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Los movimientos sociales entran en el siglo veintiuno1 Social Movements Enter the Twenty-First Century1


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Los movimientos sociales entran en el siglo veintiuno1

Social Movements Enter the Twenty-First Century1

Charles TILLY

Columbia University

ct135@columbia.edu

(traducción: Marta Latorre Catalán)
Política y Sociedad, 2005, Vol. 42 Núm. 2: 11-35
RESUMEN

Este artículo pretende, a partir de un estudio de caso significativo (las movilizaciones en las calles de Filipinas en 2001), indagar en la forma en que las nuevas tecnologías de la comunicación interactúan con las nuevas tácticas y formas de organización de los movimientos sociales, estudiar sus efectos sobre éstos, así como analizar los cambios que pudieran haberse producido en la internacionalización de los movimientos sociales a comienzos del siglo veintiuno.

PALABRAS CLAVE: movimientos sociales, internacionalización, nuevas tecnologías de la comunicación, globalización, acción colectiva
ABSTRACT

This article tries to, from a significant case of study (mobilizations in the streets of Philippines in 2001), inquire into the way by which new technologies of communication interact with new tactics and forms of organization of social movements, study their effects on the latter, as well as to analyze the changes that could have occurred in relation to the internationalization of social movements at the beginning of twenty-first century.

KEY WORDS: social movements, internationalization, new technologies of communication, globalization, collective action
Hacia la medianoche del martes 16 de enero de 2001, los teléfonos móviles en Manila, Filipinas, y alrededores comenzaron a transmitir el mensaje «Go 2EDSA, Wear blck» [«Ve a EDSA, Viste de negro»]. En una hora, decenas de miles de personas llegaron a la Avenida del Epitafio de los Santos, lo que los manileños llaman Edsa. En la Avenida ya destacaba un santuario de People Power, Nuestra Señora de la Paz. La capilla se levantaba en el lugar donde en 1986 un grupo de monjas hicieron frente con sus rezos a los tanques del Presidente Ferdinand Marcos, y ayudaron a derribarle del poder. En los cuatro días siguientes, más de un millón de personas, muchas de ellas vistiendo ropa negra, se reunieron en el centro de Manila, pidiendo la dimisión del entonces Presidente Joseph Estrada. Un derrotado Erap (como los filipinos llamaban comúnmente a Estrada) abandonó su cargo el día 20.

El día 16, el proceso por el impeachement2 de Estrada se había situado en un punto muerto cuando la sala encargada del proceso en el Senado votó 11-10 en contra de examinar una prueba crucial, por lo que el presidente del Senado había dimitido. Aquella noche los manifestantes comenzaron a concentrarse en Edsa, corriendo la voz mediante teléfonos móviles. En ese momento, el fiscal Oscar Moreno declaró: «El foro está ahora en las calles, no en los pasillos del Senado. Está en el terreno de la opinión pública y estoy seguro de que los filipinos estarán a la altura de las circunstancias». El día 17, los abogados del caso secundaron al presidente del Senado en su decisión de dimitir. Durante los dos días siguientes, numerosos grupos de todo el país empezaron a unirse al movimiento que pedía la dimisión del presidente.

Procedente de Hong Kong, por ejemplo, el anterior presidente Fidel Ramos lideró una marcha de protesta de unos trescientos seguidores desde el aeropuerto hasta Edsa, donde la antigua presidenta Corazón Aquino y el protector de People Power, el Cardenal Jaime Sin, se dirigían a la multitud mientras exigían la dimisión presidencial. En toda la región de Manila, doscientos mil trabajadores se ausentaron del trabajo para asistir a los mítines contra Estrada (Philipine Star, 18 de enero de 2001). La tarde del día 18, una cadena humana de diez kilómetros se desplegó desde el monumento en memoria de Ninoy Aquino (cuyo asesinato, llevado a cabo por las fuerzas de Marco en 1983, había precipitado indirectamente el movimiento de People Power en 1986 y llevado a su viuda a la presidencia) al santuario de Edsa.

El viernes 19, las fuerzas contra Estrada dieron pasos incluso más serios contra el asediado presidente. Ese día, ciento cincuenta mil manifestantes se concentraron ante el monumento de People Power, el jefe del ejército apareció frente a ellos para anunciar su defección del bando del gobierno y la vicepresidenta Gloria Macapagal Arroyo (hija de un antiguo presidente filipino) comenzó a perfilarse como «comandante en jefe». En el transcurso del día, un número de oficiales de la policía y el ejército abandonaron al presidente y autorizaron una marcha al palacio presidencial.

Mientras tanto, las calles se llenaron de grupos de rock, bandas de institutos, consignas de los oponentes a Estrada y pancartas llamando a la destitución del presidente. Y así como las manifestaciones en las calles continuaban, los jefes del ejército enviaron a un oficial de alta graduación y un asesor del anterior presidente para informar a Estrada —para entonces bastante ebrio— de forma bien clara de que los militares no le respaldarían más. Aunque el presidente nunca presentó la dimisión formalmente, al final de ese día 19, Gloria Macapagal había asumido el poder, recibiendo un rápido reconocimiento como presidenta por las principales autoridades del país. Estrada abandonó final-mente el palacio presidencial el día 20 (Ananova, 2001; Philippine Star, 2001).

La concurrencia de ciudadanos filipinos, no violenta pero de manifiesta importancia, había ayudado de nuevo a producir una importante transferencia de poder en un país cargado de problemas. Una semana más tarde, Time Asia reflejaba:

Lo que sucedió la semana pasada en Manila tenía todos los ingredientes de la democracia a pie de calle: manifestantes, discursos calurosos, People Power —precisamente como la gloriosa revolución que derrocó al dictador Ferdinand Marcos de forma dramática y prácticamente sin derramamiento de sangre, hace casi quince años. La emoción del momento acompañaba durante el día, y uno se sentía cínico interrogando sobre los motivos de la gente o la presunta corrupción del «difunto» Presidente Joseph Estrada. ¿Pero qué sucedió realmente entre bastidores para dar lugar a People Power II? ¿Y podrían esos poderes —y personas— que habían provocado ya la caída de otro presidente filipino ser las mismas fuerzas que harían difícil para cualquiera, incluida la recién jurada Presidenta Gloria Macapagal Arroyo, gobernar Filipinas de forma efectiva? (Time Asia, 2001).

En otras palabras, ¿toda esa conmoción en las calles de Manila había proporcionado algo más que el camuflaje para unos decisivos pasos políticos, tomados por dirigentes que habían ya decidido librarse de una figura títere inconveniente y que manipularían también a su sucesor? Las preocupaciones de la revista plantearon cuestiones que se extendían mucho más allá de una tumultuosa semana de enero en Manila. ¿Traería el siglo veintiuno movimientos sociales que culminaran los ansiados sueños de People Power alrededor del mundo? ¿Serían las tecnologías de la comunicación, como los mensajes de texto de los teléfonos móviles que corrieron la voz tan rápidamente en Manila, las que proveerían los medios para los activistas y la gente común para desplazar el balance táctico lejos de capitalistas, líderes militares y políticos corruptos? O, por el contrario, ¿marcarían las concentraciones de miles de ciudadanos simplemente el último giro de política popular en el despertar de la contienda de la globalización? El analista de las tecnologías Howard Rheingold toma la aventura filipina como la precursora de lo que ha llamado «Smart Mobs»3: «gente que es capaz de actuar coordinadamente incluso sin conocerse» (Rheingold, 2003: xii). El autor resalta el entusiasmo de la población filipina por el «servicio de mensajes cortos» [SMS en inglés: Short Message Service] desde su introducción en 1995. De manera que en el año 2000, los 84 abonados por cada mil habitantes de Filipinas superaban las cifras de otros países más ricos como Costa Rica (52) y Belice (70), a pesar de quedar bien lejos de los 783 de Islandia y de los igualmente notables 751 de Noruega.

Filipinas, además, puede incluirse en una categoría especial en relación con las comunicaciones, al menos en un aspecto relevante. Los únicos países en el mundo que contaban entonces con más del doble de abonados a teléfonos móviles que a líneas fijas de telefonía eran Paraguay, Gabón, Congo y Filipinas (PNUD 2002: 186-189). Los teléfonos móviles y los mensajes de texto comenzaban a parecer serias alternativas a las telecomunicaciones de línea fija, especialmente donde la pobreza, la agitación política y/o una geografía severa, impiden la creación de una infraestructura de telecomunicaciones respaldada por el gobierno. A prime-ra vista, los sistemas de telefonía móvil contaban con el atractivo popular de no caer fácilmente bajo el control gubernamental.

Rheingold, sin embargo, va más allá. Argumenta que las «smart mobs» conectadas por mensajes de texto están ya quitando el protagonismo a los movimientos sociales convencionales del siglo veinte. Él cita los siguientes ejemplos:

— El 30 de noviembre de 1999, grupos de manifestantes autónomos pero interconectados, protestando en la reunión de la Organización Mundial del Comercio, usa-ron tácticas «en red», teléfonos móviles, páginas web y ordenadores portátiles para ganar la «Batalla de Seattle».

— En noviembre de 2000, miles de ciudadanos británicos, indignados por una repentina subida de los precios de la gasolina, usaron sus teléfonos móviles, mensajes cortos de texto, correos electrónicos desde los portátiles y las radios en los taxis para coordinar grupos dispersos, que bloquearon el servicio de suministro de gasolina en estaciones de servicio previamente escogidas, en una protesta política arriesgada.

— Una manifestación violenta en Toronto en la primavera de 2000 fue retransmitida por un grupo de periodistas de investigación sin vinculación con un medio específico, que difundieron a través de la red los vídeos digitales de todo lo que veían.

— Desde 1992, miles de activistas de la bicicleta4 se han reunido mensualmente para realizar manifestaciones móviles que denominan «Concentraciones Críticas», zigzagueando y recorriendo las calles de San Francisco en masa. Las «Concentraciones Críticas» operan a través de redes conectadas informalmente, avisadas por teléfono móvil y grupos de correo electrónico y se dividen en grupos más pequeños y coordinados cuando se requiere (Rheingold, 2003: 158).

Indudablemente, los participantes de los movimientos sociales del siglo veintiuno han integrado las nuevas tecnologías en sus organizaciones y en sus —muy reivindicativas— acciones. Las preguntas serias, sin embargo, comienzan ahí: ¿Están las nuevas tecnologías transformando los movimientos sociales? ¿De qué forma? Si es así, ¿cuáles son sus efectos? ¿cómo interactúan las nuevas tácticas y formas de organización con los movimientos sociales del siglo veintiuno? En resumen, ¿hasta qué punto y cómo las recientes variaciones en los movimientos sociales son resultado de los cam-bios en las capacidades de conexión internacional que la gente llama en términos generales globalización? Este trabajo ofrece un análisis preliminar de lo que está sucediendo realmente en los movimientos sociales alrededor del mundo en este comienzo del siglo veintiuno.

Este trabajo muestra que en los movimientos sociales están, de hecho, ocurriendo cambios significativos durante el comienzo del siglo veintiuno. Comparado con el siglo veinte, las redes internacionalmente organizadas de activistas, las organizaciones no gubernamentales a nivel internacional y los blancos internacionalmente visibles, como las empresas multinacionales y las instituciones financieras internacionales, son protagonistas más destacados en los movimientos sociales recientes, especialmente en las regiones del mundo más ricas y mejor conectadas. Incluso los movimientos primordialmente nacionales como, por ejemplo, los contrarios a la campaña de Estrada en Filipinas reciben, como media, más atención e intervención internacional que sus homólogos en el siglo veinte.

Además, este trabajo también señala cuatro advertencias importantes:
1. Evitar el determinismo tecnológico; reconociendo que la mayoría de los nuevos rasgos de los movimientos sociales resultan de cambios en sus contextos sociales y políticos más que de las innovaciones tecnológicas como tales.

2. Advertir que, igual que lo hicieron durante los siglos diecinueve y veinte, las innovaciones en las comunicaciones del siglo veintiuno siempre operan de dos maneras: por un lado, disminuyendo los costes de coordinación entre los activistas que ya están conectados entre sí; por otro lado, excluyendo de manera incluso más definitiva a aquellos que carecen del acceso a los nuevos medios de comunicación, y por lo tanto incrementando la desigualdad en las comunicaciones.

3. Recordando que la mayor parte de la actividad de los movimientos sociales del siglo veintiuno continúa dependiendo de formas de organización local, regional y nacional que ya predominaban a finales del siglo veinte.

4. Al mismo tiempo que se apunta que la globalización está moldeando la distribución mundial de movimientos sociales, evitar la suposición de que la confrontación entre globalización y anti-globalización domina en la actualidad la escena de los movimientos sociales.


Ignorar estas advertencias sería no ver los cambios sociales reales que están afectando a las reivindicaciones colectivas a nivel mundial, así como la persistencia de asuntos locales, regionales y nacionales en los movimientos sociales.
GLOBALIZACIÓN

En primer lugar, vamos a ocuparnos de la globalización. En cualquier época en la que un con-junto de conexiones y prácticas sociales se expande desde una escala regional a otra trans-continental, se produce, en cierto modo, un proceso de globalización. Cada vez que un conjunto de conexiones y prácticas transcontinentales se fragmenta, se desintegra o desaparece, se produce un proceso de des-globalización. Sólo cuando el primer conjunto de procesos supera de lejos al segundo podemos afirmar claramente que la humanidad en su conjunto se está globalizando.

Durante la segunda mitad de milenio desde 1500, han tenido lugar tres olas principales de globalización. La primera comenzó alrededor de 1500. Fue el resultado de la rápida propagación de la influencia de Europa, el crecimiento del Imperio Otomano y las paralelas expansiones de los comerciantes chinos y árabes en los Océanos Índico y Pacífico. Los otomanos extendieron su control en el sur de Europa, norte de África y Oriente Próximo mientras los europeos de occidente construían imperios comerciales y territoriales en África, el Pacífico y América. Mientras tanto, el comercio marítimo musulmán continuó conectando África, Oriente Próximo y los puertos del Océano Índico. En Asia, la actividad comercial de europeos y musulmanes se relaciona con la enérgica expansión china en el comercio del Pacífico bajo el Imperio de la dinastía Ming (1368-1644).

La expansión otomana finalizó en el siglo diecinueve y los europeos desplazaron parcialmente a los comerciantes musulmanes en los Océanos Índico y Pacífico. Pero europeos y chinos siguieron con su participación en el siglo veinte en el primer proceso globalizador posterior a 1500. Los europeos comenzaron colonizando las zonas más templadas de sus imperios en África, América y el Pacífico. Asimismo, millones de emigrantes chinos se desplazaron al sureste de Asia y el Pacífico. Aquí está una de las pruebas de la creciente conexión mundial: hacia el siglo diecisiete, grandes cantidades de las minas de plata en Suramérica acababan en las arcas chinas, a causa de la exportación de valiosos artículos chinos a occidente.

Podemos situar la segunda gran oleada de globalización posterior a 1500 aproximadamente en torno a 1850-1914. Consideremos la masiva migración internacional entre 1850 y la Primera Guerra Mundial: tres millones de indios, nueve millones de japoneses, diez millones de rusos, veinte millones de chinos y treinta y tres millones de europeos. Durante este período el comercio internacional y los movimientos de capital lograron cotas jamás alcanzadas, especialmente a través del Atlántico. Las mejoras en los transportes y las comunicaciones, como los ferrocarriles, los barcos a vapor, el teléfono y el telégrafo, redujeron los costes de esos flujos y los aceleraron. Los movimientos masivos de mano de obra, bienes y capital hicieron que los precios de las mercancías fueran más uniformes alrededor del mundo y se redujeran las diferencias de salarios entre los países que estaban fuertemente involucrados en esos movimientos. Los principales beneficiarios eran Japón, Europa occidental y los países más ricos del norte y el sur de América. Para el mundo en su conjunto, la segunda oleada de globalización incrementó las desigualdades en riqueza y bienestar entre aquellos beneficiarios y el resto. Excepto para áreas de asentamiento europeo como Australia, las colonias europeas no compartían generalmente esa prosperidad.

Las migraciones, el comercio y los movimientos de capital disminuyeron entre las dos guerras mundiales. Pero a la vez que Europa y Asia se recuperaban de la Segunda Guerra Mundial, comenzó una tercera oleada de globalización. En esta época, la migración intercontinental fue menos acelerada que entre 1850 y 1914. En comparación con el período 18501914, menos economías sufrieron escasez grave de mano de obra y el mercado de trabajo se organizó de manera más efectiva para impedir la competencia con los inmigrantes. Como consecuencia, las migraciones internacionales se dividieron en, por un lado, corrientes relativamente pequeñas de profesionales y obreros cualificados y, por otro, un enorme número de sirvientes y obreros no cualificados. Las diferencias de riqueza y seguridad entre los países ricos y pobres se estaban ampliando visiblemente, lo que provocó que trabajadores de los países más pobres hicieran intentos desesperados para emigrar a países más ricos, ya fuera de forma permanente, ya el tiempo suficiente para ganar una cantidad considerable de dinero para su retorno a casa. Las industrias mayoristas crecieron alrededor de la organización de formas de migración ilegal, semi-ilegal y legal pero atroces en los países más ricos.

La circulación de bienes y capital se incrementó incluso más allá de los niveles del siglo diecinueve. Muchos de estos movimientos tuvieron lugar dentro de las propias compañías multinacionales, que extendieron sus mercados, emplazamientos de fabricación, oficinas centra-les y fuentes de materias primas a diferentes países. Pero el comercio internacional entre países y compañías también se aceleró. Los productos de alta tecnología producidos en el este de Asia, Europa occidental y el norte de América comenzaron a estar disponibles casi en cualquier parte del mundo. Las grandes compañías de los países más ricos invirtieron de forma creciente en la producción donde los costes de mano de obra eran menores que en el país de origen, a menu-do volviendo a introducir ropa, aparatos electrónicos y otros bienes, producidos en esos países de bajo coste, en sus propios mercados internos para competir en éstos. Al mismo tiempo, las instituciones políticas, los sistemas de comunicación, la tecnología, la ciencia, las enfermedades, la contaminación y la delincuencia, todas ellas adoptaron una creciente escala internacional. Durante el comienzo del siglo veintiuno, esa tercera oleada globalizadora avanza con máxima fuerza.

Las oleadas de 1850-1914 y la de 1950 en adelante se diferenciaron de forma llamativa. A pesar del desarrollo imperial y la creciente importancia de Japón, la expansión del siglo diecinueve se centró en el Atlántico, primero en beneficio de los principales Estados europeos, más tarde y de manera creciente favoreciendo a Norteamérica. En su equivalencia en los siglos veinte y veintiuno Asia tomó partido con mucha más fuerza. Como emplazamientos para la producción, como objetivos de inversión y, progresivamente, como mercados, China, Japón, Corea, Taiwán, India, Pakistán, Bangladesh, Indonesia, Malasia, Singapur, Tailandia, Filipinas y otros países asiáticos participaron ampliamente en el crecimiento global.

Otra diferencia: durante la oleada de 18501914, la expansión económica dependía fuertemente del carbón y el hierro. Como consecuencia, el capital y los trabajadores se desplazaban especialmente a un número limitado de regiones con fuerte presencia de la industria pesada, produciendo las características y sucias concentraciones de las ciudades industriales a lo largo de los canales fluviales y las líneas de ferrocarril. Hacia finales del siglo veinte, el petróleo, el gas natural, los generadores hidroeléctricos y los reactores nucleares habían desplazado en gran medida al carbón como fuente de energía en las regiones más ricas del mundo. La globalización posterior a 1945 se caracterizó por esas industrias de alta tecnología, así como las electrónicas y las farmacéuticas. Esas industrias dependían de importantes grupos de técnicos y científicos, como en París-Sur y Silicon Valley, California. Pero con bienes de alto valor y costes de trans-porte relativamente bajos, podían fácilmente subdividir la producción de acuerdo con la disponibilidad de mano de obra y del mercado. Las industrias de información y servicios empujaron más aún en la misma dirección: por ejemplo, empleados mal pagados manejando datos en el sur de India procesan la información para compañías con base en Nueva York y Londres, con cable de fibra óptica y conexiones por satélite, transmitiendo datos de manera inmediata en ambas direcciones.

La globalización en su versión del siglo diecinueve consolidó los estados. Aumentó su control sobre los recursos, actividades y población dentro de sus fronteras, de la misma forma que aumentaba la regulación de flujos al otro lado de esas fronteras. Entre 1850 y la Primera Guerra Mundial, por ejemplo, los estados a lo largo del mundo regularizaron los pasaportes nacionales y fijaron las relaciones y los afectos de los ciudadanos con estados concretos (Torpey, 2000). En el proceso, surgieron difíciles pero efectivos acuerdos laborales entre gobiernos, patronal y sindicatos a escala nacional. Patronal, sindicatos, partidos políticos y administraciones públicas lucharon duro, pero llegaron a acuerdos. Esas negociaciones finalmente desplazaron a los estados desde el libre comercio hacia la protección de industrias que combinaban una gran mano de obra con un amplio capital fijo. Las industrias farmacéuticas, del acero y de tratamiento de metales lideraron el camino.

El tipo de globalización de los siglos vein-te/veintiuno, en claro contraste, debilitó el poder central de la mayoría de los estados, permitiendo al capital moverse rápidamente de un país a otro cuando las oportunidades de beneficio aumentaban. Los estados, tras 1945, también perdieron eficacia para contener los rápidos avances de las comunicaciones, el conocimiento científico, el tráfico de drogas, armas, joyas o migrantes a través de sus fronteras. Incluso los dominantes Estados Unidos fracasaron en el bloqueo de movimientos de contrabando, dinero negro y migrantes ilegales. La mayoría de los otros estados perdieron el control de manera más drástica que los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, las organizaciones no gubernamentales y supra-gubernamentales escaparon parcialmente al control de cualquier estado. Las nuevas y poderosas organizaciones no estatales incluían a las corporaciones multinacionales, las instituciones financieras mundiales, Naciones Unidas, agrupaciones políticas como la Unión Europea, alianzas militares como la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y grupos internacionales de activistas como Médicos Sin Fronteras. Una ironía: los Estados Unidos subvencionaron o, al menos, apoyaron la formación inicial de muchas de esas organizaciones internacionales. En sus comienzos, los Estados Unidos, a menudo, las dirigían hacia sus intereses nacionales. Sin embargo, al comienzo del siglo veintiuno, ni siguiera los Estados Unidos, el mayor poder financiero y militar a nivel mundial, podrían organizar tan sencillamente estas organizaciones a su alrededor.

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