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Los orígenes históricos de los saberes jurídicos. Introducción


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Los orígenes históricos de los saberes jurídicos.
1.- Introducción.
La cuestión que nos proponemos considerar es el origen histórico de los saberes jurídicos, entendiendo por sáber juridico el conocimiento ordenado, metódico y según principios del fenómeno jurídico. ¿Cómo y cuando nacieron los saberes jurídicos? ¿En qué contexto histórico vinieron a existir, es decir: en qué lugar y en qué etapa de la historia surgieron?
Antes de adentrarnos de lleno en nuestro tema, es menester formular ciertas precisiones: en primer lugar, no es lo mismo preguntarse por el origen de los saberes cuyo objeto es el derecho que preguntarse por el origen del derecho considerado en sí mismo. Es probable que el derecho, en cuanto tal, haya existido con anterioridad respecto del surgimiento de disciplinas o saberes destinadas a estudiarlo. El derecho es algo propio del hombre, en el sentio preciso de que es algo que emana necesariamente de la esencia del hombre. A punto tal de que es posible afirmar que el hombre no tan sólo es un animal social y político, sino también un animal jurídico. Esto significa que el derecho es tan antiguo, por lo menos, como la vida del hombre en sociedad. Sin embargo, ello no implica que desde ese mismo momento hayan existido saberes jurídicos. Los saberes jurídicos nacen con la reflexión del hombre acerca del derecho. Mientras el hombre no convertió al derecho en objeto o materia de reflexión, no hubo saberes jurídicos sino simplemente conductas jurídicas o actos jurídicos o fenómenos jurídicos. Por tanto, cabe concluir que es probable que haya existido la realidad que llamamos derecho sin que se haya reflexionado aún acerca de ella.
En segundo lugar, es menester que aclarar hay diversos saberes jurídicos. Por lo tanto, conviene comenzar por identificar cuáles son, para luego investigar sus respectivos orígenes:

  1. La prudencia jurídica: un saber eminentemente práctico, cuyo objeto es la recta elección o determinación de lo justo en concreto, es decir, la conducta jurídica debida a otro que corresponde realizar hic et nunc -aquí y ahora-.

  2. Los saberes técnicos propios del arte de la abogacía: hay unos saberes prácticos, pero no ya práctico-morales sino práctico-poieticos, es decir, un conjunto de saberes técnicos que utilizan quienes ejercen la abogacia para defender los derechos e intereses de los justiciables mayormente ante los órganos judiciales, y aún en sus disputas entre sí.

  3. El saber jurídico de los juristas: un saber intermedio entre la técnica o el saber artístico propio del abogado y el saber propio del científico del derecho. Baste, por el momento, con esta caracterización provisoria.

  4. La ciencia o la Filosofía del Derecho: la consideración del derecho en sus principios y causas universales y necesarios, es decir, la instancia propiamente teórica del derecho.

El cometido de nuestra brevísima indagación es, entonces, el siguiente: ¿Cuándo nacieron cada uno de estos saberes? Cabe aclarar que los saberes no nacen en un momento en que ya está perfectamente definido el cuadro epistemológico, es decir, el cuadro de las ciencias; antes bien, van surgiendo casi espontáneamente y, luego, el científico les confiere un lugar propio dentro del orden de las ciencias.


2.- La prudencia jurídica.
Comencemos por el saber jurídico prudencial. La pregunta respecto de su orígen podría contestarse mediante la la siguiente objeción: que siempre debería haber habido, por lo menos, un saber jurídico: la prudencia jurídica; porque no se puede elaborar una norma jurídica, no se puede hacer un contrato o celebrar un pacto bilateral por más rudimentario que sea, no se puede resolver una controversia jurídica entre dos sujetos, sin hacer uso de una cierta sagacidad intelectual para establecer racionalmente el término medio concreto en que consiste lo justo. En todas estas situaciones, será necesario determinar cuál es la conducta humana que constituye una contraprestación equitativa respecto de lo dado por una de las partes, o bien cuál es la medida de lo suyo que hay que darle al otro aquí y ahora, o cual es la norma general más adecuada para obtener el bien común, y ello es objeto de la prudencia jurídica. Por lo tanto, y en este sentido, es probable que la prudencia jurídica sea tan antigua como el derecho mismo, porque no puede haber derecho sin prudencia jurídica, por la sencilla razón de que no es posible hacer justicia, esto es: dar a cada uno lo suyo o su derecho, sin recurrir a un cierto saber que permita esatablecer que en qué consiste eso suyo de cada uno. Prudencia juridica y derecho aparecen, como se ve, tan intimamente ligados entre sí que no es posible concebir este último sin aquella. Recapitulando y para concluir: la prudencia jurídica es coetánea con el derecho. Si esto es cierto, entonces ya hemos dado una primera respuesta parcial a la cuestión acerca del origen de los saberes jurídicos: hay un saber jurídico que es contemporáneo con el derecho mismo: la prudencia.
Sin embargo, hay otros saberes jurídicos además de la prudencia respecto de los cuales también debemos investigar su origen y es lo que haremos a continuación, siguiendo un orden cronológico.
3.- La Grecía antigua (siglos VI a.C. – II de nuestra era).
3.1. Los sáberes técnicos de los primeros abogados: Retórica y Dialéctica.
En la Grecia antigua, los procedimientos judiciales se realizaban al aire libre y eran orales y, por lo menos, a partir del siglo VI a.C., Solon estableció la obligación de que todos los acusados se defendieran personalmente ante los jueces. En una primera época, los ciudadanos ordinarios defendían sus propias causas en los tribunales y pedían asistencia a los llamados logografos: escritores que componían el discurso que luego pronunciarían ante el tribunal del Areopago. Con el tiempo, estas personas que escribían los discursos judiciales y que sabían argumentar y hablar bien, comenzaron a acompañar al justiciable y tomaron a su cargo la defensa oral y la tarea de convencer a los jueces de la inocencia de su defendido. A cambio de la defensa, los logografos-oradores solían pedir algún favor, hasta que uno de ellos, Antifonte (480-411 a.C.), puso precio a la actividad de ejercer la defensa del ciudadano ante el tribunal y cobró por primera vez una retribución, costumbre que se hizo extensiva al resto de estos proto-abogados. Fue así como la abogacía alcanzo el status de verdadera profesión en Atenas.
Ahora bien, ¿cómo se formaba un abogado litigante en la Grecia antigua? Alguien que elegía dedicarse a la abogacía en la antigüedad clásica indudablemente necesitaba aprender el oficio. Como hemos tenido oportunidad de comprobar, el abogado era un rhetor, es decir, un orador, cuya función era persuadir a los miembros de jurado de la razón que asistía a su cliente. Es fácil apreciar que la principal tecnica que debía dominar el abogado era la Retórica, instrumento indispensable para convencer al tribunal de que adopte una resolución favorable al defendido o, en su caso, para que condene al acusado. La enseñanza de lo que podríamos llamar el rudimentario arte de la abogacía se identifica, por lo tanto, con la enseñanza de la Retórica.
La palabra retórica, desde un punto de vista etimológico, significa la técnica del orador o el arte de la oratoria. Y, en efecto, la Retórica es el arte del discurso, cuyo objeto es hacer posible la persuasión de la verdad. La Retorica consiste en la técnica de dar al lenguaje hablado1 eficacia suficiente para deleitar, convencer o conmover al auditorio. La finalidad de la Retórica es lograr la aceptación por parte del circunstancial interlocutor de las premisas, argumentos y conclusiones que postula el orador. En culturas como la clásica grecolatina, eminentemente orales, el arte del bien hablar impregnaba gran parte de la vida pública. Uno de los ámbitos naturales de la Retórica eran los tribunales.
La Retórica nació en la antigua en Grecia durante la segunda mitad del siglo V a.C.. Las circunstancias sociopolíticas imperantes en la etapa inmediatamente posterior a las guerras contra los Persas –la abolición de la tiranía, la instauración definitiva de la democracia en Atenas, la participación de una gran parte de la población en el gobierno de la ciudad– contribuyeron al acelerado desarrollo de la Retórica. En la Grecia clásica, se estudiaba Retórica con dos propósitos: (i) para hacer política, hablando frente a la Asamblea, con el fin de convencer a los restantes ciudadanos de la conveniencia de adoptar ciertas decisiones políticas que eran sometidas a la consideración de la asamblea; (ii) para actuar ante los tribunales, en procura de una decisión jurisdiccional, ya sea para defenderse o para acusar. Todo aquel cuya vocación fuera la política o la abogacía necesitaba aprender a persuadir por medio de la palabra; a los jueces del tribunal, al pueblo reunido en asamblea, en fin, a los integrantes de cualquier órgano público colegiado. Por lo tanto, la Retórica nace como retórica deliberativa o política y como retórica forense o judicial. Tanto es así, que la primera noticia que tenemos de una doctrina retórica es la de dos siracusanos del siglo V a.C., Corax y Tisias, autores de un manual para la elaboración de discursos forenses.2
Los sofistas: primeros maestros de Retórica.
Los sofistas eran profesionales de la enseñanza de la Retórica, además de ejercerla. Si bien ha habido quienes enseñaban Retórica y no eran sofistas, hay consenso en considerar a los sofistas como los primeros maestros de Retórica. Las características de los sofistas son bien conocidas y no las vamos a señalar aquí porque nuestro objeto de investigación es el origen de los diversos saberes vinculados al derecho.
¿Cómo hacía un aprendiz de abogado para instruirse en el arte del bien decir y convencer? Buscaba a un sofista. A partir del siglo IV, a.C., después de que Platón aplastó a los sofistas, ya no era tan común que alguien se llamara a sí mismo sofista. ¿Cómo se enseñaba, entonces, el derecho? El derecho se enseñaba aprendiendo de memoria los procesos más trascendentes, los grandes discursos forenses, pero sobre todo utilizando la memoria. Un buen rhetor tenía que ser un hombre de una memoria muy desarrollada. A simple vista parece como si el rhetor estuviera improvisando el discurso pero en realidad lo ha venido preparando concienzudamente, memorizando no tan sólo su contenido sino incluso los matices de la voz, los gestos y los giros linguísticos.
La sofística confirió a la Retórica una finalidad meramente utilitaria. Se enorgulleció por haber descubierto el arte de convencer. Los sofistas advirtieron que tenían en sus manos unos instrumentos linguísticos, lógicos y retóricos de enorme eficacia, que podían poner al servicio de la obtención de fines pragmáticos (dinero, fama, éxito del partido político al que se pertenecía, etc.) y cayeron en una especie de deslumbramiento ante el poder de estas herramientas. Así, por ejemplo, Gorgias decía que la palabra (logos) es un gran soberano que con un cuerpo muy pequeño e imperceptible realiza obras de naturaleza divina. De ahí que lo que caracteriza a todo el movimiento sofístico es un exagerado desarrollo de este pensamiento dialéctico -aun cuando no se usara todavía esta palabra- y retórico, con sentido pragmático, oportunista y crematístico. Con esto condenan al pensamiento a un cierto relativismo, pues no se preocuparon por desarrollar teorías o por profundizar en los fundamentos gnoseológicos o metafísicos de las posiciones en punga, sino sólo en los fines utilitarios susceptibles de ser obtenidos por medio de la Retórica (dinero, fama éxito del partido político al que se pertenecia, etc.); por eso puede caracterízarse su forma de pensar como relativismo retórico.
El hecho histórico de que el derecho fue enseñado como Retórica por los sofistas es de una enorme importancia porque la enseñanza de la Retórica era también la enseñanza de la Dialéctica, que no es otra cosa que la estructura lógica de la primera. Los sofistas no sólo ponen el énfasis en la elocuencia, sino también en la utilización de ciertos instrumentos lógicos que resultaban de enorme utilidad para el propósito de organizar el discurso, argumentar y demostrar la veracidad de la propia postura, es decir, recurrieron a una forma rudimentaria de Dialéctica. Empero, la Dialéctica no es sólo el arte del discurso sino que es arte de la argumentación racional en aquellas materias y asuntos en los cuales no es posible arribar a una verdad apodíctica sino sólo a una verdad probable. Es el arte de pensar investigando. Por lo tanto, los primeros saberes o disciplinas jurídicas son la Retórica y la Dialéctica y esto hay que subrayarlo porque el derecho va a estar estrechamente vinculado con la Retórica y la Dialéctica a por muchos siglos y esto incluye a todo el periplo del derecho romano.
La Dialéctica.
La Dialéctica es la parte de la lógica que regula el pensamiento que se mantiene como en movimiento en dirección a la verdad o que arriba a ésta sin certeza absoluta –akribeia-. O, dicho en forma más breve, con una expresión de Aristóteles, es la lógica de lo probable, también llamada lógica tópica o lógica de lo razonable o lógica de lo opinable.3
La lógica tiene dos partes: la Analítica y la Dialéctica. La lógica analítica es la lógica de la akríbeia. La lógica de la verificación de la verdad cierta y segura. Se llama analítica porque es la lógica con la que se analiza un pensamiento para ver si es verdadero. La palabra akríbeia significa certeza y precisión. Akribeia viene de krinoo que significa juzgar. Akríbeia es la característica del conocimiento que tiene dos notas; certeza y precisión y esto es lo propio del conocimiento científico, es decir, de la ciencia o la filosofía. El instrumento típico de la lógica analítica es el silogismo deductivo La lógica analítica demuestra en sentido estricto, es decir, razona a partir de verdades evidentes por sí mismas y construye silogismos deductivos que arriban a sus consecuencias necesarias.
La lógica dialéctica, en cambio, es aquella parte de la Lógica que gira en torno de las proposiciones y demostraciones que no alcanzan la verdad “per se” sino sólo la verdad probable, es decir, lo que parece acercarse a la verdad, lo que es plausible, verosímil pero no absolutamente verdadero y cierto. Es un tratado especial dentro de la Lógica, y, al igual que ésta, es una ciencia o arte preceptiva que juzga en general la validez y corrección de las operaciones de la razón (juicios y razonamientos), para asegurar la verdad pero la diferencia que la específica es que la Dialéctica se aplica en todo el ámbito de las proposiciones probables, las tesis opinables, las afirmaciones meramente verosímiles pero que no alcanzan una verdad cierta y definitiva. En todo este ámbito del pensamiento humano en el que no cabe la infalibilidad ni la absoluta certeza, sino la mera probabilidad, también es necesario un método para discurrir y razonar con corrección, un método que guíe y asegure el camino del pensamiento hacia la verdad, y ese método es la Dialéctica.
Por eso, se dice que la Dialéctica es la lógica del razonamiento aporético4 y no del razonamiento científico demostrativo. La materia de la Dialéctica son contenidos dotados de extrema contingencia y muy poca necesidad. Se trata de la aplicación de los mismos esquemas formales lógicos que utiliza la lógica analítica -silogismos, principalmente- pero en materia opinable, probable o contingente.
Hay ámbitos en los que el pensamiento no llega a la verdad con akríbeia. Una zona de la realidad en la que no es posible formular afirmaciones completamente ciertas y seguras, esto es, verdades absolutas, es la de la conducta humana y la de los juicios acerca de las acciones del hombre. Tanto la evaluación de la conducta humana que hace un Juez para saber si el acusado cometió o no el delito, como todo lo que podemos llamar, en general, el ámbito de la filosofía práctica: la moral, el derecho, la política son materias en las que no podemos llegar a una verdad segura, definitiva, completamente cierta porque el objeto de estas disciplinas es la práxis humana, la conducta de los hombres, afectada por la libertad. Por lo tanto, frente a estos asuntos el pensamiento debe apuntar hacia la verdad e intentar aproximarse todo lo que sea posible, es decir, debemos manejarnos con lo probable, lo verosimil, lo que parece acercarse más a la verdad. Por ejemplo: el juicio respecto de las conductas futuras de un hombre o de una colectividad, es siempre inseguro. No podemos saber con certeza cómo ha de comportarse un individuo cuya conducta es libre. Lo que si podemos hacer es anticipar esas conductas con cierto grado de probabilidad pero no pronosticarlas con exactitud. Por lo tanto, la parte de la lógica que llamamos Dialéctica será el método adecuado de las ciencias prácticas en general (Etica, Política, Derecho) para ordenar el pensamiento cuyo objeto sea la conducta humana particular y concreta, en tanto es una realidad afectada íntimamente por la libertad; ya que la libertad implica contingencia y la contingencia se opone a la necesidad. La lógica análitica no es apropiada para estos asuntos, porque es la lógica de lo necesario mientras que la lógica dialéctica es la lógica de lo contingente.
El oficio de los abogados, entonces, ya desde sus orígenes griegos, se nutre de dos disciplinas tan antiguas como la filosofía misma. Los abogados debían tener presente las reglas de la lógica Dialéctica para construir razonamientos formalmente correctos y para identificar los defectuosos, pero también debían utilizar y aprovechar las reglas de la Retórica para lograr la adhesión de los miembros del tribunal a las tesis propuestas y persuadirlo de la justicia de su petición.
La Retórica de Aristóteles.
Aristóteles abordó el tema de la Retórica en su obra homónima que data del 330 a.C., aproximadamente. La retórica aristotélica excede la mera técnica del orador, para constituirse en un método general que incluye no sólo el discurso hablado sino también el escrito. El estagirita no admite la consideración negativa de la Retórica de su maestro Platón y, consecuementemente, intenta mostrar que la Retórica es un verdadero arte: una disciplina sistemática que puede guiar a los hombres en el hallazgo de medios y de instrumentos adecuados para la consecución de fines nobles y de deciciones justas.
En el capítulo segundo ofrece la siguiente definición de Retórica:
“La Retorica es la facultad de considerar en cada caso lo que sirve para persuadir, este objeto no lo comparte con ningún otro arte, ya que cada una de las demás disciplinas abarca sólo la enseñanza y la persuasión sobre un objeto específico, como la medicia que trata sobre la salud y sobre la enfermedad, y la geometría sobre las propiedades y las magnitudes, la aritmética sobre el número, y, de modo semejante las restantes artes y ciencias; la Retórica se ocupa, por el contrario, de cualquier cosa dada, por así decirlo, parce que es capaz de considerar los medios persuasivos en general, por eso decimos que no limita su estudio a ningún género específico.”5
Aristóteles caracterizó, definió y sistematizó definitivamente la Retórica, a punto tal de que su obra es el mejor tratado de Retórica de que disponemos aún hoy. Para él, la Retórica es una disciplina paralela a la Dialéctica. En efecto, ambas están estrechamente relacionadas porque tratan sobre asuntos contingentes en donde no es posible arribar a verdades absolutas. Las dos disciplinas se mueven en el ámbito de las verdades probables o verosímiles. La Dialéctica aporta las estructuras lógicas, estudia la forma de argumentar, y la Retórica se orienta a influir persuasivamente en el oyente en cuanto es influenciable por las pasiones: trata de los argumentos en relación con el ethos -carácter- del orador y con el pathos -pasiones- del auditorio. Mientras la primera recurre a procedimientos lógicos, la última apela también a estímulos psicológicos y a las emociones del auditorio.
Por su parte, para Aristóteles la Dialéctica es una parte de la Lógica. Tal como ha sido dicho, es la lógica de lo probable, la lógica que guía y se utiliza como método para la investigación científica, para el pensamiento aporético, es la lógica propia de la enseñanza y es la lógica y el método adecuado para la argumentación en materia práctica contingente (moral, política y jurídica).
Aristóteles dio un poderoso impulso al desarrollo de la retórica jurídica porque en su obra Retórica es donde aparece la primera organización de categorías jurídicas que conocemos. Aristóteles clasifica los discursos en tres especies:

  1. los discursos deliberativos, que son los discursos políticos o parlamentarios que se pronuncian frente a una asamblea política;

  2. los discursos epidícticos o demostrativos que son los discursos festivos y los discursos laudatorios en los que el orador alaba o vitupera un hecho o una persona; y

(iii) los discursos judiciales que son los tipicos alegatos de acusación o defensa que se desarrollan ante los jueces que intervienen en un proceso judicial en el que se discute si un hecho ocurrió o no en el pasado.
Al tratar de los discursos forenses o judiciales, Aristóteles recoge, sistemáticamente, las diversas categorías jurídicas6 conocidas en su época. Así, consigna un elenco o catálogo de topos o lugares de la argumentación que comprende los siguientes temas: la justicia; el acto injusto y la injusticia; la ley y sus especies: ley natural y ley positiva; el acto voluntario y el involuntario; el delito; la equidad; los testigos; las circunstancias agravantes; los contratos; las confesiones obtenidas por medio de los tormentos; los sujetos –v.g.: la víctima de un ilícito–; la obligación; la responsabilidad; las penas; el juez; los pleitos. Si bien estas categorías jurídicas fueron creándose y configurándose a lo largo del tiempo, aparecen, por vez primera, organizadas en un orden coherente, en la obra aristotélica.
3.2. La ciencia (filosofía segunda) o Filosofía del Derecho.
La Filosofía del Derecho sin llamarse todavía así, nace con el inventor de la Filosofía, el más grande filósofo de Occidente, que es Platón de Atenas, y el primer gran tratado de Filosofía del Derecho es su obra la República. El aporte platónico se completa con las otras dos obras dedicadas a temas políticos y jurídicos, a saber: El político y Las leyes. Hasta ese entonces, el tratamiento de los temas jurídicos no puede ser considerado estrictamente científico. Los sofistas, por ejemplo, si bien tematizaron los asuntos morales y jurídicos, y encontramos en sus debates cuestiones como la justicia (Trasimaco decía que era lo que convenía al más fuerte), la ley natural (Antifon la identifica con la libertad y la igualdad), la relatividad de las costumbres (argumento basado en las narraciones y observaciones de Heródoto), lo cierto es que estas cuestiones no son abordadas con un propósito propiamente teórico destinado a conocer la verdad de las cosas sino más bien con un fin puramente pragmático, a saber: ganar las discusiones, obtener la victoria en los pleitos, dominar las habilidades necesarias para prevalecer en las polémicas propias de la época.
El otro gran desarrollo de la ciencia del Derecho está dado por Aristóteles en el libro V de la Ética nicomaquea. Para Aristóteles, la ciencia se identifica con la filosofía, excepto la filosofía primera que está más allá de la ciencia. En su famosa obra titulada Metafísica Aristóteles distingue dos niveles dentro de los saberes: de una parte, la Filosofía Primera, también llamada Sabiduría (sophia) o Metafísica: cuyo objeto es Dios y el ente en general. Estudia los principios más comunes de la realidad, tanto en su aspecto de principios ontológicos de los entes (materia-forma, acto-potencia, esencia-existencia), como también los principios del conocimiento humano (gnoseología). Adviértase que el objeto de la Filosofía Primera es el ente en cuanto tal, es decir, el ser en general sin contraerlo a ninguna modalidad o género. Esto significa que la Filosofía Primera estudia la totalidad de lo real.7
De otra parte, están las Filosofías segundas o ciencias (epistéme), es decir, los saberes cuyo objeto de estudio es algún género determinado del ente, una porción de lo real,8 por eso se dice que la ciencia es un saber particular. Para Aristóteles, la ciencia o Filosofía segunda es un saber cuyo objeto es lo universal y necesario, un saber que intenta dar cuenta de las cosas por medio de sus principios reales o causas (aitiai; las famosas cuatro causas: material y formal, eficiente y final), pero que no tematiza los principios comunes sino que los recibe de la Filosofía Primera. La ciencia estudia las causas del fenómeno u objeto de consideración; lo que implica que mientras se enuncien sólo hechos o se describan fenómenos, sin saber el porqué de ellos, todavía no se ha llegado a un nivel científico. La ciencia del derecho es una Filosofía segunda, pues su objeto consiste en la intelección de la esencia específica del derecho –el eidos, la essentia, la forma, la estructura constitutiva–, es decir, en establecer qué es el derecho.
Para la tradición aristotélica, por lo tanto, la Filosofía del Derecho se identifica con la ciencia del Derecho. Si, tal como hemos tenido oportunidad de señalar, la ciencia es el saber cuyo objeto es lo universal y necesario, entonces la ciencia del derecho será la disciplina que dará cuenta de los aspectos universales y necesarios propios del fenómeno jurídico. Empero, habíamos dicho que todo lo relativo a la conducta humana adolece de la contingencia propia de los fenómenos asociados a la libertad del hombre. La pregunta que se suscita, entonces, es la siguiente: ¿hay algún aspecto de la conducta humana jurídica que tenga la necesidad y universalidad propia de la ciencia? Efectivamente, hay un nivel científico acerca de la conducta humana en general, y de la conducta jurídica en particular, en donde se verifican la certeza y la akribeia: es es el orden de los principios –los enunciados directamente relacionados con los fines del hombre y de su condutcta– y de las causas, y en las definiciones, divisiones y conclusiones más generales implicadas o derivadas de ellos. Todo este ámbito es universal y necesario y, por lo tanto, admite afirmaciones verdaderas dotadas de akríbeia (precisión, rigor, exactitud). En la medida en que los enunciados científicos en máteria práctica se aproximan a la concreción y contingencia de la acción humana singular, perdiendo consiguientemente generalidad y necesidad, las conclusiones científicas disminuyen proporcionalmente en su akribeia y certeza.
El conocimiento cientíifco supone, en primer lugar, la definición de la cosa que es objeto de cada ciencia, es decir, la delimitación conceptual precisa de aquel sector de la realidad o género de entes del que se ocupa y su expresión en un concepto universal. En segundo lugar, deberá establecer sus propiedades, entendiendo por propiedades las cualidades que emanan necesariamente de la esencia del objeto de que se trate y, por tanto, también son universales. Seguidamente, habrá que hacer una división del objeto, ya correctamente definido, en sus elementos. Y todo este cuerpo de conocimientos debe organizarse metódicamente en forma sistemática, pues no hay verdadera ciencia sin orden.9 Por aplicación de esta metodología científica a la Filosofía del Derecho, esta disciplina deberá considerar y tematizar las siguientes cuestiones: el concepto de derecho, intentando alcanzar una definición correcta y lo más precisa posible del derecho, esto es, una definición por su género propio y su diferencia específica; las propiedades generales del derecho: la validez, la vigencia y la coercibilidad; las divisiones del derecho: derecho natural y derecho positivo, derecho público y privado; derecho interno e internacional; el fundamento del derecho; el concepto de justicia; y el estatuto epistemológico del derecho, esto es, su ubicación dentro del cuadro de los saberes.
Esta concepción de la ciencia del derecho, hoy denominada “Filosofía del Derecho”, continúa a lo largo de todos los siglos en la medida en que existe la tradición platónica-aristotélica. En efecto, la doctrina iusfilosófica platónico-aristotélica nacida en la Grecia clásica continúa con San Agustín de Hipona en el primer medioevo; sigue en la Escolástica medieval con Santo Tomás de Aquino; perdura en la Modernidad con la Escuela Española del Derecho Natural y de Gentes cuyos representantes más destacados fueron Franciso de Vitoria y Francisco Suárez y así llega hasta nuestros días. Posteriormente, la historia del pensamiento jurídico registra otras corrientes que también tienen incidencia en el pensameinto jurídico: el racionalismo de la Edad Moderna, el empirismo, el criticismo kantiano, el idealismo de Hegel. Esta es la Historia de la Filosofía del Derecho.
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