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Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


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EL SIGLO XVIII AUGURA UN CAMBIO DE ACTITUD ANTE
LOS CIEGOS

Según Jesús Montoro Martínez, el siglo xviii es el período


de las tendencias humanitarias, de las innovaciones fecundas
y del despotismo ilustrado, que imprimen a Europa un carác-
ter sociológico de halagüeñas perspectivas para los ciegos,
pues auguran un profundo cambio en la actitud de los ciuda-
danos hacia los faltos de vista.

En el escrito científico-filosófico Cartas sobre los ciegos


para uso de los que ven,
Denis Diderot (1713-1784) mantiene
la tesis de que los ciegos son susceptibles de ser instruidos, y
que es al Estado a quien corresponde impartirles educación
y remediar la miseria y el abandono en que viven material y
moralmente.

La obra toma pie de un experimento del académico Réau-


mur, el cual, después de hacer recuperar la vista a un ciego
de nacimiento que tenía en casa, con la operación de las ca-
taratas, invitó a algunos hombres de ciencia y filósofos a asis-
tir a las primeras reacciones del «sujeto» en contacto con la
luz. De todas formas, fue fácil de advertir por los presentes
que aquel ciego había ya visto, y que Réaumur no les había
reservado las primicias del interesante experimento. Picado
en su amor propio, e intrigado por la cuestión, Diderot se
tomó el desquite con una amplia disertación en forma de car-
ta dirigida a Madame de Puisieux. Sacando partido de sus
observaciones personales sobre un ciego de la comarca de
Puisieux, además de las hechas sobre Nicolás Saunderson
(célebre ciego sabio que vivió de 1682 a 1739) y de otras nu-
merosas informaciones, examina la cuestión desde todos los
puntos de vista, para extraer de todo ello una serie de deduc-
ciones en extremo interesantes: las particulares condiciones
psíquicas; las características de la mentalidad de los indivi-
duos afectados de ceguera; sus posibilidades de aprender a
razonar sobre las cosas del mundo; los límites y las modali-
dades de sus experiencias sensibles; las ideas que pueden

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formarse de la naturaleza y del universo, comparadas con las
de los hombres normales, ofrecen a Diderot tema suficiente
para extenderse en una riquísima serie de agudas observa-
ciones y audaces conjeturas que le llevan a curiosas y abun-
dantes digresiones, en el transcurso de las cuales somete a
examen, desde diferentes puntos de vista, toda la ciencia y fi-
losofía de su época.

Durante el Barroco hemos visto en escena a faltos de vista


que son rezadores u oracioneros, pero también son muchos
los que se dedican a otras actividades. Así, en la obra La casa
de vecindad, del comediógrafo español Juan Ignacio Gonzá-
lez del Castillo (1733-1800), aparece un ciego cantor de Cá-
diz. En general, tipos populares, escenas y costumbres pinto-
rescas de Cádiz dan el motivo inspirador de sus obras.

El dramaturgo español Ramón de la Cruz Cano y Olmedi-


lla (1731-1794) ha hecho una aportación decisiva al teatro
español con los saínetes, piezas breves en romance octosilá-
bico, con canciones y seguidillas. Situado en la tradición de
los pasos y entremeses (Lope de Rueda, Cervantes, Quiñones
de Benavente, entre otros), describe tipos y costumbres de las
capas medias y bajas de la población. En el saínete La fiesta
de Pólvora atestigua la introducción de las tonadillas en los
pueblos, siempre por obra de los ciegos y sus lazarillos. Los
privados de vista eran transmisores de melodías y versos de
autores contemporáneos, y algunos escritores abogan para
que cobren los invidentes por esta labor cultural.

Hasta ahora hemos podido advertir cómo la presencia de


mujeres ciegas en la literatura ha sido prácticamente nula, al
igual que en las restantes minusvalías. El motivo reside en la
vida tan monótona que llevaban las mujeres privadas de vis-
ta, pues, como dice Jesús Montoro Martínez, permanecían en
sus casas paternas, ayudando a los quehaceres domésticos,
lavando y cosiendo ropa a los vecinos, llevando y trayendo
recados, bordando ajuares de novia y otros menesteres que
les proporcionaban escasos ingresos. Su principal profesión
era rezar en los duelos y velatorios, dirigir el santo rosario y
decir oraciones en las onomásticas de las personas distingui-
das y acaudaladas. Por todo ello, no fueron objeto de interés
para la mayoría de los autores.

Sin embargo, en la poesía española encontramos en Juan

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María Mauri (1772-1845) un ejemplo que muestra la lamen-


tación de una ciega por la imposibilidad de admirar la belle-
za de las flores, en concreto de las rosas, pues son éstas su
mercancía o forma de ganarse la vida. Es la poesía titulada
La ramilletera ciega:

«Caballeros, aquí vendo rosas;
frescas son y fragantes a fe:
oigo mucho alabarlas de hermosas,
eso yo, pobre ciega, no sé.


Para mí ni belleza ni gala
tiene el mundo, ni luz ni color;
mas la rosa del cáliz exhala,
dulce, un hálito, aroma de amor.


Cierra, cierra tu cerco oloroso,
tierna flor, y te duele de mí,
no en quitarme tasado reposo
seas cándida cómplice así


Me revelas el bien de quien ama,
otra dicha negada a mi ser;
debe el pecho apagar una llama
que no puede en los ojos arder.


Tú, que dicen la flor de las flores,
sin igual en fragancia y matiz,
tú la vida has vivido de amores,
de Favonio halagada feliz.


Caballeros, compradle a la ciega
esa flor que podéis admirad;
la infeliz con su llanto la riega;
ojos hay para sólo llorar.»

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LOCURA

El tema de la locura amorosa en esta época pierde una


importancia que había tenido en su tratamiento durante el
Renacimiento y parte del Barroco. Ello se debe al contexto en
el que se mueve el siglo xviii, más preocupado por la produc-
ción de obras con un sentido crítico y didáctico que no en te-
mas de carácter más trivial.

Así, el dramaturgo Jean-Frangois Regnard (1655-1709),


continuador de Moliere, escribió una comedia dedicada a las
locuras amorosas, cuyo epílogo, titulado «Las bodas de la lo-
cura», es digno de ser comentado. Mientras Clitandro se ale-
gra con Erasto por haber conseguido, en Agata, una mujer
hermosa y alegre, llega el criado Crispín, vestido de médico,
quien afirma que quiere curar a los locos que abundan por
todas partes. Entran el Carnaval y la Locura, que improvisan
alegres comentarios sobre la locura humana, y como el an-
ciano Alberto, a quien Erasto ha quitado su pupila Agata,
quisiera volver a ver a la muchacha amada, la Locura le pro-
pone devolverle el juicio si renuncia al amor de su pupila. Al-
berto acepta y la Locura sanciona el matrimonio de Erasto y
de Agata. El epílogo termina con alegre cordura las amorosas
locuras de aquellos amantes.

MINUSVALIA SOCIAL

Tanto en siglos precedentes como en el siglo xviii y poste-


riores, muchos son los autores que se ven atraídos y reflejan
en sus obras aquellos personajes que viven al margen de la
sociedad y que siguen sufriendo un rechazo por parte de la
misma, pues su consideración no ha cambiado mucho, y,
como veremos también en el siglo xix, no cambiará nunca.
Sus connotaciones serán siempre peyorativas.

No faltan escritores, como Jonathan Swift (1667-1745),


que ofrezcan «una modesta propuesta para impedir que los
hijos de los pobres sean una carga para sus padres o para el
país, y para que sean útiles al público». La indignación del
autor por la pobreza de Irlanda reviste en esta obra satírica

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tonos cáusticos y paradójicos: lo que propone es nada menos
que comerse a los niños de los pobres; de este modo se evita-
rían también los malos tratos dados por los maridos a las
mujeres durante el embarazo, ya que ellas serían entonces
tan preciosas como las vacas o como las cerdas preñadas.

El poeta inglés John Gay (1685-1732), en el melodrama


satírico La ópera del mendigo, nos muestra cómo algunos vi-
cios de los pobres son también de las altas esferas de la so-
ciedad.

En una breve introducción a telón corrido es presentado


el Mendigo, presunto autor de la comedia, que tiene como ac-
tores a ladrones, encubridores, mujeres de mal vivir, aboga-
dos y carceleros, en confabulación para sacar dinero de todos
lados. El protagonista es el ladrón Macheath, a quien el encu-
bridor Peachum hace detener en cuanto se entera de que se
ha casado con su hija Polly, para librarse de un yerno que
sabe demasiado sobre su vida. Macheath es un tipo de ladrón
apuesto y mujeriego; hasta Lucy, hija de Lockit, jefe de la cár-
cel de Newgate, ha sido su amante, y, segura de que él se ca-
sará con ella, favorece su fuga. Detenido por la traición de
otras mujeres pagadas por Peachum, Macheath está a punto
de ser ajusticiado, entre el llanto de numerosas madres de hi-
jos suyos, cuando vuelve a aparecer el Mendigo y, por conse-
jo del director de escena, lo hace declarar en libertad y todo
termina en un baile, pues, como observa el Mendigo, «en
esta especie de drama nada es nunca demasiado absurdo», y
«si la comedia hubiese quedado como al principio había sido
imaginada, hubiera contenido una magnífica moraleja. Hu-
biera demostrado que los pobres son tan viciosos como los ri-
cos, pero que sólo ellos pagan la pena».

Parodia de la ópera italiana, entonces de moda en Lon-


dres, y, sobre todo, sátira aguda y despiadada de las corrom-
pidas costumbres de las altas esferas de la época.

Por último, existen obras que muestran las burlas que


sufrían algunos personajes bufos. Así aparece en la come-
dia Las Chanceras, del comediógrafo italiano Cario Goldoni
(1707-1793). Escribió casi doscientas comedias, y en general
prevalecen las de corte costumbrista sobre las de tema o am-
bientación histórica. En todas ellas la intriga reposaba sobre
elementos de la vida cotidiana. Su concepción espontánea del

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arte le posibilitó recrear, sin apenas deformación literaria al-
guna, las escenas más significativas de una sociedad en pro-
ceso de transformación social. El realismo de los diálogos in-
crementaba el carácter de naturalidad de las escenas. En ge-
neral, en todas sus obras tendió más al reflejo exacto de un
ambiente que a la fina matización psicológica del comporta-
miento de los personajes.

Las Chanceras es una de las obras más vivas y animadas
de Goldoni, verdadera muestra de la festiva feminidad vene-
ciana que dominaba en los últimos carnavales de la Serenísi-
ma. El asunto de la obra se desenvuelve en torno a la llegada
a Venecia del forastero Ferdinando, a quien Marietta envía
por chanza una carta amorosa, dándole una cita. La descono-
cida amante será reconocida por un lazo. Pero cuando Ferdi-
nando acude a la cita halla una infinidad de lazos: lo llevan
todas las amigas de Marietta, invitadas por ella. Y las burlas
continúan, en una secuencia de episodios y personajes bufos,
como el del sordo Luca, que no comprende nada en medio de
tantos enredos. Pero Marietta acaba por quedar cautiva de su
propia burla, pues se enamora de Ferdinando.

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SIGLO XIX

El siglo xix constituye una etapa especialmente agitada en
la historia europea, caracterizada por profundos cambios en
todos los órdenes.

Aparecen dos movimientos ideológicos y culturales que


marcan el quehacer político: el liberalismo, ya anunciado en
el siglo anterior, y el nacionalismo, de cuño esencialmente
nuevo.

El primero provocará el nacimiento de un modelo econó-


mico nuevo que conducirá al colonialismo, y el segundo alte-
rará las fronteras europeas. Frente al liberalismo surgirán
también movimientos revolucionarios que, en su aspecto es-
trictamente político, afloran en 1820, 1830 y 1848.

El siglo xix presencia una profunda transformación eco-


nómica en todos los órdenes. El progreso de la ciencia y de la
técnica se aplica al trabajo y a la producción. Los cambios
más llamativos se operan en la industria; por eso, a este hon-
do cambio se aplica el título genérico de Revolución Indus-
trial, que va acompañada de una explosión demográfica muy
importante. Tiene lugar también una revolución agrícola y
otra en los medios de comunicación y transporte. Por fin
asistimos a la evolución de las formas capitalistas, que sirven
de base a la revolución económica y pasan sucesivamente
por las etapas de un capitalismo industrial y otro financiero.

La revolución económica fue paralela a la revolución polí-


tica, iniciada en la francesa de 1789. Las dos tienen un mis-
mo protagonista: la burguesía. Ambas son vertientes simultá-
neas que explican y apoyan a la burguesía.

La revolución económica se origina en Inglaterra en el úl-


timo tercio del siglo xviii. Desde allí se extiende a Europa, du-
rante el siglo xix, así como a los Estados Unidos y Japón.

El siglo xix significó un avance espectacular en los terre-


nos científicos, filosófico, literario y musical. Fue un siglo de
diversidad y polémicas entre las diferentes tendencias filosó-
ficas, de gran variedad de estilos literarios y de formulacio-

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nes científicas, que han condicionado todo el desarrollo pos-
terior de la ciencia.

El gran avance científico se produce en el campo de la Fí-


sica (termodinámica, electricidad, radiactividad, fotografía,
morse, etc.), la Química (peso atómico), Medicina (vacunas,
histología, microbiología), Biología (herencia y sus leyes, evo-
lucionismo, etc.).

La Filosofía se orienta en dos direcciones principales: idea-


lismo (Hegel), positivismo (Comte). El primero acepta deter-
minados elementos no experimentales y el segundo reduce
toda la realidad al dato concreto y experimentable, negando
el Derecho natural.

En la Música brilla el genio de Beethoven, y junto a él,


Schubert, Mendelssohn, Chopin, Berlioz, Rossini, Donizetti,
Glinka, Wagner, Verdi, Mussorgski, Rimski-Korsakov.

La Literatura tiene muchas tendencias, entre las que des-


tacan el romanticismo, el realismo y el naturalismo.

El Romanticismo supone la revolución del sentimiento


frente a la frialdad racionalista que ha triunfado en Europa en
el siglo xviii. Se trata de un amplio movimiento cultural que
triunfa en Europa durante la primera mitad del siglo xix y es
hijo del idealismo alemán, contrario al racionalismo francés.

Frente a las normas rígidas del neoclasicismo triunfa la


inspiración individual del artista. El sentimiento se impone a
la razón y alza el principio sagrado del siglo: la libertad. El
sentimiento desbordado se traduce en un canto al amor, no
exento de melancolía, «el mal del siglo». Por el afán de exal-
tación de la personalidad, se convierten en temas para sus
obras las vivencias propias del autor. El paisaje cobra una
importancia extremada, sobre todo los brumosos, los que se
refieren a ruinas o parajes llenos de evocaciones lejanas.

Los romanticismos literarios suelen agruparse en dos fa-


cetas: el Romanticismo histórico o tradicional, que se alimen-
ta de temas del pasado (retorno a la Edad Media) y el Roman-
ticismo liberal, que se une al ardor revolucionario puesto
sobre el tapete por la Revolución francesa.

El origen del romanticismo se produce en Alemania como


una reacción frente al Aufklärung. En este país sus grandes
protagonistas son Goethe, con su inmortal Fausto, un poema
dramático culminante, de valor universal, y Schiller, que echa

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las bases del teatro romántico, autor de obras inmortales
como Los bandidos o Guillermo Tell En poesía cabe destacar
la influyente personalidad del lírico Heinrich Heine.

En Inglaterra, Walter Scott cultiva la novela de carácter


histórico con su célebre Ivanhoe, mientras Lord Byron encar-
na en su propia vida el ansia de libertad de los pueblos y deja
encendidos cantos a la libertad.

En Francia, Chateaubriand se planta en un terreno mar-


cadamente cristiano (El genio del cristianismo), mientras el
gran poeta Lamartine y el novelista Alejandro Dumas condu-
cen el estilo a la culminación señalada por Víctor Hugo, la
máxima figura del romanticismo francés en el cultivo de la
novela (los miserables) y el teatro (Hernani).

Italia se ve representada por dos grandes escritores: el


poeta Leopardi y Alessandro Manzoni, gran cultivador este
último de la novela y autor de Los novios.

En España, Bécquer y Espronceda son las máximas figu-


ras en el campo de la poesía. Las Rimas del primero constitu-
yen una de las mejores muestras de la poesía europea del
momento. En el teatro brillan Zorrilla, con su inmortal Don
Juan Tenorio;
el duque de Rivas, autor de Don Alvaro o la
fuerza del sino, y García Gutiérrez, creador de El trovador.
Mariano José de Larra se sitúa en el campo de un romanticis-
mo liberal y, gran conocedor de la sociedad de sus días, deja
profundos artículos periodísticos, manejando hábilmente la
crítica de costumbres.

El Realismo constituye el segundo gran movimento litera-


rio y artístico del siglo xix. Su punto de arranque hay que si-
tuarlo hacia la mitad del siglo. Significa un abandono del
mundo interno y de los sentimientos del autor. Es un enca-
rarse con la realidad social que ha creado la industrializa-
ción, subrayarla y presentarla sin disimulos; trasladar la rea-
lidad a las páginas o a los lienzos, sin acudir a exotismos de
ningún tipo. El autor hace el análisis objetivo y directo de lo
que tiene frente a él, de lo que la realidad le muestra. Los
problemas sociales, la dureza del trabajo y de la vida en los
suburbios se encuentran como temas más atrayentes. Este
realismo viene a ser la vertiente literaria del positivismo.

El género más cultivado es la novela, que adquiere ahora


sus rasgos más esenciales.

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El realimo se origina en Francia con Stendhal y llega a su
máxima expresión con Honoré de Balzac. Madame Bovary,
de Flaubert, marcó un importante hito en 1857.

En Inglaterra, Charles Dickens es su máximo represen-


tante: se fija sobre todo en el mundo de los niños, en su Oli-
ver Twist o en su David Copperfield.

En Rusia, la novela cuenta con dos figuras extraordi-


narias: Dostoievski (Los hermanos Karamazov) y Tolstoi
(Guerra y paz), en cuyas obras salen a la superficie los pro-
blemas sociales de la Rusia de su época.

En Noruega, Henrik Ibsen (Casa de muñecas, Espectros,


La dama del mar) afirma el drama moderno.

En España, la corriente realista está representada por


cuatro grandes escritores: Benito Pérez Galdós, Juan Valera,
José María Pereda y Leopoldo Alas Clarín.

El Naturalismo. Hacia 1870, el realismo, influido por el


positivismo de Comte y las doctrinas de Taine, deriva hacia el
naturalismo, cuyo máximo representante es el francés Emile
Zola, conocedor profundo de los problemas de su tiempo, del
ambiente de la sociedad capitalista y de las doctrinas evolu-
cionistas. Su positivismo le llevó a crear relatos de una inten-
sa fuerza dramática, en los que retrata los más sórdidos am-
bientes y personajes para demostrar que las leyes psíquicas
son tan exactas como las físicas (teoría del positivista Stuart
Mill). Sus obras, que produjeron escándalo y sensacionalis-
mo, influyeron notablemente en Europa. En nuestro país fue-
ron dignos representantes de esta corriente literaria la con-
desa de Pardo Bazán y Vicente Blasco Ibáñez.

LOS CIEGOS

Para dar una visión general de la situación de los inviden-


tes en este período, es necesario transcribir las palabras de
Jesús Montoro en su libro Los ciegos en la historia (tomo II).
Dice: «El siglo xix es, quizás, en muchos aspectos, la etapa
histórica en la que se plantean abiertamente los postulados
de todas las revoluciones más profundas que han sacudido a
la Humanidad, y la problemática de los deficientes visuales
también irrumpe en la vida colectiva con savia joven en lo

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que respecta a sus relaciones con la comunidad, y las ideas
de los invidentes comienzan a ser escuchadas y puestas en
prácica, si no en su totalidad, al menos parcialmente, y sus
prácticas instituciones afrontan la realidad con otras inicia-
tivas y más entusiasmo, tratando de dar nuevas orientacio-
nes a su política, con el fin de hallar solución a cuantas in-
cógnitas plantea la situación de los carentes de visión.»

La música sigue siendo una de las actividades preferidas


por los invidentes, bien como forma de ganarse la vida, bien
como medio de evasión o recreación. No hay que olvidar la
especial sensibilidad de estas personas para con la música.

El cuento El músico ciego, del escritor ruso Vladimir Ga-


laktionovic Korolenko (1853-1921), es uno de los relatos más
característicos del escritor y uno de los más aptos para en-
tender la bondad de su alma y la finura de su manera de con-
tar. Contiene la historia, lineal y sencilla, de un ciego de naci-
miento, el desarrollo de su alma, su gradual adaptación a la
vida y el dominio cada vez mayor que va tomando en su exis-
tencia la música, conocida al principio a través de la melan-
colía de las canciones ucranianas, tocadas con una especie de
gaita, y más tarde a través del piano, instrumento en que él
mismo recoge todas las armonías y melodías que le llegan de
la naturaleza, y que su exacerbada sensibilidad auditiva cap-
ta en el acto.

Las páginas en que se describe la doble revelación de la


música, primero al muchacho, pasivamente, y luego al joven,
ya en sentido creativo, son de una intensidad insuperable. Y
no son inferiores aquellas en que el tío Máximo, el anciano
ucraniano, antiguo voluntario de Garibaldi, forma el alma del
ciego para hacer de él un hombre fuerte, precisamente por
medio de la música; las que hablan del amor del ciego y de la
muchacha que ha crecido junto a él y que llega a ser su espo-
sa; y, por fin, aquellas en que se despierta en el jovencito cie-
go la piedad por los otros ciegos, pobres y desgraciados en
comparación con él. El amor hacia la muchacha y la piedad
para sus compañeros de desgracia son dos poderosos resor-
tes que hacen de él un creador.

Otro ejemplo lo encontramos en la novela El ciego Jeróni-


mo y su hermano, del alemán Arthur Schnitzler (1862-1931).
El asunto es el siguiente: Jerónimo y Carlos son hermanos,

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hijos de un pequeño propietario rural. Cuando niños, jugando
con el arco, Carlos dejó ciego a Jerónimo. Desde entonces
vive para el desgraciado, le enseña a cantar y a tocar la gui-
tarra; a la muerte de su padre acompaña al hermano por las
tierras de Valtellina y la llanura próxima, donde Jerónimo
canta y toca en las posadas y cafés. Viven así y el recíproco
afecto los sostiene y consuela. Pero un día la burla cruel de
un semiloco lanza la desconfianza en el ánimo del ciego,
quien llega a creer que Carlos le defrauda en sus ganancias.
Para recobrar la confianza de su hermano y entregarle la
moneda de oro que Jerónimo cree que le ha robado, Carlos
roba efectivamente a dos forasteros. Pero cuando Carlos es
detenido, Jerónimo lo comprende todo; el amor por su her-
mano renace de repente y vuelve a encontrar el único bien de
su vida. El autor muestra una finura psicológica, manejo feliz
de los caracteres, breve cuadro de vida en las pequeñas posa-
das de Stelvio, todo concurre a conferir al breve cuento una
fuerza y vitalidad sugestivas.

También podemos ver en el siglo xix cómo la mendicidad


sigue siendo la profesión «más socorrida para todos los cie-
gos, porque para ejercerla no se necesita una preparación
especial ni existen condiciones determinantes, pudiendo
practicarse sin discriminación de razas, edades ni sexo y en
cualquier momento y país. Mendigo se hacía todo aquel que
no podía ser mantenido por sus familiares, que carecían de
recursos económicos, y no quería perder su libertad, ampa-
rándose en un asilo o acogiéndose a la protección de una or-
den religiosa».

Encontramos en el poema Catalina, del ruso Taras Frigo-


revic Sevcenko (1814-1861), una breve mención de un men-
digo ciego y su lazarillo. Nos cuenta cómo Catalina, sencilla
muchacha ucraniana, seducida por un oficial ruso, es arroja-
da de su casa paterna y va a pie, llevando consigo a su hijo,
hacia Moscú, en busca de su amado. Tras muchos sufrimien-
tos y vagabundeos, encuentra a su seductor, pero es rechaza-
da. Catalina acaba su triste vida en un lago y su hijo, con los
años, se convierte en lazarillo de un mendigo ciego. Cierto
día encuentra a un gran señor en un coche de seis caballos.
La mujer que está a su lado queda impresionada por la belle-
za del niño y su compañero reconoce en él el bello semblante

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de Catalina, pero «se vuelve del otro lado y la nube de polvo
envuelve a Juanito». En este poema el autor contrasta la éti-
ca rusa (el ruso ama jugando y jugando abandona) con la éti-
ca de la mujer ucraniana, que ama con todo el corazón y lo
sacrifica todo al amor.

Una característica común que encontramos en algunos


autores es la de mostrar la capacidad de los ciegos para
apreciar la auténtica belleza interior de las personas, «ver» el
alma de las mismas.

Es el caso de la escritora británica Mary Wollstonecraft


Shelley (1797-1851), con su novela de terror Frankenstein.
Su personaje, el hombre creado por el doctor Frankenstein a
base de una serie de trasplantes, se ve rechazado socialmen-
te, de tal modo que se ve oligado a esconderse e inducido al
crimen.

Es significativa, en este sentido, la conversación que el ser


creado de Frankenstein mantiene con un ciego, único perso-
naje que le acepta al no poderle ver:

«Soy persona de buen comportamiento dice la
criatura del doctor—. Nunca he hecho mal a nadie y,
en cierta forma, sí he ayudado. Pero un prejuicio fatal
les nubla la vista, y donde ellos debían ver a un amigo
bueno y sensible, solamente encuentran a un monstruo
detestable.»

«(...) —¡Qué bondadoso es usted! añade la criatu-


ra ante la buena acogida por parte del ciego— ... Con-
fío en que, mediante su ayuda, no tendré que vivir ale-
jado de la sociedad, sin gozar de la simpatía de sus
congéneres.»

«¡Que el cielo no lo quiera! dice el ciego—. Eso
no debe suceder ni aun siendo usted un criminal, pues
sólo le llevaría a la desesperación, en vez de hacerle
amar la virtud. Yo también soy desdichado.»

También tenemos un buen ejemplo en la novela de Benito


Pérez Galdós (1843-1920) titulada Marianela. En ella, el cie-
go Pablo, creyendo bella a su lazarillo, Marianela, se enamo-
ra y le promete casarse con ella. Pablo juzga real la armonía
de lo físico con lo moral. Y los dos viven un idilio poético y

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delicado. Pablo ignora que Marianela es fea. Pero la ciencia
llega a Socartes, lugar donde transcurre la acción de la obra.
El médico Teodoro Golfín extirpa las cataratas de los ojos del
ciego de nacimiento. Entonces Marianela huye para que Pa-
blo no conozca su fealdad. Pablo se enamora de su prima
Florentina y se casa con ella. Mientras, Marianela muere de
fiebre, de dolor y de desengaño. En esta novela encontramos
dos mundos en oposición: el mundo de la imaginación y el
mundo superior de la realidad. El autor introduce el ciego
como símbolo de la incapacidad de contemplar la realidad
material. El idilio entre los protagonistas se basa en la igno-
rancia. Hará falta la ciencia para que el reino de la imagina-
ción deje paso al de la realidad. La pobre Marianela muere,
porque su misión en el mundo ha terminado. De ahora en
adelante será la ciencia quien dirija a la razón.

El tema de la ciencia al servicio de los privados de la vis-


ta, tratado también en Marianela, aparece brevemente en la
novela La ciega de Sorrento, del italiano Francesco Mastriani
(1819-1891). Es una obra escrita para el pueblo. Nunzio Pi-
sani mata, durante la noche y con la complicidad del notario
Basileo, a la marquesa de Rionero en su quinta de Portici
para robarle las joyas. La pequeña Beatrice, que dormía jun-
to a su madre, presencia el asesinato y, a consecuencia de la
terrible impresión, queda ciega. A Nunzio Pisani le ahorcan,
pero el cómplice sobrevive. Diez años después, el hijo de Pi-
sani, que nada sabía, busca trabajo en casa de Basileo para
poder proseguir sus estudios de Medicina. Descubre así la
historia del delito, averiguando que a su padre le defrauda-
ron la mitad del botín. Tras una escena de violencia, el mu-
chacho le arrebata un cofre con la joyas que le correspondían
a su padre, y luego huye de Italia. Pasados cinco o seis años,
un médico inglés de fama mundial, Oliviero Blackman, visita
en su villa de Sorrento a Beatrice di Rionero, enamorándose
de ella. Este, riquísimo, pero deforme y misántropo, no es
otro que Gaetano Pisani; moralmente regenerado, ha regre-
sado a Nápoles para restituir el robo a su legítimo propieta-
rio, que él ignora todavía quién es. El doctor promete al pa-
dre de Beatrice devolver la vista a la muchacha y pide su
mano. Beatrice acepta; la operación se realiza con todo éxito.
Pero, en el momento de la boda, el padre de Beatrice se da

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cuenta de que el anillo dado por Oliviero a la hija es el mismo
que pertenecía a su esposa. Tras una escena dramática, en la
que Gaetano revela quién es, el viejo marqués perdona al jo-
ven el delito del padre y le ruega salvar a Beatrice, fuer-
temente afectada por los últimos acontecimientos. En vano,
Gaetano le prodiga su ciencia: Beatrice muere, y el marqués
de Rionero se aficiona a Gaetano, considerándole como a un
hijo. Esta novela está saturada del incongruente sentimenta-
lismo de una fantasía popular, perdida en una confusa pre-
ocupación por los problemas sociales.

En la literatura europea del siglo xix encontramos algunas


obras en las que el tema de la ceguera aparece con un fin
moral.

Es el caso de la poesía Pensamiento en la biblioteca, del


escritor húngaro Mihály Vörösmarty. Nos cuenta cómo, visi-
tando la biblioteca de la Academia, el poeta es elevado a con-
frontar el ideal expresado en los libros con la realidad, a me-
nudo descorazonadora. Este pensamiento está simbolizado en
el contraste entre las ideas y palabras de la moral que los
hombres imprimen y el origen del papel que, acaso, fue ante-
riormente el vestido de un bandolero...; la ley está impresa so-
bre los despojos de los rebeldes, de los jueces falsos y de los
tiranos; la astronomía mide los mundos sobre los harapos de
una mendiga ciega: «¡luz y ceguera en una pobre página!».

Maurice Maeterlinck (1862-1949), escritor de nacionali-


dad belga, nos ha dejado dos importantes obras dignas de in-
cluirlas ahora: La intrusa y Los ciegos.

La intrusa nos muestra la clarividencia del ciego en una
determinada situación. El argumento es: la intrusa, la «muer-
te», entra en la casa, llega hasta la cama donde yace la espo-
sa enferma, mientras en la habitación de al lado vemos a su
familia: su marido, su cuñado, tres hijas y el anciano padre
ciego, que intentan alejar su ansia con breves y vagas pala-
bras. Solamente el ciego se da cuenta de la llegada de la in-
trusa, que, deslizándose, se acerca a la habitación cerrada.
Los demás no oyen y no ven nada, hasta que la puerta se
abre y una monja aparece en el umbral anunciando el falleci-
miento.

Los ciegos nos presenta el asunto en un antiguo bosque
septentrional, de aspecto eterno, bajo un cielo estrellado, en

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el que doce ciegos, hombres y mujeres, gesticulando en el os-
curo vacío, manifiestan un terror cada vez más violento, por-
que el anciano sacerdote que los ha conducido a la isla, lejos
de su asilo, ya no está con ellos; quizá se haya alejado un
poco para buscar el camino. Se dan cuenta, por fin, que él si-
gue estando entre ellos, pero muerto, y que están solos, sin
ninguna defensa, mientras algún grave peligro se acerca. Es
la humanidad despojada de su única guía, la fe.

Aunque es un caso excepcional en la literatura de siglos


precedentes, Charles Baudelaire (1821-1867) realiza una
crítica dura a los invidentes en su poesía dedicada a los cie-
gos perteneciente al grupo «Cuadros parisienses» de la obra
Las flores del mal. He aquí el poema:

«Los ciegos.

¡Contémplalos, alma mía, son realmentes espantosos!

Parecen maniquíes, vagamente ridículos,

terribles, singulares igual que los sonámbulos;

sin que se sepa adónde dirigen sus ojos en tinieblas.

Sus ojos, de los que surgió la centella divina
como si miraran a lo lejos, permanecen alzados
hacia el cielo; nunca se les ve inclinar hacia el suelo
su pesada cabeza con aire soñador.


Atraviesan así lo oscuro ilimitado,

ese hermano del eterno silencio. ¡Oh, ciudad!

mientras que a nuestro alrededor cantas, ríes y gritas,

prendada del placer hasta la atrocidad,

¡mira!, ¡yo también voy a rastras!, aunque más necio que

ellos, me digo: ¿Qué buscan en el Cielo todos esos ciegos?»

Como colofón a este apartado es necesario incluir en este


capítulo el significado de la literatura de cordel.

Los pliegos de cordel son aquellos que se tendían en cual-


quier esquina o plaza con una cuerda en que se sostenían
colgados por el doblez principal. Reciben también el nombre
de pliegos sueltos. Siendo texto impreso, nace de unas exi-
gencias económicas y sociales con el fin de divulgar a precios
muy módicos costosas recopilaciones poéticas cuyo número

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de ejemplares era reducidísimo, tales los Cancioneros, Flores
de Romances, Guirnaldas, etc., y de los que estampaban lo
más selecto o hacían simples reseñas. La importancia, pues,
de estos pliegos era grande. Servían para uso inmediato y re-
creativo del lector y, además, para su lectura en las escuelas
públicas. Por varios pasajes de nuestra literatura costumbris-
ta sabemos que los principales compradores de estos pliegos
sueltos eran los ciegos, quienes destinaban esta mercancía a
un público de gente humilde y, además de venderla, recita-
ban o cantaban el contenido de las obritas, acompañadas de
instrumentos varios, en especial la guitarra. Como tal género
literario, la literatura de cordel participa un poco de todas las
características de los restantes géneros, y en ella tiene cabida
toda clase de manifestaciones artísticas de gusto popular; si
desde sus comienzos recoge muestras de la poesía tradicional
y culta, junto a extractos de epopeyas medievales, libros de
caballerías o sucesos famosos en forma de relaciones, noti-
cias o gacetas, más tarde va perdiendo su fragancia folclórica
para engolfarse en afanes sensacionalistas, o sátiras sociales
y políticas, degenerando finalmente en relatos de crímenes y
«horrendos casos» en el siglo xix.
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