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Liturgia P. Antonio Rivero, L. C


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Liturgia P. Antonio Rivero, L.C.








PREFACIO

El papa Juan Pablo II acaba de publicar una carta apostólica con motivo del cuadragésimo aniversario de la constitución dogmática “Sacrosanctum Concilium”, sobre la Sagrada Liturgia del concilio Vaticano II, firmada el 4 de diciembre de 2003. En dicha carta, Juan Pablo II nos invita a la profundización de la liturgia, después de una esmerada reforma.


Dice el papa en el número 6: “A distancia de cuarenta años, conviene verificar el camino realizado. Ya en otras ocasiones he sugerido una especie de examen de conciencia a propósito de la recepción del concilio Vaticano II (cf. Tertio millennio adveniente, 36). Ese examen no puede por menos de incluir también la vida litúrgico-sacramental”.
Nos lanza las siguientes preguntas de examen:


  • ¿Se vive la liturgia como fuente y cumbre de la vida eclesial, según las enseñanzas de la constitución dogmática del Vaticano II, “Sacrosanctum Concilium”?

  • El redescubrimiento del valor de la palabra de Dios, que la reforma litúrgica ha realizado, ¿ha encontrado un eco positivo en nuestras celebraciones?

  • ¿Hasta qué punto la liturgia ha entrado en la vida concreta de los fieles y marca el ritmo de cada comunidad?

  • ¿Se entiende la liturgia como camino de santidad, fuerza interior del dinamismo apostólico y del espíritu misionero eclesial?

Se trata, pues, de profundizar en este misterio insondable de la liturgia, después de un primer período en el que se llevó a cabo una inserción gradual de los textos renovados en las celebraciones litúrgicas. Debemos profundizar en las riquezas y las potencialidades que encierra la liturgia.


Nos dice el papa en la misma carta apostólica: “Esa profundización debe basarse en un principio de plena fidelidad a la Sagrada Escritura y a la Tradición, interpretadas de forma autorizada en especial por el concilio Vaticano II, cuyas enseñanzas han sido reafirmadas y desarrolladas por el Magisterio sucesivo. Esa fidelidad obliga en primer lugar a los que, con el oficio episcopal, tienen la tarea de ofrecer a la divina Majestad el culto cristiano y de regularlo según los mandamientos del Señor y las leyes de la Iglesia; en esa tarea debe comprometerse, al mismo tiempo, toda la comunidad eclesial según la diversidad de órdenes, funciones y participación actual”. Desde esta perspectiva, sigue siendo más necesario que nunca incrementar la vida litúrgica en nuestras comunidades, a través de una adecuada formación de los ministros y de todos los fieles, con vistas a la participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que recomendó el Concilio” (n. 7).
Por esta razón, he querido escribir este libro sobre el misterio insondable de la liturgia. Quiero ofrecer mi pequeño granito de arena en este esfuerzo por comprender mejor la liturgia, a fin de vivirla de modo más pleno y consciente.
No es un libro de corte exclusivamente teológico, sin más, que ya los hay, y muy buenos, y los recomendaré en la bibliografía. Es otra cosa y tiene otro fin.
Pretendo hacer gustar y saborear la liturgia, como esa corriente de agua viva que sacia nuestra sed de salvación y de eternidad, y que procede del Trono de Dios y del Cordero, como nos dice el libro del Apocalipsis.
Mi libro tiene cinco partes.
En la primera parte, he tratado de adentrarme con los pies descalzos y el corazón creyente y meditativo en el gran misterio de la liturgia, escondido durante siglos y revelado en Cristo Jesús. Misterio que celebramos y actualizamos con gozo y respeto cada día en los sacramentos, bebiendo aquí y ahora esas aguas saludables, limpias y cristalinas que brotan del costado abierto del Salvador. Misterio que debe repercutir profundamente en nuestra vida diaria, pues la liturgia se debe vivir en nuestra oración personal, permeando nuestro trabajo y esparciendo el suave aroma de la liturgia, mediante la caridad con todos, especialmente con los necesitados. En esta primera parte invito a todos los que me lean a dejarse llevar por la corriente de este río vivo y vivificante de la liturgia, hasta alcanzar su Fuente en la eternidad, donde celebraremos la liturgia celestial. Esta primera parte la puedo resumir con las palabras del papa Juan Pablo II en su carta apostólica con motivo del cuadragésimo aniversario de la Sacrosanctum Concilium: “En la celebración, la Palabra de Dios expresa la plenitud de su significado, estimulando la existencia cristiana a una renovación continua, para que lo que se escucha en la acción litúrgica, también se haga luego realidad en la vida” (n. 8).
La segunda parte quiere ser una especie de catequesis sobre la liturgia con preguntas y respuestas sencillas, unas más cortas, otras más extensas. Está dedicada especialmente a agentes de pastoral y a catequistas, con los que he estado trabajando durante estos últimos diez años de ministerio sacerdotal en mi parroquia.
En la tercera parte he querido ahondar en el corazón de la liturgia, es decir, en la Eucaristía. Me he servido de unas charlas que fui dando en la parroquia, el año 2000, con motivo del encuentro nacional eucarístico en Córdoba (Argentina), en el mes de septiembre. He querido desentrañar ampliamente el misterio eucarístico desde muchos aspectos, para que quede evidenciado el valor del eximio y sublime Sacramento de la Eucaristía. Prometo sacar en otra ocasión un libro entero dedicado a la Santa Misa, explicando todas y cada una de sus partes. En este libro gustaremos de algunos aspectos de la Eucaristía, a modo de misterioso caleidoscopio: Eucaristía y fe; Eucaristía y esperanza; Eucaristía y caridad; Eucaristía y alegría; Eucaristía y la Virgen; Eucaristía y soledad, Eucaristía y dolor, etc.
En la cuarta parte he querido comentar brevemente la hermosísima encíclica que nos regaló el papa Juan Pablo II el Jueves Santo del año 2003, sobre “La Iglesia vive de la Eucaristía”. Es un comentario sencillo y asequible para poder valorar un poco más el sublime sacramento de la Eucaristía.
Y, finalmente, en la quinta parte del libro, he trascrito una serie de homilías que pronuncié también en la parroquia Betania, en Buenos Aires, en el mes de septiembre del año 2003, comentando el capítulo 6 de san Juan: Jesús, Pan de vida. Tiene carácter de homilía, por tanto, el tono es más cordial y comunicativo. Espero que ayuden estas homilías a entender y vivir un poco más el misterio de la Eucaristía.
Ojalá pueda servir este mi libro para saborear mejor las celebraciones sacramentales, como mirando extasiados ese resquicio de cielo que se nos abre en cada sacramento, iluminándonos y rociándonos de esa agua viva y santificadora. Que podamos decir con san Pedro: “Maestro, ¡qué bien se está aquí!” (Lc 9, 33).
P. Antonio Rivero, L.C.


INTRODUCCIÓN GENERAL
Asomándonos

al misterio de la liturgia”

Cuando hablamos de liturgia, ¿qué queremos decir?


Si vamos a la etimología griega, la palabra liturgia significa obra (ergon) del pueblo (leiton, adjetivo derivado de laos, que significa pueblo). Por tanto, podríamos decir que la liturgia es obra del pueblo, obra pública dedicada a Dios. En palabras más simples diríamos que la liturgia es el culto espiritual o servicio sagrado a Dios de cada uno de nosotros, que formamos su pueblo.
Hoy ya entendemos la liturgia como el culto oficial de la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, a la Santísima Trinidad, para adorarle, agradecerle, implorarle perdón y pedirle gracias y favores.
Desde el comienzo del movimiento litúrgico, hasta nuestros días, se han propuesto muchas definiciones de liturgia y todavía no existe una que sea admitida unánimemente, dada la riqueza encerrada en dicho misterio. Sin embargo, todos los autores admiten que el concepto de liturgia incluye los siguientes elementos: la presencia de Cristo Sacerdote, la acción de la Iglesia y del Espíritu Santo, la historia de la salvación continuada y actualizada a través de signos eficaces, que son los sacramentos, y la santificación del culto.
Según esto se podría considerar la liturgia como la acción sacerdotal de Jesucristo, continuada en y por la Iglesia bajo la acción del Espíritu Santo, por medio de la cual el Señor actualiza su obra salvífica a través de signos eficaces, dando así culto perfectísimo a Dios y comunicando a los hombres la salvación, aquí y ahora.
Un gran teólogo de nuestro tiempo define así la liturgia: “La liturgia es la celebración de los sagrados misterios de nuestra redención por la Iglesia, en la que perdura viva la persona de Cristo, vivos los acontecimientos salvíficos del origen, activa la presencia de su gracia reconciliadora y fiel la promesa, mediante los signos que él eligió y que la comunidad realiza, presidida por la palabra de los apóstoles y animada por el Santo Espíritu de Jesús...La liturgia es la anamnesia de una comunidad que en obediencia a su Señor hace memoria de todo lo que él dijo y padeció; de lo que Dios hizo con él por nosotros. La Iglesia se une así a lo que fue la gesta salvífica de Cristo y continúa adherida e identificada con la intercesión que, como sacerdote eterno, Él sigue ofreciendo al Padre por nosotros, mientras peregrinamos en este mundo”1.
En este contexto ya podemos apreciar lo que es la liturgia en la Iglesia. La liturgia no es sino la celebración de ese proceso de la redención en el mundo y del mundo. La liturgia es la “fuente y culmen de la vida cristiana”, como la llamó el concilio Vaticano II, porque en la celebración litúrgica es donde se verifica y tiene su más explícita expresión, ese modelo de iniciativa y respuesta, de la acción divina y la cooperación humana. En cuanto fuente, la liturgia es punto de partida que nos impulsa a que, saciados con los sacramentos pascuales, sigamos caminando hacia la santidad mediante una vida recta y honesta, dando gloria a Dios con nuestras palabras y nuestras acciones delante de los hombres. En cuanto culmen, la liturgia es punto de llegada, es decir, toda la actividad de la Iglesia tiende a dar gloria a Dios.
Si se preguntara a los católicos la razón por la que asisten a misa los domingos, muchos probablemente dirían que porque es algo muy importante para ellos, o porque les gusta cómo habla el sacerdote que celebra, o porque los católicos tienen la obligación de asistir.
Sin embargo, si reflexionamos un poco, tendremos que decir que la razón por la que vamos a misa es porque Dios nos ha llamado a reunirnos junto a Él en su Iglesia, para darle gloria, agradecerle, implorarle ayuda y pedirle perdón. Por eso podemos decir que la liturgia es la celebración de un pueblo reunido en nombre del Señor, que nos hizo hermanos, hijos del mismo Padre, miembros del mismo cuerpo, ramas del mismo árbol.
En la sociedad contemporánea, en la que hay gente que cree en todo tipo de cosas o simplemente ya no cree en nada, la fe que nos lleva a la iglesia el domingo, mientras un vecino poda el jardín y otro lee el periódico o mira una película, puede darnos un sentido vivo de vocación o llamado. No es que seamos mejores o peores que nuestros vecinos, sino que nosotros, por razones misteriosas que sólo Dios conoce, hemos sido elegidos y llamados para conocerlo a Él y sus obras, para amarle sobre todas las cosas y servirle de todo corazón en nuestro día a día.
Aun reconociendo nuestras infidelidades personales y comunitarias, nos reunimos para la celebración litúrgica, y seguimos siendo lo que somos: un pueblo llamado por Dios a ser su testigo y su ayuda en la historia humana. Somos el Cuerpo de Cristo, sus brazos y piernas, pies y manos, para el mundo que Él ama.
El papa Pío XII nos dice que la liturgia es el culto del Cuerpo de Cristo completo, cabeza y miembros. En la liturgia, somos llamados juntos a la presencia del Padre, que es el Padre de todos. Nos reunimos en Cristo, porque sin Cristo no podemos presentarnos ante el Padre. Y nos reunimos por el Espíritu de Cristo, que se derrama en nuestros corazones para que formemos “un cuerpo, un espíritu, en Cristo”. ¡Llamados a la presencia del Padre, en Cristo, por el Espíritu!
Así, la reunión de la asamblea es un signo y un símbolo de lo que Dios hace y de su obra. La obra de Dios en la historia es reunir en uno a los hijos de Dios, que están dispersos, superar las divisiones, proporcionar un lugar para los que carecen de casa y están solos, para apoyar a los que soportan cargas demasiado pesadas, y crear un oasis de comunidad en medio de un mundo dolorosamente dividido en los que tienen casi todo y los que carecen de todo.
Ahí, en la comunidad cristiana, podemos descubrir que todos pertenecemos a la misma humanidad y dejar de lado las diferencias. La reunión de los creyentes en una celebración litúrgica es la anticipación del día en que se establezca el Reino de Dios en su plenitud, cuando ya no exista la discriminación por razón de sexo, raza o riqueza; donde no habrá hambre ni sed, ni desconfianza ni violencia, competencia o abuso de poder, porque todas las cosas estarán sujetas a Cristo, y Dios reinará sobre su pueblo santo en paz y para siempre. Cada celebración litúrgica es –debería ser- un trozo de cielo en la tierra.
En palabras del Vaticano II: “Por eso, al edificar día a día a los que están dentro para ser templo santo en el Señor y morada de Dios en el Espíritu hasta llegar a la medida de la plenitud de la edad de Cristo, la liturgia robustece también admirablemente sus fuerzas para predicar a Cristo, y presenta así la Iglesia, a los que están fuera, como signo levantado en medio de las naciones para que debajo de él se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo Pastor” (Concilio Vaticano II, en la Constitución “Sacrosanctum Concilium” n. 2).
La liturgia, pues, nunca puede ser un asunto privado, individualista, donde cada quien reza sus devociones privadas, encerrado en sí mismo. Es la Iglesia, la comunidad eclesial la que celebra la liturgia. La liturgia es una acción de todos los cristianos. Nadie es espectador de ella; nadie es espectador en ella. Todos deben participar “activa, plena y conscientemente en ella”, como nos dice el concilio Vaticano II2.
Otro aspecto de la liturgia: La liturgia es del presente, pero apunta hacia el futuro; es de este mundo, pero apunta hacia una realidad que trasciende la experiencia presente. Es del presente, porque celebra y hace real la presencia entre nosotros de Dios que salva al mundo y al hombre en Cristo, pero esa misma presencia nos hace penosamente conscientes de cuán lejos estamos del Reino de Dios. Es un llamado para vivir y actuar por los valores de Dios, que no son los valores de una sociedad que toma como un hecho la desigualdad, la competitividad, los prejuicios, la infidelidad, las tensiones internacionales y el consumismo sin fronteras. Los valores de Dios son el amor, la verdad, la paz y la gracia.
De esta manera, la liturgia es de este mundo, pero apunta hacia un modo de vivir en el mundo que reconoce su profundo significado. La liturgia aprovecha todos los elementos de la vida humana. Nos enseña a usar nuestro cuerpo y nuestra alma para manifestar la presencia de Dios, para darle culto y servirlo, y para llevar su Palabra y sanar a los demás.
Nos enseña a escuchar la voz de Dios en la voz de los otros y a recibir de manos de los demás los dones de Dios mismo. Nos enseña a vivir en la sociedad, gentes de diferente educación y raza, como hombres y mujeres entregados a fomentar la paz y la unidad y la ayuda mutua. Nos enseña a usar los bienes de la tierra, representados en la liturgia por el pan y el vino, el agua y el aceite, no para que los atesoremos y consumamos a solas egoístamente, sino como sacramentos del mismo Creador que hay que aceptar con agradecimiento, utilizar con reverencia y compartirlos con generosidad.
Sí, la liturgia es una expresión de nuestra fe y amor; pero también conforma y profundiza esa fe y amor. Nos enseña cómo vivir con fe y cómo amar más profundamente y con mayor verdad. Nos enseña que la fe, la esperanza y el amor se hacen vivos a medida que reconocemos y aceptamos la obra de Dios en el mundo. Sabemos que la liturgia comienza y termina con la señal de la cruz, porque la cruz es la señal del amor que Dios nos tiene y de la respuesta humana de Jesús a ese amor. Amó hasta el final, obediente hasta la muerte de cruz.
Así, la liturgia nos hace comprender que no hay amor sin sacrificio, ni vida excepto por la muerte. En la liturgia y en la vida nos identificamos con la muerte de Jesús, de modo que la vida de Jesús también se manifieste en nosotros. El corazón de la liturgia, corazón de todos los sacramentos, desde el bautismo hasta los ritos por los moribundos, es el Misterio Pascual, el misterio de la iniciativa de Dios y de nuestra respuesta como se revela en la muerte y resurrección del Señor. Por la liturgia, la Iglesia actualiza el Misterio Pascual de Cristo, para la salvación del mundo y alaba a Dios en nombre de toda la humanidad.
No solamente el pan y el vino se han de transformar en la liturgia, sino que también nosotros tenemos que transformarnos, asociándonos al sacrificio de Jesús, permitiendo que Dios suscite en nosotros constantemente una vida nueva, de modo que también la Iglesia se transforme para que el mundo evolucione según los designios de Dios para toda la humanidad.
En este sentido podemos decir que en la liturgia se unen la “lex orandi”(oración), la “lex credendi” (dogma) y la “lex vivendi” (vida). No son separables, como veremos en la primera parte, la oración, el dogma y la vida, sino que se deben iluminar e interaccionar en reciprocidad.
La liturgia hace explícito lo que está escondido e implícito en la historia del hombre; nos recuerda lo que Dios ha hecho en el pasado, para que podamos reconocer al mismo Dios actuante en el presente, y nos recuerda los fines a los que el mundo y su historia se dirigen, la posesión eterna de Dios en el cielo. Nos pone en contacto con el misterio que existe en el corazón de todas las cosas y de cada ser humano.
La liturgia es, sin duda, el momento culminante de la vida de la Iglesia, de la actuación del Espíritu Santo y de la presencia del Cristo glorioso. La liturgia es la salvación celebrada, vivida.
Adentrémonos con fe y respeto en este misterio de la liturgia.

PRIMERA PARTE
El misterio insondable de la liturgia”

La liturgia es el río de vida que brota del Padre y del Cordero. Sí, un gran río donde confluyen todas las gracias y manifestaciones del Misterio Trinitario.


Este río comenzó el Viernes Santo. Se hizo caudaloso en Pentecostés. En cada celebración sacramental nos bañamos y nos refrescamos, nos purificamos y saciamos nuestra sed, pues ahí nos sale Dios con su agua salvífica, que nos limpia, reconforta y alivia.
Este río pasa a través del canal de la palabra humana de Dios, escrita en la Biblia y cantada en la Iglesia, sin jamás agotarse.
Esta liturgia se vive en la celebración, cuyos elementos son la asamblea, los ministros, el espacio, el tiempo, el canto, las acciones simbólicas, la palabra de Dios, leída en la Biblia, y la palabra de la Iglesia pronunciada por nosotros
El hombre tiene sed y busca su agua en los pozos donde piensa que puede encontrarla. En su caminar errante, excava un pozo cada vez que planta una tienda. Así es el hombre.
Pero Dios nunca duerme. Es Dios quien excava en el hombre la sed y la espera. Es Dios quien antes que nadie tiene sed, y es quien sale al camino para buscarnos, hasta encontrarnos en el brocal de nuestros pozos irrisorios y medio secos.
Nos dice Orígenes: “Sal de estos pozos, y recorre toda la Escritura buscando pozos y llega al Evangelio. Le encontrarás junto al brocal de aquel pozo en el que nuestro Salvador reposaba, por la fatiga del viaje, cuando llega una samaritana que quería sacar el agua...” 3.
La liturgia es ir a esa fuente, que es Dios, donde Él mismo nos ofrece esa agua viva de su gracia y quedamos saciados. Y los canales que Dios ha dispuesto para que fluya su agua viva son las celebraciones litúrgicas. Pero no confundamos fuente y canal. Antes de hablar de nosotros y de nuestras celebraciones hay que escuchar a Quien celebra y es celebrado, a Dios. Acojamos a Quien nos ofrece la fuente.
Quien se arrime a esta fuente, se convertirá en árbol frondoso con frutos opíparos y sabrosos. Frutos de santidad y frutos de apostolado.
1. Asomándonos al misterio de la liturgia
La liturgia es un misterio. Un misterio escondido durante siglos4. ¡Tantos siglos en silencio!
Fue Jesús quien vino a introducirnos en este misterio. Jesús se convirtió en la fuente que trae el agua viva de su Padre. Y al introducirnos en este misterio, nos pone en comunión con la Trinidad viva y vivificante, infundiéndonos su amor.
Este río que nos da su agua viva, su amor, su energía, su santidad...no ha salido del corazón del hombre, sino del corazón de Dios que lo infunde en el corazón del hombre. Este río de la vida está motivado por un impulso de ternura, por una atracción inaudita. Es un río lleno de impaciencia, de pasión por abrevar la sed del hombre, por habitar entre los hombres.
¿Será acogido este río? ¿Se juntarán la pasión de Dios por el hombre, y la nostalgia de Dios que el hombre padece? ¿Aceptará el hombre acercar las raíces de su árbol a las corrientes de este río, y así dar frutos de vida, o pretenderá el hombre coger el fruto por sí? Así hizo Adán y Eva en el paraíso. Y, ¿cómo les fue?
La liturgia es un misterio. ¿Cuándo se descubrió este misterio?
Ya todo estaba preparado para que irrumpiese este río de vida e irrigase todo el huerto del mundo y de los corazones: había sed en el hombre; hubo paciencia de los justos del Antiguo Testamento, aguantando el sol implacable de tantos siglos; hubo oración y llanto, sufrimiento y fidelidad, esperanza en la Palabra...Y sobre todo, estaba la sed que Dios tiene del hombre. ¡Todo estaba preparado!
¿Quién fue la compuerta para que brotara toda esta corriente de agua viva?
Fue María Santísima quien hizo posible la llegada de este misterio escondido. Con su “Sí”, el Espíritu Santo unió la energía divina y la energía humana, unió el Don y la acogida, unió el río de la vida y el mundo de la carne que tenía sed de Dios.
En adelante, todo lo que es carne, es decir, humano, queda impregnado de la energía del amor de ese río de vida. Este río de la vida, unido a la energía de la acogida de María, tomó un nombre: Jesús. Entonces, ¡irrumpe la alegría del Agua viva! La fuente está ahí, ha nacido. Su nombre es Jesús de Nazaret, hijo de Dios e hijo de María.
Llegó el misterio a través de María, y con él nos vino el Agua viva, donde había sed; nos vino la Luz, donde había oscuridad; nos vino la Vida donde había desierto y muerte. Jesús es Agua viva, Luz, Vida...
Y el río de la Vida, escondido durante siglos, se sumerge en el río Jordán, el río más humilde de los ríos del mundo. Jesús asume todo lo humano, menos el pecado, y lo ofrece al Padre, y el Padre lo acepta. Y limpia las aguas todas. No fueron las aguas del Jordán las que limpiaron a Jesús, sino que fue Jesús quien purificó las aguas del Jordán y nuestras aguas. Desde ese día las aguas de todas las fuentes, con la fuerza del Espíritu Santo que el ministro sagrado invoca en el bautismo, tienen la propiedad de limpiarnos, no sólo por fuera, sino también interiormente.
La liturgia es un acto de Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, y Persona divina. Y trae toda la vida del Padre, el agua del Padre, el amor del Padre, la salvación del Padre. Cuando Cristo habla, es el Padre quien habla en su Verbo encarnado. Cuando Cristo actúa, es el reflejo del Padre. Cuando Cristo sana y cura es el Padre quien cura y sana. Cuando Cristo abreva nuestra sed de infinito, es el Padre quien nos sacia.
Pero este Jesús, manifestación del misterio de Dios escondido, que llega como fuente del Padre, sólo ofrece con amor esta agua viva, no nos obliga a beberla; atrae tiernamente, pero no impone su salvación ni obliga a acercarse para abrevar la sed. Sólo ofrece con cariño a quien tiene sed. ¡Son tantos, tantos los que no han querido acercarse! Y por eso, están sedientos y secos y estériles. ¡Qué pena! “¡Venid, sedientos todos!”. Pero quienes se acercaron a esa Fuente quedaron saciados, con ganas de seguir acudiendo diariamente a esa Fuente de Agua viva.
La liturgia es un misterio que se esclarece a la luz de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo; es decir, a la luz del Misterio Pascual.
El hombre, sí, tiene sed, ansía beber de la fuente. Pero se sabe mortal. Y se pregunta: ¿todo acaba con la muerte?
Aquí se entiende el porqué de la cruz del Señor, con su muerte y resurrección. Cristo no vino sólo a darnos un mensaje y una ley, ni sólo a revelarnos que Dios es Padre, que es bueno y misericordioso. Vino también para hacernos partícipes de su vida incorruptible y eterna. Y esto lo hace a través de la liturgia. Y para ello, nos pide que entremos en su muerte por amor, a esa fuente de vida, que pasa primero por la muerte. Así nos dará el agua de la vida eterna. En cada celebración litúrgica nos zambullimos en las aguas de la vida eterna.
Con su muerte nos ganó su victoria y salvación. El cuerpo de Cristo que surge vivo de la tumba no es ya solamente el de la sed del hombre; es ahora y por siempre el de la fuente de la vida. La vida surge de la tumba, más clara que del costado traspasado, más vivificante que del seno de la Virgen María. Ya no se trata sólo de que la sed busca a la fuente, sino que la fuente se hace sed y se derrama en ella: “Dame de beber...tengo sed” (Jn 4, 7; 19, 28).
El río de la vida estaba anonadado, escondido en el cuerpo mortal de Jesús. Y sólo después de su resurrección se hace caudaloso, impetuoso y lleno de vida. Quiere recorrer todos los campos y corazones humanos y regarlos y hacerlos fructificar. Y esto lo hace Cristo a través de la liturgia.
Es, pues, en la resurrección donde el río de la vida brota de Dios y del Cordero. Aquí nace la liturgia; y la resurrección de Jesús es su primer manar. Manó este río del cuerpo de Cristo, incorruptible y vivificante. Y quien bebe de esta agua se hace, con Él, incorruptible y vivificante.
La liturgia es este poder del río de la vida en la humanidad de Cristo resucitado. Se actualiza aquí y ahora, en cada celebración litúrgica. La Pascua penetra la profundidad del hombre y de la historia, y nos hace participar de la vida divina.
Desde la Ascensión, cuando la humanidad de Cristo llega junto al Padre y difunde el don vivificante del Espíritu, no cesa de manifestar y realizar la liturgia. No hay más que una Pascua, pero su poderosa energía se desarrolla en una Ascensión y en un Pentecostés continuos. Desde la Ascensión se da la inauguración de una revelación de fe, totalmente nueva, de un tiempo nuevo: la liturgia de los últimos tiempos, donde Dios comparte su salvación, su santidad, su alegría. Desde la Ascensión nuestra liturgia tiende y aspira a la liturgia celestial, donde está Jesucristo-Cabeza a la diestra del Padre.
Desde Pentecostés, el río de la vida brota ya del trono de Dios y del Cordero. El Espíritu Santo es Don del Señor resucitado. Y desde este día, el Espíritu Santo nos ha transformado, divinizado. Y desde ese día, el Espíritu Santo ha engendrado virginalmente el Cuerpo de Cristo, tejido de nuestra humanidad, que es la Iglesia. Y desde este día la liturgia eterna irrumpe en nuestro mundo, en nuestro tiempo para inundarlo, regarlo, fertilizarlo. Y desde ese día, esa Iglesia se convierte en fuente visible, presente, accesible, de donde todos los hombres recibirán el agua de la vida verdadera.
De ahora en adelante, la Iglesia es cuerpo místico donde podemos de alguna manera ver, escuchar y tocar al Verbo de vida, y saborear esa Agua viva de la gracia. Por el Espíritu Santo, la liturgia toma cuerpo en la Iglesia.
La Iglesia es como el rostro humano de la liturgia celestial, su presencia luminosa y transformante en nuestro tiempo.
La liturgia celestial comenzó, pues, en nuestra historia el día de Pentecostés, con la efusión del Espíritu Santo. Sin embargo, su plenitud será al final de los tiempos. Por eso, la liturgia tiene carácter escatológico, es decir, comienza aquí, pero se completará en el cielo.
El agua de la liturgia aquí en la tierra se abre paso en medio del pecado, la oscuridad, la mentira, la muerte. E ilumina todo, lo salva, le da el sentido profundo, riega este mundo con la sangre vivificante del Cordero...y así la compasión del Padre penetra el sufrimiento y la miseria de todo hombre. Y quien se deja bañar de esta agua viva se sana y se salva, se purifica y se reconforta.
Por eso, desde el día en que entró la liturgia (acción salvífica) en el mundo, nuestro tiempo no es ya una tumba sellada: está abierto a la plenitud, atraído por la alianza y en espera de su consumación. En la liturgia, el Padre, por medio de su Hijo, con la fuerza del Espíritu Santo, desciende a nuestros infiernos para despojarlos de los clientes de la muerte, y darnos la participación de su vida resucitada.
Ahora es el tiempo del silencio y de la fe, antes de que el Cordero abra el último sello de la historia; es el tiempo de la esperanza y del gemido: “¡Ven, Señor Jesús!”. Y la satisfacción completa será en el cielo. Aquí, a sorbos.
En la liturgia, el hombre es santificado. Se “endiosa”, en cierto sentido. Así como Jesús en la transfiguración hizo participar a sus tres íntimos en la luz deificante, así también, continúa ahora transfigurándose en su mismo cuerpo que es la Iglesia, a través de los sacramentos, acciones deificantes del cuerpo de Cristo en nuestra humanidad.
El Señor, tras su Ascensión, difunde entre los hombres el río de la vida, la liturgia, en su cuerpo que es la Iglesia, y he aquí la transfiguración hoy.
La humanidad de la Iglesia es el cuerpo en el que el Señor se revela y obra. Pero necesitamos entrar en la nube de la fe para poder ser iluminados por su divinidad y experimentar el: “¡Qué bien estamos aquí!”. La liturgia hace vivir en la Iglesia la transfiguración del Cuerpo de Cristo que nos comunica su vida divina, su esplendor y santidad.
La liturgia es un misterio. El Espíritu Santo nos deifica en la liturgia celebrada y vivida. La fuente crea en nosotros la sed. Esa fuente nos da a beber el Espíritu. Y así nos hacemos cuerpo de Cristo. Las energías deificantes del Cuerpo de Cristo nos alcanzarán, además, en todo nuestro ser, en nuestro cuerpo.
El Señor se adueña entonces de algunas de nuestras realidades materiales, agua, pan, vino, aceite, hombre y mujer, corazón contrito; se los asocia a su Cuerpo en crecimiento y les hace participar de su irradiación benéfica.
Lo que nosotros llamamos sacramentos, son, en efecto, acciones del Cuerpo Místico de Cristo, a través de las cuales el Espíritu Santo nos deifica. Con pleno realismo espiritual, estas energías son sacramentos, de otro modo no podrían endiosar. Podemos recibir el Espíritu, sólo porque él asume nuestro cuerpo.
La Iglesia es cuerpo de Cristo y esposa de Cristo. En cuanto cuerpo, la Iglesia es una con Él que es la cabeza. En cuanto esposa, es pura acogida, disponibilidad y entrega al Señor. Y en cuanto esposa concibe el cuerpo total de Cristo. Es la Iglesia quien concibe el cuerpo de Cristo en la fe, y lleva adelante la gestación en la esperanza.
La liturgia, gracias al Espíritu Santo, es el lugar donde la Iglesia, mediante los sacramentos, nos trae la luz deificante de Cristo, y donde nos empapamos del agua de ese río divino. Nuestras rutinas reducirían los sacramentos a cosas sagradas, si desconociéramos el Espíritu que nos transfigura a través de ellos, pues toda energía del Espíritu Santo se vive en el corazón de la Iglesia, en su humanidad empapada de luz; y no hay ninguna energía de la Iglesia que no sea la del Espíritu de su Señor.
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