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Los Derechos Humanos en la Conferencia de Helsinki


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Los Derechos Humanos en la Conferencia de Helsinki

En el espacio de tiempo que transcurre entre la aprobación de las dos Con­venciones mayores que acabamos de estudiar por la Asamblea General en 1966 y su puesta en funcionamiento diez años después tiene lugar un nuevo e impor­tante capítulo en la historia de los Derechos Humanos. Por vía indirecta, es cierto; porque en esta ocasión no entran siguiendo la línea mayor de las decla­raciones o de textos directamente relacionados con ellas sino al socaire de un acontecimiento de política internacional: la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa que tiene lugar en Helsinki en agosto de 1975 y de la que emana un documento -el que a nosotros nos va a interesar- que lleva el nombre un tanto atípico en el vocabulario del derecho internacional de Acta Final de la Conferencia de Helsinki.

Dos son los factores que nos llevan a entender la razón de ser de la Con­ferencia y la importante repercusión que va a tener en la evolución histórica de los Derechos Humanos.

En primer lugar, es una Conferencia que desde su convocatoria hasta su celebración va a estar estrechamente ligada a ese fenómeno de nuestra histo­ria reciente que denominamos Guerra Fría.

En segundo lugar el proceso que guió sus pasos y el resultado final de la misma está relacionado con un dato característico de esa Guerra Fría: una cier­ta inferioridad del bloque comunista dirigido desde la Unión Soviética frente a su rival capitaneado por los Estados Unidos.

Expliquemos cada uno de estos dos puntos.

1) La Conferencia de Helsinki y la Guerra Fría

Las tensiones en el seno de las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial que ya habían conocido sus preliminares con la proclamación de la Doctrina Truman en marzo de 1947 y que habían ido en aumento a lo largo de este año y del siguiente con episodios tan significativos como la implantación por la fuerza de regímenes comunistas en Hungría y Checoslovaquia y el bloqueo de Berlín Occidental de abril de 1948 a mayo de 1949 se acrecienta aún más con el definitivo triunfo de los comunistas en China a finales dei mismo año y cul­mina mediado 1950 cuando el régimen comunista implantado en el norte de Corea, contando con el apoyo de Rusia v China, se dispone a dominar la tota­lidad de la Península. El conflicto de Corea elevará durante tres años (1950­1953) la tensión internacional al máximo grado.

Detengámonos aquí. Se ha abierto ese período original en la historia uni­versal de todos los tiempos, como original es el neologismo que le dio nom­bre: Guerra Fría1.

Una guerra fría era una guerra que llevada a sus últimas consecuencias siem­pre podía ser y nunca sería porque una fuerza superior a los dos adversarios en potencia se imponía a la última resolución de declaración de hostilidades. Y no habría ni Sarajevo ni Dantzig que la doblegase. Era «el gran miedo», como lo llamó por estos años Fhílippe Toynbee2.

En términos concretos, el miedo a la energía nuclear convertible en arma­mento, dotada desde su primera manifestación en la mañana del 6 de agosto de 1945, de una capacidad de destrucción exponencialmente superior a cual­quier arma convencional conocida hasta entonces y que a partir de esa fecha, mes a mes, año tras año, iría multiplicando su potencia. «En diez años, seña­la C. Delrnas, tomando como punto de referencia las primeras bombas lanza­das sobre Hiroshima y Nagasaki, la potencia de destrucción de un solo ingenio explosivo se había multiplicado por 750 y el radio de destrucción había pasa­do de 2 200 metros a 28 kilómetros»3.

Apostar por un conflicto armado suponía contradecir a la guerra en sí en cuanto que ésta busca por su naturaleza misma concluir con un vencedor y un vencido. En este caso, una destrucción general desbordaría las mismas posibi­lidades de existencia de ambos bandos.

Pero esta contención in extremis ante la guerra «caliente» no anulaba la hos­tilidad radical, vamos a decir también el desamor profundo, entre las partes que ha precedido siempre al desencadenamiento de una guerra. Y ese desamor no consumado podía tener vida propia, autoalimentarse con nuevos argu­mentos, prolongarse año eras agito, en principio indefinidamente, al amparo de alianzas militares cada vez más potentes. Es en este sentido como Suzanne Bastide ha definido la Guerra Fría como «Alianzas militares no acompañadas de conflictos declarados»4.

A toro pasado sabemos que la Guerra Fría no ha sido indefinida, aunque sí larga (cincuenta y dos años para ser exactos). Ahora bien, esta extensión en el tiempo daba pie a que dentro de ella cupiesen paréntesis de «distensión», de «coexistencia pacífica», de «átomos para la paz», de «deshielo», de «guerra tibia», términos todos estos que se emplean en estos años.

Pues bien, la primera «distensión, el primer ensayo de «coexistencia pací­fica», fue el que se produjo tras la muerte de Stalin en marzo de 1953; a ella se unió e) armisticio de la Guerra de Corea en julio de ese mismo año y los preliminares para la restauración de la plena soberanía de uno de los países más sensibles por su situación estratégica ., su pasado histórico, Austria.

Y su fruto fue una primera reflexión sobre un hecho anómalo que se había producido en la II Guerra Mundial. Era éste, un conflicto armado que no había conocido un tratado de paz generalizado y más concretamente con su principal protagonista, ya vencido, en Europa, Alemania.

Ello conllevaba que siguiese siendo un asunto pendiente el reconocimien­to de las nuevas fronteras creadas a su término y la fijación, en el marco del derecho internacional, de las partidas y contrapartidas consensuadas a lo largo del conflicto entre los todavía presuntos vencedores, en las distintas conferen­cias que jalonaron sus seis años de duración: Carta del Atlántico (agosto de 1941), conferencias de Casablanca (enero de 1943), Teherán (noviembre de 1943), y de un modo particular las de Yalta y Potsdam, ya en las postrimeras de la guerra, en febrero y julio de 1945.

Parecía claro que si ambos aliados de ayer, hoy convertidos en adversarios habían incumplido tales acuerdos, era la Unión Soviética quien había final­mente conseguido mayores ganancias. El avance de sus ejércitos a partir del invierno de 1942-43 en que iniciaron su gran contraofensiva frente a las tro­pas alemanas, había cubierto un espacio mucho mayor que el que las tropas aliadas pudieron ocupar desde su desembarco en Normandía en junio de 1944. Los amplios territorios de Hungría, Rumania, Bulgaria, Checoslovaquia, Polonia -aquí, el contencioso entre los dos gobiernos de Polonia, el de Varsovia y el de Lublín, se había resuelto a su favor- resultaron ser no sólo zona de influencia cono se había estipulado en Yalta y Potsdam, sino países someti­dos a su entero control político y económico. Había bastado traducir al len­guaje e idearla comunista la voluntad democrática del pueblo exigida en tales acuerdos.

Quedaba el problema de la misma Alemania y de Berlín, divididos en dos zonas desde los primeros meses de 1948. Era la consecuencia de la iniciativa tomada unilateralmente por los aliados occidentales de contravenir el régimen cuatripartito estipulado en el armisticio, unificando las tres zonas de Inglate­rra, Estados Unidos y Francia en tema tan vital como el de la moneda. Sería el primer paso hacia la creación en el otoño de 1949 de un Estado indepen­diente, la República Federal Alemana. Tras un primer movimiento de reac­ción, el bloqueo de Berlín, la Unión Soviética aceptó el reto. Los occidentales le brindaban la posibilidad de crear ellos a su vez, sin pasar de nuevo por el método de elecciones libres, una nueva formación política, la República Democrática Alemana con su capitalidad en la zona de Berlín sujeta a su con­trol. Había nacido en el viejo continente un glacis de grandes dimensiones v perfecta unidad interna formado por los siete países del centro y este de Europa obedientes según el modelo del Centralismo Democrático a la auto­ridad superior de Moscú. Sus energías latentes, su capacidad de acción polí­tica y económica se sobreponían materialmente al pequeño rincón del occidente Europeo, término que nace también ahora como expresión de la realidad que aceramos de señalar.

Tal situación regida por la política de hechos consumados necesitaba una convalidación en el ámbito del derecho internacional. Una conferencia que reuniese a las partes interesad s peala subsanar este vacío diplomático y con ello desactivar no pocos de los mutuos agravios que alimentaban esa Guerra Fría. Esa sería la Conferencia de Helsinki. Y la Unión Soviética era la primera interesada en convocarla.

2) Una cierta inferioridad del bloque comunista

Porque hubo además un segundo factor que la propició. Y fue el que como decíamos más claramente marcó su proceso interno de preparación y en defi­nitiva sus resultados.

Pasados los primeros años de posguerra, un análisis paralelo de los dos aliados de ayer hoy enfrentados sin concesiones daba corno balance un déficit claro s,-además creciente del liderado por la Unión Soviética. Es cierto que geo­gráficamente esta última poseía un territorio mucho más extenso; que en el piano militar tenía a su favor la presencia de su ejército de guerra intacto -unas ciento cincuenta divisiones- que continuaba desplegado sobre el este y el centro de Europa; mientras que los Estados Unidos se habían apresurado a licenciar el grueso de sus efectivos militares. Pero fueron siempre a la zaga en el renglón más importante del poderío militar: el armamento atómico. Hasta 1949 no consiguieron desarrollar una bomba atómica y sólo tres años después de que los Estados Unidos hicieran estallar en 1952 su primera bomba ter­monuclear alcanzaría la Unión Soviética ponerse nuevamente en línea en poten­cial atómico5.

Económica y políticamente también Occidente llevaba la delantera: en unio de 1947 se había puesto en marcha el Plan Marshall que daba pie a la reconstrucción de Europa Occidental. La Europa Oriental. por imperativo de la Unión Soviética, hubo de atenerse a las consecuencias de no participar en aquel riego de 15’000,000,000 de dólares ofrecidos desde los Estados Unidos que hubieran podido significar el motor de su recuperación económica, bajo el signo de una economía capitalista, es cierto. Esto no era admisible.

Siguieron luego los primeros resultados del viejo proyecto de unidad euro­pea: el Consejo de Europa en 1949; la CECA en 1952; más tarde en plena euforia de recuperación económica el Mercado Común en 1958, que en 1973 iniciaría la política de ampliación de nuevos socios que llega hasta nuestros días. La doble réplica de la Kominform en el campo político y del COMFCON en el económica, no conocieron un éxito igual. Fa!¡¿) en aquélla la adhesión esperada de los dos grandes partidos comunistas de la Europa Occidental, el francés y el italiana: pronto sufrió además en su seno la disidencia yugoslava. 1 n 1956 se optaría por su disolución.

Pecó el segundo, admitidos sus indudables éxitos, tales como las grandes líneas de energía que recorrían el vasto espacio del COMECON europeo, de rigi­dez: cada país había de atenerse a la especialización en una determinada rama de la producción. Así Rumania destinada a ser el suministrador de petróleo y de productos agrícolas se vería obligada a renunciar a una política de indus­trialización. Tuvo también el defecto de la heterogeneidad y dispersión de sus miembros: a los consabidos países satélites del centro v este de Europa se uni­rían Mongolia en 1962, Cuba diez años después y finalmente Vietnam en 1978.

Aún nos queda un breve apunte sobre el desequilibrio social. Esa división de Europa a partir de 1947 en dos bloques separados por una rígida frontera, la que desde Occidente se denominaba telón de acero fy no era una pura metá­fora), había ido generando a lo largo de los años sendas sociedades claramen­te diferenciadas entre sí: una estructurada democráticamente y otra sujeta a la doctrina leninista de la primera Fase de la Revolución, la del aludido Centra­lismo Democrático dirigido desde Moscú.

Ello significaba 3 que mientras en Occidente las tensiones sociales se resolvían en el seno de su mismo régimen de libertades, en los países comunistas estaban Condenadas a saltar de firma brusca e incompatible con el esquema político vigente: de ahí las protestas de los obreros de Berlín en 1951; los 50.000 obre­ros de Poznam en Polonia reclamando en junio de 1955 la retirada de las tro­pas soviéticas y una mejora de las condiciones de vida; el levantamiento de la población de Budapest en 1956 y en la misma Unión Soviética; el movimiento «Samizdar» (etimológicamente, «publicaciones por cuenta propia»). Databa su origen de los años inmediatos a la muerte de Stalin y consistía en una red de información clandestina destinada a alimentar la resistencia (le una minoría de la población compuesta sobre todo de intelectuales y profesionales.

Tal situación hubiera podido sostenerse si la política de incomunicación impuesta desde el bloque comunista hubiera dado resultados. Pero no se pudie­ron evitar los efectos de esa ósmosis natural que ha funcionado en todas las épocas entre las personas y grupos sociales con independencia de las fronteras políticas; a ella se añadía en el espacio de tiempo que nos ocupa la acción de los nuevos medios de comunicación desconocedores por su naturaleza de fronte­ras: la radio y, a partir de los años cincuenta, la televisión. Ellos transmitían día tras día la imagen, digamos mejor, el señuelo de un mundo libre y prós­pero, que suscitaba la envidia del ciudadano de los países del Este. Así se ini­ció ese trasvase de población desde el espacio comunista hacia el occidente europeo regido por la economía capitalista.

Cuando el flujo se transformó en una auténtica sangría demográfica -3 000 000 se contabilizaban en el verano de 1961- se recurrió al recurso límite de levantar un muro de cemento entre los dos sectores de Berlín, la ciu­dad que sintetizaba esa división entre los dos modelos de sociedad y en la que por su naturaleza urbana no cabra el sistema de zonas de alambradas y perros adiestrados de las fronteras en campo abierto.

Nos liemos detenido en esta exposición, porque desde ella se entiende que si la Guerra Fría pedía una conferencia entre los dos bloques y que ya desde su primer plantean tinto fuera -,a Unión Soviética la más interesada en que tuviera lugar, este interés por su celebración, tras los puntos que acabamos de señalar, fuera aún mayor. Y a su vez se comprende que dirigiera su invitación al conjunto de países del continente europeo, no específicamente al bloque rival, con el que en tantos aspectos no podría competir. Como diría en su momento el ministro de Asuntos Exteriores Soviéticos Molotov, se trataba de «construir una cooperación pacífica paneuropea, como fórmula de relevo a un mercado común belicista»6.

Veámoslo: en enero de 1954 el citado Molotov lanza desde Moscú un pri­mer mensaje de que era preciso crear en Europa Las condiciones de una segu­ridad colectiva. Occidente no respondió a la llamada.

Un año después, en julio de 1955, la delegación soviética en la Conferen­cia de jefes de Gobierno de Ginebra presentó nuevamente un proyecto lla­mado de Solidaridad Colectiva. Dos años después, en octubre de 1957, es el ministro de Asuntos Exteriores polaco Adam Rapacki quien desde la alta tri­buna de las Naciones Unidas propone crear una zona desmilitarizada en el centro de Europa. Entrada la década de los sesenta se produce un cambio de estrategia, meramente Formal, es cierto. No será la misma Unión Soviética o algún representante directo suyo sino el órgano colegiado del Pacto de Varso­via quien haga llegar a Occidente el mismo mensaje; así sucedió con su reu­nión en Bucarest en 1966 y en la de Budapest en 1967.

Pero el bloque occidental seguía sin reaccionar. Era mucho lo que se le pedía y en caso de conflicto, no deseado por nadie, él se encontraba en situa­ción de ventaja.

3) Occidente acepta la propuesta. El arma de los Derechos Humanos

Es difícil fijar la fecha en la que los Estados Unidos y sus aliados comienzan a mostrarse receptivos a las insistentes peticiones soviéticas. Se ha podido resal­tar el papel jugado por el ministro de Asuntos Exteriores Británico en el Gabi­nete Socialista de Wilson que entra a gobernar en Inglaterra en 1964, George Brown. Pero más importante y claro resulta entender el razonamiento que con­dujo a su conversión de destinatario displicente en interlocutor dispuesto a llegar a una posición de compromiso.

Occidente hubo de comprender tarde o temprano que tenía en sus manos una, un arma diríamos siempre en términos de guerra, capaz de contrarrestar cualquier superioridad que pudiera derivarse de las concesiones implícitamen­te buscadas por el bando rival.

Esta era el desarrollo de los Derechos Humanos, concretamente los civiles y políticos que estaban en la base de la prosperidad económica y de la estabilidad política de esa sociedad de la Europa Occidental envidiada por tantos ciu­dadanos del bloque comunista.

La Unión Soviética y sus aliados no eran ajenos a ellos. Habían colaborado en la redacción tanto de la Declaración como de las dos convenciones; y si bien se habían abstenido en la aprobación de la primera, habían formado parte del voto unánime en favor de las segundas.

Estos Derechos Humanos, reafirmados, explicitados de acuerdo con los pro­blemas concretos del momento, urgidos mediante mecanismos oportunos, podí­an significar un caballo de Troya introducido dentro del bloque rival; podían alimentar esos movimientos de resistencia que reseñamos más arriba y que en el transcurso de los años no habían hecho sino aumentar.

Efectivamente, si el gran signo de descontento de los años cincuenta había sido el levantamiento de Budapest, el de los años sesenta sería el de Praga de 1968. El Sarnizdat se había extendido desde Moscú y Leningrado a la mayor parte de ciudades importantes de la Unión y sobre todo había captado a figu­ras relevantes de la vida científica y literaria. Ellas daban al movimiento una nueva proyección internacional en la que encontraba un importante soporte. A mediados de los años sesenta los nombres de Alexander Solzhenitsin y de Andréi Sajárov comenzaban a significar una pesadilla para las autoridades del Kremlin. El primero, ya consagrado con su Un día en la vida de Ivan Denosovich vio cómo en 1964 se le vetaba la publicación de una pequeña colección de bre­ves narraciones en editoriales públicas; su solución fue acudir a su difusión clan­destina en el Sarnizdat. El siguiente paso sería editar fuera de la URSS en 1968 una de sus obras principales El primer círculo paso previo para el máximo galardón del premio Nobel de Literatura que recibiría en 1970. Parecida trayecto­ria fue la seguida por Andréi Sajárov Primera figura de la investigación nuclear fue condenado al ostracismo. En Estados Unidos se publicaría en 1968 su obra Progreso, coexistencia y libertad de pensamiento. Su nombre, envuelto en la aure­ola de un disidente, daría la vuelta al mundo al recibir el premio Nobel de Físi­ca en 1975.

Tal fue el planteamiento básico que condujo a la Conferencia de Helsinki.

Sólo faltaba encontrar el lugar y el momento favorables para su convocato­ria. Finlandia con su estatuto de semineutralidad, su proximidad geográfica a la Unión Soviética, pareció el sitio adecuado. Y el momento oportuno quedó a su vez servido por uno de esos espacios de distensión que corno dijimos jalo­nan la Guerra Fría, aquel que se extiende de 1970 a 1979.

Efectivamente, en abril de 1.969 los socialistas alemanes consiguen por fin reu­nir el suficiente número de votos para, coaligados con los liberales, dirigir la política de la República Federal Alemana.

Traen en su programa una política (la Ostpolitik) de apertura hacia los países del Este que contrasta con la más rígida mantenida durante los veinte años de gobierno democristiano. Para entonces se han comenzado a sentir los efectos en -es Estados Unidos de la natural_ deflación que acostumbraba ya a seguir a cada clímax de tensión en la Guerra Fría. En este caso la crisis de los misiles de Octubre de 1962; L. Johnson, que sucede a J.F. Kennedv tras su asesinato en noviembre de 1963, pone en marcha una serie de medidas - algunas de carácter más simbólico como el «teléfono rojo», otras de mayor alcance político como el inicio de conversaciones sobre la limitación de arma­mento- que tras múltiples negociaciones y encuentros de alto nivel condu­cirían ya bajo las administraciones de R. Nixon y J. Carter a los dos tratados sobre limitación estratégica de armas nucleares (SALT 1 y SALT II) ratificados en 1972 y 19797.

Precisamente, a punto de finalizar este último año la invasión de Afganis­tán por las tropas soviéticas, romperá este paréntesis y la Guerra Fría volverá a recrudecerse. Pero ya nos salimos del marco cronológico en que nos movemos en el presente capítulo. Porque lo que nos importa es que dentro de ese segun­do período de distensión, se producen los preparativos y la firma del Acta Final de Helsinki.

4) El desarrollo de la Conferencia

No fue con todo fácil llegar a este resultado final.

Se necesitó partir de una primera ronda de reuniones a nivel de embaja­dores de los 35 países convocados -los 33 del continente europeo, a excepción de Albania que por sus connivencias con China no aceptó la invitación, más los Estados Unidos y Canadá- que a partir de julio de 1972 se dedicaron a des­brozar temas de simple procedimiento, aunque nada accidentales y a preparar un primer borrador del documento final8.

Concretamente se fijó el orden en que se colocarían en la mesa de confe­rencias: se seguiría el orden alfabético en francés; de esta manera se evitaba que los Estados Unidos quedasen colocados entre la Unión Soviética y Yugoslavia. También determinaron los idiomas que se usarían: el número y variedad lin­guística de los representantes obligaba a romper con las normas en uso en la diplomacia; serían seis: inglés, francés, alemán, español, italiano y ruso. Y algo más novedoso: se acordó que a las resoluciones últimas se llegaría por consen­so. Era la primera vez que se utilizaría por principio este procedimiento en un foro internacional y ya por este dato la Conferencia de Helsinki merecería pasar a la historia.

Más complicado les resultó a los embajadores de los 35 países poner a punto un primer borrador capaz de servir de texto base de las discusiones. Un docu­mento de 27 páginas titulado Recomendaciones Finales para la Consulta de Hel­sinki, preparado por una comisión de redacción creada ad hoc estuvo lejos de conseguir el consenso.

Porque habla llegado el momento en primer lugar de que la Conferencia mostrase su verdadera cara. Aquel proyecto generalizador de una conferencia en la que cupiesen todos, sin bloques, no respondía a la realidad. Las reuniones se convirtieron en un duelo particular entre las dos concepciones de la econo­mía, de la política y de la sociedad en la que las países comunistas tenían la ventaja de su total unanimidad, mientras que las democracias occidentales demostraban el lado oscuro, digamos mejor, menos operativo a corto plazo del ejercicio de su libertad.

Mientras que Francia recelaba del excesivo protagonismo de los Estados Unidos, Inglaterra vivía sus horas de espera para entrar en la unidad europea, y la RFA no perdía la ocasión de reivindicar la unidad de las dos Alemanias. Al margen quedaban en muchos momentos los países independientes (caso de España), no alineados (Yugoslavia), los neutrales en diverso grado (Suiza, Aus­tria, la misma Finlandia).

Estos últimos fueron los principales promotores de que la Conferencia tuviese una continuidad y dado que varios de ellos pertenecían al área Medi­terránea, de ellos salió la idea de que había que propiciar una seguridad para el Mediterráneo, propuesta que recogida en el Acta Final sería el germen de las sucesivas conferencias sobre la seguridad en el Mediterráneo, en curso en nues­tros días.

Pero ni las divergencias entre los países democráticos ni la relativa margi­nación de los independientes-no alienados-neutrales, impidieron que unieran sus voces para hacerse fuertes en el objetivo de fijar el alto precio que el bloque soviético había de pagar por las indudables ventajas que el acuerdo les iba a reportar y éste no había de ser otro que un reconocimiento de los derechos civiles y políticos formulados en términos de principios y sobre todo de apli­caciones concretas en los más diversos campos de la actividad humana. La Unión Soviética y los representantes del Pacto de Varsovia veían los riesgos que entrañaba ese modelo de «sociedad abierta» que representaba la suma de liber­tades pedidas por Occidente.

De ahí que intentaran hacerse fuertes en el artículo 2.7 de la Carta de las Naciones Unidas que impedía cualquier interferencia en los asuntos internos de los estados. Ellos abogaban por un texto que fuera directamente a dar estruc­tura jurídica a los acuerdos de Yalta y Postdam más un anejo de carácter ente­ramente técnico para fijar los límites concretos de las nuevas fronteras.

Fijémonos en un dato importante. Desde las primeras negociaciones que conducirán al Acta de Helsinki se va a hablar de Derechos Humanos en tér­minos de derechos civiles y políticos. Los derechos económicos, sociales y culturales quedarán al margen. Se iba derecho al objetivo perseguido desde la perspectiva de Occidente.

Las conversaciones a nivel de embajadores resultaban cada vez más difíci­les y estaban próximas a la ruptura.

Era preciso un relevo, elevar la responsabilidad de las Recomendaciones fina­les para la Consulta de Helsinki a un nivel más alto, el de los ministros de Asun­tos Exteriores.

Estos iniciaron sus reuniones en Ginebra en julio de 1973 y necesitaron dos años para lograr consensuar el te-no final que en una tercera fase de la Con­ferencia ya de carácter prácticamente protocolario pusieron en manos de los jefes de Gobierno o Estado según los casos de los 35 países en los últimos días de julio de 1975 nuevamente reunidos en la capital finlandesa.

Aunque una última dificultad les asaltó cuando creyeron que habían terminado su obra. ¿Qué nombre extraído del vocabulario del derecho interna­cional se daría al documento? ¿Tratado? ¿Convención? Se buscó uno nuevo y menos comprometido: Acta Final; no más. De este modo, evitaban el control parlamentario de los países firmantes, concretamente de los Estados Unidos y Canadá, aquel siempre renuente por principios constitucionales, éste por difi­cultades inherentes a su sistema federal. Tampoco sería necesario supeditarlo a la información cuando menos del Consejo de Seguridad, de acuerdo con el artículo 54 de la Carta.

5) Los Derechos Humanos en el Acta Final de Helsinki

La Conferencia de Helsinki tuvo un largo eco en la opinión internacional. No exa­geraba la revista Time al decir «The largest meeting of Europe since the Viena Congress». Era cierto. Nunca desde aquella fecha se había logrado reunir en tomo a una misma mesa a tantos jefes de Estado europeos dispuestos ahora como entonces a poner en pie un nuevo orden basado en la paz.

Al Acta de Helsinki se la concibió dividida en cinco grandes apartados, cinco baskets (nosotros obligadamente diremos cestas), como se dijo desde el primer momen­to y así ha pervivido en la bibliografía posterior.

1) «Cuestiones relativas a la seguridad europea», que contiene principios gene­rales y el tema de las fronteras entre los Estados.

2) «Cooperación en materia de economía, ciencia y tecnología y medio ambien­te».

3) «Cooperación en el campo humanitario y en otros campos».

4) «Cooperación e intercambios en materia de cultura». 5) «Continuidad de la Conferencia»9.

A los Derechos Humanos les correspondieron tres espacios propios: el séptimo y octavo punto de los diez que constituían la primera cesta, el último apartado de la segunda y toda la tercera cesta.

Hagamos un recorrido, aunque sea breve, sobre cada uno de ellos.

El séptimo punto de la primera cesta se titulaba sin ambages «Respeto de los Derechos Humanos y de las libertades fundamentales incluida la libertad de pensamiento, conciencia, religión o creencia».

Y a continuación seguía un enunciado en el que se recogían con toda cla­ridad y espíritu de compromiso para los firmantes del Acta, todo ese caudal de ideas y formulaciones sobre los Derechos Humanos que ya conocemos y que incluso se nos antojarían repetitivos sino fuera porque dada la solemni­dad del documento merecían contar con un espacio propio.

Así, aquello de que «los estados participantes respetarán los derechos y liber­tades fundamentales de todos incluyendo la libertad de pensamiento, con­ciencia... sin distinción por motivos de raza, sexo, idioma, religión», con que se inicia el citado punto séptimo. Y seguidamente: «Promoverán y fomenta­rán el ejercicio efectivo de los derechos y libertades civiles, políticos, sociales y culturales... todos los cuales derivan de la dignidad inherente a la persona humana y son esenciales para su libre y pleno desarrollo».

Menos trillado, aunque no enteramente nuevo podía parecer el punto octa­vo de esa primera cesta; en él se proclamaba el derecho a la autodetermina­ción. Había estado ausente y por las razones que dijimos de la Declaración Universal, pero se le había incluido y además por partida doble en las con­venciones de 1966.

En esta ocasión volverán a trazarse los dos rieles sobre los que deberá desen­volverse esta autodeterminación, el de la «determinación de su condición polí­tica» y el de « la libertad para seguir su propio desarrollo... económico, social y cultural». Pero se introducirá un matiz nuevo que no aparecía en las citadas convenciones, en el fondo de carácter restrictivo, matiz importante y que ya no se perderá en textos posteriores hasta nuestros días: el de que ese derecho a la autodeterminación habrá de tener en cuenta «las normas pertinentes del derecho internacional incluyendo las que se refieren a la integridad territorial de los estados»10.

Vengamos a la presencia de los Derechos Humanos en la segunda cesta, en la que se refiere al medio ambiente.

Aquella presencia del medio ambiente como parte integrante de los Dere­chos Humanos que calificábamos de embrional en la Convención de Dere­chos Económicos, Sociales y Culturales, va adquirir en este Acta Final de Helsinki un desarrollo mucho mayor. Signo de los tiempos.

Porque es preciso recordar cómo en 1970 el recién creado Club de Roma se había propuesto elaborar un llamado «Proyecto sobre la condición huma­na». El Massachusetts Institute of Technology, con su reconocido prestigio inter­nacional fue el encargado de redactar el capítulo económico. Dos años después fue dado a conocer su resultado; llevaba el título de «Los limites del creci­miento».

Era un texto en el que por vez primera se afrontaban los graves problemas que una industrialización avanzada y sin control y una demografía inconteni­da en las áreas más pobres del planeta podía acarrear para la subsistencia misma de la humanidad. incluso se situaba el año 2100 como fecha tope de esta fuga hacia adelante con final de holocausto.

Era preciso reaccionar. En 1972 las Naciones Unidas convocan en Esto­colmo una Conferencia sobre el medio humano. A ella asistieron represen­tantes de 113 países que suscribieron una Declaración sobre el medio humano, «intento de Carta Magna de nuestro siglo sobre ecología y desarrollo»11.

Términos como ecología, rescatado del vocabulario biológico de finales del siglo XIX, medio ambiente, comenzaron a entrar en nuestro lenguaje de la vida diaria y sobre todo marcaron el comienzo de una nueva actitud en las relacio­nes de la persona humana con su entorno: en términos de Derechos Huma­nos, se trataba de salvar el derecho a la vida, a la seguridad, al bienestar.

La Conferencia de Helsinki recogió esta onda. Las cinco páginas que su Acta Final dedica al final de la segunda ,cesta» al medio ambiente suponen un primer minitratado de este tema que de esta manera y a partir de esta fecha quedará ya integrado en el caudal de los Derechos Humanos.

En efecto, tras fijar los tres objetivos mayores de una política global de medio ambiente: estudio de su problemática desde una perspectiva interdis­ciplinar, intercambio de información entre los distintos países y armonización entre los mismos de los proyectos que se lleven a cabo, se baja al campo de lo concreto enumerando las seis líneas de actuación que todavía hoy resultan ple­namente vigentes: contaminación atmosférica, particularmente en los grandes núcleos urbanos; recursos hidráulicos; contaminación de los mares; erosión de los suelos; protección de las especies y recalentamiento de la biosfera.

Finalmente, la tercera «cesta». En ella los Derechos Humanos van a ser tra­tados con especial amplitud y sentido de la eficacia_ Amplitud primero; porque de las sesenta páginas de que consta el Acta Final, van a ocupar veinte. Pero también sentido de la eficacia. Los países occidentales la concibieron como el contrapunto de aquel punto séptimo de la primera «cesta». Si allí dejaron correr la mente con frases generales sobre los Derechos Humanos era porque se reser­vaban el momento de hacerlos encarnarse en un elenco de propuestas concre­tas, tan concretas que a veces parecen caer en la trivialidad de la vida cotidiana. El representante de Gran Bretaña en la fase preparatoria lo dijo con frase acer­tada: «La primera cesta quedaría vacía si no se llenaba con los huevos de la ter­cera».

Porque allí se nos dice que los visados de los familiares que hayan de visi­tar a los miembros del otro bloque se concedan con facilidad y que sus tarifas no sean aíras; que se facilite la reunificación de las familias que lo deseen y que en tal caso se les permita trasladar su mobiliario, que «se examinen con ánimo favorable las solicitudes de entrada y salida de las personas», que se fomente entre los países firmantes « el turismo que contribuye a un conocimiento más pleno de la vida, la cultura y la historia de otros países», que se promocionen las competiciones deportivas, que se intercambien las películas de cine y los programas de radio y televisión, que se dé facilidad de movimientos a los Infor­madores de prensa...

6) Las consecuencias de Helsinki

Resultó difícil en un primer momento valorar la trascendencia de la Confe­rencia. Brezhnev dijo a su vuelta a Moscú: «Todos hemos salido vencedores». En Occidente se la criticó. Se había negociado con dos realidades heterogéne­as. Se decía que Occidente había cedido demasiado; que había vendido terri­torios enteros de Europa por un plato de lentejas.

Sin embargo hoy nos inclinamos a pensar con la perspectiva que nos dan los años transcurridos que el gran perdedor, o el gran vencedor según desde el ángulo del que se mire, fue la Unión Soviética y los regímenes comunistas del centro y este de Europa.

Porque en primer lugar, como nota S. Bastid, «La tolerancia entre los estados estaba destinada a producir una tolerancia dentro de los estados»12.

Abatidas las fronteras humanas poco importaban ya las geográficas, políticas e ideológicas. La mutua comunicación tan expresamente desarrollada en la tercera «cesta >, niveló las dos Europas en favor de (a que representaba valores más natu­rales, más espontáneamente arraigados en el ser humano, los de la libertad en todos sus ámbitos.

Pero sucedía además que esta bocanada de libertades que llegaba de Occiden­te no caía sobre un suelo desértico. Hizo florecer con ímpetu nuevo aquellos movi­mientos contestatarios de los países comunistas que hemos venido siguiendo en páginas anteriores.

A partir de Helsinki esos grupos minoritarios se sintieron más fuertes. Ahora podían apoyar sus reivindicaciones en los textos allí consensuados.

Así fue cómo inmediatamente después de la Conferencia se creó en la Unión Soviética la «Helsinki Watch» una asociación derivada del ya histórico Samidzat cuyo objetivo fue controlar todos los movimientos de la política interior de la Unión y con ellos redactar informes que se difundían con mayor o menor clandestinidad en el interior y de los que se daba también conocimiento a los otros 34 miembros signatarios del Acta Final.

Y el ejemplo cundió bajo distintas formas en los otros países del Pacto de Var­sovia. En enero de 1977, doscientos cincuenta intelectuales checos firmaban un breve documento, la llamada Carta del 77, que ponía en evidencia los múltiples incumplimientos de los compromisos adquiridos por su primer mandatario, Gusrav Husak, firmante del Acta de Helsinki. Sus signatarios, fueron perseguidos sin sangre, mediante el ostracismo; pero resistieron en su contestación. De ellos saldría el Foro Cívico, embrión del partido político que en 1990 sería el brazo ejecutor de la transición de la República Checoslovaca a un régimen democrático.

De Checoslovaquia a Polonia. Las dificultades económicas derivadas de la crisis mundial de 1973 volvieron a remover el viejo sentimiento antisoviético. Viro en su ayuda el primer papa polaco de la historia de la Iglesia católica, Karol Wojtyla. Antes de un año de su elección, en Junio de 1979, había ya rea­lizado una visita triunfal a su patria. En sus 32 alocuciones, pronunciadas en ocasiones ante más de un millón de personas, era difícil distinguir el mensaje religioso de los ataques vertidos contra el régimen comunista, o cuando menos así interpretados por sus oyentes. Un trabajador electricista en los astilleros de Gdansk, Lech Walesa sería el puente de un¡¿ n de ambos sentimientos. El 14 de agosto de 1980 convocaría la primera de una serie de huelgas que desembo­carían en el sindicato Solidarnosc, que a su vez sería el gran aglutinador de la oposición al régimen.

Moscú hubo de acudir al recurso de una dictadura redoblada en la perso­na de un militar, el general Wojciech Jaruzelski, el mismo que tras una serie de vicisitudes que señalaremos más tarde devolvería el poder político y con el las libertades al pueblo polaco en 1990.

No es preciso que sigamos con un análisis particularizado. Podemos concluir con Erika Schlager: «La CSCE ha constituido en sus quince años de vigencia el principal foro en el que las prácticas de los Derechos Humanos en los paí­ses del Este han sido sometidos a escrutinio»13.

7) La continuidad de Helsinki: Belgrado, Madrid, Vena

Aún nos queda un paso que dar. La Conferencia de Helsinki, como tal con­ferencia, más allá de los efectos inducidos que acabamos de exponer no ter­minó el 1 de agosto de 1975. Tenía que llegarle su hora a aquella quinta cesta que llevaba el título de «Continuidad de la Conferencia» y que en gran parte se debió, como dijimos, a la iniciativa de los neutrales e independientes, meros espectadores en muchas horas de debate del duelo particular entre los miem­bros de los dos bloques.

En ella se señalaba expresamente que «los estados participantes están resuel­tos a continuar el proceso multilateral iniciado por la Conferencia».

Tres conferencias mayores, las de Belgrado (diciembre de 1977-marzo de 1978), Madrid (noviembre de 1980-septiembre de 1983 y Viena (noviembre de 1986-enero de 1989) cumplirán el objetivo de que la Conferencia de Hel­sinki no fuera «una foto fija» por usar una expresión periodística de aquellos años, sino el hilo conductor de un proceso continuado en favor de los Derechos Humanos.

Es cierto que la Conferencia de Belgrado fue muy poco positiva Tal vez se forzó demasiado la máquina en el terna de los Derechos Humanos. En las elecciones de noviembre de 1976 se había producido un relevo en la rotación de partidos de los Estados Unidos. El nuevo titular no sólo pertenecía al partido demócrata, tradicionalmente más ligado a la causa de los Derechos Humanos, sino que era un hombre personalmente comprometido en su cumplimiento. Jimmy Carter, a juicio de sus colaboradores, concibió su presidencia como una cruzada en favor de los Derechos Humanos''14.

Y el papel hegemónico de su país en la política mundial se dejó sentir en la orientación de la Conferencia.

De ella salió tan sólo un brevísimo documento de cuatro páginas tan escueto como pobre en contenido. En él se valoraba «el intercambio de opiniones» en el supuesto de que «las opiniones son distintas». Lo único que se salvaba era la voluntad de seguir negociando15.

De mayor alcance fue la Conferencia de ¡Madrid. Eran con todo, tiem­pos difíciles. Porque entre 1979 y 1983, espacio de tiempo en el que va a tener lugar, se producen dos hechos que vuelven a elevar la tensión de la Guerra Fría a un grado mayor. Sería su última remontada. Nos referimos a la invasión de Afganistán por las tropas soviéticas en los últimos días de 1979 seguida del boicot a los juegos olímpicos de Moscú en el verano de 1980 y al decreto de Ley Marcial impuesto en Polonia por el general Jaru­zelski en diciembre de 1981, calificada en los medios internacionales como una «auto invasión» por paree de la Unión Soviética y que se prolongaría hasta julio de 1983.

Pero Madrid logró superar estas dificultades dejando correr los días y los meses, acudiendo incluso a unas vacaciones entre febrero y octubre de 1982 que relajasen la tensión y derivando en ocasiones el orden del día hacia temas nuevos, unas veces de interés en sí universal como el terroris­mo, pasado por alto en Helsinki, que se había agudizado en los últimos años, otras de carácter marginal como la seguridad del Mediterráneo.

Cuando en julio de 1983 tras conseguir consensuar un documento que como dice J. Fuentes, «reflejaba de modo optimista un momento político poco favorable» entregó su testigo a Viena, ya la atmósfera política inter­nacional iba pronto a iniciar una nueva y definitiva distensión16.

Un 10 de noviembre de 1982 había muerto Leónidas Brezhnev. El fin de una era, de una «Doctrina», también el ocaso de una generación de polí­ticos pertenecientes a la vieja guardia, gastados en sus ideas y en su orga­nismo, con sus nombres propios: Yurí Andropov (noviembre de 1982-febrero de 1984) y Konstantin Chernenko (febrero de 1984-marzo de 1985).

Un ruso de 54 años, Mijail Gorbachov, el secretario más joven del Par­tido Comunista Soviético después de Stalin, se configuró apenas asumió el poder como el hombre nuevo destinado a cambiar los destinos de su país y del mundo. No había pasado un año cuando puso en circulación dos palabras, Glasnost (transparencia) y Perestroika (nueva estructura), que encerraban las dos consignas revolucionarías del nuevo gobierno: una mayor libertad de infor­mación.- y un nuevo modelo económico del que formarían parte la libertad de comercio y un margen más amplio de propiedad privada.

Tal fue el contexto histórico en el que se abrió la Conferencia de Viena en noviembre de 1986. Ya en su primera sesión el nuevo ministro de Asuntos Exteriores, Edward Shevardnadze, que había sustituido a Andrey Gromiko -otro político de la vieja guardia cuya desaparición de la escena política mar­caba la ruptura con el ayer- sorprendió a los miembros de la Conferencia cuando propuso que en 1990 se celebrara en Moscú «una conferencia repre­sentativa de los estados participantes en la CSCE para examinar todo el con­junto de sus problemas, incluidos los contactos humanos, la información, la cultura y la educación»17.

La propuesta cayó como una bomba. Desde Occidente fue acogida con reserva; podía tener dos lecturas: podía marcar el encuentro entre los Dere­chos Humanos y el nuevo curso político emprendido por Gorbachov y podía ser una simple maniobra de propaganda para convertir en su día a Moscú en la plataforma mundial de unos Derechos Humanos entendidos de acuerdo con la interpretación comunista de los mismos.

Pero el curso de las reuniones de Viena favoreció la primera interpreta­ción. La evolución de la vida política tanto en la Unión Soviética como en el resto de los países del Pacto de Varsovia durante los dos años largos que duró la Conferencia daban a entender claramente que el movimiento hacia una liberalización del régimen comunista era irreversible y que cada uno de sus pasos sintonizaba con el espíritu y la letra de los acuerdos tomados en Hel­sinki. Así, la resolución de la Conferencia del Partido Comunista Soviético que Gorbachov convocó en junio de 1988 por la que se sustituía al Soviet Supremo por un Congreso de los Diputados del pueblo elegidos democráti­camente. Celebradas en marzo de 1989 serían las primeras elecciones libres en la URSS desde 1917.

Por lo demás, dos invitados de excepción, Yuri Orlov y Vladimir Bukovs­ki, los fundadores del «Helsinki Watch» y hasta hacía muy poco tiempo sometidos a prisión podían ser el signo externo de la voluntad de cambio de las nuevas autoridades soviéticas. Ellos hablaban con su sola presencia de un ayer y de un mañana en la política de Derechos Humanos del bloque comu­nista.

En enero de 1989, fecha en la que se clausura la Conferencia, nadie pre­veía los acontecimientos del próximo mes de noviembre. Pero cuando estos sucedieron se comprendió que estaban en la línea de los acuerdos de Helsin­ki y de las conferencias de Belgrado-Madrid-Viena, insertas en cada momen­to en la evolución de la política internacional, tal como la hemos descrito en el presente capítulo18.




1 Para el origen del término Guerra Fría y el vocabulario político que generó en torno a ella, Este-Oeste, Occidente-Oriente, con su nuevo significado y que nosotros hemos de utilizar seguidamente, véase el análisis que hace BERGERON, G. La Guerre Froide inachevée, p. 1-3.

2 TOYNBEE, Ph. A fearful Choice, p.9 y s.

3 DELMAS, C. Histoire politique de la bomba atomique, p.76.

4 BASTIDE, S. La especial significación del Acta Final de Helsinki. En BUERGENTAL , TH. Dere­chos Humanos, Derecho Internacional y el acuerdo de Helsinki, p. 28.

5 Podía ampliarse esta inferioridad en el capítulo militar al retraso conque la Unión Soviética agrupó a sus aliados en el Pacto de Varsovia. Fue en 1955, seis años después de que los paí­ses occidentales pusieran en pie la NATO.

6 zORGBIBE, C. (1974) L’ Insecurité Européenne P 5•


7 El capítulo XX, “Deshelando la Guerra Fría” de las memorias de L. Johnson, Memorias de Un presidente 1963-1969, describe con detalle el proceso de esta nueva distensión en parte ya iniciada en los últimos meses de la presidencia de J.F Kennedy.

8 Una exposición amplia de los precedentes, desarrollo y continuidad de la Conferencia de Hel­sinki se encuentra en el libro que nos ha servido frecuentemente de apoyo en este capítulo: FUENTES, J. El círculo de Helsinki.


9 Conferencia sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa. Acta Final P 11, 41, y 55.


10 Fue la RFA alemana quien más insistió en que se incluyese este derecho a la autodetermi­nación, pensando en la consulta que se seguiría de todos los ciudadanos de las dos Alema­nias y que traería consigo la tan deseada unificación. En cambio pusieron algunas reservas Yugoslavia, Canadá, más tímidamente España.

11 TAMAMES, R. La polémica sobre los límites del crecimiento, p. 115.


12 En “Symposium of Vanderbilt Journal. Human Rights and Helsinki Accords” Vanderbilt Journal, 1985, p. 2-72


13 SCLAGER, E.: The procedure frame work of the CSCE..., p. 237.

14 «Los Derechos Humanos fueron la piedra angular de su política exterior En cada sección de la Secretaria de Estado creó un nuevo puesto para que se ocupase concretamente de los Derechos Humanos en esa determinada área, GLEN, M.; Bernati, H. The Carter Years. The president and the policy making, p. 59.


15 FUENTE5, J. Op.cit., p. 317.

16 FUENTES, J. Op.cit., p. 160.


17 ESTERIK, C. van; MINNEMA,H. The Conference that came in front the cold en BLOED, A; DJIK, P van. The human dimension of the Helsinki Process. The Viena Follow up, p.5 y s.

18 Por el curso mismo de los acontecimientos, la Conferencia propuesta por E. Shevardnadze en Moscú para 1990 quedó desplanteada. La sustituiría la celebrada en París del l9 al 21 de noviem­bre de ese mismo año a nivel de jefes de Estado, que dio el paso a la institucionalización de la Conferencia de Helsinki en un nuevo organismo dentro del conjunto de las Instituciones europeas Véase: HERACLIDES, A Helsinki II and his afternoon, p 4 y s



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