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Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


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Capítulo II

«Quiso Dios que llegaron a la tienda dos de las que
piden prestado sobre sus caras, tapadas de medio ojo,
con su vieja y pajecillo.»


Capítulo IV

«Había en el calabozo un mozo tuerto, alto, abigota-
do, mohíno de cara, cargado de espaldas y de azotes
en ellas.»


Capítulo X

«Por ésta, que es la cara de Dios, y por aquella
luz que salió por la boca del ángel, que si vucedes quie-
ren, que esta noche hemos de dar al corchete que si-
guió al pobre tuerto.»

Por último, el escritor español Francisco Santos (segunda


mitad del siglo xvii) es un prolífico autor de narraciones cos-
tumbristas como Día y Noche de Madrid; Periquillo, el de las
gallineras; Las tarascas de Madrid... Sus narraciones pre-
sentan ciertas afinidades de tono con la novela picaresca, de
la cual se podría considerar uno de sus epígonos.

En la narración Día y Noche de Madrid se exponen las la-


cras y vicios de la vida cortesana con un claro propósito mo-
ralizador. En ella, un italiano, Onofre, que llega a Madrid en
una procesión de rescatados, se une a un mozuelo, Juanillo el
de Provincia, pobre y desharrapado, quien se encarga, ha-
biéndose hecho amigos, de pasearle y enseñarle Madrid. A lo
largo de dieciocho capítulos, observan las condiciones socia-
les con detenimiento y agudas reflexiones. Cada capítulo se
ocupa de un tema determinado. En el primero, Juanillo cuen-
ta su vida; en los sucesivos, se tratan las costumbres de los
pobres, de los amores ilícitos entre criadas y señores casa-
dos, los toros, los vicios de los hombres, las cosas encontra-
das al pasar, los cirujanos ignorantes y los ladrones. Se criti-
can los entierros lujosos y los pleitos inútiles, las casas de

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juego, la mendicidad organizada, la vida abigarrada y men-


daz de las covachuelas de San Felipe, los refugios de huérfa-
nos y desamparados, las cualidades de las mujeres, los tipos
nocturnos, entre hampa y picaresca, las trampas de los ta-
berneros, las consecuencias de la vanidad, etc. En el discurso
último, el cautivo cuenta su vida. Todo se termina con la
boda de Onofre y Laura, a quien, en uno de estos paseos,
aquél había salvado de un incendio.

Otro tipo de minusvalía social es la que encontramos en


un soldado tras la guerra. Así, en El curioso saltamontes, de
Hans Jacob Christoffel von Grimmelshausen (1625-1676), se
nos muestra la miseria física y moral del protagonista.

Springinsfeld, el héroe del relato, es un compañero de ar-


mas de Simplicius y en otro tiempo fue valiente y temerario
soldado, pero en esta novela le encontramos reducido a mise-
ria física y moral, como rebelde y mendigo. Está representa-
do como el tipo universal del soldado raso que se pierde en el
laberinto de la vida, donde acaba por quedar prisionero y
víctima, porque le falta la luz de aquel ideal que consigue sal-
var a Simplicius y elevarle. Con sus aventuras, robos, actos
valerosos y bajezas, Springinsfeld no es más que uno de los
innumerables soldados, trágicos y grotescos al mismo tiem-
po, que el autor vio pasar por la escena de la guerra de los
Treinta Años.

LA LOCURA REAL O FICTICIA

Antes de la publicación de El Quijote, se conocen casos


reales de personas que enloquecieron leyendo el Amadís de
Gaula
y otras novelas de ese jaez. Basándose en tales casos,
en el ejemplo literario del Entremés de los romances (obra
anónima, en la que un ignorante labrador pierde la razón le-
yendo el Romancero e imita las hazañas de sus heroicos per-
sonajes), y en sus propias convicciones de artista, Miguel de
Cervantes (1547-1616) decide arremeter contra los libros de
caballerías. Y logrará su objetivo: tras El Quijote, ya no se pu-
blicarán más.

Obra culminante de nuestra literatura, El Quijote tuvo un


éxito fulminante. En su época se leyó como un libro preferen-

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temente humorístico, cuya trascendencia quedaba tal vez li-


mitada a ser una parodia regocijante de los libros de caballe-
rías, tan difundidos entonces. Un siglo después, en el xviii,
extinguido ya dicho género narrativo, los lectores y los críti-
cos empiezan a considerarlo como obra clásica y modelo de
lenguaje. Se estudia la vida de Cervantes y se publica El Qui-
jote
en ediciones lujosas y con bellas ilustraciones. Los espa-
ñoles se sienten orgullosos de la novela, que numerosos críti-
cos extranjeros incluyen entre las máximas creaciones del in-
genio humano.

Pero es en el siglo xix, con el advenimiento del Romanti-


cismo, cuando empieza a ser valorado El Quijote en profundi-
dad. En aquella época valerosa e idealista, el caballero man-
chego se convierte en símbolo del hombre que lucha solo por
el triunfo del espíritu, sin que le arredren los obstáculos.

Desde el Romanticismo, las interpretaciones se han suce-


dido y se suceden: filósofos, historiadores de las ideas, críti-
cos y políticos vuelven a él para desentrañar sus sentidos,
que cada vez parecen más ricos y complejos. El hidalgo y su
escudero encarnan, respectivamente, el impulso ideal y el
tosco sentido común que coexisten en el corazón del hombre.
Don Quijote se exalta, imagina las hazañas más portentosas,
muchas veces no ve la realidad, sino lo que inventa su fanta-
sía. Es, sin duda, un loco; pero su locura, en vez de alejárnos-
lo como sujeto risible y anormal, nos lo trueca en espejo, en
modelo de comportamientos válidos para todos los hombres.
Porque lucha por el amor, por la justicia y por la libertad;
aunque ello le valga quebrantos y desventuras, nada puede
doblegar su animoso corazón. Sancho, por el contrario, rudo,
glotón y rústico, es la contrapartida de su señor, cuyas extra-
vagancias no entiende. Pero le sigue, dando un ejemplo de fi-
delidad que le permite llegar a participar oscuramente de los
impulsos ideales y generosos de don Quijote.

Es hora de recordar su asunto. Un hidalgo manchego,


Alonso Quijano, pierde el juicio a consecuencia de la lectura
de libros de caballerías, toma el nombre de don Quijote de la
Mancha, y sale de su aldea en defensa de los débiles, como
caballero andante. Su dama es una aldeana, Aldonza Loren-
zo, a quien él llamará Dulcinea del Toboso. La primera salida
del protagonista acaba con la paliza que le dan unos merca-

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deres. El cura del pueblo expurga su librería, pero don Quijo-


te escapa de nuevo, acompañado ahora de un escudero, San-
cho Panza, humilde labriego paisano suyo. Varias aventuras
se suceden: la de los molinos de viento, la del yelmo de Mam-
brino, la de los galeotes. En todas ellas, la fantasía desborda-
da del caballero choca duramente con la realidad. Don Quijo-
te, como Amadís, desea hacer penitencia por su dama y, des-
de Sierra Morena, le envía, por Sancho, una carta,
descubriéndose así su paradero. El cura y el barbero de su
pueblo consiguen entonces volverlo a casa con un engaño.

La segunda parte cuenta una tercera salida del héroe,


quien después de vencer al Caballero de los Espejos (el bachi-
ller Sansón Carrasco, paisano suyo), de enfrentarse con los leo-
nes y de bajar a la cueva de Montesinos, llega a la corte de los
Duques, que se divierten a su costa. Don Quijote marcha luego
a Barcelona, donde es derrotado por el Caballero de la Blanca
Luna, que es otra vez el mismo bachiller. Vuelve de nuevo a su
pueblo y allí, desilusionado y vencido, recobra la razón y mue-
re con resignación, entereza y serenidad ejemplar.

Alonso Jerónimo de Salas de Barbadillo (1581-1635) escri-


be la novela Caballero puntual bajo el influjo de El Quijote.
Narra la manía de un pobre infeliz, Juan de Toledo, que se
convierte en don Juan de Toledo acosado por la locura de
grandezas. Se comporta como un noble y potentado y sufre
multitud de afrentosas burlas, que, en vez de causarle el natu-
ral escarmiento, son consideradas por él auténticos honores.

Abundan las situaciones en que el pobre desventurado


Juan de Toledo pasa amargos trances, resueltos con mucha
soltura. Es curioso el peso literario que el libro arrastra, re-
flejado en una burla que soporta el héroe, consistente en la
recepción de una carta que le escribe don Quijote de la Man-
cha. La contestación de Juan de Toledo recuerda una de las
enumeraciones quevedescas de cosas censurables.

La segunda parte acaece en Madrid, Alcalá de Henares y


Toledo, de donde, finalmente, es desterrado por la justicia el
héroe.

Algunos autores introducen en sus obras el tema de la lo-


cura con un fin puramente moralizador. Es el caso de El li-
cenciado Vidriera, una de las novelas ejemplares más impor-
tantes de Miguel de Cervantes.

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Las novelas ejemplares son unas narraciones cortas: de


ellas Cervantes quiso que las conclusiones que extrajeran los
lectores fuesen aleccionadoras; y así, dice: «Heles dado [a es-
tas novelas] nombre de Ejemplares, y si bien lo miras, no hay
ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provecho-
so (...). Una cosa me atreveré a decirte [se dirige al lector]:
que si por algún modo alcanzara que la lección de estas no-
velas pudiera inducir a quien las leyera a algún mal deseo o
pensamiento, antes me cortara la mano con que las escribí
que sacarlas en público. Mi edad [cincuenta y cinco años] no
está ya para burlarse con la otra vida.»

Así, en El licenciado Vidriera, un loco, que imagina ser de


vidrio, empieza a decir verdades que nadie se atreve a confesar.

Esto es, Tomás Rosaja, un pobre diablo recogido por


compasión por dos estudiantes de buena familia, frecuenta
con sus protectores la universidad, donde se distingue por su
inteligencia y amor a la ciencia. Movido por el espíritu de
aventuras, Rosaja deja los estudios y se enrola en un «Ter-
cio», dirigiéndose a Italia, donde vive largo tiempo, aprecian-
do las delicias del país, que a los españoles de aquella época
parecía un paraíso en la tierra. Vuelto a Salamanca para re-
emprender los estudios, es víctima de las artes de una mujer,
quien, para doblegar la voluntad del joven, le suministra un
filtro amoroso que, tras haberle puesto largo tiempo entre la
vida y la muerte, le deja en una extraña locura: la de creerse
hecho de vidrio, de modo que evita todos los contactos perso-
nales con el prójimo, por temor de que su cuerpo se haga
añicos. Por su extraña obsesión es llamado el Licenciado Vi-
driera y todos buscan su compañía y escuchan divertidos las
frases agudas y despreocupadas que pronuncia sobre cual-
quier tema expuesto por los asistentes, estupefactos y diverti-
dos con su extraña locura. Curado, por fin, gracias a los cui-
dados de un fraile, se dispone a defender causas ante el tri-
bunal. Pero cuando el Licenciado Vidriera se cura llega la
solución paradójica de la novela: los hombres que juzgaban
interesante al anormal, al loco, se muestran indiferentes ante
su normalidad, y Tomás Rosaja, obligado a ganarse el diario
sustento, se enrola en los Tercios de Flandes.

En algunas ocasiones, la locura aparece fingida, es decir,


sirve de pretexto para obtener un determinado fin, que unas

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veces consiste en descubrir una traición (Hamlet), otras en


evadir a la justicia (Los locos de Valencia), o bien en conse-
guir al ser querido (El licenciado Vidriera).

De todas las obras del gran dramaturgo inglés William


Shakespeare (1564-1616), Hamlet es la más sombría, la más
rica y la que ha determinado un mayor complejo de proble-
mas críticos.

Claudio asesina a su hermano, rey de Dinamarca, con ob-


jeto de usurparle el trono y, poco después, contrae matrimo-
nio con la viuda, la reina Gertrudis. El rey deja un hijo llama-
do Hamlet, a quien un día mientras duerme en las murallas
del castillo del Elsinor se le aparece el espectro de su padre
para revelarle que Claudio fue su asesino e incitarle a la ven-
ganza. Pero Hamlet es persona de temperamento indeciso y
romántico (es aquí donde aparece el famoso monólogo «ser o
no ser»)
y, de ser cierto, ¿debe creer en su odiosa revelación?
¿Y cómo él, Hamlet, podría matar al que es el marido de su
madre? Para conocer la verdad, Hamlet recurre a un subter-
fugio. Contrata a una compañía de comediantes ambulantes y
les pide interpretar delante del rey y de la reina una obra de
su composición. El argumento pone en escena el asesinato de
un rey cometido por su propio hermano, quien, a continua-
ción, se casa con la reina viuda. Mientras espera el día de la
representación teatral, finge la locura para observar mejor
las reacciones a su alrededor e incluso llega a lanzar injurias
contra su dulce novia, Ofelia, quien, como todos los demás en
el castillo, cree que Hamlet está loco.

Por fin llega la tarde de la representación y el príncipe ob-


serva con detenimiento a Claudio, el cual no puede soportar
este espectáculo y abandona rápidamente la sala. Por consi-
guiente, Hamlet adquiere la certeza de que su tío, el rey, es el
asesino de su padre. Sigue a su madre a sus habitaciones y le
grita su horror. Claudio, al verse descubierto, decide desha-
cerse de Hamlet y le envía a Inglaterra para que una vez allí
le den muerte; pero unos piratas desvían el navio y el prínci-
pe puede regresar de nuevo al castillo, donde se entera de la
trágica muerte de su amada, Ofelia. En el curso de un duelo,
organizado por el rey, Hamlet, ya herido, mata a Laertes,
hermano de Ofelia, y vuelve su arma contra Claudio, que pre-
sencia el combate.

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Pero Hamlet se desploma, pues la espada que le había to-


cado estaba envenenada, y su madre, la reina Gertrudis, loca
de dolor, bebe la copa de vino, igualmente envenenada, que
estaba preparada para su hijo.

En la comedia teatral de Lope de Vega Los locos de Va-


lencia, el joven aragonés Florián, creyendo haber matado en
riña al príncipe Rainero, huye, a pie, hasta Valencia, donde
un amigo, para salvarle de persecuciones, le aconseja fingirse
loco y como tal le hace entrar en el famoso hospital de la ciu-
dad. Al mismo tiempo, la joven Erífila, que ha huido de su
casa con su criado Leonato, en busca no de amor, sino de li-
bertad, es robada por éste y abandonada semidesnuda en las
cercanías del manicomio; también la toman por loca y la en-
cierran en el mismo hospital. Entre los dos jóvenes nace un
sentimiento amoroso que de buenas a primeras impulsa a
Erífila a fingirse loca, para hacerse agradable a Florián, que,
por fin, es inducido a declarar la verdad. Pero los juegos de
amor y la locura no se detienen aquí. De Erífila se enamoran
locos auténticos y hasta los mismos médicos del manicomio;
y por Florián se encaprichan Fedra, la sobrina del director, y
Linda, su joven sirvienta, las cuales no hallan otra solución
sino la de entregarse a una locura fingida divertidísima.

Por último, la acción de la comedia El licenciado Vidriera,


de Agustín Moreto y Cabaña (1618-1669), transcurre en Ur-
bino y sus inmediaciones. El gracioso Gerundio —criado de
Carlos, el protagonista— recuerda a éste la mala suerte que
les ha perseguido. Carlos está enamorado de Laura, hija del
noble anciano Pompeyo, a quien Carlos pidió hace tiempo la
mano de su hija, obteniendo por el momento respuesta nega-
tiva hasta que no fuese célebre y rico. Carlos llega de Bolonia,
de estudiar leyes, con prestigio, pero sin fortuna. Todavía no
es digno de Laura, a quien pretende su íntimo amigo Lisardo.
Entretanto, a causa de la muerte del duque Julio, Urbino que-
da sin sucesor y la corona recae en tres sobrinos suyos. Car-
los fomenta la causa del duque y el pontífice reconoce a éste
por sucesor. El duque ofrece la mano a Casandra, pero ésta
apela a la justicia de las armas y con el marqués Federico
ataca a Urbino. Carlos trae a Casandra prisionera y rinde a
Federico. Lisardo procura distraer la atención del duque y se
atribuye tales hazañas. Carlos y Gerundio viven en una míse-

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ra posada, mal atendidos y con aspecto de mendigos. Pompe-


yo ha dado ya a Lisardo su consentimiento para que se case
con Laura, quien sigue amando a Carlos. Este y su criado se
rebelan y los toman por locos. A partir de ahora, Carlos se
finge loco, engañando a su criado; se imagina ser de vidrio y
suplica que no se le acerquen, porque le quebrarían. Cambia
la suerte de Carlos. Es estimado por el duque, por Lisardo y
Pompeyo. Todos le buscan, pues su compañía es agradable.
Laura está muy afligida, pues cree que es la causa de su locu-
ra. Por fin, en una fiesta en el salón Alcázar, Carlos declara
toda la verdad y sus hazañas para conseguir la mano de Lau-
ra. El engaño se deshace y termina la obra con la boda del
protagonista con Laura y la del duque con Casandra.

Asegura Moreto, al finalizar el drama, que su trabajo no


tiene nada que ver con la novela de Cervantes. El autor pinta
el egoísmo de los hombres, la injusticia de la suerte y la des-
dicha en que viven la virtud y el mérito.

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NEOCLASICISMO

La culminación de las ideas racionalistas del Renacimien-
to se produce en el siglo xviii, llamado el Siglo de la Razón o
el Siglo de las Luces por sus mismos contemporáneos. Fran-
cia, sobre todo su capital, París, es el foco de irradiación de
esta cultura.

Los fundamentos económicos del siglo xviii comienzan


siendo los mismos que en la centuria anterior gracias al des-
arrollo demográfico ascendente. La llegada de metales precio-
sos de América y de la India sigue propulsando, sobre todo, el
comercio. Y el mercantilismo sigue siendo la doctrina econó-
mica que triunfa. Sin embargo, durante el siglo se dan dos im-
portantes pasos que impulsarán con fuerza la vida económica:
la revolución agrícola y la revolución industrial inglesa.

Dos concepciones económicas pugnarán con la vieja doc-


trina mercantilista: la teoría fisiocrática, que fundamenta en
la tierra toda riqueza, y la teoría librecambista, que pide que
el Estado no intervenga en la economía.

El triunfo de la sociedad estamental, aliada de la monar-


quía absoluta, define el llamado Antiguo Régimen, que a fina-
les del siglo será demolido en Francia por obra de la Revolu-
ción. Al lado de la nobleza fuerte y privilegiada se encuentra
la clase burguesa, que llega ahora a su máxima conciencia de
poder y aspira con decisión a detentar las riendas políticas de
los Estados. La burguesía impone desde ahora las ideas y las
modas. Por último, las clases populares actúan como cortesa-
nos en las ciudades y campesinos en el medio rural, donde
todavía se ven atados, en muchos lugares de Europa, a lazos
semifeudales.

El campo político se caracteriza por las grandes reformas


emprendidas por los monarcas, que las realizan para el pue-
blo, pero sin el pueblo (Despotismo Ilustrado). Colaboran con
las reformas los grupos de estudiosos y filántropos (Sociedad
de Amigos del País, Academias Reales, etc.).

En lo religioso, se producen el josefinismo y el regalismo

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y una hostilidad creciente hacia los jesuítas, como reacción


contra Trento

En literatura, tres son las corrientes que caracterizan la


época: el Neoclasicismo, la Ilustración y el Prerromanticismo.

La literatura neoclásica es una continuación del clasicis-
mo francés del siglo anterior. Francia, recién llegada a la
cumbre de su poder político, impone sus normas literarias y
favorece en toda Europa la aparición de un frío arte neoclási-
co, basado en las reglas y en la imitación no de los escritores
grecolatinos, sino de las grandes figuras francesas del xvii.
Falto de espontaneidad y de vida, el Neoclasicismo apenas
produjo nada realmente importante.

La nota más interesante del siglo xviii la da un amplio


movimiento de investigación y de crítica que recibe el nom-
bre de Ilustración. Su origen se halla en el «empirismo in-
glés», cuyos representantes, tomando como base del conoci-
miento la experiencia sensible, inician una revisión de las
ideas tradicionales.

Entre los rasgos que caracterizan a la nueva orientación


filosófica —en la que junto al empirismo perdura la herencia
racionalista— se hallan los conceptos de igualdad y de libre
crítica. Por ello, se adopta en general una actitud de rebeldía
y escepticismo frente al pasado tradicional.

La moral pierde su justificación religiosa y adopta un tono


utilitario; los dogmas cristianos ceden el paso a una vaga
creencia en un Ser Supremo (deísmo); la caridad se ve susti-
tuida por una filantropía nada religiosa, y un espíritu de tole-
rancia impregna la nueva ideología.

Este olvido de los valores sobrenaturales, junto al aban-


dono de las cuestiones metafísicas, dio lugar a que la aten-
ción se centrase en los problemas científicos o eruditos. En
este sentido se consiguieron magníficos resultados en el te-
rreno de la técnica y de la ciencia experimental, lo cual, a su
vez, originó una ciega confianza en el progreso del hombre.

Por último, la sustitución del «derecho divino» por el de-


recho natural y la convicción de que es el pueblo y no el rey
el sujeto de la soberanía, desembocan en la Revolución fran-
cesa y en el predominio de las ideas liberales en el siglo xix.

A mediados del siglo xviii comienzan a surgir chispazos


de Prerromanticismo.

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Entre los rasgos característicos de la tendencia así deno-


minada, podrían señalarse los siguientes:

  1. Sustitución del afán de lucidez intelectual, típico de la
    Ilustración, por una actitud más emotiva. La razón dejará
    paso a la sensibilidad; las ideas, a los sentimientos.

  2. Aversión a las reglas o a todas aquellas normas con-
    vencionales que puedan cortar la espontaneidad del hombre.
    De ahí el deseo de libertad que se observa en muchas de las
    producciones prerrománticas.

  3. Desdén por las nociones de cultura y progreso y entu-
    siasmo por todo lo sencillo y natural. De acuerdo con esto, se
    exaltará la naturaleza, el paisaje rústico, la poesía popular o
    primitiva, la vida familiar de tipo patriarcal...

  4. Abandono progresivo de los temas clásicos y gusto
    por las tradiciones nacionales en su aspecto histórico y legen-
    dario.

Las causas que motivaron este cambio de rumbo fueron
múltiples, pero es indudable que en él influyó considerable-
mente la ascensión de la clase burguesa, con su tendencia al
sentimentalismo, su simpatía por las virtudes de la vida fami-
liar y su oposición a los gustos y formas de vida de la vieja
aristocracia.

El siglo xviii en Francia e Inglaterra. Las ideas de la Ilus-


tración tuvieron un destacado representante en Montesquieu,
autor de El espíritu de las leyes, inspirado en las nociones de
libertad, humanitarismo y tolerancia, y de unas irónicas Car-
tas persas,
en las que, valiéndose de las opiniones de unos
supuestos persas que viajan por toda Europa, ataca aguda-
mente las instituciones y costumbres francesas del momento.
Un afán de reforma y progreso indujo también a un grupo de
escritores a publicar una gran Enciclopedia, extenso diccio-
nario en que se reunían los conocimientos de la época y se
criticaba al mismo tiempo el pensamiento cristiano. En rela-
ción con este grupo, integrado por Diderot y otros, hallamos
a Voltaire. Hombre de carácter frío y burlón, escribió una
gran cantidad de obras, en las que, utilizando la sátira y la
ironía, atacó, en nombre del progreso, las ideas religiosas
tradicionales y el absolutismo. Entre ellas se encuentran va-

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rios tratados históricos (El siglo de Luis XIV), un Diccionario


filosófico y varios cuentos de carácter satírico; por ejemplo,
Cándido, donde se burla del optimismo de ciertos pensadores
de su tiempo.

Juan Jacobo Rousseau representa lo más característico


del Prerromanticismo. Sus rasgos más notables serán el apa-
sionamiento y la emoción. Al revés de los enciclopedistas,
Rousseau creía que la sociedad y la cultura no mejoran al
hombre, sino que lo pervierten; de ahí que, según él, el hom-
bre perfecto fuese el salvaje, es decir, el que se halla en esta-
do natural. De acuerdo con ello, opinaba que, siendo buena
la naturaleza, la mejor educación sería aquella que dejase
que las ideas brotasen con toda libertad en la mente del
alumno. Este entusiasmo por la libertad y por la naturaleza
quedan de manifiesto en Emilio, larga novela pedagógica.
Rousseau escribió también una novela sentimental, La nueva
Eloísa, y unas Confesiones, cuyo estilo dulzón y lacrimoso
ejerció una vasta influencia en toda Europa, contribuyendo
decisivamente a la aparición del Romanticismo. El gusto por
el paisaje rústico, típico de la época romántica, tiene también
en este escritor uno de sus principales puntos de partida.

A medida que fue avanzando el siglo, la literatura inglesa


se fue tiñendo de prerromanticismo; así lo demuestran varias
novelas de tipo sentimental y un conjunto de poetas en los
que la emoción melancólica desempeña un papel de primer
orden. El primer novelista en quien se observa la unión de
intención moralizadora y de sentimentalismo, típica de la
burguesía de la época, fue Samuel Richardson, que en Pame-
la y Clarisa Harlowe nos presenta conmovedores ejemplos de
virtud femenina en un tono bastante ingenuo. Algo semejante
vemos en El vicario de Wakefield, de Oliverio Goldsmith,
candorosa novela de ambiente campesino.

Una gran diversidad ofrecen, por su parte, los poetas pre-


rrománticos. Figuran entre ellos Young, iniciador de un tipo
de poesía sepulcral con Las noches, donde la muerte de su
hija da lugar a dramáticos pensamientos, y el escocés Mac-
pherson, autor de una serie de poemas que presentó como
traducciones del legendario bardo céltico Ossian, y en los que
éste aparece entregado a tristes meditaciones entre ruinas y
paisajes brumosos.

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Al comenzar el siglo xviii, la literatura española continúa
el vertiginoso descenso iniciado a fines de la centuria ante-
rior. Pero la literatura refleja ahora una encarnizada pugna
entre los conceptos tradicionales y las nuevas tendencias
(producto de una relación cada vez más intensa con Europa),
y en ella reside uno de los mayores atractivos.

A partir de la muerte de Calderón (1681), el Barroco en-


tra en un período de franca decadencia y queda reducido a
una verdadera caricatura del gran estilo del siglo xvii. La ac-
tividad dominante es la crítica. No se cultiva apenas la lite-
ratura recreativa; interesan más el ensayo y la sátira. Desta-
caremos la obra de Fray Benito Feijoo y Montenegro (1676-
1764): el Teatro crítico universal y las Cartas eruditas.

Frente a esa primera generación, la que va a sucederle


intentará ser creadora. El movimiento neoclásico fue breve y
se caracteriza por los siguientes rasgos: en el teatro, adop-
ción a ultranza de la regla de las tres unidades (acción, lugar
y tiempo); proscripción de todo lo imaginativo, fantástico y
misterioso; separación radical entre lo cómico y lo trágico. En
la poesía se adoptan temas pastoriles, anacreónticos o filosó-
ficos; el poeta suele enmascarar sus sentimientos. El Neocla-
sicismo se manifestó en España, simultáneamente, en la es-
cuela salmantina (cuyos miembros fueron José Cadalso, Juan
Meléndez Valdés y Jovellanos) y en el grupo madrileño (al
que pertenecieron Nicolás Fernández de Moratín, Tomás de
Marte, Félix María Samaniego, Vicente García de la Huerta y
Ramón de la Cruz).

En conciencia con la época neoclásica, aparece en la se-


gunda mitad del siglo xviii una reacción contraria: el Prerro-
manticismo. En el terreno de la estética se justifica la unión de
lo trágico con lo cómico; en la poesía y el teatro, un sentimen-
talismo lacrimoso se alía a las melancólicas meditaciones filo-
sóficas o a graves reflexiones plenas del humanitarismo; el
paisaje aparece descrito con notas que van desde lo lúgubre y
melancólico hasta lo rústico, y, en general, frente al espíritu
de disciplina literaria del neoclasicismo, comienza a imponer-
se un criterio más abierto, que exalta la libre expresión de los
impulsos naturales y del mundo de las emociones íntimas.

Todo ello y una multitud de detalles sintomáticos demues-


tran que España se halla en vísperas de la gran revolución

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romántica. Destacaremos los poetas Nicasio Alvarez Cienfue-
gos y Manuel José Quintana.
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