucaristía, la Iglesia católica existe y se manifiesta en cada Iglesia particular, en comunión con el Obispo de Roma1. Esta es, como lo afirma el Concilio, “una porción del pueblo de Dios confiada a un obispo para que la apaciente con su presbiterio”2.


  1. No. 166: “La Iglesia particular es totalmente Iglesia, pero no es toda la Iglesia. Es la realización concreta del misterio de la Iglesia Universal, en un determinado lugar y tiempo. Para eso, ella debe estar en comunión con las otras Iglesias particulares y bajo el pastoreo supremo del Papa, Obispo de Roma, que preside todas las Iglesias”.

Detrás de estos dos números significativos de Aparecida está la novedad de la teología de las Iglesias particulares según el Concilio Vaticano II, el cual hace el viraje de la eclesiología “universalista” a la eclesiología de “Comunión” de las Iglesias locales que conforman el “Corpus ecclesiarum” (LG 23): “Cada uno de los obispos, por su parte, es el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal. En ellas y a partir de ellas existe la Iglesia católica, una y única. Por eso cada obispo representa a su Iglesia, pero todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesias en los lazos de paz, de amor y de unidad”

Un breve comentario sobre este viraje, siguiendo a un H. Legrand:

“…El Vaticano II logra superar la eclesiología ultramontana siguiendo los aportes valiosos de J.A. Möhler y de J.H. Newman en el siglo XIX los cuales ofrecen una visión de la Iglesia orgánica, espiritual–pneumatológica y sacramental. De esta manera se supera la eclesiología de la «sociedad perfecta» que fue la bandera para resistir los ataques de la sociedad surgida de la Ilustración y de la Revolución francesa. En este modelo de corte tan jerárquico, los laicos están subordinados a los clérigos que los gobiernan, les enseñan y celebran para ellos, con lo cual quedan prácticamente reducidos a objeto del cuidado de los clérigos. Se supera igualmente la marcada centralización romana en la que la Iglesia católica aparece desde fuera más como una única y vasta diócesis, la del papa y en la que los obispos hacen el papel de ejecutores del poder central. El Vaticano II significa igualmente la «revisión de la eclesiología universalista»: significativo es en este sentido el número 41 de la constitución sobre la liturgia en la que se presenta la Iglesia local como «la más alta manifestación de la Iglesia de Dios, con una participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las celebraciones litúrgica, sobre todo en la eucaristía». «Se ha dicho de este texto que efectuaba una “revolución copernicana”, puesto que ya no es la Iglesia local la que gravita en torno a la Iglesia universal, sino que la única Iglesia de Dios está presente en cada celebración de la Iglesia local. Más aún, en vez de dividir a los miembros de la Iglesia en activos y pasivos, en celebrantes y asistentes, se les considera a todos ellos como activos»3.

El capítulo 5 del Documento de Aparecida ofrece los elementos estructurantes de un modelo de Iglesia local que es preciso impulsar (DA 154-239).



  1. LA COMUNIÓN:

  • “Llamados a vivir en comunión (5.1)

  • “Lugares eclesiales para la comunión (5.2)




  • La diócesis, lugar privilegiado de la comunión (5.2.1)

  • La Parroquia, comunidad de comunidades (5.2.2)

  • Comunidades Eclesiales de Base y Pequeñas comunidades (5.2.3)

  • Las Conferencias Episcopales y la comunión entre las Iglesias (5.2.4)




  1. LA IGUALDAD EN LAS DIVERSIDADES:

  • “Discípulos misioneros con vocaciones específicas” (5.3)

  • Los obispos, discípulos misioneros de Jesús Sumo Sacerdote (5.3.1)

  • Los presbíteros, discípulos misioneros de Jesús Buen Pastor (5.3.2)

  • Los diáconos permanentes, discípulos misioneros de Jesús Servidor (5.3.3)

  • Los fieles laicos y laicas, discípulos y misioneros de Jesús Luz del mundo (5.3.4)

  • Los consagrados y consagradas, discípulos misioneros de Jesús Testigo del Padre (5.3.5)




  1. LA PARTICIPACIÓN EN LA MISIÓN:

  • Con “Los que han dejado la Iglesia para unirse a otros grupos religiosos” (5.4)

  • En el “Diálogo ecuménico e interreligioso” (5.5)

  • Diálogo ecuménico para que el mundo crea (5.5.1)

  • Relación con el judaísmo y diálogo interreligioso (5.5.2)

La Eclesiología surgida del Vaticano II y explicitada en el magisterio posterior se puede organizar alrededor de dos focos centrales:

  • La Comunión, especialmente inspirada en la Lumen Gentium,

  • La Misión, especialmente inspirada en Gaudium et Spes

Las categorías eclesiológicas que construyen especialmente la Comunión son:

  • La Iglesia Pueblo de Dios, en el que se realiza el Plan del Padre

  • La Iglesia Cuerpo de Cristo: en el que se cumple la misión del Hijo

  • La Iglesia Templo del Espíritu Santo, en cuanto Santificador

La categoría eclesiológica determinante de la Misión es:

  • La Iglesia ‘Sacramento’ de salvación’

  1. LA IGLESIA PARTICULAR, PUEBLO DE DIOSSUJETO GLOBAL” DE LA EVANGELIZACIÓN (Globalidad)

La Iglesia particular en sí es un sujeto, y evidentemente se trata de un sujeto comunitario y al mismo tiempo global. Por «global» básicamente se quiere entender el hecho de que el ser de la Iglesia se vive «en plenitud» en cada Iglesia particular por cuanto hacen parte de la Iglesia particular «todos» los bautizados y no solo algunas categorías específicas de los mismos, y hace parte de la Iglesia particular «todo» lo que constituye el ser de la Iglesia. De esta manera la Iglesia particular no es «parte» de un todo diverso, sino que contiene en sí todos los elementos constitutivos de la esencia de la Iglesia. Esta condición de «sujeto global» permite integrar bajo una nueva perspectiva la nota de «catolicidad» a cada Iglesia particular y a ubicar y entender la eclesiología de «comunión» en y desde la Iglesia particular, en cuanto ésta es «porción del Pueblo de Dios» (CD 11).

    1. Fundamentos para afirmar que la Iglesia particular es sujeto “global”




      1. Fundamento teológico

Los argumentos determinantes para el planeamiento de la Iglesia particular como «sujeto global comunitario» son: la categoría bíblica «Pueblo de Dios» y la categoría teológica «Iglesia Comunión» que caracterizan el Concilio Vaticano II.

El argumento del «Pueblo de Dios»: si en el capítulo I de la Lumen Gentium el Concilio Vaticano II hace el planteamiento de la «Iglesia comunión» a partir del misterio de Dios Trino, en el capítulo II esta comunión se asume más en su visibilidad histórica con la categoría «Pueblo de Dios». El hecho de que este capítulo se haya colocado antes del dedicado a la jerarquía significa que se quiso entender que en la experiencia de «pueblo de Dios» se parte de la «globalidad» de los integrantes de la Iglesia a saber: pastores y fieles. De esta manera, ambos conceptos, communio y pueblo de Dios subrayan justamente el papel de todos los creyentes en la Iglesia y expresan que «la Iglesia es protagonista del misterio de Dios en cuanto Pueblo de Dios. La dimensión mistérica de la Iglesia no la orienta hacia lo místico o lo puramente espiritual sino a la historia y a la experiencia humana, constituyéndola como sujeto histórico»4. De ahí que «actualmente el tema sobre la Iglesia como persona o como sujeto es cada vez más frecuente en la teología católica»5.

Avanzando en otro argumento, sobre la identidad de la Iglesia como sujeto histórico, podemos afirmar que es la realidad del Bautismo lo que a la vez confiere a la Iglesia la condición de «sujeto». Con razón la Lumen Gentium, después de hacer el planteamiento del sentido y de la identidad del Pueblo de Dios (no. 9), evoca inmediatamente el bautismo como base del «sacerdocio común» para afirmar con claridad que «todos los discípulos de Cristo, en oración continua y en alabanza a Dios (cf. Hech 2,42-47), han de ofrecerse a sí mismos como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios (cf. Rom 12,1). Deben dar testimonio de Cristo en todas partes y han de dar razón de su esperanza de la vida eterna a quienes se la pidan (cf. 1 Pe 3,15)» (No. 10). Por esta razón se considera que la condición de «sujeto» de la Iglesia se realiza a través de la actuación de tres formas complementarias de la vida cristiana: la martyria, la leitourgia y la diakonia.

Este rescate claro y evidente de la categoría «sujeto» aplicado a la Iglesia como Pueblo de Dios, explícitamente se refiere a «la Iglesia» entera como tal. Implícitamente, se puede afirmar que se aplica a cada Iglesia particular. Y es esto lo que conviene subrayar e insistir a fin de que la condición de la Iglesia como «sujeto histórico» sea verdadera «operativamente» esto es, que sea cierta, viable y verificable. El mismo Concilio Vaticano II rescató la identidad y la importancia de las Iglesias particulares y locales al colocarlas en el contexto de la Iglesia comunión, como «porción de la Iglesia universal» y al asignarle a ésta última la condición de «Cuerpo de las Iglesias» (LG 23). Por eso cuando se define la Diócesis como Iglesia particular se afirma que es «porción del pueblo de Dios que se confía a un Obispo para que la apaciente con la colaboración de su presbiterio» (CD 11).



      1. Fundamento sociológico

Si de «la» Iglesia en general se puede afirmar que es «sujeto histórico», esta identidad se aplica con propiedad a cada Iglesia particular, por cuanto en ellas se vive todo el misterio de la Iglesia, siempre en comunión con las demás Iglesias particulares. Pero la significación de esta identidad va a depender concretamente de la manera como se entienda el sentido de «historia». Según los analistas, en el siglo XIX, el concepto de «sujeto de la historia» estaba subordinado al concepto de historia que estaba influenciado por las ideologías historicistas de la época, concretamente del liberalismo, el socialismo y el positivismo, en las que la historia se concebía como un «movimiento unido» y donde había entonces un sujeto homogéneo: todos los no excluidos unían sus fuerzas para componer una única fuerza histórica. Aunque no todos participaran en ese único movimiento, lo importante era que hubiera una minoría consciente y activa que sería la vanguardia. Esta representaba válidamente al sujeto histórico. Pero actualmente este concepto de historia tiene que hacerse más flexible: «La historia no es un proceso único ni unificado, sino que se compone de la interferencia de muchas evoluciones que no son paralelas ni se producen simultáneamente. La historia es diversidad: diversidad de fuerzas y diversidad impuesta por la geografía y por el pasado»6. Consecuentemente,

no hay un único sujeto. Hay diversidad de movimientos más o menos unidos, más o menos paralelos, en medio de grandes multitudes indiferentes, sin motivación y ocupadas en otros proyectos. Se puede crear una asociación de fuerzas, pero no un sujeto histórico. Hay muchos sujetos históricos que no componen un único y gran sujeto»7.

El segundo argumento viene desde el punto de vista de la condición de «comunidad» aplicado a la Iglesia particular. Según la apreciación de los estudiosos de los fenómenos comunitarios en la sociedad actual se pueden retener estos datos8: la Iglesia salida del Concilio Vaticano II se ha visto enriquecida con el redescubrimiento de «la comunidad» como ámbito natural de vida del cristiano. Sin embargo se está corriendo el riesgo de la falta de una neta identidad de esa comunidad en cuanto cristiana y, por tanto, en cuanto eclesial: unas veces cualquier realidad comunitaria ha recibido el nombre de «comunidad cristiana»; otras, se ha presentado la así llamada comunidad cristiana como realidad alternativa a una pretendida «Iglesia institución», a su vez identificada con la Jerarquía. Por otra parte se vive bajo el signo de la perplejidad: por una parte se experimenta la aspiración humana a vivir en comunidad; pero al mismo tiempo, estadísticamente en la sociedad moderna se habla de un predominio de la experiencia personal de soledad.

Estas constataciones de la realidad reclaman identificar mejor cuándo, cómo y dónde se puede decir que se vive la comunidad eclesial. He aquí algunos de los principios evocados por el autor que seguimos en este apartado9:

- «La verdadera comunidad sólo puede existir entre aquellos que establecen una relación de persona a persona, no de sujeto a objeto asible o cognoscible, sino de “yo a tú” reconocidos como centros de libertad»;

- «ha de ser una comunidad cohesionada, concentrada en sí y, al mismo tiempo, expansiva, capaz de apertura universal, eficiente y creativa; sus miembros han de vivir en intimidad, inmediatez e inmanencia mutua y, sin embargo, cada uno ha de gozar de la máxima personalización e individuación en libertad y acrecentamiento del yo personal»;

- «no es posible acoger, vincularse, crear espacios de creatividad y verdadera comunión con el otro, sin el reconocimiento de un absoluto que sea trascendente e inmanente a ambos… Sólo la apertura al espacio divino hace posible la realización y la comprensión de una comunidad plenamente humana, capaz de responder a las aspiraciones del mismo hombre»;

- «cualquier grupo o comunidad que se autocalifique de cristiana ha de poderse reconocer al interior de una unidad global, potencialmente universal, verdadero y concreto sujeto, que se encuentra más allá de los individuos y grupos particulares, y al mismo tiempo inmanente a cada uno».

En síntesis, es la Iglesia particular el nivel eclesial por excelencia en el que se puede vivir la condición de «sujeto global comunitario» capaz de promover procesos de cambio y transformación en la línea del estilo de vida que proclama el Evangelio y como germen y fermento de una sociedad basada en valores que interesan al bien común. No es una comunidad que se diluye en lo «universal», sino que se identifica en el tiempo y en el espacio, y al integrar orgánica y dinámicamente las comunidades que están en su interior, se convierte en un gran «sujeto comunitario o colectivo» que puede responder a la inquietud expresada por Comblin de la necesidad de sujetos más fuertes para hacerse cargo de una historia cada vez más desafiante y más compleja y que está en capacidad de salir al reto de crear algo nuevo: un pueblo de personas que pongan el bien de todos por encima del bien individual.

El tercer argumento se refiere a la factibilidad de una adecuada «recepción del Concilio Vaticano II». Ha sido una de las preocupaciones de los últimos tiempos, recordada por Juan Pablo II en su Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente (No. 36), fue objeto del Coloquio Internacional de Salamanca en 199610 y motivación de fondo del Congreso celebrado en Roma con ocasión del Jubileo del año 200011. Estos documentos y eventos, además de hacer un balance sobre hasta dónde se ha llegado en la recepción del Concilio, siguen planteando la necesidad de continuar el compromiso de la actuación del Concilio y de su debida recepción. Dentro de los puntos necesitados de ulterior clarificación planteados en el Coloquio Internacional de Salamanca, el grupo de trabajo en lengua española señalaba estos dos: «–la identidad de la Iglesia local como sujeto de la recepción y la determinación de los diferentes sujetos en su seno, – si el sujeto de la recepción es un sujeto eclesial, ¿qué grupo o comunidad es sujeto real, teniendo en cuenta la tensión entre el principio episcopal (comunidad en torno al Obispo) y el eucarístico?»12.

Sin pretender ser respuesta acabada sobre estos interrogantes, el planteamiento que aquí se hace quiere afirmar que es justamente la Iglesia Particular el sujeto global comunitario, real y concreto, capaz de inducir una adecuada recepción del Concilio Vaticano II. La ponencia presentada en dicho coloquio por Jean Joncheray sobre los agentes de la recepción, desde la perspectiva sociológica13, después de un análisis de la problemática desde el punto de vista sociológico, ofrece algunos elementos que pueden responder a las afirmaciones o deseos que generalmente quedan planteados al final de un Sínodo diocesano tales como: «Todo el Pueblo de Dios se pone en camino», «Todos responsables en la Iglesia». En primer lugar Joncheray recuerda que los teólogos invitan a considerar que el magisterio, la teología y el sensus fidelium son tres elementos indisociables del funcionamiento de la Iglesia. Sobre los dos primeros el mismo Código de Derecho Canónico ofrece reglas precisas; sobre el sensus fidelium en cambio los procedimientos que se han de poner en acción son menos precisos. Por lo mismo se necesitan: «un modelo de funcionamiento de la recepción, el reconocimiento de agentes que no se pueden olvidar y la descripción de procedimientos posibles, a fin de que el proceso de recepción sea asumido lo más ampliamente posible»14.

Aplicando estos elementos de la «recepción», la solución que se plantea es la siguiente:

- para que aparezca con más claridad la Iglesia particular en su condición de «sujeto global», es preciso elaborar un «modelo ideal» de Iglesia particular que visualice a la vez la «globalidad» del ser Iglesia y lo concreto del construirse Iglesia particular. Esto significa que se han de articular e integrar «todos» los bautizados (y aún personas de buena voluntad) pertenecientes a una determinada Iglesia particular y que han de aparecer claramente «todos» los elementos constitutivos del ser Iglesia en un cuadro de referencia en el que se conjugan a la vez la unidad y la diversidad de aspectos, personas, funciones, organizaciones… Es así como «el conjunto de bautizados» se convierte en «sujeto global comunitario» de la recepción del Concilio, dentro de la concepción de que «todos» como personas y «el conjunto de bautizados» son «agentes de la recepción».

- El «reconocimiento de los agentes», que no se puede olvidar que está basado en el hecho teológico del bautismo, sociológicamente se podrá decir que hay muchos bautizados que no actúan su bautismo y que no se puede pretender que «todos» se consideren «sujetos» en la Iglesia. Pero si de hecho se ha dado el bautismo a tantas personas y de hecho se sigue bautizando a los niños y a los adultos sin una plena seguridad de que sean cristianos comprometidos, este hecho teológico tiene que ser reconocido ofreciendo una real posibilidad de actuación del mismo bautismo.

- La «descripción de procedimientos posibles» se ha de concretar en un «Modelo operativo» que sea coherente con el «Modelo ideal» y con el «reconocimiento» del hecho del bautismo. La propuesta es entonces que todos estos bautizados vivan en permanente proceso catecumenal, a través de un itinerario de Evangelización que esté de acuerdo con las orientaciones del Magisterio de la Iglesia y que traduzca concretamente en cada Iglesia particular las exigencias de una evangelización inculturada. Dicho proceso debe permitir que todos al mismo tiempo sean evangelizados y evangelizadores, por cuanto la Iglesia particular como tal impulsa un proceso en el que todos están invitados a participar, sin excluir a nadie, y en el que se ofrecen posibilidades diversas y variadas para vivir dicho proceso evangelizador. Los procedimientos tienen que pasar igualmente por la identificación y la clara aplicación de «criterios operativos» que favorezcan la «globalidad», la «organicidad» y la «dinamicidad». Finalmente los procedimientos tienen que concretarse en campos o áreas específicas que traduzcan en lo concreto tanto el «modelo ideal» como el itinerario de Evangelización.

Y todo esto, sociológicamente, tiene que ser proyectado, decidido y promovido en cada Iglesia particular, con la participación progresiva de todos, teniendo en cuenta la diversidad de dones, carismas y ministerios. En otras palabras, no será posible una auténtica «recepción del Concilio Vaticano II» si en la teoría y en la práctica no se asume seriamente el hecho de que «cada Iglesia particular es sujeto global comunitario» de la misión evangelizadora de la Iglesia.



      1. Fundamento antropo-cultural

Desde la perspectiva de la Antropología cultural podemos afirmar que es condición determinante de la Iglesia local ser «sujeto cultural» para poder ser signo e instrumento de renovación y transformación de las culturas. Se trata de la relación entre Iglesia particular y los factores locales que la determinan o identifican. Si bien este tema ha sido motivo ya de estudios específicos como el de Giovanni Silvestri, en su libro «La Chiesa locale “soggetto culturale”»15 al cual nos remitimos especialmente en los dos capítulos dedicados a demostrar cada uno de estos términos, queremos retener aquí la alusión que Komonchak hace en el artículo más arriba citado del alcance que puede y debe tener el número 13 de la Lumen gentium cuando afirma que: «La Iglesia o pueblo de Dios, al hacer presente el Reino, no quita ningún bien temporal a ningún pueblo. Al contrario, ella favorece y asume las cualidades, las riquezas y las costumbres de los pueblos en la medida en que son buenas, y al asumirlas, las purifica, las desarrolla y las enaltece». Comenta Komonchak que «Si el evangelio halla en las culturas no sólo lo que necesita ser “purificado” y “elevado”, sino también lo que puede ser “promovido” y “mejorado”, entonces el encuentro [entre cultura y evangelio] es mucho más complejo»16.

Es verdad que hay necesidad de distinguir bien lo que son los principios constitutivos del ser Iglesia y los elementos que determinan la identidad de esta Iglesia particular. A este respecto es iluminadora la aclaración que hace el autor anteriormente citado:

Como la historia ampliamente demuestra, los factores sociales, culturales, e incluso geográficos han sido determinaciones cruciales de las varias diversidades legítimas entre las iglesias locales. Estos factores, pues, no son simplemente “materia” receptiva; han servido como “principio formal” de iglesias locales. Es verdad, naturalmente, que el Evangelio efectúa en verdad una discretio spirituum dentro de las culturas particulares, y es el Evangelio y no las particularidades culturales el que primariamente genera una Iglesia. Pero una iglesia local surge del encuentro entre el Evangelio y una cultura particular, una serie de experiencias específicas sociales e históricas, y este encuentro, puesto que difiere de otros encuentros de Evangelio y cultura, debe también generar una iglesia local diferente constitutivamente»17.

Ahora bien, este encuentro entre cultura y evangelio no lo puede realizar la Iglesia universal. El Magisterio de la Iglesia podrá dar orientaciones y pautas, pero no es el sujeto concreto de este encuentro. El protagonismo para dicho encuentro tampoco lo realiza en todas sus posibilidades la parroquia o la comunidad eclesial de base, por ser éstas sólo «parte» de un organismo más amplio. Lo realiza con propiedad cada Iglesia particular, porque está en sus manos organizar el proceso señalado más arriba de la «autoconciencia», o sea, el encuentro con esta alteridad específica que es la cultura o las culturas en las que una Iglesia particular está inmersa. «Cada Iglesia local puede describirse entonces como el espacio humano (geográfico, cultural, histórico, sociológico) en donde el evangelio de Dios […] viene a captar a todo el homo (el hombre) y su humus (el terreno) en donde él germina, al homo en tal humus, al homo y su humus.18.

Si las culturas se convierten en el «lugar teológico» en las que acontece el actuar permanente de Dios para la humanidad, cada Iglesia particular se convierte entonces en el «sujeto» concreto que hace posible leer la presencia actuante de Dios en la historia y proclamarla.


    1. Expresiones de una Iglesia particular en cuanto sujeto “global”

Ahora es importante visualizar la forma como esta globalidad y esta condición comunitaria se viven y se articulan en la experiencia concreta de una Iglesia particular. «Globalidad» hace referencia, como se ha señalado más arriba, a «todos» los que integran una Iglesia particular y a «todo» lo que constituye la condición de eclesialidad de la Iglesia particular. Sujeto «comunitario» hace referencia a un tipo de relaciones y a un estilo de vida precisamente «comunitario» que han de caracterizar la experiencia cristiana vivida eclesialmente. Lo primero que tenemos que decir es que la articulación de una Iglesia particular como sujeto global y comunitario no se puede realizar sin una adecuada planeación o planificación pastoral y que es necesario acudir a los métodos pastorales. Sin pretender aquí adentrarnos en un método específico, lo que sí podemos adelantar es hacer referencia a algunos elementos de metodología que van a determinar posteriormente una o unas maneras concretas de organizar las diversas dimensiones y aspectos que comporta una Iglesia particular. Específicamente la «globalidad» y la condición «comunitaria» de la Iglesia particular la presentamos aquí a través de dos elementos que son determinantes de las mismas: los «criterios generales» para planificar la pastoral diocesana y la articulación de las diversas «áreas» de pastoral en las que se integran todos y todo.

      1. Criterios Generales

La determinación de unos criterios generales debe ser respuesta a las preguntas fundamentales que se deben hacer en todo trabajo pastoral: ¿Qué tipo de acción pastoral se ha de impulsar?; ¿a quiénes se dirige esta acción pastoral?; ¿quién o quiénes son los sujetos o responsables de impulsar esta acción?; ¿cómo debe ser articulada esta acción?; ¿con qué medios?; ¿con quiénes se relaciona la acción de una Iglesia particular?

Si se responden estas preguntas desde una adecuada teología inspirada en el Concilio Vaticano II, el resultado tendrá las características de la ‘globalidad’ en las que aparece el “todos” (personas) y la “integralidad” de los aspectos (procesos, medios, métodos).



      1. Áreas pastorales

La forma de organizar las acciones pastorales ha de tener en cuenta integrar en forma lógica la “globalidad” del quehacer pastoral a fin de que no se quede nada por fuera de lo que constituye el ser y quehacer de la Iglesia particular.

Tanto los criterios generales de acción como la determinación en cada lugar de los niveles o áreas de acción se pueden vislumbrar en el modelo ideal de Iglesia local, especialmente a propósito de la ministerialidad y luego se pueden explicitar en el modelo operativo de un Plan Global de pastoral diocesano.



  1. LA IGLESIA PARTICULAR, CUERPO DE CRISTO, SUJETO ORGÁNICO” DE LA EVANGELIZACIÓN (Organicidad)




    1. Fundamentos para afirmar que la Iglesia particular es sujeto “orgánico”




      1. Fundamentos bíblicos

Es en la Biblia donde particularmente podemos encontrar los elementos necesarios para descubrir la realidad de las Iglesias particulares en su condición de «sujeto orgánico». Sólo que como esta percepción de la identidad e importancia de la Iglesia particular o local no ha estado tan presente en el pensamiento teológico ni es la conciencia general de los cristianos, es preciso proceder por vía de deducciones a partir de los datos que ofrece la investigación bíblica de los últimos tiempos a propósito de la categoría bíblica «Cuerpo de Cristo».

La aplicación de la categoría «Cuerpo de Cristo» y de éste entendido como «sujeto orgánico» a la Iglesia particular o local, resulta de una constatación muy sencilla que surge de las conclusiones de los estudios sobre las cartas de San Pablo.

La primera conclusión es que son diversos los autores de las cartas llamadas paulinas. Son originales de San Pablo las cartas a los Romanos, a los Corintios y a los Gálatas19.

El contexto en el cual habla Pablo de la Iglesia «Cuerpo de Cristo» en las cartas a los Romanos, a los Corintios y a los Gálatas, es el contexto de las Iglesias locales.

Que Pablo se refiera a la Iglesia local, resulta del texto citado para la cena del Señor (1 Cor 10, 16s), lo mismo que del citado para el bautismo (1 Cor 12, 13; Cf. 12,12.14-27; 6, 5-17). Ni uno ni otro hablan de una generalidad abstracta, sino que se dirigen a la iglesia de Corinto. Por el bautismo y la eucaristía ha sido fundada y realizada esta iglesia como cuerpo de Cristo. También el tercer pasaje clásico paulino sobre el cuerpo de Cristo (Rom 12, 4s) se refiere a la iglesia local de Roma.20

En las cartas a los Colosenses y a los Efesios los autores adoptan la imagen paulina del Cuerpo y la desarrollan de forma nueva, bien sea para insistir en la primacía y superioridad de Cristo sobre todas las potestades (Col 2,15; Ef 1, 20–22) o bien sea para subrayar la dimensión cósmica y dinámica de la Iglesia, por cuanto la Iglesia es comunidad en el mundo y para el mundo21. Por lo mismo en estas cartas la imagen de Cuerpo de Cristo es aplicada más directamente a la Iglesia universal. Consecuentemente, la condición de la Iglesia particular como «sujeto orgánico» surge de la categoría «cuerpo de Cristo» que para las auténticas cartas de Pablo se refieren explícitamente a las Iglesias locales.

Esta visión paulina de la Iglesia «cuerpo de Cristo» permite ver en profundidad la maravillosa condición de la Iglesias locales, en las que se vive una doble unidad: la unidad de todos los cristianos con Cristo y la unidad de todos los cristianos entre sí. Esta doble unidad permite, una vez más, tener una visión unitaria, propia de un solo sujeto entendido como «personalidad corporativa», en el que actúan Cristo como cabeza y en el que los demás miembros tienen su identidad y su función, pero participando de la vitalidad y de la organicidad de la misma Iglesia particular. Permite, a la vez, superar los dualismos que frecuentemente se hacen entre la realidad mistérica y la realidad histórica, entre la presencia y actuación invisible de Cristo y la actuación concreta de la Iglesia en un lugar.


      1. Fundamentos teológicos

Además de los elementos que nos ofrece la Biblia y sobre la base de los mismos, también la reflexión teológica nos ofrece elementos que nos ayudan a precisar la condición de la Iglesia particular como «sujeto orgánico».

Nos queremos referir de manera particular a la reflexión que se ha hecho y que intentaremos precisar desde la perspectiva de la Iglesia particular sobre la significación del bautismo como «incorporación» a la vida de la Iglesia y sobre la Eucaristía como signo e instrumento de la edificación de la Iglesia local.

Desde estas dos perspectivas, será fácil concluir cómo la Iglesia y concretamente la Iglesia particular, en cuanto Cuerpo de Cristo, es la manifestación de la Iglesia del Hijo, es decir, nos colocamos en la dimensión más específicamente cristológica de la Iglesia, pero desde la categoría bíblica del «Cuerpo de Cristo» que desarrollaremos brevemente en tres apartados para percibir mejor de qué manera cada Iglesia particular es verdaderamente un «sujeto orgánico»:

  • El Bautismo, «incorporación» a la Iglesia particular entendida como «sujeto orgánico»;

  • El Cuerpo de Cristo eucarístico y el Cuerpo de Cristo Iglesia particular

  • Iglesia universal, como «Corpus ecclesiarum» (LG 23)




      1. Fundamentos antropológicos

Pues bien, la Iglesia particular está llamada a ser un gran signo e instrumento, es decir, un sacramento de este dinamismo de integración permanente entre unidad y diversidad, por cuanto en ella se articulan en un mismo «sujeto orgánico» las diversidades funcionales propias de un organismo vivo. Y esto es posible por tres reconocimientos antropológicos:

  • el reconocimiento de la «identidad» propia de cada Iglesia particular,

  • el reconocimiento de la «igualdad» fundamental de todos los miembros y

  • el reconocimiento del «pluralismo» en sus diversas manifestaciones: pluralismo de concepciones y la «pluralidad» de funciones....



    1. Expresiones de la Iglesia particular como sujeto “orgánico”



      1. Dones y carismas en la Iglesia particular

Teniendo como punto de referencia que es la «comunidad» como tal la que es portadora o sujeto de los dones y carismas, es preciso visualizar cómo éstos pueden estar al alcance de muchos miembros del pueblo de Dios, para no reducirlo solamente a los carismas de la vida consagrada o de los grupos apostólicos.

La Iglesia particular, en cuanto «sujeto global–comunitario», necesita articular su acción en unas áreas de pastoral que aseguren la globalidad, aquí es preciso afirmar que las personas concretas que actúan en esas áreas de acción tienen la oportunidad de ejercitar los carismas que poseen o que deben desarrollar porque están en germen. Consecuentemente se hablará de: carismas cuya finalidad consiste en la animación de las «comunidades eclesiales» en sus diversos niveles: carismas para la promoción de la familia, para diversos servicios en las comunidades eclesiales de base; carismas para las pastorales específicas: pastoral de niños y jóvenes, pastoral obrera, universitaria....; carismas para el compromiso social; carismas para el culto religioso; carismas para la formación, ya sea en el campo de la espiritualidad, de la reflexión teológica, de la formación pastoral; carismas para la promoción humana, la asistencia social, la promoción de la salud, la atención a los enfermos, a los presos, a los ancianos...; carismas para los diversos servicios pastorales: la catequesis, la animación misionera, los Medios de comunicación...

Esta enumeración no es taxativa. Es sólo indicativa de las múltiples formas como en una Iglesia particular se pueden vivir y encauzar los diversos carismas, según el desarrollo y organización de la misma22. Lo que hay que prever en el ejercicio de estos carismas para que la Iglesia particular sea verdadero «sujeto orgánico» es que la determinación de los campos de acción esté asegurada por el Plan pastoral de la Diócesis, especificando la medida y modalidad en que en cada etapa o fase del plan se requiere y sabiendo que dada la importancia de la animación de algunas áreas específicas, hay carismas que se convierten en ministerios sean jerárquicos o laicales. En todos estos campos, el ejercicio de los carismas puede ser de carácter personal o de carácter asociativo, como lo veremos en los siguientes numerales.


      1. Ministerios en la Iglesia particular
  • Hay una gran variedad de ministerios instituidos y reconocidos, cuyo ejercicio se sitúa en las diversas áreas o niveles de acción. Aquí puede caber un número muy amplio de ministerios en cada Iglesia particular, teniendo en cuenta que se ha de asumir la ‘globalidad’ de la acción pastoral: todos y todo.

  • Los ministerios ordenados o ministerios al servicio de la unidad: Se trata de la función específica de los diáconos, los presbíteros y del obispo, con su connotación de ‘servidores’ del Pueblo de Dios y de quienes presiden y animan los procesos pastorales propios de todo el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia particular.




      1. Estructuras orgánicas

Y siendo la Iglesia particular «Cuerpo de Cristo» eclesial, debe disponer de la estructura básica que le permita presentarse como un verdadero Cuerpo. Por eso, aunque siempre ha habido de alguna manera estructuras organizativas en las Iglesias particulares, lo que ahora se presenta como inquietud es que dichas estructuras deben ellas mismas reflejar el valor de la «comunión» y articularse orgánicamente para sustentar la vida y acción de todos sus miembros. Se rigen, por lo mismo, por el criterio general que dice: «Las estructuras de la Iglesia local deben ser comunitarias, es decir, que ponen a todos los bautizados en condiciones reales de participación, de diálogo y de corresponsabilidad; además, deben ser orgánicas y formales».

La formalidad general de estas estructuras viene dada por lo que el Código de Derecho Canónico señala para la Diócesis. Los organismos exigidos por el Código de 1983 son: el Consejo Presbiteral (cc. 495–501); el Colegio de Consultores (c. 502); la Curia Diocesana (cc. 469–494); el Sínodo Diocesano (cc. 460–468); el Vicario General (cc. 476–481); la Vicaría foránea o Decanato o Arciprestazgo (cc. 553–555); el Consejo Diocesano de Asuntos Económicos (cc. 492–493); el Consejo Parroquial de Asuntos Económicos (c. 537). Los organismos recomendados por el mismo Código son: el Consejo Episcopal (c. 473); los Vicarios Episcopales (cc. 476–481); el Consejo Diocesano de Pastoral (cc. 511–514); el Consejo de Equidad (c. 1733); el Consejo Parroquial de Pastoral (c. 536).

Pero la organicidad específica y la formalidad concreta la decide cada Iglesia particular, articulando lo que el Código exija y recomiende y lo que la dinámica propia sugiera. Parece que el espíritu del Código es hablar de los mínimos necesarios en materia de estructuras. Por lo mismo corresponde a la Iglesia particular concretar y decidir su propia condición de «sujeto orgánico».


  1. LA IGLESIA PARTICULAR, TEMPLO DEL ESPÍRITU SANTO, SUJETO DINÁMICO DE LA EVANGELIZACIÓN. (Dinamicidad)

    1. Fundamentos para hablar de la Iglesia particular como sujeto “dinámico”




      1. Fundamentos bíblicos

San Pablo recuerda repetidas veces a los corintios que son templo de Dios y que el Espíritu Santo habita en ellos (1 Cor 3, 16; 2 Cor 6,16). Cristo es piedra angular y los profetas y apóstoles fundamento del «templo santo del Señor», pero los cristianos todos son «edificados para morada de Dios en el Espíritu» (Ef 2, 19–22). Se trata de un templo «en el Señor» (v. 21), o de una morada de Dios «en el Espíritu» (v. 22). Esta carta deuteropaulina utiliza dos conceptos típicamente paulinos, como son los de «en el Señor» o «en el Espíritu». De ese modo se pone de relieve que el Espíritu de Cristo habita en la Iglesia. Esta misma idea aparece también en 1 Pe 2, 4–8, texto en el que se habla de los cristianos como «piedras vivas» y de la Iglesia como de una casa espiritual, en la que han de ofrecer «sacrificios espirituales». En la comunidad primitiva, las expresiones «templo del Espíritu» o «casa espiritual» eran designaciones corrientes de la Iglesia.

Se trata de una edificación cuyos «materiales» son las personas. Son los bautizados en cuanto personas los que constituyen el templo que reemplaza al antiguo templo de Jerusalén. Con la comunidad salvífica de los últimos tiempos la edificación de Jerusalén queda reemplazada (cf. Ap 3,12). La ofrenda es ahora la propia vida y la existencia cotidiana como componente de la actividad litúrgica (cf. Rom 12, 1; Col 3,16; Ef 5,19). El objeto de tal edificación es igualmente el prójimo (1 Cor 8,11) o el lejano que ha de ser ganado para Cristo (1 Cor 9, 19–23; 10,32).23

Desde esta imagen de la Iglesia como Templo del Espíritu Santo aparece claramente cómo la Iglesia, cada Iglesia particular, está inhabitada como conjunto por el Espíritu Santo, supuesta también la inhabitación en cada uno de los bautizados. Pero esta inhabitación no es algo estático. Siendo el Espíritu principio de la edificación del Templo eclesial, dota a la Iglesia particular de un doble dinamismo: el dinamismo interno, a través de los carismas que el mismo Espíritu da a cada bautizado para la edificación interna de la Iglesia; el dinamismo hacia fuera, hacia el prójimo y hacia el lejano, por cuanto la Iglesia no existe para sí misma sino en razón del mundo, de la humanidad. Es el «dinamismo» misionero que por acción del mismo Espíritu cumple la Iglesia como Templo del Espíritu y que convierte a cada Iglesia local en «sujeto» de misión.


      1. Fundamentos teológicos

La categoría bíblico–litúrgica de la anámnesis aplicada al Espíritu Santo en su relación con la Iglesia es utilizada por el teólogo Achille M. Triacca el cual nos ofrece una nueva comprensión de la Iglesia como Templo del Espíritu Santo24. Aprovechando esta sugerente reflexión, nuestro aporte va en la línea de identificar el proceso «dinámico» de la presencia del Espíritu Santo en su Iglesia para concluir desde aquí en qué medida aparece la Iglesia particular como verdadero «sujeto dinámico».

En la “anámnesis” se distinguen tres momentos diversos: la plegaria invocativa (epíclesis); la presencia y acción del Paráclito (paráclesis), y la acción de retorno o anábasis del Espíritu (anáclesis). Estos tres momentos que son claros en la celebración eucarística, son aplicables también a toda la experiencia eclesial, que tiene en la liturgia su momento culminante y celebrativo.

Estos tres momentos de la anámnesis constituyen en sí mismos un «dinamismo» que le posibilita a la Iglesia particular su condición de Cuerpo vivo y orgánico en permanente movimiento, en permanente edificación de sí misma y en permanente proyección al mundo, a la cultura circundante.


      1. Fundamentos antropológicos

La inhabitación del Espíritu Santo en su Iglesia hace que cada Iglesia particular esté dotada de la fuerza y el dinamismo necesarios para cumplir su misión. Se trata de un dinamismo que es apertura al mundo, salida de sí, generación de la novedad permanente. Y esto acontece porque «su presencia en la historia muestra su personalidad en una doble dirección: de un lado es Dios en cuanto se exterioriza, sale de sí mismo, se autotransciende en la entrega de sí; de otro lado en cuanto suscita fascinación porque atrae, afecta, provoca admiración, seduce»25. Pero para que la Iglesia particular pueda reflejar este dinamismo que el Espíritu Santo produce al interior de la misma, se hace necesario que quienes la integran sean capaces de reflejar, en su modo de obrar, en su estilo de vida, en su organización misma, en sus mediaciones organizativas... ese estilo de Dios, esa personalidad propia de un Dios que actúa en la historia a través de sus mediaciones humanas. Por esto es importante identificar las condiciones “antropológicas” para que la Iglesia particular, en su conjunto, sea de verdad un «sujeto dinámico». Trataremos de llegar a la identificación de estas condiciones desde tres perspectivas que se complementan mutuamente y que pueden y deben dar una impronta inclusive cultural a quienes hacen parte de la «porción del Pueblo de Dios» que configura una Iglesia particular.

La primera condición para que una Iglesia particular sea en verdad «sujeto dinámico» es que se coloque en una perspectiva de «devenir», de «acontecer permanente», o sea, en una perspectiva «evolutiva» que sea capaz de reflejar al Espíritu de Dios en su condición de Creador y renovador permanente del cosmos y de la humanidad en la dinámica permanente de “llamada–respuesta” que da vida nueva al mundo y a la humanidad.

La segunda condición es que la Iglesia particular se coloque en la tensión permanente hacia el futuro, hacia ideales siempre nuevos, hacia lo que esté por cumplirse. Esto pide pasar de un estilo de existencia estática, más volcada hacia el pasado, hacia un tipo de existencia en permanente hacerse, en tensión hacia lo nuevo, en perspectiva permanente de ser siempre mejor. A partir de elementos importantes de la Biblia es posible identificar un modelo antropológico que esté en esta perspectiva de innovación permanente y de apertura a lo nuevo. Esto exige que la Iglesia particular defina un “itinerario” de evangelización que le permita vivir en tensión de futuro y en evolución permanente.

La tercera condición para que una Iglesia particular sea en verdad sujeto «dinámico» es que el conjunto de personas que la conforman entren en la dinámica participativa propia de una «persona» a saber: pensar, proponer, discernir, decidir y actuar. Esto es lo que hace posible que las personas de una Iglesia particular no sean sólo destinatarias de una misión eclesial sino que sean en verdad protagonistas de su propio dinamismo.



    1. Expresiones de la Iglesia particular en cuanto sujeto “dinámico”



      1. Iglesia particular en el dinamismo de la Espiritualidad de comunión

El Espíritu de Dios que habita en la Iglesia particular se expresa en una Iglesia particular que asume en serio ser animada y dinamizada por la «espiritualidad de comunión» con su correspondiente complemento que se denomina «ascética comunitaria».

A esta espiritualidad de comunión corresponde la «ascética comunitaria» necesaria para hacer que la Iglesia particular sea en verdad un «sujeto dinámico». En efecto, la ascesis de la Iglesia particular exige entre otras cosas:

- el esfuerzo de todos sus integrantes para establecer relaciones de fe con los demás, para realizar un diálogo interpersonal sobre la experiencia de Dios;

- el esfuerzo de grupos, movimientos, asociaciones e instituciones apostólicas y religiosas para abrirse los unos a los otros, para encontrar espacios comunes de intercambio, superando las situaciones de encerramiento, fundamentalismo, rivalidad...;

- el esfuerzo de todos para vivir conjuntamente el discernimiento comunitario, ya sea en el análisis permanente de la realidad, en la búsqueda de los mejores caminos, en los consensos sobre métodos de reflexión, comunicación, planificación, evaluación.


      1. Iglesia particular en el dinamismo de futuro (creatividad misionera)

El dinamismo de la Iglesia particular como «sujeto» se manifiesta en la tensión permanente hacia futuros novedosos, que la convierten en Iglesia siempre en camino, dispuesta a nuevos logros y a nuevas metas. Esta dinámica es posible cuando una Iglesia particular logra definir un «modelo ideal», entendido éste como la descripción de un modo concreto, aunque ideal, de ser Iglesia, el cual tiene su fundamento en la doctrina. Un modelo ideal describe, con la lógica de la acción y en función de la misma, la situación final que se pretende lograr mediante un proceso orgánico de transformación.

      1. La Iglesia particular, promotora de procesos de evangelización (formación) para todo el Pueblo de Dios

Cada Iglesia particular está llamada a definir procesos unitarios y diferenciados de evangelización que integren los procesos de primer anuncio, iniciación cristiana, maduración, dimensión misionera, en consonancia con la experiencia secular de la Iglesia y de las nuevas orientaciones de los documentos que se han hecho más claridad sobre este deber evangelizador de la Iglesia.

      1. Iglesia particular en dinamismo orgánico y unitario

La Iglesia particular es verdadero sujeto por cuanto tiene condiciones para vivir la autoconciencia, la autodeterminación y la autorrealización. Concretamos ahora estas condiciones en la capacidad de la Iglesia particular para “proponer”, para “optar” y para “actuar”. Nos referiremos a los tres momentos de ese proceso en relación con los organismos y estructuras que enunciamos más arriba, para visualizar, hasta donde es posible, el círculo de participación que está al alcance de todos los miembros del Pueblo de Dios aunque en niveles y modalidades diferenciadas26.

  • Momento de elaboración de las “propuestas”:

  • Momento de la decisión

  • El momento de la actuación orgánica



  1. LA IGLESIA PARTICULAR, en cuanto SACRAMENTO DE SALVACIÓN en un contexto cultural localizado.

4.1 El planteamiento del Concilio Vaticano II

La proclamación de esta categoría eclesiológica realizada por el Concilio Vaticano II, coloca a la Iglesia en su condición misionera ante toda la humanidad: “La Iglesia es en Cristo como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1).

La misma Constitución sobre la Iglesia proclama de otra manera esta proyección misionera hacia el mundo: “… La Iglesia ora y trabaja al mismo tiempo para que la totalidad del mundo se transforme en Pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu y para que en Cristo, Cabeza de todos, se dé todo honor y toda gloria al Creador y Padre de todos” (LG 17).

Esta condición misionera sacramental se explicita igualmente en los documentos que tienen que ver con la proyección hacia la gran unidad y comunión con otras Iglesias (UR), con otras religiones (NAe) y con el género humano (AG y GS).

4.2 En el documento de Aparecida

El documento de Aparecida traduce esta dimensión misionera, desde el carácter de la condición sacramental de la Iglesia, en diversos lenguajes y en diversos niveles, y que aquí aplicamos como proyección sacramental de cada Iglesia particular o local:

4.2.1 La Iglesia particular, sacramento de la manifestación de Dios en las culturas

El capítulo 10 lo dedica Aparecida a la cultura y su evangelización… Implica que la Iglesia particular propicie un proceso evangelizador inculturado que tenga en cuenta las expresiones y valores del pueblo, los ambientes educativos, la comunicación social, los nuevos areópagos y centros de decisión, el ambiente urbano, la vida pública, los grupos étnicos, los procesos sociales de reconciliación y solidaridad.

4.2.2 La Iglesia particular, sacramento para la vida plena

A esto hace referencia el capítulo 7, titulado, “La misión de los discípulos al servicio de la vida plena”.

4.2.3 La Iglesia particular, sacramento de la acogida y reconvocación para quienes han dejado la Iglesia

Mediante procesos que integren la experiencia religiosa, la vivencia comunitaria, la formación bíblico-doctrinal y el compromiso misionero de toda la comunidad (AP numeral 5.4)

4.2.4 La Iglesia particular, sacramento de unidad en la promoción del diálogo ecuménico e interreligioso (AP 5.5)

4.2.5 La Iglesia particular, sacramento del Reino y de la promoción de la dignidad humana.



Es la orientación y contenido del capítulo 8 de Aparecida que tiene como título: Reino de Dios y promoción de la dignidad humana.

1 ChL 85

2 ChD 11

3 H. Legrand, «La Iglesia local», En: B. Lauret y F. Refoulé (ed.), Iniciación a la práctica de la teología. Dogmática 2, 143-147

4 E. Bueno de la Fuente, Eclesiología, 27.

5 S. Wiedenhoefer, La Chiesa. Lineamenta fondamentali di ecclesiologia, 191.

6 J. Comblin, Cristianos rumbo al siglo XXI, nuevo camino de liberación, 398.

7 J. Comblin, Cristianos rumbo al siglo XXI, nuevo camino de liberación, 399. En la nota 21 se hace referencia a un estudio que trata de la recomposiciónn del sujeto después de la modernidad: A. Touraine, Critique de la modernité, Fayard, París 1992 (trad. esp., Crítica de la modernidad, Temas de hoy, Madrid 1993).

8 Cf. A. Cortes Soriano, «Fundamentos para una teología de la comunidad cristiana», En: F. Chica (ed.), Eclesia Tertii Millennii Advenientis. Piemme, Asti 1997, 86–89.

9 Cf. A. Cortes Soriano, «Fundamentos para una teología de la comunidad cristiana», En: F. Chica (ed.), Eclesial Tertii Millennii Advenientis, 90–99.

10 H. Legrand, J. Manzanares, A. Garcia (Ed.), La recepción y la comunión entre las Iglesias. Actas del Coloquio Internacional de Salamanca 8–14 abril 1996, Pontificia Universidad de Salamanca Salamanca 1997.

11 Comitato Centrale del Grande Giubileo dell’anno 2000, Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualitá alla luce del Giubileo. San Paolo, Milano 2000.

12 H. Legrand, J. Manzanares, A. Garcia (ed.), La recepción y la comunión entre las Iglesias, 392.

13 J. Joncheray, «Les Agents de la recepcion, sous l’angle sociologique», En: H. Legrand, J. Manzanares, A. Garcia (ed.), La recepción y la comunión entre las Iglesias, 431–448.

14 J. Joncheray, «Les Agents de la recepcion, sous l’angle sociologique», En: H. Legrand, J. Manzanares, A. Garcia (ed.), La recepción y la comunión entre las Iglesias, 439.

15 G. Silvestri, La Chiesa locale «soggetto culturale», Roma: Edizioni Dehoniane, 1998.

16 J. A. Komonchak, «La Iglesia local y la Iglesia católica. La problemática teológica contemporánea», En: H. Legrand, J. Manzanares y A. Garcia (ed.), Iglesias locales y Catolicidad, 581.

17 J. A. Komonchak, «La Iglesia local y la Iglesia católica. La problemática teológica contemporánea», En: H. Legrand, J. Manzanares y A. Garcia (ed.), Iglesias locales y Catolicidad, 582.

18 J. M. R. Tillard, La Iglesia local. Eclesiología de comunión y catolicidad, 62.

19 Las cartas pastorales, según el 90% de la crítica erudita opina que Pablo no escribió dichas cartas. El 80% de autores críticos dicen que Pablo no escribió la carta a los Efesios, y el 60% dice que no escribió la carta a los Colosenses (cf. R. Brown, Las Iglesias que los Apóstoles nos dejaron, Desclée de Brouwer, Bilbao 1986, 47).

20 H. Küng, Iglesia, Herder, Barcelona 1969, 273.

21 Cf. E. Bueno de la Fuente, Eclesiología, 54-57.

22 Para una clasificación operativa dentro de las áreas de pastoral en la Iglesia particular se puede ver: J. B. Cappellaro, Edificándonos como Pueblo de Dios. Cuaderno 3, 182s.

23 E. Bueno de la Fuente, Eclesiología, 69.

24 A. M. Triacca, «El Espíritu Santo y la Iglesia. Hacia una nueva comprensión de la Iglesia como Templo del Espíritu Santo», En: P. Rodríguez (Dir.), Eclesiología 30 años después de «Lumen Gentium», 133-174.

25 E. Bueno de la Fuente, Eclesiología, 65.

26 Cf. J. B., Cappellaro, Edificándonos como Pueblo de Dios, Cuaderno 3, 295–318. Ver también: J. B., Cappellaro, Servir al Pueblo de Dios desde la Diócesis, «La relación dinámica entre los diversos organismos», 55–58.



La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje