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Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


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Maynes e de la emperatris Sevilla, de la segunda mitad del
siglo xiv. Este cuento traduce fielmente los versos conserva-
dos de la canción francesa, de la que derivan, además, una
narración neerlandesa y la refundición francoitaliana del Ma-
caire.

Durante el siglo xvi ven de nuevo la luz viejos libros de ca-


ballerías. El milagro de salvar del olvido estas pequeñas joyas
lo lleva a cabo la imprenta. Entre estos libros resucitados se
encuentra La historia de la reina Sevilla. Se publican de ella,
por lo menos, cinco ediciones: la de Toledo, en 1521; la de
Sevilla, en 1532; la de Burgos, en 1551; otra sin lugar de im-
presión, ni impresor, ni año; y la de Alcalá, de 1585. Los da-
tos hablan por sí solos y demuestran lo divulgada que esta
novelita fue en su tiempo.

Las ediciones del siglo xvi no reproducen con exactitud el


cuento medieval. Este y aquéllas parten de la misma fuente,
pero varían en el desarrollo. El anónimo autor del Renaci-
miento conservó sustancialmente el argumento, el orden de
los acontecimientos, la naturaleza de los protagonistas y la
ambientación. Su labor consistió en modernizar el lenguaje,
en centrarse más en la acción, dotándola de lógica, y en acla-
rar y detallar algunos pasajes que en el relato del siglo xiv
quedaban oscuros.

La narración La reina Sevilla nos traslada a la Alta Edad


Media. En ella se patentiza el mundo feudal. Los personajes
se mueven por las virtudes caballerescas: honor, valentía,
lealtad... Sus caracteres están definidos de una manera arcai-
ca y concreta. Se dividen en una dicotomía clara, fieles y trai-
dores, y obedecen a una ideología vasallática. Es digna de
mención la descripción física del enano, realizada con realis-
mo no exento de notas grotescas, que la dotan de gracia y vi-
vacidad: «Durante una fiesta en el monasterio de San Leonís
llegó un enano, caballero en un caballo mucho andador, y
descendió y paróse ante el Rey. El enano era la más fea cosa
del mundo; el cual era negro, y la cara muy fea y muy mala,
y los ojos pequeños engordidos, y los brazos gordos, y la ca-
beza grande, y los cabellos crespos, y los brazos y piernas
vellosos como oso, y los pies, galindos y resquebrajados, en-
gordidos.»

El asunto de los cinco primeros capítulos del libro (pues



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es en éstos donde aparece la figura del enano} es la llegada


de un enano a la corte del rey Carlomagno con el deseo de
servirle. Este le recibe por suyo. Un día que la reina Sevilla se
queda sola, el enano requirió sus amores y ella le responde
con un puñetazo en la boca. Para el enano no queda así el re-
chazo de la reina, maquinando entonces una traición para
vengarse de ella. Dicha traición consistía en hacerle ver al
rey que la reina le engañaba. De esta forma, se metió en la
cama de la reina sin que ésta se diera cuenta. Así, el rey al
entrar en la cama encontró al enano con su mujer. Ante esta
situación, el rey mandó quemar a la reina Sevilla por consejo
de los traidores, pero no se llevó a cabo porque estaba emba-
razada y el castigo que se le impuso fue el destierro. Sin em-
bargo, el enano sí fue quemado, ya que una vez que se en-
contró ante el rey, éste le preguntó por la traición, a lo que
responde: «Señor, por el cuerpo de San Leonís yo no os ne-
garé la verdad. Sabed que ella me hizo venir anoche y entrar
en la cámara, y que me echase con ella en cuanto vos fuése-
des a la iglesia; y me hizo venir, aunque me pesó, y no osé
hacer otra cosa.» El rey, no pudiéndole oír más, mandó
echarlo al fuego «y los diablos le llevaron el ánima, y el fue-
go quemó la carne».

Observamos en este ejemplo cómo el personaje del enano


va unido a connotaciones negativas, no sólo físicas (feo, de-
forme...), sino también psicológicas (traidor, vengativo...).

INCURSIONES DE PERSONAS NO CIEGAS

EN LA LITERATURA POPULAR: EL COJO, EL MUDO...

No sólo durante la Edad Media, sino también en siglos


posteriores, ha sido muy frecuente que algunos personajes
finjan algún tipo de minusvalía (cojo, mudo, etc.), bien para
la obtención de algún beneficio de tipo económico o bien por
burla hacia las personas que poseen algún defecto físico. Así,
pues, un hecho tan habitual como éste no es extraño que
aparezca reflejado en la literatura, como en el Decamerón, de
Giovanni Boccaccio (1313-1375).

El Decamerón es un libro suscitado por la peste negra de


1348, llamado muchas veces «la Humana Comedia», en opo-

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sición a la Divina de Dante. En él se propone «ahuyentar la


melancolía», y para ello nada mejor que narrar cien historias
de diverso género, pero entre las cuales destacan aquellas en
que se describe el mundo de la sensualidad, de la bribonería,
del engaño, de la malicia, de la hipocresía y de la estupidez,
pasioncillas de gente baja e ignorante, de vividores y de pica-
ros. El Decamerón es fundamentalmente una obra alegre es-
crita para provocar la risa de las personas inteligentes, para
quienes el mundo de los bellacos, ladrones, necios sensuales,
mujeres tramposas, maridos consentidores, clérigos inmora-
les y sabios tontos, que constituyen el vulgo de los cuentos,
son como bufones e histriones de corte, cuya vileza o simpli-
cidad divierten y que el autor no pretende en modo alguno
corregir con intención moralizadora.

Atendiendo al tema que nos ocupa, en la Jornada II,


Cuento I, titulado «El falso paralítico», Martelino simula estar
paralítico de sus miembros y finge recuperar la salud con el
cuerpo de San Arrigve. Habiendo sido descubierto su engaño,
es molido a golpes y escapa a duras penas del peligro de ser
ahorcado. Con este cuento pretende mostrar que la persona
que quiere poner en ridículo a los demás puede ver cómo el
ridículo se vuelve contra él mismo y es castigado por su te-
meridad.

También en este mismo cuento se nos presenta la devo-


ción religiosa de cojos, paralíticos y otros minusválidos hacia
los santos con el fin de recobrar la salud mediante un mila-
gro: «Ultimamente vivía en Treviso un alemán llamado Arri-
go. La miseria le había reducido a tener que dedicarse a
mozo de cordel; mas en medio de su pobreza era general-
mente estimado, a causa de sus buenas costumbres y la san-
tidad de su vida. Que haya hecho realmente vida de santo o
no, los trevisos aseguran que a la hora de su muerte las
campanas de la catedral de Treviso tocaron por sí solas. Tú-
vose esto por milagro, y todos decían que era una prueba in-
contestable de que Arrigo había vivido como un santo y figu-
raba en el número de los bienaventurados. El pueblo corre en
masa a la casa donde expirara, y es llevado a la catedral
con igual pompa que si hubiese sido el cuerpo de un santo
canonizado. Los cojos, los ciegos, los tullidos y, en general,
todas las personas afectadas de alguna enfermedad o males-

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tar, son conducidas a su presencia, bajo la persuasión de
que bastaba tocar el cuerpo de este nuevo santo para quedar
curado de toda suerte de males.»

Otro ejemplo de minusvalía fingida aparece en la Jorna-


da III, Cuento I, titulado «El jardinero del convento». En él,
Rosetto de Lamporecchio se pasa por mudo y es jardinero en
un convento de religiosas, todas las cuales se lo disputan
como amante. Su intención es demostrar cómo las monjas jó-
venes también tienen deseos propios de su sexo.

De este cuento se puede deducir el estado en el que se en-


contraban los mudos durante la Edad Media. Por una parte,
gozaban de una situación más privilegiada con respecto a
otros minusválidos, pues podían ejercer todo tipo de activi-
dades, en este caso la jardinería. Pero, por otro lado, eran
objeto de burlas, ya que eran considerados como seres infe-
riores (pues ser mudo era sinónimo de tonto): «Durante el
tiempo que Rosetto estaba ocupado en arreglar el jardín, las
monjas venían a menudo a su lado y hacían burla de él, cosa
que sucede frecuentemente con los mudos. Le decían las pa-
labras más soeces del mundo, imaginándose que no podía
entenderlas.»

«... Creo que éste es el hombre que más nos conven-


dría para probar lo que te digo, ya que, aunque quisie-
ra, no podría ni sabría traicionarnos. Es un joven tonto
en el que el desarrollo ha precedido al juicio.»

En la Edad Media, junto a ciegos, nos encontramos a un


gran número de cojos practicando la mendicidad como sus-
tento de vida. Esta actividad se convirtió en algo sagrado que
era necesario respetar, pues la Biblia dice: «Quien cierra los
oídos al clamor del pobre, también él clamará y no será
atendido» (Pr 21, 11). Esto favoreció la mendicidad en todos
los pueblos cristianos, siendo practicada por toda clase de
gentes (bien minusválidos, bien personas que fingen algún
tipo de defecto físico para librarse de trabajar en otras profe-
siones).

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APARICION DE LA LOCURA CON FIN DIDACTICO

Antiguamente se designaba con el término de loco a todos


los tipos de perturbación de las facultades mentales. Sin em-
bargo, en la actualidad es un término vulgar e impreciso y, a
menudo, cargado de cierto contenido peyorativo.

En la literatura medieval encontramos algunas manifesta-


ciones en las que aparece la locura con un fin didáctico e in-
cluso satírico-didáctico. Así, en un fabliaux de tipo místico, El
caballero del barrilete, de autor desconocido y fechado entre
los siglos xii y xiii, podemos encontrar un buen ejemplo para
ilustrar este tipo de minusvalía. El día de Viernes Santo, un
impío caballero va a confesarse para hacer burla a un ermi-
taño, el cual, como única penitencia, le ordena que vaya a lle-
nar de agua un barrilete en el próximo arroyo. Por más que
el sacrilego caballero se esfuerza en sumergir el barrilete en
la corriente, no consigue hacer que entre en él una sola gota
de agua. Desmemoriado y loco, va por todos los caminos con
el mágico barrilete atado al cuello, en busca del agua de su
penitencia. Pero no la encontrará sino en su mismo arrepen-
timiento, cuando, regresando exhausto e irreconocible junto
al ermitaño, éste intercede el perdón de Dios para el mísero
pecador y, descendiendo la gracia a su corazón, el barrilete
se llena al fin con sus lágrimas.

En el poema La nave de los locos, de Sebastián Brant


(1458-1521), el autor finge embarcar a todos los locos del
país de Cucaña en un extraño barco que pone velas para
«Narragonieu» (Locagonia), esto es, el reino de la locura. Re-
presentantes de todas las clases sociales: el clero, los nobles,
la justicia, la universidad, los comerciantes, los campesinos,
los cocineros, etc., tienen un lugar en el barco. A cada loco se
dedica un capítulo, de modo que, además del prólogo y el
epílogo, resultan en total 112 capítulos independientes uno
de otro. El contenido de cada capítulo es universal y eterno,
porque representa la caricatura de un determinado vicio hu-
mano personificado en un loco: y así tenemos el loco de la
Moda, el loco de la Avaricia, el loco de la Discordia, etc. El
autor no se olvida tampoco de sí mismo y se retrata en el pri-
mer capítulo como el loco de los libros, entre los locos que

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amontonan libros de sabiduría sin que por ello se hagan sa-


bios. Puesto que entre todos ellos domina la figura de Frau
Venus, es fácil descubrir en esta reseña de las locuras huma-
nas una especie de revestimiento literario de los famosos cor-
tejos carnavalescos, precisamente muy corrientes en Rena-
nia, en los que los jóvenes enmascarados, agrupados en tor-
no a Frau Venus, representaban la caricatura de las diversas
corporaciones y profesiones enunciadas por los chistes que
cada enmascarado decía.

DESVALIDOS Y MISERABLES

En este apartado podemos incluir un amplio abanico de


personajes, tales como picaros, vagabundos, pordioseros, ru-
fianes, prostitutas, etc., que viven al margen de la sociedad y
son objeto de burlas y desprecios.

En la obrita juglaresca medieval (siglo xii) El dicho de los


villanos, de Matazone da Caligano, se nos presenta clara-
mente un tipo de minusvalía social: los villanos. El propio au-
tor se llama a sí mismo hijo de villanos; sabiendo por expe-
riencia lo que son, cómo viven y cómo son tratados sus igua-
les, pese a considerarse o fingirse pulido, deja escapar dichos
satíricos; no sabe si las puntas traspasan más cruelmente a
los miserables, que las costumbres medievales hacían objeto
de bufa y desprecio, o más bien a los señores a quienes se di-
rige este tratado de sus tiránicos arbitrios. El equívoco cabe
bajo la máscara del juglar, que mezcla intencionadas crude-
zas y bromas y ásperas verdades en su plebeyo decir. El villa-
no nace puercamente de una cincha de asno; el caballero, de
una rosa y de un lirio; y así ambos destinos están señalados
por la naturaleza. El primero deberá sufrir por todo el rosa-
rio de los doce meses; el segundo ha de gozar e impedir al
otro que le tome lo suyo.

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RENACIMIENTO

Del Renacimiento se ha hablado con gran profusión como


un período de indudable importancia, cuyo influjo se hará
patente en todos los niveles. De todos es conocido que se tra-
ta de un movimiento cultural que alcanza a toda Europa,
pero no se manifiesta con la misma profundidad y duración.
Por ejemplo, en España supone una ruptura menor con la
Edad Media que en Francia e Italia, debido a que en estos
países se manifiesta con anterioridad respecto al nuestro.

El Renacimiento es una fase brillante y renovadora por la


que atravesaron la cultura, el arte y las letras europeas de
1450 a 1570, aproximadamente. Sus orígenes y focos difuso-
res se sitúan en las cortes y repúblicas italianas.

Así, pues, el Renacimiento queda definitivamente consti-


tuido en toda Europa al llegar el siglo xvi. Su eje fundamental
gira en torno a una nueva valoración del mundo y del hom-
bre presidida por el conocimiento y admiración de la Anti-
güedad clásica grecolatina. Sus antecedentes más lejanos po-
drían señalarse ya en el siglo xii, momento en el que comien-
za el lento despertar de la cultura europea. No obstante,
habrá que destacar, como fenómenos que preparan su desa-
rrollo en Europa, el auge de la clase burguesa, con su visión
realista de la vida; el humanismo iniciado por Petrarca, pun-
to de arranque de todo un amplio movimiento de entusiasmo
por la Antigüedad clásica; la invención de la imprenta, que
permite difundir las nuevas ideas; la llegada a Italia de los sa-
bios griegos fugitivos de Bizancio, favorecedora del redescu-
brimiento del mundo helénico; el uso de la brújula, que per-
mitirá completar el conocimiento del planeta, y, desde luego,
el ejemplo de Italia, que ya en el siglo xv había conseguido
crear una cultura orientada por concepciones típicamente re-
nacentistas.

Al terminar la Edad Media, la antigua visión teocéntrica


deja paso a un orgulloso antropocentrismo que exalta el po-
der de la naturaleza humana y rechaza con sentido indivi-

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dualista la imposición de cualquier norma que no derive de


su propio criterio. El hombre se considera, pues, indepen-
diente y dueño de un destino propio, sujeto sólo a las leyes de
una Naturaleza divinizada. Por este camino se llegará a valo-
rar todo aquello que provenga de la condición humana: ra-
zón, sentimientos, instintos..., y a afirmar la importancia de-
cisiva de la vida terrena frente a la sobrenatural, actitud pa-
gana que cristalizará en el tema del Carpe diem, donde, tras
una consideración sobre la brevedad de la vida, se incita a
gozar los placeres que pueda procurarnos.

Por otra parte, la valoración del mundo presente llevará a


un deseo de conocer científicamente la Naturaleza, en la que,
además, se verá el modelo de toda actividad humana. Resul-
tado de esto último será, a su vez, la justificación de arte «na-
tural» y espontáneo y el creciente prestigio del tópico bucóli-
co (tema del Beatus ille y de la Edad «dorada»), al considerar
el ambiente pastoril como arquetipo supremo de existencia
sencilla, natural y, por tanto, perfecta.

Referente a la educación del hombre, se concibió como el


desarrollo armónico de todas las facultades, tanto las físicas
como las espirituales. Así lo vemos en la figura del «cortesa-
no», creada por el escritor italiano Castiglione, en la que se
armonizan los tipos medievales del «clérigo» y del «caballe-
ro», la cultura y el esfuerzo heroico.

Los centros de enseñanza combinaron los estudios teoló-


gicos con las llamadas «humanidades» (Historia, Filosofía,
Letras Clásicas). En este sentido hay que citar, en España, la
Universidad Complutense —o de Alcalá de Henares— y la de
Salamanca, que, tras una cierta resistencia a las nuevas
orientaciones, se incorporó a ellas con todo entusiasmo.

En Filosofía, el Renacimiento no consiguió crear un siste-


ma filosófico verdaderamente original, limitándose a ejercer
una cierta crítica racionalista sobre la ya degenerada escolás-
tica medieval, y a resucitar algunos aspectos del pensamiento
clásico.

Entre éstos destacan: el escepticismo (que confirmaba la


actividad crítica de algunas figuras del momento, oponiéndo-
se al dogmatismo medieval), el epicureismo (con su invitación
al goce moderado de la vida) y, sobre todo, el «estoicismo» y
el «platonismo».

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El estoicismo senequista logró una enorme difusión, dada


la coincidencia de algunos de sus principios con las ideas de
la época: exaltación de la dignidad del hombre y de la vida de
acuerdo con la naturaleza, elogio de la serenidad espiritual y
de la resignación viril ante el dolor, etc.

Aunque el Renacimiento trató a menudo de conciliar las


doctrinas de los filósofos griegos Platón y Aristóteles, en el si-
glo xvi se observa un auge del primero en detrimento de éste.
Las teorías del amor neoplatónico señalaban que la belleza
de los seres materiales no es sino un reflejo de la belleza es-
piritual, y ésta, de la belleza divina. De ahí que el amor a lo
individual y concreto nos pueda y nos deba llevar al amor de
Dios. La Mujer, el Arte y la Naturaleza son tres puntos de
partida para elevarnos hasta la Divinidad.

Esta doctrina (producto de la fusión de las teorías de Pla-


tón con las de los neoplatónicos) dignificó, idealizándolo, el
sentimiento amoroso e influyó notablemente en la literatura
de la época.

Con respecto a la política, el auge del derecho romano lle-


vó al fortalecimiento del poder real y a la creación de grandes
monarquías autoritarias. En el terreno de la teoría, Maquia-
velo defendió la separación absoluta de la moral y la política.

En el tema religioso hubo un enfriamiento del fervor reli-


gioso, en parte por influjo del paganismo clásico, pero a su
lado se desarrolló intensamente un tipo de religión íntima,
centrada en la pureza de costumbres y desdeñosa de las
prácticas externas. Frente a esta postura, representada por
Erasmo, así como frente al individualismo religioso de Lutero
y los protestantes, la Iglesia católica acabó reaccionando con
la Contrarreforma, en la que se condenaron las actitudes de-
rivadas de las doctrinas de éstos.

Con respecto a las artes plásticas, la intensa expresividad


y el agudo realismo del gótico quedan sustituidos por un cri-
terio estético derivado del arte clásico, según el cual se aten-
derá ante todo a lograr la belleza armónica de las formas y
a suavizar los rasgos individuales y concretos con una leve
idealización generalizadora. De ahí que se evite todo lo diná-
mico, inquieto y excesivo, en busca de una serena mesura y
un ponderado equilibrio.

La literatura va a reflejar la nueva mentalidad, mientras

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los géneros literarios comienzan a configurarse y regularizar-


se. El teatro medieval religioso se sigue representando, pero
ya no es la única manifestación dramática. En el siglo xiv ha-
bía aparecido la comedia humanística, escrita en latín para
ser leída, con numerosos actos e irrepresentable; los estu-
diantes de latinidad siguen practicándola en el siglo siguiente
y, cuando se escriba en lengua vulgar, dará origen a La Ce-
lestina
y a sus imitaciones. En Italia, Ariosto y Maquiavelo
componen ya comedias representables, en lengua vulgar, de
inspiración clásica, pero adaptadas a la nueva sociedad. Este
tipo de comedias, representadas inicialmente en círculos cor-
tesanos, fue divulgado por las compañías italianas que reco-
rrían Europa, y en España influyó notablemente en el desa-
rrollo de un teatro popular. En la tragedia se imita a Séneca,
cuyas huellas son evidentes en Shakespeare y en los trágicos
de la segunda mitad del siglo xvi. El teatro de colegio, promo-
vido, en general, por los jesuítas, que alternaba el latín con el
romance, influye de manera importante en el teatro en len-
gua vernácula, que en España sólo se hace popular con la
aparición de los corrales de comedias hacia 1570.

La poesía épica se siente inspirada por Virgilio y Lucano,


pero también por la épica medieval. El Orlando furioso, de
Ariosto, es el modelo en toda Europa, que será traducido e
imitado. La situación política española y el descubrimiento de
América favorecieron el desarrollo del género como en nin-
gún otro país: la Araucana, de Ercilla, es el ejemplo más rele-
vante de épica histórica.

La lírica renacentista convivió, en determinados países,


con la de tradición medieval. Se caracterizan por su imitación
de Petrarca, la adopción del endecasílabo y de las estrofas en
que interviene, imitación de los clásicos (Virgilio, Horacio,
Ovidio, los elegiacos y los satíricos), el neoplatonismo, la te-
mática pastoril, el uso del epíteto a la manera clásica, etc.
Numerosos cultismos e italianismos se introducen y arraigan
con la nueva lírica. Es también la época del desarrollo de la
poesía religiosa que agitó la Europa del siglo xvi. El Cantar
de los Cantares
y, sobre todo, los Salmos son la fuente más
gustada.

Durante el siglo xvi se desarrolla el género novelesco. El


libro de caballerías, de origen medieval, es, sin duda, el más
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