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Los de galarza fiesta en el barrio gente que pasa


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Mario Benedetti
La Borra Del Café
Indice



UN ESPACIO PROPIO

LOS DE GALARZA

FIESTA EN EL BARRIO

GENTE QUE PASA

LAS TRES Y DIEZ

¿PARA QUÉ HABLAR?

PIES EN POLVO ROSA

UN MILAGRO

EL CAPITAL ES OTRA COSA

LA ANTIGUA MÁS NUEVA


LAS MUDANZAS

Mi familia siempre se estaba mudando. Al menos, desde que tengo memoria. No obstante, quiero aclarar que las mudanzas no se debían a desalojos por falta de pago, sino a otros motivos, quizá más absurdos pero menos vergonzantes. Confieso que para mí ese renovado trajín de abrir y cerrar cajones, baúles, grandes cajas, maletas, significaba una diversión. Todo volvía a acomo- darse en los armarios, en los estantes, en los placards, en las gavetas, aunque buena parte de las cosas (no siem- pre las mismas) permanecían en los cofres y baúles. La nueva casa (nunca éramos propietarios sino inquilinos) adquiría en pocos días el aspecto de morada casi defini- tiva, o por lo menos de albergue estable, y pienso que eso era lo que mis padres sinceramente creían, pero an- tes de que transcurriera un año mi madre y/o mi padre, nunca ambos a la vez, empezaban a sembrar comenta- rios (al comienzo sutiles, pero luego cada vez más explí- citos) que en el fondo eran propuestas de un nuevo cam- bio. Por lo general, las razones invocadas por mi padre eran la falta de sol, la humedad de las paredes, los co- rredores muy angostos, el alboroto exterior, los vecinos que fisgoneaban, etcétera. Las aducidas por mi madre eran más variadas, pero normalmente figuraban en la nómina motivos como exceso de sol, sequedad en el ambiente, espacios interiores demasiado amplios, inco- municación con los vecinos, calles sin movimiento, etcé- tera. Por otra parte, a mi padre le gustaba la tranquilidad de los barrios periféricos, en tanto que mi madre prefería la agitación del Centro.

No teman. No les voy a contar toda la historia de mis casas, sino a partir de aquellas en que me pasaron cosas importantes (o, como dijo el poeta, en un arranque de genial cursilería, cosas chicas para el mundo / pero grandes para mí). Nací en una casa (planta alta) de Justicia y Nueva Palmira, en la cual, como excepción, vivimos tres años. Tengo pocos recuerdos, salvo que ha- bía una claraboya particularmente ruidosa cuando se la abría o cerraba, algo que no acontecía con frecuencia ya que la manija, situada en la pared del patio, era durísi- ma y sólo podía funcionar mediante el esfuerzo manco- munado de dos personas suficientemente robustas. Ade- más, los días de lluvia la dichosa manija propinaba unas terribles patadas de corriente eléctrica, de modo que aquella claraboya sólo podía abrirse o cerrarse en tiem- po seco. Luego, sin abandonar el barrio, nos trasladamos a Inca y Lima. Allí lo más recordable era el inodoro, pues cuando alguien tiraba de la cadena, el agua, en lugar de cumplir su función higiénica en el water, salía torrencial- mente del remoto tanque empapando no sólo al infortu- nado usuario sino todo el piso de baldosas verdes. Des- pués nos fuimos a Joaquín Requena y Miguelete, donde había más ruido callejero pero el inodoro funcionaba bien y no era imprescindible hacer las necesidades con impermeable y sombrero. De esa casa, bastante más modesta que las anteriores, sólo merece ser evocada una vitrola, en la que mi madre, cuando mi padre estaba ausente, ponía un disco con clases de gimnasia que siempre arrancaba con una voz muy castiza: ¡Atención! ¡Lisssssto! ¡Empeceeemos!. Y mi madre, obediente, em- pezaba. Yo, que ya andaba por los cinco y medio, la admiraba mucho cuando se tendía en el suelo y levanta- ba las piernas o se ponía en cuclillas y estiraba los bra- zos, ocasiones en que solía desmoronarse hacia un cos-



tado, pero yo creía que eso también era ordenado por el gallego del disco. (Debo aclarar que sólo pude identificar el acento de aquel animador muchos años después, con- cretamente una tarde en que hallé aquella reliquia de 78 rpm en un baúl y la volví a escuchar en un tocadiscos.) De todas maneras, la aplaudía con ganas, y ella, cuando terminaba la lección oral, en reconocimiento a mi com- prensión y estímulo, me alzaba en brazos y me daba un beso, más sonoro pero menos agradable que otros óscu- los maternales, ya que, como era previsible después de tanta calistenia, estaba espantosamente sudada. La siguiente vivienda (más modesta aún) estaba en Hocquart y Juan Paullier. Quedaba a sólo cuatro cua- dras de la anterior de modo que no fue fácil conseguir un camión que aceptara encargarse de una mudanza de tan corto recorrido, algo que a mi padre, con toda razón, le parecía absurdo, ya que las faenas de carga y descarga eran las mismas que si la distancia fuera de quince kilómetros. Por fin apareció un camionero que, gracias a una buena propina, se avino a un desplaza- miento tan poco tradicional, pero su malhumor y el de sus dos colaboradores fue tan notorio, que a nadie le sorprendió que un ropero perdiera todas sus patas me- nos una, y un espejo se escindiera en dos lunas: una menguante y otra creciente. En el nuevo domicilio está- bamos un poco apretados y casi siempre comíamos en la cocina. Lo mejor de la casa era la azotea, que vir- tualmente se comunicaba con la del vecino, y donde había un perro enorme, que a mí me parecía feroz y que se convirtió en mi primer enemigo. Para peor, las pocas veces que yo subía, el pobre animal gruñía casi por compromiso, pero no bien advertí que estaba suje- to con una cadena, yo también, en el primer signo de cobardía de que tengo memoria, decidí gruñirle, y aun- que mi alarde resultaba apenas una caricatura, debo admitir que no contribuyó a que mejoraran nuestras ya deterioradas relaciones. Hubo más casas en aquellos tiempos. Siempre por los mismos barrios: Nicaragua y Cufré, Constitución y Goes, Porongos y Pedernal. A esas alturas, los cambios de do- micilio ya obedecían a una obsesión corporativa. Las mudanzas habían pasado de la categoría de pesadilla a la de ensueño. Cada vez que una nueva vivienda apare- cía en el horizonte, pasaba a ser, con sus luces y sus sombras, una utopía, y cuando por fin traspasábamos el nuevo umbral, aquello era como entrar en el Elíseo. Por supuesto, la fase celestial caducaba muy pronto, verbi- gracia cuando un trozo del cielo raso caía sobre nuestros cappelleti alla carusso o una disciplinada vanguardia de cucarachas invadía la cocina a paso redoblado en medio de los histéricos alaridos de mi madre. Sin embargo, el hecho de que un mito se desvaneciera en la niebla de nuestras frustraciones, no impedía que todos empezára- mos a colaborar en un nuevo borrador de utopía.
PRIMEROS AUXILIOS Lo cierto es que la primera casa relevante fue, al me- nos para mí y no siempre por buenas razones, la de la calle Capurro. En primer término, allí nació mi hermana; en segundo, mi viejo cambió de trabajo y ello redundó en un considerable aumento en sus entradas; en tercero y último, me enfermé de cierto cuidado y el médico pro- hibió que concurriera al colegio. La convalecencia fue interminable, pero pasados los primeros meses mi viejo contrató a una maestra particular que, tres veces por semana, dedicaba cuatro horas diarias a mi (deformada) formación. Se llamaba Antonia Vico. Recuerdo el apellido por- que rimaba con abanico, y éste era un artefacto que ella llevaba en las cuatro estaciones. Aunque siempre estaba acalorada, mi madre nunca le ofrecía el ventilador, pues en mi condición de eterno convaleciente una mera co- rriente de aire podía provocarme una recaída, o, en el más leve de los casos, una serie de treinta y dos estornu- dos. Me consta que era delgada, con piel muy blanca y unos ojos oscuros que me dedicaban dos tipos de mira- das: una, dulce y comprensiva, cuando mis padres esta- ban presentes, y otra, inquisidora y severa, cuando nos dejaban solos. En resumidas cuentas, no fue un amor a primera vista. En general, cuando un niño cualquiera goza de una maestra privada para su exclusivo desgaste, la tendencia natural es a recibir la lección del lunes y luego darle una lectura rápida para así quedar bien cuando llegue el re- paso del miércoles. Yo en cambio hacía todo lo contra- rio: estudiaba el lunes la lección que ella iba a impartir- me el miércoles, lo cual provocaba en la pobre mucha- cha una gran frustración, una suerte de vacío pedagógi- co, y acaso el temor de que si mis padres se enteraban de que yo avanzaba en mis conocimientos sin que su aporte didascálico fuera imprescindible, decidieran pres- cindir de tan fútiles servicios. Sin embargo, yo podía ser perverso pero no delator, de modo que nunca comenté con mis padres mis retorcidas tretas de alumno. Mi obje- tivo no era que Antonia se quedara sin trabajo, sino más bien que tomara conciencia de con quién se las veía. De modo que así seguimos: yo anticipándome a su lección, ella aprendiendo a respetarme. Como me sabía cada tema al dedillo, y detectaba de inmediato cualquier des- vío u omisión de su parte, a veces parecía que era yo quien tomaba la lección y ella la que pasaba apuros. Sólo seis meses después de una inflexible aplicación de esa técnica, o sea cuando al fin estimé que mi hono- rabilidad estaba a salvo, decidí permitirle que nuestra relación retomara un ritmo más normal y en consecuen- cia acepté que me dictara la lección antes de yo apren- derla. De más está decir que me lo agradeció en el alma y a partir de ese reajuste empezó a mirarme con ojos dulces y comprensivos, aun cuando mis padres no esta- ban presentes. Tengo la impresión de que hasta llegó a amarme. Y a esta altura ya no vale la pena ocultarlo: creo que también la amé un poquito, tal vez porque aquella mirada dulce, que ahora disfrutaba en exclusivi- dad, me derretía por dentro. En ese entonces yo sólo tenía ocho años, pero lo que más tarde sería reconocido como mi vocación estética me llevó a mirarle las piernas y las encontré hermosas, bien torneadas, seductoras. Quizá no era sólo vocación estética. A esta altura pienso que mi primera y precoz exteriorización erótica se con- centró en las ojeadas clandestinas que dediqué a aque-llas piernas graciosas y cabales. Incluso soñé con ellas, pero aun en la ocasión onírica no iba más allá de las miradas de admiración y asombro. Imágenes posteriores me recuerdan que Antonia poseía lindos pechos y labios prometedores, pero a los ocho años mi éxtasis tempra- nero quedaba anclado en sus piernas y no me permitía distraerme en otras franjas de interés.AQUEL NAUFRAGIO Fue precisamente en la casa de la calle Capurro que empecé a sentirme integrante de una familia mayor. Dos primos, que me llevaban un par de años, vinieron de Cerro Largo a radicarse en Montevideo, y al principio vivían con el abuelo Javier, padre de mi madre. Más tarde, los padres vinieron también a la Capital y se insta- laron todos en Capurro, a cinco cuadras de casa. Mi prima Rosalba, que me llevaba tres años, vivía en Cane- lones, pero venía a menudo a visitarnos con su madre, la tía Joaquina, que por cierto no gozaba de las simpa- tías de mi padre. No soporto a tu hermana, le decía frecuentemente a mi madre. Es bruta, brutísima, y ade- más necia. Ella sólo alegaba: Pero es mi hermana, e increíblemente este argumento era el único que derrota- ba a mi viejo. Por otra parte, el abuelo Vincenzo, padre de mi padre, venía a menudo de Buenos Aires, donde tenía un almacén, y siempre paraba en casa. A las abue- las las veía menos. A la madre de mi madre, porque siempre estaba enferma, y en consecuencia nunca salía a la calle ni había que importunarla con visitas; y a la madre de mi padre, porque vivía en Buenos Aires y cuando el abuelo Vincenzo viajaba a Montevideo, ella se quedaba atendiendo el almacén de Caballito. El abuelo Vincenzo era tan divertido como el abuelo Javier, pero en otro estilo. Una vez me contó cómo se había salvado de un naufragio famoso. Le pregunté si se había librado porque sabía nadar. No, cómo se te ocu- rre. Siempre he tenido más afinidad con las aves que con los peces. Pero la verdad es que tampoco sé volar.Su carcajada florentina resonaba en el patio como un carillón. ¿Y entonces cómo te salvaste? Muy sencillo: perdí el barco en Génova. Llegué al puerto media hora después de su partida asquerosamente puntual. Traté de conseguir una lancha que me llevara hasta el vapor (aún estaba a la vista). Para mi suerte fracasé en el intento. Cuando diez días después me enteré de que el buque se había hundido en pleno Atlántico, no se me ocurrió nada menos egoísta que celebrarlo con una damajuana de Chianti. Ya sé que está mal, que debía haber pensa- do en los otros; hoy no lo habría hecho así, pero en aquella época era muy joven y aún no había aprendido a ser hipócrita. Y aquí otra carcajada. Yo en cambio no me reía. Enseguida me di cuenta que el abuelo no había leído Corazón, el libro de Edmondo de Amicis que era mi Biblia, ya que, de haberlo leído, no habría tenido una actitud tan mezquina, y si de todos modos hubiera deci- dido empinarse la damajuana de vino, lo habría hecho con tristeza y hasta llorando un poco por los que se ahogaron. Pero no, al abuelo todavía le duraba el rego- cijo de haber escapado a la muerte casi por milagro, aunque ni siquiera eso lo había reconciliado con el cura de su parroquia, pues toda su vida fue un ateo militante y arremetió contra Dios como si éste fuera un mero or- ganizador de descarrilamientos y naufragios. UN PARQUE PARA NOSOTROS La casa de la calle Capurro tenía un olor extraño. Según mi padre, olía a jazmines; según mi madre, a ratones. Es probable que ese conflicto haya desorganiza- do mi capacidad olfativa por varios lustros, durante los cuales no podía distinguir entre el perfume a violetas y el olor a azafrán, o entre la emanación de la cebolla y el vaho de las inhalaciones. En conexión con esa casa tengo además dos recuer- dos fundamentales: uno, el Parque Capurro, y otro, la cancha de fútbol del Club Lito, que quedaba a tres cua- dras. En aquella época, el Parque Capurro era como una escenografía montada para una película de bandi- dos, con rocas artificiales, semicavernas, caminitos tor- tuosos y con yuyos, una maravilla en fin. No me dejaban ir solo, pero sí con mis primos o con el hijo de un veci- no, que era de mi edad. El Parque estaba casi siempre desierto, de modo que se convertía en nuestro campo de operaciones. A veces, cuando recorríamos aquellos labe- rintos, nos encontrábamos con algún bichicome borra- cho, o simplemente dormido, pero eran inofensivos y estaban acostumbrados a nuestras correrías. Ellos y no- sotros coexistíamos en ese paisaje casi lunar, y su pre- sencia agregaba un cierto sabor de riesgo (aunque sabía- mos que no arriesgábamos nada) a nuestros juegos, que por lo general consistían en encarnizadas luchas cuerpo a cuerpo, entre dos bandos, o más bien bandas: una integrada por mi primo Daniel y el vecino, y otra, por mi primo Fernando y yo. A veces también participaban otros botijas del barrio, pero de todos modos nosotros llevábamos la voz cantante. (No hay que olvidar que si bien Daniel se ilustraba en Conan Doyle, Fernando, Norberto y yo habíamos perfeccionado nuestra piratería en la escuela de Sandokán.) En mi condición de conva- leciente, tenía prohibidos semejantes excesos, gracias a los cuales sudaba demasiado, de modo que antes de regresar a casa había que tomar ciertas medidas precau- torias. Como antes de la contienda dejábamos nuestras camisas sobre las rocas, cuando la lucha llegaba a su fin, nos lavábamos en una fuente con agua sospechosamen- te verdosa, nos secábamos al sol, y luego nos volvíamos a poner las camisas, que no mostraban ninguna señal de las refriegas. Cuando volvíamos a casa, muy peinados y rozagantes, mi madre me preguntaba: No habrás corri- do, ¿verdad?. Para corroborar mi respuesta negativa, alguno de mis primos ratificaba: No, tía, mientras noso- tros jugábamos, Claudio estuvo sentado en un banco, tomando el solcito.

EL DIRIGIBLE Y EL DANDY Así como el Parque Capurro tenía para nosotros un atractivo singular, la playa contigua, en cambio, era más bien asquerosa. La escasa arena, siempre sucia, llena de desperdicios y envases desechables, era mancillada aún más, ola tras ola, por otras basuras y despojos, prove- nientes tal vez de las diversas embarcaciones ancladas en la bahía. Sólo en una ocasión la Playa Capurro, por lo general tan despreciada, se llenó de gente y bicicletas. Fue cuan- do vino el dirigible. El Graf Zeppelin. Aquella suerte de butifarra plateada, inmóvil en el espacio, a todo el mun- do adulto le resultó admirable, casi mágica; para noso- tros, en cambio, era algo normal. Más aún: el estupor de los mayores nos parecía bobalicón. Verlos a todos con la boca abierta, mirando hacia arriba, nos provocaba una risa tan contagiosa, que de a poco se fue transformando en una carcajada generacional. Los padres, tíos, abue- los, se sintieron tan agraviados por nuestras risas, que los sopapos y pellizcos empezaron a llover sobre nues- tras frágiles anatomías. Una injusticia histórica que nun- ca olvidaremos. No obstante, el Graf Zeppelin fue causa indirecta de un cambio importante en nuestras vidas. Nuestro interés por aquel globo achatado e insípido duró exactamente diez minutos. Cuando empezaron nuestros primeros bos- tezos, nos fuimos replegando, sin saber aún hacia dónde encaminar nuestras expectativas. Los mayores seguían boquiabiertos, hipnotizados por aquel mamarracho her- mético, instalado en el espacio abierto. De pronto nosdimos cuenta de que en esa jornada no existíamos, está- bamos al margen del mundo, por lo menos del mundo autorizado a asombrarse. De modo que cuando mi pri- mo Daniel dijo: ¡Somos libres!, todos fuimos conscien- tes de que se había convertido no sólo en nuestro porta- voz sino también en nuestro líder. Por diversos senderos empezamos a retroceder hacia el Parque, sin apuro y sin llamar la atención, no fuera que alguno de aquellos mayores, tan turulatos, saliera de pronto de su embeleso y diera la voz de alerta. No fue necesario que conviniéramos cuál iba a ser nuestro pun- to de encuentro. Sabíamos que nos íbamos a reunir en un pequeño claro entre las rocas, donde confluían tres o cuatro caminitos y siempre había sido la zona neutral de nuestros juegos, contiendas y desafíos. Allí nos encontra- mos, pues, y esta vez fue además paraninfo de delibera- ciones. Aquella circunstancial indiferencia de los adultos, uni- da a la no buscada y sorpresiva pero evidente libertad de que gozábamos desde la última media hora, nos obli- gaba a un decisivo reajuste. No teníamos ganas de jugar ni de entablar sudorosas trifulcas de engaña pichanga. Era como si alguien, al despojarnos repentinamente de nuestra escafandra de inocencia, nos hubiera dejado desnudos frente a un nuevo y desconocido compromiso. Por cierto que el destino, o como se llame, nos reser- vaba para esa misma jornada una puesta a punto de la responsabilidad recién estrenada. Empezamos a caminar en silencio por uno de los senderos que llevaban a las cuevas. Íbamos tan absortos que casi tropezamos con un cuerpo tendido. La mueca instalada en el rostro y cierta rigidez de los miembros, eran signos demasiado eviden- tes. No era preciso llamar a un forense para comprender que se trataba de un muerto. Fíjense, es Dandy, dijo mi primo Fernando. Ése erael nombre que se daba a sí mismo un conocido bichico- me, decano del Parque, que generalmente hacía de las cuevas su dormitorio estable. Y el mote no era tan ab- surdo como podía parecer, ya que, pese a sus zapatos astrosos, a su pantalón harapiento, a su camisa mugrien- ta y a su gabardina en jirones, nunca lo habíamos visto sin corbata (incluso tenía dos: una a rayas negras y ro- jas, y otra azul con herraduras marrones). Tenés razón, es Dandy, dijo Daniel. Mi vecino Norberto se acercó al cuerpo del bichicome, pero Daniel lo detuvo. No lo toques, dijo, ¿no ves que si encuentran nuestras hue- llas digitales van a pensar que fuimos nosotros? Norber- to retrocedió obediente, no sólo como reconocimiento de que Daniel era ahora el líder, sino también de su cultura detectivesca, obtenida, según nos constaba a to- dos, en su frecuentación de Sherlock Holmes. Eso tam- bién revelaba una apreciable distancia entre Daniel y los demás. Mientras nosotros estábamos aún en Edmondo de Amicis o Salgari, él frecuentaba rigurosamente a Co- nan Doyle. Recuerden la hora en que lo descubrimos dijo Daniel. Las tres y diez. Luego tomó un diario que alguien había dejado sobre unas piedras, lo arrimó al cuerpo del Dandy y presionó una y otra vez con su zapato. La última vez lo hizo con más fuerza y entonces apareció una mancha de sangre, reseca y bastante extendida. Con el mismo mecanismo, desplazó luego hacia arriba la mugrienta camisa, dejan- do al descubierto una herida considerable, producida al parecer por algún instrumento cortante. A la vista de ese desastre, sentí que los ojos se me nublaban y que estaba a punto de desmayarme, pero haciendo (literalmente) de tripas corazón, me repuse a medias y alcancé a decir una frase tan memorable como ésta: ¿Y la gabardina?. Da- niel me consagró una de esas miradas tiernamente me- nospreciativas que Holmes solía dedicar al doctor Wat- son, y sólo dijo: ¿La gabardina? Seguramente se la ha llevado el asesino. Eso ya fue demasiado. Ante el sim- ple sonido de la palabra asesino sentí que me desmaya- ba, y esta vez fue de veras. Luego, cuando fui recupe- rando el conocimiento, sentí que Fernando me estaba pasando un pañuelo húmedo por el rostro, y pensé en qué lo habría humedecido. Pero en ese instante me en- contré con la mirada entre admonitoria y burlona de Daniel, quien además me decía: Ah flojón. Entonces sentí que la sangre me subía al rostro en oleadas, y ahí sí me repuse del todo. Por supuesto nos juramentamos para mantener en to- tal secreto nuestro macabro hallazgo (así al menos lo calificó Daniel, quien, como criminólogo en cierne, era apasionado lector de la crónica roja en la prensa diaria). Aprovechando que los mayores seguían arrobados en la contemplación del dirigible, volvimos por atajos separa- dos a la playa y allí nos quedamos, simulando una fasci- nación que estábamos lejos de sentir, pero creando de ese modo una coartada colectiva que nos desvinculaba de aquel cadáver que quedaba atrás, allá en nuestro ex punto de encuentro. Y digo ex, debido a que, por razo- nes obvias, nunca más volvimos a citarnos allí. A medida que fue cayendo la tarde, la multitud de curiosos se fue dispersando. Sólo entonces los adultos recordaron que existíamos. Recuerdo que mi madre, to- davía emocionada, me puso un brazo sobre los hombros y me comentó: ¡Qué hermosura! ¿Te gustó?. Yo me mostré entusiasmado por la butifarra aérea y así em- prendimos el regreso a casa, pausada y normalmente, como si nada hubiera pasado, como si de ahora en ade- lante no existiera un cadáver en nuestras vidas. Curiosamente, la prensa ignoró totalmente el asesina- to del Dandy. Todos los días revisábamos los diarios y escuchábamos los noticieros de radio, esperando siem-pre el titular temido: Asesinato en el Parque Capurro. Y los subtítulos de rigor: Se sospecha de varios menores. Aprovechando la conmoción despertada por el Graf Zep- pelin, un bichicome, apodado El Dandy, es ultimado al atardecer. Diez días después del descubrimiento, nos reunimos los cuatro en el patio trasero de mi casa y resolvimos que esa incertidumbre debía concluir. Tenía- mos que volver al Parque para saber qué había pasado con el cuerpo del Dandy. Estuvimos de acuerdo en que era imprudente una excursión colectiva. Sólo uno de nosotros debía dirigirse al claro del bosque a fin de realizar una inspección ocular. Era lógico que lo tirára- mos a la suerte. Dios decidirá, dijo mi vecino Norber- to, que iba diariamente al catecismo y era el favorito del padre Ricardo. Su meta prioritaria en la vida era llegar a ser monaguillo de ese cura. Nosotros teníamos por en- tonces otros ideales. Como era previsible, Daniel quería llegar a ser detective; Fernando, mecánico (cuando era más chico, decía macaneador, pero era una errata); yo, golero de la selección, algo así como un sobrino putativo de Mazzali. Bueno, efectivamente Dios decidió. Me eligió a mí. Ese mismo día resolví ser ateo. Y hasta hoy me mantengo. Fue un trauma muy duro. No sé qué habría pasado si el sorteo hubiera señalado a Norberto o a Fernando o a Daniel. Tal vez ello habría confirmado mi fe en el Señor y hoy sería párroco, o al menos obis- po. Pero no fue así y tuve que hacerme cargo de mi ateísmo y de la inspección ocular. Al día siguiente partí hacia el peligro. Los otros tres quedaron en la esquina de Capurro y Húsares, a la espe- ra de mis noticias. Me dirigí hacia el lugar del hecho (así lo denominaba Daniel) con todo el coraje de que disponía, que por cierto no era demasiado. Si no cami- naba rápido, no era por mala voluntad, sino porque las piernas me temblaban, totalmente al margen de mi vo- luntad de cruzado. El temblor sólo se interrumpía cuan- do subía o bajaba escalones, pero no bien volvía a cami- nar aquella trepidación recomenzaba. Recuerdo que era una fresca mañana de otoño, pero yo sudaba como en enero. Por fin llegué al claro del bosque. Al principio no lo podía creer, pero el Dandy no estaba. Extrañamente, su ausencia me calmó. El temblor cesó como por encanto. Y hasta tuve ánimo para recorrer los caminitos que lle- gaban al claro y, más aún, en un alarde de arrojo incon- cebible, me asomé a la cueva que el Dandy había usado durante años como refugio. Tampoco allí había rastros del bichicome. Apenas una botella (vacía) de alcohol de quemar. Es claro que volví sacando pecho. Cuando Daniel, Fernando y Norberto vieron que regresaba, corrieron a mi encuentro, ansiosos. Durante unos minutos los hice sufrir, pero después sus caras de susto me dieron lásti- ma. El occiso no está, dije, para que se dieran cuenta de que yo también tenía mis lecturas. La noticia cayó como un balde de agua fría. ¿Habrás revisado bien? inquirió Daniel. Le devolví aquella mirada, entre admo- nitoria y burlona, que me había dedicado cuando mi desvanecimiento, y agregué: Revisé todo. Fijate que hasta me metí en la cueva del Dandy. ¿Te metiste en la cueva? preguntó Norberto con un dejo de admira- ción. Sí, claro confirmé sin dar mayor importancia a mi notable audacia, y sólo había esta botella. La bote- lla fue pasando de mano en mano y luego volvió lógica- mente a las mías. Sin que nadie lo decidiera de un modo explícito, pasé a ser su custodio oficial. Todos la tomába- mos por el cuello y usando mi pañuelo, ya que el resto de la botella podía tener huellas digitales que no fueran las nuestras y las del propio Dandy. Sin embargo, de poco sirvieron tantas precauciones. No sólo no se individualizó al criminal, sino que tampo- co la prensa mencionó el caso. En varios de nuestros encuentros deliberamos sobre las distintas posibilidades. ¿Estaría realmente muerto cuando lo descubrimos el día del dirigible? La respuesta unánime era que indudable- mente aquello era un cadáver. Además, si no estaba muerto ¿por qué nunca más lo habíamos visto en sus recorridos habituales? Ah, pero si era un cadáver, ¿quién se lo había llevado? ¿Por qué la prensa nunca había hecho referencia a aquel asesinato o lo que fuera? Un elemento adicional, a tener en cuenta, era que después de aquella jornada festivo-luctuosa habían desaparecido del barrio los otros bichicomes. ¿Y eso por qué? ¿Se enteraron del crimen y tuvieron miedo? Lo único que quedó claro es que nosotros sí tuvimos miedo y, salvo aquel día en que llevé a cabo mi inspección ocular, nun- ca más volvimos al claro del bosque. Al cabo de unos meses dejamos de hablar de aquel tema que nos excita- ba pero también nos ensombrecía. Sin embargo, la pos- trera mueca del Dandy siguió apareciendo, durante va- rios meses, en mis pesadillas, hasta que por fin se retiró también de ese territorio. Dos o tres años más tarde, escuché por única vez en la radio un tango que incluía esta estrofa: Y a veces cuando me aburro / recuerdo al Dandy, aquel vago / que en un miércoles aciago / cagó fuego allá en Capurro. Anoté enseguida aquellos ver- sos, para que no se me olvidaran, pero sentí que otra vez me invadía, no el miedo de aquel otoño, pero sí un rescoldo de aquel miedo. Quizá por eso no llamé a la radio para preguntar el título del tango y el nombre del tanguero. No lo comenté con nadie y nunca más escu- ché aquella letra, que después de todo no era muy bri- llante. Sin embargo, al día siguiente consulté una de esas tablas que traen algunas agendas para averiguar qué día de la semana correspondió a un día cualquiera del pasa-

do. ¡Y el día del Graf Zeppelin era un miércoles! Así y todo, el autor del tango no especificaba que había sido un crimen: cagó fuego es sinónimo lunfardo de cre- par, morir, pero puede ser una muerte natural. ¿Muerte natural con semejante herida en el costado y con toda la sangre derramada? El episodio podría dar lugar a todo un ensayo sobre Tango y desinformación. Salvo que el autor fuera el asesino (¿por qué no?) y la letra una coar- tada, una suerte de deliberada bruma sobre aquella muerte. Ya sé, Daniel habría dicho: Como es obvio, el asesino suele volver al lugar del crimen, y ese tango (está clarísimo) es un simple regreso. Pero no tuve áni- mo para hablarlo con nadie, y aun si lo hubiera tenido, tampoco habría podido, ya que Daniel, precisamente en ese año, viajaba con sus viejos por Estados Unidos.


PRO Y CONTRA DE LA OSADÍA Ya dije que en Capurro había otro paisaje fundamen- tal: la cancha de fútbol del Club Lito. Era una institución modesta (creo que integraba una división que entonces se llamaba Intermedia), pero todo el barrio la apoyaba. Por otra parte, más de una vez cedía gratuitamente la cancha a equipos más modestos aún, que ni siquiera tenían campo de juego. En esos casos (tales partidos solían jugarse los domingos por la mañana) no se cobra- ba entrada. A veces íbamos con el viejo, que era un tibio hincha de Defensor, aunque nunca acumulaba suficiente entusiasmo como para trasladarse al Parque Rodó. La cancha de Lito, en cambio, quedaba ahí cerquita y él se divertía con las chambonadas de aquellos cuadritos que se enfrentaban en las soleadas mañanas de domingo. Todavía recuerdo a un arquerito casi adolescente que tenía una manía. Cuando los tiros de los delanteros riva- les eran fuertes y esquinados, se mandaba tremendas palomas y despejes de puño y era muy aplaudido por los cuarenta espectadores. Pero cuando el balón venía por lo alto, entonces se daba el lujo de estirar su camiseta hacia adelante y recibía la pelota en el hueco improvisa- do. Ese alarde era para él la gloria, porque dejaba en ridículo a los del otro equipo y además divertía a los mirones. Una vez sin embargo no tuvo suerte. Quizá se debió a que la pelota había alcanzado en esa ocasión una mayor altura y en consecuencia cayó con fuerza inusitada. Lo cierto fue que cuando el golerito estiró como siempre su camiseta para recibir la globa, la po- tencia que ésta traía venció irremediablemente aquella ostentación, se le coló entre las piernas y rodó sin apuro por el césped hasta cruzar la línea de gol. Los delanteros del cuadro contrario festejaron aquella conquista con saltos y risotadas. Algunos se apretaban la barriga de tanto reírse. Avergonzados, los compañeros del guarda- meta se retiraron silenciosamente hacia el centro de la cancha. Ninguno de ellos se acercó a consolarlo. Lo de- jaron solo. De pronto mi viejo me tomó del brazo y dijo: Mirá, señalando hacia la valla vencida. Miré, pues, y ahí estaba el pobre muchacho, llorando desconsolada- mente junto a uno de los postes. No podíamos entrar en la cancha para animarlo. Además, el partido se había reiniciado. Él se secó las lágrimas con el puño cerrado y se colocó nuevamente en su puesto. Pero toda su gallar- día, su vocación de espectáculo, se habían esfumado. Esa misma mañana le metieron tres goles más: uno di- recto de córner, otro de penal y el último como resultado de un dribbling ominoso que le hizo el entreala en la boca del arco. Por supuesto, fue su último partido. Quien lo sustituyó el domingo siguiente era bastante bru- to, pero no tanto como para no advertir que le estaba terminantemente prohibido embolsar la pelota en la ca- miseta.



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