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Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


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TRANCO II



«Vuelve allí los ojos a aquella cuadrilla de sastres
que están acabando unas vistas para un tonto que se
casa a ciegas, que es lo mismo que por relación con
una doncella tarasca, fea, pobre y necia...»

TRANCO III



«—Esta es la casa de los locos respondió el Co-
juelo
que ha poco que se instituyó en la Corte, entre
unas obras pías que dejó un hombre rico y muy cuero,
donde se castigan y curan locuras...»

«—Aquél es un loco arbitrista que ha dado en decir
que ha de hacer la reducción de los cuartos, y ha escri-
to sobre ello más hojas de papel que tuvo el pleito de
don Alvaro de Luna.»


«Bien haya quien le trujo a esta casa dijo don
Cleofás
—; que son los locos más perjudiciales de la re-
pública.»


«Esotro que está en esotro aposentillo prosi-
guió el Cojueloes un ciego enamorado, que está en
aquel retrato en la mano, de su dama, y aquellos pape-
les que le ha escrito, como si pudiera ver lo uno ni leer
lo otro, y da en decir que ve con los oídos.»

«Más adelante está un historiador que se volvió
loco de sentimiento de haberse perdido tres décadas de
Tito Livio.»


«Vámonos de aquí no nos embarguen por alguna
locura que nosotros ignoramos; porque en el mundo to-
dos somos locos, los unos de los otros.»

TRANCO V


«—No importa dijo don Cleofás—, si eres demonio
de portante, aunque cojo.»

«... y otros, eunucos, con los mozos que le sirven a la-
sancas...»


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TRANCO VI



«Y sobre la entonación de las coplas metió el Cojue-
lo tanta cizaña entre los ciegos, que, arrempujándose
primero, y cayendo dellos en el pilón de la fuente...»
«... y ahora los vulgares Camino de Santiago, por don-
de tanto el cojo como el sano; que si esto juera así, yo
también, por lo cojo, había de andar por aquel camino,
siendo hijo de vecino de aquella provincia.»
«... y van sobre filósofos antiguos que le sirven de ca-
ballos, de tan malos tallos, que los más son corcova-
dos, cojos, mancos, calvos, narigones, tuertos, zurdos y
balbucientes.»


«Aquel gigante que viene sobre un dromedario, con
un ojo, y ése ciego, solamente, en la mitad de la frente.»

TRANCO IX

«... que en el mundo se me han atrevido solamente tres
linajes de gente: representantes, ciegos y pobres...»
«... que fueron unos ciegos y una gaita zamorana que
muy cerca de allí se recogían.»

TRANCO X


«—¡Tengan ese cojo ladrón!»

MINUSVALIA SOCIAL

Durante el siglo xvii, la minusvalía social sigue siendo el


tema preferido de muchos autores.

Miguel de Cervantes (1547-1616) lo incluye en su entre-


més Hospital de los podridos. El teatro fue la gran vocación
de Cervantes, o tal vez su mayor necesidad: era el único gé-
nero que, de obtener éxito en él, podía aliviarle en sus per-
manentes penurias económicas. Su carrera teatral empieza
cuando está surgiendo una gran demanda de teatro profano
entre el público. Se forman compañías, se establecen corrales
y numerosos poetas, en toda España, se afanan por hallar un

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tipo de drama que pueda complacer. La corriente dominante


conduce hacia un teatro que se sujeta a las reglas aristotéli-
cas, con temas nobles, verosímiles, que respeten en lo posible
las famosas unidades: acción única, un solo lugar y tiempo
contraído a pocas horas.

Cervantes escribió y estrenó entre 1583 y 1585 diversas


obras ajustadas a esa estética; sólo se conservan dos: La Nu-
mancia y El tratado de Argel.
Pero luego tuvo que rendirse a
la fórmula teatral creada por Lope de Vega, y así escribió
otras obras, de las que conocemos diez comedias y ocho en-
tremeses. Entre las comedias destacan El gallardo español
El rufián dichoso y Los baños de Argel.

Los entremeses son obritas teatrales cortas que, desde el


siglo xvi, se representaban en los descansos de las obras
magnas. Sus temas eran cómicos o humorísticos, desempe-
ñados por personajes populares. Cervantes alcanzó aún a ver
representaciones de Lope de Rueda, famoso actor y autor cu-
yos pasos (entremeses) son modelos acabados del género;
pero él los superó, creando con trazos breves y certeros unos
tipos inolvidables, bien definidos psicológicamente, e imagi-
nando unas fábulas que son como fragmentos arrancados de
la realidad de su tiempo. Tienen justa fama los titulados El
rufián viudo, El retablo de las maravillas, La elección de los
alcaldes de Daganzo y el Hospital de los podridos.

En el Hospital de los podridos hablan trece personajes,


siendo los principales el Rector, el Secretario, el Doctor...
Porque se ha establecido un hospital a fin de que en él en-
cuentren acomodo los «podridos» de raras enfermedades
que llamaremos sociales, pues a la convivencia social afec-
tan: un enfermo está podrido de ver a un hombre determina-
do, cuya presencia le enferma; otro, porque ha oído unas co-
plas cuyo argumento le parece un tremendo disparate; otro,
porque sabe que hay poetas «que piensan y no saben, y
otros que saben y no piensan». Hay «podridos» de envidia,
de celos, de sentido crítico; en este terreno crítico llega a ser
calificado de «podrido» hasta el propio Rector, que se ve re-
cluido como un enfermo más; y una mujer que se atreve a
condolerse de la suerte que le ha tocado al pobre Rector es
llevada por «podrida» también al hospital. El personaje Villa-
verde saca, por fin, una guitarra y canta, tañéndola, unas co-

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plas alusivas a la «podredumbre»: «... No se pudra nadie /


de lo que otros hacen.»

John Fletcher (1579-1625), en colaboración con Philip


Massinger (1583-1640), escribe la comedia El bosque de los
mendigos, cuyo interés radica en la descripción tan realista
que hace de la vida de los mendigos. En ella, Gerardo, señor
de un condado de Flandes, del que le ha desposeído el usur-
pador Wolfort, se ha escondido entre los mendigos de los al-
rededores de Brujas, junto a su hija Jacqueline, para velar
por su hijo Florez, heredero del condado, quien ignora su no-
ble linaje y es actualmente un rico mercader de Brujas. Flo-
rez se ha enamorado de Berta, heredera del condado de Bra-
mante, que, como fue también raptada de pequeña, ignora su
origen noble. Wolfort, entretanto, para entrar en posesión del
condado de Brabante, decide casarse con Berta y con este fin
invita a venir a Brujas a uno de sus nobles, Humberto. Pero
éste se enamora de Jacqueline y como consecuencia trama
un complot con Gerardo, logrando arrojar al usurpador. Ge-
rardo reconquista su condado y Florez y Berta se casan.

La novela picaresca del siglo xvii también va a incluir en-


tre sus protagonistas principales a pobres, rufianes, prostitu-
tas, etc., es decir, a ese sector de la sociedad que queda
arrinconado o despreciado por la sociedad en general.

El áspero realismo de la picaresca es la nota más signifi-


cativa del cambio de gusto que se opera en la novela, orienta-
da hacia el idealismo, en el remado de Felipe II. Aun en ese
mismo género, se observa una señalada diferencia entre la
sátira del Lazarillo y la acritud y dureza de las novelas pica-
rescas del siglo xvii.

Aunque lo esencial se halla ya en la historia de Lázaro, la


novela picaresca del xvii es una típica manifestación del arte,
la actitud vital y las circunstancias socioculturales de la épo-
ca; así lo demuestran la figura del picaro, muchacho de bajo
e innoble origen, que vive, a expensas de los demás, una vida
miserable de timos y raterías; el elemento satírico, que deter-
mina una especial orientación de la técnica realista hacia una
forma estilizada que a veces llevará a la caricatura; y el resig-
nado pesimismo a que el picaro se siente arrastrado por las
circunstancias adversas de su propia vida.

Ahora la actitud del protagonista, cada vez más consciente

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de su indignidad, se impregnará de resentimiento, aunque,


por cobardía, sus dardos satíricos no vayan dirigidos contra
los valores superiores, sino contra el ambiente canallesco en
que se habrá de mover. Además, como curiosa reacción ante
la vivida conciencia de su miseria interior, a continuación de
cada tropelía, el picaro se complacerá a veces en exponer la
norma moral que la condena.

El humor será cada vez. más duro y amargo (así, en el


Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán); el lenguaje, espon-
táneo en la novela del xvi, se convertirá en retorcida expre-
sión barroca, especialmente en manos de Quevedo (El Buscón)
o en El diablo Cojuelo, de Vélez de Guevara, y la estilización
se intensificará hasta el extremo, llegándose al detalle repug-
nante y a la desorbitada caricatura.

La primera novela que vino a continuar el género, inicia-


do a mediados del siglo xvi con El Lazarillo de Tormes, fue la
Vida del picaro Guzmán de Alfarache, escrita por Mateo Ale-
mán (1547-1614). Se trata de una novela larga, en la que el
protagonista, tras correr por España e Italia, es llevado a un
amargo concepto del mundo.

La novela, siguiendo las directrices inauguradas por El La-


zarillo de Tormes, es la narración autobiográfica de un pica-
ro que, después de toda clase de aventuras, acaba condena-
do a galeras y narra su vida. Como el Lazarillo, empieza a
contar quiénes fueron sus padres. El padre era un mercader
genovés, y naturalmente ladrón, que, habiéndose establecido
en Sevilla, fue apresado por los moros y conducido como cau-
tivo a Argel, donde renegó y se casó con una mora hermosa y
principal, a la cual robó luego toda su hacienda. De vuelta a
España, quita a un anciano caballero su amante y de ella tie-
ne a Guzmán. Este, a la muerte de su padre, deja la casa y se
va por el mundo a ganarse la vida. Es un muchacho lleno de
buenas intenciones, a quien la experiencia pronto se encarga
de poner en la senda del mal. El primer día, en una posada,
le dan de comer una tortilla de huevos empollados y va con el
polluelo. Llegado a Cantillana, juntamente con un mozo de
mulas y un clérigo, en un mesón le dan carne de mulo que
hacen pasar por carne de carnero y le roban la capa; pero
Guzmán descubre el engaño y denuncia al hostelero a la jus-
ticia. Siguiendo el viaje hacia Madrid, entra al servicio de un

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ventero y así aprende a robar en el cobro, a aligerar los bolsi-


llos de los clientes y a cometer otras mil fechorías. Llegado a
Madrid, empieza a ejercer la «florida picardía», es decir, en-
tra en la honrosa cofradía de los ladrones y de los tahúres.
Durante algún tiempo hace de pinche de cocina y conoce un
período de bienestar, pero adquiere el vicio del juego, vuelve
a robar y es despedido. Vuelve a la vida del picaro hasta que,
haciendo de esportillero, puede robar una bonita suma de di-
nero y huye entonces a Toledo, donde, vestido de caballero,
se dedica a hacer de galán, pero es burlado por dos cortesa-
nas. Se alista luego en las tropas que van a Italia y despilfa-
rra su dinero para congraciarse con el capitán, que, al llegar
a Genova, se desentiende de él. Guzmán se pone a la búsque-
da de los parientes de su padre; pero como le ven hambrien-
to nadie le reconoce, salvo un viejo que lo lleva a su casa,
pero le manda a la cama sin cenar y por la noche lo hace
apalear por cuatro falsos demonios. Guzmán entra en la co-
fradía de los mendigos, de los cuales aprende sus curiosos es-
tatutos, y, pidiendo limosna, llega a Roma, donde aprende a
imitar llagas incurables. Un cardenal, apiadado, lo toma con-
sigo y lo hace curar por médicos de manga ancha que, a true-
que de poder sacar dinero al prelado, reconocen como verda-
deras las falsas llagas. Pero, también en la casa de monseñor,
Guzmán comete toda clase de bellaquerías, roba en la des-
pensa, hace burlas, vuelve a jugar; hasta que por fin hace que
le pongan en la calle. Pasa así al servicio del embajador de
Francia, y aquí termina la primera parte. El embajador era
un «enamorado», es decir, que, como todos los embajadores,
tenía una gran debilidad por las mujeres, y Guzmán hacía el
oficio de «ministro de Venus y Cupido». Solicitando para su
señor una dama romana, ésta, para castigarle por su atrevi-
miento, se burla haciéndole pasar una noche lluviosa en un
sucio corral. El día después, mientras se queja con la criada
de la crueldad de la señora, es embestido por un cerdo, que
lo lleva montado durante un buen trecho y lo deja mohíno y
burlado. Para sustraerse al ridículo de sus desventuras, cono-
cidas por toda la ciudad, Guzmán se despide del embajador
con la intención de visitar Florencia y otras ciudades de Ita-
lia. Durante el camino traba amistad con Sayavedra, herma-
no de Juan Martí, el autor de la segunda parte apócrifa, y en

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Siena, con otros, le quita el baúl con todos los vestidos y el di-


nero acumulado con sus servicios de mediador. Mientras se
dirige a Florencia, Guzmán encuentra a Sayavedra, le perdo-
na la complicidad en el hurto y le toma consigo como servi-
dor. Se dirigen ambos a Bolonia, donde Guzmán encuentra al
principal ladrón de su baúl, lo denuncia y acaba él en presi-
dio. Al salir de la prisión, con la ayuda de Sayavedra, maes-
tro en la materia, hace trampas en el juego y huye a Milán,
donde con una audaz estratagema tima a un mercader. De
esta manera puede llevar en Génova una vida fastuosa, aga-
sajado esta vez por el anciano tío y por los demás parientes,
que incluso le quieren alojar. Pero Guzmán se venga de la
burla sufrida cuando era muchacho, estafándoles por medio
de una treta ingeniosa, y se embarca con Sayavedra en la ga-
lera del capitán Favelo, que se dirige a España. A la altura de
Marsella la nave es sorprendida por un temporal y Sayave-
dra, enloquecido, se arroja al mar y muere ahogado. Guzmán
desembarca en Barcelona y viaja por varias regiones ejer-
ciendo los más variados oficios. En Zaragoza, un mesonero lo
sujeta al «Arancel de las necedades»; una mujer se burla, y
por otra se ve obligado a dejar la ciudad. En Madrid, una mo-
zuela le pone una querella y, para evitar la prisión, Guzmán
debe desembolsar doscientos ducados. Dedicado al comercio
de joyas, aumenta el capital, compra una casa y se casa con
la hija de un mercader amigo suyo, el cual lo ayuda a estafar
a sus acreedores. Muere su mujer y, al quedarse viudo, Guz-
man decide ordenarse sacerdote y va a estudiar a Alcalá,
pero durante una romería se enamora de la hija de una me-
sonera y se casa con ella. Abandonados sus estudios, se di-
rige con su mujer a Madrid, donde viven en la más cínica
corrupción, acabando por prestar a la esposa los mismos ser-
vicios que al embajador. Desterrados de la ciudad por
escándalo, los dos pasan a Sevilla, y Guzmán encuentra allí a
su anciana madre, pero es abandonado por su esposa, que
huye a Italia con un capitán de galera, dejándolo solo y po-
bre. Guzmán entonces vuelve a sus robos y engaños: entre
otras cosas, vende una casa que no es suya y engaña a un
santo monje. Entra al servicio de una señora, la roba y es
descubierto y condenado a seis años de galeras. Pero como
intenta huir y es apresado, la condena es conmutada a perpe-

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tuidad. Los sufrimientos horribles de las galeras enderezan,


finalmente, el alma del picaro a la virtud y, como denuncia
una tentativa de amotinamiento de los galeotes, se le promete
la libertad. En la novela, según un procedimiento puesto de
moda por Boyardo y Ariosto e imitado por todos, incluso por
Cervantes, se intercalan tres historias: «Ozmín y Daraja»
(I, 1, 8), «Dorido y Clorinia» (I, 3, 10) y «Maese Jacobo y sus
hijos» (II, 2, 9), y una rica colección de referencias novelísti-
cas y vinculadas, en parte, a la tradición clásica y, en parte, a
la musa popular y a la observación directa de la realidad.
Y es aquí donde triunfa el arte del escritor. Como todos los
escritores picarescos, Alemán persigue los aspectos más in-
mediatos y crudos de la vida. Su novela es un cuadro de ab-
yección y de miseria que, voluntariamente, se opone a las ro-
sadas ficciones pastoriles y caballerescas de la literatura cor-
tesana. Ya no es la sátira sutil del Lazarillo, que escoge los
episodios, los depura de la anécdota y coordina su represen-
tación desde un punto de vista moral, consiguiendo de este
modo con facilidad un equilibrio artístico: es una desenfrena-
da fantasía creadora, un vigoroso naturalismo mal dominado
por los frenos de la moral. Porque Alemán es el hombre de la
Contrarreforma: siente la llamada del instinto y se entrega a
él, pero sabe que el instinto es pecaminoso y a él opone la ra-
zón. Hay en él la alegría de contar, la complacencia por la
vida canallesca considerada como una épica al revés, pero a
ella contrapone la divagación filosófica que de los casos más
desesperados saca un ejemplo moralizador. Una moral pega-
diza, que queda siempre yuxtapuesta e introducida de una
manera subrepticia. El autor, hombre de ciencia y letras, va a
buscar una moral muy lejos, pero no consigue jamás ofrecer-
la pedagógicamente y a menudo la condimenta con la nota
picante. Cuando le falla la punta de malicia le queda siempre
la complacencia verbal, que da amplitud y sonoridad a la
prosa, ilumina los más insignificantes detalles y refleja la rea-
lidad como un espejo deformante, pero muy límpido.

Francisco de Quevedo (1580-1645) es el más alto repre-


sentante de la sátira española. Su producción satírica ofrece
un tono despiadado y cruel. No obstante, tiene un extraordi-
nario interés por su fuerza cómica y su insuperable vigor ex-
presivo.

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La Historia del Buscón llamado don Pablos se halla en la


línea de la picaresca amarga iniciada por el Guzmán. Sin
respeto alguno por la condición humana de sus personajes,
Quevedo se complace en abultar desmesuradamente su feal-
dad física y moral, creando las más desaforadas caricaturas
(tal la del Dómine Cabra). El genial humorismo de Quevedo y
su capacidad para la creación estética en los más diversos
campos se manifiesta brillantemente en esta obra maestra,
donde lo trágico adquiere una apariencia ridicula, y en la
que chistes macabros alternan con audacias expresivas de
intensa comicidad.

El argumento de la obra es: Pablos, hijo de un barbero la-


drón y de una madre aficionada a brujerías, entra en Segovia
al servicio del joven don Diego Coronel, hospedándose ambos
en la casa del Dómine Cabra, clérigo avaro que los mata de
hambre. Trasladándose luego a la Universidad de Alcalá,
donde Pablos es objeto de sucias bromas estudiantiles. Al sa-
ber éste que su padre ha muerto en la horca, vuelve a Sego-
via a recoger la herencia y se marcha a Madrid, donde va a
parar a la cárcel. Libre ya, intenta casarse con una dama,
pero don Diego le reconoce y lo manda apalear. Más tarde
actúa como cómico en Toledo y como fullero en Sevilla.

Es necesario incluir algunas citas de interés:

LIBRO PRIMERO

Capítulo primero



«Hubo grandes diferencias entre mis padres sobre a
quién había de imitar en el oficio, mas yo, que siempre
tuve pensamientos de caballero desde chiquitito, nunca
me apliqué a uno ni a otro. Decíame mi padre:

Hijo, esto de ser ladrón no es arte mecánica, sino


liberal»

Capítulo segundo



«Llegó el día, y salí en un caballo ético y mustio, el
cual, más de manco que de bien criado, iba haciendo


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reverencias. Las ancas eran de mona, muy sin cola; el


pescuezo, de camello y más largo; tuerto de un ojo y
ciego del otro; en cuanto a edad, no le faltaba para ce-
rrar sino los ojos; al fin, él más parecía caballete de te-
jado que caballo, pues, a tener una guadaña, pareciera
la muerte de los rocines.»

Capítulo tercero



«Lo que pasamos con la vieja, Dios lo sabe. Era tan
sorda, que no oía nada; entendía por señas; ciega, y
tan gran rezadora, que un día se le desensartó el rosa-
rio sobre la olla y nos la trajo con el caldo más devoto
que he tenido.»

Capítulo sexto



«Acostábase en un aposento encima del de mi amo,
y rezaba más oraciones que un ciego.»


«Dícese que daba paz cada noche a un cabrón en el
ojo que no tiene niña.»

LIBRO SEGUNDO


Capítulo primero

«El huésped se daba a los diablos de que lo desper-
tase, y tanto le molestó, que le llamó loco.»


«En esto, amaneció; vestímonos todos, pagamos la
posada, hicímoslos amigos a él y al maestro, el cual se
apartó diciendo que el libro que alegaba mi compañero
era bueno, pero que hacía más locos que diestros, por-
que los más no lo entendían.»

Capítulo segundo



«Yo le supliqué que lo dejase, poniéndole por delan-
te que, si los niños olían poeta, no quedaría troncho
que no viniese por sus pies tras nosotros, por estar de-


clarados por locos en una premática que había salido
contra ellos, de uno que lo fue y se recogió a buen
vivir.»


«Más me han de valer de trescientos reales los
ciegos; y así con licencia de v.m., me recogeré ahora
un poco, para hacer alguna de ellas, y, en acabando de
comer, oiremos la premática.


¡Oh vida miserable! Pues ninguna lo es más que la
de los locos que ganan de comer con los que lo son.»

Capítulo tercero



«Pero advirtiendo, con ojos de piedad, que hay tres
géneros de gentes en la república tan sumamente mise-
rables, que no pueden vivir sin los tales poetas como
son farsantes, ciegos y sacristanes, mandamos que
pueda haber algunos oficiales públicos de esta arte,
con tal que tengan carta de examen de los caciques de
los poetas que fueren en aquellas partes. Limitando a
los poetas de farsantes que no acaben los entremeses
con palos ni diablos, ni las comedias en casamientos,
ni hagan las trazas con papeles o cintas. Y a los de cie-
gos, que no sucedan los casos de Tetuán, desterrándo-
les estos vocablos: Cristián, amada, humanal y pundo-
nores; y...»

LIBRO TERCERO


Capítulo I

«La mitad me debéis, o por lo menos mucha par-
te, y si no me la dais, ¡juro a Dios...!

No jure a Dios dijo el otro—, que, en llegando a


casa, no soy cojo, y os daré con esta muleta mil palos.»
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