Página principal

Literatura hispanica juan Cruz Mendizábal


Descargar 1.25 Mb.
Página20/20
Fecha de conversión18.07.2016
Tamaño1.25 Mb.
1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20

LAS MUJERES SEDUCTORAS

El sexo femenino, la deformidad física y la seducción son


características de entes que pueblan la literatura oral colom-
biana: la Patasola, mujer de una sola pierna; la Mancarita,
mujer manca cuyos pies están del revés, y María la Larga,
mujer cuyas extremidades tienen una longitud que se excede
de lo normal. Tres entes femeninos que son la ambivalencia
de la seducción y la monstruosidad.

La constante aparición de estos tres personajes nos mues-


tra una estructura del relato basada en la asociación simbóli-
ca tripartita: mujer/deformidad/seducción. Esta tríada la po-
demos interpretar en relación a un campo de significados
más amplio, en el que se incluye el binomio de oposición: Na-
turaleza/Cultura.

El sexo masculino queda al margen de la atribución de


estos significados; ningún hombre minusválido y seductor se
inserta entre los personajes de los relatos orales de Colombia.

La Patasola, uno de los personajes más importantes de los


relatos colombianos, su configuración temática, se entronca
con la tradición medieval europea, en la que se formaron los
mitos de los seres deformes: monópodos y monobrazos que
metaforizan las inquietudes de esta época (1). Hoy en día
también, para los campesinos colombianos, es uno de los se-
res más terribles y temidos por los colonos, leñadores, mine-
ros, caminantes; gentes que habitan en las regiones de Antio-
quía Grande y en el Tolima Grande (2), en las zonas de
maraña espesa y de selva virgen y en las cumbres de las cor-
dilleras.

«La Patasola es un mito de las selvas que se mani-
fiesta como una figura con una sola pata que termina


  1. Rafael ANGEL HERRA, Lo monstruoso y lo bello. Editorial de la Uni-
    versidad de Costa Rica, San José, 1988, p. 61.

  2. Javier OCAMPOS LOPEZ, Mitos colombianos, El Ancora Editores, Bo-
    gotá, 1991, p. 176.

313

en una pezuña de bovino, plantígrado, o un rastro de
oso, colocado al revés, que al caminar desorienta a los
animales que le persiguen. Con su pata única o "sola"
avanza con mucha rapidez. Se trata de ser unípede, en
cuya pierna se unen los dos muslos, maléfico, de gran
ferocidad, semejante a las furias; amiga de los anima-
les montaraces, a los que defiende de los humanos, es-
pecialmente de los cazadores» (3).

En los distintos relatos en los que es protagonista, esta


mujer adquiere formas diferentes: en algunos, aparece como
una mujer de un solo seno sobre el pecho, ojos desorbitados,
boca inmensa, colmillos felinos, nariz de gancho, cabellera
enmarañada, labios abultados, brazos muy largos. En otras
narraciones se transforma en una mujer hermosa que enga-
ña a los hombres y los incita, acercándose y alejándose, has-
ta llevarlos a la espesura, donde logra desorientarlos. Luego
se ríe a carcajadas de ellos y se transforma en una horrible
mujer con ojos de fuego, boca desproporcionada y dientes de
felino. En los relatos de la región de Tolima, describen a la
Patasola como una bella mujer que atrae a los hombres y los
embelesa; sin embargo, cuando está en la plenitud sexual, se
come toda la carne del admirador o seductor y sólo deja los
huesos limpios, pelados y regados por todas partes.

En algunas narraciones se transforma en una perra gran-


de y negra con orejas inmensas, mientras en otras en su me-
tamorfosis alcanza la figura de una vaca negra enorme; pero
siempre se reconoce su identidad en su sola pata y en su ca-
minar rápido a grandes saltos.

El amplio espectro de manifestaciones de esta figura tiene


una correspondencia con la diversidad de acciones que se le
atribuyen. Como una deidad vampiresa, fascinada por la san-
gre de los niños, roba a éstos de sus casas para chuparles el
plasma y después abandonarlos en el monte.

Persigue a los cazadores y los desorienta cerrando los


atajos; despista a los perros de éstos, borrando las huellas de
los animales de caza. Le enfurecen los aserraderos y hostiga

(3) Arturo ESCOBAR URIBE, Mitos de Antioquía, Editorial Minerva, Bogo-


tá, 1950, pp. 15-19.

314


a los madereros; también a los mineros. Intenta impedir los
cultivos de los agricultores, especialmente los de maíz.

El sino de este personaje está originado por faltas sexua-


les diferentes en los diversos relatos; excepto en la serie, en
el que justifica su condición a consecuencia del matricidio.

«[...1 la Patasola era una mujer infiel que dejó a su ma-


rido por el patrón de la hacienda, y que cuando el ofen-
dido conoció la verdad de la infidelidad, mató al pa-
trón y le cortó a su esposa una pierna de un peinillazo.
Ella murió pero su alma quedó en pena» (4).
«[...] una bella mujer muy pretendida por los hombres,
pero perversa y cruel que se dio al libertinaje, y que
por esa causa le amputaron la pierna con un hacha, y
le arrojaron al fuego en una hoguera hecha con tusas
de maíz. La mujer murió como consecuencia de la muti-
lación y desde entonces vaga por los matorrales de las
montañas gritando lastimeramente en busca de con-
suelo. Se enfurece cuando ve hombres cristianos; le dis-
gusta encontrarse con el hacha, la tusa y la candela;
asimismo, odia la peinilla y el machete» (5).

Los significantes asociados a la amputación de la pierna:


el hacha, las tres tusas y la candela, junto a los animales
domésticos como caballos y reses, así como los rezos y ora-
ciones, sirven para espantar a este personaje que trascien-
de de su relato y puebla el inconsciente de los actores socia-
les del espectro rural colombiano. Se convierte así en un
elemento simbólico importante, introduciéndose en el cam-
po de la medicina popular, y su enorme uña, de su única
pierna, es un elemento clave para los curanderos de estas
regiones.

El campesino de la región de Tolima reza la siguiente ora-


ción para defenderse del peligro de la Patasola (6):

(4) Ibid., p. 177.


(5) Ibid., p. 178.

(6) Misael DEVIA, «Folclor Tolimense», citado en Revista Colombiana de


Folclor.
Volumen III, n.° 7, Bogotá, 1962, pp. 9-106.

315


«Yo, como si,
pero como ya se ve,
suponiendo que así fue,
lo mismo que antes así,
si alguna persona a mí
echarme el mismo compás,
eso fue de aquello pende,
supongo que ya me entiende,
no tengo que decir más.
PATASOLA, no hagas mal
que en el monte está tu bien.»

La estructura narrativa de los relatos protagonizados por la


Patasola se caracteriza por basarse en una oposición entre la
naturaleza y la cultura, al igual que el personaje mítico femeni-
no más importante del área andina: Mama Huaca (7). Ambas
simbolizan los instintos frente al comportamiento pautado.

En el caso de la Patasola, el origen de su condición se


debe a su sexualidad, situada en los márgenes del consenso
social, o el matricidio, censurado en esta cultura, situado en
el terreno del comportamiento animal. Es una mujer que, al
no aceptar las leyes humanas, se convierte en una bestia; de
ahí su constante metamorfosis: en oso, vaca, perro o felino.

Patasola simboliza la venganza de la selva destruida por


la acción del hombre. La amputación de su pierna por el ha-
cha es una metonimia de la tala de los árboles en el proceso
de colonización. Las distintas actuaciones de la Patasola
siempre se estructuran en base a una lógica perceptiva y con-
ceptual que reorganiza los elementos aparecidos en los dis-
tintos relatos, en función de la dicotomía entre Naturaleza y
Cultura.

Todas las narraciones se articulan en una división de


campos semánticos; por ejemplo, los animales salvajes a los
que Patasola defiende de la caza protagonizada por el hom-
bre, se oponen a los animales domesticados que éste utiliza
para protegerse de la mujer monópoda.

(7) Manuel GUTIERREZ ESTEVEZ, «Hipótesis y comentarios sobre la sig-


nificación de la Mama-Huaca», Mito y ritual en América, compilador: Manuel
Gutiérrez Estévez, Editorial Alhambra, México, 1988, pp. 286-324.

316


Las tusas de maíz, la candela, el machete, son elementos
agrarios que se utilizan en la amputación; se oponen a la Na-
turaleza Virgen que ella encarna. Su sexualidad arbitraria
está en oposición con el orden social deseado.

Para delimitar el perfil simbólico de este personaje mítico,


qué mejor que ilustrarnos con la copla que ésta canta encima
de un árbol o sobre los montículos, en la que a sí misma se
describe como metáfora de la naturaleza y se atribuye un ca-
rácter seductor irresistible, que es el claro símbolo de la su-
bordinación de la cultura a la naturaleza (8):

«Yo soy más que la sirena
en el mundo vive sola;
y nadie se me resiste
porque soy PATASOLA.
En el camino, en la casa,
en el monte, en el río,
en el aire y en las nubes
todo lo que existe es mío.»

La Mancarita es el segundo personaje en importancia, por


su popularidad, de esta tríada simbólica: feminidad/deformi-
dad/seducción. Sus relatos se extienden por las regiones de
Santander, norte de Santander, Boyacá y llegan hasta la Re-
pública Dominicana (9).

Como podemos observar, el perfil simbólico de la Manca-


rita tiene muchas similitudes con la Patasola: atributos físicos
característicos de un ser salvaje, la repulsión al animal do-
méstico y la capacidad de embaucar a los niños e incluso a
los adultos.

Comparten ambos seres imaginarios cualidades que, some-


tiéndolas a una abstracción conceptual, representan —como
hemos analizado en el ente de la Patasola— la oposición en-
tre Naturaleza y Cultura. En el caso de la Mancarita, los ras-
gos que la transforman en baluarte de la Naturaleza son ad-

  1. Copla recopilada por Javier OCAMPOS LOPEZ, Mitos colombianos, El
    Ancora Editores, Bogotá, 1991, p. 178.

  2. Javier OCAMPOS LOPEZ, Mitos colombianos, El Ancora Editores, Bo-
    gotá, 1991, p. 183.

317

quiridos también por causa de una errónea sociabilidad. El


exceso de intromisión en los asuntos ajenos convierte lo so-
cial en antisocial, unido esto último semánticamente a lo sal-
vaje.

En Santander se forja la creencia de «que la Mancarita es


una salvaje que imita la voz del hombre, los gritos de la mu-
jer y el llanto de los niños para engañar y atraer a la gente, y
llevársela donde nadie pueda saberlo, porque regularmente
anda de noche y en la espesura de los bosques. Los campesi-
nos describen la Mancarita como una especie de mujer salva-
je, de cabellera larga y desgreñada, y de un solo seno en la
mitad del pecho; de cuerpo peludo como el de los animales
selváticos y los pies vueltos hacia atrás» (10).

«La Mancarita habita en las regiones selváticas y bosco-


sas de los Andes Orientales; le gusta acercarse a las viviendas
humanas. Por la noche se la oye gritar en tono lúgubre y pro-
longadamente. Algunos afirman que es tímida y huye apenas
percibe algún ruido de gente o de perros; otros afirman que
se roba a los niños y aun a los hombres» (11).

María la Larga, el otro personaje de esta tríada, tendrá


unas características diferentes a la Patasola y a la Mancarita.
En primer lugar, la localización de sus relatos no está unida
al ámbito rural, como en los otros dos, sino, por el contrario,
tiene mayor incursión en las zonas urbanas; por lo tanto, el
capital simbólico que estructura sus narraciones tendrá unos
referentes sensibles diferentes no ligados a la percepción del
entorno rural y sí del ámbito urbano: el cementerio, el cami-
no a éste, las calles, causas e hitos espaciales de los diferen-
tes pueblos sirven como escenario de la representación ale-
górica de la subordinación del hombre a la Naturaleza, a
consecuencia de su finitud.

La irresistibilidad que ejercen las insinuaciones de María


la Larga sobre los hombres es una metáfora de cómo la
muerte se impone al hombre:

  1. Juan Crisóstomo GARCIA y Juan de Dios ARIAS, «Del folklore san-
    tandereano. La Mancarita. Interpretaciones del Mito», en Estudio (Bucaraman-
    ga), n.° 174-176, pp. 106-112.

  2. Javier OCAMPOS LOPEZ, Mitos colombianos, El Ancora Editores, Bo-
    gotá, 1991, p. 190.

318

«María la Larga atrae a los nocherniegos con insi-
nuaciones femeninas; la han visto de noche como una
bellísima mujer con miradas insinuantes y sensuales.
Cuando le persiguen los hombres, María la Larga ace-
lera el paso y así con gran premura sigue el camino ha-
cia el cementerio del pueblo. Cuando el galán se acerca
mucho y está listo para abrazarla, María se alarga
y se alarga hasta el infinito, infundiendo gran espan-
to» (12).

La estructura narrativa de los relatos de María la Larga se


incluyen a través de la temática de la muerte en el juego de
oposiciones Naturaleza/Cultura, del que participan la Pataso-
la y la Mancarita. Tres personajes que seducen al hombre,
como la cultura se subordina a la Naturaleza.

(12) Ibid.

319
EL MIEDO DE AMERICA

A Panamá se le ha olvidado su folclore (1), pero no se le


ha olvidado asustarse con los relatos de la Tepesa, el familiar
o el demonio. Personajes que, para Zárate (2), son los más
importantes de toda una saga enorme que configura la litera-
tura oral de esta nación.

La Tepesa y el familiar son personajes unidos a un campo


semántico de la minusvalía (3).

Si hemos escogido estos seres míticos no ha sido por su


éxito local, sino por ser exponentes de rasgos culturales que
se comparten en el espacio geográfico, atributos que han he-
cho llamarle a éste Latinoamérica.

Panamá es un lugar estratégico; su apertura le facilita la


recepción de tradiciones de ámbitos diversos. Esto no es ex-
cepcional, porque la cultura existe en función de su transmi-
sión; quizá la elección de Panamá ha estado más condiciona-
da por sacarle a este país de la discriminación académica, y
reivindicar con él la defensa de la marginalidad. Aunque la
Tepesa y el familiar no tengan su origen en Panamá, mani-
fiestan en éste las mismas necesidades de explicar contradic-
ciones, que en el caso de la Tepesa recorre toda América La-
tina bajo diferentes denominaciones: la vieja del monte, la tu-
livieja, la colchona en algunas regiones de Chile, la Tucumara
en Colombia, y principalmente conocida por la Llorona. Es-
bocemos la trama argumental de las narraciones del prolífero
personaje en la versión de Doña Jesusita (4):

  1. «Muy poco interés ha despertado hasta ahora en Panamá uno de los
    sectores más ricos de nuestra manifestación folklórica [...] nos referimos a eso
    que es equivalente en el campo de lo académico a la prosa literaria. En este
    área reúne la leyenda, el mito, el cuento y quizás podríamos incluir entre ellos
    la adivinanza.» Dora P. ZARATE, «La saga panameña: tema inquietante», Fol-
    klore Americano, n.° 37/38, editado por el Instituto Panamericano de Geografía
    e Historia, México, 1984, p. 5.

  2. Ibid., p. 8.

  3. Ibid., pp. 83-84.

  4. Hemos escogido la versión de la Tepesa nicaragüense, donde es cono-

321

«En aquellos tiempos de antigua, había una mujer
que tenía una hijita de unos 13 años, ya sansocita es-
taba la mujercita. Ella ayudaba a lavar la ropita de sus
nueve hermanitos menores y acarreaba el agua para la
casa. La mamá no se cansaba de repetir a la hija cada
vez que la veía silenciosa moler el maíz o palmear la
masa cuando el chisporreteo de la leña tronaba debajo
del comal de barro:

Hija, nunca se mezcla la sangre de los esclavos


con la sangre de los verdugos.

Ella le decía verdugos a los blancos porque la mujer
era india. La hija en la tarde salía a lavar al río y un
día de tantos se arrimó un blanco que se detuvo a be-
ber en un pocito y le dijo adiós al pasar. Los blancos
nunca le hablaban a los indios, sólo para mandarlos a
trabajar. Pero la cosa es que ella se encantó del blanco
y los blancos se aprovechaban siempre de las mujeres.
Entonces bajo un gran palecón de ceibo que sirve para
lavar ropa, allí por el río, se veían todos los días y ella
se metió con él:

Mañana, blanco, nos vemos a esta misma hora


le decía siempre.

Claro, el blanco llegaba y la indita salió pipona,
pero la familia no sabía que se había entregado al
blanco. Dicen que ella se iba a ver bajo el guanacaste,
para que las lavanderas no la vieran y no la fueran a
acusar con la mamá.


Allá al tiempo, ya ella estaba por dar a luz, enton-
ces entró un barco a la isla, aquí en Moyogalpe. Ya se
iba el blanco, se iba para su tierra, y entonces como
ella estaba por criar, ella le lloraba para que se la lle-
vara. Pero ¡dónde se la iba a llevar! La indita lloraba y
lloraba, inconsolable, a moco tendido. El se embarcó y
a ella le dio un ataque, cayó privada. Cuando ella se
despertó al día siguiente, estaba un niño a su lado y en
lugar de querer aquel muchachito, lo agarró y con ra-
bia le dice:

cida como «la Llorona». Recopilado por Milagros PALMA, Senderos Míticos de


Nicaragua, Editorial Nueva América, Bogotá, 1987, pp. 79-81.

322


Mi madre me dijo que la sangre de los verdugos
no debe mezclarse con la de los esclavos.

Entonces se fue al río y boló al muchachito y ¡pan!,
se oyó cuando cayó al agua. Al instante se oyó una voz
que decía:

¡Ay! madre... ¡ay! madre... ¡ay! madre...



La muchacha al oír esta voz se arrepintió de lo que
había hecho y se metió al agua queriendo agarrar al
muchachito, pero entre más se metía siguiéndolo, más
lo arrastraba la corriente y se lo llevaba lejos, oyéndo-
se siempre el mismo lamento:

¡Ay! madre... ¡ay! madre... ¡ay! madre...



Cuando ya no pudo más se salió del río. El río se
había llevado al chavalito, pero el llanto del niño, que
a veces oía lejos, otras veces aparecía cerquita:

¡Ay! madre... ¡ay! madre... ¡ay! madre...



La muchacha, afligida y trastornada con la voz, se
enloqueció. Así anduvo dando gritos, por eso le encaja-
ron la Llorona. Ahora las madres para contentar a los
chavalitos que lloran por pura mala crianza, les dicen:

Ahí viene la Llorona...



La mujer enloquecida se murió y su espíritu quedó
errante, por eso se le oyen los alaridos por las noches.
Por ahí se anda la Llorona. Hasta la vez se le oye por
todo el río...»

La pérdida de facultades mentales del personaje no es


simplemente el desenlace consecutivo de la trama, sino que
se convierte en el eje sobre el que se sustenta el perfil simbó-
lico de la Tepesa; configurada en la demencia, como una loca
aterrada y aterradora, es descrita por los actores sociales que
la tienen presente.

No aceptar los propios actos implica la renuncia al desti-


no. Este es el axioma que abandera el nombre de Tepesa,
como lo indica el relato de Zefarina García (5):

(5) Dora P. ZARATE, «La saga panameña: tema inquietante», Folklore


Americano, n.° 37/38, editado por el Instituto Panamericano de Geografía e
Historia, México, 1984, p. 75.

323


«Ella era una mujer que iba a tener un hijo. Ella no
lo quería tener. Cuando el muchachito nació, ella lo
botó. A los pocos días se arrepintió y fue donde un Pa-
dre para que la confesara y le confesó al Cura que ha-
bía botado a su hijo y que le pesaba mucho. El Padre le
preguntó varias veces: ¿Te pesa? Si te pesa, de ahora
en adelante, Tepesa te llamarás. Desde entonces, en
las noches oscuras sale la Tepesa por los montes a ver
si encuentra a su hijo y donde quiera que oye a un niño
llorando, a ver si ése es el suyo.»

Analicemos la lógica interna del relato, lleguemos al nivel


significativo sustentado en la trama argumental el hijo al que
no quiere aceptar; es la propia condición de mestizo, y negar-
la es como cometer un matricidio.

Contradicción que supone el mestizaje en las naciones lati-


noamericanas. El negar la condición de indígena, como la Te-
pesa se niega a sí misma por el hecho de enloquecer, es re-
chazar lo que configura la nueva realidad criolla; simbolizada
por el hijo que necesita de la madre para existir, pero a la vez
se desliga de ella en su porvenir, cuando es arrojado al río.

La búsqueda eterna en la que participa la Tepesa alegori-


za la imposibilidad de que la cultura indígena, madre de la
cultura mestiza, sea reconocida por esta última.

Así, en la estructura interna del relato la negación de la


maternidad no proviene de la madre, como aparentemente
nos muestra la trama argumental, sino del hijo, nunca halla-
do por ésta. El hijo niega a su madre con su ausencia.

El padre español, sinónimo de la tradición hispana, no se


interesa por la madre y, por ende, el producto de la unión
con ésta. La indiferencia a su paternidad representa la poca
conexión de la Corona española con la nueva realidad cultu-
ral que se forjaba en sus posesiones, y la utilización y el pos-
terior rechazo que hace este hombre a la Tepesa expresa me-
tafóricamente la conducta española ante la cultura indígena.

La Tepesa rechaza a los hombres, los mata, con los atri-


butos simbólicos de la maternidad. Sus pechos, exagerada-
mente grandes, que le cuelgan hasta el suelo (6), junto a la le-
che venenosa que de uno de ellos emana.

(6) Ibid., p. 74.

324

Con sus pies invertidos andando hacia atrás, la Tepesa


niega el mestizaje que, consecuentemente, ella provocará ne-
gando su futuro.

Las minusvalías están configurando la entidad simbólica


de la Tepesa; la locura que le caracteriza sintetiza la causali-
dad de su comportamiento e introduce, como hemos analiza-
do, toda una red de significados, que también se construyen
con la representación de sus malformaciones en sus pies y
pechos.

La Tepesa es la minusválida de los relatos orales de Amé-


rica Latina que mejor reivindica la situación de los actores
sociales que la imaginan.

Si elegimos la Tepesa por ser el personaje minusválido


que con mayor énfasis refleja la confrontación indianismo-
americanismo, el familiar lo escogemos por la originalidad de
su relato. El familiar también, como la Tepesa, además de
asustar y ser de los relatos más gastados, está unido al cam-
po semántico de la minusvalía por tratar la incapacidad de
hablar y el enanismo, pero poco más tienen en común; su
origen se entronca a la tradición caribeña y a la influencia
afro, y la trama argumental coincide con el Fausto de Goethe.

Dejemos que nos ilustren los propios panameños:



«Es un poder sobrenatural que está encerrado en
una cajita y la familia que vive en la cajita es la que le
da el poder. Esta familia es enana y son cinco negritos
[...] estos enanitos no hablan, se dan gritos igualitos a
los de un mono. Ellos comen carne cruda y nunca se
bañan porque no lo necesitan. El Familiar no se puede
comprar, sino que uno lo fabrica así: se consigue un
gato negro sin nada blanco y el Viernes Santo, a las 12
de la noche, se le mata. Entonces se le cortan las cua-
tro patas y la cabeza y se echa en una olla con agua; se
pone al fuego y se tapa. Después no se puede hablar
por una hora, que es el tiempo que se deja hirviendo.
Después se deja la olla tapada hasta que se enfríe y se
pone lo que salió en un trapo negro y se dice: "fuerza
negra del abismo y de las sombras, por el poder ilimi-
tado que te ha concedido Satanás, convierte este gato
en Familiar". Entonces no se debe tocar la olla en vein-

325


ticuatro horas y después, a las 12 de la noche del otro
día, se destapa y allí están los cinco negritos que se co-
locan en una cajita de madera; esto trae buena suerte.
Todo el poder de Satanás le viene al Familiar. Quienes
lo logran pertenecen a él.»

El enanismo de los familiares simboliza la importancia


de la elección individual en el pacto diabólico. La mano hu-
mana es la que echa el gato en la olla; mano con cinco de-
dos, que es el símil de la familia, como nos muestra una de
las versiones, para la cual (7) la familia es:

«los dedos de la mano se llaman igual que los dedos:
Corazón, que es el que manda en los sentimientos.
Anular, que es la fuerza. índice, que es el que indica a
las personas lo que hay que hacer. Pulgar, que es el
que vuelve rico al dueño, y Meñique, que es el que da
la fama».

Los familiares que obedecen al individuo son su propia


mano, «los compañeros», estos enanitos que metaforizan la
voluntad humana en la estructura interna del relato aparecen
como única causante del sino de cada hombre.

La mudez aparece en este entramado simbólico, que in-


tentan unir los conceptos voluntad y destino. Los enanos son
mudos porque, al negarles la palabra, no les confieren la ca-
pacidad de decisión, obedecen a su amo; las únicas palabras
que pronuncian en varias versiones son (8): «Ordena mi
amo», para después callar para siempre. Enfatizan de este
modo la voluntad del amo como única actuante. Son los hom-
bres (9) «dispuestos a servirles en lo que usted quiera»; por
eso en algunos relatos es el dueño el que les pone nom-
bre (10), acto que metaforiza la adquisición de identidad.

El hombre que escoge al familiar elige el éxito personal,


como en el relato que nos cuenta Luis Sánchez (11):

  1. Ibid., p. 94.

  2. Ibid., p. 94.

  3. Ibid., p. 94.




  1. Ibid., p. 90.

  2. Ibid., p. 96.

326

«El señor Santos Reina, que era tío mío, tenía un
familiar que lo tenía metido en un coco. Un día me lo
enseñó; era negrito. Este señor era muy rico; siempre
tenía abundancia de todo; él daba a las demás perso-
nas. A estos diablicos dicen que los alimentó con pie-
dra-imán.»

Este éxito, esta riqueza que resalta a un hombre frente a


los otros miembros de la comunidad, desequilibra la estruc-
tura de relaciones de ésta, basada en el igualitarismo que ca-
racteriza a las sociedades campesinas. A éstas, al ser absor-
bidas por los estados nacionales, se les impone una articula-
ción social regida por valores que ensalzan el individualismo,
debido a la superestructura capitalista que les alimenta (12).

La comunidad campesina reacciona ante el nuevo orden


que le imponen, al incluirla en una estructura mayor. Activa-
rá sus mecanismos de control social en un intento de regula-
ción de las diferencias. Las narraciones del familiar se pue-
den incluir en los métodos inconscientes que surgen dentro
de esta agrupación. En la estructura interna del relato del fa-
miliar está contenido este autocontrol dictaminado por la co-
munidad: el dueño del familiar es aquel que infringe la nor-
ma igualitarista, porque adquiere más bienes sin mayor es-
fuerzo, ya que trabajan para él los «familiares».

El hombre, al hacerse dueño del familiar, rompe con tal


esquema de reciprocidad en el que sustenta el igualitarismo,
descartando a éste por su propia voluntad, como acabamos
de analizar en el enanismo, la mudez; imágenes pertenecien-
tes a la red simbólica que metaforiza la decisión individual.
Esta es la única responsable de que se quiebre el equilibrio
interno de la comunidad; por eso hay que emplear mecanis-
mos coercitivos para que los intereses individuales no se an-
tepongan a los comunitarios, como en los relatos del familiar:
el hombre que ha optado por transgredir la norma igualita-

(12) Hemos trasladado el estudio que realiza Boege sobre la influencia del


estado nacional en las comunidades campesinas mexicanas al caso panameño:
Eckart BOEGE, ¿os mazatecos ante la nación. Contradicciones de la identidad
étnica en el México actual,
Siglo Veintiuno Editores, México, 1988.

327


ria elegirá su propia condena. Como nos ilustra María Be-
nítez (13):

«A los Familiares se les llama "compañeros". La
persona para conseguirlos tiene que hacer un pacto
con el Diablo y éste le consigue los Familiares para el
trabajo que la persona quiera, con la condición de que
le dé su alma cuando la persona muera. Por el interior
se ha visto que cuando esta persona se muere, se apa-
gan las velas, sopla mucha brisa, un viento que le di-
cen que es el Malo.»

(13) Dora P. ZARATE, «La saga panameña: tema inquietante», Folklore


Americano, n.° 37/38, editado por el Instituto Panamericano de Geografía e
Historia, México, 1984, p. 96.

328


INDICE

PROLOGO 5

INTRODUCCION 13

GRANDES CORRIENTES LITERARIAS. En busca del


personaje con minusvalía (Fernando Martínez Ga-
rrido) 15

Agradecimiento 17

Sumario 19

Edad Media 21

Renacimiento 39

Barroco 63

Neoclasicismo 97

Siglo xix 109

Bibliografía 147

LOS RITOS DE PURIFICACION. Estrategias de margi-


nación de las minusvalías en los textos literarios

(Mario Grande Esteban) 149

Sumario 151

Advertencia preliminar 153

Las fuerzas superiores: religiones, mitos, leyendas

y ritos 155

La literatura infantil y juvenil 199

Modernos y contemporáneos 225

Conclusiones 253

Referencia bibliográfica 255

LOS POSEIDOS POR LOS DIOSES Y OTROS ENSAYOS
SOBRE LA REPRESENTACION SIMBOLICA DE LA
MINUSVALIA EN LA LITERATURA ORAL AMERI-
CANA (Mercedes Escolar Arévalo) 257

Sumario 259

Introducción 261

329


Los poseídos por los dioses 265

El sol bizco de los enanos 283

Que llueva, que llueva 289

Los ciegos que aman y cazan 299

No se puede ser niño y viejo a la vez 307

Las mujeres seductoras 313

El miedo de América 321

330


COLECCION LETRAS
DIFERENTES


DIRIGIDA POR:

José María Arroyo Zarzosa
Rafael de Lorenzo García

ASESOR LITERARIO:


Ricardo de la Fuente

COORDINADOR EDITORIAL:


Gregorio Burgueño Alvarez



ESCUELA LIBRE EDITORIAL

Madrid, 1996

FUNDACION ONCE






1   ...   12   13   14   15   16   17   18   19   20


La base de datos está protegida por derechos de autor ©espanito.com 2016
enviar mensaje