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Los heraldos negros


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LOS HERALDOS NEGROS

 

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma... Yo no sé

Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;

o los heraldos negros que nos manda la muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre... Pobre... pobre Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé

César Vallejo comenzó a relacionarse tempranamente -como Bachiller en Letras de la Universidad de Trujillo - (1915)- con destacados artistas e intelectuales: Víctor Raúl Haya de la Torre, José Eulogio Garrido, Alcídes Spelucín, Macedonio de la Torre, entre otros, integrantes de "Norte", grupo liderado por Antenor Orrego. Ya en Lima hizo amistad con Manuel Gonzáles Prada y Abraham Valdelomar, e integró el grupo "Colonida", gracias a éste último, enriqueciendo su visión del mundo a través del contacto con nuevas corrientes europeas. A Gonzáles Prada -cuya muerte le afectó profundamente- le dedicó el poema "Los dados eternos": Para Manuel Gonzáles Prada esta emoción bravía y selecta, una de las que, con más entusiasmo, me ha aplaudido el gran maestro.

El Vallejo que comenzaba a beber ávidamente de las fuentes del marxismo, pronto comenzó a sentirse encerrado en ese círculo elitista que lo alejaba de las muchedumbres, lo aislaba de sus emociones (Mariátegui). "Colonida" no fue más que otra etapa, no menos importante que las que vendrían, que ahondó la íntima desesperación y crisis permanente en que ya se encontraba inmerso el poeta

Leon de Greiff

RELATO DE SERGIO STEPANSKY


|¡Juego mi vida!
¡Bien poco valía!
¡La llevo perdida
sin remedio!
|ERIK FJORDSON

 

Juego mi vida,



cambio mi vida.

De todos modos

la llevo perdida...

 

Y la juego o la cambio por el más infantil espejismo,



la dono en usufructo, o la regalo...

 

La juego contra uno o contra todos,



La juego contra el cero o contra el infinito,

la juego en una alcoba, en el ágora, en un garito,

en una encrucijada, en una barricada, en un motín;

la juego definitivamente, desde el principio hasta el fin,

a todo lo ancho y a todo lo hondo

—en la periferia, en el medio,

y en el sub-fondo... —

 

Juego mi vida, cambio mi vida,



la llevo perdida

sin remedio.

 

Y la juego —o la cambio por el más infantil espejismo,



la dono en usufructo, o la regalo...:

o la trueco por una sonrisa y cuatro besos:

todo, todo me da lo mismo:

lo eximio y lo rüín, lo trivial, lo perfecto, lo malo...

 

Todo, todo me da lo mismo:



todo me cabe en el diminuto, hórrido abismo

donde se anudan serpentinos mis sesos.

 

Cambio mi vida por lámparas viejas



o por los dados con los que se jugó la túnica inconsútil:

—por lo más anodino, por lo más obvio, por lo más fútil:

por los colgajos que se guinda en las orejas

la simiesca mulata,

la terracota nubia,

la pálida morena, la amarilla oriental, o la hiperbórea

                                                                                [rubia:

cambio mi vida por un anillo de hojalata

o por la espada de Sigmundo,

o por el mundo

que tenía en los dedos Carlomagno: —para echar a rodar

                                                                                    [la bola...

 

Cambio mi vida por la cándida aureola



del idiota o del santo;

la cambio por el collar

que le pintaron al gordo Capeto;

o por la ducha rígida que le llovió en la nuca

a Carlos de Inglaterra;

        la cambio por un romance, la cambio por un soneto;

por once gatos de Angora,

por una copla, por una saeta,

por un cantar;

por una baraja incompleta;

por una faca, por una pipa, por una sambuca...

 

o | por esa muñeca que llora



como cualquier poeta.

 

Cambio mi vida —al fiado— por una fábrica de



                                                                            [crepúsculos

(con arreboles);

                        por un gorila de Borneo;

por dos panteras de Sumatra;

por las perlas que se bebió la cetrina Cleopatra

o por su naricilla que está en algún Museo;

cambio mi vida por lámparas viejas,

o por la escala de Jacob, o por su plato de lentejas...

 

¡o por dos huequecillos minúsculos



—en las sienes— por donde se me fugue, en gríseas

                                                                                    [podres,

toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que

                                                    [almaceno en mis odres...!

 

Juego mi vida, cambio mi vida.



De todos modos

la llevo perdida...



 

 

León de Greiff (Colombia, 1895-1976). Poeta antioqueño (Medellín, julio 22 de 1895 - Bogotá, julio 11 de 1976). Francisco de Asís León Bogislao de Greiff Haeusler, descendiente de un bisabuelo sueco, por línea paterna, y de un abuelo alemán, por parte materna, hizo los estudios básicos en el Liceo Antioqueño y tres años de carrera en la Escuela de Minas de la Universidad de Antioquia, en Medellín, pero varias enemistades lo llevaron a la decisión de abandonar esta profesión. Luego, por un tiempo breve, estudió Derecho en la Universidad Libre de Bogotá. A los 18 años fue secretario privado del general Rafael Uribe Uribe, poco antes de que éste fuera asesinado. De vuelta en Medellín, se reunió con otros doce intelectuales, todos alrededor de los veinte años, para formar el grupo de los Panidas. Así lo describe Juan Luis Mejía: «Es una vida literaria estrechamente ligada a la bohemia etílica. No sólo las librerías servían de receptáculo a las tertulias: allí estaban los cafés, en donde al calor de los aguardientes, se recitaban poemas o se polemizaba sobre las corrientes literarias en boga. De manera que, cuando en 1915 empieza a reunirse en el café El Globo del parque de Berrío un grupo de jóvenes intelectuales, ya en la ciudad existía una tradición: los Panidas surgen entonces para continuar esa cultura de bohemia, respaldada por su propia e importante revista literaria». En febrero de ese año apareció el número uno de la revista Panida, dirigida por León de Greiff. El grupo se formó en torno a la influencia del modernismo hispanoamericano, al tiempo que recogía sus fuentes: simbolismo y parnasianismo francés. Por otra parte, el modernismo europeo (de otra índole) estuvo presente, tanto en traducciones como en la reflexión creativa de los Parudas. León de Greiff, que por ese tiempo ya se nombraba Gaspar de la Nuit (uno de los muchos nombres literarios que adoptó), también era deudor de estas influencias, pero asimiladas a su tono, sólo suyo: «Gaspar: mi nombre. Vago: mi profesión. Demente: / mi gran ventura. Iluso cultor de peripecias / inverecundas -fazañosas y ríspidas y recias-: / ¡y adversario feroz del criterio corriente!» ("Gaspar"). En 1916 De Greiff trabajó como cajero y contador del Banco Central. Posteriormente administró la prolongación del Ferrocarril de Antioquia por el río Cauca, en la zona de Bolombolo. Allí estuvo cerca de tres años y los trabajos no se concluyeron. Bolombolo surgió de pronto en el mundo poético de De Greiff, como el lugar en el que confluían los diversos personajes que lo habían venido poblando, nacidos de lecturas y de sentimientos, de una necesidad de disgregarse en relatos de "otros", siendo sus nombres también bellos sonidos, plenos de reminiscencias de temas literarios. Entre ellos, Matías Aldecoa, Erik Fjordson, Ramón Antigua, Leo Le Gris, Sergio Stepansky, Bogislao, o el Skalde, quien recuerda: «Prófugo de los burgos y las ciudades -nó de la metafísica / obsesora- / cuando vivía en Bolombolo, / mi espíritu agrio y solo, / mi cuerpo enardecido, / avasallantes irrumpían por los desnudos ámbitos, entretejiendo la honda fuga ululadora / rivales melodías, émulas armonías, de mi túrbido / cántico sin sentido» ("Relato del Skalde").

Entre junio y septiembre de 1925 se publicó la revista Los Nuevos, en la cual una "nueva" generación empezó a hacerse sentir. León de Greiff participó en ella, junto con Jorge Zalamea, Rafael Maya, Germán Arciniegas, Luis Vidales, Alberto Lleras y otros. Más que una propuesta unitaria, los congregaba un deseo de renovación. En literatura atacaron los residuos, aún presentes, del pobre romanticismo latinoamericano y, además, el provincialismo; en política mostraron su desilusión ante las ideas vigentes, que encontraban anquilosadas. Por su parte, León de Greiff nunca se interesó en los manifiestos de vanguardia literarios, ni mucho menos políticos; cuando estuvo cerca, estuvo al margen. Se reconocía liberal con tendencia de izquierda, pero su postura no era combativa. De la misma manera, desarrollaba su vocación poética aparte, sometido al proceso particular suyo, incansable. «Con más de un metro ochenta de estatura, en su juventud tenía el aspecto de un pescador de ballenas de Noruega. Su vestimenta es descuidada, y es pública la anécdota de que alguna vez se ganó dos vestidos en una rifa, y al preguntársele por ellos dijo que los había mandado arrugar, antes de ponérselos», cuenta Donaldo Bossa. Y en palabras del propio De Greiff: «Bogislao es un individuo -en el fondo- serio, casi adusto. Un sujeto de muy pocas palabras -de ellas raras, exóticas, bizarras, desuetas-. Un sujeto taciturno, hermético, cogitabundo, casi alelado y como ausente: Parco de gesticulaciones, sobrio de ademanes, no nada modulador y de simpatía nula. Mucho más abstraído que abstracto, mucho más presunto que presumido, Bogislao ríe poco, sonríe a veces casi siempre con leda ironía -y sarcásticamente en no frecuente vegadas [...] Pero allá o aquí o donde luego sea, es "Bogislaus", como ha sido y será siempre, el capitán de sus sueños, el condotiero de su fantasía, el gonfalonero de su gallardete, de su mínima banderola, el rector de su divagancia, el piloto de su nao, el almirante de su escuadrilla, el capelmaestre de la minúscula suya, a la que le queda grande y sobrado aun el diminutivo y no llega ni a mala roanesa; el capitán de sus ansias, el bautistá de su propia batuta concertante de su banda de vientos, y, de adehala, desde mañana, paleógrafo experto de sus escrituras. Paleógrafo venturo autodidacta y hasta donde le ayude la miopía y la cerrazón de las vistas y del magín».

  Jorge Zalamea

El sueño de las escalinatas”



(primera parte, fragmento) 1957

   


Montada está la escena; plena la audiencia. Aquí, sobre las escalinatas, frente a los templos, bajo los palacios y con el río ciñendo mis lomos. Una gran audiencia humana que espera, sorbiéndose los labios amargos y restregando coléricamente uno contra otro los nudos de las rodillas, el proceso, la acusación y la condena de sus ubicuos verdugos.

La audiencia se reanuda y prosigue la acusación con este largo grito:

Oh, cándidos creyentes, ¿no estáis consintiendo acaso mi mando e idolatrando aquí mismo, ahora mismo, sobre las escalinatas, a los avisados delegatarios de vuestros verdugos?

Ved a estos altos simios de pelambre rubia, de cenicientas clines, de grisosas lanas e indecente trasero que ostenta la desolladura azulosa y rígida de las grandes heridas… Vedlos pululando en torno vuestro, tratando de imitar el lenguaje humano con sus breves ladridos y sus horrendos balbuceos pueriles; mendigando, robando o exigiendo toda cosa; infatigables en la actividad codiciosa de sus largos dedos astutos, de sus engarfiadas uñas y de las rosadas palmas de sus manitas, siempre aptas para convertir los votos depositados en las urnas en billetes depreciados para usura de los humildes, beneficio de los poderosos y cuantiosa comisión de los intermediarios prestimanos.

¡Ved a esta despreciable horda, que pretende asemejarse al hombre, a nuestra condición; la horda que diezma las cosechas logradas con tan largo jadeo y tal angustia; la horda que casca con sus pequeños dientes aguzados y rechinantes el cacahuete del erario; la horda que después del ávido expolio, se diputa a sí misma para ir a chillar y gesticular bajo las cúpulas de los templos y sobre las terrazas de los palacios!

¡Ved a esos grandes monos hediondos a sudor de codicia, a orín de consentido vasallaje, tratando de treparse al árbol genealógico del hombre para triturar en sus más altas ramas, lo mismo que aquí, sobre las escalinatas y entre vosotros, las nueces que les tributa el creyente, y mondar las frutas que el creyente les ofrece!

¡Ved que ni siquiera son la imagen de un dios arbitrario, ni el portentoso híbrido de magia y realidad, ni tampoco los cancilleres de vuestra voluntad incierta, sino apenas la caricatura del ser humano; los ridículos apoderados que lograron de vosotros mismos las cartas credenciales que les abriesen las artesonadas salas del concejo, las yertas curules del congreso, las secretas cámaras episcopales, los tufosos cuartos de banderas para llevar a ellos el yermo testimonio de las promesas incumplidas, los sucios papeles de las componendas clandestinas, la jadeante amenaza de las leyes represivas, el vitriolo de los impuestos y, desde luego, sus propias momias de irrisorios próceres!

Oh, creyentes de baja condición, de voluble memoria y de voluntad incierta, la primera exigencia fiscal en esta audiencia es vuestra desdeñosa ignorancia y el definitivo exilio de esa horda que pretende parecerse al hombre. El fiscal de esta audiencia os pide la proscripción, ahora y para siempre, de esa exigua tribu voraz, capaz de devorar en unas horas la cosecha sembrada, cuidada, saneada y recogida en las cuatro largas estaciones en las cuales levanta, amasa y cuece el hombre su pan escaso.

¡Fuera esa horda gesticulante, mendicante, amenazante, orante, blasfemante, gimiente, demente, que es apenas en sus trances y convulsiones la mueca obscena de la condición humana! ¡No más simios! ¡No más símbolos! ¡Sólo el hombre! ¡Sólo nuestra condición! ¡Acusa! ¡Acusa la audiencia!

Debo también, oh, creyentes, denunciar la estulticia, el abuso y el mito de las vacas sagradas que ambulan torpes y lentas por estas escalinatas. No son aquí, como la novilla alcanzada y penetrada por el dios, criaturas de belleza, vida y amor, sino arilo vacío, matriz estéril, cesta sin fondo de la ignorancia y la miseria, triste trasunto de la condición contradicha a que os han reducido los ubicuos verdugos que nuestra audiencia busca y acusa. Vedlas aquí, sobre las escalinatas, vuestras vacas sagradas, con los cuernos en forma de lira, pintados con el cimilor de los idólatras para disimular la carie interna; con los saltones ojos entelados por la tristeza vergonzante de las cataratas, tejidas en una larga edad de hambre; plisado el cuello, neciamente engalanado con guirnaldas florales; plisado en la ausencia del bolo rumiable; exhibiendo en el lomo la humillación de la erosionada cordillera de los huesos, enjutos los ijares, y bajo el vientre pobre, la inútil ostentación de la ubre con sus cuatro grifos incapaces de ofrecer al hijo del hombre su leche solidaria de gran bestia doméstica, desesperada, acaso, de que ese mismo hombre tema emplear contra ella la cuchilla para su sacrificio redentor de ifigenia bovina.

Vedlas aquí, reducidas a la inutilidad de los vanos mitos, forzadas a ser los graves y ridículos símbolos de ese prolongado y también miope, triste y estéril rezongar de los filósofos, que evadidos de la condición humana, en sus polvorientas bibliotecas y en sus mentes más desveladas, desaladas y desoladas que la misma miseria sacralizada de las bestias, rumiaron y rumian las ideas puras reducidas a heno, los hechos vivos convertidos en paja, la verdad vital trocada en conserva como fruto para la invernada.

Vacas sagradas, filósofos de ayer, hoy y mañana; unas y otros disimulando las razones del hambre con la deglutición de la sosa saliva del ideologismo; eludiendo siempre los hecho ineluctables de la vida, las cosas entrañables del hombre; sólo para disputar los filósofos ante doncellas de anticipada menstruación literaria, ante iracundas jantipas menopáusicas, ante adolescentes de sexo incierto y ante rijosos sofistas, su dudoso derecho a escribir textos tan secos como el heno, tan fútiles como la paja y tan horros de la leche caritativa como vosotras, vacas sagradas, que aquí entre nosotros, sobre las escalinatas y bajo la ostentosa complacencia mecénica de templos y palacios, no lográis ser cosa distinta al agobiante, al agonizante retrato de filósofos engañosos, y usureros mecenas.

¡Más tengo aún por decir! No por oportunamente renegadas por los padres putativos que las bautizaron con el agua del mito y la sal del símbolo, dejan de ser esas novillas y esas vacas la más exacta imagen de las sacras palabras vertidas sobre ellas por los arteros verborreantes....

Todo un rebaño de vacuas ideologías babeando sobre vosotros; toda una manada de mentirosos conceptos vertiendo su estiércol chirle entre vosotros; toda una mugiente impedimenta retrasando vuestra marcha hacia el pan de cada día. ¡No más rumiantes! ¡No más falsarios de la razón! ¡Sólo hombres! ¡Sólo nuestra condición hasta ahora contradicha! ¡ Acusa! ¡Acusa la audiencia!



 

Jorge Zalamea Borda Escritor y diplomático nacido en Bogotá, el 8 de marzo de 1905, muerto el 10 de mayo de 1969. Jorge Zalamea Borda estudió en el Gimnasio Moderno y en la Escuela Militar; después inició estudios en la Escuela de Agronomía, que no concluyó. A los 16 años debutó como crítico teatral en El Espectador, luego comenzó a publicar cuentos y reseñas en la revista Cromos. Hizo parte de las tertulias del grupo Los Nuevos en el café Windsor quienes publicaron entre junio y septiembre de 1925 la revista del mismo nombre, paso importante en el surgimiento de una generación con pretensiones de renovar la literatura y la política nacional. Zalamea era el más joven del grupo, y se le recuerda como un joven seguro de sus intereses, con apariencia soberbia debido a su combatividad y manera directa e inmediata de responder a lo que le parecía injusto; otros de Los Nuevos eran León de Greiff, Germán Arciniegas, Rafael Maya, Luis Vidales y Alberto Lleras.
En 1948 Jorge Zalamea volvió a Bogotá, y dirigió el quincenario Crítica durante tres años; allí publicó el cuento La metamorfosis de su excelencia, que le acarreó la censura del gobierno de Mariano Ospina Pérez a la revista. Tras el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, se dirigió, junto con Gerardo Molina y Diego Montaña Cuéllar, a las desconcertadas multitudes desde la Radio Nacional. Alguien, tal vez un adversario, lo recuerda en los hechos del Bogotazo de la siguiente manera: «Famoso radioamotinado del 9 de abril, locutor que incitó a la matanza, con su voz cavernosa y tremebunda y que se grabó con buril de fuego en la fantasía de quienes estuvimos hasta el amanecer pendientes de la radio, en esa fecha negra de la historia colombiana».
En 1952 Zalamea viajó a la República Popular China, Checoslovaquia, Polonia y la Unión Soviética; como secretario del Consejo Mundial de la Paz, recorrió Europa, Medio Oriente e India. A principios de 1957 escribió en Benarés, a orillas del Ganges (India), la primera parte de El sueño de las escalinatas, cuya versión definitiva apareció en Bogotá en 1964. Este poema intenta restablecer la comunión entre el poeta que declama y su audiencia cercana y viva, el poeta a través del cual habla el mismo pueblo («¡Ácusa, acusa la audiencia!»). El poema es la voz universal (porque es la de todos) que denuncia la miseria impuesta y reclama los derechos usurpados; por eso un poema que sucede en la India, sucede en cualquier parte del mundo. El triunfo de Jorge Zalamea es haber devuelto a la poesía su condición original, la unión mágica con la actualidad vital, reconciliación entre estética y ética. Jorge Zalamea publicó sus memorias en 1963, Infancia y adolescencia de un viejo aprendiz de escritor; en 1965 recibió el premio Casa de las Américas por su ensayo La poesía ignorada y olvidada; en 1967 realizó una antología de poesía vietnamita, y al año siguiente le fue otorgado el Premio Lenin de la Paz. Murió el 10 de mayo de 1969, seis años más tarde se editaron sus poemas inéditos en el volumen Cantos. La obra de Jorge Zalamea combina un refinado dominio del lenguaje con un interés permanente por la cultura popular; trata de alimentarse de ella, pero sobre todo de enriquecerla, de hacerla fortalecerse como pensamiento y expresión de una colectividad. La poesía deviene, así, en acción hacia la justicia [Ver tomo 4, Literatura, pp. 211-212, 244245; y tomo 5, Cultura, pp. 175-176].

GINO LUQUE CAVALLAZZI


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